
Rodolfo Cardona
Es curioso que nadie se haya fijado antes en la coincidencia que llevó a estos dos escritores a componer largos y detallados textos sobre el mismo período histórico que comprende las guerras que Napoleón llevó a cabo simultáneamente en Rusia y en España durante los años 1805-1813. Otra coincidencia curiosa es que ninguno de los dos escritores escogiera el término “novela” para denominar sus respectivos textos históricos. En el artículo que publicó Tolstoy en la revista Russian Archive en 1868 se pregunta: “¿Qué es La Guerra y la paz?” y contesta:
No es una novela y aun menos un poema épico y aun menos una crónica histórica. La Guerra y la paz es lo que el autor quería y fue capaz de expresar, en la forma en que está expresado (Tolstoy, 2008, 1217, mi traducción).
Por su parte, Galdós escogió el término “episodio” en vez de “novela” o “novela histórica” para lo que fue esta “Primera Serie” de narraciones históricas que, en su caso, comienzan con la Batalla de Trafalgar (1805) y termina con la victoria sobre las tropas de Napoleón en la Batalla de los Arapiles (1813).
Tolstoy, según él mismo afirma, “gastó cinco años de incesante y exclusiva labor bajo las mejores condiciones de vida” en La guerra y la paz. Fueron los años de 1863 a 1868, cuando el autor tenía 35 años al empezar y 40 al terminar. Galdós tenía 30 años cuando cogió la pluma en enero de 1873 para escribir Trafalgar, el primero de sus episodios; el último, La batalla de los Arapiles, lo escribió entre febrero y marzo de 1875. Es decir que en poco más de dos años dio a luz los diez episdios que comprenden más o menos 1500 páginas según declara Galdós en su nota epilogal (en la edición que yo utilizo los diez episodios llegan a casi 2000 páginas; la obra de Tolstoy llega a las 1213 páginas en la edición que yo cito). Es decir que La Guerra y la paz y la “Primera Serie” alcanzan una extension casi igual. En cambio, como hemos visto, el período de sus respectivas gestaciones es mucho menor en el caso de Galdós.
La divergencia en el período de gestación de las dos obras se debe en gran parte a que Tolstoy estuvo más intensamente preocupado en lo que teóricamente debiera ser una narración histórica. Él mismo, en el artículo al que me he referido, escribió sobre lo que él estimaba era la gran diferencia entre sus descripciones de los sucesos históricos y las versiones de los historiadores:

Un historiador y un artista, que describen una época histórica, tienen dos objetivos completamente diferentes. Así como un historiador estaría equivocado si tratara de presentar una figura histórica en toda su totalidad, en toda la complejidad de sus relaciones con todos los aspectos de su vida, así un artista no llevaría su cometido al presentar siempre una figura en su significación histórica .[…]
Para un historiador, considerando la contribución hecha por alguna persona en la ejecución de una acción determinada, hay héroes; para el artista, considerando la correspondencia de esta persona hacia todos los aspectos de la vida, no hay ni puede haber héroes, sino gente. El historiador está obligado a veces a soslayar la verdad, para llevar todas las acciones del personaje histórico hacia la única idea que él ha concebido para esa figura. El artista, al contrario, ve la singularidad de esa idea como incompatible para su cometido, y sólo trata de comprender y de mostrar no a la famosa figura sino al ser humano (p. 1219, mi traducción).
Esta larga cita es importante para demostrar la seria consideración teórica que Tolstoy llevó a la concepción de su obra. Nada por el estilo encontramos en Galdós, lo cual no quiere decir, como veremos, que no hiciera algo parecido intuitivamente. Por ejemplo, Tolstoy nos dice que la distinción entre el historiador y el artista se agudiza aún más en la descripción de los sucesos mismos. Así, el artista utilizando su propia experiencia,[1] o cartas, memorias o crónicas históricas, abstrae por sí mismo una imagen de los sucesos que tuvieron lugar, y casi siempre (en una batalla, por ejemplo) la conclusión que el historiador se permitió hacer sobre la actividad de tal o cual ejército, resulta totalmente opuesta en la conclusion del artista (paráfrasis de la p. 1219). Y es esto lo que, en la práctica, sin teorizarlo, hizo Galdós.
