Ghassan Kanafani: la voz literaria del exilio palestino

RAO

No sé si Hombres en el sol se lee mejor como una historia o como una acusación. Quizá como ambas cosas a la vez. A inicios de los años sesenta, Ghassan Kanafani escribió una novela corta sobre tres refugiados palestinos que buscan trabajo en Kuwait. PalQuest y PASSIA sitúan la publicación en Beirut en 1963 (con cronologías que a veces apuntan a 1962), suficiente para entender algo decisivo: la herida era reciente, el desplazamiento estaba vivo (fuente en inglés; traducción propia). 

Su biografía, cuando se cuenta bien, no necesita épica añadida. Nace en Acre, crece en Jaffa y en 1948 su familia se desplaza: primero Líbano, luego Damasco, donde estudia y trabaja antes de pasar por Kuwait y finalmente Beirut. Ese itinerario —ciudades como estaciones— aparece en su literatura con una cualidad casi física: la patria deja de ser un lugar y se vuelve una pregunta. PalQuest recoge explícitamente esa salida de Jaffa en 1948 y el asentamiento posterior en Damasco (fuente en inglés; traducción propia). 

Políticamente, Kanafani no fue una figura “decorativa” del mundo cultural. PalQuest y PASSIA señalan que participó en la fundación del PFLP y que en 1969 fue portavoz y editor de al-Hadaf (fuente en inglés; traducción propia). En PASSIA, la frase es seca y administrativa, y precisamente por eso resulta útil para escribir sin propaganda: 

“was elected to the PFLP politburo and appointed its spokesperson in 1969.” (fuente en inglés; traducción propia). 

Mi lectura de Hombres en el sol gira alrededor de una técnica: Kanafani convierte el entorno en tribunal. El desierto no “acompaña” a los personajes; los juzga. La frontera no “se cruza”; decide quién existe. Y el silencio se vuelve el cuarto personaje, el más cruel. En el ensayo de Elias Khoury publicado en Journal of Palestine Studies, la pregunta final de la novela se cita como un golpe que rebota todavía hoy: 

“Why didn’t they knock against the walls of the tanker? Why? Why?” (fuente en inglés; traducción propia). 

Esa línea, más allá de su famoso dramatismo, señala el corazón político del libro: ¿qué significa pedir ayuda cuando la estructura está diseñada para no escuchar? Por eso la novela envejece bien. No porque “prediga” el presente, sino porque entiende un mecanismo: la vida desplazada se vuelve un problema administrativo, una mercancía, un estorbo. Y el viaje, en vez de abrir futuro, se convierte en una caja cerrada.

La muerte de Kanafani también exige un lenguaje preciso. Murió en Beirut el 8 de julio de 1972 por un coche bomba; PalQuest afirma que el explosivo fue colocado por el Mossad y que murió también su sobrina, Lamis (fuente en inglés; traducción propia). En una pieza de opinión, lo honesto es atribuir la afirmación a la fuente y no usarla como consigna. 

Su legado, sin embargo, no terminó en 1972. El informe anual 2012 de Taawon describe el trabajo sostenido de la Ghassan Kanafani Cultural Foundation en Líbano desde 1974 con programas educativos y culturales para infancia palestina (fuente en inglés; traducción propia). Se puede discutir casi todo en Oriente Medio, pero es difícil discutir que la educación es una forma de futuro cuando el futuro es precario. 

Cierre de vigencia

 Publicar hoy sobre Kanafani implica navegar un campo semántico crispado. Por eso, incluso en un ensayo, conviene distinguir hechos de interpretaciones: fechas y cargos deben sostenerse en fuentes (PalQuest, PASSIA), y el atentado debe presentarse como atribuido (“PalQuest afirma…”, “PASSIA señala…”), evitando imputaciones sin respaldo. También conviene evitar etiquetas deshumanizantes o términos usados como insulto político: empobrecen el análisis y elevan riesgos editoriales. Kanafani admite pasión, pero pide rigor: su literatura se sostiene mejor cuando la escritura no sustituye la evidencia. 

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