
Rosa Amor del Olmo
El Río es un barrio de medianías del municipio de Arico, en el sureste de Tenerife, íntimamente ligado a un accidente geográfico que condiciona todo: el Barranco del Río. En Canarias, “río” suele ser sinónimo popular de barranco, pero aquí el nombre adquiere un giro inesperado: los propios documentos del Plan Rector de Uso y Gestión del Parque Natural de la Corona Forestal señalan que, a diferencia de otros cauces torrenciales, este barranco mantiene en su curso medio y alto un “modesto caudal” de forma constante por afloramiento de aguas subterráneas (PRUG Corona Forestal, Gobierno de Canarias, 2008).
El Río se mueve entre tres “capas” de territorio superpuestas: la ruralidad de bancales y caseríos, la geología volcánica reciente (con la huella histórica de erupciones fisurales en el eje de la dorsal), y una ecología de contrastes donde el pinar canario seco —con escobón, amagante y jaras— se mezcla con barrancos que pueden conservar humedad y especies extremadamente raras (PRUG Corona Forestal, Gobierno de Canarias, 2008).

Lo más sorprendente de este lugar no está en un único icono, sino en la combinación: un barranco que nace en la caldera del Parque Nacional del Teide, un pinar seco descrito como “excelente manifestación” por la planificación ambiental, y un patrimonio humano que va desde refugios pastoriles vinculados al mundo guanche hasta una arqueología industrial temprana —hornos de brea— estudiada con fotogrametría 3D para reconstruir procesos productivos (MITECO–OAPN, s. f.; Gobierno de Canarias, 2021).
Datos clave solicitados pero no verificados en fuentes primarias durante esta investigación: coordenadas exactas del núcleo de El Río, altitud oficial del núcleo, y población actual del barrio (se intentó localizar en el Nomenclátor del Instituto Nacional de Estadística, pero la consulta nominal directa no devolvió tabla utilizable en el entorno de trabajo; por tanto, se considera “no especificado” y se recomienda consulta directa en el Nomenclátor municipal del INE)
El Río (Arico) es una “bisagra” territorial: un núcleo de medianías que se entiende mejor si se mira como paisaje completo, desde las cumbres de pinar hasta los barrancos que descienden hacia la costa. Ese gradiente altitudinal no solo ordena el relieve, sino también el agua (escasa, canalizada y discutida), la vegetación (del pinar canario seco a enclaves de bosque termófilo en fondo de barranco) y la manera en que se han asentado las personas, desde los guanches hasta la planificación contemporánea.
A escala geológica, el municipio está escrito en coladas y conos: al sur se describen extensiones de lavas basálticas y materiales estrombolianos que llegan al mar (por ejemplo, en torno a Lomo de Arico), y en la dorsal se conserva la huella de erupciones históricas como la triple erupción de 1704–1705 (Siete Fuentes–Fasnia–Arafo). Esa memoria volcánica no es “decorado”: condiciona suelos, escorrentías, pendientes y, por tanto, usos y riesgos.
Lo más sorprendente no está en un único “mirador”, sino en tres capas que conviven: (1) biodiversidad rara en lugares muy concretos (un caso extremo es la constatación de un único ejemplar en Tamadaya de una planta endémica y amenazada en el marco de un plan oficial de recuperación), (2) arqueología “menos esperada” del siglo XVI–XVII (hornos de brea excavados con fotogrametría 3D para reconstruir procesos productivos) y (3) tensiones contemporáneas entre transición energética, patrimonio y ordenación del territorio.
Una entrada narrativa
En la carretera vieja del sur, la TF‑28, el paisaje cambia sin avisar: un giro y el Atlántico se queda abajo, como si alguien hubiera bajado el volumen del mar. La luz se vuelve más dura, el aire más seco y, de repente, aparecen bancales, pistas forestales y barrancos que no parecen “heridas”, sino corredores. Es fácil pasar de largo pensando que El Río es solo “un sitio de paso”, pero su historia demuestra lo contrario: en estas medianías, el paso ha sido siempre el argumento. Paso de agua, de ganado, de rutas hacia puertos históricos y de ideas nuevas (a veces demasiado rápidas) sobre cómo producir energía, gestionar residuos o conservar un pinar.
