Retrato de la sociedad madrileña en las obras de Benito Pérez Galdós

Dr. Francisco Cánovas, Profesor e Historiador

Benito Pérez Galdós fue una de las grandes personalidades de su tiempo. Periodista, novelista y dramaturgo, realizó una gran labor cultural y se comprometió de forma activa con el liberalismo, el republicanismo y la democracia.

Galdós nació en 1843 en Las Palmas de Gran Canaria, en el seno de una familia de clase media. Su infancia transcurrió sin sobresaltos, mostrando desde entonces su interés por el dibujo y la literatura. Durante los años juveniles fue configurándose su personalidad. Era un chico alto, tímido, de ojos pequeños, largo mostacho, fumador pertinaz, que hablaba con un suave acento canario que siempre conservaría. Ya entonces era una persona muy observadora que tendía a contemplar con atención todo lo que sucedía a su alrededor.

Galdós llegó a Madrid en 1862 para estudiar Derecho. Tenía 19 años. “Entré en la Universidad –afirmó- donde me distinguí por los frecuentes novillos que hacía. Escapándome de las cátedras, ganduleaba por las calles, plazas y callejuelas, gozando en observar la vida bulliciosa de esta ingente y abigarrada capital”. Galdós disfrutaba frecuentando la biblioteca y las conferencias del Ateneo, la tertulia del café Comercial o de la Iberia, las redacciones de los periódicos, el gallinero de los teatros y la tribuna del Congreso de los Diputados. Así, se fue empando de todo lo que ofrecía este animado ambiente ciudadano, cultural y político.

I.- Galdós y la política

Durante aquellos años Galdós asistió en primera línea al derrumbe del régimen de Isabel II, que transcurrió entre 1843 y 1868. Fue un periodo de cambios, que, como afirmó Larra, tenía “un pie en el pasado y otro en el porvenir”. Las resistencias del pasado obstaculizaban los procesos de cambio, generándose una intensa conflictividad social y política. La fuerza política predominante durante aquellos años fue el Partido Moderado, ala conservadora del liberalismo, que bajo la dirección del general Narváez, logró aglutinar a la mayoría de los nobles, los generales y los emergentes profesionales de la clase media. El Partido Progresista, liderado por el general Espartero, estuvo prácticamente excluido del poder, no quedándole otra vía que la revolución.

La época isabelina fue muy inestable, con claroscuros que albergaban profundas transformaciones. Durante el reinado de Isabel II se estableció en España la monarquía constitucional. El régimen absolutista que había estado vigente durante varios siglos ya no volvería jamás. Los moderados construyeron un nuevo Estado centralizado y uniforme, inspirado en el sistema napoleónico francés; realizaron una reforma de la Hacienda y del sistema tributario que estaría vigente durante todo el siglo; mejoraron los niveles educativos de la población mediante la implantación del primer sistema nacional de educación secundaria y universitaria; regularizaron la administración de la justicia y codificaron el derecho penal. La creación de numerosos bancos dinamizó la actividad económica. Además, en aquellos años se construyeron 6.000 kilómetros de tendido ferroviario y se realizaron los ensanches de las principales ciudades, que implantaron modernos servicios de suministro de agua, alcantarillado, iluminación, abastecimiento y limpieza. Estas transformaciones se dieron en unas circunstancias políticas adversas. La debilidad de la Corona, el excesivo número de gobiernos, presididos a veces por políticos de escasa capacidad, la influencia excesiva de los generales, la corrupción de personas relevantes de Palacio y del régimen, el atraso industrial y la inexistencia de un consenso básico entre los principales partidos generaron una gran inestabilidad y conflictividad. La debilidad del Estado y la insuficiencia de los servicios públicos favorecieron el desarrollo del caciquismo y el clientelismo, que fragmentaron la vertebración territorial y nacional. Los dirigentes del Partido Moderado confundieron el Estado con sus intereses particulares. Una y otra vez presionaron a Isabel II para conseguir sus objetivos, ajenos a los intereses generales, contribuyendo de forma decisiva al deterioro de la institución monárquica y a la crisis del régimen. El joven Galdós fue testigo directo de los disturbios universitarios de la noche de San Daniel de 1865 y un año después de la sublevación de los sargentos de artillería del cuartel de San Gil. El paseo de los sargentos y su fusilamiento en la tapia de la Plaza de Toros dejó en él un recuerdo inolvidable. La creciente oposición del liberalismo progresista, apoyada por un nutrido grupo de generales, impulsó finalmente la revolución Gloriosa de 1868, liderada por el general Prim, que llevó a la reina Isabel II al exilio.

