El homenaje a Pestalozzi de Rodolfo Llopis

Eduardo Montagut

El eminente pedagogo Pestalozzi falleció el 17 de febrero de 1827. Cien años después el periódico El Socialista dedicó un gran espacio de su número del 17 de febrero de 1927 a recordar su figura y obra. Entre estos trabajos destaca el de Rodolfo Llopis, dada su intensa vocación profesional pedagógica. Nosotros, a su vez, recordamos este artículo del socialista.

Para Llopis todos los que después de Pestalozzi se habían dedicado a emancipar a los hombres por la educación eran testamentarios del gran maestro. La personalidad de Pestalozzi estaba, siempre según Llopis, llena de matices, pero el quería fijarse en una de ellas, en la máxima aspiración del mismo, y que no había sido otra que la de ser maestro de escuela.

Así es, había querido ser maestro. Toda su vida, a pesar de que pudieran verse contradicciones y hasta vacilaciones, había estado marcada siempre por el objetivo de ser maestro, tanto cuando trabajaba en Teología, escribía novelas o fundaba granjas, como cuando realmente se dedicó directamente a la enseñanza. Por eso cuando sus amigos políticos triunfaron y ofrecieron a Pestalozzi un puesto en la administración el respondió que quería ser maestro.

Para Llopis ser maestro de escuela era una magnífica ambición, era la tarea diaria de salvar lo que había de humano en cada hombre, era avivar la lucecita interior de cada ser, despertar a la vida la conciencia de los seres, ayudar a que cada uno formase su propia personalidad, enseñarles a que en cada momento conseguir hacer silencio a su alrededor para no escuchar más voz que la de la conciencia propia y que, por fin, fueran capaces de poner al servicio de los grandes ideales humanos lo que hubiera de mejor en su espíritu. Esa era, pues, la definición de maestro de Rodolfo Llopis.

Había tenido razón Pestalozzi en no ambicionar puestos políticos, creía nuestro autor. El quería una reforma profunda e interior de la Humanidad, que solamente podía conseguirse a través de la educación. Todo lo demás era superficial o efímero. Por eso quería ser maestro de escuela, y lo fue porque podía serlo, al contar con un “corazón de apóstol y mentalidad de pensador”. Pero, además, era un espíritu infantil. Poseía, por lo tanto, y siempre según Llopis, inmejorables cualidades para ser un excelente maestro.

A Pestalozzi acudieron en peregrinación los hombres más representativos de Europa, que al regresar a sus países fueron sembrando las ideas del maestro, las que Llopis consideraba las semillas de la vanguardia pedagógica. Fue el precursor de las llamadas escuelas nuevas, de la pedagogía social, el iniciador de la escuela activa, el defensor de lo que después se conoció como la escuela única, como así lo indicaría su escuela popular. Esta era una cuestión muy importante para Llopis, como para el socialismo español, por lo que se detuvo en la misma. Así recordaba que Pestalozzi cuando hablaba de la “casa de la injusticia” que era la organización escolar y se proponía construir la “escalera unificadora” por donde habían de pasar todos los niños para que no se desperdiciase ninguna capacidad estaba anticipándose a los proyectos democratizadores de la escuela.

Hemos trabajado con el número 5628 de El Socialista.

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