
Domingo César Ayala, Universidad de Jaén
Resumen:
Los Episodios Nacionales suponen, además de la obra más ambiciosa de su autor, un espejo ficcionado de la realidad contemporánea de todo el siglo XIX con difícil parangón en la literatura europea. Su precisión en la configuración de caracteres convierte a Galdós en uno de los más certeros creadores de personajes de nuestras letras, no solo de aquellos nacidos de su propia inventiva, sino de los basados en referentes de la realidad. Este trabajo pretende tomar como paradigma el caso del general Manuel Gutiérrez de la Concha, Marqués del Duero, para resaltar la imagen que Galdós proyecta de su figura y comparar su presencia en los Episodios Nacionales con otros testimonios de la época, ya sean o no de naturaleza fictiva.
Palabras clave: Galdós, realidad y ficción, personajes, Marqués del Duero, Episodios Nacionales.
Realidad y ficción. La creación de un personaje
Me parece pertinente e incluso necesario comenzar este artículo haciendo una reflexión sobre la relación de dos ámbitos de carácter fenomenológico que han influido, y de qué manera, cabría decir que más que ninguna otra cosa, en los parámetros de creación no sólo literaria sino artística: la realidad y la ficción, la inserción de la realidad en la ficción, la adecuación de la ficción a la realidad, los motivos de lo real en lo creado, o lo que viene a ser lo mismo, el principio de mimesis, o su paso de la propia imitación a la representación de lo real, a la diégesis. Para los griegos esta imitación de la naturaleza, y tomemos ese término como sinónimo de la realidad para nuestros propósitos, esa imitación, decimos, es la base de todo conocimiento y aprendizaje. Pero no es menos cierto que desde las teorías científicas de Heisenberg y su principio de incertidumbre[1], o la formulación de lo real y la realidad a través del psicoanálisis de Jacques Lacan[2], por no meternos en las implicaciones del sujeto en la posmodernidad última, sabemos que esta realidad no es única ni estática, y mucho menos que su conocimiento pueda ser objetivo. La representación, interpretación o imitación de lo real viene constreñida, matizada y muchas veces determinada por la visión del ojo del artista, incluso por factores ajenos a sí mismo como puedan ser la cultura o las mentalidades colectivas. No hace falta señalar que los conceptos o nociones de época, más allá de condicionantes historicistas, son hoy admitidos como parte de la recepción de la obra y si se quiere, rizando un poco el rizo, como motivador o elemento explicativo de la misma.

Lo anteexpuesto, siendo rigurosamente exacto para casi la totalidad de las artes, tiene unas aplicaciones especiales en el ámbito de la literatura, donde la expresión de la realidad se ha tomado desde antiguo como una marca que sobrepasar o a la que acercarse, configurando movimientos y corrientes de diversa índole que siempre se han caracterizado por sucederse en un continuo escorzo afirmando o negando los predicamentos de la verosimilitud y la invención.
Para el novelista la asunción de uno u otro patrón supone desde el principio adscribirse a unos cánones, a unas pautas que deben marcar el desarrollo de su labor creadora dirigiéndole en un sentido concreto. Una novela es la puesta en práctica de un artificio, pero también de una estructura que debe mantenerse de acuerdo a unas leyes y según unas cuestiones y características que el escritor debe dominar, debe ordenar de cierta manera para lograr su objetivo. Todo texto es o debe ser, en buena teoría, un todo cohesionado, coherente y ordenado. Y aquí es donde nos surge el primer escollo, porque resulta que la realidad no es ordenada, sino caótica. Nuestro mundo no es una representación pictórica, estática, sino que está en continuo movimiento, en permanente cambio y contradicción. El suelo sobre el que asentamos nuestro edificio imitador está profundamente resquebrajado, lleno de grietas. ¿Cómo ser entonces fiel a estos dos enjundiosos asuntos? La única respuesta posible es que es sencillamente imposible; no sabemos si la realidad supera a la ficción o viceversa, lo que sí parece claro es que son esferas distintas que sólo están unidas por un tenue hilo de inspiración por más que se traten los mismos hechos, situaciones y personajes. Cuando, por ejemplo, Galdós novela el siglo XIX español lo hace valorando, recreando y juzgando veladamente unos hechos que en buena parte le son ajenos, e incluso los que hubieran sido vividos en primera persona, como pueda sucederle a Ramón J. Sender cuando transita la novela reportaje en Imán y sus crónicas de la guerra de África, no pueden ser contados en su plenitud, sino desde una sola perspectiva, la del autor, que como hemos dicho está condicionada por su propio ojo, inevitablemente. La mirada aséptica en literatura es imposible.