El Sexenio Democrático, que transcurrió entre 1868 y 1874, generó una gran esperanza. El general Prim afirmó que los Borbones no volverían a reinar en España y promovió la designación de un nuevo rey, Amadeo I, con el propósito de establecer una monarquía democrática, parlamentaria y moderna. Galdós apoyó desde las páginas de El Debate el proyecto de Prim, plasmado en la Constitución non nata de 1869. El asesinato del general por unos sicarios al servicio del ambicioso duque Montpensier, un Borbón, desestabilizó el proceso. Amadeo I dimitió al cabo de dos años y, poco después, se proclamó la I República. Esta experiencia republicana apenas duró un año, deteriorándose por la falta liderazgo y de cohesión de la izquierda y por los problemas ocasionados por las guerras carlista y cubana y la rebelión cantonalista. En sus primeras novelas, La fontana de Oro y El Audaz, Galdós mostró su desengaño y su preocupación por el radicalismo y el desorden. Algunos personajes de estas novelas representan unos tipos revolucionarios dados a la retórica vacía y la acción violenta que consideraba perniciosos. A su vez, el enfrentamiento entre familiares simbolizaba la lucha fratricida entre las dos Españas.

Los golpes militares de los generales Pavía y Martínez Campos forzaron el giro hacia la derecha, representado por el régimen de la Restauración (1874/1921). Durante esta larga etapa se produjo la alternancia de los liberales conservadores de Cánovas del Castillo y los progresistas de Sagasta, que impulsaron avances y retrocesos. En 1886 Sagasta le concedió a Galdós el acta de Diputado por las Antillas y cuatro años después por Puerto Rico, lo que le permitió conocer de cerca los entresijos de la vida política.

II.- Ideas y valores

    Galdós tenía un sistema de valores fundamentado en los principios de racionalidad, libertad y progreso. Su filosofía resalta el valor supremo del esfuerzo y del trabajo. “El absolutismo -escribe en Los Apostólicos- es una imposibilidad y el liberalismo una dificultad. A lo difícil me atengo, rechazando lo imposible. Hemos de pasar por un siglo de tentativas, ensayos, dolores y convulsiones terribles”. Y toda su obra trata de promover con ánimo entusiasta el conocimiento de la realidad para impulsar el cambio. Su filosofía arranca del krausismo de Sanz del Río y su concepción de la psique humana va de la mano de William Wundt y de Spencer. Se aproximó al positivismo de Comte, pero después asumió la apuesta por la racionalidad, la libertad y el progreso de Hegel. Galdós siempre mostró un espíritu de conciliación y tolerancia animado por la búsqueda de soluciones viables, lejos del radicalismo. Por ello fue amigo de hombres como Pereda o Menéndez Pelayo que tenían ideas muy diferentes de las suyas. Reflejo de este espíritu, propio de la burguesía liberal del primer momento, fue su incapacidad para advertir  algunos cambios profundos que se estaban operando en la sociedad de su tiempo, como el surgimiento del movimiento obrero, algo que corrigió a principios del siglo XX impulsando la conjunción republicano-socialista. Galdós, que había asistido ilusionado al avance del liberalismo progresista, se sintió muy decepcionado por el curso del régimen de la Restauración. A su juicio, la clase media, motor de los cambios, había claudicado ante los poderosos.

Galdós mantuvo siempre una perspectiva nacional y mostró desconfianza hacia la cuestión territorial. A su juicio, el foralismo carlista y el cantonalismo republicano constituían un serio peligro para el fortalecimiento y la vertebración del Estado. Patria, Estado y Progreso están unidos en los Episodios Nacionales, cuyo relato camina inexorablemente por la senda del progreso.

