Galdós, ahora

Jorge Rodríguez Padrón, Crítico literario

Tengo para mí que Galdós nunca ha sido, entre nosotros, santo de una especial devoción, ni en lo literario ni en lo ideológico. Donde estuviera Baroja, pesaba en su contra ese casticismo que se adjudicó —y fue error, desde luego— a la obra del escritor canario; y donde el agónico Unamuno, pesaba también la apacible, aunque no menos incisiva, mirada de nuestro escritor sobre lo que se ha dado en llamar el problema religioso español. Testimonios hay de ello, y bien de fiar, me parecen.

Digamos José Bergamín, por ejemplo, que refiere cómo, en los últimos años de vida de Galdós, era perceptible una «extraña unanimidad conspirativa» para hacer silencio en torno al novelista y su obra; y que advierte, además, del decir general —conversaciones de café madrileño— que puso en circulación la especie del trasnochado clericalismo de la novela galdosiana, pues su autor no había sabido superar «la cuestión religiosa de España». Bergamín apostilla entonces, con cierta perplejidad, que «no sé que una cuestión religiosa, por su misma definición, se pueda nunca superar»; pues en ello reside —y sigo con Bergamín— «lo que, a mi entender, ha engrandecido, profundizado y dado a su obra la dimensión humana y universal que hoy tiene».

El otro testimonio es el de Domingo Pérez Minik. Confirma, primero, el rechazo del 98 hacia Galdós, lo que supuso el primer purgatorio para nuestro novelista, pues inconciliable era el «criterio rigorista y malcriado» de Baroja y Unamuno con la «concepción liberal del mundo» en la que Galdós inscribe siempre sus compromisos, «aquella moral que se desprendía de sí mismo, de su meditación y de sus creencias». Y entre los poetas y profesores del primer tercio del siglo XX, Pérez Minik recuerda cómo afirmaba Vicente Aleixandre su interés por Galdós «en medio de la indiferencia, acaso de la hostilidad en que había quedado su nombre».

¿Y de Valle-Inclán, qué? Porque fue él quien acuñó el calificativo de garbancero para referirse a don Benito. Dígase lo que se quiera: entre el gallego y Galdós existe un verdadero y muy cercano parentesco; ambos establecen la diferencia en la literatura de su tiempo, y ello se debe —sin duda— a la dimensión atlántica de su perspectiva, a esa inquietud siempre por lo demás, a esa constante búsqueda contraria por principio a la posición asertiva, atada al egotismo, desde la cual escribe siempre, sin titubeos, el escritor español: falsa seguridad acomplejada. Cómo podrá extrañar, entonces, que el uno y el otro resultaran escritores y personajes incómodos, que despertaran tantas sospechas; y no sólo en su tiempo, mucho más después: como si no se supiera qué hacer con ellos.

A Valle-Inclán aún se le busca acomodo, y no hay manera; sobre Galdós, en cambio, hace tiempo que se tendió una piadosa sombra de olvido, dejado de la mano de eruditos que de sobra se sabe adónde lo han llevado, y siempre a su molino. Con Valle-Inclán, Galdós mantiene además una particular sintonía y simpatía —uso ambos términos en su estricto sentido etimológico—, manifiestas en el abordaje que hacen a la historia del siglo XIX español y en el modo en que, al cumplir dicha acción, la observan y la cuentan: reconocen y auscultan el fondo religioso de esa memoria, siempre desde el revés de la solemnidad y del esplendor aparentes con los cuales se quieren disimular aquellos costurones, tan mal dados; negativo también de tantas disculpas improvisadas para la torpeza y la ignorancia que, con flagrante cinismo, se dicen virtudes de nuestra sociedad y de nuestra cultura.

