
El verdadero viaje de descubrimiento no consiste en buscar nuevos paisajes, sino en tener nuevos ojos.
JOSEPH CONRAD
Antonio Chazarra Montiel
Los ríos han venido jugando, desde tiempos inmemoriales, un papel civilizatorio, estableciendo fuertes vínculos entre pueblos, países, culturas y regiones.
Diversos escritores han sentido fascinación por los ríos. Por no recurrir más que a ejemplos señeros, citaremos a Flaubert, a Jack London y a Claudio Magris, autor de una fascinante obra sobre el Danubio.
Los ríos se han comparado con el curso de la vida, con descubrimientos… Han gozado de interés simbólico y hasta metafísico. Podría afirmarse que levantan los sueños humanos hasta la estatura de la esperanza. Son, asimismo, un reflejo del estado de ánimo de quien los contempla, pasando bruscamente de la exaltación a la angustia, ante la brevedad de la vida.
El agua discurre y canta naturalmente. Quien sabe mirar e interpretar, capta en su canto un lirismo no afectado que le transmiten sus aguas, que cuentan relatos mágicos.
No es cierto que sean apacibles son, también, briosos, peligrosos y, con frecuencia, se cobran víctimas. La vida no es serena, muy al contrario, está repleta de una crueldad sin argumentos, donde las aventuras y los sobresaltos forman parte del paisaje.

Las palabras para describirlos suenan a veces como látigos. Aunque algunos defiendan lo contrario, “el arte imita a la vida”. Los ríos, en cierto modo son también, un consuelo contra la intemperie.
Hay escritores que se han preocupado de interpretar los ríos, otros los han utilizado para falsificar y reconstruir la historia. Quizás, lo único cierto sea que la realidad no admite agujeros negros.
El viejo historiador Heródoto, ya nos advertía, con la sabiduría que le caracterizaba “los oídos suelen ser menos dignos de fe que los ojos”. Los ríos producen impresiones visuales perdurables entran por los ojos y, a veces, se adueñan del espíritu.
Hay ríos que no sólo discurren por el espacio, sino por el tiempo. Para quien sabe apreciarlo hay ocasiones en que producen una serenidad encomiable. Eurípides en “Las Suplicantes” nos transmite una idea que es conveniente fijar en la memoria: “Sabio es quien se mantiene sereno en los momentos oportunos. La verdadera valentía es la previsión”.
Por su parte, el siempre previsor Plutarco, nos señala, desde su experiencia “el paso de la virtud es tranquilo y su mirada reposada”. Decir esto en tiempos de precipitación y de aturdimiento es más conveniente que nunca aunque la lentitud esté infravalorada y la prisa, ese correr para no ir a ninguna parte, forme parte de las características de nuestro tiempo.
García Márquez, estaba íntimamente convencido, de que el corazón está capacitado para eliminar los malos recuerdos y magnificar los buenos. Gracias a ese artificio, logramos sobrellevar el pasado. También, Gabo acierta a intuir y expresar que la vida no es la que uno vivió, sino la que uno recuerda y como la recuerda para contarla. Sus memorias: “Vivir para contarla”, dejan poco lugar a la duda a este respecto.
Una idea recurrente en el autor de “Cien años de soledad” es que el escritor escribe sus libros para explicarse a sí mismo, lo que no se puede explicar. Ahí también radica una de las claves del realismo mágico y de su imaginación desbordante.
Me llama poderosamente la atención, otra idea suya, que demuestra su respeto y admiración hacia la literatura: el mundo habrá acabado de joderse el día en que los hombres viajen en primera clase y la literatura en el vagón de carga.
Quizás los ríos –el Magdalena en su caso- en algún momento puedan contribuir a “romper encantamientos” ya que son, también, un estado de ánimo histórico. Viajar tiene no poco de poético, de melancólico y hasta de filosófico. Es no pocas veces una experiencia necesaria para vivir con plenitud la vida o, al menos, intentarlo.
