
Rosa Amor del Olmo
Fecha de publicación y datos editoriales
Benito Pérez Galdós escribió La expulsión de los moriscos durante sus años de estudiante en Madrid, aproximadamente en 1864 (con 21 años de edad). Algunas fuentes fechan su culminación en 1865, pero lo cierto es que no llegó a publicarse entonces ni a imprimirse como libro. Galdós entregó el manuscrito en 1864 al Teatro del Príncipe, buscando su estreno, pero la obra fue rechazada o al menos pospuesta y finalmente nunca subió a las tablas. Tampoco apareció publicada en revistas ni folletines de la época, quedando inédita. Galdós conservó el texto manuscrito en su poder – de hecho, años más tarde (en 1912) declaró que aún guardaba aquel libreto juvenil – lo que indica que no lo destruyó ni lo olvidó completamente. Sin embargo, tras la muerte del autor en 1920, dicho manuscrito no fue encontrado entre sus papeles, por lo que se presume perdido para la posteridad. En vida de Galdós, entonces, la obra permaneció inédita y prácticamente desconocida fuera de su círculo íntimo.
En cuanto a ediciones modernas, al ser un texto no conservado, no existe una edición oficial ni versión reconstruida de La expulsión de los moriscos. A diferencia de otra obra temprana de Galdós – Un joven de provecho (1867) – cuyo manuscrito sí apareció décadas después y pudo finalmente publicarse póstumamente en 1936, La expulsión de los moriscos nunca ha visto la luz en forma impresa. Los catálogos de obras galdosianas suelen incluirla con la nota “(perdida)” o “no conservada”. En recopilaciones o estudios, se la menciona a veces como curiosidad bibliográfica, pero no existe una versión que el público pueda leer. Por tanto, desde el punto de vista editorial, La expulsión de los moriscos permanece como una pieza inédita dentro de la producción galdosiana. Sus únicos “datos editoriales” serían la fecha de composición (1864-65) y su género (drama histórico en verso). En resumen, nunca fue publicada por editorial alguna ni estrenada en teatro comercial, y su texto original se ha perdido, por lo que su contenido exacto sigue siendo un enigma literario.
Relación con otras obras de Galdós
La expulsión de los moriscos ocupa un lugar especial como parte de los primerísimos trabajos literarios de Galdós. En concreto, forma tríada con otras dos obras teatrales juveniles del autor: «Quien mal hace, bien no espere» (un drama en verso de 1861) y «Un joven de provecho» (comedia escrita hacia 1867). Estas tres piezas (junto con un posible drama titulado El hombre fuerte) representan los ensayos dramáticos iniciales de Galdós, anteriores a su carrera como novelista consagrado. Todas ellas comparten el hecho de que no fueron estrenadas en su momento. Galdós las escribió con “vertiginosa rapidez” en sus años de formación y las guardó celosamente, sin mostrarlas mucho, pues él mismo pronto las consideró obras inmaduras. De hecho, en la novela El doctor Centeno (1883), Galdós proyecta algo de su experiencia: el personaje Alejandro Miquis es un joven aspirante a dramaturgo que “tenía tres dramas, ya desechados por su propio criterio”, clara alusión a los tres dramas tempranos (incluyendo La expulsión de los moriscos) que el propio Galdós había abandonado. Esta referencia literaria indica que Galdós, con el tiempo, desechó o dejó atrás esas obras juveniles, reconociendo implícitamente sus limitaciones.

No hay evidencia de que La expulsión de los moriscos esté directamente conectada argumentalmente con ninguna otra obra de Galdós; no forma parte de una serie ni tiene secuela. No pertenece a los “Episodios Nacionales”, la célebre saga de novelas históricas galdosianas, ya que estos episodios se centran en el siglo XIX (inician con Trafalgar en 1805 y llegan hasta la Restauración de 1874). El episodio de 1609 queda muy anterior al ámbito cronológico de esas novelas. Por tanto, La expulsión de los moriscos se puede considerar una obra aislada en la producción galdosiana, al menos por su tema histórico. Curiosamente, Galdós nunca más volvió a escribir ficción ambientada en el Siglo de Oro o el XVII; sus novelas históricas posteriores se sitúan en la Guerra de la Independencia, guerras carlistas, etc., siempre siglos XIX o XVIII tardío. Esto hace de La expulsión de los moriscos un intento único de Galdós por recrear un suceso del pasado más remoto de España.
