La muerte de Benito Pérez Galdós en enero de 1920

Editorial

El 4 de enero de 1920 España despedía a Benito Pérez Galdós, uno de sus más grandes novelistas, en un acontecimiento que conmocionó a la sociedad de la época. La muerte de Galdós, a los 76 años, supuso el cierre simbólico de toda una era literaria. A continuación se narra el contexto de sus últimos años, las circunstancias de su fallecimiento, el multitudinario funeral celebrado en Madrid, las reacciones que generó en la prensa y entre sus contemporáneos, y el impacto cultural de su pérdida.

Contexto de sus últimos años de vida

En la década final de su vida, Galdós atravesó serias dificultades de salud y económicas. Desde 1912 padecía una ceguera casi total que le obligó a dictar sus obras a un secretario. Aun así, persistió en la escritura impulsado tanto por su pasión literaria como por necesidad material, pues sus finanzas estaban en ruinas. El autor, que nunca dio importancia al dinero ni al lujo, terminó endeudado y dependiente de préstamos de usureros. En sus últimos años se atrevió incluso a hacer pública su precaria situación económica, logrando que algunos medios y admiradores intentaran ayudarle: el diario ABC promovió una subvención para el novelista y periódicos de su Canarias natal presionaron al Ayuntamiento de Las Palmas para otorgarle un donativo de 10.000 pesetas, aunque ese auxilio nunca llegó a concretarse. El propio Galdós, con amargo humor, llegó a reconocer: «Mientras más libros vendo, menos dinero gano. Voy a ser el único editor que se haya arruinado a fuerza de vender muchas ediciones», subrayando la paradoja de su situación.

En lo personal, don Benito vivió sus últimos años en Madrid, alojado en la modesta casa de su sobrino José Hurtado de Mendoza (en la calle Hilarión Eslava). Allí pasaba sus días pobre, enfermo y prácticamente solo, atendido por su hija María (nacida de una relación extramatrimonial) y unos pocos allegados. Hacía tiempo que había abandonado la política activa: a comienzos del siglo XX se había adherido al Partido Republicano y llegó a ser diputado en 1907 y 1910 por la Conjunción Republicano-Socialista, junto al líder obrero Pablo Iglesias. Sin embargo, tras quedar ciego Galdós se retiró de la vida pública, víctima también de arteriosclerosis y otros achaques. Pese a su prestigio literario (había sido propuesto al Premio Nobel en 1912), sectores conservadores de la sociedad española le negaban pleno reconocimiento debido a su ideología liberal y su anticlericalismo declarado. Esta hostilidad contribuyó a que no obtuviera el Nobel, a pesar del amplio apoyo internacional a su candidatura. Paradójicamente, sí se le erigió en vida un monumento: en enero de 1919 se inauguró una estatua de Galdós, obra del escultor Victorio Macho, en el Parque del Retiro de Madrid, homenaje cuya pertinencia llegó a ser discutida en su momento.

En suma, los últimos años de Benito Pérez Galdós estuvieron marcados por el declive físico y el aislamiento. Amigos y conocidos recordaban con tristeza la figura del anciano escritor, casi ciego y ensimismado. El diario El Globo relataba que ver a Galdós en esa época producía pena, sentado en su cuarto “de espaldas a la ventana y de cara a la puerta, como mirando, sin ver, a la eternidad”. El intelectual Antonio Zozaya describió que, a veces, el novelista musitaba resignado «Quiero marcharme», añorando quizás el descanso final. Este cuadro de soledad y decadencia contrasta con la gloria que había rodeado a Galdós en décadas anteriores, pero anuncia el emotivo tributo que el pueblo español le rendiría al extinguirse su vida.

El fallecimiento del novelista (4 de enero de 1920)

Benito Pérez Galdós falleció de madrugada, en su domicilio madrileño, el 4 de enero de 1920. Llevaba días aquejado de un proceso urémico (insuficiencia renal) que agravó su ya delicado estado. En la madrugada del día 3 sufrió una grave crisis cardíaca; pese a los esfuerzos del doctor Gregorio Marañón, la salud del escritor entró en irreversible declive. La noche del 3 de enero la pasó en una lenta agonía pero sin grandes dolores: tras una hemorragia, logró conciliar el sueño por unas horas. Junto a su lecho se turnaban sus más cercanos: su hija María y su yerno Juan Verde, su sobrino José Hurtado de Mendoza, el secretario Rafael Mesa (que llevaba noches enteras sin dormir cuidándolo) y su fiel criado Paco, entre otros. Hacia las 3:30 de la madrugada del día 4, Galdós se incorporó ligeramente llevándose las manos a la garganta, como si le faltara aire, y expiró apaciblemente instantes después. Tenía 76 años.

