Sobre la cuestión de Gaza y la “provincialización de Europa”

Por Ali Albazzaz, Traducido por Driss OULDELHAJ

Por “provincialización de Europa”, concepto formulado por el pensador indio Dipesh Chakrabarty en su libro Provincializar Europa: el pensamiento poscolonial y la diferencia histórica (Universidad de Princeton, 2000), se entiende el acto de despojar a la experiencia europea de su pretendido carácter universal y devolverla a su dimensión histórica concreta, considerándola como una experiencia humana entre otras, y no como el modelo normativo por excelencia de la humanidad.

El objetivo de esta propuesta no es rechazar Europa, sino desplazarla del lugar del centro, de modo que el conocimiento deje de operar como una narrativa única que comienza y termina en Occidente, y se transforme, en cambio, en un diálogo abierto entre experiencias históricas diversas.

El contexto palestino contemporáneo ofrece un ejemplo elocuente de cómo esta “provincialización” se ha cincretado una vez más a través de la experiencia actual de Gaza. El concepto deja de ser una noción académica confinada a los libros para convertirse en una realidad viva que pone a prueba los límites de la conciencia europea. En efecto, mientras Europa proclama sus valores humanitarios y, al mismo tiempo, guarda silencio ante la masacre, queda al descubierto que su universalidad solemnemente anunciada no es sino una posición local revestida de un disfraz universalista. En este sentido, es Gaza —y no Europa— la que redefine hoy el centro de la humanidad y le otorga un significado concreto y tangible.

La crisis de la conciencia europea

En su Discurso sobre el colonialismo, traducido al árabe por Al-Munsif Al-Chennoufi, el poeta y político martiniqués Aimé Césaire escribe: “Europa ha dado un único significado al ser humano: el hombre europeo, que se ha convertido en la medida con la que se pesa a la humanidad entera”. Esta afirmación condensa el núcleo de la crítica poscolonial, según la cual Europa no domina únicamente mediante la fuerza militar, sino también a través de sus criterios morales y epistemológicos. El propio Césaire añade: “El colonialismo no corrompe solo a la víctima, sino también al colonizador, porque lo habitúa a practicar el mal y a justificarlo en nombre de la civilización”.

Aquí se manifiesta la paradoja que el historiador y pensador francés Paul Hazard identificó en La crisis de la conciencia europea (trad. Joudat Othman y Mohamed Najib Al-Mestekawi, prólogo de Taha Hussein): la escisión de Europa “entre la razón y el valor, entre la fe en el ser humano y la duda sobre su utilidad”. Europa aparece así como un continente sumido en un derrumbe interno, provocado por la tensión entre una aspiración al absolutismo moral, por un lado, y al relativismo moderno, por otro. Esta descripción resulta sorprendentemente pertinente para comprender la posición europea contemporánea frente a Palestina.

Cuando el continente que proclamó la Declaración de los Derechos Humanos justifica —o normaliza— la destrucción de un pueblo entero, no aniquila únicamente a la víctima, sino que socava su propia integridad moral. La contradicción ya no se sitúa entre la teoría y la práctica, sino entre la conciencia europea y su propia esencia.

En este marco, Chakrabarty sostiene que Europa logró imponer al mundo su propio “tiempo”: el tiempo del progreso lineal, que convierte a los demás pueblos en meras etapas en el camino hacia el presente occidental. A este régimen temporal lo denomina “tiempo colonial” en el que la historia se mide por la distancia respecto de Europa, y no por las experiencias históricas singulares de los pueblos.

Sin embargo, la Gaza de hoy desmantela este tiempo desde dentro. El asedio, en principio diseñado para producir un aislamiento fuera de la historia, se ha transformado en una prueba existencial que revela el tiempo europeo mismo y desnuda su presente moral y político. Cada bombardeo sobre Gaza no solo siega la vida de miles de palestinos, sino que expone los límites de la modernidad occidental, que promete la paz mientras fabrica la muerte. El tiempo, que antes partía de Europa y terminaba en ella, se ha fracturado para comenzar esta vez desde Oriente: desde un pueblo que vive bajo los escombros y continúa escribiendo su historia con su propia sangre.

Edward Said ya había advertido en Orientalismo (1978, trad. de Kamal Abu Deeb) que el conocimiento no es inocente, sino que está cargado de poder: “Europa no conocía el Oriente; lo inventaba para justificar ante sí misma su superioridad sobre él”. Esta frase resume con precisión el funcionamiento del discurso occidental en Palestina. Cuando el Oriente es redibujado a partir de representaciones prefabricadas, el palestino deja de ser un sujeto que habla para convertirse en un objeto del discurso. De este modo, el orientalismo ya no es el estudio del otro sino un  mecanismo de borramiento de este otro.

El silencio europeo frente al drama de Gaza constituye una prolongación de este mismo patrón de pensamiento. Un conocimiento que sitúa al sujeto europeo en el centro de la conciencia es incapaz, por definición, de percibir el dolor humano que se manifiesta fuera de ese centro.

Enrique Dussel y la crítica de la ruptura kantiana

El filósofo argentino-mexicano Enrique Dussel, a través de su proyecto de la Ética de la liberación, formula una crítica radical a lo que denomina la “ruptura kantiana”: el momento histórico en el que Kant convierte a Europa en centro de la razón y fundamento exclusivo de la moral universal.

