La Regenta: Ana Ozores y Don Fermín de Pas

Rosa Amor del Olmo

La Regenta (1884–1885), del asturiano Leopoldo Alas “Clarín”, se erige como una de las novelas cumbre del realismo español decimonónico. Ambientada en la ciudad provincial de Vetusta –trasunto ficticio de Oviedo–, la obra retrata con minuciosidad la vida social de la Restauración borbónica, poniendo de relieve las tensiones entre tradición y modernidad propias de la época. Clarín aprovecha este escenario para ofrecer una crítica demoledora de la doble moral y la corrupción institucional de la España decimonónica, especialmente la hipocresía religiosa y burguesa que imperaba en las provincias. En este ensayo de enfoque académico se examinarán dos personajes centrales de La Regenta: Ana Ozores (la propia “Regenta”) y el Magistral Don Fermín de Pas. A través de ellos analizaremos sus complejidades psicológicas e íntimas tensiones, así como su función simbólica dentro de la sociedad vetustense como encarnaciones de la hipocresía social y religiosa de la época. Asimismo, consideraremos la influencia del realismo y del naturalismo en la construcción de ambos personajes y las críticas que la novela formula a la moral burguesa y eclesiástica decimonónica. Para ello, se integrarán el análisis textual de pasajes relevantes y referencias críticas pertinentes, situando la obra en su contexto literario y social.

Contexto realista-naturalista y crítica social en La Regenta

Clarín escribió La Regenta en pleno auge del realismo, corriente literaria caracterizada por la representación verosímil de la sociedad y el hincapié en los conflictos psicológicos de los personajes. En España, el realismo tuvo a menudo un matiz crítico: novelistas como Clarín exploraron las tensiones entre la tradición (el peso de la Iglesia y la aristocracia) y la modernidad liberal emergente, sobre todo en ciudades de provincia. La Regenta, en particular, ofrece un fresco social amplio y satírico: Clarín retrata a casi un centenar de personajes de Vetusta –desde nobles decadentes hasta clérigos ambiciosos y damas chismosas– con “inmisericorde ironía”, componiendo un “gran retablo” costumbrista que expone las miserias morales de la ciudaddoblelectura1988.blogspot.com. La primera parte de la novela se dedica a describir Vetusta, sus habitantes y sus hábitos con detalle exhaustivo, cimentando un microcosmos social vívido y críticodoblelectura1988.blogspot.com. Esta amplitud y minuciosidad entroncan con la estética realista, mientras que el acento en los vicios y determinismos de la sociedad acerca la obra al naturalismo.

Influido por el naturalismo francés (Émile Zola y contemporáneos), Clarín concibió La Regenta también como una sátira social que denunciase públicamente la hipocresía del sistema político y de la moral burguesa de la Restauración, así como la influencia excesiva de la Iglesia en la vida cotidianadoblelectura1988.blogspot.com. De hecho, la novela explora abiertamente temas incómodos para la mentalidad conservadora de la época: la represión sexual, la corrupción clerical y la mediocridad intelectual de la alta sociedad. No sorprende que La Regenta fuera recibida con escándalo por los sectores más conservadores, que la acusaron de irreverente por su crítica a la Iglesia y por desnudar a una supuesta alta sociedad “ejemplar” como hipócrita y frívola. Clarín se atrevió a “poner el dedo en la llaga” de la doble moral decimonónica, presentando una comunidad donde las apariencias y el qué dirán importan más que la virtud auténtica. Vetusta aparece dominada por la hipocresía social: sus habitantes se espían unos a otros y castigan cualquier desviación de la norma, especialmente si proviene de una mujer. En este sentido, La Regenta comparte afinidades con la novela francesa Madame Bovary de Gustave Flaubert –publicada en 1857–, con la que ha sido comparada reiteradamente por su temática de adulterio y crítica a la sociedad provinciana. Ambas obras utilizan la infidelidad femenina como vehículo para cuestionar la moral tradicional: Clarín, al igual que Flaubert, convierte la historia de una mujer insatisfecha en una metáfora de la oposición entre el individuo y los valores opresivos de su comunidaddoblelectura1988.blogspot.com.