La prensa reseñó que la muerte de Galdós fue serena, “tan sin dolor… que el maestro parece en verdad dormido”. Quienes presenciaron sus últimos momentos quedaron asombrados de la transformación de su semblante: el rostro contraído por el sufrimiento se relajó, adquiriendo una expresión de calma y juventud recuperada, como destacaron El Imparcial y El Liberal. El final de don Benito fue, pues, dulce en contraste con las penurias de sus años postreros. Al correrse la voz de su fallecimiento, la noticia causó hondo pesar en toda España: “El día de hoy es un día de luto para España. Acaba de desaparecer la más indiscutible de nuestras figuras, el maestro de tres generaciones”, declaraba un periódico barcelonés al dar la triste nueva. Se apagaba así la vida del prolífico autor de Fortunata y Jacinta y los Episodios Nacionales, considerado el novelista español más importante desde Cervantes.

El funeral y el cortejo fúnebre en Madrid

Desde el primer momento, el fallecimiento de Galdós fue tratado como una cuestión de Estado. El propio rey Alfonso XIII firmó un decreto para que el Estado se hiciera cargo de los gastos del sepelio. El gobierno de turno (presidido por el conservador Manuel Allendesalazar) organizó un funeral solemne, decretando honores oficiales. La capilla ardiente se instaló en la Casa de la Villa (antiguo Ayuntamiento de Madrid): en la mañana del 5 de enero, a primera hora, el féretro fue trasladado desde la residencia del escritor hasta el Ayuntamiento en un coche fúnebre especial, escoltado por guardias municipales de gala. Allí, en el salón de cristales del consistorio, se dispuso una escenografía luctuosa: grandes paños de terciopelo negro con adornos dorados cubrían las paredes, coronas de laurel decoraban el espacio, y el féretro de caoba –cubierto con el paño funerario y la bandera española como sudario– se situó sobre un catafalco rodeado de cirios. Guardias municipales y maceros custodiaban el salón en traje de gala, dando al velatorio un aire de ceremonia de Estado.

A las 8 de la mañana del día 5 se abrieron las puertas al público, y una riada de madrileños ingresó en la capilla ardiente para despedir al escritor. La Plaza de la Villa se hallaba abarrotada; miles de personas hicieron cola para subir la escalera principal, detenerse unos instantes ante el féretro de Don Benito y bajar luego en silencio por una escalera lateral. Muchos de los presentes no pudieron contener las lágrimas al contemplar el rostro sereno del difunto. En el jardín exterior del Ayuntamiento se colocaron libros de condolencias donde “firmó todo Madrid”, desde damas aristocráticas hasta obreros humildes y destacadas personalidades de las artes, las letras y las ciencias. La ciudad entera parecía movilizada para rendir homenaje al “escritor nacional por excelencia del siglo XIX”, como lo llamaban los periódicos.

A primera hora de la tarde del 5 de enero tuvo lugar el impresionante cortejo fúnebre camino del cementerio. Hacia las 15:15 se sacó el ataúd del Ayuntamiento y se organizó la extensa comitiva con rumbo a la necrópolis de Nuestra Señora de la Almudena. Abrían la marcha guardias municipales montados a caballo, seguidos de una representación del Cuerpo de Bomberos y la Banda Municipal de Madrid. Tras ellos desfilaban cinco carrozas cargadas de coronas de flores (la más grandiosa, ofrecida por el Ayuntamiento). El féretro de Galdós iba en un lujoso coche fúnebre tirado por seis caballos, flanqueado por los maceros del Ayuntamiento y por comitivas de diputados, académicos y miembros de diversas sociedades culturales. Inmediatamente detrás marchaban las máximas autoridades: el Gobierno en pleno, ministros y altos cargos, el presidente del Congreso, representantes de la tierra natal de Galdós (entre ellos el general canario Valeriano Weyler), la Diputación Provincial y el Ayuntamiento de Madrid, además de la familia del escritor (encabezada por su yerno, su sobrino y el albacea testamentario). En señal de duelo, los teatros madrileños suspendieron sus funciones aquel día, subrayando el carácter extraordinario de la despedida.