Según Dussel, al proclamar la autonomía de la razón, Kant excluyó a los pueblos no europeos del ámbito de la universalidad ética, haciendo del ser humano universal un ser exclusivamente europeo. Esta “exclusión fundacional” reproduce la violencia moral en el interior de todo proyecto occidental: cuando Occidente decide quién cuenta como humano y quién queda fuera de esa definición, se abre la puerta a todas las formas posibles de colonización, ya sean culturales, económicas o técnicas.

Frente a ello, Dussel propone superar la ruptura kantiana no mediante el rechazo de la razón, sino a través de la refundación de la ética desde la perspectiva de la víctima. El criterio moral deja de ser la capacidad del sujeto para pensar y pasa a ser su capacidad para escuchar al otro al que se le ha negado la voz.

Desde esta óptica, Gaza encarna hoy de manera extrema el pensamiento de Dussel: allí habla la víctima y el centro queda expuesto en su desnudez. En cada casa destruida y en cada voz que exige justicia se realiza la ética de la liberación, una ética que surge de quienes han sido situados “fuera de la historia” por las narrativas dominantes.

Descomposición del centro occidental y desconcierto de la conciencia

El encuentro celebrado en la Casa Blanca entre Donald Trump y los dirigentes de la Unión Europea, en agosto de 2025, constituye una escena reveladora desde una lectura semiótica de la relación entre maestro y discípulo. Trump ocupó la posición de quien dicta y orienta, mientras los líderes europeos aparecieron como receptores en busca de validación, como si la escena reprodujera antiguas jerarquías hegemónicas bajo una forma diplomática contemporánea.

Estas imágenes políticas no son sino manifestaciones visibles de una crisis filosófica más profunda: el derrumbe de la idea de Occidente como un cuerpo unificado portador de la conciencia global. Occidente vive hoy aquello que Paul Hazard describió como “la separación de la conciencia respecto de la acción, y de la razón respecto del valor”. No se trata únicamente de una fractura política, sino de una descomposición ontológica en el corazón mismo del ser occidental, que ha perdido la confianza en su propio sentido.

Los refugiados y la crisis de la integración

Las políticas europeas de integración y gestión de los refugiados constituyen otro espejo de esta crisis. Mientras Europa afirma defender valores universales, en la práctica ejerce una discriminación cultural que sitúa al refugiado de manera permanente en la posición de “examinado” respecto de su humanidad. Se le exige adoptar los “valores europeos” para ser reconocido, como si la humanidad solo pudiera realizarse a través del modelo occidental. De este modo, se reproduce la vieja centralidad bajo una forma renovada y aparentemente benigna: el refugiado se convierte en el “otro interno” que recuerda a Europa los límites de su propio discurso moral. Se confirma así lo que Chakrabarty señaló respecto del “tiempo colonial”: Europa continúa considerándose a sí misma como el presente, mientras el resto del mundo aparece como un pasado que aún no ha logrado alcanzarla.

Gaza como acto filosófico e histórico

Gaza no es únicamente una tragedia humanitaria, sino un acontecimiento filosófico que pone a prueba los conceptos fundamentales del pensamiento occidental sobre el ser humano, la libertad y la dignidad. En este sentido, Gaza reactualiza la pregunta formulada por Aimé Césaire: “¿Con qué derecho se considera el europeo el centro del mundo?”.

En su día a día del asedio, y en cada uno de sus persistentes intentos de supervivencia, los palestinos realizan un acto epistemológico contrahegemónico, reescribiendo el mundo desde un lugar al que nunca se le concedió el derecho a hablar. Lo que Frantz Fanon denominó “violencia purificadora” adquiere aquí su sentido más profundo, no como violencia armada, sino como resistencia existencial: una violencia de la conciencia que libera al sujeto de la sumisión y le devuelve su capacidad de enunciación. Gaza se convierte así en la prueba viva de una nueva ética, que transita del individuo a la comunidad y redefine al ser como resistencia contra el no-ser.

De la provincialización de Europa a la universalidad de las víctimas

Gaza revela hoy que la conciencia europea ya no puede erigirse como portadora legítima de la universalidad. Cuando el continente que proclamó la Declaración de los Derechos Humanos guarda silencio ante la masacre de niños bajo los escombros, su moral se derrumba junto con ese silencio. Lo que Paul Hazard señaló al final de su obra —que “Europa no tendrá salvación sino cuando tome conciencia de sus límites”— se cumple hoy como una profecía: Europa no será salvada sino cuando deje de comportarse como un dios moral.

La nueva universalidad, en la filosofía de Dussel, nace de las víctimas y no de los centros. Este es el mensaje que Gaza dirige hoy a la filosofía: que el ser humano no se mide por su lugar en la geografía, sino por su capacidad de transformar el dolor en significado.

Así se concretiza la “provincialización de Europa” en su forma más radical, en el sentido señalado por Chakrabarty al proponer despojar a la experiencia europea de su falsa universalidad y devolverla a su escala histórica limitada. Lo que en su obra era un proyecto crítico destinado a reequilibrar la relación entre centros y periferias se ha convertido hoy en una realidad trágica y viva y, en esta realidad, la universalidad europea queda expuesta ante su prueba moral en Palestina, revelando así con nitidez sus verdaderos límites, no en los libros, sino en la vida concreta de los seres humanos.

Desde debajo de los escombros y entre las ruinas, la filosofía es redefinida no solo como una labor conceptual, sino como una responsabilidad ética frente al otro bombardeado cada día en nombre de la civilización. En esta revelación, la humanidad regresa a su campo esencial, donde el pensamiento se cruza con la experiencia del dolor para producir una nueva conciencia moral del mundo y del propio sentido del ser humano.

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