Desde Cervantes, un espejo y un enigma han sido las figuras de la verdad —que no de la realidad— española. ¿Cuál fue, si no, el problema que la genialidad de Velázquez planteó y resolvió para siempre en su representación de la realidad? Espejo y enigma, de nuevo, en Larra, que con aquel frenético disparo respondió a la para él imposible conciliación entre ambos. ¿Qué otra cosa es la mirada de Goya, su ruptura definitiva de la realidad? Si el pintor aragonés —«su legítimo abuelo», dice Bergamín— cierra aquel titubeante y prestado siglo XVIII para predecir el despeñadero por donde habría de precipitarse el XIX, Galdós —bisagra entre ambos siglos— no pierde de vista toda aquella memoria trágica, pero llega a mostrarnos la verdad que se oculta tras tanto decorado y tanto chafarrinón teatral.

Galdós no exagera ni desespera; no se halla encerrado en angustiosa sordera. Su visión se consume, poco a poco, a medida que se acentúa la intensidad de su mirada e instala, en el centro de su tiempo, la peculiarísima doblez de aquella perspectiva, «esencia de la novelería» propia de su condición insular. Una doblez que deriva, igualmente, de la carga de habla con que dota a su escritura, de la particular respiración —sintaxis y léxico, en constante sacudimiento interior— con la cual el español empieza ya a decir lo que con él nunca se pensó que pudiera decirse —que fue el asombro de Unamuno ante Darío—. Para el escritor canario no basta con una expresión frontal, con la crudeza descarnada —y descarada— de la representación de la realidad. Quizá sea mayor la contundencia crítica de su mirada porque ve, a un tiempo, los dos lados de una historia que, en lugar de solución para sus conflictos, ha preferido siempre revestirlos con apariencias de novedad, y hasta de modernidad; una historia que no se detuvo a pensar en su tradición, en su memoria, y prefirió siempre mantenerla contra natura, y no enmendalla. Lo mismo en las actitudes morales que en la apuesta cultural, y nada digamos de lo que a la constitución del Estado moderno se refiere, aplazada una y otra vez porque la torpeza ha sido tanta que nunca se sabe cómo conciliar las fuerzas en litigio.

Ante evidencias como esta, uno acaba preguntándose: ¿es posible que hayamos atravesado el siglo XIX, y que, a mayor abundamiento, haya sido motivo de estudio y reflexión permanentes? Porque todavía seguimos anclados en la misma discusión bizantina e intestina, como si nada. ¿Hemos aprendido algo de nosotros mismos? Y lo peor: ¿hemos sabido leer las huellas de nuestra memoria como se requería? Porque ahí está Galdós, y no parece que nos hayamos enterado de cómo y en qué llaga puso el dedo siempre; para señalar las heridas más que para hurgar en ellas.

El novelista que era irrumpió en la trasera de aquel espejo que dijimos —como Cervantes hizo; ambos, tan próximos— y anduvo por los entresijos de ese mundo complejo e invisible de la conciencia. Con rara lucidez para quien vivía perturbado por aquella fragilidad enfermiza, Máximo Rubín, una de sus criaturas, lo dirá sin rodeos: el mundo «no es nada cuando no es conciencia». Tampoco se dejó engañar Galdós: bajo la realidad aparente, temporal —costumbrista incluso, si se quiere—, dejó que se viera la verdad que la traspasa y la trasciende, realidad invisible y profunda en la cual la primera se sustenta. Claro que se alzó contra el españolismo; nunca contra España. Por supuesto, puso en solfa el catolicismo costumbrista español, pero para dejar muy claro que, sin un sentido de verdad religiosa, no hay memoria colectiva que se precie.

El objetivo primero de su aventura novelesca toda fue la creación de una conciencia nacional faltante, en la cual los españoles acabaran por identificar la suya, más allá y más adentro siempre de aquella imagen que se les ofrecía como sucedáneo para solaz de su castizo gregarismo. Yerran quienes se empeñan en dejar a Galdós en su —nuestro— siglo XIX; quienes se aproximan a su obra, igualmente, pensándola tan sólo dentro de los límites estrictos de la convención literaria llamada realismo. Galdós, como Valle-Inclán, desborda las fronteras de la estética en la cual se los sitúa; en cualquiera de sus obras nos propone una escritura, y ante todo una posición crítica, cuya dimensión es la memoria en tanto elemento indispensable para el entendimiento político y moral de una sociedad cuyo problema primero era —todavía entonces, todavía ahora— su vertebración como tal y su reconocimiento sin complejos.

