
Rosa Amor del Olmo
Nostalgia de la infancia y pérdida de la inocencia
Cada víspera de Reyes Magos regreso, aunque sea por un instante, a la magia de mi niñez. Recuerdo la noche del 5 de enero de hace décadas: los zapatos alineados junto a la ventana, un plato con galletas y un cuenco de agua dispuestos con la esperanza de agasajar a unos ilustres visitantes venidos de Oriente. Los nervios apenas me dejaban dormir; mi mente infantil se llenaba de visiones de camellos bebiendo de aquel cuenco y de regalos apareciendo como por arte de magia al despuntar el alba. En esos años, como dice el poema atribuido a Miguel de Unamuno, vivir era soñar.

La mañana del 6 de enero llegaba con los primeros rayos de sol y, con ellos, la escena deslumbrante de los paquetes envueltos que Melchor, Gaspar y Baltasar habían dejado. Era una felicidad pura e indescriptible. Cada inocente certeza convertía un pequeño obsequio en un tesoro y cada juego nuevo en una aventura épica.
Sin embargo, el tiempo pasó. Crecimos, y con ello llegó el día en que descubrimos el “secreto” de los Reyes Magos. Aquel descubrimiento marcó el fin de una era de candidez. Fue la pérdida de la inocencia: el momento en que la realidad irrumpió en nuestra imaginación, llevándose parte de esa capacidad infinita de asombro que antes nos definía. Después no lo fue tanto. Aprendí a valorar el esfuerzo de aquellos reyes realies que lo daban todo y no perdí nada de la inocencia, esta se engrandeció con verdad y autenticidad. Tal vez un pequeño sentimiento de descubrir un secreto que cuando lo descubres aun siendo grande y maravilloso es un poco esa decepción de haberlo descubierto. No sé, un pellizco en el corazón, un mordisquito de la soledad, del vacío de avanzar en el conocimiento de la vida.
La pérdida de la inocencia deja un sabor agridulce. Por un lado, valoramos haber madurado y entender el mundo tal cual es. Por otro, echamos de menos esa mirada limpia que todo lo creía posible. En ocasiones sentimos, como Unamuno, el peso de haber “crecido a [nuestro] pesar”, y releer su súplica —«agranda la puerta, Padre… vuélveme a la edad aquella en que vivir es soñar»— nos provoca una punzada de nostalgia. Evoca al niño o la niña que fuimos, aquel que vivía en un mundo colmado de magia, fe e imaginación, y despierta la nostalgia de aquella infancia en que todo era posible.
El paso del tiempo, la fe y la capacidad de asombro
El paso del tiempo es inexorable. Cada año que cumplimos nos aleja un poco más de aquella infancia despreocupada. Nos hacemos adultos, ganamos experiencia y conocimientos, pero también perdemos algo intangible por el camino. Es como si durante el crecimiento se fuera apagando lentamente la chispa de asombro que antes se encendía con facilidad ante lo nuevo y lo extraordinario. Lo que de niños vivíamos con fe y fascinación, de adultos a menudo lo recibimos con escepticismo o indiferencia.
El poema de Unamuno refleja este dilema existencial con un profundo sentido espiritual. El “Padre” al que se dirige es Dios, y la imagen de la puerta evoca la enseñanza cristiana de que para entrar al Reino de los Cielos hay que hacerse como niños. Esa idea de humildad y pureza resuena en el ruego del poeta: si el mundo trascendente está hecho para almas sencillas y confiadas, ¿qué esperanza nos queda a quienes hemos crecido cargando dudas y pesares? Unamuno plantea dos opciones: o que Dios agrande la puerta para dejarnos pasar con nuestras cargas de adultos, o que por piedad nos haga pequeños de nuevo, devolviéndonos la fe ingenua y la capacidad de asombro perdidas.
En estos versos hay melancolía por la pérdida de la fe espontánea de la niñez, pero también una esperanza tácita: la idea de que quizá es posible reencontrar ese estado de gracia. Tal vez a través del amor, de la belleza o de la misma espiritualidad podamos, aunque sea por instantes, achicar nuestro ego y nuestra incredulidad para volver a maravillarnos como antes. Al fin y al cabo, ser adulto no tiene por qué significar matar al niño interior, sino aprender a llevarlo de la mano.
