
Sin hipérbole alguna, hemos de considerar heroínas a las mujeres que, no siendo nobles, familiares o esposas de virreyes o gobernadores, lograban embarcar, bien porque hubieran sido llamadas por sus esposos, ya instalados en América con antelación, bien por ir a buscar un mejor medio de vida que el que tenían en Castilla.
Muchas no llegaron a su destino. Las peripecias del viaje, los riesgos sanitarios y los naufragios (hay seiscientos pecios de los tres siglos de imperio) arruinaron su proyecto e ilusiones. Una vez en tierra, sobre todo en México, aún les esperaba la “chapetonada”, que no era una enfermedad específica, sino un término que designaba infecciones, fiebres tercianas, disentería, malaria, etc., que afectaba a los recién llegados, en muchos casos, con consecuencias mortales. De hecho, “chapetón” es un apodo que han tenido los españoles en aquellas tierras.
La extracción social de las mujeres que llegaban abarca todas las clases sociales de Castilla. La aristocracia envió mujeres que destacaron como María Álvarez de Toledo y Rojas, sobrina del duque de Alba, que casó con Diego Colón, hijo del descubridor. María logró resolver el pleito que la familia Colón mantenía con la Corona, a cuenta de las capitulaciones de Santa Fe, negociando con la emperatriz Isabel, a la sazón regente de Castilla. Fue la primera virreina consorte y también regente durante las ausencias de su marido.
Juana de Zúñiga, sobrina del duque de Béjar, fue la segunda esposa de Hernán Cortés. Su lugarteniente, Pedro de Alvarado, casó con Beatriz de la Cueva, a su vez sobrina del duque de Alburquerque. Estas damas viajaban acompañadas de otras mujeres, generalmente solteras, a quienes casaban con altos funcionarios, oidores, capitanes, exploradores, encomenderos, organizando la corte virreinal.
Tal hecho no constituye una crónica de sociedad intrascendente y banal. Aquellas parejas tenían enfrente al Neolítico: gentes recolectoras, errantes, promiscuas, caníbales, incestuosas y sodomitas, que vivían a 4.500 años de atraso cultural, y requerían tener un modelaje educativo real, no meramente cognitivo. La predicación de los frailes necesitaba un refrendo claro, visible y directo que atestiguara la veracidad de la prédica. No quiero decir que no hubiera bigamias, infidelidades, violaciones e hijos naturales entre los castellanos; esas conductas también se daban, por supuesto. Pero, el modelado era patente: vida sedentaria, afianzada en un trabajo, que señalaba un ideal de conductas morales, un nuevo estilo de vida en la forma de vestir, de comer y relacionarse que era aprehensible, testimonio vivo de la nueva propuesta de estructura social. Estas mujeres predicaban con el ejemplo de su vida, que es un agente educador contundente.
Por otra parte, hubo mujeres emprendedoras como la segoviana Jordana Mejía (Villacastín, 1533 – Lima 1600). Con 20 años, viajó al Perú en busca de su marido Melchor Verdugo que había luchado junto a Pizarro en la guerra civil contra Almagro y recibido una encomienda en Cajamarca como pago. Con 34 años, Jordana queda viuda y se encarga de la encomienda en segunda vida, casándose, por obligación, con Alvaro Mendoza. Reinvirtiendo las rentas de la encomienda, Jordana creó un obraje textil que se afamó por la calidad de sus productos, incitando la envidia del virrey que quiso licenciar a los 150 indios que trabajaban en el telar. La empresaria defendió las condiciones de trabajo de los indios y ganó el pleito contra el virrey. En 1593, contaba con diez telares, 75 tornos y 85 indios empleados de alta cualificación profesional. Cuando Jordana cedió el obraje a su sobrino, le obligaba a pagar a cada empleado 1.000 pesos anuales.
El comercial fue otro canal de creación de riqueza abierto por Jordana, intermediando la compraventa de productos orientales procedentes del galeón de Manila. Jordana murió inmensamente rica, sin haber perdido contacto con su familia y pueblo de origen, donde hizo fundaciones dotadas generosamente.
No fue el caso de Ana López, sevillana, que, cuando llegó a México encontró que era viuda. Para sobrevivir, creó un taller de bordado donde trabajaban indias. Los bordadores era uno de los oficios mejor pagados en aquella época. Ana adoptó a siete indias huérfanas y logró casar, con dote, a dos de ellas. Pero, Ana no salió de la pobreza y hubo de pedir al virrey que le sufragara el pasaje de vuelta a España. Dio un modelo de trabajadora autónoma, modesta, con éxito relativo.
En el terreno militar, destaca Inés Suárez (Plasencia 1507 – Santiago de Chile, 1580). Como otros casos, viajó en 1537 para reunirse con su esposo Juan de Málaga con quien estaba casada desde los 19 años. Al llegar, supo que era viuda y tenía a su disposición la encomienda que regentaba su esposo. Su encomienda lindaba con otra de Pedro Valdivia, de quien se enamoró. Cuando Pizarro autorizó a Valdivia a explorar Chile, Inés vendió sus derechos sobre la encomienda, compró un caballo y una armadura y se fue a Chile con Valdivia, en calidad de criada, dado que Valdivia estaba casado. Estos amores inspiran la novela de Isabel Allende titulada “Doña Inés del alma mía”.
Pero, Inés no adquiere su fama a la sombra de Valdivia, sino por sus destrezas y valentía. En el desierto de Atacama, aplicó sus conocimientos de zahorí y logró encontrar agua, que salvó a la expedición. Hoy persiste la fuente conocida como el agua de doña Inés.