    Por lo demás, Galdós criticará reiteradamente los privilegios y la adulteración de la Iglesia católica, resaltando tres aspectos negativos: su deficiente papel en la educación, el mantenimiento de anquilosadas prácticas sociales  y su legitimación del poder político. El santo sin cabeza del cuadro de las Porreño, en La Fontana de Oro, simboliza la falta de criterio, la sinrazón y el fanatismo, que tanto daño hacían a la sociedad. En Doña Perfecta mostrará las causas del fanatismo, a través de Inocencio Tinieblas, canónigo de Orbajosa. 

III.- Madrid en la obra galdosiana

Cuando en 1862 Galdós llegó a Madrid se encontró una ciudad mediana que tenía 300.000 habitantes. Era la capital de España y la Corte, que acogía a la Monarquía, a las instituciones políticas nacionales y a las principales familias nobiliarias y burguesas. Gracias a las políticas liberales, Madrid tuvo a lo largo del siglo XIX un importante crecimiento demográfico y económico, alcanzando a finales del siglo los 500.000 habitantes. 

El crecimiento urbanístico fue canalizado por el Plan de Ensanche del arquitecto Carlos María de Castro, aprobado en 1860. Básicamente, el plan Castro impulsó el crecimiento del Madrid de los Austrias hasta el eje Génova/ Sagasta /Alberto Aguilera, perfiló el eje Recoletos /Castellana, la construcción del lujoso Barrio de Salamanca, la reforma del Barrio de Argüelles y la atención de algunas necesidades de los deprimidos barrios del sur, desde Lavapiés hasta Atocha. El Plan Castro trató de ordenar la expansión de la ciudad, dotándola de amplias avenidas, plazas y espacios verdes, con edificios públicos de buena factura que embellecieran la ciudad. Pero sus objetivos se alcanzaron de forma limitada al carecer del respaldo de los inversores privados y sufrir las consecuencias de la inestabilidad política.

 En Madrid, como Galdós retrató, convivían realmente varios madriles. Estaba el Madrid cortesano, alrededor del Palacio Real, con los lujosos palacetes de la nobleza de sangre, los generales y la burguesía de negocios. Estaba el Madrid de las clases medias, radicado en Argüelles y la zona de los Austrias, con sus ingenieros, médicos y abogados, que trataban de impulsar una nueva sociedad. Y estaba, también, el Madrid de los trabajadores, los inmigrantes y los pobres, localizado en Lavapiés, la Puerta de Toledo y Atocha. Los personajes de las novelas de Galdós reflejan esta diversidad, residen en estos barrios y se pasean por sus calles y plazas, describiendo las características y el ambiente de la ciudad. Así, en La Desheredada, Isidora Rufete recorre en 1872 con su amigo Augusto Miquis la calle de Hernán Cortés, cercana a Hortaleza, se dirigen a la Puerta del Sol y desde allí hacia el Museo del Prado. Pasean por el Retiro, que había sido declarado parque público recientemente. Después se encaminan hacia los ventorrillos de los Campos Elíseos, donde ahora comienza la calle Velázquez, atraviesan sembrados, vertederos y casuchas, hasta el novísimo barrio de Salamanca. Después bajan por la calle de la Ese hacia el torrente de la Castellana, donde vieron desfilar lujosos carruajes, entre los que se encontraba precisamente el del rey Amadeo I. En otra ocasión, Galdós llevó a Isidora Rufete a los barrios bajos, como entonces se les llamaba: caminó desde la calle Hernán Cortés hacia el barrio de las Peñuelas, donde vivía una tía suya. Transitó por el paseo de Embajadores, para tomar después una calle que estaba parcialmente urbanizada y terminaba en un desmonte, albañal o vertedero,  “en los bordes rotos y desportillados de la zona urbana”. Era el otro Madrid, el del paro endémico, la pobreza y las tasas de mortalidad del 40%, que doblaba a la de quienes vivían en los barrios ricos.

Durante aquellos años Madrid tuvo un notable desarrollo económico. El comercio, como Galdós señaló en Fortunata y Jacinta, creció para atender las demandas generadas por la capitalidad de la nación. La inversión en la industria madrileña fue, en cambio, muy escasa, a diferencia de los que sucedía en Cataluña o el País Vasco. La gente adinerada prefirió invertir en el ladrillo, en la construcción de viviendas de alquiler de modesta rentabilidad y escaso riesgo, aprovechando las oportunidades que ofreció el Plan de Ensanche.

