La muerte de Joseph Smith (27 de junio de 1844): ¿masones entre sus asesinos?

Observatorio Negrín-Galdós

La muerte de Joseph Smith (27 de junio de 1844) – Relato, contexto y teorías alternativas

Relato cronológico del 27 de junio de 1844

El 27 de junio de 1844, Joseph Smith (38 años) y su hermano Hyrum (44 años) se encontraban recluidos en la cárcel de Carthage, Illinois, a la espera de un juicio por cargos de traición. Junto a ellos permanecían voluntariamente dos colaboradores: John Taylor (editor del periódico Times and Seasons de Nauvoo) y Willard Richards (secretario de Joseph). Pasaron el día en una habitación del piso superior de la cárcel (el dormitorio del carcelero), leyendo el Libro de Mormón, cantando himnos y recibiendo visitas de amigos. Hacia el mediodía, Joseph dictó una carta a su esposa Emma en la que expresaba su amor por la familia y se declaraba “completamente resignado a [su] suerte, sabiendo que [estaba] justificado y que [había] hecho lo mejor que podía”. Según John Taylor, Joseph también pidió que le cantara el himno “A Poor Wayfaring Man of Grief” (“Un pobre caminante cargado de dolores”), como presentía que podían ser sus últimas horas.

Aproximadamente a las 5 de la tarde, los cuatro hombres advirtieron disparos y, al asomarse, vieron acercarse a la cárcel a una multitud armada de entre 100 y 200 personas. Muchos de los asaltantes eran miembros de la milicia local (Carthage Greys) u otros civiles de la zona, algunos con el rostro pintado de negro con pólvora para ocultar su identidad. La guardia oficial era escasa y poco confiable, por lo que la turba pudo irrumpir fácilmente en el edificio. Los hermanos Smith y sus compañeros, al escuchar a la turba subir apresuradamente las escaleras, trabaron la puerta del cuarto con sus cuerpos. Hyrum y Joseph lograron hacerse con dos pistolas cargadas que les habían entregado amigos, mientras Taylor y Richards empuñaron bastones para intentar defenderse. La turba comenzó a empujar la puerta y a disparar a través de ella: una de las primeras balas atravesó la madera e impactó en la cara de Hyrum, a un costado de la nariz, haciéndolo caer al suelo exclamando: “¡Estoy muerto!”. Otra bala alcanzó a Hyrum desde afuera por la ventana abierta, hiriéndolo por la espalda, lo que le causó la muerte inmediata.

Estatua de bronce de Joseph y Hyrum Smith frente a la Cárcel de Carthage (Illinois), lugar donde fueron asesinados el 27 de junio de 1844.

En medio del caos, Joseph descargó su revólver de seis tiros contra los atacantes que se agolpaban en la puerta, logrando herir a algunos de ellos. (Fuentes de la época señalan que dos o tres miembros de la turba fueron heridos de gravedad, aunque no hay certeza de si alguno murió a causa de esos disparos). John Taylor intentó también resistir, pero recibió un balazo en la pierna izquierda y otra bala en el pecho; esta última afortunadamente fue detenida por el reloj de bolsillo que llevaba, salvándole la vida. Herido de gravedad tras recibir un total de cuatro impactos, Taylor se arrastró bajo la cama o detrás de la puerta, sobreviviendo por poco al asalto. Willard Richards, en cambio, salió milagrosamente ileso, aparte de un rasguño leve en la oreja.

Al ver a su hermano Hyrum muerto y la habitación invadida de humo y disparos, Joseph Smith corrió hacia la ventana con la aparente intención de saltar para escapar o al menos evitar más tiros contra sus compañeros. En el momento en que se asomaba al alféizar, varios proyectiles alcanzaron su cuerpo: dos por la espalda y uno en el pecho, proveniente del exterior. Joseph cayó de cabeza desde la ventana del segundo piso a un pozo de unos 6 metros (20 pies) de altura. Según los testigos, sus últimas palabras durante la caída fueron “¡Oh Señor, mi Dios!”, una exclamación desesperada con las manos en alto. Su cuerpo, ya mortalmente herido, quedó tendido junto al brocal de un pozo en el patio de la cárcel. Algunos hombres de la turba corrieron al exterior y hubo quien propuso rematarlo o incluso decapitarlo para exhibir su cabeza, supuestamente incitado por recompensas ofrecidas tiempo atrás en Misuri. No obstante, en ese momento sonaron gritos de alarma (“¡Los mormones vienen!”) y se desató una breve confusión —agravada, según algunos relatos, por un repentino trueno o destello en el cielo— que dispersó a los agresores. La turba huyó del lugar, dejando tras de sí a Joseph y Hyrum muertos, y a John Taylor malherido. Willard Richards salió ileso de la habitación y encontró a Taylor con vida; lo ocultó en la celda de abajo para protegerlo en caso de que los asaltantes regresaran.

Así terminó el ataque en la tarde del 27 de junio. Joseph Smith —considerado Profeta por sus fieles— y Hyrum Smith —Patriarca de la Iglesia— habían sido asesinados. Ambos tenían familia numerosa y ocupaban las posiciones más altas en la jerarquía de la Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días en Nauvoo. Sus cadáveres fueron trasladados al día siguiente a Nauvoo, donde unas 10.000 personas asistieron a un funeral público. Por temor a profanaciones, se usó una estratagema: los ataúdes exhibidos contenían sacos de arena, mientras que los verdaderos cuerpos se enterraron en secreto primero bajo la inacabada Casa de Nauvoo y luego en la propiedad familiar. La noticia de la muerte de los hermanos Smith se difundió rápidamente, causando consternación entre los santos de Nauvoo y siendo celebrada abiertamente por sus enemigos locales. En palabras de un testigo mormón, “sentíamos como si los poderes de las tinieblas nos hubieran vencido, y que el Señor había desamparado a Su pueblo. ¡Nuestro Profeta y nuestro Patriarca se habían ido!”.