Los ríos cuando alguien se adentra en ellos, dan lugar a paisajes agrestes y depresivos… más siempre, el rumbo a que llevan las aguas depara sorpresas.
Dos son las obras de García Márquez en que el río Magdalena adquiere un valor relevante, podría incluso decirse que más que antagonista es un coprotagonista de la historia que se narra.
La primera de estas novelas es “El amor en los tiempos del cólera”. En sus páginas nada es casual, todo está medido. Puede ser interpretada, entre otras cosas, como la importancia de las segundas oportunidades.
Para García Márquez el amor puede superar todas las dificultades. A lo largo de sus páginas se habla del tiempo, de la vejez y de la muerte, aunque paradójicamente, se esté homenajeando a las ganas de vivir.
Tampoco, es de extrañar que la rebeldía esté presente una vez más. A veces, la rabia es un recurso para ayudarnos a afrontar el miedo que nos atenaza.
“El general en su laberinto” por su parte, es para mí una de las más fascinantes de su autor. Su protagonista: Simón Bolívar, el Libertador. No está visto ni analizado desde su energía y plenitud, sino en el periodo previo a su muerte. Lleno de zozobra, inquietudes y decrepitud, donde en cierto modo, repasa y analiza en qué ha consistido su trayectoria vital, haciendo balance de sus logros y frustraciones.
Podría decirse que se trata de una novela histórica “sui generis”. La salud y la energía vital, se baten en retirada. La enfermedad y la muerte se hacen presentes cada vez con más fuerza. La novela explora intensamente los laberintos de su periplo vital a través de sus recuerdos.
Gabriel García Márquez tenía desde su infancia un interés y hasta una cierta comunión con el río Magdalena. Donde están presentes los recuerdos de la niñez, que juegan un papel ineludible en su creatividad. Trabaja con disciplina y constancia haciendo que parezca sencillo, lo que se atribuye a una imaginación desbordante.
En sus obras no todo es imaginación ni artificio. A título de ejemplo quiero señalar, que consultó las cartas de Bolívar y los periódicos de ese periodo que pudo encontrar, así como las obras de biógrafos e historiadores sobre los últimos días del Libertador. Una vez más, el uso que hace de los materiales de que dispone es sencillamente, magistral.
Su interés se focaliza en la derrota de Simón Bolívar y en los reveses de la fortuna. El deterioro físico lo va consumiendo y convirtiendo en una caricatura de sí mismo. Se percibe como una sombra de lo que fue. Está lleno de amargura y de miedo. La muerte podría decirse, que le obsesiona. Es significativo que para García Márquez es una meditación recurrente… que, en cierto modo, le aparta de la vida.
El río Magdalena transmite una sabiduría ancestral. En las páginas de esta novela se entremezclan y funden imaginación y memoria. Por extraño que pueda parecer el Magdalena proyecta lo que podríamos denominar “una fidelidad al futuro”.
Un escritor de raza, como García Márquez, dosifica en sus relatos inteligencia, capacidad de influir sobre el lector, dejando en el aire cabos sueltos y posibilidades interpretativas. Ahí radica lo que ciertos críticos han calificado de merodeo, lo que es posible, mas desde luego con una sutileza embriagadora.
Hay momentos, en que de las aguas del río, parece que surgen violines ocultos. Los ríos suelen ir al paso del ritmo de la vida. De forma natural, García Márquez, deja volar su imaginación e incluye encantamientos circenses.
Los ríos han sido, frecuentemente, fuentes de inspiración. Si se sabe apreciar tienen algo de oráculo. Ante ellos, emergen el miedo, el frío, el silencio y la soledad, que lejos de espantar son un imán que atrae y conjura esperanzas iluminadoras.
El río Magdalena, para García Márquez, se identifica con sueños y promesas. La nostalgia es triste… decadente. Arrastra sueños insatisfechos que duermen bajo las aguas. Las sensaciones que transmite son las más de las veces emocionantes… indescriptibles.
