Galdós y “El espiritu de los sesenta”

Galdós y “El espíritu de los sesenta”
José Peña González.
Académico (c) de la Real Academia de la Historia
Sumario: Introducción. El espíritu de los sesenta.

Introducción

La segunda mitad del siglo XIX español está presidida por lo que, con extraordinario acierto, el maestro Jover Zamora denomina “el espíritu de los sesenta”, y este período va a contar con un testigo excepcional que traslada a su obra con precisión fotográfica y el mejor estilo literario todo lo que observa a su alrededor. Se llama Benito Pérez Galdós y ha sido considerado como el mejor continuador de Cervantes en el ámbito de la novelística española, creador de más de ocho mil personajes histórico-literarios, indiscutible “titán de la literatura española”, como le llama acertadamente uno de sus críticos. El joven viene a Madrid desde su Canarias natal el año 1862, aunque algún crítico lo sitúa en 1863, dispuesto a comerse el mundo de la Villa y Corte, aunque la excusa formal sea matricularse en la Facultad de Derecho de la Central en la calle Ancha de San Bernardo, en el edificio desamortizado en el que los jesuitas tenían su Seminario y Noviciado. Más gustoso de la calle que de las aulas, el joven Galdós pasa la mitad de su estancia madrileña correteando por ellas, viviendo el mundo apasionante que se estaba fraguando ante su vista, lo que le permite “doctorarse en madrileñismo”, aunque no pudiera licenciarse en Derecho. Vive en la calle con parada obligada en el Ateneo madrileño, en el viejo edificio de la calle de la Montera, donde conoce y trata a lo más selecto de la inteligencia y la política madrileña de la época.

Es testigo directo de esta frenética actividad en que se mueve la “heroica y coronada villa”, como gustaba llamar a Madrid el gran Valera, observando que, en medio de tanta danza y contradanza constitucional, la vida política continúa. De 1856 a 1868, la situación política española está dominada por el intento fallido de «engendrar una agrupación liberal, resultante abigarrada de los partidos históricos, que excluyera los extremos de la revolución y de la reacción cortesana», tal y como señala Carr. Sin embargo, el fracaso de esta tentativa dejaba a la Corona expuesta a las iras de la revolución. Al final las mismas clases que la han defendido dejarán a Isabel II en una completa soledad. Le culpan de entrometerse en la vida política española, al margen de sus limitaciones constitucionales, olvidando todo lo que le han consentido en este terreno y las muchas ocasiones que la han incitado a saltarse la legalidad vigente, si con ello obtenían pingües beneficios.

Es cierto que la osadía real llegaba a extremos incomprensibles. Tomás Villarroya afirma que «Isabel II abrigó, al parecer, un propósito constitucional y políticamente desatinado: formar un gobierno personal, presidido por ella misma. Según el testimonio de Valera, la Reina mandó llamar a Bravo Murillo y le consultó sobre la posibilidad de asumir directamente la Presidencia, nombrando y separando a los Ministros de cada ramo y presidiendo sus Consejos; Bravo Murillo le advirtió que el propósito no era realizable, por cuanto de las medidas generales del gobierno y del conjunto de actos que determinasen su dirección política, no podía ser responsable cada ministro individualmente, sino todos tenían que serlo en conjunto y el Presidente más que todos; la Reina no podía ser presidente de su propio gobierno por su condición inviolable. Pirala recoge el mismo extraño propósito en términos parecidos».

Los sucesivos gabinetes moderados, presididos por Armero e Istúriz respectivamente, ponen de manifiesto el agotamiento político del partido moderado. A fines de 1858, la Reina entrega el poder al general O´Donnell, comenzando su «larga y brillante época de gobierno». Como recuerda Carr, es el único intento que fructifica entre los periódicos ensayos para reconciliar la libertad y el orden. Se trata de la llamada UNIÓN LIBERAL, que se hace cargo de los asuntos políticos de España el día 30 de junio de 1858.

La UNIÓN LIBERAL era un partido de corte centrista que, en algunos ambientes, fue calificado como «asamblea de ambiciosos sin tradiciones, sin principios y sin futuro». Carr pone de manifiesto lo que de modernidad para las costumbres políticas de la época representaba esta formación política, que muy pronto fue zarandeada por la derecha y por la izquierda. En nombre del antiguo partido moderado llevaría a cabo esta tarea el poeta y político Ramón de Campoamor. Por los progresistas puros, una vez retirado Espartero, este papel le correspondería a Olozaga.

Sin embargo, este Gobierno, el segundo de los presididos por O´Donnell, con una duración cercana a los cinco años, sería el más largo y estable de todo el reinado de Isabel II. Los aspectos políticos más importantes de esta etapa, siguiendo el orden establecido por el profesor Tomás Villarroya, son los siguientes:

En primer lugar, la manipulación de las convocatorias electorales llevadas a cabo por Posada Herrera, «El Gran Elector», desde el Ministerio de la Gobernación, que hizo posible la obtención de cómodas mayorías. Surge la figura del llamado «candidato ministerial», apoyado por el gobernador civil para la obtención de su escaño y con la abierta participación de las fuerzas vivas locales que anticipan el fenómeno sociopolítico del caciquismo que va a desarrollarse en todo su esplendor durante la Restauración. La novela española del diecinueve —de modo especial en Juan Valera— ofrece los mejores retratos y descripciones de este fenómeno.

Otro acontecimiento político que afectó al Gabinete fue el llamado «Proceso Collantes». En 1859 se presenta una proposición de ley cuyo primer firmante era Sagasta. En él se acusaba abiertamente de inmoralidad a Esteban Collantes, que había sido ministro con el Conde de San Luis en el Gobierno del año 1854. Tras fuertes discusiones parlamentarias, el Senado, de acuerdo con lo previsto en la Constitución del 45, era la única institución autorizada para juzgar a un ex ministro de la Corona, correspondiendo al Congreso la acusación contra el mismo. Sometido a votación de la Cámara Alta, el Sr. Esteban Collantes resultó absuelto por muy escaso margen de votos de los delitos de inmoralidad, fraude, estafa y falsificación de documentos que se le imputaban. Pero el tema trascendía los planteamientos puramente jurídicos de la cuestión y se convirtió en materia de discusión política permanente. La prensa se volcó en el proceso; al final, afectó a la moralidad de la clase política en su conjunto, incluyendo a las más altas magistraturas del Estado. El escándalo estaba servido y la pasión política anuló a la razón jurídica.

Otro suceso de gran importancia en este período es el desembarco en San Carlos de la Rápita, el día 1.º de abril de 1860, del pretendiente carlista don Carlos Luis de Borbón, Conde de Montemolín, en compañía de su hermano don Fernando. Al amparo del mismo, el Gobierno aprovecha para dictar una «amnistía general completa», por un decreto de 1.º de mayo de 1860, a todas las personas sujetas a responsabilidad penal por cualquier clase de delitos cometidos desde el 19 de octubre de 1856 hasta la fecha del decreto.

Junto con la estabilidad política, que redunda en una gran etapa de paz pública, el hecho más llamativo del Gabinete O´Donnell es todo lo relativo a la política exterior, «sumamente activa; unas veces por razón de necesidad; otras por motivo de prestigio, pero que en todo caso plantearon siempre temas con dimensiones constitucionales», como ha recordado Tomás Villarroya.

Estas incidencias constitucionales eran, en primer lugar, la competencia de las Cámaras, a tenor del artículo 79, para establecer todos los años los cupos de los ejércitos de mar y tierra. Obviamente, una política exterior muy agresiva tendría que romper o alterar estos presupuestos. El Gobierno en todo momento contó con la preceptiva autorización legislativa. También tuvo traducción constitucional, a tenor de lo previsto en el artículo 45.4.º de la Constitución, los temas relativos a la declaración de la guerra y la firma de la paz. El Gobierno también cumplió los trámites constitucionales establecidos y las tropas españolas pudieron intervenir en África. El tema militar, sobre todo en su aspecto de supresión de la milicia, daría lugar durante el sexenio a una de las grandes utopías revolucionarias, que desgraciadamente no pudo satisfacer la Constitución del 69: la supresión de las «quintas». Pero son otros tiempos y «la guerra se inició en medio de un entusiasmo singular que hizo olvidar momentáneamente a los partidos sus querellas; se desenvolvió, dirigida por O´Donnell, rápida y felizmente; los marroquíes pronto manifestaron sus deseos de establecer conversaciones de paz, que se concretaron en el tratado de Tetuán de 26 de abril de 1860». La Reina concedió a su presidente del Gobierno y director de las operaciones militares que desembocaron en la victoria el título de Duque de Tetuán. Como ha recordado el profesor Jover, en la conciencia colectiva el impacto de la guerra de África fue enorme y «su recuerdo, elevado a la categoría épica, alimentó el africanismo español durante toda la segunda mitad del siglo XIX».

Además de la intervención en el continente africano, la política exterior española en esta época se hizo presente en Asia. En Cochinchina se habían perpetrado graves atentados contra misiones españolas. El gobierno español se une al francés y lleva a cabo una expedición de castigo para evitar que vuelvan a repetirse. Lamentablemente, el gobierno planteó mal su estrategia, al contrario que Francia, que resultó la verdadera beneficiaria de la expedición, sentando las bases de su dominio en Indochina y el futuro Vietnam. España consigue, por el Tratado de Saigón de 5 de junio de 1862, el reconocimiento de la libertad religiosa para los cristianos annamitas, libertad de comercio y una indemnización de guerra, tarde y mal pagada. En opinión de Becker, «España procedió con verdadera candidez». A su vez, el profesor Togores ha podido hablar, basándose en una amplísima e inédita documentación, de «la inoperancia de la acción exterior española» en estos territorios.