Contexto político, religioso y social del asesinato

La violenta muerte de Joseph Smith no fue un hecho aislado, sino el desenlace trágico de una serie de tensiones y conflictos acumulados durante meses e incluso años. En 1844, la ciudad de Nauvoo (Illinois) se había convertido en un importante centro de los Santos de los Últimos Días (mormones), gracias a un crecimiento extraordinario desde 1839 cuando los fieles se establecieron allí tras huir de Misuri. Joseph Smith, además de líder religioso, ejercía como alcalde de Nauvoo y comandante de su milicia, la Legión de Nauvoo, formada por varios miles de hombres. También ese año Joseph decidió lanzar una candidatura a la presidencia de Estados Unidos, lo que lo convirtió técnicamente en el primer candidato presidencial en ser asesinado en la historia del país. Esta combinación de poder religioso, militar y político concentrado en una sola persona generaba recelos considerables entre la población no mormona de Illinois, así como entre algunos miembros y exmiembros de la propia Iglesia.

Varios factores alimentaban la hostilidad local hacia los mormones. En el aspecto político, los santos de Nauvoo solían votar en bloque bajo las indicaciones de Joseph, lo que les daba un peso electoral decisivo en la región y despertaba suspicacias entre los partidos tradicionales. En lo social y religioso, las enseñanzas novedosas de Smith —como la creencia en la pluralidad de dioses o los rituales del templo— escandalizaban a los clérigos protestantes locales, quienes a menudo las consideraban blasfemas o heréticas. Además, comenzaban a circular rumores de que Joseph practicaba la poligamia (lo cual era cierto, aunque él lo negaba públicamente en ese momento) y de que se arrogaba títulos teocráticos, incluso el de rey en un consejo secreto conocido como el Consejo de los Cincuenta. Estos rumores indignaban tanto a miembros devotos (para quienes la poligamia era chocante) como a críticos externos, abonando el terreno para la discordia.

Dentro de la Iglesia, varios líderes cercanos a Joseph se apartaron a causa de esas mismas controversias. A principios de 1844, prominentes disidentes como William Law (antiguo consejero de Joseph), su hermano Wilson Law, el editor Sylvester Emmons, Robert Foster y los hermanos Higbee, entre otros, formaron una facción opositora. Estos disidentes acusaban a Joseph Smith de abuso de poder, de introducir prácticas inmorales (como el matrimonio plural) y de mezclar Iglesia y Estado en Nauvoo. Decididos a exponer públicamente lo que consideraban “caídas” o “engaños” del Profeta, fundaron un periódico de oposición llamado Nauvoo Expositor.

El Nauvoo Expositor publicó su primer y único número el 7 de junio de 1844, en el cual arremetía contra Joseph Smith y la dirigencia mormona. El periódico lo acusaba de practicar la poligamia y de propugnar doctrinas teológicas controvertidas (como la existencia de múltiples dioses), además de insinuar que aspiraba a establecer una teocracia personal. También denunciaba la acumulación de poder político en Nauvoo y llamaba a una reforma dentro de la Iglesia. Estas revelaciones y ataques eran explosivos: confirmaban muchos temores de los vecinos no mormones y amenazaban con dividir a la propia comunidad santos de los últimos días. Joseph Smith y el Concejo Municipal de Nauvoo reaccionaron con alarma. Considerando que el Expositor incitaba a la violencia contra los mormones y difamaba a las autoridades de la ciudad, declararon la imprenta como un “estorbo público” y ordenaron su destrucción el 10 de junio de 1844. Ese mismo día, bajo órdenes de Joseph como alcalde, el jefe de policía de Nauvoo y un grupo de hombres derribaron la prensa, echaron los tipos de imprenta a la calle y quemaron los ejemplares existentes del periódico.

La destrucción del Nauvoo Expositor fue el catalizador inmediato de la crisis. Los enemigos de Joseph, tanto los disidentes como los antimormones del condado, denunciaron el acto como una violación flagrante de la libertad de prensa y clamaron por la intervención del gobierno estatal. Periódicos de Illinois como el Warsaw Signal, dirigidos por activistas antimormones (p.ej. Thomas C. Sharp), pidieron abiertamente linchar a Smith y expulsar a los santos de Nauvoo. Bajo intensa presión pública, el gobernador de Illinois, Thomas Ford, se sintió obligado a actuar. Ford era consciente de la tensión –temía que los ciudadanos formaran milicias vigilantes–, por lo que ordenó el arresto de Joseph Smith y de los concejales de Nauvoo implicados en la destrucción de la imprenta. Joseph inicialmente recurrió a los tribunales locales de Nauvoo y obtuvo una absolución en un juicio de hábeas corpus, lo que enfureció aún más a sus adversarios. Rumores de guerra civil local llevaron a Joseph a movilizar a la Legión de Nauvoo y declarar la ley marcial en la ciudad el 18 de junio, dispuesto a defenderla de posibles ataques. Esto fue interpretado por las autoridades de Illinois como rebeldía armada.

El 22 de junio, ante la escalada del conflicto y temiendo por su vida y la de los habitantes de Nauvoo, Joseph Smith decidió huir brevemente cruzando el río Misisipi hacia Iowa, fuera de la jurisdicción de Illinois. Sin embargo, su esposa Emma y otros allegados le enviaron mensajes instándolo a regresar y entregarse, para evitar que las fuerzas estatales atacaran Nauvoo en su ausencia. Además, algunos de sus propios seguidores comenzaron a dudar de él al creer que estaba abandonando a la “ovejas a merced de los lobos”. Resignado, Joseph exclamó en ese momento la frase: “Si mi vida no vale nada para mis amigos, tampoco vale nada para mí”, decidiendo así confiar su suerte a la ley. Paralelamente, el gobernador Ford le había hecho llegar una carta comprometiéndose a garantizar su seguridad si se presentaba a un juicio justo en Carthage. Con esa garantía escrita, Joseph y Hyrum optaron por no huir más. El 24 de junio de 1844, acompañados de un pequeño grupo de aliados, cabalgaron hasta la ciudad de Carthage y se rindieron a las autoridades del condado.