Quien se proponga comprender en su integridad un río o psicoanalizarlo, ha de iniciar su introspección por las quimeras y delirios, donde se mezclan recuerdos, pesadillas y sueños.
Para transmitir con veracidad los secretos que el Magdalena encierra, hay que rechazar todo enmascaramiento. Aparentemente sus aguas son un espejo, mas en una realidad más profunda se pueden distinguir los diversos disfraces con qué se muestra.
García Márquez, sabe descubrir y hacernos participes de lo que el Magdalena tiene de mito, así como las “claves culturales” que atesora. Hay que saber demorarse y dialogar con el tiempo. Buena es la tardanza que hace “la carrera segura”.
Es una obligación del escritor que actúa como cronista, no dejarse envolver por espejismos y secretos poderes hipnóticos. Conviene tener muy presente la sabia advertencia de Heráclito, porque las aguas fluyen… nunca son las mismas. Ni ellas, ni nosotros, permanecemos.
En estas dos obras hay magia, evocación y un decidido propósito de descifrar, al menos, algunos de sus enigmas.
Así los viajes que se describen, no sólo recorren un espacio, sino un tiempo visto desde un ángulo ora realista y descriptivo, ora fantástico. García Márquez, no renuncia nunca a sus juegos malabares, ni mucho menos, a las metamorfosis que tienen más de onírico de lo que parece.
Las situaciones en que se ven abocados los personajes en relación con el rio Magdalena, están envueltas en un halo de hechizo. Me parece sencillamente admirable, el esfuerzo de Simón Bolívar por mantener la dignidad en medio de un mundo –que es su mundo- que se desmorona.
El río Magdalena, es contemplado como el símbolo cultural de Colombia. Se le considera la principal arteria fluvial del país, pese a no ser ni el más largo, ni el más caudaloso. Es curioso que también se le denomine “el gran río de los caimanes”. Gabriel García Márquez, se propone y consigue una descripción de lo que significa el Magdalena, para la historia.
Nace en la cordillera de los Andes, recorre Colombia de sur a norte, a lo largo de más de mil quinientos kilómetros. Constituye, de hecho, la principal ruta fluvial del país.
En sus viajes, García Márquez aprendió a ver pasar la vida y descifrar lo que conlleva y significa. El Magdalena puede ser un espacio de nostalgia y de amor. En una ocasión confesó –son importantes sus confesiones- que si volviera a ser niño sería para surcar de nuevo sus aguas.
Su fascinación le lleva a detenerse como Florentino Ariza, el protagonista de “El amor en tiempos del cólera”, a contemplar y a evocar los inmóviles caimanes, las garzas… que se divisan y se hacen presentes en las riberas o márgenes de este río vivo y exuberante.
Bolívar, por su parte, percibe que se va encaminando al “regreso a la nada” entre las voces de la selva, borrando de paso, las fronteras entre la realidad, los recuerdos y los sueños.
García Márquez sabe transmitir la serenidad que produce el ver pasar el río como metáfora de la vida.
Rara vez, incurre en panegíricos ni en fáciles hipérboles. El lector avisado puede descubrir que los recuerdos son una serena invitación al diálogo. Me imagino a Gabo arrojando a las aguas del Magdalena una botella con un mensaje para nosotros, que de alguna manera somos su futuro.
Bien mirado, muchas de sus páginas son una invitación a la utopía. En una ocasión manifestó “creo que todavía no es demasiado tarde para construir una utopía que nos permita compartir la tierra”.
Con su ironía y su proverbial retranca manifiesta que las humanidades –tan despreciadas hoy- son y serán imprescindibles.
Me gusta evocarlo, criticando abiertamente, lo que algunos pensadores han calificado “como la razón instrumental que todo lo mercantiliza”.















