
Rosa Amor del Olmo
En la obra de Benito Pérez Galdós, Andalucía no aparece solo como un “lugar” en el mapa: también funciona como mirada (una manera de contar) y como memoria (una tierra que los personajes llevan a cuestas incluso cuando viven lejos). Dos andaluces muy distintos lo muestran bien: Gabriel de Araceli, de los Episodios nacionales, y don Frasquito Ponte Delgado, de Misericordia.
Gabriel de Araceli, gaditano y testigo de la historia

Gabriel de Araceli es el gran hilo conductor de la primera serie de los Episodios nacionales: un narrador-protagonista que recorre, desde abajo, los años decisivos de la Guerra de la Independencia. Lo importante, además, es que no nace “héroe”: Galdós lo presenta como un chico humilde que nació en Cádiz (1791), “hombre del pueblo”, y su vida va creciendo a la vez que crece el pulso histórico del país.
Su andalucismo no es un adorno folclórico; se nota en que su punto de partida es un puerto abierto al mundo, con marineros, barcos y noticias que llegan de todas partes. Por eso no sorprende que, en esa evolución, Gabriel aparezca como grumete en Trafalgar y vaya enlazando después otros episodios clave (Madrid en 1808, Bailén, el sitio de Cádiz, la guerra de guerrillas, Arapiles…).
En Gabriel se ve una idea central de Galdós: la historia no la cuentan solo los grandes nombres, también la cuentan quienes la padecen y la empujan desde la calle. Su trayectoria representa esa movilidad social y moral: del muchacho buscavidas al soldado con conciencia, y de la supervivencia diaria a un concepto de honor y responsabilidad que se aprende a golpes de realidad. En un estudio clásico sobre la serie se resume bien: la carrera de Gabriel corre en paralelo al propio desarrollo del país, como si el personaje fuera un espejo humano del proceso histórico.
Y, como suele ocurrir en Galdós, la historia pública se entrecruza con la privada: su amor por Inés de Santorcaz (que acaba siendo su esposa) no es solo romance; funciona también como símbolo de elecciones morales, de lealtad y de “rumbo” interior.
Don Frasquito Ponte Delgado, andalúz de Algeciras en el Madrid pobre
Si Gabriel representa un andaluz que sube (aprende, se forma, se mueve con el país), don Frasquito representa un andaluz que cae, o mejor: que sobrevive entre ruinas, dignidad y ternura.
En Misericordia, Galdós lo presenta con precisión: don Frasquito Ponte Delgado es “natural de Algeciras”. Y no solo eso: su pasado andaluz vuelve una y otra vez como refugio emocional, porque en la novela se menciona cómo, ya instalado en la miseria madrileña, su conversación revive “los recuerdos de Algeciras y Ronda”.
Lo que conmueve del personaje es ese contraste típicamente galdosiano entre apariencia y realidad. Don Frasquito conserva maneras, gustos y un “aire” de señor, pero su presente es durísimo. De hecho, el narrador lo describe como alguien que heredó una pequeña fortuna y tuvo destinos, pero terminó sin cargas familiares y atrapado en un celibato orgulloso y estéril: una vida que se fue cerrando sobre sí misma hasta desembocar en la pobreza.
En su relación con doña Paca y con Benina (la gran figura moral de la novela), don Frasquito funciona como algo más que un secundario pintoresco: es un símbolo de una clase social venida a menos y, a la vez, una criatura humana tratada con ironía, sí, pero también con compasión. Su Andalucía no es “postal”, sino biografía: aparece en el habla, en los recuerdos, en la nostalgia de una vida anterior… y en ese intento de sostener la identidad cuando ya no queda casi nada.