Veamos un ejemplo. Al principio del episodio Zaragoza entran en esta ciudad cuatro individuos que habían logrado escaparse de los franceses. Los cuatro tienen hambre y entre ellos sólo once reales. Uno de los cuatro es Gabriel Araceli, el narrador de esta serie y protagonista del argumento ficticio que se desarrolla paralelamente a través de los diez episodios junto a los sucesos históricos. Tembién entre ellos se encuentra don Roque, personaje familiarizado con el medio y quien dice que conoce a don José de Montoria, uno de los labradores más ricos de Zaragoza y en quien espera conseguir ayuda, sobre todo en el tema que más les preocupa en ese momento, que es poder comer. De modo que después de pasar la noche como pueden “al amor “ del zócalo de la famosa torre inclinada, don Roque les promete llevarles a la casa de su amigo. Cuando esto decía vieron salir a dos hombres y una mujer quienes sin duda habían dormido en el mismo lugar y salían de su improvisado albergue. “Uno de ellos era un infeliz lisiado, un hombre que acababa en las rodillas y se ponía en movimiento con ayuda de muletas o bien andando a cuatro remos…” (Galdós, 2006, 30). Viendo que parecen familiarizados con la ciudad les preguntan por don José de Montoria a lo cual responde el cojo:
–¿Don José de Montoria? Le conozco más que a las niñas de mis ojos. Hace veinte años que vivía en la calle de la Albardería; después se mudó a la de la Parra; después… Pero ustés son forasteros por lo que veo (30).
Y, como gran hablador que es este pobre lisiado, cuyo nombre resulta ser nada menos que Sursum Corda, y ante la exasperación de sus oyentes, cambia de tema y pregunta:
“¿De modo que no estaban ustés aquí el 4 de agosto?” Al contestarle que no pregunta de nuevo: “¿Ni tampoco vieron la batalla de las Eras?” Como la contestación es igual el cojo espeta: “Pero si no han visto ustés lo del 4 de agosto, no han visto nada. […] Yo vi también lo del 4 de junio, porque me fui arrastrando por la calle de la Paja, y vi a la Atillera cuando dio fuego al cañón del 24.” Y poco a poco, ante la exasperación de los pobres hambrientos, Sursum Corda empieza a darles razón de todos los sucesos del primer sitio de Zaragoza. Se establece entonces un clima de tensión, tanto para los forasteros como para el lector, entre el hambre que les acosa con la consiguiente necesidad de encontrar a su presunto salvador don José de Montoria y el deseo, igualmente apremiante, del cojo hablador de ponerles al tanto de los sucesos más destacados del primer sitio de Zaragoza, con pelos y señales, incluso con los nombres de las destacadas figuras que intervinieron en las diversas batallas, porque el cojo las presenció.
Con este subterfugio narrativo Galdós mata dos pájaros de un tiro: como el narrador de la primera serie, Araceli, no pudo estar presente en este importante y heroico primer sitio de la ciudad, era necesario, de alguna forma, narrar sus pormenores que no se podían soslayar en la presentación de la Guerra de la Independencia, el transfondo histórico de esta serie. Además, crea ese clima de tensión al que me he referido: por un lado, en los forasteros desosos de calmar el hambre pero también de enterarse de los sucesos que tuvieron lugar antes de su llegada; por el otro, el deseo del cojo de complacerles con la dirección exacta de dónde vive don José y el igual deseo de ponerles al tanto de los sucesos que él presenció. Esta tensión se traduce en las constantes interrupciones a la narración del cojo para volver a encarrilarle al tema que les apremia. Entonces Galdós ha encontrado un subterfugio narrativo que le permite hacer una suscinta presentación del primer sitio en la que también figuran personajes destacados por sus heroicas hazañas, quienes, indudablemente, figurarían en las crónicas de los historiadores. Todo esto con su toque de humor, pues Sursum Corda resulta ser un personaje cómico a pesar de su trágica situación. El resultado no puede ser más “artístico” en términos tolstoyanos.
Al final del texto de la La guerra y la paz, una narración de más o menos la misma extensión que tienen los diez episodios de la “Prmera Serie,” no hay una descripción de lo que les sucedió a los personajes ficticios creados después de terminada la invación del ejército de Napoleón con la trágica retirada de sus tropes; éstos quedan en vilo, como en la vida, con la frase siguiente sobre la decisión de Pierre de ir a Petersburg con que termina:
“Only what’s he going to Petersburg for!” Natasha said suddenly, and hastily answered herself: “No, no, it has to be so… Right, Marie? It has to be so…” (1125)
Sin embargo, Tolstoy añade un Epílogo que comienza “Seven years had passed since 1812.” El Epílogo está dividido en dos partes sólo la primera de las cuales narra eventos relacionados con las vidas de los personajes ficticios que habían figurado en el transcurso de la narración histórica. La segunda parte, más corta, es una meditación filosófica que empieza diciendo: “The subject of history is the life of peoples and of mankind.” Y luego continúa con una presentación histórica de cómo se ha interpretado la historia desde los antiguos y cómo la historia moderna ha transformado esa concepción, pero manteniendo sus premisas. Más que una evolución del concepto es, según él, una transformación de la concepción más antigua de la historia. Los antiguos describían la actividad de hombres individuales que gobernaban a la gente como si esta actividad expresara para ellos la actividad de toda la gente. Además, los antiguos contestaban a la pregunta de cómo aquellos hombres individuales lograban que la gente actuara de acuerdo con su voluntad, reconociendo la volutad de una divinidad que sujetaba a la gente a la voluntad de los hombres escogidos.