El tema de la intervención de España en Méjico tiene, como punto de partida, los atropellos cometidos por el gobierno de aquel país contra ciudadanos extranjeros allí residentes, de forma especial españoles, franceses e ingleses. En virtud del Tratado de Londres de 31 de octubre de 1861, las tres naciones deciden intervenir militarmente. En España se reproducen en las Cortes los debates sobre el tratamiento constitucional del tema, que ya se habían dado con motivo de la intervención en Vietnam y, además, por los mismos protagonistas. Por parte de la oposición, Salustiano de Olozaga. Por parte del Gobierno, el ministro de Estado don Fernando Calderón Collantes. El Congreso dio el voto favorable para esta intervención en la que tiene un gran interés el emperador francés Napoleón III. El motivo para ello, amén de la política anticlerical y persecutoria de Juárez, estribaba en la intención napoleónica de establecer un Imperio en Méjico, regido por Maximiliano, archiduque de Austria. El cuerpo expedicionario español, mandado por el general Prim, regresa pronto a La Habana y los acontecimientos terminan de forma trágica, con el fusilamiento en 1867, en Querétaro, del proclamado emperador Maximiliano I.

En el ámbito de la política exterior española de la época, que sirve de precedente inmediato a la Gloriosa, conviene finalmente señalar la reincorporación en 1861 de la República Dominicana a la Corona Española, a petición de sus habitantes, con objeto de evitar la doble presión demográfica y cultural de los haitianos y Francia. La unión solo duró cuatro años.

Como señala Jover, España «vive un momento de euforia en cuanto afecta a su posición ultramarina. En mayo de 1863 se crea un ministerio nuevo: el de Ultramar». Lamentablemente ni nuestros políticos ni nuestros diplomáticos pudieron evitar la desdichada guerra del Pacífico, entre España, por un lado, y Perú y Chile por otro. Después de «un gratuito derroche de heroísmo» se terminan las hostilidades en 1866, dejando en aquellos países un clima de suspicacias que duraría mucho tiempo.

Pero además de la brillante política exterior, durante el Gabinete O´Donnell se produce una fuerte expansión económica, que daría lugar a lo que Carr denomina «la sociedad satisfecha… en la que juegan un papel de primera magnitud los generales victoriosos, los especuladores de la banca y de la bolsa, los propietarios agrarios y los nuevos capitanes de empresas industriales, instalados mayoritariamente en la periferia nacional». Todos ellos configuran un tipo de sociedad ansiosa de respetabilidad, amante del lujo y fervorosa practicante de la religión católica. Carr llega a hablar de una «recatolización de España» que, seguramente, sería el remordimiento de una mala conciencia, tras el expolio desamortizador. El pueblo sigue contando relativamente poco. Las asociaciones sindicales y los Ateneos de Trabajadores siguen encontrando muchos obstáculos. La emigración y las fórmulas anarquistas explican, mejor que cualquier otra cosa, el descontento de las clases bajas que, en breve, darán una nueva oportunidad, que será la última vez que el proletariado español se une a la burguesía y la clase media para que se las utilice en la llamada Revolución Gloriosa.

Hoy no parece excesivamente desacertado pensar que la dimisión del Gobierno O´Donnell, en los primeros días de marzo de 1863, puede interpretarse como el inicio de la cuenta atrás en la caída de la Monarquía isabelina y la subsiguiente explosión revolucionaria del 68. La caída del Duque de Tetuán se explica más por las disidencias internas del bloque de poder que por las amenazas de fuera, a pesar de la fuerte acción revolucionaria que sectores progresistas están llevando a cabo en la sociedad civil y también dentro del estamento militar. La Reina colabora inconscientemente y de forma suicida, negándose a llamar a los progresistas para sustituir a O´Donnell, con lo que está ayudando a abrir su propia fosa política. Encarga el Gobierno a Miraflores, a quien suceden Arrazola y Mon. Pero es tarde. Ya no pueden controlar la situación. El 3 de mayo de 1864 tiene lugar el llamado Banquete de los Campos Elíseos, en el que Prim dijo: «Conozco los obstáculos tradicionales que se oponen a que lleguemos al poder, pero así y todo llegaremos…. Dos años calculo que les queda de monopolizar el poder al partido moderado. A los dos años y un día la bandera progresista ondeará triunfante desde Cádiz a La Junquera, desde Badajoz a Irún».

El Conde de Reus y Marqués de Los Castillejos vería confirmada su profecía solo con dos años de retraso sobre la fecha prevista. Para la situación política planteada, la Corona solo tenía dos posibles recambios: Narváez y O´Donnell. Desde septiembre de 1864 a julio de 1868, dos gobiernos del Duque de Valencia y uno del Duque de Tetuán pretenden enderezar la situación. Por una serie de razones —retraimiento progresista, aumento de la subversión y, consiguientemente, de la represión, vacío en torno al trono, etc.— este propósito no se consigue. Don Juan Valera sintetiza magistralmente la situación: «La Corona estaba sin norte, el Gobierno sin brújula, el Congreso sin prestigio, los partidos sin bandera, las fracciones sin cohesión, las individualidades sin fe, el tesoro ahogado, el crédito en el suelo, los impuestos en las nubes, el país en la inquietud, la revolución en actitud amenazadora, la prensa perseguida o silenciada y el poder condenado uno y otro día por los Consejos de Guerra que absolvían a los periódicos a ellos sometidos».

A partir de aquí la descomposición del Régimen es imparable. El 20 de febrero de 1865 se presenta en el Congreso un proyecto de ley, por sugerencia de Isabel II, en virtud del cual la Reina accede a la venta del Patrimonio Real, a cambio de reservarse para ella, a título personal, el 25 por ciento del importe de la venta. Narváez se deshizo en elogios hacia la soberana por su «desprendimiento» y generosidad. Don Emilio Castelar publicó su conocido artículo «El Rasgo», denunciando esta operación y acusando a la Reina de pretender un despojo de los bienes de la Nación. El gobierno reacciona separando a Castelar de su cátedra, así como al Rector de la Universidad Central, Sr. Montalbán, por negarse a aceptar las órdenes del Ministro de Fomento, el antaño liberal exaltado Alcalá Galiano, quien había exigido del profesor Montalbán que expedientara a Castelar. Es nombrado para sustituirle el Marqués de Zafra. La respuesta no se hace esperar. Los estudiantes y gran parte del Claustro se solidarizan con los destituidos y en la noche del 9 al 10 de abril se producen una serie de incidentes, serenata de desagravio al rector cesado incluida, conocidos como «los sucesos de la noche de San Daniel». La represión es muy fuerte y cae el Gobierno Narváez. La Reina llama a O´Donnell. De todos estos acontecimientos, el joven Galdós será testigo cualificado y luego fiel fedatario.

El día 2 de enero de 1866 se subleva el general Prim en el llamado Pronunciamiento de Villarejo, que el Gobierno del Duque de Tetuán logra controlar. El 22 de junio del mismo año tiene lugar la sublevación de los sargentos del cuartel de San Gil. Es violentamente reprimida y ahogada en sangre, fusilándose, tras un juicio sumarísimo, a 66 personas, en las afueras de la Puerta de Alcalá. Entre los curiosos espectadores de estos acontecimientos que se desarrollan en las tapias de la vieja plaza de toros madrileña, se encontraba un joven canario recién llegado a la Península llamado Benito Pérez Galdós. Años más tarde escribiría páginas imperecederas sobre «este fusilamiento en frío y en serie».

El día 22 de agosto de 1866 tiene lugar la firma del Pacto de Ostende, por el que los progresistas y los demócratas deciden unir sus esfuerzos para acabar con los llamados por Olozaga «obstáculos tradicionales» encabezados y dirigidos por Isabel II. El general Prim dirige un manifiesto a la Nación indicando que «la revolución es el único remedio a todos los males» y que hay que acabar con la dinastía.

Narváez tiene que echar mano de todos sus recursos represivos, a pesar de lo cual la revolución deviene imparable. Isabel está cada día más aislada incluso por su propia familia. Su hermana y cuñado Montpensier son «invitados» por el Gobierno a salir de España, por lo que en adelante también jugarán la carta revolucionaria que acabe con su trono. Increíblemente, el Gobierno con su comportamiento está legitimando para el futuro a Don Antonio de Orleans. A partir de este momento, los generales que se levantan contra Isabel están en el mismo plano que el «pastelero francés». Unos y otro son por igual víctimas del gobierno de su Reina y de su cuñada. El tema sería sacado a colación por Prim contestando a una pregunta sobre el Duque en las Cortes Constituyentes.

En noviembre de 1867 fallece en Biarritz el general O´Donnell. Ciertamente había dejado de ser un apoyo para Isabel, pero seguía siendo una barrera que contenía a muchos seguidores de la extinta UNIÓN LIBERAL y a importantes cuadros del Ejército para levantarse contra la Reina. Recordaban que, a pesar de todos los desaires recibidos, el Duque de Tetuán había dicho públicamente que jamás desenvainaría su espada contra ella. Un caballero de la antigua escuela. Su consigna —»con los progresistas ni al cielo»—, rigurosamente observada por sus partidarios, pasa al olvido. Su muerte permite a los unionistas incorporarse al PACTO de OSTENDE.