Inicialmente Joseph, Hyrum y unos pocos colaboradores (incluidos algunos concejales) fueron arrestados bajo el cargo de “motín” por la destrucción de la imprenta, un delito menor que permitía fianza. De hecho, el 25 de junio todos los acusados lograron salir libres bajo fianza, excepto Joseph y Hyrum Smith. En el último instante, un juez local –presionado por los enemigos de los Smith– les imputó un nuevo cargo de traición contra el estado de Illinois, acusándolos de haber declarado la ley marcial y armado a la Legión de Nauvoo en desafío a la autoridad estatal. La traición era un cargo grave e inafianzable, lo que selló el destino de los hermanos: deberían permanecer encarcelados en Carthage hasta una audiencia posterior. A pesar de que la evidencia de “traición” era muy débil, el propio gobernador Ford admitió posteriormente que esta acusación sirvió como pretexto para retener a Joseph y Hyrum en la cárcel, “con el propósito de asesinarlos después”, según consigna la Historia de la Iglesia SUD. Ford, incómodo, dejó a una guardia local al cuidado de los prisioneros y viajó a Nauvoo la mañana del 27 de junio, precisamente el día en que ocurrió el ataque mortal en su ausencia.

En resumen, el panorama al llegar el 27 de junio de 1844 era explosivo: antiguos adeptos resentidos, vecinos temerosos e indignados, y autoridades estatales dubitativas habían convergido en torno a la figura de Joseph Smith. La prensa local antimormona alimentaba el odio, y grupos parapoliciales se organizaban con la convicción de que eliminando a Joseph eliminarían la amenaza percibida. Los hermanos Smith estaban prácticamente indefensos en una cárcel ubicada en territorio hostil. Este contexto de conflictos políticos, rivalidades religiosas, histeria ante la poligamia y deseos de venganza sentó las bases para el linchamiento que acabaría con sus vidas. Como han señalado diversos historiadores, el asesinato de Joseph Smith fue “la culminación de una persecución perpetua y conflictos prolongados” entre los mormones y sus vecinos, exacerbados por las acciones polarizantes de ambas partes en esos críticos días de junio.

Versión oficial de la Iglesia SUD sobre la muerte de Joseph Smith

Desde la perspectiva de la Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días (Iglesia SUD), Joseph Smith y su hermano Hyrum son recordados como mártires religiosos que “sellaron su testimonio con su sangre”. Las narraciones oficiales enfatizan que ambos hombres sabían del peligro inminente y afrontaron la muerte con valentía y fe. En múltiples ocasiones durante su estancia final en Nauvoo, Joseph había manifestado presentir que su vida corría riesgo y había tomado medidas para preparar a la Iglesia para su posible ausencia. Según la Historia de la Iglesia, antes de partir a Carthage, Joseph declaró a sus allegados: “Voy al matadero como un cordero; pero estoy tan tranquilo como una mañana de verano; tengo la conciencia limpia de culpa ante Dios y ante todos los hombres”. Esta frase —“como un cordero al matadero”— ha pasado a ser emblemática en el relato SUD, subrayando la inocencia de Smith y comparándolo con los profetas bíblicos perseguidos por causa de la verdad.

En el recuento oficial canónico (sección 135 de Doctrina y Convenios, redactada por John Taylor poco después de los hechos), se describe que Joseph y Hyrum fueron “asesinados a sangre fría por una turba armada, cuyo rostro estaba pintado de negro” mientras se encontraban bajo la promesa de protección del gobernador. Se destaca que no estaban combatiendo en ese momento, sino prisioneros indefensos confiando en la fe empeñada por las autoridades civiles. Hyrum murió primero, recibiendo una bala en la cara, y Joseph cayó poco después al ser tiroteado múltiples veces, “exclamando: ‘¡Oh Señor, mi Dios!’” antes de expirar. El relato exalta que “en vida no se separaron y en la muerte no fueron divididos”, enfatizando la unión fraterna hasta el final. También recalca la perfidia de sus asesinos: John Taylor escribe con indignación que, al momento del ataque, los hermanos Smith alzaron las manos dando señales de súplica que habrían conmovido incluso “a salvajes o paganos”, pero que no ablandaron a la turba. Este lenguaje refuerza la idea de que Joseph y Hyrum fueron víctimas inocentes de la violencia irracional del populacho, comparando desfavorablemente a los asesinos con pueblos “no civilizados”.

La versión oficial de la Iglesia SUD insiste en que Joseph Smith fue asesinado por su religión. Es decir, que murió por dar testimonio de sus creencias, convirtiéndose en mártir. Se suele mencionar que, al momento de su muerte, Joseph era Presidente del Consejo de los Doce Apóstoles, Profeta, Vidente y Revelador de la Iglesia, habiendo “cumplido una obra más grande que cualquier otro hombre” para la salvación de la humanidad, salvo Jesucristo. Esta frase hiperbólica del registro oficial (Doctrina y Convenios 135) subraya la importancia central de Joseph Smith en la teología SUD. Asimismo, se resalta que su martirio no detuvo el avance de la Iglesia: los perseguidores creyeron erróneamente que con su muerte “terminarían con el problema mormón”, pero la Iglesia continuó creciendo y propagándose por el mundo. En el credo SUD, la sangre de los mártires sirve como semilla de fe; la muerte de Joseph es vista como una prueba de la veracidad de su misión, pues “no hay testimonio más grande que dar la vida” por la causa de la verdad (concepto tomado de Doctrina y Convenios 136:39).

Otro elemento importante de la versión oficial es la traición a la confianza: se recalca que Joseph y Hyrum confiaron en la promesa formal de protección del gobernador Thomas Ford, la cual no se cumplió. La narrativa SUD suele presentar a Ford con reproche, señalando que su partida de Carthage la mañana del 27 de junio y la débil custodia dejada en la cárcel facilitaron el crimen. De hecho, fuentes SUD posteriores citan al propio Ford lamentando que “unos hombres inocentes” hubieran sido dejados en medio de enemigos sedientos de sangre, reconociendo en privado que los cargos de traición fueron solo una excusa para retenerlos en la cárcel hasta que la turba actuara. Esta admisión apuntala en la versión oficial la idea de que el asesinato fue deliberado y premeditado por conspiradores antimormones, con cierta complicidad por omisión de las autoridades estatales.

En síntesis, la Iglesia SUD narra la muerte de Joseph Smith como un martirio glorioso aunque trágico. Glorioso porque, al igual que los antiguos profetas, él “no negó la fe” y selló con su sangre el testimonio del Libro de Mormón y de la Restauración del Evangelio. Trágico porque dejó a la Iglesia desolada momentáneamente, con un pueblo afligido que había perdido a su Profeta y fundador. La imaginería y retórica oficial tienden a omitir o suavizar detalles como el hecho de que Joseph empuñó un arma y repelió a la turba (lo cual es reconocido históricamente, pero en el relato eclesiástico se enfatiza más su indefensión y sacrificio voluntario). Se prefiere destacar su mansedumbre al entregarse y su postura de víctima inocente. Esta versión ha sido enseñada por generaciones en la Iglesia, consolidando la imagen de Joseph Smith y Hyrum Smith como mártires de la fe, comparables a Esteban en la Biblia o al Apóstol Pablo, y ha influido en la memoria colectiva mormona hasta la actualidad.