Ana Ozores: psicología, tensiones internas y simbolismo

Ana Ozores, llamada “la Regenta” por ser esposa de un ex-regente judicial, es presentada por Clarín como uno de los personajes femeninos más complejos de la literatura española del XIX. Huérfana de madre y criada por dos tías estrictas, Ana carga desde su juventud con carencias afectivas y traumas que han moldeado su carácter de manera decisiva. En su adolescencia sufrió la soledad, la ausencia paterna y hasta abusos psicológicos –su aya la maltrataba–, viviendo bajo la amenaza constante del pecado y el castigo. Todos estos “factores deterministas” de su educación y entorno han contribuido a forjar la personalidad exaltada y nerviosa que exhibe en la novela. De hecho, Ana es propensa a crisis de histeria, desmayos repentinos y ensoñaciones que Clarín describe con detalle, rasgos que la inscriben en la tradición naturalista de explorar las neurosis y conflictos internos del individuo. La mente de Ana oscila continuamente entre polos opuestos –apatía y entusiasmo, rebeldía y resignación– como un mecanismo de evasión ante la realidad asfixiante que la rodea. Esa oscilación interna se manifiesta en el eje central de su vida: Ana transita de un intenso misticismo religioso a la irrupción de un deseo erótico igualmente profundo. En palabras del narrador, en Ana se opera una metamorfosis “de lo uno a lo otro”, desde la devoción ascética inicial hasta el despertar de una sensualidad antes reprimida. Esta dualidad misticismo/erotismo define el arco del personaje y fue, en efecto, una de las razones por las que la novela resultó tan polémica en su tiempo.

Clarín plasma a Ana con gran profundidad psicológica, utilizando técnicas novedosas como el monólogo interior para exponer sus pensamientos más íntimos. A través de sus confesiones, sueños y fantasías conocemos su insatisfacción vital: casada con Don Víctor Quintanar –un hombre mucho mayor, afable pero apático–, Ana vive un matrimonio estéril, sin pasión ni entendimiento emocional. Desde la misma noche de bodas quedó claro que su unión era un simple formalismo social, reducida a una convivencia paternal-filial carente de amor conyugal. Víctor prefiere la caza y sus aficiones a atender a Ana, y llega al extremo de dormir en habitación separada, tratándola más como a una hija que como a una esposa. Esta situación oprime a Ana, frustrando tanto sus necesidades sexuales como su anhelo de maternidaddoblelectura1988.blogspot.com. En Vetusta, la sociedad espera de la mujer que cumpla con el rol de esposa sumisa o se refugie en el convento; para Ana, joven y pobre, el matrimonio con Quintanar fue prácticamente la única salida “respetable” que sus tías y la sociedad le ofrecieron. Sin embargo, ese respeto externo tiene un precio: la anulación de su felicidad personal.

Ante el vacío de su vida matrimonial, Ana busca llenar su espíritu por otros cauces. Dotada de sensibilidad y cultura, intenta dedicarse a la lectura e incluso a la escritura, inspirada por obras religiosas como las Confesiones de San Agustín o los místicos españoles (Santa Teresa, San Juan de la Cruz). La literatura y la fe se convierten en refugios complementarios: lee con fervor y sueña despierta con ideales de amor y pureza, tratando de sublimar en el plano místico la pasión que su realidad le niega. No obstante, la propia sociedad que la orilla a la devoción es la que censura sus inquietudes intelectuales –se ve “mal que una mujer sea literata” en Vetustae–, aumentando su sensación de soledad. Ana vive así dividida entre su deseo de elevación espiritual y los latidos de una sensualidad latente. Su religiosidad intensa roza a veces el fanatismo, algo que Clarín matiza con fina ironía para no idealizarla por completo. Por ejemplo, en momentos de angustia, la protagonista llega a flagelarse simbólicamente: en una célebre escena se azota el pecho con un ramillete de flores (unos zorros de piel) hasta el dolor, en un arranque de misticismo masoquista que evidencia su conflicto interno entre culpa y deseo.