A principios del 68, la Reina solo cuenta con Narváez y la fracción moderada que le sigue. Ni siquiera el pueblo llano, con el que tanto se ha identificado y que la conocen como «señora flamenca de carnes y respingos», en el decir de un popular personaje de Galdós, está dispuesto a seguir soportándola. Únicamente el conocido con el sobrenombre de «espadón de Loja» sigue creyendo que vale la pena seguir gobernando con quien Adelardo López de Ayala califica como «señora imposible». Pero el Duque de Valencia muere el 23 de abril de 1868. A partir de entonces la Reina se queda sola. Ha perdido los tres duques —el de la Victoria, Tetuán y Valencia— que hasta ahora la habían mantenido en el poder. Isabel II designa nuevo presidente del Gobierno a González Bravo, el hombre de la represión de la noche de San Daniel, quien el día 19 de mayo cierra las Cortes e inicia «una especie de dictadura civil incapaz de frenar los acontecimientos y sirviendo de pretexto y estímulo a la revolución». El Duque de Sexto, que está de guarda en la Mayordomía Mayor de Palacio cuando se entera de la noticia, advierte a la Reina que está «echando el trono por la ventana».

El nuevo presidente decreta la detención y posterior destierro de todos los generales unionistas: Serrano Domínguez, Dulce, Zabala, Serrano Bedoya, Caballero de Rodas y Fernández de Córdoba. El motivo es la publicación el día 3 de julio de 1868 de un artículo titulado «La última palabra», en el diario progresista «La Nueva Iberia», que alude a los pactos entre moderados y progresistas a raíz de la muerte de O´Donnell. La reacción de Palacio y su entorno no pudo ser más desatinada, ya que justificaba a los militares encausados que, a partir de este momento, rompen sus amarras con el trono y se preparan para sumarse a la revolución que ya estaba en el ambiente y que, al grito de «España con honra», estallaría en Cádiz, en septiembre de 1868.

“El espíritu de los sesenta”

Pero el reinado de Isabel II, cuyos momentos finales acabamos de analizar, es, como señala Jover, entre otras cosas por su larga duración, una «verdadera redoma, en la que se gestan, se mezclan y se decantan algunos de los componentes básicos de la España actual….. un segmento decisivo en el hacerse político de la España contemporánea».

Es un período que empieza con una guerra carlista y termina con una explosión democrática, conocida con el sobrenombre de la Gloriosa, que tantas expectativas levantó y tantas frustraciones originó. Pero el reinado isabelino es, ante todo, el estallido del llamado «espíritu de los sesenta», que engloba —como añade Jover— «algunas de las más nobles utopías del siglo XIX». Ellas exigían para su realización la existencia de un determinado clima mental y cultural que las hiciera posible. En este sentido, como en tantos otros, la vida cultural española durante el reinado de Isabel II sigue, en gran parte, la cadencia de la vida cultural europea.

De 1843 a 1869, la cultura europea lleva predominantemente sello francés. Ha tomado el testigo de la cultura y la expande por el mundo. El imperio de Napoleón III y la española Eugenia de Montijo va a servir de escenario y ambientación espléndida de esta cultura que influye en toda Europa y en la América recién liberada. Con Jover, cuya exposición en líneas generales seguimos, las ideas-madres del período que nos ocupa son:

En primer lugar, el eclecticismo, que se presenta como la filosofía política dominante tanto en Francia como en España. Consiste en la renuncia a la búsqueda de una filosofía original y tomar de cada una de las realizaciones filosóficas existentes la que más convenga en cada momento. Esta reacción era hasta cierto punto lógica. Después del gran esfuerzo del pensamiento político en la Inglaterra del XVII, y la especulación llevada a cabo en la Francia del XVIII, solo quedaba un país europeo en condiciones de asumir el liderazgo de la filosofía política. Este país era Alemania. Pocos países se dieron cuenta de ello. Cabe al nuestro, tan influido siempre por la vecina Francia, la gloria de haber contado con un hombre que abanderó un movimiento de germanofilia, que era en gran medida una reacción de galofobia. Gracias a él, en España a mediados del siglo XIX se inicia lo que López Morillas llama una «transvaluación ideológica» que habría de tener importantísimas repercusiones culturales y políticas, de modo especial en la llamada Revolución Gloriosa.

El cambio tiene un protagonista principal, Julián Sanz del Río, a quien su gran adversario Barrantes llama «portaestandarte de los germanófilos en España», un método —el movimiento krausista— y un fin: «el rejuvenecimiento espiritual de la patria», utilizando una expresión de su máximo epígono. La personalidad de Sanz del Río será decisiva. Usaba «palabras de miel» y para sus partidarios «el verbo krausista se había hecho carne en Don Julián». Sus discípulos se «krausistizaban» en contacto con él. La Revolución de septiembre y, concretamente, sobre el tema de la libertad de enseñanza, será el campo de operaciones donde temple sus armas la primera generación de españoles influidos por Sanz del Río. No en balde el krausismo ha sido considerado por algunos autores fundamentalmente como un «estilo de vida», como un «movimiento pedagógico». Tal es la valoración, por ejemplo, de López Morillas y, en la misma línea, Gil Cremades, quien destaca más los planteamientos pedagógicos del krausismo que la influencia política que llegaría a tener. En contra, José Luis Abellán señala «la palmaria significación política de carácter democrático que involucran los textos de Sanz del Río«. Para Peter Landau, lo más original del krausismo es la idea de solidaridad que lleva implícita. Todos estos planteamientos se harían realidad en un grupo de hombres que son conocidos como los llamados «Demócratas de cátedra». Será en el decenio que precede a la Revolución Gloriosa donde debe situarse el máximo apogeo del Krausismo en España y la aceptación de la cultura alemana como el mejor sistema para librarse del influjo de la cultura francesa. Amar a Alemania para salvarse de Francia. El instrumento de penetración del movimiento intelectual europeo en España fueron tres revistas, que tienen como eje la revolución de septiembre y que, en opinión de López Morillas, pueden «compararse sin desdoro con las mejores de su género en Europa». El eclecticismo presentaba como rasgos fundamentales «la oposición al dogmatismo y el radicalismo en nombre de la tolerancia y la conciliación» y ello se ajustaba perfectamente al estilo vital de los krausistas españoles.

Pero, por lo que a Francia respecta, su cultura sigue jugando un papel importantísimo entre las élites ilustradas españolas. En estos momentos se manifiesta en una vía media de compromiso, cuya expresión más egregia será el llamado «liberalismo doctrinario», siendo sus máximos representantes Royer-Collard, Víctor Cousin y Benjamín Constant. Este último desarrollaría en su obra «Principios de la Política» la teoría del poder moderador de la realeza, en el sentido que necesitaba la burguesía triunfante para preservar la situación social vigente. En España, las tesis de Constant influyeron decisivamente en el más importante movimiento cultural de la España del siglo XIX y uno de los más fértiles de todos los tiempos. Se trata de la Institución Libre de Enseñanza. El profesor Pérez Serrano detecta esta influencia en las figuras de Azcárate y Santamaría de Paredes y, por ende, en la Constitución de 1876. La influencia de los doctrinarios franceses en España, y sus homónimos españoles, ha sido estudiada por Don Luis Díez del Corral en su obra «El Liberalismo Doctrinario», texto clave para entender el período que nos ocupa. La traducción política del doctrinarismo en España sería la formación de la Unión Liberal.

La segunda de las grandes ideas puesta en circulación por la cultura francesa es el positivismo, sistema filosófico que solo admite el método experimental. Su creador es Augusto Comte, autor de un «Curso de Filosofía Positiva», que tuvo gran influencia en toda Europa, aunque en España hubo una recepción muy tardía. Entre nosotros, el vehículo de esta nueva doctrina fue La Revista Contemporánea, fundada en 1875 por José del Perojo y Figueras (1852-1908), que de alguna manera facilitó el abandono del krausismo y la incorporación al positivismo de algunos intelectuales. Sus ejemplos más significativos fueron Manuel de la Revilla, el Dr. Simarro y el Dr. Cortezo. La revista estaba abierta a todas las corrientes del pensamiento y, en este sentido, ha sido comparada a la orteguiana Revista de Occidente. En el orden de las realidades políticas, el positivismo se ha manifestado en dos formas históricas fundamentales. De un lado, el llamado «positivismo social», que tiene como principales intérpretes a Saint-Simon, Comte y Stuart Mill. De otro, el positivismo evolucionista, cuyo epígono es Spencer. Todos ellos influyeron en la inteligencia española de la época de forma decisiva, aunque obviamente minoritaria.

La tercera gran corriente del pensamiento francés y, por su influencia europea, es el realismo, también conocido como naturalismo. En contraposición al romanticismo, supone la más fiel representación de la naturaleza. Su punto de partida se sitúa en la frustrada revolución de 1848. Las pinturas de motivos campesinos en Courbet o Millet y la literatura de Flaubert o Zola, describiendo los aspectos más sórdidos de la realidad, son sus mejores exponentes. Estas tres grandes corrientes de pensamiento generan un clima mental, caracterizado por la fe sin límites en el progreso científico, con figuras como Pasteur y Darwin, o Renan en el ámbito del pensamiento político. Positivismo más pragmatismo y eclecticismo serán los valores asumidos por los nuevos protagonistas sociales: la burguesía.

Como reacción frente a todo lo anterior, la única voz que se levanta es la de la Iglesia Católica, que con Pío IX a la cabeza combate todo lo que considera infundios del «modernismo». En 1864 se hace público el SYLLABUS, catálogo de 80 proposiciones erróneas, ya condenadas con anterioridad, pero ahora sistematizadas. Su publicación pone de relieve la incapacidad de un amplio sector de la Iglesia para asumir los nuevos retos, a los que se había intentado hacer frente con las tesis del llamado Catolicismo Liberal, surgido a raíz de la Conferencia de Malinas de 18 de agosto de 1863. El campeón de este nuevo enfoque del catolicismo es el conde Charles de Montalembert, muy influido por Guizot, y cuyo lema era «Iglesia libre en un Estado Libre». Lo que a partir de entonces empieza a llamarse «el problema religioso» está ya planteado en Europa. Dentro de poco llegará a España. Posiblemente la primera ruptura religiosa pública y de cierta trascendencia en nuestra patria, dada la notoriedad de su autor, fue la de Fernando de Castro, franciscano descalzo primero y presbítero secular después, que había sido capellán de Isabel II y que en 1870 rompe abiertamente con la Iglesia, en una actitud parecida a la de otros intelectuales europeos como Loyson, Döllinger, Friedrich, Frohschammer, Huber, etc. Fernando de Castro ya había dejado entrever sus crisis espirituales en un célebre discurso de ingreso en la Real Academia de la Historia en 1866. Más tarde, con la llegada de la Revolución, acepta el cargo de Rector de la Universidad Central, que ha rechazado Sanz del Río. Gran parte de la animadversión que algunos sectores de la sociedad española sienten hacia los krausistas se explica fundamentalmente por cuestiones religiosas, más que científicas o de cultura y pensamiento.