En cuanto a la historia moderna, Tolstoy cree que, habiendo rechazado las creencias de los antiguos en la sujeción de las gentes a una divinidad y en la meta definida hacia la cual la gente era conducida, esta historia moderna debería estudiar no las manifestaciones del poder, sino las causas que forman este poder. Pero la historia moderna no ha hecho esto. Habiendo rechazado la vision de los antiguos en teoría, la siguen en la práctica. En vez de hombres poseídos de un poder divino y guiados directamente por la voluntad de una divinidad, la historia moderna ha colocado a héroes poseídos de una capacidad extraordinaria, superhumana, o simplemente a hombres de las más diversas cualidades, de monarcas a periodistas, quienes guían a las masas (paráfrasis libre de las pp 1179-82).
Lo que busca Tolstoy en esta larga inquisición sobre la historia son preguntas como las siguientes: “¿Qué fuerzas mueven a la gente? ¿Qué es poder?,” etc.; y, a lo largo de esta extensa segunda parte de su Epílogo trata de contestar a estas preguntas con respecto a sucesos y figuras históricas reales. A veces llega a la conclusión de que el supuesto poder de estas figuras, como en el caso de Napoleón, es una ficción y que son las circustancias del momento las que resuelven una situación histórico-política en el ultimo análisis. Tolstoy insiste a lo largo de esta incursión en el terreno de la filosofía de la historia en que los historiadores no son los mejor capacitados para reflejar la verdad de la historia.
Como se dijo anteriormente, no hay nada por el estilo en la obra de Galdós referente a la historia. No existe una filosofía de la historia para Galdós, por lo menos no en términos concretos, como en Tolstoy. Sin embargo, al final de la Priera Serie, hay un texto epilogal titulado “Hasta luego” en el que hace referencia al proceso narrativo del período histórico que llevó a cabo y que ahora termina. Veamos lo que dice:
En dos años cabales que han transcurrido desde la publicación de Trafalgar, he dado fin a la empresa impremeditadamente acometida, pero realizada al fin no sin tropezar con mil dificultades y obstáculos muchos de los cuales no me ha sido posible vencer (998, énfasis mío).
Dos años han sido suficientes para que Galdós diera fin a una narración histórica tan extensa como La Guerra y la paz y, en claro contraste con lo que dice Galdós en esta primera frase epilogal, Tolstoy recalca que “gastó cinco años de incesante y exclusiva labor;” no hay nada “impremeditadamente acometido” de parte del autor ruso, todo lo contrario.
Avanzando en el texto galdosiano encontramos cuáles fueron “las mil dificultades y obstáculos” con que tropezó durante la composción de sus diez episodios:
[…] cuales son la falta de datos que para componer esta clase de obras se necesitan y la carencia de documentos privados, memorias o historias individuales y anecdóticas sin cuyos preciosos materials, el trabajo inductivo del novelista de este género es fatigoso y casi siempre estéril (998, énfasis mó).