Dicho esto, sí podemos trazar continuidades temáticas con obras posteriores. El tema de la intolerancia religiosa y la convivencia cultural que subyace en la expulsión de los moriscos resurge en novelas como Gloria (1877), donde Galdós narra un amor imposible entre una católica y un judío converso, denunciando prejuicios religiosos, o en Doña Perfecta (1876), que critica el fanatismo católico en la España rural. Asimismo, en uno de sus Episodios Nacionales tardíos, «Aita Tettauen» (1905), Galdós relata la guerra de África de 1859-60 contra los marroquíes, haciendo referencia a los moros del norte de África; en esa novela alude a la idea de que algunos descendientes de los moriscos expulsados siglos atrás aún vivían en territorio magrebí, manteniendo resentimientos hacia España. Aunque La expulsión de los moriscos no esté directamente ligada a Aita Tettauen, ambos textos revelan el interés galdosiano por la relación histórica entre España y el mundo islámico. Podemos decir que Galdós, desde joven, mostró sensibilidad hacia el tema de la expulsión/aceptación del “otro”, y esa inquietud atravesó de un modo u otro su obra.
En relación con su evolución literaria, La expulsión de los moriscos marca el temprano idilio de Galdós con el teatro, una vocación que luego postergó. Tras este y sus otros intentos sin éxito, Galdós abandonó el teatro temporalmente “para entregarse por completo a la novela”. A partir de 1870 inició su exitosa carrera novelística (con La Fontana de Oro ese año) y durante más de dos décadas se concentró en narrar en prosa, convirtiéndose en el gran novelista del Realismo español. No fue hasta 1892 cuando Galdós regresó triunfalmente al teatro con obras maduras (Realidad, La de San Quintín, Electra, etc.). En ese sentido, La expulsión de los moriscos se relaciona con el resto de su producción como el “punto de partida” de su camino creativo, aunque él mismo lo viese después como un punto de partida fallido o insatisfactorio. Un crítico señala que Galdós volvió a retomar el teatro ya consagrado como novelista, “volviendo al punto de partida que La expulsión de los moriscos dejó convertido en un hito de desencanto”. Esto sugiere que el fracaso de aquella obra juvenil quedó en la memoria de Galdós como una espina inicial, un desengaño que solo mucho más tarde lograría resarcir al conquistar por fin los escenarios.
Recepción crítica y relevancia en la obra de Galdós
Al no haberse estrenado ni publicado en su época, La expulsión de los moriscos no tuvo recepción crítica contemporánea. No hay reseñas periodísticas de 1865 evaluando la obra, ni se conocen reacciones de público, simplemente porque no llegó al gran público. Podemos suponer que Galdós la mostró quizá a algún amigo o mentor (tal vez a su profesor Fernando de Castro o al propio Manuel Catalina), pero no hay constancia documentada de comentarios críticos de entonces. El joven Galdós probablemente sintió frustración al ver que su drama no encontraba salida en el circuito teatral. Él mismo calificó retrospectivamente aquella experiencia como un desencanto: la obra se convirtió en un pequeño fracaso personal que contribuyó a que perdiera la fe en triunfar como dramaturgo en ese momento. Este desencanto lo empujó a redirigir sus energías hacia la novela, donde pronto hallaría el éxito. En sus memorias y correspondencias, Galdós menciona de pasada estos primeros intentos teatrales casi con modestia, admitiendo que en su juventud “el teatro sí me entusiasmaba”, pero que las circunstancias de la escena española lo apartaron de él. No reivindicó nunca La expulsión de los moriscos como una obra meritoria; más bien la dejó en el olvido, señal de que él mismo la juzgaba inferior a sus logros posteriores.
En la valoración global de la obra de Galdós por parte de la crítica, La expulsión de los moriscos ocupa un lugar muy menor, casi anecdótico. Los especialistas suelen mencionarla únicamente al trazar la cronología de su producción literaria o al estudiar la temprana vocación teatral galdosiana. Por ejemplo, el hispanista Montesinos la cita como uno de los “pinitos” románticos juveniles de Galdós, influenciados por lecturas escolares, sin atribuirle mayor importancia estética. Otros, como Francisco Cańovas Sánchez, resaltan que estas obras iniciales no pasan de ser ejercicios de aprendizaje que no consiguieron materializarse en la escena. En términos de relevancia, su valor radica más en lo biográfico que en lo literario: nos revela al Galdós adolescente/aprendiz, empapado de romanticismo e historia, antes de hallar su voz realista. También es relevante por el tema escogido – inusual para un dramaturgo novel – que anticipa preocupaciones éticas que Galdós profundizaría después (la intolerancia, el choque cultural). Sin embargo, al carecer de texto, La expulsión de los moriscos no ha podido ser objeto de análisis estilístico ni ha influido en la literatura posterior, más allá de su significado como antecedente.
