Kant y el teniente Rufino

Juan Antonio Tirado

Me he leído de un trago Lo bello y lo sublime, goloso y lúcido ensayo de Kant, un filósofo a cuyas páginas apenas me había acercado. Kant es un pensador duro, alemán, profundo, en los límites de lo comprensible y lo incomprensible. De momento me he quedado con un Kant menor, que es lo que mi estómago literario y mi inteligencia mejor digieren. Este Kant menor es un portento de gracia, de sabiduría y de intuición. Me ha hablado mucho y bien de Kant mi primo Juan Ramón que, aunque viene de los mismos desiertos culturales que yo, ha sabido labrarse un sólido currículo filosófico, muy pangermánico, de un alemanismo ordenado y casi cartesiano, nada brumoso, más kantiano que hegeliano, más marxista que nietzscheniano, muy pensamiento crítico, con un ligero perfume de Habermas, un trabajado aliento de Manheim y un regusto a Marcuse.

Juan Ramón, mi primo, no se libró de la mili por corto de talla, toda vez que pasa del 1, 80, sino por objetor de conciencia. En Archidona, nuestro pueblo, fue el primero en presentar semejante alegación, y el secretario del ayuntamiento, por no complicarse la vida, no la quería cursar. Ah, pero mi querido primo no estaba guiado por un pronto, y tenía muy meditadas las cosas, de suerte que el secretario perezoso tuvo que mover el trasero y los papeles. Solventados los trámites municipales, mi primo hubo de acudir al campamento Benítez, en Málaga, donde le recibió un teniente llamado Rufino. Con este hombre de dos estrellas de seis puntas conversó durante un momento y le entregó una memoria razonada sobre su negativa a empuñar las armas. En concreto se basó en un escrito de Kant (a esto venía el rodeo) titulado La paz perpetua. ¿Leería el teniente Rufino el ensayo kantiano? ¿Desertaría para seguir la senda de mi primo? ¿Escondería los papelajos en un armario remoto? Todo es posible. Como fuese, Juan Ramón no volvió a saber nada ni del bueno de Rufino ni de la odiada mili.

Kant dice que la mañana es bella, mientras que la noche profunda es sublime. La inteligencia es sublime; el ingenio, bello. La audacia es grande y sublime, la astucia es pequeña y bella. Las cualidades sublimes infunden respeto;las bellas, amor. La tragedia es sublime, la comedia es bella. Mi territorio es la comedia, mi mundo, la belleza. Me faltan curiosidad y luces para penetrar en los grandes misterios de la vida. Me atraen, desde luego, pero me cansan. La pereza es bella, diría yo; el trabajo, sublime. Leyendo a Kant, más bello que sublime en este librito, comprende uno mejor el horror de la declaración de principios de Baudelaire: “Hay que ser sublimes sin interrupción”. ¿Es imaginable semejante espanto? En fin, que mi primo Juan Ramón es sublime, como buen filósofo. Como periodista, yo me quedo con el entorchado de belloque tampoco es premio menor. Ahora que la jubilación empieza a ser un puerto cercano me prometo aventuras mayores para ese tiempo en declive. Quiero creer que ahondaré en el horror, que le buscaré los tres pies al gato horripilante de la tragedia, que me permitiré un Kant mayor, que procuraré doctorarme, o, al menos aproximarme, al Immanuel de la razón práctica y al de la pura, que intentaré entender los códigos del imperativo categórico. No sé, me queda tanto por leer, que sueño una jubilación en la que Kant se me haga tan digerible y tan digestivo como Umbral y donde todos los tenientes Rufino del mundo se vayan al carajo del que nunca debieron salir. No creo en la paz perpetua, claro que no, pero sería hermoso creer en ella. Kantianamente. Queridos lectores en el amor y el candor filosófico, tengan feliz agosto. Septiembre puede ser un buen mes para el reencuentro. Ahora, toca derretirse.

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