La compleja psicología de Ana se refleja también en su “conducta onírica”: los sueños y ensoñaciones son para ella válvulas de escape que le permiten experimentar, en el plano de la imaginación, aquello prohibido en la vigilia. Así, en sus fantasías nocturnas se mezclan anhelos de amor carnal con visiones religiosas, componiendo un rico tapiz simbólico. En una ilustración original de La Regenta (capítulo III), el artista Juan Llimona representó a Ana rodeada de las visiones caóticas que asaltan su mente antes de una confesión: ve la barca de su amigo de niñez Germán (símbolo de una inocencia perdida), figuras de hombres seductores con capa y chambergo que aluden a Álvaro Mesía, y un diablo huyendo ante un cura severo. Esta acumulación de imágenes sugiere la “maraña de recuerdos, quejas y admoniciones” que puebla la conciencia de Ana al prepararse para una confesión general. Clarín nos deja así entrever, mediante la técnica del flujo de conciencia, las contradicciones de Ana Ozores: por un lado, culpa religiosa y miedo al pecado; por otro, un potente deseo de cariño humano y libertad emocional que pugna por expresarse.

En el plano simbólico, Ana representa tanto a la mujer oprimida por la sociedad patriarcal como a un atisbo de pureza moral en medio de la podredumbre vetustense. El propio título de la novela, La Regenta, alude a su identidad pública (esposa del regente) en vez de nombrarla directamente, lo que sugiere una intención crítica y alegórica. Según observa Yvan Lissorgues, al elegir llamarla “la Regenta” –término ya en desuso en la época– Clarín “la ensalza, la convierte desde el principio en un ser puro que lucha contra la ruin villa de Vetusta”, subrayando la contraposición entre Ana y su entorno hipócrita. Sin embargo, esa misma denominación impersonal sirve también para deshumanizarla ante los ojos de Vetusta: los habitantes la ven no como individuo, sino como un símbolo o incluso un objeto social. En efecto, se la menciona constantemente por su apodo, reduciéndola a su rol marital y negándole agencia propiadoblelectura1988.blogspot.com. Esta “impersonalización” de Ana evidencia cómo la sociedad la convierte en una mercancía, “una anhelada posesión”, envidiada por unas y codiciada por otros, en vez de reconocerla como persona con emociones y derechosdoblelectura1988.blogspot.com. Sus tías la ofrecieron en matrimonio casi como “un negocio”, y las damas de la aristocracia local –Obdulia, Visita, Edelmira– la vigilan con celos y maledicencia, esperando cualquier traspié para hacerla caer de su pedestal de virtuddoblelectura1988.blogspot.com. Paradójicamente, Ana se esfuerza en mantenerse moralmente intachable no por lealtad a su desamorido esposo, sino para diferenciarse de esas mismas damas libertinas de Vetusta a las que despreciadoblelectura1988.blogspot.com. Su orgullo moral consiste en no rebajarse a la doble vida de coqueteos y adulterios tolerados que llevan otras señoras de la ciudad. Pero al final esa posición aislada la deja sin aliados: cuando estalla el escándalo de su infidelidad, la hipocresía colectiva se abate sobre ella con ferocidad, cumpliéndose el linchamiento social que sus enemigas tanto anhelaban.

Don Fermín de Pas: ambición, deseo y poder eclesiástico

En paralelo a Ana Ozores, la novela desarrolla la figura de Don Fermín de Pas, el canónigo Magistral de la catedral de Vetusta, a quien Clarín concede una importancia equivalente a la de la protagonista. De hecho, se ha señalado que Ana y Fermín son “biografías paralelas” dentro de la narración. A primera vista, Don Fermín encarna al clérigo poderoso y respetado: es confesor de Ana y hombre influyente en Vetusta, visto como modelo de virtud por las beatas locales. No obstante, Clarín lo construye como un personaje escindido entre la apariencia de santidad y las bajas pasiones que lo corroen por dentro. El Magistral personifica la ambición, la hipocresía y el abuso de poder del estamento eclesiástico decimonónico Aunque de labios afuera predica la moral cristiana, en su fuero interno Don Fermín es soberbio, calculador y está obsesionado con ascender en la jerarquía (aspira a ser obispo). Su fervor religioso juvenil dio paso, con el tiempo, a una fe viciada por la vanidad y el deseo de dominio. El narrador revela que Fermín “también atravesó una época de gran religiosidad y anhelos místicos” en su adolescencia, incluso estuvo a punto de hacerse jesuita, pero la ambición inculcada por su madre (doña Paula) frustró esos ideales. Doña Paula –un personaje temible, de fuerte carácter– crió a Fermín para triunfar mundanamente; es ella quien lo empuja a aprovechar la Iglesia como medio de poder en lugar de como vocación espiritual auténtica. Así, Fermín de Pas llega a Vetusta con una doble fachada: por un lado, es un sacerdote elocuente, disciplinado y caritativo en público; por otro, en privado es un hombre enérgico, de poderosa constitución física y pasiones terrenales latentes, que esconde bajo la sotana a un hombre de carne y hueso con deseos reprimidos.