Digo entendimiento político, y lo subrayo; pues cualquiera de los dos escritores reconoce que la práctica de la política, en tanto administración y gobierno de la nación, es tan sólo una parte de la verdadera razón política de la existencia de los seres humanos; y no precisamente la principal, ni la más decisiva. ¿Por qué, si no, volvieron del revés aquellas prácticas —en ocasiones, muy poco edificantes— de ministros y ministriles, de cámaras y camarillas de una época que —como la nuestra— los vio proliferar? Mejor: su mirada se orientó hacia las criaturas en su diversidad, en su compleja singularidad; hacia los ciudadanos, en su cotidiano vivir y pensar y querer. Y fue ese el camino más eficaz para alcanzar el otro lado de aquel espejo al cual me he referido.

De ahí que, si hablo ahora de conciencia nacional, no me refiera a un sentimiento patriotero tardorromántico, aferrado al terruño aldeano, cominero y doméstico, que los políticos españoles de nuestra desarbolada modernidad fomentaron siempre —y siguen en ello, al parecer—, incapaces de resolver el conflicto mayor, o porque voluntaria e interesadamente lo eludieron, en el momento crucial en que lo afronta Alemania, por ejemplo, que —esto no se ha dicho casi nunca— llegaba a la modernidad en pareja situación a la española: sin constituirse como Estado y con una memoria desmedrada, hacia la que se orientaron inmediatamente, en busca de la razón perdida, los escritores cimeros del tránsito entre los siglos XVIII y XIX en aquel país.

Que Galdós adelantó su mirada y su preocupación hacia, y por, esa invertebración española, me parece un hecho incontestable; que por ello se le apartara del camino, como hemos visto, no me parece una conclusión descabellada: lo que dejaba al descubierto era demasiado para una clase política y unas actitudes literarias empeñadas en recluirse en el disimulo, parapetarse tras solemnes discursos y afirmarse en el rigor y la malcriadez. Pérez Minik observó también, y con muy buen tino, cómo el propósito de Galdós fue siempre «observar toda una vida española perdida en sombras áureas, irreales y lejanísimas». No, su novela no se limitó a cumplir simplemente con el canon realista; y si reconoció en Cervantes a su más directo antecesor, para unir las suyas a la voz y a la perspectiva del maestro fundador de la novela moderna, fue para dejar bien patente —una vez más— que la memoria y la conciencia nacional, que España había perdido, volvían a estar en juego.

Lamentable, por tanto, que en toda la historia posterior —en toda, hasta la de ahora mismo que llama a nuestras puertas— no se haya hecho más cosa que perpetuar aquella torpeza, los mismos costurones e improvisadas componendas, mirando siempre a nuestro patio de vecinos, o de Monipodio —lugares ambos, por cierto, donde nuestros primeros novelistas localizaron la vida de sus criaturas—. Por algo será. Lamentable que no hayamos sabido leerlos como era de precepto; que hayamos preferido archivar su agudo análisis y olvidarlos entre el polvo de los museos. Eso sí: sacarlos cuando tocan efemérides y celebraciones. ¡Pobre don Miguel —de Cervantes, digo—, que ha tenido que verse convertido en semejante fantoche de consumo, para todo uso, con esto del cuatrocientos!

En los años cincuenta del pasado siglo, Domingo Pérez Minik propuso esa libre plática con Galdós. Como todas sus aproximaciones críticas, no era algo inocentemente literario: un arma bien cargada era —y es— puesta sobre la mesa de aquel otro alicorto realismo de la escritura del medio siglo, hecha al dictado de una confesión religiosa o partidaria, o partidaria que fungía como religiosa. Mutilaba, por consiguiente, la literatura del tiempo, limitándola a «la adustez de lo sistemático, de lo rígido y de lo ideológico», para hacer —otra vez, una vez más— de los escritores españoles predicadores; función que, por cierto, siguen cumpliendo a las mil maravillas y no parecen darse cuenta.