El desarrollo urbanístico y económico favoreció la inmigración, sobre todo de las zonas rurales de las Castillas, de Extremadura y Andalucía, que se instaló sobre todo en los barrios populares del sur.

IV.- Retrato de la sociedad

Galdós realizó en sus libros un excelente retrato la sociedad española del siglo XIX y, en especial, la sociedad madrileña. En 1870, cuando iniciaba su andadura literaria, publicó en la Revista de España el artículo “Observaciones sobre la Novela Contemporánea en España”. Allí planteó que la novela debía de observar con atención la realidad, que debía ser un instrumento que favoreciera el conocimiento y que ayudase a los lectores a comprender las claves de lo que sucedía en España en aquellos tiempos convulsos. Este planteamiento lo mantuvo durante varias décadas. Así, cuando ingresó por fin en 1897 en la Real Academia Española, su discurso de ingreso tenía por título “La sociedad presente como materia novelable”. En su discurso mantuvo que la novela debía ser un espejo en el que se mirasen los españoles para comprender los problemas y las alternativas de su tiempo. Por todo ello, sus novelas ofrecen un excelente retrato del clasismo y la jerarquización social, de la intolerancia y la libertad, de la desigualdad y la corrupción y, también, de quienes luchaban por una España mejor.

La pirámide social galdosiana estaba configurada por los siguientes estratos:

En la parte alta de la pirámide se encontraban la nobleza de la sangre y la alta burguesía. Los nobles habían perdido sus antiguos derechos señoriales, pero continuaban siendo grandes propietarios agrarios e invirtieron en el negocio inmobiliario cuando se produjeron los ensanches de las ciudades. La monarquía apoyó a los grandes títulos nobiliarios (los Osuna, Frías, Veragua…) procediendo a designarlos senadores, para que mantuvieran su participación en la nueva realidad política. Además, algunos nobles dominaron el poder local con procedimientos caciquiles en los municipios en los que se extendían sus tierras.

Galdós no tenía una buena consideración de los nobles. En los Episodios afirma que la nobleza “brilla por su inutilidad; nadie sabe hacer nada, nadie está educado para nada. La vieja generación, encastillada en sus privilegios, entregada a sus devociones mecánicas, aterrada por sus propios prejuicios, ni sabe sentir, ni contribuye a la altura, prosperidad y bienestar del país. Ni sabe ser feliz ella misma… La generación joven vive en un desesperado anhelo de libertad, pero sin educación ni sentido de la responsabilidad, ser libre no significa más que eso, el mero hecho de no estar sujeto”. La educación y los valores aristocráticos conducen a la infelicidad y al fracaso.  

La alta burguesía se integró en el nuevo bloque del poder conservador y asumió los valores y comportamientos establecidos. Aprovechó las oportunidades ofrecidas por la desamortización de tierras, los apuros financieros del Estado y los contratos públicos para enriquecerse. “Como hoy es tan fácil decorarse con un título nobiliario, que siempre suena bien, -comentó Galdós- vemos constantemente a marqueses y condes cuya riqueza es producto de los adoquinados de Madrid, del monopolio del petróleo o de las acémilas del ejército del norte”. Una política matrimonial selectiva estrechó las relaciones entre nobles y burgueses. “Las ramas del dilatado y laberíntico árbol- afirma Galdós- que más bien parece enredadera”. Alianza, añadirá, fundamentada en el interés: “Los grandes y los ricos han convenido en ser amigos por mutuos intereses”. Esta realidad aparece reflejada en Fortunata y Jacinta cuando Baldomero Santa Cruz reúne en su mesa para celebrar la Nochebuena de 1873 a veinticinco invitados entre quienes se encontraban aristócratas de sangre, burgueses enriquecidos, abogados y políticos. Este revoltijo social no expresaba una tendencia hacia la igualdad, porque como afirmó en La desheredada  “la confusión de clases es la moneda falsa de la igualdad”. La trayectoria de Francisco Torquemada ilustra el proceso de enriquecimiento que algunos alcanzaron en aquella época. Inteligente y falto de escrúpulos, Torquemada comenzó su andadura realizando actividades de usura. Después se introdujo en los negocios financieros con éxito, consiguiendo multiplicar su patrimonio. Su matrimonio con la joven Del Águila, dama de la nobleza arruinada, le abrió las puertas de los ministerios, los palacios y los grandes negocios. Consiguió el título de marqués de San Luis y el cargo de senador. Respetado y admirado por unos, otros, en cambio, se burlaban de él sin ningún recato. 