Clarín enfatiza la dualidad corporal y espiritual de Don Fermín a través de descripciones significativas. Por ejemplo, se nos cuenta que el Magistral es alto, fuerte y velludo, dotado de una musculatura “hercúlea” poco usual en un clérigo. En una escena reveladora, Fermín se contempla semidesnudo frente al espejo: “miraba con tristeza sus músculos de acero, de una fuerza inútil… el mozo fuerte y velludo que tenía enfrente […] le parecía un otro yo que se había perdido”. Acto seguido, al abrocharse el alzacuello clerical, “el Magistral volvió a ser la imagen de la mansedumbre cristiana”. Esta imagen del espejo sintetiza al personaje: su identidad oscila entre dos yos, el hombre viril con anhelos humanos y el sacerdote sometido a una máscara de humildad. Cada mañana, al ceñirse la soga clerical al cuello, Fermín vuelve a reprimir al “otro yo” bajo la apariencia beatífica que la sociedad espera de él. Pero esa represión no elimina sus deseos; solo los oculta, generando una tensión interna cada vez más insostenible.

El gran conflicto psicológico de Don Fermín estalla en torno a su amor obsesivo por Ana Ozores. Como su confesor, inicialmente la ve como un “alma a salvar”, deleitándose en guiar espiritualmente a una feligresa tan joven y sensible. Sin embargo, a medida que convive con la belleza y la dulzura de Ana, sus sentimientos se tornan ambiguos: del paternalismo espiritual va naciendo en él una pasión posesiva. Don Fermín se enamora de Ana de una manera tortuosa, intentando convencer(se) de que su interés es puramente religioso cuando en realidad su corazón y sus sentidos están implicados. El narrador señala que la función de Fermín “es dual y cambiante: en una dirección pasa de confesor a enamorado, y en la otra, de hermano del alma a marido solícito”. Es decir, Don Fermín empieza viéndose como guía y protector de Ana (casi hermano espiritual), pero termina deseándola como lo haría un esposo celoso. Su deseo, no obstante, debe permanecer inconfesable debido a sus votos clericales, lo que agrava su frustración. Clarín introduce aquí un paralelismo irónico: así como Ana reprime su sexualidad por el matrimonio, Fermín debe reprimir la suya por el celibatodoblelectura1988.blogspot.com. Ambos están “castrados” en vida (ella por la moral conyugal, él por la sotana) y ambos subliman su ansia afectiva en una especie de amor platónico que, en el fondo, los consumedoblelectura1988.blogspot.com.

La hipocresía religiosa de Don Fermín se pone de manifiesto en cómo maneja esta pasión. Lejos de apartarse de Ana por integridad moral, decide retenerla bajo su influencia a toda costa, escudándose en su papel de director espiritual. La joven, inocentemente, se “ampara en la religión bajo la influencia de Fermín de Pas” para mantenerse pura y a salvo de tentaciones mundanasdoblelectura1988.blogspot.com, sin sospechar que su devoto confesor alberga segundas intenciones. Fermín aprovecha la vulnerabilidad de Ana –su soledad, su fervor y su necesidad de guía– “en su propio beneficio”: va tejiendo a su alrededor una telaraña de control emocionaldoblelectura1988.blogspot.com. La acompaña en ejercicios de piedad, se insinúa en sus pensamientos con sermones velados, e incluso llega a generar en ella cierta dependencia afectiva hacia su persona. Su objetivo secreto es monopolizar el corazón de Ana, conquistar su alma ya que el cuerpo le está vedado. Clarín ilustra metafóricamente esta dinámica de dominación en una potente escena: Don Fermín visita a Ana en el jardín de su casa y, en un arrebato de ansiedad, devora el capullo de una rosa recién cortadadoblelectura1988.blogspot.com. Lo hace con deleite casi sensual, “saboreando la esencia de la flor arrancada prematuramente del tallo”doblelectura1988.. La crítica ha interpretado esta imagen como una clara alegoría del deseo lascivo del sacerdote: impedido de “apropiarse del cuerpo de Ana” debido a su investidura religiosa, él “devora” simbólicamente su juventud y pureza a través de ese acto fetichistadoblelectura1988.blogspot.com. La rosa inmadura representa a Ana (flor todavía intacta) y el Magistral la destruye con la boca, revelando en gesto involuntario la voracidad erótica que oculta tras la máscara de asceta.

