
No llamó. No pidió permiso. No dijo “buenas”.
Entró sí o sí.
Yo estaba tranquilamente haciendo lo que hace cualquier ciudadano moderno para sentirse vivo: posponer cosas. Tenía el café a medio camino, el móvil en modo culpabilidad y una lista de tareas que ya parecía un poema épico: lavadora, factura, madre, existencia. Y entonces sonó el mensaje.
—“Nos vemos hoy sí o sí.”
Me quedé mirando la pantalla como quien presencia el avance de una plaga. Dos síes y un “o” en medio: la estructura perfecta del chantaje cotidiano. No era una invitación, ni una propuesta, ni un “¿te viene bien?”. Era un decreto. Y lo peor: venía envuelto en ese tono de falsa energía positiva que usan los que confunden determinación con atropello.
Me levanté a abrir la puerta, por inercia. Allí estaba: el “sí o sí”, en persona. Traje gris de oficina, sonrisa de curso de motivación, un maletín con frases hechas y la mirada del que no negocia porque cree que negociar es de débiles.
—Buenas —dijo, sin pestañear—. Hoy toca avanzar. Sí o sí.
Intenté razonar.
—Perdona… ¿y si no puedo?
El “sí o sí” me miró como se mira a un niño que pregunta por qué el fuego quema.
—No existe el “no puedo”. Existe el “no quieres”. Y eso se arregla. Sí o sí.
Entonces entendí el truco: el “sí o sí” no es una expresión, es una técnica de borrado. Donde antes había matiz, ahora hay presión. Donde antes había conversación, ahora hay martillo. Es el “porque lo digo yo”, pero con branding. Un autoritarismo low cost que se disfraza de personalidad fuerte.
Me siguió por el pasillo.
—Vas a terminar eso hoy.
—Pero es imposible, literalmente…
—Literalmente no hay nada imposible. Hay falta de actitud. Sí o sí.
Yo empecé a notar algo: el “sí o sí” hablaba como si la realidad fuera un trámite. Como si el mundo fuese una puerta giratoria que gira a su favor. Como si la vida funcionara por orden verbal.
En ese momento sonó otro mensaje. Era del trabajo:
—“El informe para las seis, sí o sí.”
Otro. De la familia:
—“Te vienes el domingo, sí o sí.”
Otro. Publicidad:
—“Tienes que probar este sérum, sí o sí.”
Me entró un sudor frío: aquello no era una frase. Era una epidemia. Había colonizado los móviles, las bocas, las oficinas y los pensamientos. La gente ya no argumentaba: sentenciaba. Ya no pedía: imponía. Ya no explicaba: remataba con esa muletilla como quien pone un candado en el final de una frase.
Y, claro, cuando todo es “sí o sí”, nada lo es.
El “sí o sí” se sentó en mi sofá, sin preguntar.
—Mira —me dijo—. Tú necesitas disciplina. La vida es decisión. Es rumbo. Es firmeza. A partir de ahora, vas a vivir en modo ejecución.
Le ofrecí agua.
—No bebo agua —dijo—. Solo bebo certezas. Sí o sí.
Yo ya estaba al borde del colapso, así que hice lo que hace cualquier persona cuerda ante una autoridad absurda: intenté desmontarla.
—Vamos a ver. ¿Para qué existe el “o”? Si todo es “sí”, ¿para qué el “o”? ¿Qué alternativa ofrece?
Se quedó un segundo en silencio. Fue hermoso. Un silencio breve, como el de una máquina cuando se le acaba el programa.

—Es… estilo —respondió, recuperando el aire—. Es contundencia. Es… énfasis.
Ahí lo vi claro. El “sí o sí” no es firmeza: es inseguridad con megáfono. Se usa cuando uno sospecha, en el fondo, que su idea no se sostiene sola. Entonces le pone dos síes, como quien pone dos candados a una puerta de papel.
—Te voy a ser sincero —le dije—. Tú no vienes a ayudarme. Vienes a mandarme. Y encima te crees moderno.
Él sonrió, con esa sonrisa de los que jamás han pedido perdón.
—Te conviene obedecer.
—¿Y si no?
—No hay “si no”. Hay “sí o sí”.
Entonces me levanté, respiré hondo y dije una frase que me salió del alma, como si me la dictara el idioma desde un lugar antiguo:
—Pues mira: no.
El “sí o sí” parpadeó. Una vez. Dos.
—Eso… eso no está contemplado —susurró.
—Ya. Ese es tu problema. Que no contemplas nada. Solo empujas.
Y de pronto, como si hubiera pronunciado el nombre de un demonio al revés, el “sí o sí” empezó a encogerse. Se hizo pequeño. Primero perdió el traje, luego el maletín, luego la sonrisa. Se quedó reducido a lo que siempre fue: un capricho con pretensiones.
Se fue sin despedirse. Por fin, respetando algo: mi silencio.
Desde entonces, cuando alguien me escribe “sí o sí”, yo contesto con una educación impecable, con la cortesía finísima del que no discute… pero tampoco se arrodilla:
—“Entiendo. Lo hablamos. Si podemos.”
Porque el lenguaje sirve para pensar, para acordar, para vivir con los demás. No para invadir. No para arrasar. No para llevar la vida como si fuese una orden militar.
Y cuando me entra la tentación de usarla yo mismo —que también pasa, porque el virus está en el aire— me doy un toque y me digo:
Matiz, por favor.
Matiz… sí o sí.