Según esta hipótesis, ¿qué conclusión podemos sacar en cuanto a la composición de un personaje se refiere? Tomemos un héroe o protagonista real, histórico, y encuadrémoslo en su contexto epocal sin que desentone; por tanto, sin inventar nada. Situando al narrador en una perspectiva externa y omnisciente, es decir, utilizando la tercera persona narrativa, el novelista se obliga a explicar un mundo que no solamente no es el suyo, sino que tampoco es el del propio narrador, con lo que se crea un doble juego de ausencias reales, de traslados y representaciones que acaban por difuminar en gran medida la referencia, y convierten al texto en una realidad independiente, nueva, creada por una suerte de demiurgo literario. Los integrantes de ese mundo, por tanto, no serán quienes fueron en la realidad, sino tipos nuevos que asombrosamente puedan guardar relación con sus reflejos naturales, pues es el antojo del creador y no otra cosa lo que de ellos hace posible que sean entes y no entelequias. Indudablemente todo novelista prende de su alrededor materiales para sus obras, pero el préstamo se queda ahí, en el umbral de la creación, en un aspecto más motivador por parte de la realidad que deudor por parte de la ficción. Y esto, aun queriendo que no fuese así, aun pretendiéndolo algunos novelistas que se consideran adalides del realismo, no tiene más remedio que ser de esta manera, la cual, por otra parte, se nos antoja la mejor y más hermosa.
Referencias literarias al Marqués del Duero
Manuel Gutiérrez de la Concha ha pasado a la historia de España principalmente por sus papeles como militar y estadista. En el primer aspecto, es el soldado de infantería con mayor número de cruces laureadas de San Fernando, participó en las tres guerras carlistas y dirigió una expedición encaminada a mantener a María I de Portugal en su trono, por cuyo éxito consiguió su título nobiliario de Marqués del Duero[3]; en el segundo, además de presidir en varias ocasiones el Senado, formó parte de las habituales conspiraciones e intrigas palaciegas del XIX: los golpes contra Espartero en 1841 y 1843, la proclamación de Isabel II, el advenimiento de la República e incluso la Restauración, en la que fue uno de los principales valedores de Alfonso XII, aunque su muerte en batalla le impidiese verlo coronado como rey. De este modo, nuestra literatura no podía pasar por alto su notoria contribución al devenir nacional, y no es extraño que sea recordado y recreado por diversos autores de dispares modos. Hemos dividido esas referencias literarias en dos grandes apartados temáticos por parecernos de mayor claridad expositiva y conceptual más que el mero rosario de referencias que tuvieran directamente que ver con tal o cual autor. Así, estos dos bloques a los que nos referimos, de acuerdo al distingo más arriba esbozado, son la vida pública o vida política y la vida militar.
Si comenzamos por el principio, por los orígenes del personaje, vemos que el futuro general de la Concha nace en la provincia de Tucumán, en Argentina, en 1808, una época en la que el país platense es aún colonia española. No en vano su padre, el brigadier Juan Gutiérrez de la Concha, fue gobernador de esta intendencia y murió en las primeras luchas independentistas[4]. Con respecto a su origen y la posibilidad de que nacer allende los mares pudiera acarrearle algún tipo de desprestigio o tara en su carrera, una voz tan autorizada en el asunto como Juan Valera, el costumbrista autor de Pepita Jiménez, dice unas palabras. Y señalo lo de voz autorizada porque Valera fue embajador en Estados Unidos, gran conocedor de la idiosincrasia hispanoamericana, si es que en algún momento se puede hablar de ella como conjunto, y en definitiva, autor de una serie de artículos y pequeños ensayos recogidos como libro con el título Estudios críticos sobre Historia y Política, el cual es sin duda un volumen tremendamente revelador sobre las condiciones de independencia de las colonias americanas del que extractamos el siguiente testimonio:
Por parte de los españoles peninsulares no hay odio, ni desdén, ni sombra de enojo contra los hispanoamericanos […]. Americano era Alarcón, y no hay quien no le cuente entre nuestros grandes y gloriosos poetas dramáticos. […]. Americana era doña Gertrudis Gómez de Avellaneda y figura en España como la primera de nuestras poetas líricas. Y la poetisa que la sigue, y que tendríamos por la primera si la Avellaneda no hubiera nacido, es sor Juana Inés de la Cruz, también americana. No perjudicó ni estorbó su calidad de americanos ni a Gorostiza, ni a Ventura de la Vega, ni a Rafael María Baralt, ni a José Heriberto García de Quevedo, para ser entre nosotros altamente encomiados, aplaudidos y honrados con puestos y cargos importantes. Por eminentes hombres de Estado y popularísimos caudillos han pasado en España otros varones ilustres, nacidos también en América. Valga para ejemplo el Marqués del Duero.[5]