La obsesión de Don Fermín por Ana lo va llevando, pues, a una degradación moral cada vez mayor. De mentor devoto degenera en amante celoso que espía y maniobra para eliminar a sus rivales. Porque Fermín tiene un antagonista directo: Don Álvaro Mesía, el seductor mundano que corteja a Ana por vanidad. Entre el Magistral y Mesía se entabla una “lucha por el poder” sobre Ana que trasciende lo personal y adquiere tintes simbólicosdoblelectura1988.blogspot.com. En efecto, el forcejeo entre Fermín (representante del clero tradicional) y Álvaro (un “donjuán” liberal y progresista en lo político) por el amor de Ana metaforiza el choque entre la Iglesia y la sociedad civil, entre la tradición represora y el liberalismo libertino fin de siglodoblelectura1988.blogspot.com. Cada uno la desea por motivos distintos –Fermín por necesidad afectiva y orgullo, Álvaro por conquista sexual y prestigio social–, pero ambos coinciden en algo: tratan a Ana como un trofeo y no como una persona. Como apunta Álvarez Hernández, cuando Mesía y el Magistral hablan de Ana “no lo hacen refiriéndose a una persona sensible, sino [a] conquistar una plaza o derribar una fortaleza”. Este despojo de la humanidad de Ana recalca la crítica de Clarín al machismo y a la cosificación femenina en esa sociedad: tanto el libertino “civil” como el clérigo casto comparten la mentalidad patriarcal de someter a la mujer a sus designios.

En el transcurso de la novela, Don Fermín se revela capaz de actos ruines movidos por los celos. Al percatarse de que Álvaro Mesía pretende seducir a “su” Regenta, el sacerdote moviliza toda su influencia para impedirlo: envenena a Ana contra Mesía insinuando su fama de mujeriego, y simultáneamente conspira con otras fuerzas vivas de Vetusta para alejar al galán (por ejemplo, trata de que Mesía obtenga un cargo fuera de la ciudad). Sin embargo, el propio orgullo de Ana y las intrigas de terceros (la marquesa de Vegallana y otras “celestinas” locales) la empujan finalmente a los brazos de Mesía, consumando el adulterio. Este desenlace precipita la caída trágica de Ana Ozores y expone la verdadera cara de Don Fermín. Enterado de la infidelidad de Ana, el Magistral siente herido su amor propio de forma irreparable y, traicionando toda caridad cristiana, decide vengarse cruelmente de ella. En la escena culminante de la novela, Ana –abatida por la muerte de su esposo en duelo y por el escándalo público– acude arrepentida a la catedral en busca de confesión y consuelo espiritual. Pero Don Fermín la recibe con dureza inusitada: desde el confesionario, “acus[a] [su] soberbia contenida” y le niega el perdón, descargando sobre Ana insultos y humillaciones en lugar de absolución. Su “amor despótico” –como lo califica Clarín– se manifiesta en el placer perverso de castigar a la mujer que no pudo poseer. Fermín de Pas se revela aquí no como pastor de almas, sino como tirano despechado que goza degradando al ser amado, reduciéndolo a objeto de su ira. Esta transformación final de Ana de sujeto arrepentido a objeto de agresión expone con crudeza la hipocresía monstruosa del personaje: quien debía representar la piedad y el perdón cristiano actúa movido por la envidia y la lujuria herida. Don Fermín, incapaz de reconocer su propio pecado, projecta toda la culpa en Ana para no enfrentar su “impotencia secreta” y su narcisismo ofendido. Con este acto, se consuma la degradación moral del Magistral y, simbólicamente, la derrota de la Iglesia institucional que él encarna: su caída ética refleja el fracaso de una institución en crisis, más preocupada por conservar poder y respetabilidad que por la verdadera caridad evangélica.