La lectura que Pérez Minik hace entonces de Galdós no se desvió, ni tanto así, de aquella irrupción del novelista en la historia y en la memoria españolas; ni un ápice se apartó de la voluntad por él mostrada de restaurar las fuerzas perdidas yendo, primordialmente, hacia el hombre, hacia la cultura, hacia la religión, para ver si era posible, y cómo, renovarlos. O reconstruirlos, en un momento —subraya el crítico— en que «todo estaba por hacer. Después de las guerras civiles del pasado siglo, urgía revisar por completo el material humano que constituía España, tomar la altura de su espiritualidad, gastada a través de tantos años (…) confrontar la vigencia de su religiosidad y de sus tradiciones e, incluso, echar una ojeada a su estructura económica».

Habríamos de preguntarnos lo siguiente, creo, y aprender de la sagacidad y contundencia críticas de Pérez Minik para los tiempos que corren: ¿hablaba éste, en 1957, sólo de la España de Galdós, o dejaba bien claro que todo estaba por hacer, todavía en el 57 del siglo siguiente? Más aún: que era muy urgente —¿cuándo: entonces, ahora?— volvernos hacia «el material humano» donde están la espiritualidad, las tradiciones y la memoria. Porque no se había hecho, aunque el novelista lo dejara bien patente, ni siquiera después de otra guerra civil.

Cuanto el mundo novelesco galdosiano deja a la vista es esa voluntariosa necesidad de conciliación, de comprensión —que se mira al sesgo, por liberal—, pues en ello residía la conciencia nacional perdida; y la relación social —diré política, una vez más— y moral de la sociedad era la base única que podía sustentar una convivencia digna, un conocimiento de España y de los españoles en su ser, que es su memoria. Nadie pareció tomar en cuenta esto cuando Galdós se puso a trabajar, nada se resolvió entonces y allí se fraguaron todos los fracasos posteriores, fuera el de la conciencia nacional secuestrada durante los años en que Pérez Minik escribe, sea éste de ahora, cuando escribo y vuelvo a Galdós y veo que seguimos exactamente en las mismas, mientras todos miran hacia otro lado porque «nunca hemos estado tan bien» como con nuestra consolidada europeidad y nuestra, al parecer, muy boyante economía. ¿Cómo va a ser así, cuando continúa la disputa en torno a quiénes somos, de puertas adentro?

Galdós se esforzó para mover a los españoles «con nuevas preocupaciones, a fin de que, en su natural desvivirse, pudieran servir para algo, dentro de un orden europeo, el creado por la burguesía, que les venía muy estrecho». Entonces, nadie era lo que era; todos querían ser lo que no eran, y así se celebró aquel extraño matrimonio, plétora social de un sueño de razón que produjo monstruos. Y en ésas estamos, por mucho que se disimule. El novelista bien claro se desmarcó de ese egotismo tan español, hizo dejación de sí en favor de sus criaturas, «para entender a todos los otros, al prójimo, a las cosas de fuera, reconociendo la validez de estas existencias». ¿Cómo va a ser esto lo que ahora se repite, con esa tenacidad digna de mejor causa impuesta por el lenguaje arrasador de la información? El progreso es evidente; pero ¿qué ha supuesto para la espiritualidad y para la memoria que nos constituyen? No hemos dejado de jalear, con cerril entusiasmo, brutalidad y malcriadez; ni hemos aprendido a respetar al otro ni a las cosas de fuera, despreciando cuanto ignoramos.

Y a todo eso llamamos libertad —¡qué insensatez!—; o decimos que es nuestra memoria cultural, y que para qué la disciplina del saber y de la moral, o la escasa profundización en el pensamiento y en la memoria, cuando las prácticas de autoayuda se tienen por aprendizaje más que suficiente.