Este texto nos habla muy a las claras, desde el ámbito del ensayo literario y político, de la dimensión que la figura del Marqués del Duero como personaje público tenía entre sus contemporáneos, capaces de identificar su nombre sin una sola alusión a sus múltiples cargos ni empresas, y sin entrar a relatar ningún episodio concreto de su carrera como sí harán los autores que le dediquen algún pasaje en sus novelas. La influencia de Gutiérrez de la Concha en la vida de la corte y su estatus de «eminente hombre de Estado» es la correspondiente a alguien que, como él, si bien por méritos propios y no por linaje de rancio abolengo, ostentara una Grandeza de España. Podemos ratificarlo en un texto del mismo autor, una «Nota de sociedad» perteneciente a una de sus colaboraciones en prensa, donde se nos relatan dos hechos de lo que hoy podríamos llamar “prensa del corazón seria”, un baile en casa de don Carlos Calderón y una representación dramática en casa de los duques de Medinaceli. El texto se corresponde con este último acontecimiento:
El teatro donde se presentó este espectáculo es muy bonito. En la sala cabrán holgadamente doscientas personas. Allí estaban, como ya hemos dicho, su majestad la reina, que se mostró complacidísima de la función; su majestad el rey, los serenísimos señores duques de Montpensier, el infante don Sebastián y los nietos de Luis Felipe, de que ya hemos hablado. Se hallaban también, vestidos de uniforme, los generales duque de Valencia, marquésde Duero, de San Román y de Miraflores; los duques de Osuna, Alba, Abrantes, Ahumada, Bailén y Fernandina, y otros individuos de nuestra primera aristocracia. Asimismo asistieron algunos artistas y poetas, como los señores Romea, Arjona, Manuel delPalacio, el ya mencionado don Ventura de la Vega y el ilustre marqués de Molins.[6]
Nos encontramos a nuestro hombre como integrante de la nómina de personalidades que asisten a fiestas o representaciones de teatro de la más alta alcurnia, codeándose con importantes miembros de la nobleza de la talla de los duques de Osuna o Alba, o la mismísima reina Isabel. Como detalle curioso, señalaremos que entre las damas asistentes al baile (y de las que se elogia su belleza) se incluye a Petra de Alcántara, hija del general Gutiérrez de la Concha:
el baile delseñor Calderón, donde se hallan las más bellas y elegantes mujeres de Madrid, que es como si dijéramos delmundo todo! Pondremos aquí una lista, aun cuando sea incompleta, y el lector calculará el aspecto admirable que debían presentar aquellos salones. Allí estaban su alteza la infanta doña Isabel Fernandina […], las vizcondesas de Armería y Manzanera; la baronesa de Hortega; las condesas delReal, Fuenrubia, Velle, Sástago, Nava de Tajo, Berberana, Torrejón, Cimera, Goyeneche y Campo Alange; las marquesas de Portugalete, Pezuela, Molins, Isasi, Duero…[7]
Pero mucho antes de esto, el Marqués del Duero se habrá encontrado en lances de gran importancia en la Historia de España, tanta como para ser atendida por el mejor novelista del XIX y uno de los más grandes cronistas de nuestra literatura: don Benito Pérez Galdós. La presencia de nuestro personaje en los Episodios Nacionales, sus cuarenta y seis obras que cubren desde 1805 hasta 1880, es decir, desde la batalla de Trafalgar hasta la Restauración borbónica, no es excesivamente prolija, pero sí muy constante, sobre todo en los episodios pertenecientes a la tercera etapa, que se corresponden con la Primera Guerra Carlista y la Regencia de María Cristina, y los primeros de la cuarta, que lo harían con el reinado de Isabel II. Encontramos un retrato importante del militar en la obra Vergara, que es interesante analizar:
Siguióle Fernando a Pamplona, donde hizo nuevas amistades, muy gratas: Manuel de la Concha, ya coronel, hermano dePepe, y que si en lagallarda figura se le asemejaba, no así en el carácter, que era vivísimo, tirando a violento, poseído de lapasión militar en sumo grado, y del anhelo desaber mucho y depracticar lo que aprendía.[8]
Así pues, tenemos en la Primera Guerra Carlista a un joven de apenas treinta años que ya ostenta el grado de coronel. Si atendemos mínimamente al retrato que se nos hace, o al esbozo, adivinamos ya condiciones que serán una constante en la figura de Concha: un carácter fuerte y orgulloso, duro, un militar de gran porte y elegancia… Se nos presenta con unos atributos que debemos asumir como positivos en la figura de un guerrero, como si Galdós pretendiese anticipar los enormes éxitos del futuro marqués, anunciando lo que años después sucederá: que Manuel Gutiérrez de la Concha será considerado por sus iguales como un fino estratega (de ahí, y no sólo de su valentía, la rápida promoción en la carrera militar) y como uno de los caudillos más capaces y respetados del ejército. En definitiva, en cuanto a composición de un personaje, Galdós está preparando lo que podríamos considerar la génesis de nuestro héroe. Además de ello, y en un detalle que podría tener mucho que ver tanto con la teoría bélica como con las inquietudes agropecuarias (ejemplos de la poliédrica personalidad de Gutiérrez de la Concha son hechos como que escribió un clásico manual de guerra, el Proyecto de táctica de las tres armas, o que introdujo el cultivo de la caña de azúcar en la Costa del Sol), Galdós nos indica la curiosidad incansable del joven coronel a quien atribuye un «anhelo de saber mucho y de practicar lo que aprendía».
