Música y movimiento obrero en los años veinte

Eduardo Montagut

En los años veinte se planteó, y deberíamos intentar comprobar si se llevó a cabo lo debatido en posteriores artículos, sobre la conveniencia de emplear las “manifestaciones artísticas”, con el fin de hacer más atractivas las reuniones de propaganda societaria y socialista porque en nada perderían en su fuerza “doctrinal y proselitista” si se empleaban música y canciones.

Esta idea partió de un artículo de fondo de El Socialista en su número del 12 de diciembre de 1928, donde se afirmaba que en el extranjero destacaban los festivales que organizaban los socialistas belgas y austriacos. Frente a esto en España, y especialmente en el centro, lo que predominaba era la sequedad, la aspereza, la austeridad, lo sobrio que llegaba a rayar en lo mezquino, y no por los sentimientos sino por el apego que había hacia la rutina, que costaba mucho superar.

Se achacaba esta sobriedad al peso del pasado del fanatismo inquisitorial ahogando el empleo de la alegría o de la risa. Parecía irreverente mezclar, en el campo socialista, la ejecución de piezas musicales y acordes de una masa coral con la exposición de los principios fundamentales del socialismo.

En España debía hacerse lo que ya se hacía en otros países. Las conferencias de los oradores socialistas podían ser precedidas por un concierto o interpretación de canciones a cargo, por ejemplo, del Orfeón Socialista. Las emociones de la música y hasta de la poesía predisponían a los espíritus en el sentido de hacerlos más finos y hasta más tolerantes para respetar criterios que no coincidiesen absolutamente con los propios, por lo que se estaba haciendo un canto a la tolerancia a través del arte. Además, donde se ofreciera un espectáculo de música o de lectura de poesías se conseguiría aumentar el auditorio, y muy especialmente de mujeres y niños, obteniendo, especialmente, en el primer caso, más adeptas, y de ese modo, poder separarlas del cobijo eclesiástico. Se ganaría a las mujeres que se habrían convertido en comparsas sin convicción de las clientelas del clericalismo catequista porque los socialistas no habían sabido ofrecerles un poco de poesía y belleza, un camino para adentrarlas en el socialismo. Esta apreciación no dejaba de tener un sentido un tanto paternalista, como podemos interpretar, es decir, porque se insistía mucho en que a través de amenizar con música mítines y asambleas se podía atraer a las mujeres al socialismo, como si su naturaleza no estuviera capacitada para afrontar una reunión sesuda de ideas.

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