Colaboró en la fundación de la ciudad de Santiago y, estando ausente Valdivia, ante un ataque de los mapuches, se puso al frente de la tropa, exhibiendo las cabezas de los caciques que los indios querían liberar y que ella ordenó decapitar. El horrendo espectáculo puso en fuga a los atacantes y refrendó el liderazgo militar de Inés.
La Inquisición mandó a Valdivia que reclamara a su mujer y a Inés que se casara con Rodrigo de Quiroga. Este matrimonio duró treinta años y la pareja levantó un hospital para soldados inválidos.
Como mujeres de armas tomar, brilla Isabel de Barreto, criolla, nacida en Lima en 1565 de padres portugueses. Es conocida como Adelantada de los Mares del Sur. En 1585, se casó con Alvaro Mendaña descubridor y gobernador de las islas Salomón, a cuya muerte Isabel reclamó para sí el cargo de gobernadora y obediencia como adelantada hasta llegar a Manila, donde volvió a casarse. Al parecer, tenía un carácter indómito y belicoso, capaz de imponerse a la soldadesca, mientras consentía los desmanes de sus tres hermanos varones, que viajaban con ella.
Hay otras muchas mujeres soldado con nombre y apellidos, entre las que cabe señalar a María Estrada, que figura a caballo junto a Cortés y Pedro de Alvarado, en el lienzo de Tlaxcala. Luego, se distinguió, según la crónica, en la batalla de Morelos. Fue cofundadora de Puebla de los Ángeles. El Rey le concedió dos pueblos, Tétela del Volcán y Hueyapán; signo evidente de haber desarrollado una participación militar de primera índole, habida cuenta que, en el reparto de tierras posterior a una campaña, una mujer recibía el mismo reconocimiento que un caballo, es decir, la cuarta parte de lo que recibía un hombre. Evidentemente, dos pueblos es una asignación notable.
Beatriz Palacios, alias la Parda, llamada así por su condición mestiza; Beatriz Bermúdez de Velasco que participó en la toma de Tenochtitlan, arengando a los soldados fugitivos para que volvieran a defender sus posiciones; y Beatriz Hernández, heroína en la conquista de Jalisco y cofundadora de Guadalajara, son exponentes del papel protagonista de las mujeres, en el proceso de hispanidad.
Contamos con una descripción testimonial de Isabel de Guevara en la carta que dirigió a Juana de Austria, hermana de Felipe II, donde relata la labor en retaguardia que desarrollaban las mujeres militares. Isabel, esposa de Pedro de Esquivel, funcionario de la Corona, figura como cofundadora de Asunción y de la primera construcción de Buenos Aires, en cuyo fuerte, en 1536, sufrieron un terrible asedio por parte de indios querandíes, que les llevó a comer los cadáveres de sus propios muertos. Las mujeres, señala Isabel en su carta, hacían de enfermeras curando y aseando a los heridos, hacían centinela, rondaban los fuegos necesarios en artillería, armaban las ballestas, sargenteaban a los soldados, transportaban a cuestas a los heridos, mareaban las velas de los navíos y remaban si era preciso. Isabel facilita los nombres de otras dieciséis compañeras de aventura, ocupadas en tales menesteres.
Siendo importante el papel que la mujer jugó en espacios que la historia considera masculinos, su labor indiscutible estuvo en el campo de la enseñanza, junto a los frailes, el otro gran agente de la hispanidad.
Hemos de descubrirnos ante Catalina Bustamante, que llegó a Santo Domingo en 1514, casada con Pedro Tinoco, siendo madre de dos hijas.

En 1529, aparece como viuda y franciscana terciaria. Era frecuente que las viudas, por guardar el luto y su honra, se replegaran en un convento, sin profesar los votos; hacían vida monacal, como donadas. Catalina, en aquella fecha dirigía un colegio para niñas indígenas en Texcoco (México). Ante el secuestro de dos alumnas efectuado por el cacique de Oaxaca, al ver que la Audiencia local no tenía en cuenta su denuncia, apeló al emperador, y la emperatriz Isabel, habitualmente regente de Castilla, falló a su favor. Con este pleito, Catalina ganó prestigio y el obispo Zumárrga le encomendó el colegio femenino de Nezahualcayotzin, cuyo claustro era enteramente femenino.
Para implorar el amparo de la emperatriz, en 1535, Catalina viajó de Veracruz a Sevilla. La emperatriz financió su viaje y el de otras tres terciarias y les hizo una donación de material escolar.
Un año después, Catalina informó al Consejo de Indias que tenía funcionando diez colegios, donde mantenía internas a cuatro mil niñas, que no disponían de becas gubernamentales y se sostenían con cargo al diezmo eclesiástico, donaciones y rentas fiscales de las minas y encomiendas, una vez pagado el quinto real.
El plan de estudios de estos centros, además del catecismo, obligado por la bula Inter coetera de Alejandro VI, se enseñaba canto, higiene personal, cocina, lengua castellana y oficios, especialmente, textil y bordado. Tenía prioridad enseñar a las alumnas a leer su propia lengua, el náhualt, que era una lengua ágrafa hasta que Andrés del Olmo creó su gramática y diccionario, casi 100 años antes que el francés tuviera gramática y más de 100 antes que el inglés. De todo esto no habrá que pedir perdón.
La selección de mujeres notables que acabo de hacer no agota el elenco de mujeres bravías, feministas avant la lettre que, junto a los hombres, protagonizaron la epopeya de la hispanidad, lidiaron la batalla de remontar el anquilosamiento atávico en el que encontraron a la población indígena y pelearon por equipararse en deberes y reconocimientos con sus maridos. Todas eran mujeres fuertes, algunas heroínas, que es necesario rescatar de la incuria con que han sido tratadas por la Historia y por sus propios coetáneos, como veremos en el próximo artículo.
Francisco Massó Cantarero