Para entender lo que sigue, es preciso hacer un poco de somera memoria. Tras la Primera Guerra Carlista, los más destacados militares del ejército, y recordemos que el Marqués del Duero lo es, adquieren un protagonismo exacerbado que ha llevado a algunos historiadores a hablar de esta época como el “Régimen de los generales”[9], ya que se sucedieron en el gobierno durante un periodo que abarca nada menos que treinta años, Espartero, Narváez, O´Donnell, Prim y Serrano. Con todos, de una forma o de otra, estuvo relacionado Gutiérrez de la Concha. La llegada al poder del primero de estos militares, Baldomero Espartero, se produce en 1840, tras la salida forzada hacia el exilio de la viuda de Fernando VII, la hasta entonces regente María Cristina. El siguiente libro de la serie de los Episodios, Montes de Oca, integra la trama en el contexto de las deliberaciones para elegir a un nuevo titular de la Regencia. La referencia a Concha en este caso modifica el tono vagamente laudatorio anterior, y muestra a un personaje descontento con la situación, intrigante y conspirador, al tiempo que lo rodea de individuos subversivos a los que se les endosa el epíteto de “cerdos”:
Por algo que dejó escapar la suma discreción de Espartero, por lo que poco antes le había dicho la Duquesa, y por lo que oyó después en la Secretaría, entendió Ibero que el Gobierno olfateaba conspiraciones. Síntomas de displicencia apuntaban en ciertos círculos, resto nefando de las antiguas logias; cuchicheos misteriosos sonaban en los cuarteles. […] Figuras importantes del Ejército iban marcando su actitud paladinesca en favor de la ilustre proscripta, que recibía corte de descontentos en su residencia de la Malmaison, comprada a los herederos de Josefina. No era sólo Belascoain el que cerdeaba. Manuel de la Concha tenía muy arrugado el entrecejo, y su hermano Pepe, amigo de Espartero y a punto de emparentar con él, no podía vencer la sugestiva atracción de su hermano; de Juanito Pezuela nada podía asegurarse; O’Donnell era declarado cristino; mas su fría cara irlandesa no revelaba sus intenciones[10].
Encontramos así que Galdós moldea su punto de vista de acuerdo a la visión que pretende darnos de los hechos, conformando, en el caso del general de la Concha, las aristas de una personalidad diversa, en evolución, lo que dota a todos sus personajes (y en concreto a este) de la vivacidad propia de lo auténtico, más allá de lo verosímil. El cambio en la visión descriptiva moldea los pliegues del carácter tratando de dotar de humanidad a los actantes secundarios.
Será en el relato de años posteriores cuando se descubrirá que el general Concha tiene una participación activa en los levantamientos e intentos de intromisión de los militares en la vida política, como ha pasado casi siempre y no podía ser de otro modo, en el siglo XIX español. No tarda más de un año en producirse el primer intento de derrocar a Espartero, convertido en regente de Isabel II, aunque el golpe fracasa, y algunos de sus líderes, como el Marqués del Duero, deben marcharse al exilio. Este hecho aparece narrado por Galdós en Los Ayacuchos, donde se da cuenta de «cómo se les frustró el magno complot, por precipitación, por azoramiento, y más que nada por obra de esta Providencia particular de nuestra España que nos saca de todos los apuros»[11]. “Ayacuchos” era el término con el que se conocía a Espartero y sus más cercanos oficiales, en recuerdo de su pasado en las luchas coloniales americanas. Así, y puesto que los hechos están narrados desde la perspectiva liberal, los golpistas no es que salgan muy bien parados. Valgan algunos ejemplos: en el primero de ellos, es la condesa de Mina, ayuda personal de la niña Reina quien intenta explicarle a ella y a su hermana el alboroto que acaban de escuchar:
Unos locos que querían entrar y subir, y los alabarderos que supieron cumplir y cortarles el paso. […] Tales locos eran los generales… ¿Quiénes? Precisamente los más nombrados, los héroes de la última guerra, los Conchas, León, Pezuela… y tras ellos, coroneles, oficiales, alguna tropa.[12]
Nótese cómo, en un intento de no preocupar a las niñas, en un primer momento la condesa resta importancia al suceso, tildando a los responsables sólo de unos locos. Más adelante, y ya interrogada sobre la identidad concreta, matiza que esos locos son los más destacados artífices de que la niña haya podido subir a su trono, derrotando a su opositor. Es curioso cómo la voz del propio Galdós se confunde poco después en el texto por medio de una aseveración: «La historia nace casi siempre así, adoptando formas de locura o de pueril conseja».[13] Póngase esto en relación con lo dicho anteriormente sobre las posibilidades de adscribirse a la realidad por medio de la novela. Y es que ésta no puede nunca ser absolutamente objetiva, sino que nos presenta los hechos por medio de la visión del autor o, como en el caso siguiente, por medio del juicio de un personaje:
Esos tunantes […] como León, que debía ser el primero en la peligrosa lid, vino a ser el último; cómo los Conchas, de quienes el Regente tenía seguridades de lealtad (pocos meses ha los egregios Duques concedieron a Pepe la mano de Vicentita, hermana de Doña Jacinta) han sido los más audaces en el atentado.[14]
La valoración que le merecen a este personaje los hermanos Concha, de los cuales uno, Pepe, estaba a punto de entrar a formar parte de la familia de Espartero, es mucho más severa. Si todos los que han formado parte de la asonada son delincuentes golpistas de escaso patriotismo, llegando a considerarlos poco menos que delincuentes comunes, el caso es que los hermanos merecen un juicio mucho más duro, porque además han traicionado la lealtad que Espartero tenía depositada en ellos, han sido falaces e impostores a sus ojos. ¿Por qué ese cambio de actitud? No es más que una cuestión de perspectiva, no debemos confundir la voz de Galdós con la de este personaje, Mariano Centurión, quien ha hecho su exitosa carrera palatina en el bando liberal, y por tanto en virtud de su decoro y en arreglo a la coherencia de su personaje no puede sino expresar su descontento con la mayor vehemencia posible. Algo más atenuado se muestra el mismo personaje en el párrafo siguiente:
El jefe del movimiento debía ser León. Habían concertado que aquí se diese el grito y que secundasen en las provincias O´Donnell, Borso, Piquero y Urbistondo… Anticípanse los de allá: los de aquí dudan, no se determinan; les falta la Guardia; ciego se lanza Concha a Palacio; León tiene celos, creyendo que el otro gachó se le quiere poner por delante y oscurecerle.[15]
Este León, que aparece por segunda vez en este trabajo, es Diego de León, uno de los máximos responsables del golpe y que al final acabó siendo fusilado. La explicación como vemos es bastante aséptica, si acaso únicamente comentaremos el detalle de celosía de León. El hecho de que Gutiérrez de la Concha, como señala Galdós, fuese «ciego a palacio» redunda en el carácter impulsivo y temerario del militar. Ese arrojo y empuje podía no ser demasiado bien visto por alguno de sus compañeros, y es por ello que se señala que otros, que sí lo vieran bien, descubriesen cualidades más propias de un líder que las que existiesen en figuras de mayor nombradía.
Finalmente, y como ya ha quedado dicho, este golpe de Estado se quedó en intento, y la mayoría de los participantes en el mismo deben marchar al exilio.
Sin embargo, sí que tendrá éxito otra intentona llevada a cabo dos años después, en 1843, orquestada por el general Narváez, en la cual nuestro futuro Marqués tendrá una, si cabe, más importante participación. Este otro golpe nos lo cuenta Galdós en su obra Bodas reales, última de la tercera serie de los Episodios. En el primer texto que vamos a ver, se nos repasa el grueso de los generales golpistas y el supuesto itinerario que se planea para conseguir lo que más adelante Galdós llama «la obra de la reconquista», equiparando, creo que no inocentemente, este hecho con el de los Reyes Católicos, aludiendo veladamente a la cristiandad de la regente y su hija Isabel:
Narváez, como el más crúo de los invasores, embestiría por Andalucía, desembarcando en Gibraltar, que siempre fue playa de todo contrabando; los dos Conchas, que en Florencia lloraban las desdichas de la patria, caerían sobre las costas valencianas; O´Donnell saltaría por encima del Pirineo para caer sobre Navarra o sobre Cataluña.[16]
El tono de este extracto, si se lee aisladamente, puede parecer mucho más laudatorio. No obstante, en su contexto, el narrador de Bodas reales parece comenzar su relato del lado de Bruno Carrasco, aspirante a ocupar cargos en la administración liberal esparterista. Como quiera que la revolución trunca sus pretensiones, la visión de este hecho se torna ambigua. Con todo, este levantamiento militar sí va a triunfar; por tanto, ahora sus cabecillas se antojan patriotas que añoran su país desde lo lejos de sus exilios, que sueñan con volver para servir a España y acabar con las desdichas que sus enemigos le están infligiendo No cabe duda de que los personajes se están dibujando de un modo bastante distinto a lo que hemos visto en párrafos anteriores.