Es de notar que Galdós hace referencia a las mismas fuentes citadas por Tolstoy (“letters, diaries, legends”) pero que éste dice no le fueron útiles para encontrar en ellos “the horrors of that brutality in a greater degree than I find them now or at any other time” (1217). De cualquier forma, Galdós en su texto no hace referencia a tratados históricos, los cuales, como comprobé yo, no le faltaron (véase en este tomo “Apostillas…”). A lo que aspiraba Galdós era a tener datos fidedignos de individuos que participaron en los sucesos históricos, y no de los que, como los historiadores, se reconstruyen a posteriori con lo que ellos creen que sucedió de acuerdo con versions oficiales de los acontecimientos. De alguna forma tenemos aquí, en el texto galdosiano, una visión sobre la verdad histórica a la que aspira el artista muy parecida a la que Tolstoy expresó, en el artículo varias veces citado, al contrastar lo que hace el historiador y lo que hace el artista. Y también hay, implícitamente, una referencia a lo que Tolstoy denominaba la verdad histórica en su epilogal filosofía de la historia. Por supuesto, en Galdós todo está sin desarrollar teóricamente. Galdós añade que si se “hubiese sepultado en archivos y bibliotecas” (como supuestamente hacen los historiadores), no hubiese escrito sus episodios. ¿Por qué? Pues por la misma razón por la que Tolstoy soslaya la labor del historiador y hasta algunas otras fuentes como se mencionaron antes. El artista que se ocupa de la historia debe, por supuesto, estar familiarizado con los sucesos que va a narrar, pero no debe sentirse esclavizado por ellos porque si lo hace, como dice Galdós, no escribiría su obra.
Más adelante en el mismo texto epilogal, Galdós escribe sobre su arrepentimiento de haber utilizado la forma autobiográfica para esta primera serie, y habla, además, de “su habitual imprevisión” (énfasis mío). Es decir que se dejó seducir por el “encanto”(su término) que tiene esta forma autobiográfica sin pensar en sus inconvenientes para una “narración larga […] donde la acción y trama se construyen con multitud de sucesos […] y con personajes de existencia real” (999). Además, los sucesos acontecen en “campos de batalla, en las asambleas, en los clubs, en mil sitios diversos” y no es posible que todos pasen “ante los ojos de un solo personaje” (énfasis de Galdós). Este peliagudo problema, sin embargo, inspira en el novelista interesantes y hasta divertidos subterfugios narrativos para suplir la falta de presencia del narrador en algún suceso, como ha sido el caso a que ya me he referido, de su entrada en Zaragoza, donde se topa con el tullido Sursum Corda, el gran hablador, quien a pesar de la impaciencia de sus interlocutores, les narra los sucesos más destacados del primer sitio de esa ciudad. Y como el protagonista narrador está en Zaragoza durante el segundo sitio y no puede estar presente en el de Gerona, obliga a Galdós a inventar otro narrador y otra historia personal en el interesante personaje Andresillo Marijuán, quien suple a Gabriel Araceli con excelentes resultados novelísticos. De modo que, hasta cierto punto, la imprevisión de don Benito al optar por la narración autobiográfica en su Primera Serie, le obliga a inventar subterfugios novelísticos imaginativos que, lejos de afectar los episodios de esta serie, los mejoran dándoles una variedad de puntos de vista y credibilidad. Todo esto redunda en beneficio del artista frente al historiador, dando a los sucesos hitóricos un carácter personal; es decir, cómo estos sucesos fueron vividos y cómo afectaron a los individuos que los vivieron y no necesariamente a los personajes que los causaron. De modo que, otra vez, encontramos coincidencias entre los propósitos que llevaron a Tolstoy y a Galdós a narrar los sucesos de la invación de Napoleón a sus respectivos países.
Hay varias divergencias entre estas dos narraciones históricas, sobre todo, en la forma en que los dos autores concibieron su proyecto narrativo de sucesos históricos. Aunque es possible que Tolstoy tuviera el mismo deseo de que su obra se convirtiera en “literatura de entretenimiento” (Galdós), en ningún momento hace referencia a ello. Su insistencia, sin embargo, en establecer la distinción entre el historiador y el artista es possible que contenga también la dimensión que podríamos llamar, en terminos horacianos, dulce; es decir, la de entretener al lector. Galdós, en su texto epilogal no deja niguna duda en cuanto al hecho de no aspirar a duplicar en sus episodios lo que el lector podría encontrar en “libros de historia”. A lo que él aspira es a crear un género de “literatura de entretenimiento que apenas había sido cultivado hasta ahora” (999). Y por supuesto que logró su cometido porque tanto esta Primera Serie de sus episodios como la Segunda, fueron las obras más reeditadas y leídas durante el resto de su vida y después.