«Galdós —escribe también Pérez Minik— manifiesta en sus novelas una manera de ser español, cuyo entendimiento casi se había perdido desde el Siglo de Oro». No creo que de tal afirmación se desprenda nostalgia de patrioterismo alguno, como leerían quienes se hallan poseídos del temor pacato y acomplejado que ahora dicen corrección política. Antes bien, esa manera de ser español, de la que no queda ya ni el recuerdo, había sido ahogada bajo tanta retórica patriótica como se construyó, precisamente para que se olvidara. Pérez Minik se refiere —y lo explica— a que la mirada de nuestro novelista penetra «todas las perspectivas posibles, a fin de conseguir una visión crítica y mágica de nuestra condición humana».

Interesa que nos detengamos en el carácter de esa visión, porque el crítico dice —y no dice por decir, nunca— crítica y mágica; es decir, pensada, pero marcada por la imaginación, impregnada de novelería literaria, alimentada por ella. Mágica no significa aquí —naturalmente— mundo visionario o de ficción. Galdós, es cierto, incurre, y no sólo de modo ocasional, en el lado de lo sobrenatural, aunque su representación del mismo resulte algo ingenuista, como un añadido kitsch. Precisamente porque mide muy bien las distancias. Otra cosa es —y aquí se explica el calificativo usado por Pérez Minik— la carga o dimensión de profundidad que, precisamente la memoria implícita, confiere a la sucesión de acontecimientos tal y como se nos van ofreciendo a nuestra mirada y consideración.

En la novelería galdosiana —y por eso la llama así José Bergamín— «no es complicado otear una metafísica, aun cuando poco se ha hablado de ella», escribe Pérez Minik; en ella se manifiesta el mundo invisible de una temporalidad humana que no esconde ni disimula las apariencias de lo pasajero; «todos los acontecimientos, toda la figuración fabulosa que actúa en un período de tiempo determinado, se verifica, por esa temporalidad visualizada plásticamente, en el mundo aparente de lo que se ve». En aquella superficie de la vida y del tiempo, en lo que puede ser la faz del costumbrismo galdosiano, no hay trampa ni cartón —ni, menos aún, artificio gracioso—, puesto que recibe su energía de un «limo religioso profundo», en el cual arraiga también —y de ahí su verdad inabarcable y compleja— el mundo novelesco de Cervantes.

Se comprende así mi insistencia en que lo religioso importa aquí no en tanto problema coyuntural, de implicaciones doctrinales o eclesiásticas, o de simple práctica viciada de determinadas creencias. La entidad religiosa del mundo galdosiano debe entenderse como razón y memoria del ser que allí habita y de la comunidad que constituye. El propio novelista había advertido a su amigo José María Pereda, pues éste no lo entendía, de que su propósito era «arraigar las creencias religiosas, tan al aire en la católica España». Y otra vez habla Galdós con su peculiar ironía; habremos de saber oír el tono con que dice eso de «tan al aire», pues no se refiere a que sea cosa vana y sin sustento: también, y sobre todo, apunta a la desfachatez con la cual se pregonan asuntos que al interior de la memoria competen de manera exclusiva.

Pues «ese mundo y trasmundo figurativo —ese realismo trascendido de irrealidad— es el que nos cifra y descifra el enigma con que, al parecer, nos interroga trágicamente cualquier lectura galdosiana». Esto dice Bergamín, que inmediatamente añade —y de forma muy oportuna, por cierto— que el pensamiento religioso propiamente dicho se basa en el «doble sentido del término religiosidad —de releer y de religar— que lleva consigo la creación novelesca misma. Muy difícil es, si no imposible, que pueda darse el fenómeno estético de lo novelesco sin una conciencia creadora, moral y religiosa, que lo sustente». Razón, y muy simple: porque para que la novela sea, debe ser vida en su plenitud; y ello supone que contiene memoria, toda la memoria, no los meros recuerdos trasladados a metáforas más o menos felices. Con otras palabras: espacio del pensar y del pensarse en la existencia, sustraídos a la distracción o inmediatez práctica y útil que razón y ciencia —y los órdenes por ellas avalados— nos imponen.