Ya llevado a cabo el pronunciamiento y con Espartero en retirada, tenemos noticia por medio de una obra de carácter costumbrista (que ni estilística ni intencionalmente tiene nada que ver con Galdós) de la figura del Marqués del Duero y de la dimensión contemporánea que había adquirido. Se trata de una obra del escritor romántico Ramón de Mesonero Romanos, Memorias de un Setentón, natural y vecino de Madrid escritas por El Curioso Parlante:
Uno de los primeros días del mes de Julio se difundió la voz de que acababa de desembarcar en Málaga el general D. Manuel de la Concha (uno de los emigrados en el extranjero desde la intentona fracasada en Madrid la noche del 7 de Octubre de 1841) y que se dirigía a Granada a tomar el mando del ejército andaluz. Era, en efecto, así; y a las pocas horas, hizo dicho general su entrada triunfal en la ciudad, en medio de los transportes de regocijo de la numerosa población, que salió a esperarle al camino en cabalgaduras y carruajes de todos sexos y edades, y que le tributó en la carrera, por las calles de la ciudad, la más entusiasta ovación. Puesto de acuerdo con la Junta, y sin perder momento, salió al siguiente día con todas las tropas y paisanos disponibles en dirección a Sevilla, donde, como es sabido, puso cima a esta aventura, obligando al Regente a embarcarse en el Malabar.[17]
Así, como vemos, la versión que este escritor nos ofrece muestra la llegada del general en loor de multitudes, tremendamente ovacionado por el pueblo de Granada, quien con seguridad habría de ver en el pronunciamiento militar de Narváez y compañía una puerta abierta a sus esperanzas de libertad. Tenemos también la figura de un Concha no solamente ídolo de masas, sino pertinaz en su objetivo cual perro de presa tras Espartero. No obstante, si seguimos a Galdós, la empresa estaba medio hecha, pues el ejército sabía que los vientos soplaban de otro lado:
Al salir de Sevilla empezaron las deserciones: huían los oficiales, tras ellos los soldados de Lebrija y Morón, cuerpos enteros, volviendo la espalda descaradamente al viejo ídolo, corrían a campo traviesa en busca del ídolo nuevo, que en aquel caso era D. Manuel de la Concha, el cual de la parte de Málaga venía con hueste numerosa y brava en persecución del fugitivo.[18]
Según mi interpretación, no es que los pocos ayacuchos que quedaran abrazasen repentinamente la causa liberal moderada, o que viesen en el general de la Concha a un Cid redivivo, sino que la practicidad del soldado, acostumbrado a los embates del destino caprichoso, les dictó en su conciencia arrimarse a los buenos, como diría el joven Lázaro de Tormes. Y en este caso el bueno no era otro que el futuro Marqués.
Una vez depuesto el general Espartero, todo apunta a que será Narváez quien lo suceda. Sin embargo, parece ser que en los mentideros de la corte seguían haciéndose quinielas sobre el designado para ocupar el cargo, o quién estaría más capacitado para ello. En el siguiente pasaje, donde se trata el asunto, encontramos un curioso comentario sobre nuestro personaje.
El General bonito, como llamaban a Serrano entonces, hombre afectuoso, presumido, de arranques gallardísimos en los campos de batalla, blando en las resoluciones, cuidándose principalmente de ser grato a todo el mundo, mujeres inclusive, no servía para el caso. Prim, nacido del pueblo, tenía gustos y costumbres de aristócrata: aunque adelantado en su carrera militar, no había subido a las más altas jerarquías; si en él descollaba la inteligencia, como en Serrano el don de simpatía, no se encontraba en disposición de levantar el gallo. Concha, con extraordinario talento militar y más sagaces ideas que sus colegas, se reservaba sin duda para mejores días. […] Podían ser estos los hombres del mañana, pero sin duda el hombre de aquellos días era Narváez.[19]
Amén de su ya varias veces mencionada pericia en materia militar, y de esos mejores días, que por supuesto llegaron, creo que es interesante resaltar cómo por segunda vez se destacan en el futuro marqués las «sagaces ideas», como antes lo fue su infinita curiosidad. Son éstas unas condiciones que unidas a su prestigio le proporcionarían jugosos réditos políticos y gran notoriedad pública, si bien es cierto que no una gran fortuna pecuniaria. Se nos descubre un hombre que, a la par que inquieto, es emprendedor, visionario, puede que incluso sibilino y calculador. Porque, volviendo sobre el asunto anterior, Gutiérrez de la Concha esperaba sin duda su momento, esperaba grandes empresas y las tuvo en sus manos.