Si se camina con calma, el lugar se revela como una colección de señales: un barranco con servidumbre hidráulica deslindada oficialmente, una ermita nacida de un acuerdo vecinal del siglo XVII, pistas que cosen un “pinar seco de Arico” descrito por la planificación ambiental insular, y un territorio arqueológico que obliga a replantear la vieja idea de un sur exclusivamente trashumante. El Río, en resumen, funciona como una lupa: amplifica los temas clásicos de Canarias (agua, suelo volcánico, viento alisio, patrimonio) y los coloca en un mismo encuadre.
En días de alisio, la isla funciona como una máquina climática: una capa de inversión actúa como “tapadera” separando masas de aire y modulando humedad y nubosidad (AEMET, 1980). El resultado, aquí, no es el verdor exuberante del norte, sino un equilibrio más raro: pino canario adaptado a la escasez, sotobosques discontinuos, barrancos donde el agua subterránea se atreve a salir y, en rincones aún más escondidos, plantas que sobrevivieron a la historia por pura tozudez biológica.
Geografía y geología: la rampa del sureste de Tenerife

En el entorno de El Río, la forma del terreno se describe mejor como rampa y corte. Por un lado, una larga pendiente que conecta medianías y cumbre; por otro, la incisión de grandes barrancos que ordenan el drenaje y, en la práctica, han organizado también caminos y asentamientos. Un ejemplo muy claro del “territorio como perfil” lo da la investigación arqueológica del Lomo de Arico: se describe como una unidad geomorfológica que desciende desde la pared sur del “Círculo de Las Cañadas”, desde el Topo de Veno (2.572 m s. n. m.) hasta cotas mucho más bajas como la Morra de Reverón (281 m s. n. m.), y luego se transforma en plataforma costera.
En clave volcánica, el sureste muestra campos de pequeños centros estrombolianos y coladas basálticas que han llegado al mar; el inventario geológico insular describe, por ejemplo, afloramientos costeros en Lomo de Arico y menciona composiciones basálticas e intermedias, con variaciones desde basanitas a fonolitas, así como apilamientos de coladas y piroclastos. No son detalles “de manual”: explican por qué hay laderas con escarpes, fondos de barranco con basaltos más visibles y, sobre todo, una enorme diversidad de microhábitats condicionada por la litología.
En el contexto de la dorsal, la erupción histórica de 1704–1705 es una pieza clave de lectura del paisaje. El inventario del IGME la presenta como un ejemplo de erupción fisural múltiple, con tres conjuntos eruptivos a lo largo de una fractura de más de 10 km, dando lugar a los volcanes de Siete Fuentes (Arico), Fasnia y Arafo. La guía geológica del Teide añade que esa fisura (NNE‑SSO) fue la última manifestación del eje de la Dorsal y que su dirección ha sido dominante durante al menos 1,5 millones de años.
La vegetación que “define” el telón de fondo de El Río en altura es el pinar canario seco. El PRUG de Corona Forestal caracteriza el “pinar seco de Arico” como una manifestación destacada de pinar canario seco y menciona en el sotobosque la presencia frecuente de escobón y amagante, que a cotas más bajas dan paso a la jara (PRUG Corona Forestal, Gobierno de Canarias, 2008). Esta descripción es valiosa porque no es una guía turística: es planificación ambiental basada en unidades territoriales homogéneas.
La sorpresa biológica mayor, sin embargo, está en los barrancos. El Banco de Datos de Biodiversidad de Canarias —BIOTA— se define como registro oficial taxonómico y administrativo de la biota del archipiélago, con listado y distribución conocida de especies silvestres (Gobierno de Canarias, 1999; Gobierno de Canarias, s. f.). En ese marco, el Gobierno de Canarias mantiene planes de conservación que revelan qué lugares son críticos. Uno de ellos es el Plan de Recuperación del “picopaloma” (Lotus berthelotii), especie endémica de Tenerife con subpoblaciones localizadas, entre otros lugares, dentro del Parque Natural de Corona Forestal, incluyendo el Barranco de Tamadaya (Gobierno de Canarias, 2007; Gobierno de Canarias, s. f.). El hecho de que un barranco del sureste aparezca en un plan de recuperación de flora “en peligro” es, por sí solo, un indicador de singularidad ecológica.