Cuando venimos a la realidad del mundo galdosiano, tomando en consideración lo dicho, se hace patente lo que adelantaba: cuanto allí se ve no es estampa de costumbres, tan bien aderezada por otros escritores de su tiempo; alcanzamos el otro lado del espejo o espejismo en donde se aparece dicha realidad. Se sabe que Galdós —al igual que Cervantes con la novela de caballerías— adoptó las formas más populares de la narrativa de su tiempo, el cuadro de costumbres, la novela de folletín; y que —también como su maestro primero— lo hizo para que se viera mejor lo que de la verdad ocultaban aquéllas. Sus criaturas, caracteres, nunca tipos de una pieza; seres vivos en quienes las razones y pasiones con las cuales se expresan y se identifican, con su personalísima verdad, se hallan atadas al hilo de un pensar religioso que siempre los desasosiega, cuando no los deja en evidencia, expuestos «tan al aire».

Creo no aventurar nada; al contrario, confirmo lo obvio, si afirmo que por aquella visión mágica llegamos a este sentido cierto de lo religioso que trato de señalar; y que el paso siguiente ha de conducir al esperpento, pues esa mirada que deforma la realidad tiene también su base en el temor y temblor que ata al individuo a su memoria colectiva, a su principio, que nunca llega a dominar del todo. No hay más que recordar el ejemplo máximo: Divinas palabras. Y ese paso se aventura a darlo Galdós, aunque en lugar de ir marcado por el sentimiento trágico de la vida española, lo expresa a través de un «sentimiento humorista del mundo que aprendió en Cervantes y en Dickens (…) que escapaba a modos y modas, y que le hacía caer en el justo medio de las contiendas que sus héroes y la realidad entablaban» (Pérez Minik).

¿No hay también magia en el esperpento? Y de qué manera. Digo, naturalmente, en una expresión llevada a tales extremos. Porque es iluminación y sorpresa; porque se realiza como mostración contraria, e inesperada, de la realidad a la cual se refiere el escritor. El esperpento recuperaría un procedimiento de larga implantación en nuestra literatura —está en el teatro del Siglo de Oro; y no digamos en Cervantes—, que la modernidad adoptaría como imprescindible: lo que, en su momento, Bertolt Brecht denominaría distanciamiento.

Pues bien, esa magia que existe en Galdós, y también en Valle-Inclán, les permite lograr una representación del mundo que «en vez de reproducir las cosas, tal como estamos acostumbrados a percibirlas, las vuelve, por el contrario, extrañas, no familiares, y acaba por desorientarnos» (Tzvetan Todorov); y así, lo visible aparecerá como algo distinto, insólito, inconcebible. No puede ser de otra manera en ese espacio de verdad que es el ámbito de la ficción literaria. ¿Galdós, realista? Quizá no conozca aún el cinismo moral ni los impulsos ciegos del hombre, ni trace retratos tan feroces y depravados de su mundo y sus criaturas como lo haría el escritor gallego. Pero la tendencia a la dramatización que mueve toda su escritura —en coincidencia, una vez más, con Cervantes y Valle-Inclán—, con gran protagonismo del diálogo y con la independencia total que concede a sus criaturas, rompe bien claramente con el modo horizontal de contar, interviene en la perspectiva y deja sin efecto aquella omnisciencia canónica; su juego con voces diversas y modos de pensar diferentes, que se encuentran y entrecruzan, acaba por desembocar en la ironía y en la parodia como único modo de aproximación crítica eficaz.

El caso es, en fin, que si —como anotaba Gonzalo Torrente Ballester en los últimos años sesenta del pasado siglo— Galdós «se crió y vivió en un medio social e intelectual al que le habían dejado de preocupar los problemas estéticos de la lengua, o que le preocupaban en un sentido más bien anticuado», ello no fue nunca obstáculo —todo lo contrario— para que nuestro escritor removiese aquel fondo estancado de una retórica que no era sólo de su tiempo ni de su medio social: santo y seña siempre de la literatura española.