En la obra global de Galdós, esta pieza temprana tiene el interés de ser su debut teatral fallido. A la postre, Galdós sería reconocido como coloso de la novela y también, años más tarde, como renovador del teatro español finisecular, pero La expulsión de los moriscos es una página en blanco en ese recorrido: un intento que no dejó huella concreta en su producción pública. La crítica literaria, al evaluar su teatro, suele enfocarse en las obras a partir de Realidad (1892) en adelante, considerando prácticamente irrelevantes sus piezas de juventud. Incluso Galdós optó por no incluir este título en ninguna recopilación ni lo mencionó en su discurso académico; señal de que lo consideraba un ensayo de juventud superado. En palabras del estudioso Ricardo Gullón, Galdós “confesó poéticamente su juventud” en la figura de Alejandro Miquis – el dramaturgo fracasado – y al hacerlo enterró simbólicamente aquellas obras primerizas.
En conclusión, La expulsión de los moriscos no tuvo impacto crítico ni popular en su momento por no haberse ni visto ni leído. Su importancia reside en lo que representa: el temprano interés de Galdós por el teatro y por los grandes temas históricos y morales de España. Es relevante a nivel histórico-literario como el germen de la vocación teatral de uno de los mayores escritores españoles. Supone también un curioso ejemplo de cómo Galdós, asociado al Realismo decimonónico, comenzó en realidad probando las fórmulas del Romanticismo. Aunque perdida y olvidada en términos literarios, la obra enriquece la comprensión del itinerario creativo de Galdós, evidenciando que tras un “hito de desencanto” juvenil llegó la rectificación de rumbo que lo llevaría a convertirse en el gran novelista histórico de su siglo. En la gran balanza de la obra galdosiana, La expulsión de los moriscos es una pieza menor, pero su existencia nos recuerda que incluso los genios literarios empiezan con vacilaciones y borradores que, aunque no perduren, pavimentan el camino hacia sus obras maestras.
Investigación: «La expulsión de los moriscos» de Benito Pérez Galdós
Contexto histórico del texto
Escena de la expulsión de los moriscos en Valencia (óleo anónimo, ca. 1613). La expulsión de los moriscos de España fue ordenada por el rey Felipe III, llevándose a cabo de forma escalonada entre 1609 y 1614. Este edicto supuso la salida forzosa de unas 300.000–350.000 personas de origen morisco, es decir, descendientes de los musulmanes convertidos al cristianismo (llamados moriscos). Los primeros expulsados fueron los del Reino de Valencia en 1609, seguidos por los de Andalucía, Extremadura, Castilla y Aragón durante 1610, y finalmente los del Reino de Murcia hasta 1613. La medida tuvo un enorme impacto demográfico y económico, especialmente en Valencia (que perdió alrededor de un tercio de su población) y Aragón (un sexto). Este episodio histórico, marcado por el fanatismo religioso y la intolerancia, ha sido considerado una tragedia nacional y ha suscitado amplios debates historiográficos.
En el siglo XIX, el tema de los moriscos y su expulsión despertó renovado interés intelectual y artístico en España, dentro del ambiente romántico que buscaba episodios dramáticos de la historia nacional. Benito Pérez Galdós, nacido en 1843, creció en este contexto cultural. En su juventud como estudiante en Madrid (años 1860-1865), Galdós era un entusiasta del teatro y de la historia patria. Diversos estudios sugieren que pudo haberse inspirado en obras artísticas de su época: por ejemplo, un cuadro histórico sobre la expulsión de los moriscos presentado en la Exposición Nacional de Bellas Artes de 1867 (obra del pintor Francisco Domingo Marqués) pudo servirle de estímulo para escribir un drama sobre dicho acontecimiento. Además, Galdós menciona en sus Memorias que ya en esos años estudiantiles “invertía parte de las noches en emborronar dramas y comedias”. La elección del tema de los moriscos no es casual: era un asunto de moda entre los escritores románticos de mediados del XIX, probablemente aprendido en sus estudios y lecturas escolares. En suma, el joven Galdós encontró en la expulsión de los moriscos un tema de gran carga dramática e histórica, acorde con la sensibilidad romántica de la época, y decidió convertirlo en material literario para uno de sus primeros ensayos teatrales.