En 1870 tiene lugar el Concilio VATICANO I, que declara, entre otras cosas, la infalibilidad pontificia. Se empieza a producir una reacción de la espiritualidad cristiana, que tiene como primera manifestación las apariciones de Lourdes de 1848, el año de la revolución. Esta espiritualidad se va a traducir en una filosofía más atenta al ser humano como individuo «desfalleciente», en el sentido unamuniano del término. El sufrimiento humano será objeto de especulación para Kierkegaard y de inspiración para Baudelaire.

Sobre este mapa europeo y en paralela cadencia con el mismo se mueve la cultura española de la época isabelina, dentro de la cual, y dada la amplitud y riqueza del período, conviene hacer algunos cortes transversales para su mejor comprensión.

La traducción y aplicación de todo esto en España da como resultado la siguiente situación. Hay, en primer lugar, una cultura oficial cuyos sujetos pasivos e impulsores son los miembros de la alta burguesía, la oficialidad del ejército y los integrantes de la corte de Isabel II. En este ambiente predominan fundamentalmente las corrientes eclécticas. Sus hitos fundamentales vienen dados por las «Lecciones de Filosofía Ecléctica» de Tomás García de Luna, junto a las Lecciones de Derecho Político, dictadas en el Ateneo de Madrid, por Pacheco, Alcalá Galiano y Donoso Cortés, a la muerte de Fernando VII. Todo ello dejaría su marca en la Constitución Moderada de 1845.

En el terreno literario, Allison Peers afirma que el eclecticismo, unido al romanticismo liberal, dará espléndidos frutos y responderá a las necesidades culturales de la nueva mesocracia emergente. El eclecticismo conecta mejor que otras corrientes al talante de la época, que ha renunciado a incorporarse al movimiento positivista y al desarrollo científico. España, ante el dilema ciencia o literatura, se decanta abiertamente por esta última.

Dentro de esta «cultura oficial», de acuerdo con la denominación acuñada por JOVER, a quien seguimos, se da una fuerte influencia italiana, sobre todo en el ámbito cortesano, y referida especialmente al terreno de la música. Sopeña ha llegado a hablar de «italianismo». Las relaciones España-Italia, que siempre han existido, en esta época se incrementan. La Reina Madre es napolitana y nuestros jóvenes artistas hacen con frecuencia su pensionado en Roma o cualquiera de los grandes focos artísticos del país. La ópera italiana se pone de moda entre nuestras clases dirigentes y el gran Rossini visita España. Se termina la edificación del Teatro Real de Madrid, y nuestros jóvenes compositores sueñan con hacer una «ópera nacional» a imitación de lo sucedido en Italia.

En el ámbito cortesano, la pintura se manifiesta en dos géneros. De un lado, el retrato y, de otro, la pintura histórica. Federico de Madrazo, español nacido en Roma en 1815, será el pintor cortesano por excelencia. El sevillano Antonio María de Esquivel nos legará la iconografía de la clase política de su época. Sus cuadros inundan las dependencias oficiales y por sus pinceles pasarán la mayor parte de los dirigentes políticos isabelinos.

En cuanto a la pintura de historia, se trata de lienzos de extraordinarias dimensiones y de gran calidad artística. Su función es, no solo estética, sino fundamentalmente política. Se pretende llevar al lienzo los momentos más significativos de la historia patria y actúa de potenciadora de la conciencia histórica nacional de España. En muchas ocasiones, el artista lleva al lienzo episodios históricos recogidos de la obra del Padre Mariana, o más recientemente de la de Modesto Lafuente, cuya obra histórica inconclusa terminaría Don Juan Valera. Las figuras más destacadas son Eduardo Rosales con su «Testamento de Isabel la Católica»; Antonio Gisbert con «El fusilamiento de Torrijos»; y Eduardo Cano en «Don Álvaro de Luna enterrado de limosna en Valladolid».

Al margen de la llamada cultura oficial se desenvuelven las clases medias, un segmento minoritario que apenas abarca el 10% de la población. Estaba integrado por profesiones liberales, funcionarios, empleados, etc., que si bien son escasos cuantitativamente, desde el punto de vista «cualitativo» son los que van a dar el «tono» a la España isabelina. Son el prototipo de lo que Jover denomina la «burguesía hogareña» en contraposición a la «burguesía financiera y especulativa», en que ha desembocado la antaño «burguesía revolucionaria» de la que habla Artola. Como señala Jover, practican las virtudes hogareñas, la tranquilidad; son amantes del orden público y la paz social; cristianos en sus planteamientos éticos, y con «una especial sensibilidad para los valores morales». Son los que después de 1869 van a buscar «la querencia del orden», y todo ello al abrigo de las ideas conservadoras. Practican la «empleomanía» y, como dice Galdós, tienen inclinaciones «presupuestívoras», cifrando toda su ambición vital en ocupar un puesto al sol del presupuesto y cuanto más fijo y estable, mejor que mejor. Se mueven en medio de una «dorada mediocridad», y van a encontrar en Manuel Bretón de los Herreros, Fernán Caballero (Cecilia Böhl de Faber) y Ramón Mesonero Romanos sus principales intérpretes. Gustan de las traducciones de Walter Scott, Víctor Hugo y Alejandro Dumas. Se entusiasman con Bécquer y Rosalía de Castro, asisten a las representaciones de El Tenorio de Zorrilla y leen con avidez las novelas de Manuel Fernández y González. Dentro de este segmento, en cuanto participa de alguno de sus postulados básicos, hay que situar a Jaime Balmes, «la principal aportación española a la filosofía del siglo XIX», en opinión de Marías. Coincide con las clases medias españolas, amén de por su origen social, por esa mezcla de conservadurismo y progresismo matizado por el «seny» de su tierra, que impregna su obra.

Por último, las clases populares tienen también su propia actitud ante la cultura de la época. Son artesanos, pequeños comerciantes, dependientes, etc. Se apasionan con las novelas por entregas que se adquirían a través de suscripción. Es una literatura de evasión cuyos máximos representantes son Wenceslao Ayguals y Pérez Escrich. El primero es el autor de «María o la hija de un jornalero», que llegó a alcanzar una difusión extraordinaria. Era frecuente llevar a cabo la lectura colectiva de estas obras, lo que permitía el máximo aprovechamiento de los textos. Este tema, estudiado por María Cruz Seoane, es especialmente visible con la prensa política, y ello va a permitir la configuración de una mentalidad colectiva, incluso entre personas con evidentes carencias culturales. Así empiezan a entrar ideas del socialismo utópico de Fourier y Cabet, al mismo tiempo que ya en Madrid Fernando Garrido, fourierista convencido, publica en 1856 una revista socialista llamada «La Atracción». Respecto a la Corona se muestran al principio indiferentes y después abiertamente en contra, especialmente tras los sucesos de San Gil. A partir de entonces, ni siquiera lo que algún autor ha llamado «la gracia zumbona y popular de la Reina» es santo de su devoción.

En el orden religioso, empieza a dibujarse un violento anticlericalismo de raíz urbana. Se combate al clero en nombre de las ideas de progreso y se le acusa por su respaldo a la Monarquía isabelina y la «Corte de los Milagros». Su anticlericalismo se manifiesta frente a la jerarquía religiosa, a los que ven integrados en el bloque de poder y cuyas incoherentes posturas no acaban de entender. Cuando a finales de su reinado, el día 12 de febrero de 1868, en la capilla del Palacio Real de Madrid, un enviado especial del Papa Pío IX entregue a Su Católica Majestad la Reina Isabel II la Rosa de Oro, la más alta condecoración pontificia, el pueblo llano de Madrid no sale de su asombro. Conoce perfectamente la licenciosa vida de su castiza Reina y no acierta a comprender los méritos contraídos para merecer tan alta distinción. Valle-Inclán será el fedatario lírico pero exacto de esta situación.

Estas y otras realidades hacen que se vaya produciendo un alejamiento en las prácticas piadosas por parte de las clases populares. Se proclaman asimismo cristianos y anticlericales y prescinden de todos los sacramentos, salvo el bautismo, el matrimonio y la extremaunción. Sin embargo, sería de las filas populares de donde saldría el gran santo español de su época: Antonio María Claret, nacido en Vic, confesor de Isabel II, exiliado con la Corte en 1868 y muerto en Narbona en 1880. El famoso Padre Claret sería canonizado en 1950.