. En cualquier caso, salta a la vista que Concha gozó al lado de Narváez y O´Donnell de gran protagonismo, encargándose de reprimir las insurrecciones, entre otras de Cataluña y Portugal, de donde le vendría su Marquesado. Una vez más se hace referencia al fomento de la industria que por señalado no vamos a repetir. Pero si en una obra aparece, por encima de cualquier otra, reseñada la figura del Marqués del Duero, ésa es De Cartago a Sagunto, obra perteneciente ya a la última serie de los Episodios, en la que Galdós trata las revueltas cantonalistas, la caída de la República y la Tercera Guerra Carlista. Recordemos que, a pesar de tener casi setenta años, Manuel Gutiérrez de la Concha era el encargado de dirigir al ejército en esta contienda. Tito, el narrador y protagonista de este libro, es enviado con el ejército del general Concha por lo que las referencias a su persona son abundantes. Como muestra del aprecio con que se trata al general en jefe, y de sus éxitos en la guerra, del que el más reseñable es la toma de Bilbao, veremos este texto:
Aquella misma tarde, pasado Abanto, Palazuelos y dos oficiales más, despachando juntos y aprisa un ligero tente-en-pie, me hicieron una descripción sintética de las bravas acciones que franquearon el paso hacia la ría de Bilbao. Contáronme la muerte de Andéchaga y el audaz movimiento del Marqués del Dueropor la cumbre de Las Muñecas, que envolvió al enemigo atacándole de flanco hasta ponerle en dispersión presurosa. […] El 2 de Mayo, la suerte me deparó el honor de acompañar al General Concha cuando en un vaporcito entró por la ría de Bilbao hasta llegar al casco de la ciudad, recién liberada de un sofocante asedio.[20]
El tono aquí es de absoluta y entregada admiración por la figura del general, fino estratega en combate, curtido en mil guerras incluso en los mismos escenarios. La toma de Bilbao se describe más adelante como un acceso de júbilo para el pueblo. Galdós no escatima elogios para el personaje de quien pronto se nos narrará la muerte. Si la liberación de Bilbao tiene lugar en mayo, el 27 de junio, en la batalla de Monte Muro, Manuel Gutiérrez de la Concha encontrará la muerte. Galdós lo narra así:
Cansado de esperar a los batallones delGeneral Reyes, se decidió Concha a intentar el esfuerzo supremo. Dejó los tres Regimientos de Caballería en la altura donde estaban emplazados los cañones, para que protegiesen esta posición y aseguraran el flanco derecho. Llevose consigo los dos batallones de Infantería y con ellos se unió a los diez y ocho que acababan de reconcentrarse. Al frente de estas fuerzas se lanzó al asalto, cuando ya el sol, enrojeciendo las nubes de Occidente, se hundía en el horizonte. Arreció el combate con creciente furia. Las tropas de Reyes no llegaban. Concha enviábale de continuo órdenes apremiantes para que acudiera pronto en apoyo de sus movimientos. Y decidido a jugar el todo por el todo, ascendió al frente de sus tropas hacia las trincheras carlistas.
Ante el soberano arrojo delcaudillo enardeciéronse los soldados, y seguían a su General como si no hubieran sido arrollados momentos antes. Yo, moviéndome a impulsos de una fuerza magnética, fui detrás de los combatientes. Concha trepaba impertérrito, unas veces a pie y otras a caballo, según los accidentes delterreno. Al llegar a cierta altura, el General y los demás jefes tuvieron que dejar los caballos al cuidado de los ordenanzas. Con éstos quedé yo, teniendo de la brida a mi Babieca. Me uní a Ricardo Tordesillas, asistente de don Manuel de la Concha, y ambos nos pusimos al amparo de unos árboles donde creíamos librarnos de las balas enemigas.
La artillería continuaba teniendo a raya a los carlistas, que ya no se atrevían a salir de sus trincheras. El avance de Concha fue tan rápido que llegó a cincuenta metros delenemigo cuando aún no se le habían incorporado los batallones delGeneral Reyes. Por falta de este apoyo no se pudo dar fin y remate al supremo esfuerzo. A las siete y media de la tarde, Concha no tuvo más remedio que aplazar el ataque definitivo, dando por frustrada en aquel día la operación. Empezó a descender, dirigiéndose con los demás jefes a donde aguardaban los caballos.
Llegó el General donde estábamos Tordesillas y yo, ocultos a la vista de los demás asistentes por un matorral espeso. Con voz displicente dijo a su ordenanza: «Ricardo, el caballo». Éstas fueron las últimas palabras que pronunció en el mundo de los vivos… En el momento de cruzar la pierna derecha por la grupa delcaballo, una bala, que lo mismo pudo venir delcielo que delmismo infierno, le atravesó el corazón. Con débil gemido expiró el primer soldado español de aquellos maldecidos tiempos.[21]
Este texto, de una belleza y un lirismo extremos, describe con lujo de detalles los últimos movimientos de un soldado entregado a la pasión militar, un luchador que, como se ha visto en anteriores textos, rayaba la temeridad y cuyo arrojo y cesión a los impulsos pudo jugarle malas pasadas. Sin embargo, se destaca la capacidad de liderazgo, pues sus hombres se contagian sin dudarlo del ímpetu del general. Galdós, por último, en la escena más importante, utiliza como contraste a lo anteriormente referido una técnica casi impresionista, despachando en dos escuetas frases la muerte del Marqués del Duero.
