‘Santiago el Mudo’, un cuento de Emilia Pardo Bazán, mucho más allá de un cuento

Si lees este cuento como cuento “de crimen”, funciona. Pero como cuento de Pardo Bazán, va más allá: es un relato sobre cómo una sociedad puede enterrar (y luego incinerar) lo que la compromete, y sobre cómo el silencio —ese silencio que parece virtud de criado— puede ser el cemento que mantiene en pie una casa vieja… aunque esté construida sobre una fosa.

La narración se organiza con mucha limpieza en tres movimientos:

  1. Presentación del mundo: el pazo viejo, medio ruinoso, y la figura de Santiago, “mudo” por elección, pegado a la casa como una planta al muro (“parietaria”). Desde el inicio hay un tono doble: “oscura, pero dulce y tranquila”; esa paz es ya sospechosa, como si fuese una quietud de cementerio.
  2. La noche del secreto: Raimundo llega, trae a una dama en secreto cruzando el Miño, y al día siguiente aparece el horror: la mujer muerta. La escena del cadáver y el descenso a la bodega (linterna, sombras, telarañas como mortajas) introduce un clima casi gótico, pero Pardo Bazán lo trata con un realismo muy material: cargar el cuerpo, cavar, mover el tonel, quemar las prendas, ocultar hasta las cenizas.
  3. La impunidad y la “limpieza” final: pasan los años, el crimen se enfría y se racionaliza. Raimundo vuelve, Santiago le asegura que “ya no hay nada” (ha destruido incluso los restos), y entonces el señorito puede “respirar”. El último gesto de poder es expulsar a Santiago (mandarlo a Buenos Aires), porque el auténtico residuo del crimen no es el cuerpo: es el testigo.

Personajes: dos lealtades opuestas

  • Santiago es un personaje clave porque su “mudez” no es incapacidad: es posición en el mundo. Callar es su modo de existir (por carácter, por clase, por costumbre… y también por supervivencia). En el momento decisivo, habla poco y de forma funcional: “A la noche… Yo respondo.” Su lenguaje recortado contrasta con el barroquismo del narrador y lo convierte en herramienta: el hombre que hace lo que hay que hacer para que el señorito siga siendo señorito.
  • Raimundo encarna el privilegio y la violencia: caprichoso, despótico, acostumbrado a exigir y a ser servido. Lo más interesante es que su remordimiento no es propiamente moral; es, sobre todo, miedo. Por eso el alivio verdadero llega cuando Santiago borra la prueba material: como si eliminar el “cuerpo del delito” eliminase el delito.

La relación de “hermanos de leche” añade una capa inquietante: una fraternidad íntima usada para justificar una jerarquía brutal. Es una fraternidad sin igualdad.

El tema central: el silencio como complicidad y como condena

El título no es anecdótico: “Santiago el Mudo” es una reflexión sobre el silencio.

  • Santiago calla y ese callar protege al culpable.
  • Pero el mismo silencio lo vuelve peligroso: quien sabe y calla se convierte en amenaza constante.
  • Al final, el castigo social recae sobre él: no por hablar, sino por poder hablar.

Pardo Bazán convierte el mutismo en algo muy moderno: no solo es rasgo psicológico; es también una forma de violencia estructural. El criado es “mudo” porque su palabra no cuenta, y cuando cuenta (porque conoce el secreto) se vuelve intolerable para el amo.

Símbolos potentes (y bastante crueles)

  • El pazo: la aristocracia vieja, con sus muros ruinosos, que guarda dentro (literalmente) un crimen. El edificio funciona como una conciencia: parece dormida, pero tiene sótanos.
  • La bodega y el vino añejo: es brillante que el cadáver quede bajo un tonel de vino. El vino representa tradición, linaje, fiesta, continuidad… y encima de esa continuidad se “apoya” el crimen. Es como si la sociedad bebiera normalidad sobre un secreto.
  • La linterna: ilumina lo justo para actuar, no para comprender. Es una luz práctica, no moral. Proyecta “sombras grotescas”: lo que se ve no es la verdad completa, sino su deformación.
  • El lenguaje elíptico de Santiago (“todo”, “lo”, “ya no hay nada”): no nombrar es otra forma de borrar. La supresión del nombre anticipa la supresión del cuerpo.

Y esa frase tremenda: “Ni Dios, con ser Dios, descubre aquí cosa ninguna.” No es solo fanfarronería: es la fantasía del crimen perfecto, la idea de que la justicia depende de huellas físicas, no de la verdad.