Se calcula que unas 20.000 a 30.000 personas participaron en las exequias o presenciaron el paso de la comitiva. Hombres, mujeres y niños de todas las clases sociales se agolparon a lo largo del recorrido –que partió de la Plaza de la Villa y atravesó el centro de Madrid– para dar su último adiós al autor. La multitud escoltó el cortejo hasta la emblemática Puerta de Alcalá, donde muchos se despidieron antes de que la comitiva pusiera rumbo final al cementerio. Los diarios señalaron emocionados que aquella marea humana era “la prueba más elocuente” de cuánto Madrid y toda España apreciaban al escritor desaparecido. En el camposanto de la Almudena, Galdós recibió sepultura entre honores y solemnidad.

El funeral de Galdós, costeado por el Estado, tuvo así tintes de gran acontecimiento nacional. No faltaron a la cita representantes del mundo cultural: entre los que acompañaron el féretro estaban los hermanos Quintero, el dramaturgo Jacinto Benavente, el maestro compositor Tomás Bretón o Miguel Echegaray, entre otras figuras ilustres. Este multitudinario adiós en “olor de multitudes” contrastaba, sin embargo, con cierto tono de hipocresía oficial que algunos criticaron. Aunque el gobierno y autoridades asistieron al sepelio, se recordó que muchas instituciones habían estado ausentes durante la larga enfermedad de Galdós. Por ejemplo, se reprochó la pasividad del Congreso, de la Real Academia Española y de la Biblioteca Nacional, que no se implicaron en los homenajes hasta el último momento. En El Sol, en un artículo firmado luego por José Ortega y Gasset, se amonestaba a “la España oficial, fría, seca y protocolaria”, que acudía al entierro pero que no había estado presente en la casa mortuoria ni había mostrado calor humano en vida del escritor. Pese a esas reservas, la despedida de Galdós quedó en la historia como una de las mayores muestras de duelo popular que recuerde la capital española.

Reacciones de la prensa y homenajes de contemporáneos

La desaparición de Galdós generó un consenso de admiración en la prensa española, que dedicó extensas necrológicas y homenajes en sus páginas. Los periódicos describieron a Galdós como el gran cronista del alma nacional y lamentaron su pérdida en términos épicos. El Noticiero Universal de Barcelona tituló: “Ha muerto el maestro (…) Hoy es día de luto para España. Acaba de desaparecer la figura más sobresaliente, el maestro de tres generaciones, el artista en cuyas obras se refleja todo el alma de España”. En Madrid, El Liberal alabó al “ilustre maestro, príncipe egregio de las letras españolas”, mientras que El País proclamaba: “Don Benito ha muerto, ¡viva Galdós! Ha muerto el hombre, viva el escritor; vivirá en sus obras mientras viva el mundo”. Este sentir resumía la idea de que Galdós, mortal como hombre, alcanzaba la inmortalidad artística a través de sus creaciones. También La Acción subrayaba que con su muerte “entra en la inmortalidad” y se incorpora “al acervo de las devociones españolas”.

Numerosos escritores e intelectuales contemporáneos expresaron públicamente sus respetos hacia el maestro desaparecido. Personalidades de varias generaciones –desde los veteranos de la generación de 1868 hasta los del 98– reconocieron su deuda con Galdós. Un joven José Ortega y Gasset fue el encargado de escribir un emotivo artículo de despedida (publicado sin firma en El Sol el 5 de enero de 1920) en el que, además de elogiar al novelista, criticó la indiferencia que algunos mostraron en vida: “Galdós era el genio (…); la España oficial une a ambos –a Galdós y a Campoamor– a la hora de los falsos homenajes”, denunciaba, reprochando la tibieza institucional frente a la grandeza del autor. Por su parte, desde ámbitos populares se recordaba con cariño la figura llana y bondadosa de don Benito. En el Ateneo de Madrid y otros foros culturales se organizaron veladas necrológicas en su honor en las semanas siguientes, donde discípulos y admiradores leyeron fragmentos de sus obras y destacaron su legado.

La prensa internacional también se hizo eco del deceso de Galdós, reconociendo su talla universal. Diarios franceses, por ejemplo, publicaron sentidos obituarios: Le Journal des Débats afirmó que España sufría “una pérdida que será universalmente sentida”, recordando que Galdós fue una inteligencia que irradiaba más allá de las fronteras patrias. L’Avenir de París enfatizaba que el autor “murió casi ciego, pero su memoria es imperecedera”, situándolo entre “los grandes escritores y los grandes hombres”. Otro rotativo galo llegó a comparar su genio con el de Víctor Hugo, Balzac o Dickens, diciendo que Galdós había encarnado como nadie el espíritu romántico y realista de la España decimonónica. Estas menciones extranjeras confirmaban que la fama de Galdós trascendía España y que su muerte era llorada también fuera del país.