En la preparación del clima necesario para la revolución de septiembre jugó un papel de extraordinaria importancia la prensa de la época. En los años previos se escribieron —como ha señalado María Cruz Seoane— «algunos de los más célebres artículos políticos de la historia de la prensa española», como “Meditemos”, de Lorenzana en «El Diario Español»; “El rasgo” de Castelar en «La Democracia»; “La última palabra” de Carratalá en «La Nueva Iberia». El año 1867 don Eduardo Gasset y Artime funda El Imparcial, un periódico que hará una fuerte competencia a La Correspondencia de España. Dentro de los partidos democráticos destacaban «La Discusión», primero bajo la dirección de Rivero y más tarde de Pi y Margall; «El Pueblo» de Eugenio García Ruiz; y «La Democracia» de Castelar, de muy corta duración. Los progresistas se valen de «La Correspondencia» y sobre todo de «La Iberia», dirigido por Sagasta. En el campo de la extrema derecha —conocidos como los neocatólicos o simplemente neos— destacan «La Regeneración», cuya máxima figura era Aparisi y Guijarro; y «El Pensamiento Español», fundado por Gabino Tejado, discípulo y amigo de Donoso Cortés, y a quien Giner de los Ríos atribuye la paternidad y la introducción de este movimiento de los neocatólicos en España. Allí escribían Navarro Villoslada y Juan Manuel Orti y Lara. Los moderados contaban con un gran periódico: «El Contemporáneo», fundado por Albareda en 1860, de extraordinaria calidad literaria. El órgano más importante de la Unión Liberal era «La Época», del futuro Marqués de Valdeiglesias.

Pero lo que da el tono periodístico de esta época es la prensa satírica, «guerrilleros contra los obstáculos tradicionales», los llama Cruz Seoane. Destacan el «Gil Blas» y «El Jeremías», que incorporan por primera vez en España el humorismo gráfico y la caricatura con una gran carga de intencionalidad política. También «El Cascabel», «El Abate», «El Paleto» y «El Diablo Verde».

El estallido revolucionario será en gran parte posible por la acción de estos medios de comunicación, que crean el clima conveniente sobre su inevitabilidad. Triunfante la revolución, una de las primeras medidas del Gobierno Provisional será establecer la más completa libertad de prensa que jamás se ha disfrutado en España. A ello se añade el aumento de las tiradas, que hace una realidad en nuestra patria la influencia de lo que Burke llamó «el cuarto poder» en la Gran Bretaña. En una polémica intervención parlamentaria en las Constituyentes del 69, al quejarse un miembro del Gobierno Provisional de la acritud de la prensa, Figueras se levanta y afirma que los dardos de la prensa son la pensión obligada de los hombres públicos.

En la andadura revolucionaria, el panorama de la prensa es el siguiente: una libertad total para la creación de periódicos, cuyo número aumenta considerablemente, a la par que su tirada. Desciende, como ha destacado María Cruz Seoane, el número de publicaciones de carácter científico o literario en proporción inversa al aumento de los de carácter político o ideológico. A veces su existencia es efímera. Se mantienen «La Correspondencia» y «El Imparcial» como periódicos de información general. En el ámbito partidista, hay que resaltar la gran difusión de los periódicos próximos al carlismo militante, partidarios de la entronización de Carlos VII, Duque de Madrid, como Rey de España. Desde el punto de vista ideológico se mantienen, no al margen, sino abiertamente en contra de cualquier veleidad revolucionaria. Influyeron en las Cortes Constituyentes a través de la minoría carlista —pocos pero muy combativos diputados—, e incluso llegaron a contar con un periódico titulado «El Cuartel Real», que actuaba como órgano oficioso del pretendiente. Como destaca la profesora Seoane, «el artículo de Navarro Villoslada <El hombre que se necesita> publicado en El Pensamiento Español el 2 de diciembre de 1868, es uno de los textos básicos del carlismo en estos años».

Entre los republicanos destacan «La Igualdad», «La Discusión», «El Pueblo» (el periódico de García Ruiz, defensor en solitario de la república unitaria en las Cortes Constituyentes), «La República Ibérica», «El Sufragio Universal», el satírico «Gil Blas» y el semanal «Federación Española», dirigido por Rodríguez Solís. De entre todos ellos destaca «La Igualdad», que llegó a tener una tirada que en algunos momentos superó los 35.000 ejemplares, y cuyo lema era: «Los que dicen libertad, dicen igualdad o no dicen nada; los que dicen igualdad, dicen república». Fue dirigido sucesivamente por Figueras, Orense, Joaritzi, Cala, Mellado y Benot.

En el espectro político del centro derecha destaca «Las Novedades», partidario a ultranza de la candidatura de Montpensier al trono de España y órgano del moderantismo. Entre los progresistas, «La Iberia», controlado por Sagasta; y entre los llamados constitucionalistas, «El Puente de Alcolea», «La España Constitucional», «La Prensa» y «El Popular». Entre los partidarios de la restauración alfonsina destacan «La Época» y «El Diario de Barcelona».

Durante los años del sexenio, el periodismo satírico alcanzó altas cimas. Destacan «La Gorda» (su denominación alude a una frase muy extendida en los momentos prerevolucionarios: «aquí se va a armar la gorda») y «El Papelito», ambos de clara inspiración carlista. Muy agresivos, podían perfectamente hacer la competencia a los «petroleros» de extrema izquierda. En el extremo opuesto a los carlistas estaba «La Flaca», republicano, federal y anticlerical. «Los Descamisados» y «El Petróleo», como ha puesto de relieve Termes, eran «falsamente internacionalistas, pues ambos estaban financiados por las autoridades para desacreditar a la prensa y al movimiento obrerista, utilizando frases y conceptos exageradamente incendiarios y demagógicos».

A través de estos medios se intentaba crear opinión pública, tema que en estas calendas va a adquirir una especial importancia, habida cuenta del establecimiento, por primera vez en España, de un sufragio universal masculino, que facilitaría la participación política a amplias clases sociales que hasta ahora habían quedado fuera de juego por la técnica del sufragio censitario. De ahí la importancia que los líderes políticos dan a los medios de prensa, y su participación directa o indirecta en muchos de ellos. Por otra parte, todos los sectores sociales implicados en el sexenio —tanto los que estaban a favor como sus adversarios— son conscientes de la tarea a la que se enfrentan —desmantelar los restos del Antiguo Régimen que aún quedaban y dar paso a una legislación más moderna que consolidara definitivamente el predominio de la burguesía—, y ello en un contexto democrático no puede llevarse a cabo sin contar con la opinión pública, que va a tener la oportunidad de manifestarse en las campañas electorales que se avecinan. De ahí que en estos tiempos la prensa dedique una gran parte de su actividad a destacar el liderazgo social y político de sus dirigentes y a informar a la población de la obra que están llevando a cabo. Cuando se acercan las elecciones, la actividad de los medios se multiplica y sus tiradas, por regla general, se acrecientan.

El profesor Carro incluye en su mencionada obra algunas de las opiniones de la prensa una vez que se hace público el proyecto de Constitución. La mayoría, francamente negativa. Para los periódicos republicanos se trata de «un documento capcioso, ecléctico, sofístico y doctrinario» («La Igualdad», 30 de marzo de 1869), o «una constitución esencialmente doctrinaria… como un resumen de la Constitución de 1845 y de la nonnata de 1856» («La Discusión», 31.3.1869), y como editorializa «El Pueblo»: «es tanta y tan grande la impresión desagradable que nos ha causado el proyecto de Constitución leído ayer en las Cortes, que nos veríamos precisados a emplear todas las palabras que en el Diccionario de la Lengua hay para calificarlos de malo, detestable y reaccionario» (31.3.1869).

Para el periódico «La Reforma», órgano de los progresistas:
«es una serie de recíprocas concesiones entre principios que se habían estimado contradictorios, más que una definición de la ley constitucional del país. Es una imposición de las circunstancias y no una declaración de doctrina» (31.3.1869). Desde el lado carlista, «La Esperanza» llama a la Constitución «monstruoso feto» (31.3.69). «El Siglo» habla de «una Constitución más» (1.4.69).

La prensa de la coalición mayoritaria tampoco demuestra mucho entusiasmo. Aceptan el texto en líneas generales, aunque muestran reservas respecto a algún artículo concreto. Así, «La Nación» critica el art. 110. «El Universal» amplía la lista de artículos rechazables incluyendo el 17, 18, 23, 27, 31, 34, 38, 42, 55, 70, 71 y 72 del Proyecto. «Las Novedades» pone en solfa el sentido democrático de la futura constitución (2.4.69). «Los Sucesos» alude al carácter confuso de la constitución y considera incompatibles los principios de la soberanía nacional con las prerrogativas concedidas al monarca. «Las Cortes» dice «que la lectura de la Constitución produce complacencia al principio, frialdad después y desagrado al final». «La Época» critica el carácter ilimitado que se da a las libertades en el texto, lo que conducirá a la ingobernabilidad del país. En el más progresista de los órganos de prensa del momento, «La Iberia», se echa en falta una defensa más contundente del proyecto constitucional. Lo mismo sucede en el periódico «El Certamen», también de filiación progresista.

Carro destaca que «solo cuatro periódicos son los únicos que acatan y alaban abiertamente la Constitución. Son» El Diario Español, La Opinión Nacional, La Política y El Imparcial.

El primero dice que la Constitución <responde completamente a los deseos y aspiraciones del país, que traduce con fidelidad las grandes y gloriosas conquistas de la Revolución de septiembre y que abre nuevos caminos a la marcha del verdadero progreso, el único que puede hacer poderosas a las naciones> y terminaron una felicitación unánime, llegando a la conclusión de que la <Constitución es base firmísima del nuevo edificio social y político de la regeneración española> (31.3.69). La Opinión Nacional hace un repaso de todo el proyecto en su edición del día 3 de abril, valorándola en sus justos términos. En cuanto a El Imparcial, destaca la transacción entre los tres partidos que integran la mayoría y, por ende, la Comisión que elaboró el proyecto. Finalmente, La Política saluda <con tanta veneración como júbilo el memorable día 30 de marzo de 1869; nosotros felicitamos a las Cortes Constituyentes y a la nación que representan, nosotros inclinamos una vez más la cabeza ante la majestad de la revolución de septiembre al ver traducirse en preceptos, que serán como las tablas de una nueva ley, la libertad omnipotente de la soberanía nacional>.