La crítica social en el desenlace

El final es una puñalada fría: Raimundo se casa y veranea en el pazo con su familia. No hay castigo providencial, no hay “orden moral” reparado. Lo que hay es orden social: el poderoso se recompone, el servidor se va (como tantos emigrantes gallegos), y el mundo sigue.

Ahí está la ironía más dura del cuento: el único “precio” real lo paga quien no mató. Santiago, por haber sido leal, queda expulsado; Raimundo, por tener poder, queda absuelto por la vida.

¡Qué oscura, pero qué dulce y tranquila se deslizaba en el vetusto pazo de Quindoiro la existencia de Santiago!

Llamábanle en la aldea Santiago el Mudo no porque lo fuese, sino porque el mutismo voluntario equivale a la mudez, y Santiago acostumbraba a callar. Taciturno, reconcentrado, vegetaba en el pazo como la parietaria que se adhiere al muro ruinoso. Desde tiempo inmemorial, la familia de Santiago estaba al servicio de aquella casa; últimamente, sin embargo, se había roto la tradición; al trasladarse los señores del pazo a la ciudad, dos hermanos de Santiago emigraron a la América del Sur; Santiago, huérfano ya, se quedó solo en el noble caserón, declarando que se moría si de allí se apartase. Santiago era hermano de leche del señorito Raimundo, también huérfano.

Las temporadas en que el señorito Raimundo venía al pazo, se despejaba la frente y se animaba la adusta fisonomía de Santiago el Mudo, a pesar de que la tal venida le costaba mil fatigas y sinsabores. El señorito tenía genio violento, altanero y despótico: mostrábase exigente en los detalles del servicio, poniendo refinamientos que no estaban al alcance de un paleto como Santiago; pretendía que le adivinasen el gusto, y acusaba a Santiago de camuseo y torpe, dejándose llevar de la impaciencia hasta pegar a su hermano de leche. Sí, el señorito lo quería todo al estilo de los pueblos grandes donde había vivido y de las suntuosas residencias que tal vez había envidiado; el señorito era como una centella, y si se atufaba había que temblarle; pero su presencia comunicaba vida y movimiento; le acompañaban los perros, caballos, amigos mozos y joviales, que correteaban por los desmantelados salones silbando y riendo, y a la mesa armaban descomunales gazaperas, haciendo salvas con el añejo vino guardado en la venerable «adega». Entre los huéspedes de Raimundo solían contarse jóvenes «morgados»; el pazo se halla muy próximo a la frontera natural que forma el Miño a las dos naciones peninsulares, y el señorito iba con frecuencia a Oporto y a Lisboa, aprovechando la obsequiosa hospitalidad de algún magnate portugués.

Cierto día de otoño presentóse en el pazo el señorito sin previo anuncio, y llamando a Santiago, encerráronse los dos en la habitación más retirada. Siempre la llegada de Raimundo era la señal de convocar apresuradamente a los pocos servidores útiles que existían en la villita más inmediata a Quindoiro; pero esta vez Santiago sólo avisó a una cocinera y se reservó la tarea de servir al señorito sin ajena ayuda. Al anochecer de aquel día salieron juntos del pazo Santiago y Raimundo, y pasaron el Miño en una barca que ellos mismos tripulaban. Bien entrada ya la noche regresaron al pazo, introduciéndose en él por una puertecilla del corral que daba a un cobertizo, del cual se pasaba a la granera y a las habitaciones altas que servían de dormitorios. Nadie los había visto salir; nadie los vio volver, ni pudo observar que traían consigo a una dama, de airosa silueta y sombrerito con velo blanco. La dama se apoyaba en el brazo de Raimundo, y sofocaba una risilla nerviosa a cada sitio estrecho y oscuro por donde tenían que pasar. Así que los dejó en salvo, y Santiago se retiró.

A la mañana siguiente, cuando rondaba el aposento en el que se habían recluido los amantes, esperando aviso para traer el desayuno, sintió de pronto que le ponían en el hombro una mano; vio frente a sí la faz demudada por el terror, y oyó la voz de Raimundo, ronca, sorda, desconocida, que pronunciaba una sola palabra:

-Ven.

Obedeció el Mudo: penetró en el dormitorio, y tendida sobre la inmensa cama, de dorado copete y salomónicas columnas, vio a una mujer de faz amoratada, con el seno descubierto, los ojos casi fuera de las órbitas y la lengua entre los dientes. Se lanzó Santiago a socorrerla, pero la rigidez de la muerte endurecía ya sus miembros. Arrodillado al pie de la cama, Raimundo aterrado y suplicante, tendía a Santiago sus brazos, exclamando con desesperación:

-¡Y ahora! ¡Y ahora!