En fauna, el documento informativo del PRUG (2011) aporta un inventario divulgativo con especies y endemismos detectados en Corona Forestal. Señala 37 aves nidificantes y cita aves exclusivas del archipiélago como el pinzón azul del Teide (Fringilla teydea teydea), las palomas endémicas (Columba bollii y C. junoniae) y el mosquitero canario (Phylloscopus canariensis), además de subespecies exclusivas (Gobierno de Canarias, 2011). También indica la presencia de reptiles autóctonos como lisa (Chalcides viridanus), perenquén (Tarentola delalandii) y las subespecies de lagarto tizón (Gallotia galloti), y destaca murciélagos como el orejudo canario (Plecotus teneriffae) (Gobierno de Canarias, 2011).
Dato no especificado (solicitado): qué especies concretas están confirmadas “dentro del casco” de El Río frente a su entorno natural inmediato. Los documentos citados trabajan a escala de espacio natural protegido y municipio; para presencia puntual por cuadrícula o punto, la referencia operativa es BIOTA, pero no se ha extraído una lista georreferenciada específica para el barrio en esta investigación.
Microclima (por qué aquí “cambia el aire”)
El Río está en una isla donde el clima se fabrica por capas. La inversión asociada al régimen de alisios actúa como una “tapa” atmosférica que suele situarse, según síntesis divulgativas técnicas, en el entorno de 1.000–1.500 m, con ciclo anual (más alta y variable en invierno; más baja en verano). Ese escalón ayuda a entender por qué, a poca distancia horizontal, conviven medianías relativamente frescas con costa seca, y por qué el sotavento (donde se ubican amplias zonas del sur) tiende a la escasez de precipitación.
Una lectura “aplicada” de esta dinámica aparece en la planificación del Parque Natural de Corona Forestal: al describir unidades homogéneas, distingue explícitamente “pinar seco de Arico” y también una red de pistas cuyo eje principal es la “pista general de Arico”, conectando cumbres forestales con núcleos de medianías. Clima, accesos y usos aparecen así amarrados en un mismo documento técnico: el microclima influye en la vegetación; la vegetación y el relieve condicionan pistas; y esas pistas, a su vez, canalizan el uso público y los riesgos.
Los hitos volcánicos se apoyan en el IGME (erupción 1704–1705 y contexto de dorsal), mientras que los hitos patrimoniales se sustentan en el Boletín Oficial de Canarias para las declaraciones BIC (2005 y 2007). La ermita de El Río se documenta en actas de jornadas de historia local (escritura pública vecinal y licencia episcopal), y la campaña arqueológica de Camasverdes en comunicación institucional del Gobierno autonómico. La referencia a 2025 se formula como hecho reportado por prensa con acceso a expediente, no como documento publicado directamente en un boletín oficial.
Vida en los extremos: flora y fauna endémica

Para hablar de biodiversidad en El Río hay que hablar de gradiente y de refugios. En la cumbre y medianías altas, el Parque Natural de Corona Forestal (plan rector) describe unidades como el “pinar seco de Arico”, una manifestación de pinar canario seco, con sotobosque donde aparecen especies como escobón y amagante (nombres comunes), y con una densa red de pistas. Ese “pinar seco” no es solo una etiqueta ecológica: es una señal de aridez relativa dentro de un gran espacio forestal insular.
En contraste, el mismo plan identifica el Barranco de Tamadaya como uno de los grandes cauces de la vertiente meridional donde se conservan manifestaciones de bosque termófilo y una pequeña representación de sauceda de fondo de barranco, incluyendo endemismos vegetales amenazados. La clave aquí es el “efecto corredor”: el fondo de barranco puede retener humedad, sombra y suelos distintos al exterior, permitiendo que sobrevivan especies y comunidades que, fuera del cauce, serían más difíciles de mantener en el sur seco.