Teorías alternativas sobre su muerte

A lo largo del tiempo, además de la explicación generalmente aceptada (la de un linchamiento perpetrado por enemigos externos de los mormones), han surgido teorías alternativas que intentan dar otras respuestas a la pregunta “¿quién (o qué) mató a Joseph Smith y por qué?”. Estas teorías, a menudo controvertidas y marginadas en la historiografía seria, incluyen hipótesis de conspiración masónica, posibles confabulaciones internas dentro del movimiento mormón, e incluso la descabellada idea de un suicidio o muerte auto-infligida. A continuación, se describen las principales variantes de estas teorías y sus fundamentos:

Implicación de masones en el asesinato

Una de las teorías más difundidas en ciertos círculos es la que postula una venganza de la masonería contra Joseph Smith. El trasfondo de esta idea radica en que muchos de los hombres involucrados en la muerte de Joseph eran masones, y el propio Joseph Smith y sus compañeros también lo eran. Joseph se había iniciado en la fraternidad de los francmasones en marzo de 1842, en Nauvoo, alcanzando el grado de Maestro Masón en poco tiempo. La Iglesia SUD reconoce que la Logia Masónica de Nauvoo creció muy rápido con cientos de miembros mormones, algo que generó suspicacias entre los masones de Illinois. Cuando ocurrió el asesinato en 1844, varios testigos notaron la presencia de masones entre la turba de Carthage. De hecho, se cuenta que al enterarse de la muerte, muchos masones santos de los últimos días se sintieron traicionados y abandonaron las logias en señal de protesta.

El aspecto más llamativo es que, según varios relatos, Joseph Smith pudo haber intentado dar la señal masónica de auxilio justo antes de morir. La señal máxima de socorro entre masones se expresa verbalmente con la exclamación: “¡Oh Señor, mi Dios! ¿No hay ayuda para el hijo de la viuda?”, acompañada de un gesto manual específico. Esa frase coincide en parte con las palabras finales atribuidas a Joseph (“¡Oh Señor, mi Dios!”). Quienes sostienen la teoría de la venganza masónica interpretan que Joseph, al verse rodeado por hermanos masones en la turba, confió en que dar la señal detendría la agresión conforme a los juramentos masónicos de lealtad. En principio, cualquier masón que escuche el Gran Grito de Auxilio está obligado a acudir en ayuda del hermano en peligro. Sin embargo, en Carthage ese llamado desesperado no salvó a Joseph ni a Hyrum.

Fuentes históricas SUD recogen la indignación de miembros masones de la Iglesia por esta falta de solidaridad. El propio John Taylor (quien también era Masón) escribió poco después del martirio denunciando que “con las manos alzadas [Joseph y Hyrum] dieron señales de angustia que habrían suscitado la benevolencia de salvajes o paganos… Eran ambos masones en buen estado. Hermanos del ‘vínculo místico’, ¿qué pensáis? […] Joseph exclamó su última frase: ‘¡Oh Señor, mi Dios!’”, reprochando a los masones de la turba haber ignorado sus deberes fraternales. Igualmente, Heber C. Kimball afirmó: “Se dice que incluso había masones entre la turba… Joseph, al saltar de la ventana fatal, dio la señal masónica de auxilio. La respuesta fue el rugido de los mosquetes de sus asesinos”. Otra testigo, Zina D. H. Young (viuda de Joseph), escribió años después: “Soy hija de un Masón… Soy viuda de un Masón [Joseph] quien, al saltar de la ventana de Carthage, acribillado a balazos, hizo la señal masónica de socorro; pero… esas señales no fueron atendidas”.

Estos testimonios reflejan que dentro del círculo cercano a Joseph se creía que la masonería jugó un papel en el incidente, al menos en el sentido de que masones individuales participaron en el asesinato y no respetaron la hermandad. Ahora bien, la teoría conspirativa va más allá al sugerir que la misma hermandad masónica orquestó o instigó el asesinato como venganza. ¿Venganza por qué? Principalmente se mencionan dos motivos: (1) porque Joseph Smith había introducido en la ceremonia del templo mormón símbolos y rituales que los masones consideraban secretos propios, viéndolo como una profanación; y (2) porque la Logia de Nauvoo, compuesta mayormente por mormones, amenazaba con dominar la masonería en Illinois, lo cual incomodó al Gran Oriente del estado que finalmente revocó la patente de la logia nauvoense en octubre de 1843. Se especula que altos mandos masones podrían haber querido “dar un escarmiento” a los mormones por estas razones.

Es importante señalar que no existe evidencia histórica sólida de una conspiración institucional de la masonería en el asesinato de Joseph Smith. La presencia de masones en la turba se explica porque en aquella época la mayoría de hombres influyentes lo eran; pero no se ha hallado ninguna orden o plan emanado de una logia para matarlo. Historiadores apuntan a que los móviles del crimen fueron fundamentalmente políticos y religiosos locales, no esotéricos. La “traición masónica” que sintieron los santos masones parece haber sido más bien una cuestión de lealtades individuales quebrantadas en medio de la violencia, antes que una trama masónica colectiva. No obstante, esta teoría sigue siendo alimentada en la cultura popular mormona y anti-mormona: el detalle de las últimas palabras de Joseph como posible señal masónica es un dato real que añade un aura de misterio y ha dado pie a libros, artículos y debates sobre hasta qué punto la masonería pudo haber estado involucrada o haber mirado hacia otro lado en Carthage.

En conclusión, la hipótesis masónica sostiene que Joseph Smith lanzó un último ruego masónico que fue ignorado por sus atacantes masones, lo que constituyó para los santos una amarga traición. Algunos sugieren que esos atacantes actuaron con doble ensañamiento precisamente porque Joseph había “revelado” secretos masónicos en su Iglesia (por ejemplo, implementando la investidura del templo pocos meses después de hacerse Masón, con elementos similares a los rituales masónicos). Sin embargo, fuera de estos indicios, no hay pruebas de un complot masónico organizado. La historiografía convencional ve la participación de masones en la turba como circunstancial, y atribuye el asesinato principalmente a las tensiones descritas en el contexto (venganza por el Expositor, temor al poder mormón, etc.), más que a una vendetta fraternal.

