
Observatorio Negrín-Galdós
En el universo de Benito Pérez Galdós hay personajes que no se limitan a “estar” en una novela: respiran con una intensidad tan humana que acaban convirtiéndose en una forma de mirar el mundo. Fortunata —una de las dos grandes columnas de Fortunata y Jacinta— es justamente eso: un temperamento, una herida social, una energía vital que se estrella contra las paredes invisibles de la respetabilidad. Hablar de Fortunata no es solo hablar de una mujer de ficción; es asomarse a la España urbana de finales del XIX, a sus jerarquías y a sus hipocresías, y comprobar cómo una vida “menor” puede reclamar un lugar central en la literatura.
Una aparición que no pide permiso
Fortunata entra en escena como entran los personajes destinados a dejar marca: sin pedir permiso al lector ni a los códigos morales del mundo que la rodea. No viene “educada” por el narrador para caernos bien; tampoco se presenta como modelo edificante. Se impone por presencia. Fortunata es pueblo, calle, mercado, impulso: su manera de existir desafía la calma burguesa donde todo debe tener forma, precio, apellido y coartada.
Galdós la construye con una mezcla admirable de crudeza y ternura. Crudeza porque nunca la disfraza: no romantiza su precariedad ni su falta de herramientas sociales; ternura porque entiende el origen de sus desbordes, el hambre (literal y simbólica) de afecto, de reconocimiento, de vida propia. Fortunata no es “pura” ni “perversa”: es compleja, y esa complejidad es su primera victoria literaria.
Amor y violencia social con un solo nombre: Juanito Santa Cruz

No se puede hablar de Fortunata sin hablar de Juanito Santa Cruz, el seductor burgués que encarna un tipo de poder muy específico: el poder que parece encanto, pero funciona como destino impuesto. Juanito no solo seduce; clasifica. No es casual que su relación con Fortunata esté marcada por una desigualdad estructural: él puede convertir la aventura en anécdota; ella carga con las consecuencias en el cuerpo, en la reputación, en el futuro.
Fortunata ama, sí, pero también lucha por definir qué significa ese amor cuando el mundo solo le concede el papel de “la otra”, de “la caída”, de “la que estorba”. En ese sentido, la historia entre ambos no es únicamente romántica o pasional: es una forma de violencia social. La burguesía puede permitirse el capricho; el pueblo paga el recibo.
Y sin embargo, Fortunata no queda reducida a víctima. Su grandeza está en que no se deja narrar del todo por esa relación: se rebela, se reconfigura, vuelve a empezar, se engaña, aprende, arde y se reconstruye. Galdós no la castiga con una moralina: la acompaña con un realismo que duele.
La maternidad como territorio de sentido
En Fortunata y Jacinta, la maternidad no es un simple argumento: es un campo de batalla simbólico. Para Fortunata, ser madre se convierte en una manera de reclamar legitimidad en un mundo que la considera ilegítima. El hijo aparece como esperanza, pero también como carga: un vínculo que la ata y a la vez le da fuerza, porque la sitúa en un lugar que la sociedad respeta… siempre que venga con matrimonio y sello oficial.
Aquí Galdós es especialmente incisivo: muestra cómo la moral pública se construye sobre una contradicción. Se glorifica la maternidad, pero se desprecia a la madre “equivocada”. Se idolatra la familia, pero se tolera el deseo masculino fuera del matrimonio como una travesura. Fortunata, entonces, encarna esa pregunta incómoda: ¿quién decide qué vida vale y cuál no, si ambas sienten igual?
Una educación sentimental contra reloj
Fortunata atraviesa lo que podríamos llamar —sin forzar demasiado— una educación sentimental acelerada y brutal. Aprende tarde lo que otros aprenden desde la cuna: el lenguaje de las apariencias, la importancia del apellido, el teatro social. Cuando intenta “reformarse”, el intento no es ridículo; es trágico, porque revela lo arbitrario del sistema. No le faltan ganas: le faltan red, respaldo, tiempo, y sobre todo margen de error.
Sus esfuerzos por encajar muestran algo decisivo: la respetabilidad no es sinónimo de virtud, sino de pertenencia. Fortunata descubre que la moral social se parece a un club: no basta con comportarse “bien”, hay que ser “de los nuestros”. Y ese descubrimiento la hiere, pero también la vuelve más lúcida.
El cuerpo: lo que la sociedad vigila y la novela libera
Fortunata es, entre otras cosas, un cuerpo vigilado. Su clase y su género la convierten en un objetivo permanente: cualquier gesto puede leerse como provocación; cualquier emoción, como escándalo. Mientras la mujer burguesa es educada para que su cuerpo desaparezca bajo el decoro, Fortunata no tiene ese lujo: su presencia se nota, incomoda, denuncia.
Y ahí está una de las jugadas maestras de Galdós: hacer de esa corporalidad una forma de verdad. Fortunata es impulsiva, sí, pero su impulso no es simple animalidad; es una respuesta a una vida sin amortiguadores. En ella, el deseo y la rabia no se maquillan. Por eso resulta tan poderosa: porque no finge estar a salvo.
Fortunata frente a Jacinta: dos mundos, un mismo vacío
La novela coloca a Fortunata y Jacinta en un diálogo constante, aunque no siempre directo. Jacinta representa la estabilidad y el prestigio; Fortunata, la intemperie. Pero Galdós no convierte a una en santa y a la otra en pecadora: las muestra atrapadas en expectativas distintas y, en el fondo, igualmente asfixiantes.
Jacinta sufre desde el deber; Fortunata desde la exclusión. Una tiene techo, otra tiene calle; pero ambas chocan con el mismo núcleo duro del sistema: la centralidad de los deseos masculinos y la subordinación de los proyectos femeninos. La comparación no busca coronar a una; busca revelar que el problema no es individual, sino social.
Por qué Fortunata sigue siendo inolvidable
Fortunata persiste porque no es un símbolo plano: es contradicción viva. Puede ser generosa y destructiva, tierna y feroz, ingenua y clarividente. Su lenguaje no está “corregido” por la cultura letrada, pero tiene una fuerza expresiva que a veces deja en evidencia a quienes hablan con frases bonitas y alma pequeña. Fortunata no gana por refinamiento; gana por verdad.
Además, su figura anticipa una sensibilidad moderna: la idea de que una mujer no tiene por qué ser ejemplar para ser digna de ser contada. Galdós le concede algo que la sociedad le niega: complejidad moral. No la reduce a su “falta”, ni la usa como advertencia; la convierte en centro emocional y ético de la novela.
Cierre: una vida sin permiso, una literatura con futuro
Si el realismo de Galdós tiene un secreto, quizá sea este: mirar a los márgenes con la misma seriedad con la que otros miran a los salones. Fortunata es el resultado más brillante de esa apuesta. No es solo una “mujer caída” ni una víctima del deseo ajeno: es una persona que intenta, a su manera y con sus recursos, decidir quién es.
Y esa tentativa, aunque fracase o se quiebre, la vuelve enorme. Fortunata nos deja una impresión rara y profundamente humana: la de alguien que no encaja, no por capricho, sino porque su mundo está construido para que no encaje. Por eso, cuando cerramos el libro, no se queda atrás como un personaje secundario: se queda delante, como una pregunta que aún no hemos terminado de contestar.