-A la noche -respondió lacónicamente el mozo-. Yo respondo. Esperad. No asustarse.

Corrieron las horas del espantoso día, y sin abandonar a su amo ni un instante, Santiago le ofreció, a falta de consuelos elocuentes, el de su presencia. Así que oscureció, habiendo despachado a la cocinera con un pretexto, se presentó armado de una linterna, que confió al señorito, mientras él cargaba a hombros el frío cadáver. Y al través de los vastos salones, en cuyas paredes la luz de la linterna proyectaba grotescas y trágicas sombras, bajaron a la cocina y de allí pasaron a la «adega» o bodega. Las magnas cubas de vino añejo presentaban su redondo vientre, y en los rincones sombríos las colgantes telarañas remedaban mortajas rotas. Santiago dejó en el suelo a la muerta y señaló a un tonel de los más chicos, indicando a su amo que era preciso moverlo para cavar debajo la fosa y que no se viese la tierra removida. Y el exánime Raimundo tuvo que empuñar una barra de hierro y ayudar a desplazar el tonel. En seguida Santiago cavó solo la hoya, ancha y profunda, rasando la pared en sus cimientos. Mas para colocar el cuerpo necesitó Raimundo cogerlo por los pies, mientras lo llevaba por los hombros Santiago. Acabada la lúgubre faena, colmada la fosa, repuesto el tonel en su sitio, Santiago vio que su amo se tambaleaba, y comprendiendo que no podía ya sostenerse, le cogió en brazos, le llevó a otra habitación, le echó en la cama, le hizo beber casi a la fuerza una copa de coñac, y le acompañó toda la noche. Al amanecer hizo un atadijo con las prendas que habían pertenecido a la muerta, recogiéndolo todo, sin olvidar ni una horquilla, y, metiéndose en el bosque, quemó pieza por pieza y soterró las cenizas.

Raimundo, a las pocas horas, tenía fiebre y delirio. Santiago se apostó a la puerta del cuarto para impedir que entrase nadie, cuidó a su amo lo mejor que supo y veló diez noches el agitado sueño del criminal. Convaleciente, aunque débil y abatidísimo, el señorito pudo disponer su marcha, y al tiempo de separarse de Santiago, su mirada se cruzó con la del Mudo, cuyos ojos decían: «Ve tranquilo».

Por entonces habló la prensa portuguesa de un suceso extraño: la misteriosa desaparición de cierta bella dama, esposa de un personaje, y adorada por él, a pesar de la murmuración, que siempre se ceba en la hermosura, la gracia y el talento. Sabíase que, habiendo salido sola de Lisboa para pasar una semana en la quinta que poseía a orillas del Miño, la gentil vizcondesa, fue por la tarde a pasear sola también como de costumbre, diciendo a los criados que pensaba dormir en otra quinta muy próxima, perteneciente a una anciana parienta. Sin embargo, al transcurrir cuatro o seis días y no saberse de la dama, los criados se alarmaron, y más al convencerse de que tampoco en la quinta próxima la habían visto. Empezó el «tole-tole»: se revolvió cielo y tierra; hasta que se inquirió el paradero de la desaparecida en el Brasil. Tiempo perdido: de la señora no se encontró ni rastro, porque nadie había de ir a buscarla en la bodega del pazo de Quindoiro, sepultada bajo un tonel que contenía muchos moyos de vino añejo.

En cinco años lo menos no volvió Raimundo al pazo. Sin embargo, el tiempo y la impunidad iban calmando sus primeros terrores. Para disculparse, pensaba a solas que aquella mujer le había exaltado y puesto fuera de sí de celos con imprudentes revelaciones, con retos insensatos, con burlas inicuas. Sentía además la singular querencia del asesino por el lugar donde cometió el crimen. Por otra parte, sus intereses le obligaban a no abandonar el pazo enteramente. Se decidió… ¡Cosa rara! Lo único que le repugnaba cuando emprendió el camino, no era ni entrar en aquella casa, ni ver aquella cama de dorado copete, ni beber el vino de aquella bodega…, sino tener delante a Santiago, al cómplice y encubridor, al testigo silencioso, al que «lo sabía» y «lo callaba», y «lo callaría» aunque le sometiesen a prueba de tormento…

Sin embargo, dirigióse al pazo Raimundo, y el leal servidor le recibió con muestras de alegría. Apenas se encontró a solas con su amo Santiago el Mudo, abriéronse sus labios, y en tono humilde, como quien se excusa, murmuró muy bajito:

-Señorito…: puede… venir aquí… cuando guste…, sin aprensión. Ya «no hay nada»… Este año por la Pascua, moví la cuba, y «todo» lo saqué… Tenía encendido el horno… «Lo» metí en él…, que no quedó… señal… ni miaja. Ni Dios, con ser Dios, descubre aquí cosa ninguna. Ni la tierra lo sabe… ¡Venga cuando le parezca…, sin cuidado!