Conspiraciones internas dentro del movimiento mormón

Otra teoría alternativa sugiere que la muerte de Joseph Smith no fue únicamente obra de sus enemigos externos, sino que involucró a traidores o conspiradores dentro de su propio círculo. Esta noción, mucho más polémica, plantea esencialmente que algunos mormones conspiraron para eliminar a su líder, sea por disputas de sucesión, rivalidades doctrinales o incluso para frenarlo antes de que causara más daño a la Iglesia. En versiones extremas, se llega a acusar directamente a figuras prominentes como Brigham Young (quien posteriormente sucedió a Joseph al frente de la Iglesia) de haber sabido o incluso instigado el complot para asesinarlo –aunque estas afirmaciones carecen de respaldo documental creíble y son rechazadas por los historiadores serios.

Una variante reciente de esta teoría interna cobró notoriedad a raíz de un documental titulado “¿Quién mató a José Smith?” (2022), producido por un grupo escindido llamado Doctrine of Christ. En este film, el narrador Justin Griffin defiende la sorprendente tesis de que los verdaderos asesinos de Joseph y Hyrum dentro de la cárcel fueron John Taylor y Willard Richards, los dos acompañantes que sobrevivieron al ataque. Según Griffin, la turba habría sido en parte pantalla para encubrir un magnicidio interno ordenado supuestamente por Brigham Young u otros líderes que deseaban tomar el control. Esta teoría raya en lo conspiranoico, ya que Taylor y Richards eran conocidos como leales colaboradores de Joseph (y como mencionamos, Taylor casi muere en el asalto, quedando gravemente herido). No obstante, los promotores de la teoría intentan sostenerla mediante reinterpretaciones de la balística y la escena del crimen: por ejemplo, argumentan que la trayectoria de la bala que mató a Hyrum (entrada por la barbilla, salida por la nariz) sería consistente con un disparo a quemarropa hecho desde dentro de la habitación, no con uno disparado desde la puerta por los asaltantes. En esencia, insinúan que Hyrum fue ejecutado por la espalda por uno de sus compañeros antes de que la turba irrumpiera totalmente.

Esta propuesta ha sido rotundamente descartada por expertos en la historia de Carthage. En primer lugar, las pruebas físicas de la escena son escasas pero coherentes con la versión tradicional: se conservan los agujeros de bala en la puerta (visible aún hoy) que coinciden con disparos desde el pasillo. También se tiene las narraciones directas de Willard Richards y John Taylor (además de la de un testigo ocular externo, William Daniels), las cuales concuerdan en líneas generales y no dan indicio de una riña interna. La herida facial de Hyrum bien pudo ser causada por una bala que atravesó la puerta (lo golpeó de frente) o que vino por la ventana lateral; los análisis forenses históricos sugieren que Hyrum recibió al menos dos impactos mortales casi simultáneos, haciendo difícil suponer una ejecución deliberada por un aliado. Asimismo, John Taylor nunca implicó en sus escritos a ningún compañero; por el contrario, siempre culpó a la turba externa y elogió a Richards por salvarle la vida tras el ataque.

Un vacío enorme en esta teoría es el motivo: ¿por qué Taylor o Richards querrían asesinar a Joseph y Hyrum? Los conspiracionistas insinúan que Brigham Young (líder del Quórum de los Doce en ese momento, ausente en Boston) quería eliminar a Joseph para sucederlo, y que Richards (primo de Brigham) y Taylor actuaron como sicarios. Sin embargo, esto choca con la realidad de que Brigham Young y los Doce Apóstoles habían sido completamente leales a Joseph hasta su muerte y quedaron genuinamente consternados tras el martirio. No hay evidencia de animosidad previa que sugiera un complot interno de ese calibre. Tras la muerte, Brigham lloró públicamente y se preocupó por la posibilidad de que él mismo fuera blanco de los asesinos. Taylor, por su parte, compuso emotivos poemas lamentando la pérdida de su “Profeta querido”. Todos estos elementos hacen altamente improbable que fueran cómplices en su muerte. De hecho, cualquier teoría que plantee un “golpe de Estado” interno debe explicar por qué alguien como John Taylor se dejaría herir de gravedad (con cuatro balazos) cumpliendo tal plan, o cómo persuadieron a los agresores externos de participar sin que nada trascendiera.

No obstante, a pesar de la falta de sustento, esta teoría conspirativa interna ha ganado cierta tracción entre detractores de la Iglesia y algunos pocos miembros descontentos, especialmente por la difusión en internet del mencionado documental. Los defensores alegan que la falta de evidencias forenses concluyentes (debido al tiempo transcurrido) deja margen para reinterpretaciones. Hablan incluso de solicitar la exhumación de los restos de Joseph y Hyrum para un análisis balístico moderno, aunque esto es visto como innecesario y ofensivo por la Iglesia. La comunidad académica, incluyendo historiadores SUD y no SUD, ha respondido señalando que toda la evidencia disponible apunta a que los asesinos fueron los miembros de la turba anti-mormona identificados históricamente (entre ellos Thomas Sharp, líder local, y miembros de la milicia del condado) y no sus amigos de dentro. Incluso existe documentación de los propios perpetradores vanagloriándose del acto: por ejemplo, el editorial “The Act and the Apology” publicado el 10 de julio de 1844 en el Warsaw Signal (dirigido por Sharp) justifica abiertamente el linchamiento como algo necesario. Es decir, los asesinos reales se atribuyeron el crimen públicamente, algo que no encaja con la idea de un asesinato encubierto por gente de confianza de Joseph.

En síntesis, la noción de una conspiración interna carece de respaldo histórico. Surgió más de un siglo después de los hechos como especulación sensacionalista. No hay testimonios de época ni documentos que la avalen. Todas las personas presentes con Joseph (vivas o fallecidas) fueron consideradas mártires o héroes por los suyos, y los verdaderos culpables fueron juzgados (aunque luego absueltos) en 1845, sin que jamás se insinuara una responsabilidad de Taylor o Richards en el proceso. Por tanto, la teoría de la “puñalada por la espalda” dentro del mormonismo es relegada al terreno de la ficción conspirativa, sin credibilidad en los estudios serios.