El caso más llamativo de rareza vegetal está documentado en un plan oficial de recuperación: en 2007 se señalaba que en Tamadaya existía únicamente un ejemplar de “picopaloma” (Lotus berthelotii), de reciente descubrimiento, y que en el Barranco del Río se localizaba otro ejemplar natural, junto a individuos introducidos, dentro del marco de conservación de especies en peligro. Esta combinación (una especie endémica + una población reducida a un solo individuo en un enclave concreto) es una de esas cifras que cambian la manera en que se camina: convierten un barranco en un laboratorio frágil.
Para no convertir la biodiversidad en una lista interminable, sirve fijarse en tres “grupos faro” que aparecen en documentación técnica del parque: reptiles endémicos (por ejemplo, lagartos y lisas insulares), insectos ligados al pinar (se menciona explícitamente una mariposa exclusiva del pinar en la vertiente sur) y plantas con distribución muy localizada, algunas concentradas en barrancos como Tamadaya. Todo ello, además, se integra hoy en sistemas oficiales de información como el Banco de Datos de Biodiversidad de Canarias, que se define institucionalmente como registro oficial de especies del archipiélago y que afirma basarse en documentación técnica o científica validada por especialistas.
Huellas humanas: de los guanches a la energía del siglo XXI

Antes de la conquista: fronteras, barrancos y arqueología del “sur habitado”
En la prehistoria de Tenerife, la discusión sobre límites entre menceyatos no es un debate abstracto: se apoya en barrancos concretos. Un estudio académico amplio reabre el tema mostrando que una de las opciones propuestas históricamente sitúa el límite entre Güímar y Abona en el Barranco de El Río (límite administrativo actual entre Arico y Granadilla), mientras otras lo desplazan a Herques o incluso a Tamadaya, citando datas históricas tempranas (1505) y autores clásicos de la historiografía canaria. Barranco y frontera vuelven a coincidir: el paisaje es archivo.
En paralelo, la arqueología reciente desmonta la idea de un sur exclusivamente estacional o “vacío” de poblamiento permanente. El estudio sobre el territorio arqueológico del Lomo de Arico, realizado a partir de prospecciones sistemáticas, plantea un modelo de hábitat permanente organizado mediante complejos de cabañas y una distribución de asentamientos con patrón de racionalidad y dominio visual sobre la comarca. Además, conecta explícitamente el trabajo con actuaciones modernas (prospectar antes de instalaciones, como aerogeneradores), recordando que el patrimonio aparece, a menudo, cuando el territorio se transforma.


Un ejemplo muy concreto de esa intersección entre obra contemporánea y registro arqueológico está en el trabajo de Alfredo Mederos Martín y Gabriel Escribano Cobo: describen prospecciones arqueológicas de urgencia autorizadas por la Viceconsejería de Cultura y Deporte del Gobierno autonómico, vinculadas a obras viarias (vías de servicio paralelas a la TF‑1, mejora del tramo Abades–San Miguel de Tajao, etc.), y documentan yacimientos asociados a cauces de barrancos, lomas dominantes y presencia de agua estancada. Ese patrón (barranco + agua + ocupación) es coherente con lo que se observa también en la lectura ecológica del territorio.
Colonización y economía: alquitrán de pino, barcos de madera y “arqueología del siglo XVI”
Una de las sorpresas con fuentes institucionales es la arqueología industrial de los hornos de brea. En una nota oficial, el Gobierno autonómico informa del cierre de una segunda intervención arqueológica en el horno de brea de Camasverdes (Arico): se habría excavado el horno principal y el “cocedero”, se recogieron muestras de resina antigua para estudiar, y se anuncia la creación de un modelo 3D mediante fotogrametría para simular su funcionamiento. La misma comunicación vincula la producción de pez/brea con una actividad próspera en islas con masa forestal durante los siglos XVI y XVII y aporta un dato llamativo: se cifra en 150 el número de hornos contabilizados en el archipiélago, subrayando que excavar uno por primera vez aporta información nueva.