Además de la prensa, no es desdeñable la acción que se llevaba a cabo desde los clubs y las reboticas, algunas de las cuales fueron centro de activa conspiración contra la monarquía isabelina y lugar de seguro refugio para los futuros portavoces de la revolución septembrina. Nicolás Estévanez en sus «Memorias» comenta con orgullo su etapa de conspirador y agitador y sus vivencias en el Café de el Príncipe, el del Siglo, el Suizo y el Lepanto, que reproducía con «fidelidad arqueológica» el antiguo Lorencini y la Fontana de Oro. «El águila de las guerrillas», como le llama Galdós, confiesa haber pasado en ellos algunos de los más apasionantes momentos de su vida. El ilustre canario va a llevar a cabo en sus novelas “una rehumanización de la historia al uso”, o una historia humanizada, poniendo en circulación el concepto de “humanismo popular” que impregna el espíritu de los sesenta.

NOtas

[1] Federico Carlos Sainz de Robles en el estudio introductorio a la edición de los “Episodios Nacionales” de Aguilar. Madrid, 1970. Vol. I.

[1] Clarín pondría de relieve que no hay una sola referencia a Las Palmas en la gigantesca obra de Galdós.

[1] El Ateneo ocupaba la planta segunda del edificio en cuyos bajos tenia su sede la Real Academia de Legislación y Jurisprudencia.

[1] Véase “España 1808-1939”. Barcelona, 1998. pág. 254.

[1] Recogido por TOMAS VILLARROYA. Tomo XXXIV. Hª de España de Menéndez Pidal, Madrid, 1981. Pág. 318.

[1] El proceso ha pasado a la historia del parlamentarismo español con el sobrenombre de «los cargos de las piedras». El tema fue abordado por Melchor Fernández Almagro en su biografía de Canovas. Don Agustín ESTEBAN COLLANTES era un abogado de la Villa y Corte, nacido en Carrión de los Condes en 1815, que muy pronto empieza una brillante carrera política en Madrid, utilizando la vía del periodismo. Participó muy activamente n la caída de Espartero en 1483, ocupando a partir de entonces cargos ministeriales en varios Gobiernos. Tras la Vicalvarada huyó a Francia. A su regreso se vio envuelto en el famoso proceso. Se mantuvo al margen de la Revolución de Septiembre y se dedicó a la restauración alfonsina en cuerpo y alma, fundando para ello el periódico El Eco de España. Alfonso XII lo nombró Ministro en Lisboa y más tarde Presidente del Consejo de Estado. Murió en Madrid en 1876. Diccionario de Historia de España. Rev. de Occidente. Madrid, 1968. Vol. I. Pág. 1338.

[1] Recogido en Tomo XXXIV Historia de España de Menéndez Pidal, Madrid, 1981.Pág.328-329

[1] Recogido por TOMAS VILLARROYA, op. cit. pág. 330.

[1] En JOVER, Introducción… Tomo XXXIV. Historia de España de Menéndez Pidal. Madrid, 1981. Pág.680

[1] TOGORES SÁNCHEZ, Luís E.: «Extremo Oriente en la Política Exterior de España (1830-1885). Madrid, 1997. Especialmente págs. 27 a 37.

[1] Curiosamente no fue el primer caso de una antigua colonia o provincia de ultramar, que tras la independencia intenta reintegrarse en los dominios españoles. El año 1846, Fernando MUÑOZ, el marido morganático de la Regente Cristina de BORBÓN, había rechazado la corona que le ofrecía el pueblo de la República del Ecuador.

[1] Carr distingue las siguientes etapas: 1º. Parlamentarismo pretoriano. 1840-1856;  2º. La sociedad satisfecha. 1856-1866; 3º. La solución revolucionaria. 1868-1870; 4º. La monarquía artificial. 1870-1873.

[1] Recogido por TOMAS VILLARROYA en op. cit. pág. 338.

[1] Historia de España de Modesto Lafuente. Continuación por Valera. Tomo XXIII. Pág. 293. La situación de la prensa en el reinado de Isabel II tiene como punto de partida el Reglamento de Prensa de 4 de enero de 1834, seguido de la Ley de Prensa de 22 de marzo de 1837 que, a su vez, es derogada por la llamada Ley Nocedal de 13 de julio de 1857, a su vez reformada por las Leyes de 22 de junio de 1864 y principalmente la Ley González Bravo de 7 de marzo de 1867. Esta norma, extraordinariamente restrictiva y que superaba con mucho a todas las anteriores en el rigor de la censura, era el derecho positivo vigente en el tema de la libertad de expresión en vísperas de la revolución de Septiembre.

[1] El artículo se publicó en La Democracia, periódico de su propiedad que había fundado en 1864. El periódico servia de órgano de expresión de su republicanismo y en el mismo expuso su conocida «formula del progreso» que cifraba en el derrocamiento de Isabel II y la instauración de la República, la solución a los problemas de España.

[1] La discusión en el seno del Consejo de Ministros fue tan violenta y controvertida que el Ministro de Fomento, ALCALA-GALIANO, enfermó gravemente y tras una agria discusión con el Ministro GONZÁLEZ BRAVO que había dirigido la represión de la noche de San Daniel, como titular de Gobernación, murió al día siguiente, 11 de abril de 1865. De Don Antonio ALCALA GALIANO, el protagonista de La Fontana de Oro, traza Pérez Galdós la siguiente semblanza: » Era tan feo y tan elocuente como Mirabeau. Su figura, bien poco académica, y su cara no semejante a la de Antinoo, se embellecían con la virtud de un talismán prodigioso: la palabra. Le pasaba lo contrario que a muchas personas de admirable hermosura, las cuales se vuelven feas desde que abren la boca». 

[1] Galdós en el Episodio Nacional que titula «La de los tristes destinos» afirma que las ultimas palabras de Narváez fueron: «Esto se acabó. Dejo a España entre dos Juanes (Pezuela y Prim. Reacción y libertad)».  En la misma obra comentando la muerte de O’Donnell recoge el siguiente comentario atribuido a Isabel II: » Se empeñó en no volver a ser ministro conmigo y se ha salido con la suya». Op. cit. pág. 732.

[1] TOMAS VILLARROYA. Op. cit. pág. 361.

[1] Véase Carlos CAMBRONERO: “Isabel II”. Madrid, reed. 1976.  Pág. 241.

[1] JOVER ZAMORA. Op. cit. pág. IX.

[1] SANZ DEL RIO descubre Alemania en 1843-44 y conoce la cultura germánica en su triple vertiente filosófica, literaria y científica. Es en España lo que Madame de Staël en Francia o Coleridge y Carlyle en Inglaterra. SANZ DEL RIO  estuvo alojado durante su estancia en Heidelberg en casa del historiador Georg WEBER y tuvo como compañero de pupilaje a Henri-Frederic AMIEL en 1844.

[1] El paralelismo entre germanofilia y galofobia, fue visto con su agudeza habitual por Don Juan VALERA y así lo hizo constar en su Discurso de contestación al de ingreso de NUÑEZ DE ARCE, en la Real Academia Española de la Lengua el 21 de mayo de 1876.

[1] Véase «El Krausismo español» de J. López Morillas. F.C.E. Madrid, 1980. Pág. 7. Sin embargo el interés por la cultura alemana, y el consiguiente desplazamiento de la influencia francesa es anterior a Julián SANZ DEL RIO. La profesora Teresa Rodríguez de Lecea sitúa como primer adelantado de la cultura germánica en España a Juan Nicolás BÓLH DE FABER, que ya en 1814 traduce y publica en España «Las reflexiones de Schlegel sobre el teatro». Los alemanes ya habían demostrado gran interés por España y la temática española. Se da el caso curioso que la primera Historia de la Literatura española, la escribió un alemán, el Doctor Friedrich Bouterweck, traduciéndola al español en 1829. Fue a través del influjo del romanticismo alemán, exaltador de las culturas autóctonas, el carácter trágico de la vida etc., que de alguna forma encontraba fiel reflejo en España, cómo pudo ser contrarrestado el expansionismo cultural francés, plenamente vigente en el XVII y XVIII. (Recuérdese la famosa expresión del Padre Isla: » Yo conocí en Madrid a una marquesa, que aprendió as estornudar a la francesa»).El Romanticismo alemán se impone frente al neoclasicismo de cuño francés. Lamentablemente, Bohl de Faber identifica romanticismo con tradicionalismo y reacción, con lo que los primeros liberales españoles a principios de siglo se ven forzados a rechazar la cultura alemana, según ha demostrado Vicente Llorens en su obra «Liberales y Románticos». El primer contacto de los liberales españoles con la cultura germánica no pudo ser más desastroso. Véase Rodríguez de Lecea en «Influencia de la cultura alemana en España en la primera mitad del siglo XIX» en la obra colectiva «Sociedad, Política y Cultura en la España de los siglos XIX y XX. VV.AA., dirigida por Tuñon de Lara. Edicusa. Madrid, 1973. Págs. 33-41.

