
Elena de Paz de Castro, Universidad de Turín
Resumen
Hay en Galdós algunos personajes más librescos que «humanescos» y a ellos se dedica este trabajo. En particular, a dos figuras que destacan por su gran afición a los libros. Una es fruto de la imaginación galdosiana, la otra existió realmente. Se trata de Cayetano Polentinos (Doña Perfecta) y de Antonio Cánovas del Castillo (Cánovas), tan afines por la pasión compartida como distantes en sus ambiciones.
Pérez Galdós, bibliotecas, bibliófilos, Cayetano Polentinos, Antonio Cánovas del Castillo
No poseía Estupiñá ningún libro, pues no necesitaba de ellos para instruirse. Su biblioteca era la sociedad y sus textos las palabras calentitas de los vivos. Su ciencia era su fe religiosa, y ni para rezar necesitaba breviarios ni florilegios, pues todas las oraciones las sabía de memoria. Lo impreso era para él música, garabatos que no sirven de nada. Uno de los hombres que menos admiraba Plácido era Gutenberg (Fortunata y Jacinta).

Plácido Estupiñá no es ni mucho menos la única de las creaciones galdosianas que rara vez echaron mano de un libro. En el caso del mandadero de los Santa Cruz, por convicción; en otros, debido simplemente a la escasa familiaridad con las letras, un mal extendido en la España que don Benito nos retrata. Si bien estos personajes abundan, no faltan tampoco los que, al contrario, se distinguen por una afición desmedida al libro —«tragadores de lectura», celosos dueños de bibliotecas, libreros devotos— o quienes, obligados, se dedican a diferentes tareas relacionadas con el arte libresco. En todos ellos Galdós puso tanto el propio placer como sus afanes. El placer de los libros, reivindicado ya desde el comienzo de su carrera literaria con una declaración que será para él consigna fundamental: «Privados de tales amigos la existencia sería tan triste, como si en un momento nos viéramos privados de todas las personas queridas y sin más compañía que la de las que nos son antipáticas o indiferentes. El que no sabe leer es un desdichado y un ciego que no conoce la espantosa soledad en que vive»[1]. De las incipientes peregrinaciones bibliófilas, tenemos también algún testimonio en sus Memorias: «Frecuentes paradas hacía en los puestos de libros, que allí son cajones exhibidos en los quais, a lo largo del Sena. El primer libro que compré fue un tomito de las obras de Balzac —un franco; Librairie Nouvelle—. Con la lectura de aquel librito, Eugenia Grandet, me desayuné del gran novelador francés, y en aquel viaje a París y en los sucesivos completé la colección de ochenta y tantos tomos, que aún conservo con religiosa veneración»[2]. Al cabo de unos años, en 1888, envía una carta al amigo Clarín donde le hace algunas confidencias a propósito de sus lecturas, y ya considera que tiene «una buena biblioteca»[3].
Y al placer se suman los afanes. Galdós quiso hacer de la escritura su medio de sustento, y a la fuerza entonces se convirtió en un autor prolífico: novelas, cuentos, obras de teatro, colaboraciones periodísticas —se declararía «fabricante de cuartillas» a Teodosia Gandarias y de él dijo Clarín que era «de los pocos españoles que pueden vivir con relativa holgura de lo que escriben»[4]—, pero también, en un alarde de optimismo, fue editor de sus propias obras durante algún tiempo y, en todo caso, siempre se preocupó de su comercialización y se esmeró en la presentación tipográfica[5]. Sabía bien Galdós de las dificultades para vivir de su oficio, así como de las penurias que rondaban por imprentas y aledaños. «Los que conozcan de cerca las faenas tipográficas y además hayan visto experimentalmente los horizontes que tiene en España el comercio de libros, se pondrán de mi parte cuando me oigan repetir lo que dijo primero el loco de Cervantes y después Pereda en esta forma: “No es para todos la tarea de hinchar perros de esta catadura”», advierte en el prólogo segundo a la edición ilustrada de los Episodios Nacionales, tras cuatro años y medio de fatigas para enriquecer las dos primeras series[6].