Resumen del contenido
«La expulsión de los moriscos» es un drama histórico escrito por Galdós hacia 1864-1865, que recreaba precisamente aquel hecho histórico del siglo XVII. Desafortunadamente no se conserva el texto completo de la obra – se considera una obra “perdida” – por lo que el argumento solo puede inferirse de su título y contexto. Sabemos por los biógrafos que Galdós entregó el manuscrito en 1864 al empresario Manuel Catalina, director del Teatro del Príncipe de Madrid, esperando su estreno. Sin embargo, nunca llegó a representarse en escena, ni a publicarse en vida del autor.
A pesar de la ausencia del libreto, es claro que el drama dramatizaba el decreto de 1609 y sus consecuencias. Es de suponer que Galdós presentó en la obra los conflictos y dilemas que rodearon la expulsión: quizás escenas del destierro de familias moriscas, la respuesta de las autoridades (por ejemplo, la figura del rey o del valido que promulgó la orden), y el choque entre la piedad y la intolerancia religiosa. Algunos indicios apuntan a que podría haber sido una obra breve (en un acto) y escrita en verso, al estilo de los dramas románticos históricos de la época. El propio Galdós la calificó como “drama histórico”, género con el que ensayaba por entonces. Es probable que el clímax incluyera momentos emotivos – por ejemplo, la partida de los moriscos hacia el exilio – buscando conmover al público sobre la injusticia y el dolor de aquel destierro. No obstante, no disponemos de detalles concretos de personajes o escenas, por lo que cualquier resumen debe tomarse con cautela. En esencia, «La expulsión de los moriscos» pretendía recrear sobre las tablas el episodio histórico de 1609, con su carga trágica y moral, ofreciendo una interpretación dramática de uno de los momentos más tensos de la historia española.
Análisis temático y literario
Temáticamente, la obra se enmarca en la tradición del drama romántico histórico muy en boga a mediados del siglo XIX. Los primeros escritos teatrales de Galdós, incluida La expulsión de los moriscos, eran de “gusto romántico”, en línea con muchos escritores de su generación. Esto implica que probablemente exhibían los rasgos típicos del Romanticismo teatral: ambientación en el pasado histórico nacional, tono emotivo y grandilocuente, personajes enfrentados a un destino trágico y conflictos morales intensos. En este caso, el choque entre la autoridad religiosa-política y una minoría cultural (los moriscos) habría proporcionado un potente conflicto dramático. Es muy posible que la obra transmitiera una crítica implícita a la intolerancia religiosa y a la injusticia de la expulsión, dado que Galdós, de convicciones liberales, más tarde denunció en sus novelas los estragos del fanatismo. (De hecho, en novelas posteriores como Doña Perfecta (1876) Galdós arremete contra las “actitudes religiosas intolerantes” en la España tradicional, un eco temático que bien pudo tener sus raíces en preocupaciones ya vislumbradas en este drama juvenil).
En cuanto a su forma literaria, todo indica que Galdós compuso la obra en verso (como solía hacerse en el teatro serio de la época) y posiblemente en un acto único o pocos actos, dado su carácter de primerizo ensayo teatral. El estilo probablemente imitaba el lenguaje elevado y poético de los dramas históricos románticos. Galdós, a sus veinte años, admiraba a dramaturgos españoles como Antonio García Gutiérrez o José Zorrilla, por lo que es plausible que La expulsión de los moriscos contuviera monólogos apasionados, contrastes entre honor y violencia, y un intento de moralizar a través de la historia. Cabe destacar que elegir un suceso del siglo XVII lo alejaba de la contemporaneidad inmediata, lo que le permitía tratar indirectamente temas universales (fanatismo, convivencia cultural, destino nacional) sin aludir a censuras políticas presentes. La obra, por tanto, tenía un valor alegórico: los moriscos expulsados podían representar, en clave romántica, a cualquier pueblo oprimido, apelando a la empatía del espectador decimonónico.
Desde la perspectiva literaria, los críticos señalan que estas obras tempranas de Galdós adolecían de cierta ingenuidad propia de un autor novel. El propio Galdós nunca publicó La expulsión de los moriscos, y en su madurez pareció considerarla poco más que un ejercicio de aprendizaje. El estudioso Federico Carlos Sainz de Robles comenta que “solo sabemos” de esta obra que Galdós la presentó a un teatro y que estaba escrita en verso, sin que trascendiera más. En suma, en La expulsión de los moriscos Galdós explora por primera vez temas que luego serían centrales en su narrativa (la intolerancia religiosa, el choque entre tradición y progreso, la compasión hacia los marginados), pero lo hace todavía bajo el ropaje estético del Romanticismo, lejos del realismo y la profundidad psicológica que caracterizarían sus creaciones posteriores.