En clave patrimonial construida, dos declaraciones oficiales de Bien de Interés Cultural (BIC) ayudan a entender cómo se valora el paisaje urbano de las medianías. El decreto de 2005 declara BIC el Conjunto Histórico de La Villa de Arico. El decreto de 2007 declara BIC el Conjunto Histórico de Arico el Nuevo y explicita que sus valores se fundamentan en una configuración urbanística lineal a lo largo de la vía que conectaba con el puerto histórico de El Porís, además del patrimonio arquitectónico. En otras palabras: el patrimonio no se entiende sin la ruta, y la ruta no se entiende sin el puerto.
Modernidad: residuos, renovables y conflictos de conservación
El presente añade dos infraestructuras que también “explican” el lugar, aunque incomoden: la gestión de residuos y la implantación de renovables. En el plano ambiental, una página institucional del Gobierno de Canarias enumera los “complejos ambientales” existentes y menciona explícitamente el de Arico (Tenerife), en el marco de la Ley 1/1999 de Residuos de Canarias y atribuyendo a los cabildos insulares la gestión de estas instalaciones. Esto contextualiza por qué, en algunas zonas del término, la infraestructura de residuos aparece como parte física del paisaje.
En el plano energético-patrimonial, un reportaje de prensa (Cadena SER) afirma que el Cabildo fue sancionado por el Gobierno autonómico por daños a un conjunto arqueológico en Arico durante obras de una planta fotovoltaica (proyecto FOTOBAT 5+5), identificando al Instituto Tecnológico y de Energías Renovables como promotor y señalando métricas de superficie afectada y cuantía de multa, además de describir la naturaleza guanche del yacimiento. Aunque aquí la fuente no es un boletín oficial, el texto se basa en el acceso periodístico a expediente; sirve, en una lectura equilibrada, para recordar que la transición energética requiere control arqueológico efectivo en territorios con alta densidad de yacimientos.
Cultura, fiestas, leyendas y patrimonio construido

El Río tiene una historia “de escritura pública”, literalmente. En las actas de unas jornadas de historia del sur de Tenerife se afirma que la “necesidad espiritual” llevó a los vecinos a fundar un recinto sacro en 1674, acordando bajo escritura pública dedicar una ermita a San Bartolomé y dotándola con fanegas de trigo para reparos; al año siguiente se obtuvo licencia episcopal para bendecirla cuando estuviera acabada y con los ornamentos necesarios. Esta escena (vecindad, escritura, trigo, reparación) es una cápsula cultural: enseña cómo se construía comunidad en las medianías.
En Arico el Nuevo, el patrimonio religioso se integra en un conjunto histórico reconocido institucionalmente. La web turística insular describe dos templos (Nuestra Señora de la Luz y San Bartolomé) como edificados a finales del siglo XVII, aportando además detalles artísticos sobre imaginería y dataciones de esculturas. Combinado con el decreto BIC, se entiende que aquí la arquitectura no se valora aislada, sino como parte de un trazado urbano lineal asociado a una vía histórica de conexión con la costaSobre fiestas, la disponibilidad de fuentes municipales directas puede ser inestable (algunas páginas del ayuntamiento devolvieron error durante esta investigación); aun así, hay indicios de continuidad festiva en torno a San Bartolomé en El Río en publicaciones del propio Ayuntamiento en redes sociales, que suelen funcionar como tablón oficial de anuncio local cuando se acercan las fechas. En un artículo analítico, esto importa: en municipios dispersos, la fiesta no solo es calendario, es también infraestructura social (convoca, refuerza identidad, justifica arreglos, produce memoria compartida).
