
Eduardo Montagut
Como docente me preocupan los materiales de estudio de los alumnos en Secundaria, especialmente en la Obligatoria Secundaria, y también en Bachillerato y, claro está, en el área de Geografía e Historia, que es la que imparto.
La dificultad estriba en que, especialmente, en Historia hay muchos términos, conceptos y expresiones que, independientemente de la queja sobre la inmadurez de los alumnos, o de lo poco o mal que estudian, son difíciles porque son muy complejos. No lo son para un docente debidamente formado académicamente (otro tema que me obsesiona, aunque no es materia de este artículo de opinión), claro está, pero sí para un niño y para un adolescente. Y esto tiene que ver también con la dificultad en la comprensión lectora. No es un asunto fácil de solucionar y no basta con exigir que los niños lean más, y escriban más, y manualmente, y menos con los aparatos electrónicos, que también.
Creo que los autores de libros de texto tienen que hacer un especial esfuerzo explicativo, no solamente narrativo en una obra de Geografía e Historia, además de que, en última instancia, el profesor debe realizar un esfuerzo adicional para que se comprenda lo que se lee, lo que se aporta.
Hace ya muchos años, concretamente, en 1927, nos avisaba una columna de la sección de “La escuela y la vida” del diario El Socialista (número del 28 de octubre) sobre la dificultad de los libros que usaban los bachilleres, es decir, de lo que sería en aquel momento la denominada “segunda enseñanza”. Verdad es que los libros de texto de hoy no se parecen a los de aquella época, pero hay algo en ese artículo periodístico que, salvando las distancias, tiene actualidad.
El texto insistía en algo que siempre preocupó mucho a los socialistas en relación con la educación, que era la continuidad entre la primaria y la secundaria, una “continuidad obligada por la evolución intelectual del niño”. Opino que hoy sigue habiendo falta de continuidad. No basta con informes sobre determinados alumnos y sus dificultades de aprendizaje, es que debe haber una mayor continuidad de materiales didácticos, una coordinación sobre los mismos. El artículo consideraba que el profesor de Instituto si quería trabajar con eficacia debía “descender” a utilizar los recursos profesionales del maestro de primaria, entendido entre comillas lo de descender.

Se denunciaba en el artículo que los libros de bachillerato eran inadecuados para la enseñanza. Los profesores ponían su mayor esmero en presentar las cuestiones a aprender en un “orden lógico” pero no en un “orden pedagógico”. Se citaba, nada más y nada menos, que a Condorcet, que en su tiempo distinguía con claridad esa diferencia “en la exposición de los conocimientos”, y pedía que en la tarea docente se atendiese a suministrar a los alumnos aquellas ideas que pudieran comprender con facilidad a una edad determinada. En la época en la que se hacía esta denuncia se avisaba que los “catedráticos” no se habría enterado de esa “verdad”. Creo que hemos avanzado mucho, eso es indudable cien años después, pero, ¿totalmente?, ¿no queda más por hacer?, ¿tenemos una adecuada formación pedagógica los profesores de Secundaria a pesar de que ya no sólo se hace un Curso sino un Máster previo a las oposiciones? Personalmente, tengo mis dudas, y empezando por uno mismo que está terminando su carrera docente después de más de treinta años en las aulas. ¿No somos conscientes de que los alumnos y alumnas de ahora mismo no están entendiendo, en muchos casos, procesos y hechos históricos, o artísticos, o geográficos?. Nuestros materiales didácticos son mejores que los de 1927, pero, ¿no deben mejorar y con ello también nuestra práctica docente? No se, la experiencia no me ha hecho más sabio en la manera de estar y dar las clases, pero sí en acentuar mi espíritu crítico y, por supuesto, autocrítico.
















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