En la parte central de la pirámide se encontraba la clase media: industriales, comerciantes, militares, médicos, abogados y funcionarios. Son quienes inspiran las novelas de Galdós y, quienes, a su juicio, están en condiciones de impulsar los cambios: “Ya todo es nuevo- dirá- y la sociedad de Mesonero nos parece casi tan antigua como la de las antiguas fábulas. La clase media es hoy la base del orden social; ella asume por su iniciativa y su inteligencia la soberanía de las naciones y en ella está el hombre del siglo XIX, con sus virtudes y sus vicios”. Las personas de clase media tenían generalmente un patrimonio económico discreto, algún inmueble y pequeñas carteras de valores bursátiles que les permitía llevar una vida aceptable. Gracias a su dinamismo la sociedad se hizo más abierta y fueron adquiriendo una creciente proyección política. 

Galdós abordó la situación de la Administración pública y de los funcionarios en varias obras. Los liberales trataron de reforzar el Estado aplicando el modelo napoleónico francés. Representó un paso adelante, pero la inestabilidad política, el clientelismo y la corrupción deterioraron la Administración pública llevándola a un manifiesto nivel de ineficiencia. Galdós dibujó varios perfiles de funcionarios. Juan Bragas es el prototipo del funcionario sin escrúpulos, chaquetero y oportunista, cuyo único propósito era medrar en la administración haciendo siempre lo que fuera conveniente. Su contrapunto es Ramón Villamil, funcionario culto, responsable y trabajador, que cuando le faltaban dos meses para su merecida jubilación fue cesado por no pertenecer a las clientelas del Gobierno. En Miau, excelente novela, Galdós retrata un escenario de ingratitudes, enchufismos e hipocresías que impiden a las personas honradas, como Villamil, salir adelante de forma digna porque viven en un país de sinvergüenzas.

Por último, la base de la pirámide social galdosiana estaba configurada por las clases populares, la mayoría de los españoles de su tiempo: los artesanos, los tenderos, los trabajadores, los pensionistas, los cesantes, el servicio doméstico, los pícaros y los mendigos.Sonciudadanos excluidos de la participación política, que están amenazados por el paro,las dificultades económicas y la miseria. Colectivos desfavorecidos que irán tomando conciencia de su situación y que comenzarán a movilizarse en los años ’80 para defender sus derechos.

Galdós abordó en sus obras el tema de la redención del pícaro, símbolo  del ideal del progreso. El pícaro Gabrielillo, a través de su descubrimiento de los conceptos de patria en Trafalgar y de honor en La Corte de Carlos IV, va asimilando emotivamente lo que ello entrañaba, se redime de su condición de pícaro y se transforma en un héroe burgués, cuyo heroísmo radicaba en el imperativo del deber, la rectitud de conciencia y el trabajo bien hecho, valores que le permiten triunfar socialmente. Pero la España representada por Gabrielillo todavía no ha llegado. España está dividida, fracturada. Durante la guerra de la Independencia el pueblo español se unió para defender a la patria, pero después se escindió en su interpretación de lo que la patria significaba, entablándose una lucha enconada entre la España tradicionalista y la España del futuro.