Hipocresía social y denuncias morales en Vetusta

Tanto Ana Ozores como Fermín de Pas funcionan, más allá de su individualidad, como símbolos vivos de los males sociales que Clarín denuncia en La Regenta. A través de ellos, la novela realiza una incisiva crítica a la moral burguesa y eclesiástica de la España decimonónica, desenmascarando la distancia entre la apariencia de virtud y la realidad de vicio que caracterizaba a la clase acomodada provinciana. Vetusta es un espejo deformante de la sociedad española de finales del siglo XIX: una ciudad paralizada en tradiciones rancias, donde todos fingen cumplir los preceptos religiosos y las convenciones sociales, mientras por debajo proliferan la envidia, la lujuria y la crueldad.

La hipocresía social queda patente en el tratamiento que Vetusta dispensa a Ana. Mientras se mantuvo intocable como esposa virtuosa de Quintanar, Ana fue la comidilla de las tertulias pero aún así tolerada en la alta sociedad; en el momento en que cae en pecado (el adulterio), esa misma sociedad le retira todo apoyo y se ensaña con ella. Clarín muestra cómo la comunidad castiga con dureza cualquier desviación de la norma, especialmente en las mujeres. Personajes como la antigua amiga de Ana, Visitación, o la entrometida doña Petra, encarnan el deleite malsano por derribar a quien sobresale. Hay en Vetusta una moral de “apariencias” implacable: lo importante es no ser descubierto. Los hombres de la aristocracia local pueden ser libertinos en secreto –de hecho, “casi todos [los jóvenes aristócratas] eran libertinos más o menos disimulados”–, pero a las mujeres se les exige virtud pública impoluta. Ana, al traicionar el papel de esposa casta, expía no solo su propia culpa sino la de todas: la ciudad proyecta en su escarnio público una catarsis de sus propias inmundicias ocultas. Cabe destacar que, antes de caer, Ana percibe la falsedad de su entorno y por eso se resiste largo tiempo a Mesía: no por lealtad a su marido, sino para no convertirse en una más de las adúlteras encubiertas que la rodeandoblelectura1988.blogspot.com. En su idealismo, quería creer que podía ser diferente en medio de tanta mediocridad. Lamentablemente, la presión social (las habladurías constantes, las insinuaciones, el aislamiento) minan su resistencia y la empujan al abismo que sus “amigos” le han cavado. Clarín así subraya la insolidaridad y misoginia de la sociedad burguesa: las propias mujeres participan en la destrucción de otra mujer, en vez de apoyarse entre sí frente a un sistema opresivo.

En cuanto a la hipocresía religiosa, Don Fermín de Pas es su exponente máximo. Él representa a esa Iglesia mundana que se entromete en todo (educación, política, vida íntima) no para guiar almas humildemente, sino para afianzar su poder. Vetusta aparece bajo la sombra tutelar de la catedral: el Obispo, los canónigos y las beatas controlan la vida social, dictan quién es respetable y quién no. Sin embargo, Clarín los retrata con sátira feroz, revelando sus motivaciones egoístas. El Magistral en público es orondo y manso, pero conspira entre bambalinas; las señoras devotas atienden misa a diario, pero luego se deleitan “despellejando” la reputación ajena en el casino. La religión en Vetusta se ha vaciado de espiritualidad y reducido a un instrumento de control social. Don Fermín, al tratar a Ana como un alma que conquistar para sí mismo, politiza la relación sacro-santa de confesor y penitente. Su derrota final –queda moralmente destruido tras el escándalo, sin lograr su objetivo amoroso ni ascender en la Iglesia– puede leerse como la denuncia de Clarín a una institución eclesiástica en decadencia, minada por la pérdida de valores auténticos. El Arcipreste de la ciudad (Don Cayetano Ripamilán) es presentado como bonachón e indulgente, pero impotente ante la maquinaria de intrigas; el Obispo es mencionado como una figura lejana y dogmática; en conjunto, la jerarquía eclesiástica aparece más interesada en la política local y los honores (por ejemplo, en la novela se muestra a Don Fermín cultivando cuidadosamente su imagen para ser propuesto a obispo) que en la caridad cristiana. Así, la crítica anticlerical de La Regenta no es explosiva o panfletaria, sino finamente hilada en la psicología de sus representantes: Clarín desnuda la avidez de poder, la soberbia y la doblez moral de clérigos como Fermín de Pas, contrastándolos con la genuina –aunque frustrada– sed de fe y consuelo que tiene Ana Ozores.

