Juan Santiuste

Rosa Amor del Olmo

Hay personajes que nacen para ganar batallas y otros que nacen para perderlas por nosotros. Juan Santiuste pertenece a la segunda estirpe: esa más rara, más incómoda, que no brilla en los partes militares pero deja una huella larga en la conciencia del lector. En Aita Tettauen, Galdós lo lanza a la Guerra de África con el uniforme moral del entusiasmo —ese traje barato que la nación se pone cuando necesita sentirse grande— y lo devuelve transformado en algo casi indecente para su tiempo: un hombre que intenta tomarse en serio la paz.

Santiuste llega a la campaña como cronista. Y ese detalle, que podría parecer técnico, es decisivo: no va a combatir, va a mirar; no va a matar, va a contar. Su compromiso inicial tiene algo de inocencia moderna: creer que narrar es ordenar el caos, que escribir y entender se parecen. En la primera parte, todavía madrileña, su cercanía a una familia herida (un niño enfermo, una viuda reciente, un hogar con el luto en la garganta) le da a su partida un peso afectivo, doméstico. La guerra, en ese arranque, es una promesa de gloria que convive con la intimidad de los besos de despedida; y ahí Galdós ya insinúa la trampa: el patriotismo casi nunca sabe qué hacer con el dolor privado.

El campo africano se encarga de educarlo. No con discursos, sino con barro, fiebre, hambre. La épica se le cae del bolsillo a medida que avanza la marcha. Cuando Santiuste contempla los muertos, la guerra deja de ser un relato heroico y se convierte en un problema físico: cuerpos que pesan, sangre que se enfría, enterramientos que se hacen “por ley de sanidad”. Y en ese punto ocurre la primera ruptura profunda: el dolor no distingue bandos. El héroe de la palabra siente lástima por los cadáveres “berberiscos” igual que por los cristianos. La ética se le vuelve transversal. Lo que en Madrid era un mapa de “los nuestros” y “los otros” se vuelve, de pronto, una llanura humana sin etiquetas.

Pero Galdós no se conforma con mostrarnos a un pacifista sentimental. Le da, además, una pregunta teológica: ¿qué clase de cristianismo es ese que necesita un “Dios de las batallas”? Santiuste sospecha que hay una blasfemia estructural alojada en la propaganda: confundir a Cristo con Marte, a la Virgen con una capitana general, al apóstol con un matador profesional. Su duda no es anticlericalismo fácil; es una exigencia de coherencia. Y la respuesta que recibe —práctica, resignada, casi cínica— ilumina otro nervio galdosiano: las instituciones religiosas pueden bendecir sin creer del todo, porque también tienen que comer, sobrevivir, mantenerse. La guerra, entonces, no solo mata: también corrompe el lenguaje de la fe.

Esa corrupción se amplifica cuando aparece lo que podríamos llamar el “milagro patriótico”. Galdós describe la batalla como una fábrica de alucinaciones: un general se agranda en la retina de los combatientes hasta convertirse en figura sobrenatural; el mito antiguo (Santiago en Clavijo) deja de ser intervención divina y se vuelve efecto psicológico colectivo. En términos modernos: la Historia no necesita milagros; le basta con multitudes predispuestas a creer. Y lo más inquietante es que esa predisposición no es exclusiva de un bando. Moros y cristianos, cada uno con su cielo y su relato, participan del mismo mecanismo: la guerra pide un dios, y si no lo tiene, lo inventa.

A partir de ahí, Santiuste ya no puede hablar igual. Su “metamorfosis” —Galdós la nombra sin pudor— lo lleva del nacionalismo épico a una mirada más amplia, humana, casi insoportable en tiempos de euforia. No abandona la elocuencia; cambia el objeto. Ya no canta la victoria: intenta cantar la concordia. Y ese intento es, al mismo tiempo, noble y frágil. Porque la paz, cuando se dice en abstracto, corre el riesgo de convertirse en retórica. Galdós lo sabe y por eso lo expone: Santiuste predica, sí, pero también quiere actuar; sueña con “hacer” la paz, no solo describirla.

El episodio se vuelve todavía más complejo cuando el personaje entra en el espacio del otro: la ciudad, el barrio judío, la convivencia de religiones. Allí Santiuste es renombrado, reinterpretado, vestido de forma distinta. Ya no es el cronista español: es, para algunos, un profeta; para otros, un seductor; para otros, una amenaza. Y eso es esencial: la frontera no solo cambia el paisaje, cambia el significado del sujeto. A través de miradas ajenas, Santiuste deja de pertenecerse por completo. Es el precio de cruzar.

En ese terreno, su pacifismo adquiere una dimensión ecuménica y, a la vez, irónica: denunciar la idea de “echar a pelear a Dios contra Allah” o contra Jehovah. La guerra como riña de gallos, con apuestas. No es una metáfora amable: es una acusación. Los dioses, sugiere Galdós, no están en guerra; los que juegan son los hombres que convierten el nombre divino en munición moral. Y la paz verdadera exigiría un cambio imposible: dejar de usar la fe como coartada.

El arco de Santiuste culmina en una promesa que, leída hoy, suena casi revolucionaria: contar la paz como si fuera una conquista más duradera que la pólvora. En una obra donde la Historia oficial avanza a golpe de tratado y de parte militar, Galdós coloca, al final, una alternativa: narrar el trabajo oscuro de la concordia, los “extraños caminos” por los que un hombre aprende a mirar a los otros como hermanos.

Quizá por eso Santiuste incomoda. Porque no permite que el lector se refugie en la épica. Obliga a una pregunta simple y cruel: ¿qué significa ganar una guerra si para ganarla hay que perder el sentido moral del cristianismo, del honor y de la humanidad? Galdós parece responder sin subrayar: la grandeza no está en la victoria, sino en la capacidad de salir del delirio de los milagros fabricados. Y ese es, quizá, el único heroísmo contemporáneo que el siglo admite: el del hombre que se atreve a llamar idolatría a lo que todos aplauden.

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