No todas las reacciones fueron unánimes, sin embargo. En ciertos sectores tradicionalistas y ultracatólicos se manifestó frialdad o abierta animadversión, recordando las posturas anticlericales del novelista. Paradigmático fue el caso del diario integrista El Siglo Futuro, que publicó un duro editorial negándose a sumarse al coro de elogios: “Galdós no fue nuestro. Fue de nuestros enemigos, y lo sigue siendo”, sentenciaba, al tiempo que criticaba a la prensa derechista que alababa a quien había combatido a la Iglesia. Aun así, incluso este periódico reconocía el deber de descubrirse al paso del féretro y pedía a Dios misericordia por el alma de don Benito. También en círculos de la vanguardia literaria emergente hubo alguna voz discordante o irónica: el irreverente Ramón María del Valle-Inclán, en su obra Luces de Bohemia (1920), aludió burlonamente a Galdós apodándolo «Don Benito el Garbancero», reflejo del choque estético entre el realismo galdosiano y las nuevas corrientes. No obstante, esas posturas críticas fueron minoritarias frente a la inmensa corriente de respeto y admiración que dominó el ambiente cultural tras la muerte del escritor.

En cuanto a homenajes, la muerte de Galdós catalizó diversas iniciativas para perpetuar su memoria. Se habló de erigir más monumentos y de dedicar calles y colegios a su nombre en toda España. Sus obras completas comenzaron a reimprimirse y difundirse como tesoro nacional. El entierro multitudinario en Madrid fue seguido de oficios fúnebres en su Las Palmas natal y en otras ciudades. Años más tarde, en 1923, se publicarían recopilaciones de sus escritos dispersos como homenaje póstumo. Y cada aniversario de su fallecimiento se recordaba en la prensa, consolidando la figura de Galdós como patriarca de las letras españolas.

Conclusión: El impacto simbólico de su muerte en la cultura española

La muerte de Benito Pérez Galdós marcó un antes y un después en la historia cultural de España. Su fallecimiento fue sentido como la pérdida del “padre” de la novela española moderna, el narrador que mejor retrató el siglo XIX español. Muchos contemporáneos vieron en ese 4 de enero de 1920 el fin de una época: con Galdós desaparecía el último gran representante de una generación de escritores realistas y liberales que habían guiado la conciencia nacional desde la Restauración. En palabras de un cronista, “al desaparecer Galdós sufre España una pérdida que será universalmente sentida”, pues él “irradió sin cesar más allá de las fronteras de su Patria”. Sin Galdós, España entraba simbólicamente en una nueva etapa, la de las vanguardias y los debates del siglo XX, pero llevando aún el eco de las voces galdosianas.

El masivo duelo popular demostrado en su entierro reveló que Galdós había calado hondo en el pueblo español: ningún otro literato había recibido un funeral semejante hasta entonces. Aquella manifestación espontánea de cariño indicó que, más allá de discrepancias ideológicas, Galdós era reconocido como conciencia nacional y cronista de la realidad española. El propio Ayuntamiento de Madrid lo definió en su comunicado luctuoso como “el genio que llenó de gloria la literatura de su tiempo… El mayor adorador del arte y del trabajo”, invitando a todos los ciudadanos a rendir tributo al “escritor nacional por excelencia”. Su muerte, y la unanimidad de las muestras de respeto, consolidaron a Galdós como un símbolo de la cultura española.

En perspectiva, la figura de Galdós quedó situada “entre la tradición y la modernidad”, ocupando un papel clave en la sociedad española de transición entre dos siglos. Su desaparición no supuso olvido, sino que afianzó su condición de clásico: “Ha muerto el hombre, viva el escritor”, proclamó El País, augurando la pervivencia de sus novelas. Y en efecto, con el paso del tiempo Galdós resurgió transfigurado, reivindicado una y otra vez por nuevas generaciones de lectores y críticos. El impacto simbólico de su muerte radica en que cristalizó la imagen de Galdós como patrimonio cultural de España, un autor cuyo legado pertenece a todos y cuyo espíritu sigue vivo en la literatura y la conciencia colectiva del país. Su adiós, entre muchedumbres y elogios, fue el canto de cisne de una España que despedía a uno de sus hijos más ilustres, a la vez que anunciaba la inmortalidad de su obra en la cultura hispánica.

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