Hay que resaltar que ninguno de los dos ámbitos de poder tradicionales (ni la aristocracia secular ni la Iglesia) sale bien parado en la novela. Clarín reparte por igual su ironía. Álvaro Mesía, símbolo de la burguesía liberal, resulta ser tan vacío y egoísta como los nobles decrépitos a los que pretende sustituir. Su supuesto progresismo se reduce al gusto por las modas francesas y a la “libertad” entendida como libertinaje personal. En última instancia, Mesía huye de Vetusta tras el escándalo, dejándola a merced del qué dirán, mostrando cobardía y falta de honor. Los nobles, como el marqués de Vegallana, viven de glorias pasadas y chismes presentes. Los profesionales, médicos y abogados, malgastan las noches en el casino entregados al juego ritualizado, reflejo de la ociosidad y la corrupción cotidiana. En suma, Vetusta aparece como un organismo social estancado, donde casi todos sus miembros –salvo raras excepciones honrosas– participan del ambiente viciado de hipocresía, inmovilismo y “mediocridad intelectual”. Nadie escapa a la mirada crítica de Clarín: ni siquiera Ana Ozores, pues el narrador a veces cuestiona su excesivo ensimismamiento espiritual, ni Víctor Quintanar, que aunque bondadoso es caricaturizado como un hombre pueril e inepto fuera de sus pasatiempos. Esta equidad satírica refuerza la idea de que el problema es sistémico: la sociedad en su conjunto está enferma de falsedad, y quienes intentan salirse del molde (una mujer soñadora como Ana, un ateo intelectual como Don Pompeyo, etc.) son condenados al ostracismo o al escarnio.

La influencia del naturalismo es palpable en la manera en que Clarín atribuye las conductas de sus personajes a factores heredados o ambientales. Mencionamos cómo la infancia y educación de Ana determinan su neurosis adulta; asimismo, Fermín de Pas viene marcado por su origen humilde montañés y la ambición materna. El énfasis en la educación clerical represiva que ambos recibieron (Ana con su confesor de niña que la aterrorizaba con el pecado; Fermín en el seminario jesuita que le inculcó disciplina férrea) se alinea con postulados naturalistas: Clarín sugiere que una formación dogmática y autoritaria “castra en flor las potencialidades del individuo”, tal como denunciaban los pensadores krausistas contemporáneos. En La Regenta se ve una crítica explícita a esa educación religiosa: los capítulos IV y V narran en retrospectiva la infancia de Ana, mostrando cómo la obsesión moralista de sus tutores le causó traumas y sentimientos de culpa desproporcionados. De igual modo, la novela exhibe sin tapujos las pulsiones sexuales y la “sensualidad fetichista” de sus protagonistas –algo típico del naturalismo–, mediante imágenes poderosas. Ya mencionamos el episodio del capullo de rosa devorado por Fermín; otro ejemplo es la procesión de Semana Santa, en la cual Ana participa descalza y cubierta con hábito penitencial: Clarín describe sus pies desnudos asomando pálidos bajo la túnica, cómo se van manchando de polvo y barro por las callesdoblelectura1988.blogspot.com. Esta imagen anticipa visualmente la “mancha” de la culpa que la sociedad echará sobre Ana, a la vez que tiene una connotación erótica (los observadores vetustenses miran morbosamente los pies delicados de Ana, revelando la lascivia latente incluso en un acto sacro). Son detalles como este donde la prosa de Clarín trasciende el realismo costumbrista y adquiere tintes naturalistas: subraya la fisicalidad, lo instintivo y lo prohibido, mostrando cómo incluso en los rituales de fe se cuela el deseo reprimido.