[1] Julián SANZ DEL RIO había nacido en Torrearevalo (Soria) en 1814 y murió en Madrid en 1869. Después de haber estudiado en las universidades de Granada y Madrid, y siendo catedrático de Historia de la Filosofía de esta ultima, se trasladó a Alemania en 1843, pensionado por el ministro GÓMEZ DE LA SERNA. A su regreso a España influyó considerablemente en un grupo de discípulos selectos -GINER DE LOS RIOS, SALMERON, AZCARATE etc.- y a su pluma y a su docencia se debió la difusión entre los universitarios de las doctrinas krausistas, muy combatidas por profesores de formación católica, cono MENENDEZ PELAYO. En 1867, OROVIO privó de su cátedra a SANZ DEL RIO, acusado de panteísta y además por haberse negado a suscribir una declaración confesional y dinástica. Fue repuesto por la Revolución de Septiembre, pero no aceptó el rectorado que le ofreció la nueva situación política. A su escuela se debe la creación de la Institución Libre de Enseñanza. Entre sus obras- que no fueron muy leídas- destaca Ideal de las Humanidad para la vida (Madrid, 1860), Lecciones para el sistema de filosofía analítica de Krause, y El idealismo absoluto.  (Diccionario de Historia de España. Ed. Rev. de Occidente. Vol. III. Pág. 617). La etapa de formación andaluza de Sanz del Río, ha sido analizada por Miguel CASTILLEJO GORRAIZ en «El fundador del krausismo español (etapa andaluza)». Córdoba, 1992. Es un volumen de 383 páginas en el que se estudia minuciosamente la estancia de Sanz del Río en el Seminario de Córdoba

[1] El movimiento krausista era llamado por sus seguidores «la filosofía novísima» y según LÓPEZ MORILLAS sus principales características eran:

1º Profundo sentido religioso.

2º Gran impulso reformador y humanitario que tiene algunos puntos de contacto con la filosofía social que propugnan hombres como FOURIER y SAINT SIMON.

3º Profundo desdén hacia la filosofía francesa. Sobre KRAUSE hay que destacar la biografía de Enrique M. UREÑA: «KRAUSE, educador de la Humanidad». Unión Editorial. Madrid, 1991. Su autor es un gran especialista en temas de krausismo y Director del Instituto de Investigación sobre Liberalismo, Krausismo y Masonería de la Universidad de Comillas

[1] LÓPEZ MORILLAS destaca su escaso calado intelectual en contraste con su gran personalidad. Sabia «cautivar, fascinar, seducir. Tales son quizá los vocablos que mejor cuadran a la actuación del jefe krausista español», y más adelante afirma: » que antes que a la doctrina krausista se rendía tributo al hombre que la profesaba, al individuo Julián Sanz del Río». Op. cit. págs. 53-54.

[1] Historia Critica del Pensamiento Español. Tomo IV. pág. 399.

[1] FERRATER incluye una nomina de los principales krausistas españoles que son en su opinión: SANZ DEL RIO, FRANCISCO GINER DE LOS RIOS, FEDERICO DE CASTRO Y FERNANDEZ(1834-1903), GUMERSINDO DE AZCARATE(1840-1917), ALFREDO CALDERON (1850-1907), FERNANDO DE CASTRO, MANUEL SALES Y FERRÉ(1843-1910), ALFONSO MORENO  ESPINOSA (1840-1905), FRANCISCO BARNES (1834-1892), ROMUALDO ALVAREZ ESPINO(1839-1895), NICOLÁS SALMERON (1838-1908),FRANCISCO DE PAULA CANALEJAS, JOSÉ DE CASTRO y HERMENEGILDO GINER DE LOS RIOS (1839-1915. Añade una lista de simpatizantes en los que incluye a EMILIO CASTELAR, PI Y MARGALL, JOAQUÍN COSTA y JUAN VALERA. Por ultimo califica como sucesores  a MANUEL BARTOLOMÉ COSSIO, JOSÉ CASTILLEJO, ADOLFO POSADA, PEDRO DORADO MONTERO (muy proclive al positivismo), JULIÁN BESTEIRO y FERNANDO DE LOS RIOS (ambos en la línea del llamado socialismo humanista), RIBERA PASTOR (NEOKANTIANO), MANUEL GARCÍA MORENTE, JOSÉ VIQUEIRA. La explicación del arraigo en España de una doctrina alemana es la existencia de un campo abonado, una especie de pre-krausismo español desde finales del siglo XVIII, según ha investigado profundamente Pierre Jobit. (Diccionario. Vol. I. págs. 1066 y ss.).

[1] LÓPEZ MORILLAS dice que » la lucha contra el imperialismo cultural francés, vino a reproducir, transmutada en lid intelectual, la lucha contra el imperialismo político-militar encarnada en Napoleón. Shakespeare y Calderón militaban contra Racine, como Wellington y Castaños combatían a Bonaparte». Op. cit. pág. 87. El desprecio por la cultura francesa y la admiración por la alemana se dio también durante el franquismo. Pero con una importante diferencia respecto a los krausistas. Se despreciaba también a Inglaterra por ser una democracia liberal.

[1] Las tres revistas en cuestión son: 1º «La Revista de España» fundada en 1868 y que refleja la cultura dominante de la época del liberalismo doceañista; 2º «La Revista Europea», fundada en 1874, de clara inspiración krausista y 3º «La Revista Contemporánea», fundada en 1875, que actúa como estandarte de las doctrinas positivistas. Las tres tienen una gran altura intelectual y sirven de plataforma de la cultura europea de su tiempo.

[1]. FERRATER MORA.”Diccionario de Filosofia”. Buenos Aires, 1975. Vol. I. pág. 497.

[1] Aunque fue fundada en plena Restauración, en 1876, sus principios germinales son plenamente del sexenio. Su promotor efectivo fue Don Francisco GINER DE LOS RIOS, que junto a un grupo de profesores de instituto y universidad, disconformes con la enseñanza confesional en los centros oficiales, y muchos de ellos separados de sus cátedras  en base a la llamada «cuestión universitaria», promovida por el Ministro OROVIO, deciden dar vida a esta Institución. Para resolver estas cesantias, GINER, preso en Cádiz, decide fundar un centro que fuera a un tiempo de enseñanza secundaria y universitaria. El modelo a seguir era la Universidad Libre de Bruselas. Se propone conseguir un puesto de trabajo y al mismo tiempo renovar los sistemas pedagógicos en España, tarea inspirada por su maestro SANZ DEL RIO. Los Estatutos se aprobaron el día 31 de mayo de 1876 y quedó constituida en forma de sociedad por acciones. Su primer Rector fue Laureano FIGUEROLA, ministro de Hacienda del Gobierno Provisional, quien inaugura el Centro Universitario el 29 de octubre de 1876. En 1878 se abre la Escuela Primaria y en 1885 el Parvulario. Desde el punto de vista pedagógico se implanta la coeducación, la enseñanza del arte, viajes de estudios para conocer in situ los principales paisajes culturales e históricos del país y la practica del deporte. Gracias a la Institución se aprueba la ley de equiparación de maestros y maestras, la creación del Ministerio de Instrucción Publica, desgajando las materias de enseñanza del de Fomento, donde hasta entonces todo lo relativo a la educación y la cultura ocupaba una Dirección General mas del Departamento, la creación de la Junta para Ampliación de Estudios en el extranjero y la creación de Sociedades para la Investigación Científica. Su importancia en la España Contemporánea ha sido decisiva, en opinión de la mayoría de los autores. Posiblemente SANZ DEL RIO, GINER y Manuel BARTOLOME COSSIO, sean las tres personalidades mas importantes de la Institución (Diccionario de Historia de España. Rev. Occidente. Madrid. Vol.II pág.483). Sobre la Institución hay una amplia bibliografía, cuyos autores y títulos más significativos son: Vicente CACHO VIU: «La Institución Libre de Enseñanza». Madrid, 1962. María Dolores GÓMEZ MOLLEDA: Los Reformadores de la España Contemporánea», Madrid, 1966. La obra mas sistemática y completa publicada hasta la fecha  es la de Antonio JIMÉNEZ-LANDI, titulada «La Institución Libre de Enseñanza y su ambiente». Madrid, 1996. 4 tomos.

[1] PÉREZ SERRANO en Tratado de Derecho Político. Ed. Civitas. Madrid. Pág. 375.

[1] Editada por el Instituto de Estudios Políticos. Madrid, 1956. Dos terceras partes del libro, como reconoce el propio autor, están dedicadas al análisis de los doctrinarios franceses. El resto a sus homónimos españoles.

[1] Se trata de un intento de reforma católica que seria condenada mas tarde  por el Papa Pío X  en la encíclica Pascendi del 8 de septiembre de 1907. El mayor representante de este movimiento es el abate Luciano Laberthonniére (1860-1932), miembro de la Congregación de los Padres del Oratorio.

[1] Del mismo año es la QUANTA CURA. Entre las 80 proposiciones condenadas por el Syllabus se encontraban todos los conceptos que eran moneda de libre circulación en la cultura europea de su tiempo. En el «catalogo de errores» estaban los conceptos siguientes: librepensamiento, agnosticismo, materialismo, nacionalismo, anticlericalismo, regalismo, liberalismo y masonería. En los debates constituyentes de 1869 salió a relucir en mas de una ocasión la postura de Roma respecto de este tema.

[1] El mensaje de Montalembert queda reflejado en su famosa alocución: » Si, Católicos, entendedlo bien: Si queréis la libertad para vosotros, necesitáis quererla para todos los hombres y bajo todos los climas. Si solo la pedís para vosotros, jamas se os concederá. Dadla donde sois dueños, para que os la den  donde sois esclavos». Es frecuente la atribución errónea de este texto a Lacordaire.

[1] Para López Morillas el caso de Don Fernando de Castro  guarda cierta similitud con el de Unamuno. Según este autor en Don Miguel la fe decía que si y la razón que no, mientras que en De Castro, la fe dice que no y la razón que si. Vide Op. cit. pág. 155.