Habría sin embargo que reseñar que las reacciones a este hecho debieron ser de hondo calado en una sociedad que naufragaba en su intento republicano y cuyo, posiblemente y según muchos historiadores, principal encargado de traer la Restauración borbónica, caía muerto. Llama mucho más la atención este hecho en un autor de conocido republicanismo como Galdós. Vemos un último texto, breve, que no pertenece ya a los Episodios nacionales sino a La desheredada, al llamado ciclo de las novelas contemporáneas:
Mayo.- Bilbao es libre. Alegría, repiques, farolitos. Crece a los ojos delpaís la gran figura militar del marqués del Duero.
Junio.- Muerte delgeneral Concha. Pánico y luto. Retirada. La patria, que creía próxima su salvación, gime.[22]
Para terminar, me gustaría reseñar que mientras elaboraba este artículo he sabido de la existencia de un drama en un acto escrito en La Habana y conservado casi únicamente en la Biblioteca Nacional de Cuba. Se trata de Acción de Estella y Muerte del Ilustre Marqués del Duero, cuyo autor es José Carbia. En futuros trabajos trataré de arrojar más luz sobre esta obra.
A modo de última reflexión, diremos que la literatura ha sido generosa, al menos en cantidad, con la figura del capitán general Manuel Gutiérrez de la Concha nos lo ha presentado como un excepcional militar, calificado algunas veces como el primero en inteligencia y valor de cuantos han transitado por el ejército español; como un hombre de profundas convicciones que no dudó en arriesgar su vida siempre que lo creyó oportuno para defender sus ideas y cuanto ello aparejaban de beneficio para su patria; como un inteligente curioso al tanto de las mejoras en materia industrial de la época, aunque también como un intrigante de los más oscuros pasillos del poder ejerciendo a veces en la sombra una influencia mayúscula. En definitiva, un hijo de su tiempo. Como todos.
BIBLIOGRAFÍA
LACAN, Jacques. «Lo simbólico, lo imaginario y lo real», en De los Nombres del Padre, Buenos Aires, Paidós, 2005.
MARTÍNEZ GARCÍA, Patricia. “Algunos aspectos de la voz narrativa en la ficción contemporánea: el narrador y el principio de incertidumbre”, Theléme, nº17, 2002, pp. 197-220.
MESONERO ROMANOS, Ramón. Memorias de un setentón. Barcelona, Crítica. 2008.
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PÉREZ GALDÓS, Benito. Obras completas. Episodios Nacionales. Vol. III. Madrid, Aguilar. 1971a.
PÉREZ GALDÓS, Benito. Obras completas. Episodios Nacionales. Vol. IV. Madrid, Aguilar. 1971b.
PÉREZ GALDÓS, Benito. Novelas (vol. III). Madrid,Biblioteca Castro, Ed. Turner. 1994.
PESADO RICCIARDI, Carlos. Gutiérrez de la Concha. Una vida para el rey. Madrid, Ministerio de Defensa. 2008.
PIRALA, Antonio
VALERA, Juan. Obras completas, Vol. III, Madrid, Aguilar, 1958.
[1] De entre las numerosas referencias que existen al respecto es interesante destacar, por su adecuación al propósito de este artículo, el trabajo de Martínez García (2002).
[2] Lacan (2005).
[3] Un breve, pero sugestivo estudio biográfico sobre la controvertida figura de Concha es el que se realiza en José Luis Casado y JuanGay Armenteros, Un militar del siglo XIX. El Marqués del Duero. Apuntes biográficos de Manuel Gutiérrez de la Concha, San Pedro Alcántara, 2008. Para los detalles sobre su labor militar y política, vid. Antonio Manuel Moral Roncal, El general Manuel Gutiérrez de la Concha: Una espada liberal en las guerras carlistas. Madrid, Ministerio de Defensa, 2014.
[4] Cfr. Pesado Ricciardi (2008).
[5] Valera, (1958:1017-1018).
[6] Ibíd., 1277
[7] Ídem.
[8] Pérez Galdós (1971a: 153)
[9] La expresión se debe a Jesús Pabón. Un completo y reciente estudio sobre el tema se encuentra en José Luis Comellas, Francesc Martínez Gallego, Ángel Ramón Poveda Martínez, Trinidad Ortuzar y Germán Rueda (eds.) Los generales de Isabel II. Madrid, Ediciones 19, 2016.
[10] Ibíd 267
[11] Ibíd 314
[12] Ibíd.309
[13] Ibíd.310
[14] Ibíd. 314
[15] Ibíd. 319
[16] Ibíd. 415
[17] Mesonero Romanos (2008: 643-644)
[18] Galdós (op. cit.420)
[19] Ibíd, 418
[20] Galdós (1971b, 750, 751)
[21] Ibíd. 758
[22] Galdós, (1994, 686,687)















