La importancia de la documentación y del trabajo del documentalista en la serie de TVE Fortunata y Jacinta (1980)

Julia R. Cela, Departamento de Biblioteconomía y Documentación CC. de la Información. Universidad Complutense de Madrid

1. Introducción

Desde la invención del cinematógrafo a finales del siglo XIX, la relación entre literatura e imagen ha sido inmediata. El cine, y más tarde la televisión, encontraron en la literatura una fuente privilegiada de historias, personajes y mundos posibles. La pantalla traduce en imágenes aquello que el lector concibe en su imaginación, y en ese tránsito no solo se adapta un argumento: también se reconstruye una atmósfera, una época, una sociedad y una determinada visión del mundo.

Entre los novelistas españoles, Benito Pérez Galdós ocupa un lugar privilegiado en esta relación entre literatura y audiovisual. Pocas obras de nuestra tradición han sido adaptadas tantas veces al cine y a la televisión. Doña Perfecta, Marianela, El abuelo, Misericordia, Nazarín, Tristana o Fortunata y Jacinta son solo algunos ejemplos de la extraordinaria proyección audiovisual de su narrativa. Esta frecuencia no es casual: la escritura galdosiana posee una gran capacidad visual, una poderosa construcción de espacios, personajes y diálogos, y una atención minuciosa a la realidad social que la hace especialmente apta para la representación audiovisual.

Entre todas sus novelas, Fortunata y Jacinta ocupa un lugar central. No solo es una de las grandes novelas del siglo XIX español, sino también uno de los retratos más complejos y vivos del Madrid de la época. Más allá de la historia de dos mujeres enfrentadas por el amor de un mismo hombre, la obra despliega un inmenso fresco urbano, social y moral en el que desfilan la burguesía comercial, la pequeña clase media, el mundo popular, los conventos, los cafés, las corralas y las calles del Madrid que va de la Gloriosa a la Restauración.

Por ello, la adaptación realizada por Mario Camus para TVE en 1980, con diez capítulos y más de diez horas de duración, supuso un reto extraordinario. No bastaba con trasladar la trama a la pantalla: era necesario reconstruir todo un universo histórico, social y material con la máxima verosimilitud. Ahí adquiere un papel esencial la documentación y, con ella, la figura del documentalista o del asesor capaz de aportar rigor histórico, visual y ambiental a una producción de época.

2. La función de la documentación en una producción audiovisual de época

En cualquier película o serie histórica, la documentación constituye una fase decisiva del proceso de producción. Su función no se limita a reunir datos generales sobre una época, sino que debe proporcionar información precisa y utilizable para todos los departamentos implicados: guion, dirección, dirección artística, vestuario, fotografía, maquillaje o localizaciones.

En el caso de una obra como Fortunata y Jacinta, ambientada entre 1869 y 1876, la investigación debía abarcar, al menos, cuatro grandes ámbitos:

a) El contexto histórico, político y social.
Era imprescindible conocer el Sexenio Revolucionario, la Gloriosa, la caída de Amadeo, la Primera República y el comienzo de la Restauración, así como la estructura social y económica del Madrid de la época.

b) El espacio urbano.
La novela transcurre en un Madrid perfectamente reconocible: la Cava de San Miguel, la Plaza Mayor, Pontejos, Concepción Jerónima, Raimundo Lulio, Santa Engracia o el barrio de Chamberí. La reconstrucción de estos espacios exigía un estudio atento del urbanismo, la arquitectura y la vida cotidiana.

c) Las formas de vida y las costumbres.
La ambientación debía reflejar con exactitud el mobiliario, la decoración, el vestuario, la peluquería, la alimentación, las prácticas religiosas, los hábitos domésticos y los códigos sociales de cada clase.

d) Los lenguajes y los comportamientos.
Los personajes galdosianos se definen también por su habla. El mundo de Fortunata no habla igual que el de Jacinta. La diferencia social se expresa en los giros, los tonos, la cortesía, las jergas y los silencios.

Todo ello obliga a manejar una documentación muy variada: bibliográfica, hemerográfica, iconográfica, fotográfica, pictórica, audiovisual e incluso oral. En este contexto, la figura del documentalista habría resultado especialmente útil como profesional capaz de localizar, seleccionar, organizar y poner a disposición del equipo creativo las fuentes pertinentes.

Hoy esta función resulta más visible en el ámbito informativo, donde la presencia del documentalista está plenamente asumida. Sin embargo, en la ficción televisiva y cinematográfica su trabajo sigue siendo con frecuencia invisible o sustituido por tareas dispersas entre distintos departamentos. En producciones de época, esta carencia resulta especialmente significativa.

3. El caso de Fortunata y Jacinta (TVE, 1980)

3.1. Una novela especialmente apta para la adaptación

Galdós ha sido considerado con frecuencia un autor “cinematográfico”. No, evidentemente, porque escribiera pensando en el cine, sino porque su narrativa presenta una extraordinaria plasticidad visual: describe con precisión los espacios, sitúa con claridad a los personajes en el entorno, reproduce de forma viva la conversación y hace avanzar la acción mediante escenas de gran intensidad dramática.

A ello se suma su talento como observador. Galdós mira con atención los gestos, la vestimenta, los interiores domésticos, las calles, los comercios, los modos de hablar y las relaciones sociales. Esa capacidad de observación es la que permite que su novela ofrezca una base documental excepcional para su traslación a la pantalla.

3.2. Documentación histórica y estructura narrativa

La serie de Mario Camus respetó en gran medida la amplitud y complejidad de la novela, lo que obligaba a una notable labor de reconstrucción histórica. Las cuatro partes del libro no solo desarrollan una trama sentimental, sino que muestran una transformación social y política de fondo.