Raimundo respiró hondamente. De su pecho se quitaba algo muy pesado, muy frío, muy hondo; una lápida que le oprimía los pulmones. Ya nunca podría su crimen arrastrale a la afrenta, y quizá al patíbulo. La aprensión de los sentidos que confunden el cuerpo del delito con el delito mismo, contribuía a persuadirle de que, borrada toda aquella huella, estaba absuelto el asesino.

No obstante, aún había en el pazo una sombra, una negra proyección de aquel ignorado drama, algo en el ambiente que ahogaba al señorito y no le permitía saborear la tranquilidad y el reposo…

A los pocos días de la llegada, llamando a Santiago a su aposento, Raimundo le ofreció una razonable suma, significándole que debía irse a Buenos Aires, reunirse con sus hermanos y labrarse, cual ellos, un porvenir. Bajo la morena pátina de su tez de labriego, Santiago palideció…; pero no replicó palabra. El instinto de perro fiel que le había guiado para ocultar el atentado del señorito, le decía ahora que estorbaba en el pazo, y que la única memoria de la fatal noche era él, el Mudo, el que conservaba en sus pupilas reflejos de la maldita linterna, y en sus manos partículas de polvo de la fosa…

A bordo del navío que tripulaba emigrantes, ninguno más triste, ninguno más callado, ninguno más hosco que Santiago el Mudo. Hasta que pierde de vista la costa no aparta los ojos de ella: así que en las nieblas del horizonte se oculta la verde patria, Santiago se sienta sobre un lío de cordaje, y alzando las rodillas con los brazos, mete la quijada en el pecho y permanece inmóvil, indiferente al bureo y a los cantares de los que también se van muy lejos, muy lejos, a desconocidos climas…

Por lo que respecta a Raimundo, se ha casado y veranea en el pazo con su mujer e hijos.

«El Imparcial», 4 de septiembre de 1893.

  • Related Posts

    Dos miradas andaluzas en Pérez Galdós: Gabriel de Araceli y don Frasquito, un apunte

    Rosa Amor del Olmo En la obra de Benito Pérez Galdós, Andalucía no aparece solo como un “lugar” en el mapa: también funciona como mirada (una manera de contar) y como memoria (una tierra que los personajes llevan a cuestas…

    Narrar  los espacios Íntimos. Reflexiones en torno a ‘Realidad’ y ‘Su único hijo’

    Assunta Polizzi, Università di Palermo «Para mí la novela verdadera (y en este sentido no hay más novelista en España que Ud. y acaso Pereda) es una forma revolucionaria del arte, un cambio profundo que echa por tierra muchos axiomas…

    Deja una respuesta

    Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

    ARTÍCULOS

    Educación racionalista en Irún (1908)

    Educación racionalista en Irún (1908)

    La Librería Socialista en 1925

    La Librería Socialista en 1925

    Julián Besteiro: socialismo y escuela

    Julián Besteiro: socialismo y escuela

    Manuel Alonso Zapata y la escuela por la paz

    Manuel Alonso Zapata y la escuela por la paz

    Sobre el lanzamiento de la revista Leviatán del socialismo español

    Sobre el lanzamiento de la revista Leviatán del socialismo español

    Dinamita

    Dinamita

    En el centenario de Tolstói: La Gaceta Literaria y la cuestión obrera (1928)

    En el centenario de Tolstói: La Gaceta Literaria y la cuestión obrera (1928)

    “El Diluvio” a la premsa republicana i anticlerical

    “El Diluvio” a la premsa republicana i anticlerical

    Una visión socialista de la revista “Cultura Integral Femenina”

    Una visión socialista de la revista “Cultura Integral Femenina”

    “Ellas”: una publicación de derechas

    “Ellas”: una publicación de derechas

    Sobre la cuestión de Gaza y la “provincialización de Europa”

    Sobre la cuestión de Gaza y la “provincialización de Europa”

    La muerte de Valle-Inclán: cuando el esperpento cerró los ojos

    La muerte de Valle-Inclán: cuando el esperpento cerró los ojos