Y algo muy significativo: cuando los noventayochistas entran en escena y proscriben la prosa galdosiana porque —dicen— se necesita una purga radical de tanta retórica, lo que hacen para remediar el mal es establecer otra, no menos rigurosa y asertiva, no menos empaquetada, que aquella a la cual declaraban inservible. Cegados de egotismo como estaban, no vieron que Galdós jamás se había sometido a la norma tácita del realismo, ni escribió condicionado por ella; no vieron que nuestro novelista actuó decisivamente sobre el lenguaje y sobre la forma de la novela, y que dio en los puntos neurálgicos que resquebrajaban toda retórica.

En su agónica seriedad, ¿qué podían ellos saber del humor y de su fuerza corrosiva? Pues «el humorismo —señala Pérez Minik— es el hombre mismo que tiñe con él todo lo que toca, incluso su propia herramienta [la escritura]. Es el sentimiento que se posee del mundo (…) [y] yace en lo más hondo de la personalidad humana, donde ya no se ve y donde uno se pierde». Y hubiesen entendido, de verla, la sintaxis galdosiana, siempre contradictora del orden convencional, para despejar el camino hacia esa verdad disimulada tras la realidad —la sintaxis, siempre, una semántica—. Galdós pudo hacerlo porque su relación con la lengua dependía de otro acento, de otro modo de vivirla: el que le facilitaba su posición excéntrica de insular, de hablante de un español pasado por la mirada incierta y por la actitud siempre doble que caracteriza al español que se habla en Canarias.

¿Y qué decir del léxico? Hablo de la precisión con que nuestro novelista usa las palabras, cómo hace que se resistan a los significados y se abran y manifiesten la riqueza, intención e intensidad de los sentidos que encierran. Con mucha razón le reprocha José Bergamín a Manuel Azaña su juicio sobre el novelista: «En una página de Galdós —cuenta Bergamín que le decía Azaña— sobran casi todas las palabras». Réplica de Bergamín: «Lo más sorprendente en una página de Galdós (…) es cómo, con tan pocas palabras, el novelista nos dice tantísimas cosas; y, sobre todo, con qué maravillosa, prodigiosa, casi milagrosa precisión nos lo dice».

Precisión. Que no profusión, que no prolijidad, como habitualmente se oye de quienes leen con pereza y atados a unos pocos lugares comunes que repiten sin siquiera pararse y pensar. Precisión nacida de aquel mismo desprendimiento del significado; movida por el habla antes que por la lengua. Pues en la novela galdosiana todo son voces, personalización del lenguaje en tonos y acentos, que refrenda la independencia de las criaturas —lo he advertido ya—. Una palabra que no se somete a dictado alguno; ni siquiera cuando se trata de la del narrador. «Cercado por la grandilocuencia de Castelar —escribe Pérez Minik—, por el prosaísmo inocuo de Mesonero Romanos, por el artificio de Echegaray, por la elegancia presumida y jerarquizada de Juan Valera, por un casticismo académico (…), por el barroquismo tradicional (…) más todos los arcaísmos peculiares de un país poco desarrollado», Galdós necesitaba subvertir también la manera de expresar aquella realidad española que miraba por el revés, por su negativo más interesante; de ahí que su escritura se nutriera, de modo muy particular, de los matices de la conversación, de un modo de respirar la lengua gracias al cual ésta adquiere su verdad y pluralidad posibles. Y ello no niega, acrecienta su precisión.

Juan Benet, envalentonado por los vientos de renovación de la novela que soplaban con fuerza en el páramo de la narrativa española de los últimos sesenta del XX, y que acabaron por dispersar las últimas cenizas de aquel realismo seco —aunque dejaron una herencia que aún cuesta erradicar: escribir al dictado de los cánones de la sociedad mediática; no ahondar en la memoria; quedar en la trivialidad efímera de lo actual—, escribió lo siguiente: «deslumbrado por el ejemplo francés, [Galdós] propuso una especie de levantamiento catastral de la sociedad de su tiempo y entendió la novela como el topógrafo puede entender un plano parcelario».