Hipótesis de suicidio o muerte auto-infligida

La tercera teoría alternativa para examinar es la más inverosímil: la hipótesis de suicidio de Joseph Smith. Esta noción sugiere, de manera general, que Joseph de algún modo habría causado o buscado su propia muerte, en lugar de ser meramente víctima de sus asesinos. Cabe recalcar que ningún historiador reputado sostiene esta teoría, pero ha aparecido ocasionalmente en polémicas y literatura antagonista a la Iglesia, por lo cual merece mencionarse para aclarar los hechos.

Hay distintas versiones de esta idea: una apunta a que Joseph Smith se habría arrojado por la ventana intencionalmente con el deseo de morir rápidamente antes que caer en manos de la turba. Sin embargo, los informes indican que su salto (o intento de escape) por la ventana fue un gesto desesperado para salvar su vida, no para terminarla: Joseph posiblemente esperaba sobrevivir a la caída o al menos alejar el fuego de sus amigoslaw2.umkc.edu. De hecho, el desplomarse desde el segundo piso difícilmente garantizaría la muerte; era más probable romperse un hueso que fallecer sólo por la caída, de modo que interpretarlo como “suicidio” no tiene mucho sentido, máxime cuando fue alcanzado por balas en pleno salto.

Otra variante insinúa que Joseph buscó el “martirio” de forma deliberada, es decir, que al entregarse en Carthage sabía que lo matarían y aun así procedió, casi como una forma de suicidio por sacrificio. Es cierto que Joseph expresaba la premonición de su muerte (había dicho: “voy como cordero al matadero” y también “he terminado mi obra y estoy listo para morir por mis detractores”). También es verdad que decidió no huir más y enfrentó a la justicia a sabiendas del odio que enfrentaba. Sin embargo, interpretarlo como que quería morir es forzar la lectura; más bien, Joseph mostró una mezcla de resignación y determinación a no abandonar a su pueblo, confiando (ingenuamente) en la promesa de protección de Ford. No manifestó deseos de quitarse la vida, sino de cumplir con su deber y, si era el caso, convertirse en testigo final de su causa. En términos religiosos, buscaba sellar con sangre su testimonio, no suicidarse por desesperación.

Una acusación aún más estrambótica ha sido que, dado que Joseph usó un arma y disparó a sus agresores, eso lo descalifica como “mártir” y sería más bien un suicidio por imprudencia o violencia. Críticos apuntan que, a diferencia de un mártir pasivo, él “murió peleando” —disparando un revólver—, como si hubiera provocado su propia muerte al resistir con las armas. Desde luego, esto es un juego semántico y no un suicidio en sentido propio. Joseph actuó en defensa propia y de sus compañeros, lo que no quita que finalmente fuera asesinado a manos de otros. El hecho de que no se dejara matar pasivamente no significa que se quitara la vida a sí mismo; simplemente intentó sin éxito salvarla. En la historia hay muchos mártires que se defendieron y aun así son considerados mártires.

Finalmente, alguna teoría aislada ha llegado a sugerir que una bala “amiga” disparada por el propio Joseph pudo haberlo herido mortalmente, es decir, un disparo accidental auto-infligido. Esto no tiene sustento balístico: las heridas fatales de Joseph provinieron de munición de mosquete (calibre .69) típica de la milicia, no de las balas más pequeñas del revólver de bolsillo que él usó. Además, recibió impactos por la espalda y desde afuera. No hay reporte de que se disparara a sí mismo en absoluto.

En conclusión, la noción de suicidio de Joseph Smith es infundada. Surgió probablemente como un intento de sus críticos por negarle el estatus de mártir (bajo la premisa de que “no lo mataron, él se lo buscó”). Sin embargo, todos los registros coinciden en que Joseph quería vivir –planeaba huir de ser posible, escribió a su esposa sobre un juicio que aún esperaba afrontar, etc.– pero aceptó la posibilidad de morir por la causa. No hay evidencia de intención suicida clínica. Su muerte fue causada por balas disparadas con odio por sus enemigos, no por su propia mano. Por lo tanto, catalogar lo ocurrido como suicidio es históricamente incorrecto. Joseph Smith murió asesinado, incluso si enfrentó su destino con la firmeza de quien está dispuesto a morir por su fe.

Evidencias históricas y debates académicos sobre estas teorías

Las teorías alternativas mencionadas han sido objeto de análisis crítico por parte de historiadores profesionales, quienes mayoritariamente las descartan por falta de evidencias fiables. A continuación, revisamos qué dice la investigación histórica sobre cada caso y qué pruebas (o falta de ellas) existen:

  • Sobre la teoría de la venganza masónica: Los historiadores reconocen la presencia de masones individuales entre la turba (por ejemplo, John C. Elliott, el hombre que supuestamente disparó el tiro mortal final, era Masón, al igual que varios otros). También documentan el efecto que esto tuvo entre los santos: inmediatamente después del martirio, los mormones que eran masones sintieron un choque de lealtades y la mayoría rompió sus vínculos con las logias masónicas locales. Sin embargo, ninguna fuente masónica oficial de la época sugiere que la Orden aprobara o coordinara el asesinato. No se ha hallado correspondencia ni actas de logias complotando contra Joseph Smith. Los enfrentamientos entre la Logia de Nauvoo y el Gran Oriente de Illinois ocurrieron en 1842–43 (cuando se cerró la logia de Nauvoo), pero en 1844 la situación estaba más bien en un impasse. Si bien es tentador para algunos ver el incumplimiento de la señal de auxilio como “prueba” de animosidad masónica, los historiadores lo interpretan más como una circunstancia del frenesí del momento: los participantes estaban decididos a matar a Joseph por razones políticas/religiosas, y su identidad masónica no detuvo sus acciones. No hay documentos que indiquen que actuaron por obediencia a alguna obligación masónica superior. De hecho, la tradición masónica se avergonzó de este hecho: posteriormente, muchas logias estadounidenses usaron el caso para recalcar la importancia de no permitir la política o la religión envenenar la fraternidad. En suma, la evidencia apoya que masones estuvieron involucrados, pero la conclusión académica general es que Joseph Smith murió a causa de su papel religioso-político, no por secretos masónicos.
  • Sobre la teoría de conspiración interna (traición mormona): La evidencia histórica la contraría fuertemente. Como se mencionó, poseemos los testimonios directos de John Taylor y Willard Richards, tanto en 1844 (informes inmediatamente posteriores) como en memorias. Ambos describieron consistentemente que la turba externa fue la causante de las muertes. Richards incluso envió un rápido informe por carta a Nauvoo la misma noche del 27 de junio explicando lo ocurrido, sin insinuar nada extraño. Tenemos también el relato de William Daniels (un local que simpatizaba con los mormones y estaba fuera de la cárcel durante el ataque), quien atestiguó ver a Joseph caer por la ventana herido de muerte por los disparos de los asaltanteslaw2.umkc.edu. Daniels incluso afirmó haber visto el intento de decapitación frustrado y un destello luminoso, detalles novelescos pero que de cualquier modo atribuyen la agresión a los perseguidores externos. Ningún observador de aquella época acusó a Taylor o Richards de disparar contra sus líderes; eso surgió siglos después sin base documental. Por otro lado, los registros eclesiásticos y personales de Brigham Young, Willard Richards, Taylor y demás apóstoles en 1844-1846 reflejan shock y pesar genuinos por la pérdida de Joseph y Hyrum, así como incertidumbre sobre cómo seguir. Si hubiese habido una conspiración, esperaríamos ver indicios de enfrentamientos internos por el poder en días previos o celebraciones secretas posteriores, pero al contrario: los diarios muestran una comunidad sumida en el duelo y líderes que, lejos de mostrar alivio, estaban abrumados por la responsabilidad súbita de guiar a la Iglesia huérfana de su fundador. Además, los acusados juzgados en 1845 por el asesinato de los Smith fueron cinco hombres anti-mormones (Thomas Sharp, Jacob Davis, Mark Aldrich, William Grover y Levi Williams). En el juicio, la defensa jugó con los prejuicios del jurado para lograr absolución, pero no se presentó ninguna teoría alternativa culpando a otros; los mismos acusados reconocieron estar allí pero alegaron que no se podía probar quién disparó la bala fatal. Historiadores como Dallin H. Oaks y Marvin S. Hill, en su obra Carthage Conspiracy (1975), concluyen que si bien el sistema legal falló en condenar a los culpables conocidos, no hay duda histórica de que la responsabilidad recae en los miembros de la turba anti-mormona y no en algún supuesto cómplice interno. Por consiguiente, la comunidad académica considera la teoría de complot interno como infundada. Algunas “pruebas” aducidas por los conspiracionistas modernos (como anomalías forenses en las heridas) han sido refutadas por expertos; por ejemplo, la trayectoria de la bala en Hyrum puede explicarse por la posición en que cayó tras el primer disparo, y la ausencia de daño en Richards se ha atribuido a simple suerte y quizás a que su voluminoso cuerpo quedó en ángulo protegido tras la puerta. En suma, la evidencia conocida respalda los relatos tradicionales y ninguna publicación académica seria avala la teoría de un “asesinato interno”.
  • Sobre la hipótesis de suicidio: No hay evidencia histórica ni debate académico real, porque la idea no se basa en ningún dato concreto sino en interpretaciones malintencionadas. Los documentos contemporáneos (cartas, diarios) muestran a Joseph Smith preocupado pero esperanzado en los días previos; por ejemplo, su carta final a Emma desde Carthage habla del inminente juicio y expresa amor, no despedidas definitivas. Testigos describen que antes del asalto Joseph “estaba alegre, incluso confiado en que podrían salir bien librados legalmente”, aunque a ratos mostraba melancolía por la posibilidad de morir. No hay notas suicidas ni tendencias autodestructivas registradas. Tras los hechos, ningún testigo sugirió que Joseph se quitara la vida; todos entendieron que fue asesinado por balas enemigas. Por tanto, los historiadores no debaten en absoluto la posibilidad de suicidio, considerándola un sinsentido. En todo caso, discuten si califica técnicamente como martirio debido a que se defendió con un arma. Autores como Richard L. Bushman señalan que, aunque Joseph no murió pasivamente, “en esencia su muerte sí fue un martirio porque ocurrió a manos de opositores religiosos, y él la enfrentó con espíritu de sacrificio”. Los apologistas SUD argumentan que el uso de la pistola fue un acto de coraje para tratar de proteger a sus amigos, y que ello no le resta condición de mártir. En el extremo opuesto, críticos como Fawn Brodie mencionaron que Joseph “murió en un tiroteo más que como un cordero”, pero esto es un matiz narrativo, no una disputa sobre quién causó su muerte. En definitiva, la evidencia (impactos de bala, testigos) confirma que Joseph Smith murió por heridas de bala infligidas por terceros, cerrando cualquier discusión seria sobre suicidio o accidente autoinfligido.

En resumen, los debates académicos sobre la muerte de Joseph Smith se concentran más en las implicaciones y el significado del suceso —por ejemplo, cómo impactó en el movimiento mormón, qué motivaciones exactas tuvieron los asesinos, o cómo se manejó políticamente el asunto— que en disputar la autoría básica. Existe un consenso prácticamente unánime entre historiadores (mormones y no mormones) de que la muerte fue resultado de un ataque deliberado de sus oponentes locales, precipitado por las tensiones en Nauvoo tras el Expositor. Las teorías alternativas (masones, conspiradores internos, suicidio) se consideran marginales. Solo recientes intentos pseudo-investigativos han reavivado algunas de ellas, pero sin aportar documentación nueva que las sustente. Al contrario, investigaciones serias como las de Dallin H. Oaks y Marvin Hill (en Carthage Conspiracy, 1975), Joseph I. Bentley (BYU Studies, 2005) o Richard E. Turley Jr. (Assistant Church Historian) han reafirmado mediante examen de fuentes primarias que no hay misterio sin resolver respecto a quiénes mataron a Joseph Smith: fue una conspiración de enemigos externos, bien identificados en su época, y las demás especulaciones no pasan los estándares de evidencia histórica.

Evaluación objetiva y conclusiones: ¿qué versión tiene más respaldo documental?

A la luz de los hechos y las fuentes disponibles, podemos evaluar qué explicación de la muerte de Joseph Smith está mejor fundamentada.