Otra divergencia entre las dos obras históricas bajo consideración es la de los narradores. Como ya se mencionó, Galdós optó por la narración autobiográfica a pesar de las inconveniencias que ésta tiene, como él mismo indica en su epilogal “Hasta luego”. En cambio Tolstoy utiliza un narrador omnisciente que no trata de esconder las opniones del propio autor, ya que hay suficientes comentarios que ya nos previenen sobre lo que será el tema de gran parte del “Epílogo” mencionado. Es además interesante que Tolstoy, en su interés por reflejar la verdad histórica tal y como el artista la concibe, decide utilizar tres lenguas en su narración el ruso, el francés y el alemán. En esto refleja Tolstoy la costumbre de la aristocracia rusa y de las clases más altas de esa sociedad de utilizar indistintamente el francés como el ruso al hablar entre ellos. Además, era absurdo, desde su punto de vista, no utilizar el francés en aquellas escenas y sucesos donde figuraban Napoleón y sus generales. Lo mismo sucede con el alemán ya que hay generales austríacos en los ejércitos del Zar. Aunque la campaña contra los franceses en España la hicieron, además del sublevado pueblo español, aliados portugueses y, sobre todo ingleses, en los episodios de Galdós no encontramos ningún reflejo de estas otras dos lenguas. Es posible, aunque no lo he podido verificar, que Wellington y sus generales utilizaran el castellano en sus conversaciones con los españoles y que Galdós esté reflejando una situaciøn lingüísticamente real. Pero lo más seguro es que ningún tipo de bilingüismo era prevalente en el país y que, por consiguiente, Galdós no pensara en la necesidad de reflejarlo en su texto. Además, no todas las traducciones de La guerra y la paz reflejan esta peculiaridad trilingüe del texto original. Muchos traductores han traducido todo el texto, sin distinciones, a la nueva lengua. Los traductores de la edición que he utilizado han querido reflejar fielmente el texto tolstoyano y han dejado lo que el autor escribió en francés y en alemán en esas lenguas dando la traducción de esos textos en notas al pie.
Una pregunta que el lector de este texto podría hacer es la de si Galdós pudo leer la obra de Tolstoy antes de comenzar sus Episodios. Una respuesta tentativa tendría que ser negativa ya que la primera traducción al castellano de La guerra y la paz apareció en 1889, publicada en Madrid por El Cosmos Editorial. La más temprana tradcción al francés que he encontrado es la del año 1879, posterior en seis años al primer episodio. De todas formas, aunque hubiera alguna anterior a los episodios de la “Primera Serie”, dada la extensión de la obra de Tolstoy es difícil que Galdós intentara leera en esa lengua.[2]
Por último, para ser objetivamente justos, hay que decir que las dos obras históricas de estos dos autores no son comparables en su calidad artística. Tan buenos como son los episodios de esta Primera Serie, como varios críticos (entre los cuales se destaca Diane Urey) han demostrado, estas primeras novelas históricas de Galdós no alcanzan el nivel artístico que ha hecho La Guerra y la paz una de las grandes novelas del siglo diecinueve. Para encontrar paagón entre las obras de don Benito tendríamos que coparar la obra de Tolstoy con Fortunata y Jacinta, aunque esta novela no sea estrictamente una narración histórica. Para ello tendríamos que estudiar en la obra de Tolstoy el entramado novelístico que encontramos entre los miembros de las familias Bezúkov, Bolkónsky y Rostóv y sus intrigas amorosas y sus problemas familiares, que sí son comparables con las tribulaciones y las “dos historias de casadas.” Pero esa es una labor que debe llevar a cabo un erudito con mejores instrumentos críticos que los que ha tenido a su disposición el que esto escribe.
* Texto inédito.
[1] Una de las grandes ventajas de Tolstoy sobre Galdós es que tuvo una amplia experiences militar y guerrera. De acuerdo con su traductor Richard Peaver, “In 1851 […]he visited the Caucasus with his brother Nikolai […] and there took part in a raid on a Chechen village, which he described a year later in a story entitled “The Raid,” his first attempt to capture the actuality of warfare in words. […] In 1852, he joined the army […]and served in Wallachia. Two years later […] he was transferred […] to the Crimea, where he fought in the Crimean War and was present in the siege of Sevastopol…” “Introduction”, vii-viii. Nada por el estilo experimentó el joven don Benito.
[2] Berkowitz, en su inventario de la biblioteca de don Benito menciona las siguiented obras de Tolstoy: La guerre et la paix, 3 tomos, Paris, 1884; Ma religion, Paris, 1885; Les Cosaques (Souvenirs de Sébastopol),Paris, 1886; Les Cossaques, (tercera edición), Paris, 1890; La escuela de Yasnaia Poliana (traducción de A. Gómez Pinilla), Valencia, s.a.; La Guerra ruso-japonesa (raducción de Carmen de Burgos), Valencia, s.a.; Résurrection –Nouvelle vie (traducción de E. Halp´´rine-Kaminsky), Paris, s.a. Todos posteriors a los años de la Primera Serie de los Episodios Nacionales.















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