Las obras de Galdós conectan la literatura y la historia, mostrando una gran riqueza de matices que permiten conocer mejor las claves de su tiempo. En sus obras aparece un elenco de personajes que reflejan cómo era aquella sociedad. Gabriel Araceli, Salvador Monsalud y Benigno Cordero, protagonistas de las dos primeras series de los Episodios Nacionales, son hombres hechos a sí mismos, que progresan,  que representan a la emergente clase media, que muestran el triunfo de la “aristocracia de la honradez” sobre la “aristocracia de la sangre”. El barón de Albrit, el marqués de Frenegal y la marquesa de Tobalina se dan cuenta que su tiempo ha pasado, que se encuentran en una sociedad que ya no es la suya. Carlos Garrote, hermano de Monsalud, refleja a los intransigentes absolutistas. Aparecen muchos curas, como Silvestre Romero dedicado a los negocios mundanos, curas fanáticos como Inocencio Tinieblas y curas entrañables que se topan con las convenciones establecidas, como Nazarín. Y muchas mujeres, mujeres de perfiles distintos, como Casandra, que lucha por romper el sistema caduco que obstaculiza su libertad, como Fortunata que hace valer su fertilidad, símbolo del futuro, o como Tristana, que se adapta resignada a la mediocridad. Un rico mosaico de personajes femeninos, como destacó María Zambrano, que culminará años después Federico García Lorca.

En suma, Galdós ofrece en sus obras una fotografía realista se la sociedad de su tiempo, una sociedad compleja, jerarquizada y desigual en la que se estaban operando transformaciones importantes. En sus obras aparecen reflejados el atraso, el clasismo, el fanatismo, el poder del dinero, el tráfico de influencias, la hipocresía moral, el clericalismo, la injusticia… Su realismo estaba inspirado en la tradición castellana y en la novelística contemporánea. Su veta más fecunda combinó muy bien la tradición del Quijote y el Lazarillo con las novedades aportadas por Balzac, Zola y Dickens. Su realismo evolucionó hacia el naturalismo, aunque mantuvo una singularidad propia. Doña Perfecta, La desheredada, La familia de León Roch, Miau, Marianela y Fortunata y Jacinta, su mejor novela, le dieron una gran notoriedad y le ratificaron como el mejor escritor español de su tiempo. En estas obras Galdós enriqueció su discurso narrativo, desarrollando sus relatos a través de tres ejes: el contexto histórico de la época, el retrato del entorno social y la exploración psicológica de los personajes. Así, en sus novelas aparecen los principales acontecimientos de aquellos años: el asesinato de Prim, la renuncia de Amadeo I, la proclamación de la República, el golpe del general Pavía y la Restauración, mezclando con maestría la realidad y la ficción. Estas pinceladas históricas hacían más creíble ambiente en el que se desenvuelven sus personajes. El retrato de la sociedad es una característica invariable de la mayoría de sus obras. Pero además, Galdós da un salto literario hacia la novela moderna al profundizar en el análisis psicológico de los protagonistas, mostrando al desnudo sus vivencias, sus anhelos, sus pesadillas y sus desgarros. La novela de acción daba paso a la novela de conciencia, en la línea que había iniciado Fiodor Dostoievki  en Crimen y Castigo. Galdós en Fortunata y Jacinta lleva a cabo un reajuste de la tendencia realista, enriqueciéndola con la exploración de mentes quijotescas que basculan entre lo cabal y lo irracional, lo trágico y lo ridículo, que quizá refleje la desazón que Galdós tenía por la crisis del fin de siglo.

V.- La última etapa de Galdós

A finales de los años ‘90 Galdós dio un nuevo giro personal, político y literario. La muerte de Cánovas y de Sagasta, el agotamiento del régimen de la Restauración y la pérdida de las últimas colonias de Cuba, Puerto Rico y Filipinas causaron una profunda decepción. Surgió, entonces, la literatura del desastre que preguntó por qué se había producido la decadencia, cuáles eran los males de la patria. Las voces críticas plantearon la necesidad del regeneracionismo, pero cada una lo concebía de una forma distinta. Los partidos liberales decían que había que mejorar el funcionamiento del régimen y darle mayor estabilidad. La izquierda republicana y socialista postuló la educación de hombres nuevos, portadores de valores productivos, movilizadores y modernos que lograran despertar al país del letargo. Galdós compartía las denuncias sociales, morales y políticas que formuló la generación del 98, pero rechazó el pesimismo estéril de algunos de sus portavoces. Así, en el prólogo que escribió en la segunda edición de La Regenta de Clarín, manifestó que se había realizado tanta crítica negativa “que por ella quizá hemos llegado a creernos un pueblo absolutamente inepto para todo”. Por eso insistió en la necesidad de alumbrar soluciones, propuestas de futuro, que a su juicio pasaban por el desarrollo educativo, la valorización del trabajo productivo, la apuesta por la ciencia y el avance tecnológico.