La primera parte presenta a la familia Santa Cruz y el mundo de la burguesía madrileña, en un contexto marcado por los cambios del Sexenio.
La segunda se centra en Fortunata y en la pequeña clase media de los Rubín, así como en instituciones como el convento de las Micaelas.
La tercera y la cuarta profundizan en el drama íntimo de la protagonista, aunque sin abandonar el entramado social que da sentido a su destino.

La documentación resulta especialmente importante en las dos primeras partes, donde se construye el fresco histórico y social del Madrid galdosiano. En las últimas, aunque predomine más la trama dramática, la ambientación sigue siendo decisiva para sostener la credibilidad del relato.

3.3. Los personajes y su visualización en pantalla

Uno de los grandes logros de la serie fue la elección del reparto. Desde su emisión, muchos lectores asocian inevitablemente a los personajes galdosianos con los rostros de los actores que los encarnaron.

Ana Belén compuso una Fortunata convincente por su mezcla de fuerza, atractivo, espontaneidad y pasión. Maribel Martín dio a Jacinta la delicadeza, la contención y la fragilidad que exige el personaje. François Eric Gendron representó con eficacia al frívolo y elegante Juan Santa Cruz, mientras Mario Pardo convirtió a Maximiliano Rubín en una figura física y psicológicamente inolvidable. A ellos se suman interpretaciones muy sólidas de Fernando Fernán Gómez como Evaristo Feijoo, María Luisa Ponte como doña Lupe, Berta Riaza como Guillermina y Charo López como Mauricia la Dura.

Pero la construcción de los personajes no dependía solo del trabajo actoral. También exigía documentación sobre indumentaria, peinados, modales, lenguaje, gestualidad y formas de sociabilidad. Cada personaje pertenece a un estrato social distinto, y esa diferencia debía hacerse visible en pantalla con naturalidad.

3.4. La puesta en escena y la reconstrucción del Madrid galdosiano

La serie requirió un importante esfuerzo de dirección artística. El Madrid de finales del siglo XIX no podía encontrarse ya intacto en la ciudad de 1980, de modo que gran parte de los espacios hubo de reconstruirse específicamente para el rodaje.

Fue necesario recrear calles, mercados, fachadas, patios, viviendas, cafés, conventos, boticas y buhardillas. Tan importante como la fidelidad arquitectónica era la reproducción de la atmósfera: el empedrado, los balcones, las tiendas, el aspecto de las casas, la diferencia entre los interiores humildes y los burgueses, o la textura material de cada mundo social.

En este sentido, la serie logró una notable verosimilitud. El espectador accede tanto a la casa acomodada de los Santa Cruz como a las corralas, a la vivienda de doña Lupe, a la botica, al convento o a los cafés madrileños. Esa riqueza escenográfica no es un mero adorno: forma parte esencial del sentido de la obra, porque en Galdós el espacio social define a los personajes tanto como sus acciones.

Mario Camus contó con asesoramiento especializado, entre otros el de Pedro Ortiz-Armengol, uno de los grandes galdosistas. Sin embargo, una producción de esta magnitud habría podido beneficiarse aún más de un departamento de documentación estable y articulado, capaz de centralizar y distribuir fuentes útiles para todos los equipos.

4. El documentalista como figura necesaria

El análisis de Fortunata y Jacinta pone de relieve la necesidad de reconocer la función del documentalista en el ámbito de la ficción audiovisual, especialmente en las producciones históricas o de adaptación literaria.

Su trabajo no consistiría únicamente en reunir materiales, sino en:

  • localizar fuentes fiables y pertinentes;
  • organizar la información por áreas temáticas;
  • facilitar su recuperación rápida por parte de los distintos departamentos;
  • detectar posibles anacronismos o errores;
  • colaborar en la coherencia global de la ambientación.

En muchas producciones esta tarea es asumida parcialmente por asesores históricos, directores artísticos o guionistas. Sin embargo, la complejidad de una adaptación como Fortunata y Jacinta demuestra que la documentación no debería ser una labor improvisada ni secundaria, sino una función reconocida dentro del proceso creativo.

5. Conclusión

La serie Fortunata y Jacinta de Mario Camus constituye un ejemplo excelente de cómo una gran adaptación literaria depende, en buena medida, de la calidad de su documentación. La fidelidad al universo galdosiano no se logra únicamente reproduciendo la trama o seleccionando un buen reparto: exige reconstruir con rigor una época, una ciudad, una estratificación social, unos espacios, unas costumbres y unos modos de hablar.

Por ello, el trabajo documental resulta esencial en este tipo de producciones y debería ocupar un lugar más visible y valorado en la industria audiovisual. La serie de TVE muestra hasta qué punto la documentación puede convertirse en soporte invisible, pero decisivo, de la verosimilitud narrativa.

Las palabras del propio Galdós en su discurso de ingreso en la Real Academia Española resumen perfectamente esta exigencia de equilibrio entre realidad y creación, entre exactitud y belleza, que rige tanto la novela como su adaptación visual:

“Imagen de la vida es la novela, y el arte de componerla estriba en reproducir los caracteres humanos, las pasiones, las debilidades, lo grande y lo pequeño, las almas y las fisonomías, todo lo espiritual y lo físico que nos constituye y nos rodea, y el lenguaje, que es la marca de la raza, y las viviendas, que son el signo de familia, la vestidura, que diseña los últimos trazos externos de la personalidad: todo esto sin olvidar que debe existir perfecto fiel de balanza entre la exactitud y la belleza de la reproducción”.


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