
Juan Antonio Tirado
Llegué a Madrid en 1979 para estudiar Periodismo. Venía siguiendo el perfume del esplín de Madrid umbraliano, todavía no conocía el original, el que había destilado Baudelaire en París, un siglo antes. Mis primeros afanes se incubaron en las paredes frías y desangeladas de una pensión cutre del centro de la capital, en la que conocí a Luis, un falangista templado y enrolado en la democracia, creo que zamorano, o leonés, realista y asombrado ante mis cándidas mitologías literarias. Él estudiaba Biología y era un lector inconstante y desmayado. Fue la primera persona a la que oí hablar de Stefan Zweig. Lo hacía con entusiasmo, hasta el punto de que mi lejano compañero de pensión parecía lector de un solo escritor. Como quiera que yo no tenía en demasiada consideración su cultura literaria, no le eché más cuentas, aunque el nombre del escritor austriaco se me quedó en la memoria. Con el tiempo fui viendo libros suyos en las librerías y constaté que era autor de fuste, aunque no figuraba en los programas de estudios de Literatura Contemporánea. Stefan Zweig fue un escritor que contó con el favor de los lectores desde sus primeras apariciones literarias. Cuando murió, se habían vendido millones de ejemplares de sus obras, aunque su nombre ha permanecido en un discreto segundo plano, como una reserva de buena literatura, abierta por igual a exquisitos y lectores de tropa, con un prestigio acumulado lejos de los campos de batalla de las vanguardias y las experimentaciones formales, sin llegar, pues, a colarse en los terrenos de James Joyce, Marcel Proust, Franz Kafka o Robert Musil.

Stefan Zweig va unido a un modo de vida y a una Europa desaparecidas. Cuando murió, en 1942, en pleno apogeo de los ejércitos de Hitler, el vienés culto, pacifista y tranquilo que fue había perdido toda esperanza sobre la recuperación de un mundo que en cierta medida se había extinguido durante la Primera Guerra, y que ahora, pensaba, quedaría borrado de otro mapa que no fuese el del recuerdo. En unas circunstancias personales dramáticas, desposeído de todo aquello que había dado sentido a su vida, sin su biblioteca, con un montón de cuartillas en blanco y una pluma como únicos recursos escribe “El mundo de ayer. Memorias de un europeo”. El libro de Zweig cuenta la historia de unos años alternativamente felices, turbulentos y dramáticos, y lo hace como el observador que tuvo la oportunidad de estar en los principales escenarios europeos, sin escurrir el bulto y sin concederse así mismo la categoría de héroe. No fue un hombre político, es más, sentía desdén hacia el ejercicio profesional de la política, aunque estuvo profundamente comprometido con su época y con las ideas democráticas. Creyó en la cultura, se forjó en el legado humanista, detestó la guerra y confió en las personas por encima de credos, razas o ideologías. Dijo de los nacionalismos que eran “un mal absoluto, la peor peste, que antes o después lleva a la guerra”. A la vista está que no exageraba en el diagnóstico, que señalaba certeramente el cáncer que entonces como ahora mata. Zweig, austriaco, luego nacionalizado británico, fue un gran europeo, que huyó del continente que fue su patria, para quitarse la vida, junto a su segunda esposa, en Petrópolis, Brasil, cuando creyó que no iba a quedar nada en pie de lo que fue su mundo. Murió convencido del triunfo de Hitler. Afortunadamente, tres años más tarde era el Führer quien se suicidaba, junto con su mujer, Eva Braun.
El mundo de ayer es el mundo de hoy, porque la guerra siempre vuelve, aunque uno crea que su sombra se ha escapado por los laberintos del tiempo, y acostumbrado a la sucesión de días en paz imagine que las turbulencias y desastres bélicos son parte de una glaciación lejana. Es verdad que la guerra ha estado siempre ahí, incluso en Europa, recuérdese el caso de la devastación de Yugoslavia, pero hasta hoy no habíamos sentido tan cercanos los bombardeos, y eso que todavía vemos las batallas como episodios del Telediario. Pero no hay que cargar la suerte de la imaginación para comprender que un mundo está desapareciendo, que nuestra Europa está otra vez en peligro, que los mapas y las banderas se mueven a un compás siniestro. Escribe Marx al inicio de “El 18 brumario de Luis Bonaparte” que “la historia ocurre dos veces: la primera vez como una gran tragedia y la segunda como una miserable farsa”. Sería preferible que fuese así, que tuviera razón, que no estemos completando una trilogía de grandes guerras mundiales, sino que más allá del temblor y el horror al que estamos asistiendo estos días, la aventura de Putin se desinflase y el retorno de la historia, con mayúsculas, que él anhela se quedase en caricatura. Eso solo podrá saberse cuando caiga el telón, y puede que estemos todavía lejos de ese momento; entre tanto, mecidos por el vaivén de las olas, en medio de la tormenta, nos toca esperar y desear que los cañones y la furia de los aviones no caigan directamente sobre nuestras cabezas, aunque ya sentimos el peso económico del conflicto y somos rehenes de miedos que creíamos antiguos. No tenemos hoy a Stefan Zweig para asomarnos a la ventana del mundo amenazado, ni para vislumbrar el que pueda venir, pero su prosa bien armada y nutritiva está al alcance tanto de los lectores ávidos que todavía no lo conozcan como de los frecuentes visitadores de sus páginas. Mientras lo leemos puede que oigamos el viento de la Historia que, como la morcilla, está hecha con sangre.