Viajar con curiosidad y cuidado
Tres experiencias “sorprendentes” para entender el lugar
La sorpresa en Arico y El Río no se limita a vistas bonitas: aparece cuando se reconoce lo improbable (una planta única), lo técnico (un horno reconstruido en 3D) o lo histórico‑geológico (un volcán “reciente” en términos canarios).
| Sitio o experiencia | Por qué sorprende | Dificultad de acceso | Mejor momento |
|---|---|---|---|
| Barranco de Tamadaya | En un barranco del sur se conservan restos de bosque termófilo y sauceda, y la documentación oficial llegó a señalar la existencia de un único ejemplar de una especie endémica y amenazada: un recordatorio extremo de lo frágil. | Media: tramos por pista y sendero; terreno irregular. | Primavera u otoño (más cómodo para caminar; menos calor). |
| Horno de brea de Camasverdes | Arqueología industrial del XVI–XVII: excavación del horno y cocedero, muestras de resina, y fotogrametría para simular el proceso productivo en 3D. | Baja‑media: depende del punto exacto y de si hay acceso habilitado; hay que informarse antes. | Todo el año, evitando días de mucho calor y respetando señalización/obras. |
| Volcán de Siete Fuentes | Forma parte de una erupción fisural “triple” (1704–1705) a lo largo de una fractura de más de 10 km: historia reciente en geología y muy legible en el terreno. | Media: acceso por pistas/senderos de cumbre, condiciones cambiantes. | Invierno templado y primavera (más estabilidad térmica; mejor visibilidad). |
Turismo sostenible: reglas simples con base técnica
En Corona Forestal se detectan conflictos de uso público cuando grupos numerosos transitan senderos en áreas de alta fragilidad, lo que se considera un riesgo para la conservación de flora y fauna; la lección práctica es obvia: grupos pequeños, senderos autorizados y mínimo pisoteo fuera de trazado.
El fuego es una amenaza recurrente en el parque: el documento técnico recuerda que el problema no es solo el fuego como elemento ecológico, sino su reiteración en periodos cortos, y menciona factores que elevan el riesgo (por ejemplo, continuidad de combustible en sotobosque). En términos de visitante: nada de colillas, nada de hornillos fuera de zonas permitidas y atención a avisos.
En barrancos y pistas, el riesgo no es solo “perderse”: el propio plan reconoce como factores de riesgo para personas las grandes avenidas por precipitaciones intensas, además de otros procesos naturales. Traducido: no entrar en cauces si hay previsión de lluvias intensas y evitar descensos si no se domina el medio.
Cómo llegar, cuándo ir, seguridad y accesibilidad
Por carretera, El Río se estructura alrededor de la TF‑28 (carretera general del sur) y su conexión con la TF‑1 a través de la denominada “Carretera General del Río”, citada en normativa publicada en el Boletín Oficial de Canarias. Esto facilita una llegada razonable en coche desde el corredor sur, aunque conviene contar con curvas, cambios rápidos de altitud y viento.
En transporte público, la conexión depende de la red de guaguas: TITSA publica líneas y recorridos donde se incluye explícitamente el paso por “El Río” en itinerarios que conectan con Güímar/Granadilla (por ejemplo, la línea 036 menciona el tramo Arico–El Río–Chimiche). Verificar horarios el día de la visita es imprescindible porque las frecuencias pueden ser limitadas.
La mejor temporada depende del objetivo: para caminar por medianías y barrancos suele ser más amable primavera u otoño; en verano, el régimen de alisios y la inversión pueden estabilizar capas, pero el calor a sotavento y la radiación pueden ser relevantes, y en cumbre las condiciones pueden cambiar con rapidez.
En accesibilidad, el patrimonio urbano (conjuntos históricos) es más predecible que los barrancos. Las rutas naturales suelen implicar pistas de tierra, pendientes y firme irregular; por tanto, accesibilidad universal es, en muchos casos, “no especificada” en fuentes públicas y conviene asumir limitaciones salvo que el itinerario esté expresamente adaptado. La recomendación más segura es planificar recorridos urbanos y miradores accesibles si hay movilidad reducida, y reservar los barrancos para perfiles con experiencia.
Fuentes
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https://www3.gobiernodecanarias.org/noticias/el-gobierno-inicia-una-linea-de-investigacion-sobre-los-hornos-de-brea-de-camas-verdes-en-arico-tenerife/
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