En los meses anteriores a la crisis del ’98 Galdós retomó la ampliación de los Episodio Nacionales. Desde entonces hasta 1912 publicó veintiséis nuevos episodios correspondientes al periodo que transcurría desde la primera guerra carlista hasta la Restauración. Estos Episodios reflejan los cambios que se habían operado en las ideas y valores del escritor. La clase media ya no era el motor del cambio, se había hecho conservadora, temía la emergencia del movimiento obrero y había claudicado ante los poderosos. El régimen de la Restauración se alejaba cada vez más de las demandas de los ciudadanos. Califica el falseamiento electoral “como doloso engaño”. A su juicio, la lucha por la libertad debe ir acompañada por una mayor justicia social, que corrija las enormes desigualdades. La educación es otra de sus prioridades. Galdós denuncia el inadmisible atraso educativo, el déficit crónico de escuelas y de institutos y la falta de atención de los Gobiernos a la educación pública.

Otro vector de la última etapa de Galdós fue la defensa de un Estado laico. En unos años en los que se había incrementado la presión del Vaticano sobre las instituciones españolas y en los que llegaron muchas congregaciones religiosas expulsadas de Francia, Galdós criticó los privilegios anacrónicos que mantenía la Iglesia, su participación excesiva en el sistema educativo y su complacencia con los poderosos. Estas reflexiones le llevaron a escribir en 1901 la obra teatral Electra. El teatro constituía un instrumento privilegiado para hacer pedagogía social y conectar con el público.  En Electra el autor recrea el antiguo mito griego, a través de la pugna que mantienen un religioso y un científico por el desarrollo y el futuro de Electra. Su estreno en Madrid constituyó un éxito clamoroso. Galdós se inspiró en el “caso Ubao”, un caso real que había tenido unos meses atrás un gran impacto mediático. La joven Adelaida Ubao abandonó su casa al fallecer su padre, siguiendo los consejos de su confesor, el padre Cermeño, para ingresar en la congregación de las Esclavas del Corazón de Jesús, que dirigían los jesuitas. La madre denunció en el juzgado al jesuita, acusándolo de arrancarle a su hija con el mero propósito de quitarle su herencia, originándose una gran polémica. Finalmente, el Tribunal Supremo, donde se enfrentaron dos pesos pesados del Derecho y la política, Nicolás Salmerón y Antonio Maura, resolvió a favor de la madre y ordenó que Adelaida saliera del convento y volviese a vivir con su familia. Galdós salió a hombros del teatro y fue llevado en paseo triunfal hasta su casa por  una multitud, convirtiéndose, desde entonces, en el símbolo de la denuncia de “la invasión clerical”. Esta línea de crítica contra “la petrificación teocrática” prosiguió en sus obras Casandra, de 1910, y Cánovas, su último Episodio publicado 1912.

En 1907 Galdós firmó el manifiesto republicano publicado por El Liberal, junto a Blasco Ibáñez, Gumersindo de Azcárate y Melquíades Álvarez, convencido de que la monarquía era incapaz de impulsar los cambios democráticos que reclamaba la mayoría de los españoles. El 21 de mayo fue elegido diputado por Madrid con un elevado número de votos. El levantamiento popular del 25 de julio de 1909 de Barcelona que dio paso a la Semana Trágica, constituyó otro hito importante. El Gobierno de Antonio Maura declaró el estado de excepción, sacó el ejército a la calle y practicó una durísima represión que se saldó con un balance de 112 muertos y 500 heridos. Restablecida la normalidad, Maura decretó el cierre de las Casas del Pueblo, las sedes sindicales y las escuelas laicas y procesó a 2.000 huelguistas, 175 de los cuales fueron desterrados, 59 condenados a cadena perpetua y 5 de ellos ejecutados. Galdós alzó su voz contra esta violenta represión, participó en las manifestaciones y pidió la dimisión de Maura. En esta encrucijada histórica Galdós no se dejó comprar por el poder y acentuó su compromiso político, siendo consciente de lo que ello a nivel personal podría entrañarle. Así, participó en las negociaciones para promover la conjunción republicano-socialista, que diera una mayor solidez y eficacia a la oposición al régimen. En las elecciones de 1910 la candidatura de la conjunción, encabezada por Galdós y por Pablo Iglesias alcanzaron un gran respaldo consiguiendo el acta de diputados. Galdós admiraba la organización, seriedad y disciplina del PSOE, partido imprescindible para afrontar la “cuestión social”, que era como se llamaba entonces a la necesaria mejora de las precarias condiciones de vida de la clase trabajadora.