Conclusión

En La Regenta, Leopoldo Alas “Clarín” logra articular, a través de los personajes de Ana Ozores y Don Fermín de Pas, una crítica profunda a la sociedad española de su tiempo, combinando la observación realista con la penetración psicológica y el determinismo naturalista. Ana y Fermín son personajes de una complejidad excepcional: seres llenos de contradicciones internas, desgarrados entre el deber y el querer, entre la fe y la pasión, reflejo fiel de las tensiones morales de la España decimonónica. Sus tragedias personales no sólo conmueven al lector por el drama íntimo –la soledad, la obsesión, el desengaño– sino que trascienden al plano social como símbolos de la condición humana atrapada en una estructura hipócrita. Ana Ozores, con su pureza anhelante y su eventual caída, representa a la víctima por excelencia de un entorno que no tolera la individualidad ni el deseo femenino autónomo. Don Fermín de Pas, con su máscara virtuosa y su corrupción interior, encarna al falso pastor, al sistema eclesiástico que ha perdido el norte espiritual en pos del poder terrenal. El duelo tácito entre ambos –esa atracción y repulsión que los une y destruye– pone en escena el choque entre la aspiración sincera a la plenitud y los grilletes de la convención social.

El desenlace de la novela refuerza su mensaje crítico con amarga ironía: Ana, pese a haber intentado ser virtuosa, termina siendo la única castigada públicamente tras el escándalo, mientras que los verdaderos hipócritas (el seductor Mesía, las damas chismosas, el propio Fermín) escapan a sanciones equivalentesdoblelectura1988.blogspot.com. Clarín muestra así una visión pesimista de la posibilidad de justicia o redención en aquella sociedad: la virtud femenina, si desafía las apariencias establecidas, es inmolada como chivo expiatorio de los pecados colectivos. Pero al mismo tiempo, la caída de Ana y la degradación de Fermín tienen un efecto de desenmascaramiento: dejan al descubierto, para lector y algunos personajes lúcidos, la verdadera condición de Vetusta. La Regenta cierra con Ana sumida en el silencio y la soledad más absolutas –víctima de la injusticia social–, y con Don Fermín derrotado moralmente, lo que constituye un alegato elocuente contra la doble moral imperante.

En suma, La Regenta trasciende su época por la honestidad y hondura con que explora asuntos universales: la colisión entre el individuo y las normas sociales, la represión del deseo, el anhelo de sentido espiritual frente a la hipocresía religiosa. A través del detallado análisis textual de los comportamientos y pensamientos de Ana Ozores y Fermín de Pas, Clarín disecciona una sociedad enferma de apariencia y abre la puerta a la novela moderna psicológica en lengua española. Su maestría radica en que combina la crítica socio-moral con la compasión irónica hacia sus personajes: los muestra con sus miserias, pero también con su humanidad vibrante. Ana Ozores, con su sensibilidad y sufrimiento, y Don Fermín, con su tormento interior, quedan en la memoria literaria como figuras trágicas que denuncian con su destino la falsedad de un orden social. El legado perdurable de La Regenta es, por tanto, doble: por un lado, es un espejo implacable de la Vetusta (y la España) del siglo XIX; por otro, es una obra de arte universal sobre la condición humana, que nos interpela acerca de la sinceridad de nuestras creencias, la opresión de los roles impuestos y la necesidad de autenticidad en la vida privada y pública. Clarín, con mirada preclara, convirtió a Ana Ozores y a Don Fermín de Pas en vehículos literarios de esa verdad, y en el proceso nos legó una de las novelas más ricas en matices psicológicos y morales de la literatura hispánica.

Bibliografía (referencias principales utilizadas en el ensayo):

  • Leopoldo Alas “Clarín”. La Regenta (ed. Gonzalo Sobejano, Madrid: Castalia, 1981).
  • Milagrosa Álvarez Hernández. “La sociedad. Psicología y mecanismos de evasión de Ana Ozores”, en Clarín, espejo de una épocacvc.cervantes.escvc.cervantes.es.
  • José Luis Aranguren. De La Regenta a Ana Ozores (Estudios Literarios, Madrid, 1976).
  • Ana Martínez et al. “Ana Ozores y Fermín de Pas: biografías paralelas en La Regentaes.wikipedia.orges.wikipedia.org.
  • Ricardo Gullón. Religión y erotismo en Clarín: La Regenta (Madrid: Taurus, 1984).
  • “Crítica de La Regenta (Leopoldo Alas Clarín)” – La diseccionadora de libros (blog)doblelectura1988.blogspot.comdoblelectura1988.blogspot.com.
  • “Reseña: La Regenta, de Leopoldo Alas” – Cosecha Negra Edicionescosechanegraediciones.escosechanegraediciones.es.
  • Literatura en Asturias: Clarín y La Regenta – Revista El Cuaderno Digital.
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