Por un lado, está la versión generalmente aceptada por historiadores, que coincide sustancialmente con la narración oficial de la Iglesia SUD en cuanto a los culpables directos: Joseph Smith y Hyrum Smith fueron asesinados por una turba de opositores en Carthage, movidos por animosidad política y religiosa exacerbada tras la destrucción del Nauvoo Expositor. Esta versión se apoya en abundante evidencia documental de la época: informes periodísticos (como los editoriales del Warsaw Signal jactándose del asesinato), registros judiciales (las actas del juicio de 1845 donde se imputó a varios de los atacantes conocidos), y testimonios de primera mano de quienes estuvieron allí (Richards, Taylor, Daniels, etc.). Adicionalmente, estudios posteriores —tanto desde la academia secular como desde la misma Iglesia (por ejemplo, el exhaustivo compendio History of the Church editado por B.H. Roberts, o las publicaciones recientes del Joseph Smith Papers Project)— han escudriñado dichos acontecimientos sin hallar contradicciones mayores a la narración básica. En esencia, la evidencia converge en identificar a los agresores externos como responsables y describe la secuencia del ataque de forma consistente. Los detalles pueden variar ligeramente según la fuente (hora exacta, palabras textuales dichas en la refriega, etc.), pero ninguna fuente primaria sugiere una causa distinta a la de un linchamiento por odio local. Por tanto, esta explicación “oficial” y tradicional cuenta con el respaldo documental más robusto.

Por otro lado, las teorías alternativas presentan serias debilidades a la hora de contrastarlas con las fuentes:

  • La idea de una conspiración masónica se basa más en interpretaciones de contexto (p.ej., la membresía masónica de algunos involucrados, la frase final de Joseph) que en pruebas directas. No existe ningún documento de 1844 que apunte a los masones organizando o instigando el crimen. Los mismos miembros de la turba actuaron por su cuenta, motivados por la ira del momento. De hecho, cinco de ellos fueron arrestados y juzgados —e históricamente señalados— sin que saliera a relucir nada referente a órdenes masónicas. Documentalmente, la implicación masónica no pasa de ser circunstancial. La historiografía profesional, incluyendo autores masones, coincide en que la muerte de Smith fue producto de conflictos sociopolíticos, no de secretos de logia.
  • La teoría de conspiración interna choca frontalmente con todos los registros conocidos. No hay cartas, diarios ni confesiones que impliquen a líderes mormones en el asesinato. Ningún testigo acusó a Taylor o Richards; al contrario, los elevan como sobrevivientes heroicos. Las “pruebas” alegadas (como la trayectoria de balas) han sido refutadas o tienen explicaciones más sencillas dentro del relato convencional. En ausencia de evidencia primaria que la sustente, esta teoría se considera esencialmente un ejercicio de suspicacia moderna sin fundamento histórico. No hay respaldo documental antiguo ni estudio académico publicado que avale la hipótesis de un golpe interno. Todo son conjeturas recientes con metodología cuestionable (como reinterpretar fotos de la camisa ensangrentada de Hyrum o hacer pruebas de bala sin tener acceso a los restos). Hasta la fecha, ningún documento descubierto en archivos (y se han revisado extensamente papeles personales de todos los líderes mormones de la época) sugiere traición interna.
  • La noción de suicidio simplemente no cuenta con ninguna evidencia a su favor. Es contraria a las múltiples fuentes que describen la escena y las causas de muerte. Aparece solo en obras polémicas sin rigor, y ningún documento de la época lo menciona siquiera como posibilidad. En el registro documental, Joseph Smith es claramente representado como víctima de homicidio, no como autor de su muerte. Las balas provenían de mosquetes ajenos, sus heridas concordaban con eso, y así lo atestiguan los informes forenses informales de quienes lavaron y examinaron los cuerpos en Nauvoo posteriormente. Todo el peso de la prueba y del consenso describe un asesinato, no un suicidio.

Por lo tanto, al preguntar qué versión tiene más respaldo, la respuesta inequívoca es que la versión histórica convencional (linchamiento por parte de una turba anti-mormona) es la sustentada por las evidencias. Esto no significa que no queden puntos oscuros o discutibles en la historia del martirio (por ejemplo, aún se debate la identidad exacta de quién disparó qué tiro fatal, o cuántos asaltantes resultaron heridos por la defensa de Joseph, etc.). Pero esos debates ocurren dentro del marco de la misma narrativa básica y no la ponen en duda. Las teorías alternativas, en cambio, requieren suponer confabulaciones que no dejan rastro en las fuentes, o reinterpretar los hechos contra el testimonio unánime disponible.

Los académicos señalan que estas teorías suelen surgir de agendas ideológicas: la teoría masónica a veces es promovida por sectores anti-masones o algunos apologistas buscando causas más trascendentes; la conspiración interna suele venir de críticos de Brigham Young o de grupos cismáticos que desconfían de la sucesión; y la del suicidio proviene de detractores que quieren desacreditar el aura de martirio de Joseph. Sin embargo, cuando se aplica el método histórico (comparar documentos, contexto, fiabilidad de fuentes), dichas teorías no se sostienen. Historiadores como James B. Allen, Glen M. Leonard, Richard Bushman, entre otros, en sus obras sobre Nauvoo y Joseph Smith, ni siquiera les otorgan credibilidad suficiente para más que una nota al pie. La propia Iglesia SUD, a través de iniciativas académicas como el Joseph Smith Papers, ha publicado todos los diarios, cartas y documentos relacionados, y nada en ellos sugiere conspiraciones diferentes a la narrativa ya conocida.

En conclusión, tras casi dos siglos desde aquel 27 de junio de 1844, la muerte de Joseph Smith ha sido investigada y debatida extensamente. La gran mayoría de las fuentes primarias y los estudios históricos respaldan la versión de que fue asesinado por una turba enardecida de enemigos locales, en venganza y temor por su poder, especialmente tras la controversia del Nauvoo Expositor. Las teorías alternativas carecen de sustento documental sólido y, aunque añaden color a las discusiones populares, no han convencido a los historiadores. Joseph Smith murió, en última instancia, víctima de la violencia sectaria de su tiempo y lugar. Ese es el hecho mejor atestiguado. Todo lo demás –masones, traidores o suicidio– pertenece más al terreno de la especulación o del mito, sin suficientes pruebas históricas que lo respalden.

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