Las últimas obras de Galdós, El caballero encantado (1909) y La razón de la sinrazón (1915), son escritos regeneracionistas en los que propone una nueva civilización, protagonizada por jóvenes comprometidos, que logran imponer en Urgaria, trasunto de España, una nueva sociedad basada en la razón, el trabajo, la democracia y la justicia.

A partir de 1913 Galdós fue perdiendo la visión de forma paulatina. Su actividad literaria se redujo considerablemente, quedando limitada a los dictados que hacía a su secretario, Pablo Nougués,  que iba escribiendo sus evocaciones, plasmadas en Memorias de un desmemoriado. La ceguera, las dificultades económicas y la pérdida de seres queridos le causaron una gran tristeza. La derecha conservadora obstaculizó varias veces su designación como premio Nobel de Literatura, algo que merecía, pero el pueblo reconoció siempre su gran contribución cultural y cívica levantando en el parque del Retiro, mediante una suscripción pública, una escultura realizada por Victorio Macho. Por lo demás, cuando falleció en 1920, en Madrid, una manifestación multitudinaria le acompañó hasta la Almudena, donde se depositaron sus restos.  “Ha muerto el maestro (…) – afirmó el Noticiero Universal.  El día de hoy es un día de luto para España. Acaba de desaparecer la más indiscutible de nuestras figuras, la figura más sobresaliente, el maestro de tres generaciones, el artista en cuyas obras se refleja toda  el alma de España”.

Benito Pérez Galdós es uno de los mejores escritores en lengua castellana, el mejor, quizá, después de Miguel de Cervantes. Su dedicación a la literatura fue una vocación y una misión social y cultural. Consideró la cultura, no como un lujo de unos pocos, sino como un bien esencial para el bienestar de los ciudadanos. El novelista –afirmó Galdós- “tiene la misión de reflejar esta turbación honda, esta lucha incesante de principios y de hechos que constituye el maravilloso drama de la vida actual”. De ahí su preocupación pedagógica, su disposición a aportar las reflexiones necesarias para que los españoles pudieran conocer la realidad de su tiempo y pudieran acometer acciones para mejorarla. Como escritor exhibió un gran talento. Renovó los géneros narrativos y consiguió hacerlos llegar a un público nuevo y más amplio. Las obras de Galdós mostraron de forma excelente la sociedad de su tiempo y aportaron soluciones para avanzar hacia una España más democrática y más justa. Por todo ello Galdós es contemporáneo nuestro. Su legado literario y su ejemplaridad ética tienen plena vigencia. Tenemos que fomentar la lectura de sus obras y debemos considerarlo una referencia moral, cívica y cultural para acometer los retos del siglo XXI que hoy tenemos planteados. 

BIBLIOGRAFÍA

  • Acosta González, María Lourdes: La aparición de una nueva sociedad en la obra de Benito Pérez Galdós, Barcelona, 2015
  • Alonso, Cecilio: Historia de la literatura española, Barcelona, 2010
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  • Pérez Galdós, Benito:

   – Episodios Nacionales, Madrid, 2005

   – Memorias de un desmemoriado, Valencia, 2011

    –   Rojo, Luis Ángel: La sociedad madrileña en Galdós, RAE,    

        Madrid, 2003. Zambrano, María: La España de Galdós, Madrid, 1960. 

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    Encuentro con Saïd Benabdelouahad en la Universidad Hassan I de Settat

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    Benito Pérez Galdós y el billete de 1000 pesetas

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