La noche de Reyes: magia y símbolo colectivo
La Noche de Reyes es quizás ese momento del año en que logramos recuperar, colectivamente, parte de la ilusión de la infancia. La fiesta de los Reyes Magos es, en el fondo, una celebración de la inocencia compartida. La magia de este día ocupa un lugar muy especial en el imaginario infantil y en la memoria emocional de los adultos; no se trata solo de regalos, sino de un ritual lleno de simbolismo que une a las familias en valores como la ilusión, la espera y la confianza. Durante la noche del 5 de enero, la fantasía y la realidad conviven de forma natural: las calles se llenan de cabalgatas y de sonrisas, los niños dejan sus zapatos y sus cartas con la fe intacta, y los mayores nos convertimos en cómplices de esa magia.
La tradición de esta festividad trasciende lo anecdótico: es un mito colectivo que transmitimos de generación en generación. Representa la capacidad de la sociedad para construir narrativas compartidas que acompañan el crecimiento emocional de la infancia, encarnando valores universales como la generosidad, la recompensa al esfuerzo y la importancia de compartir. Cada vez que los Reyes Magos “visitan” nuestros hogares, reforzamos un vínculo cultural y emocional que nos une como comunidad en torno a la idea de que la bondad y la ilusión merecen ser celebradas.
Para los adultos, la noche de Reyes tiene un significado doble. Por un lado, nos permite convertirnos en los portadores de la magia para las nuevas generaciones: somos nosotros quienes ahora colocamos los regalos con mano temblorosa y corazón emocionado, quienes susurramos a los pequeños que se duerman pronto porque “van a venir los Reyes”, quienes mantienen viva esa amorosa farsa de la ilusión. Lo hacemos para ver brillar los ojos de nuestros hijos, sobrinos o nietos, y al contemplar su asombro genuino revivimos a través de ellos algo de nuestra propia infancia.
Por otro lado, en secreto, el niño que fuimos sigue albergando una pequeña esperanza. Aunque sepamos la verdad, quisiéramos que la magia fuera real también para nosotros. Aún queda “un pequeño rincón en el que anida la ilusión” de que alguno de los Reyes Magos se acuerde de nosotros y deje en el balcón del alma “la sorpresa de lo inesperado”. Es una fantasía consciente, sí, pero profundamente humana y compartida.
En definitiva, la noche de Reyes —acertadamente llamada la noche de la ilusión— nos permite volver a ser niños por unas horas. Es un tiempo en que la línea entre la realidad y la fantasía se difumina con la complicidad de todos. Al preparar los regalos y contemplar la alegría de los pequeños al amanecer del 6 de enero, parece que, tal como pedía Unamuno, esa puerta estrecha de la inocencia se agranda un poco para dejarnos pasar de nuevo. O quizás seamos nosotros quienes nos empequeñecemos voluntariamente, recuperando humildad y asombro para caber otra vez en ese mundo de sueños. Sea como fuere, cada Día de Reyes nos recuerda que aquella magia de la infancia nunca se ha ido del todo —solo espera a que volvamos a creer en ella.
















No me veo capacitada para dejar ningún comentario. Es muy pobre mi cabeza, pero todo lo que Rosa Amor del Olmo escribe, me hace soñar y sonreír, revivir y me siento muy agradecida de tener personas que escriban tan bonito y tan reales. Es mucha admiración la que siento por ésta mujer, mucho respeto y cariño. Es muy valiosa para mi corazón, y nos hace sentir alguien a las personas que no somos gran cosa.
Querida María Luisa:
Gracias de corazón por tus palabras. No son pobres, al contrario: nacen de una sensibilidad y una verdad muy profundas. Si lo que escribo te hace soñar, sonreír o sentirte acompañada, entonces la escritura cumple su sentido más hermoso.
Créeme: todas somos “alguien”, y mucho más de lo que a veces pensamos. Gracias por leer con tanta generosidad y por compartir lo que sientes. Ese gesto dice mucho de ti.
Un abrazo grande y agradecido.
Rosa Amor del Olmo
Querida María Luisa:
Gracias de corazón por tus palabras. No son pobres, al contrario: nacen de una sensibilidad y una verdad muy profundas. Si lo que escribo te hace soñar, sonreír o sentirte acompañada, entonces la escritura cumple su sentido más hermoso.
Créeme: todas somos “alguien”, y mucho más de lo que a veces pensamos. Gracias por leer con tanta generosidad y por compartir lo que sientes. Ese gesto dice mucho de ti.
Un abrazo grande y agradecido.
Rosa Amor del Olmo