[1] Destacaron en su enemiga al krausismo fundamentalmente los llamados «neocatólicos», grupo integrado fundamentalmente por carlistas, clericales partidarios de Pío IX, e integristas de toda laya, influidos intelectualmente por De MAISTRE y BONALD. Uno de sus principales epígonos fue NAVARRO VILLOSLADA, director de «El Pensamiento Español» que consideraba a los krausistas como «textos vivos» y encarnación de las doctrinas mas disolventes . Como tantas veces ha sucedido en la historia española, defendían la llamada «sagrada tradición nacional», apoyándose en autores foráneos. En las Constituyentes llegaron a tener cierto peso a través de los diputados carlistas y su voz se dejó oír especialmente en el debate sobre la libertad de cultos y el tema de la unidad religiosa de España. Sobre el tema de la influencia extranjera en la tradición nacional española es fundamental el libro de Javier HERRERO » Los orígenes del pensamiento reaccionario español». Edicusa. Madrid, 1973. Sobre el planteamiento religioso, la obra de Santiago PETSCHEN «Iglesia-Estado, un cambio político » (Las Constituyentes de 1868),Madrid, 1975 y REVUELTA GONZÁLEZ, Manuel: » La Compañía de Jesús en la España Contemporánea. I. Supresión y reinstalación. 1868-1883″. Editorial Mensajero. Madrid, 1984. 1227 págs.

[1] En opinión de López Morillas la proclamación de este dogma sacó a muchos católicos liberales de la obediencia de Roma.

[1] Vease: Peña Gonzalez, Jose : “Derecho y Constitución”. Madrid, 2003. Pags. 34-60

[1] Para una visión en profundidad de este tema y el mas completo análisis de estas obras y sus autores, puede verse el volumen titulado «La pintura de Historia del siglo XIX en España», editado por el Museo del Prado, como catalogo que de la Exposición del mismo titulo tuvo lugar en Madrid de octubre a diciembre de 1992 en el antiguo museo español de arte contemporáneo. Es un espléndido texto de 493 páginas y la reproducción fotográfica de todas las obras expuestas.

[1] Por formar parte de la Camarilla Regia, junto a Sor Patrocinio, no era bien visto por el pueblo que solía hacer chistes con su apellido, llamándole en ocasiones «Padre Clarinete» o también «clarete» como ampliación del mismo y para igualarlo a González Bravo, quien en su época de aguerrido foliculario utilizó el seudónimo Ibrahim Clarete en sus colaboraciones en la Revista satírica El Guirigay. Nicolás Estevanez en «Mis Memorias» recoge los siguientes versos anónimos en que se ponen en el mismo plano ambos personajes: Lo que nació con Clarete/ debe morir con Claret/         y que se los lleve el diablo/ por siempre jamás …amén. Véase Op. cit, pág.144.

[1] La mayor parte de los datos precedentes están tomados de JOVER en «Introducción a la Historia de España». Págs. 652-57. También he utilizado y reproducido el contenido de anteriores escritos propios.

[1] «Historia del Periodismo en España». Alianza Universidad. Madrid, 1983. Tomo II. pág. 244.

[1] Era en esta época el periódico de mayor difusión. Popularmente se le conocía con el sobrenombre de «el gorro de dormir» alusivo a que no había un español que no lo leyera antes de acostarse. Su director era Santa Ana. También se le llamaba abreviadamente “La Corres”. Llegó a tirar mas de 50.000 ejemplares, de los cuales 20.000 en Madrid.

[1] «Suprimido tras los sucesos de San Gil, reapareció con el titulo de La Nueva Iberia, para recuperar el primitivo después del triunfo de la revolución, a la que tanto había contribuido y que saludó con el mas desbordante entusiasmo. En un celebre articulo de CARRATALÁ, «La última palabra» de 3 de julio del 68, había dado noticia de los planes revolucionarios y de la coalición de partidos». Vease SEOANE.:”Oratoria y periodismo en la España del Siglo XIX”. Valencia, 1977.Pág. 257.

[1] Dice la profesora María Cruz SEOANE que «El decreto de 23 de octubre de 1868 somete por primera vez los delitos cometidos por medio de la prensa a la legislación común» y añade mas adelante: «La política democrática con respecto a la prensa  se refleja no solo en la libertad que se le reconoce, sino en una serie de medidas económicas para su fomento, desde la supresión del deposito previo hasta el abaratamiento del precio del papel… medidas que tendían sobre todo a favorecer las publicaciones populares  a bajo precio, basada en el principio de < el periódico es el libro del obrero >…». Op. cit. pág. 266.

[1] Op. cit. pág. 272. De acuerdo con esta autora, los grandes periódicos carlistas del momento son «La Regeneración», «El pensamiento Español», «La Esperanza»  y «La Reconquista». Además de estos periódicos serios, cultivaron  la prensa satírica con títulos como «La Gorda», «El Papelito», «La Linterna» y «El Apagador». Sobre «La Esperanza» y su posición ante la Revolución de 1868, ha publicado recientemente un trabajo Antonio Manuel Moral Roncal (Revista Aportes). nº 33. i/1997. Págs. 67-83).La Esperanza como otros medios «legitimistas» era utilizado por la jerarquía eclesiástica para dirigir cartas abiertas al Gobierno, en las que manifestaban su posición frente a varios decretos del Gobierno Provisional. En este trabajo el autor incluye un cuadro de elaboración  propia con las cartas publicadas de octubre a diciembre de 1868.

[1] Según Cristóbal de Castro en su biografía de Rivero, » el gran diario demócrata lleva como divisa, la frase atribuida a Temistocles en su disputa con Leonidas: Da, pero escucha. El clasicismo de Rivero, su horror a las crudezas y a lo detonante, no puede resistir  el «Pega, pero escucha» de la expresión vulgar». Op. cit, pág. 60. El primer numero de La Discusión se publica el día de Año Nuevo de 1856, siendo su Director y propietario Nicolás María Rivero y contando entre sus colaboradores a personajes de la talla política de Figueras, Orense, Godinez, Pardo Bazán, Sorni, Castelar, Pedro Antonio de Alarcón, Chao etc. Muchos de ellos jugarían un importante papel en las Constituyentes del 69.

[1] Sobre el GIL BLAS preferentemente, pero también de otros periódicos satíricos de la época, se ha publicado recientemente la obra de Beatriz HERNANDO: «Los Hermanos Becquer. Una aproximación al periodismo satírico madrileño del siglo XIX». Madrid, 1997. El libro hace un recorrido por la obra satírica de los Hermanos Becquer como poetas, escritores y dibujantes. Incluye un par de anexos muy interesantes,. En el primero se recoge una selección de las acuarelas SEM; y en el segundo de las principales publicaciones satíricas del siglo XIX español.

[1] SEOANE. Op. cit. pág. 273.

[1] SEOANE, cuya exposición seguimos, recoge la afirmación de Moliste Poli, que afirma » que el Manifiesto que debía firmar Alfonso XII se tiró en su imprenta» (La de El Diario de Barcelona. El periódico de los Brusi fue el primero que utilizó en España el servicio de palomas mensajeras de la Agencia Fabra, y a través de ellas comunico en tiempo récord la partida de la fragata «Navas de Tolosa» en la que viajaba el joven soberano). Op. cit. págs. 279 y 280.

[1] Cambiando de nombre- La Carcajada y La Nueva Flaca- duró hasta bien entrado 1876. Esta publicación fue la primera que utiliza la cuatricromía, sobresaliendo los dibujos del catalán Tomás Padró, autentico maestro de la caricatura que inmortalizará a todos los personajes de las Constituyentes

[1] Como escribía Juan RICO Y AMAT, en su «Diccionario de los Políticos», los periódicos son » las campanas de la política, que colocadas en distintas iglesias, convocan diariamente a los fieles a la celebración de los políticos oficios. Las campanas ministeriales tienen un sonido más metálico y argentino que las otras. Se usan solamente para repicar en las procesiones  y tocar a gloria todos los días, como si todos fuesen sábado santo. Las de la oposición, por el contrario, están destinadas a tocar a fuego y a indicar el mal tiempo; al revés de las otras, no anuncian mas que cosas tristes; ya suenan de una manera lúgubre avisando con el toque de agonía el peligro en que se encuentran las instituciones, ya indican a los fieles que se está administrando el viático as la libertad de imprenta, ya por fin, doblan a muerto en el funeral de las garantías constitucionales». En cuanto a los periodistas son en su opinión » Los campaneros de las iglesias políticas. Los que tañen las campanas de la catedral suelen ser al mismo tiempo, diputados, oficiales de secretaria o cosa por el estilo. Los que tocan en las otras ermitas no son mas que simples campaneros y atrasados casi siempre en sus pagas». Véase Op. cit. págs. 275-6.

[1] CARRO, “La Constitución Española de 1869”. Madrid, 1952. Pag.154.

[1] Véase sobre el particular la obra de José Luis URREIZTIETA: Las tertulias de rebotica en España. Siglos XVIII-XX. Ed. Alonso. Madrid. 1985- Especialmente págs. 259 y ss. El gusto por los Clubs estaba muy extendido en España, donde algunos llegaron a gozar de gran fama. Por ejemplo el Club de los Anilleros, fundado por el Príncipe de Anglona, Martínez de la Rosa, Toreno, Garelly etc., para defender la constitución del 12. Mas tarde fueron desbordados por los Comuneros, cuyos máximos dirigentes eran Juan Romero Alpuente «El Marat español» y José Manuel Regato, y cuyo incendiario órgano de prensa se llamaba «El eco de Padilla». Los masones tenían también un importante periódico llamado «El Espectador». Había también Clubs de carácter literario, lo que no implicaba desinterés por la política. Tal es el caso de «Los Numantinos», sociedad secreta de la que formaban parte entre otros Ventura de la Vega, Espronceda, Nicasio Gallego y Quintana, dedicándose a la defensa de las ideas liberales y volterianas.

[1] Véase el capitulo XIV de las Memorias de Estevanez, La Fontana de Oro y el Amadeo I de Galdós y mas recientemente el Discurso de ingreso en la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando de Antonio Bonet Correa.

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