Preguntas de rigor: ¿se trata de una lectura crítica o se vuelve al viejo recelo ante el escritor canario, ahora, entonces, en otra coyuntura que busca dejar al realismo en evidencia, como si Galdós representara precisamente a ese realismo? Bien claro está que no es el ejemplo francés el que guía a don Benito en su aventura de escritor; en la novela europea, Dickens, sin la menor duda. Y fue Cervantes la referencia primera de la escritura y del mundo galdosianos. No, no se trata de una foto fija, ni del archivo de ningún catastro: están allí las formas, fórmulas y apariencias de la sociedad del tiempo, por descontado, pero para ponerlas en solfa, dejando que enseñen su revés, tal como he explicado.

Añadía Benet: «un proyecto tan vasto como poco literario (…) y tan reñido con la componente de arbitrariedad de toda composición artística, habría alcanzado una cierta grandeza de haberlo hecho con delicadeza. ¿La tuvo?». Si poco literario, ¿qué cabría decir de su propio proyecto novelesco —el de Benet, me refiero—, que en la memoria se explaya y sienta sus reales, como alongamiento a lo secreto u oculto de esa memoria, o a lo de ella escamoteado con intención, para que todo quede en evidencia? ¿Qué sucede con Región? Porque completa allí el plano catastral de un país y de las gentes que lo habitan, atado el uno y las otras a aquella memoria.

Reñido, dice después, por fin, con la componente de arbitrariedad de toda composición artística. Galdós, al dar espacio y voz propios a sus criaturas, en detrimento incluso de su condición como narrador, de responsable de las mismas, ya está poniendo aquel azar en juego: la construcción de la novela depende así de las alternativas que esas criaturas afrontan como tales, en la existencia que llevan «comiéndose unos la sustancia de los otros, respirando y manteniéndose con mil trabajos en aquel líquido medio corrompido», como dice el propio don Benito. Aparte eso, tampoco el mundo donde habitan cumple la condición de «contorno intransgredible»: nuestro novelista enreda todo lo que puede para transgredirlo precisamente. Y lo hace, además, con una particular delicadeza. Pues ¿qué, si no, hay en tanta doblez cargada de sustantiva ironía, con la cual deja visto para sentencia el debate sobre la novela contemporánea, trayendo una y otra vez a Cervantes a la mesa de testigos? Si luego se prefirieron otras soluciones, para dar pábulo a una modernidad que no lo era, ninguna responsabilidad cumple a Galdós.

Habrá que ver, entonces, qué nos pasa para andar hoy tan desnortados en esto. Habrá que ver en qué ha venido a dar la literatura de nuestros días: tan prudente a la hora de la crítica; tan laxa que ni cuenta se da de sus servidumbres. Porque, dígaseme si no, es la retórica de un decir general lo que domina; parece que leemos siempre lo mismo y que no hay voces que transmitan riqueza y viveza de sentidos. Y cuando se reclama el compromiso, ante el exceso de vulgaridad o trivialidad que nos rodea, me temo que se está pensando en un lenguaje de poder, no en una palabra libre; se prefiere cierta corrección política que pueda satisfacer la conciencia gregaria, antes que colectiva, de quienes han sido formados para la docilidad, enajenados de su memoria, a la cual se identifica, o bien con un origen idealizado —¿qué sucede, entonces, con todo cuanto se ha ido acumulando después y que es lo que de verdad la constituye?— o apenas con ciertas cuentas pendientes, en un horizonte histórico muy limitado, recurso tramposo.

Aquí, y ahora más, todos huyen de Galdós; digo, de su lectura y conocimiento. A su estudio se dedican muchos, pero es otra cosa. Nada quiere saberse de su agudísima doblez irónica, de las incertidumbres e interrogantes que plantea, del humor. Son las opciones que no soporta el poder, porque no es capaz de controlarlas; y es el poder, cualquier clase de poder, lo que entusiasma a escritores e intelectuales en este momento: su voz crítica, incluso cuando se proclaman disidentes, no va mucho más allá de una patética gesticulación.

No, no parece que Galdós haya salido de su purgatorio. Aunque, pensándolo bien, mejor que así sea. De caer en las hábiles manos de alguno de esos gestores expertos en conmemoraciones, seguro que acabarán por cortarle un traje a su medida. A la del gestor, me refiero, naturalmente.

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