El examen de los personajes galdosianos librescos nos ofrece, pues, un surtido repertorio. Encontramos prenderos que mercadean con viejos tomos o restauradores como Francisco de Bringas, entre cuyas muchas habilidades está la de reparar la encuadernación de los libros —quizá los libros de otros, ya que él jamás compró ninguno—. Encuadernador diletante es asimismo el anciano sacristán carpintero de Un faccioso más y algunos frailes menos. Y, a modo de cronista real, escribe Galdós que el infante don Pascual, hermano menor de Carlos IV, «acostumbraba matar los ocios de la vida regia alternando los entretenimientos del oficio de carpintero o de encuadernador con el cultivo del arte de la zampoña» (La corte de Carlos IV, I, 128)[7]. Por su parte, el padre de Isidora, Tomás Rufete, al sufrir la cesantía se mete a corrector de pruebas en una imprenta. Trabaja de noche, al lado de un quinqué de petróleo que le abrasa la frente. ¡Irónico destino para un pobre loco! El mismo José Ido del Sagrario malvivirá de las suscripciones a libros de lujo durante una temporada. A decir de su mujer no es actividad muy lucrativa: «Las suscripciones —declaró la Venus de Médicis— son una calamidad. Aquí José tiene poca suerte… es muy honrado y le engaña cualisquiera. El público es cosa mala, señoras, y suscriptor hay que no paga ni aunque le arrastren» (Fortunata y Jacinta, V, 104).
De impresores también hay cumplidos ejemplos. En La desheredada, el litógrafo Juan Bou, considerado trasunto del librero e impresor catalán, José María Marés, con establecimiento en Madrid desde 1842. El hermano de Isidora Rufete, Mariano, será admitido como aprendiz en la «mazmorra de Gutenberg» de Bou, en la calle de Juanelo, cuya descripción acaso coincidiera con la del taller del propio Marés:
El establecimiento era un verdadero laberinto, como formado de distintas piezas, que se habían ido agregando poco a poco, según las necesidades de ensanche lo pedían. Ocupaba la imprenta destinada a romances y aleluyas la peor y más lóbrega parte. Todo allí era viejo, primitivo y mohoso. La máquina, sonando como una desgranadora de maíz, tenía quejidos de herido y convulsiones de epiléptico. Consagrada durante seis años a tirar un periódico rojo, subsistía en ella un resto, un dejo de la fiebre literaria que por tanto tiempo estuvo pasando entre sus rodillos y su tambor. Las cajas, donde yacía en pedazos de plomo el caos de la palabra humana, eran desvencijadas, polvorientas y sudaban tinta. Habían servido para componer papeles clandestinos, y conservaban el aspecto de la negra insidia, que trama sus actos en la sombra. La horrible guillotina, cuya enorme cuchilla lo mismo podía cortar un librillo de papel de fumar que una cabeza humana, ocupaba el ángulo más sombrío de la sucia estancia, que más parecía bodega o sótano que taller del arte de imprimir, soberano instrumento de la divinidad, vicario de la Providencia en la tierra. Viendo aquellos trebejos, se podría sospechar que el tal arte había sido encarcelado allí para expiar las culpas que alguna vez, por andar en malas manos, ha podido cometer (La desheredada, IV, 1087-1088).
No será fácil para Mariano encontrar su vocación entre tipos y galeras, aunque «a los cuatro meses ya componía él solo, si no con ligereza, con exactitud, las leyendas de las aleluyas, que eran en número fabuloso» (La desheredada, IV, 1088). Cuatro meses serán asimismo los que tarde el protagonista de la primera serie de Episodios en adquirir cierta habilidad en la composición. Cuando Gabriel Araceli recuerde el tiempo que trabajó en una imprenta, no lo hará con benevolencia precisamente:
En marzo de 1808, y cuando habían transcurrido cuatro meses desde que empecé a trabajar en el oficio de cajista, ya componía con mediana destreza y ganaba tres reales por ciento de líneas en la imprenta del Diario de Madrid. No me parecía muy bien aplicada mi laboriosidad, ni de gran porvenir la carrera tipográfica; pues aunque toda ella estriba en el manejo de las letras, más tiene de embrutecedora que de instructiva. Así es que sin dejar el trabajo ni aflojar mi persistente aplicación buscaba con el pensamiento horizontes más lejanos y esfera más honrosa que aquella de nuestra limitada, oscura y sofocante imprenta.
Mi vida al principio era tan triste y tan uniforme como aquel oficio, que en sus rudimentos esclaviza la inteligencia sin entretenerla; pero cuando había adquirido alguna práctica en tan fastidiosa manipulación mi espíritu aprendió a quedarse libre, mientras las veinticinco letras, escapándose por entre mis dedos, pasaban de la caja al molde. Bastábame, pues, aquella libertad para soportar con paciencia la esclavitud del sótano en que trabajábamos, el fastidio de la composición y las impertinencias de nuestro regente, un negro y tiznado cíclope, más propio de una herrería que de una imprenta (El 19 de marzo y el 2 de mayo, I, 173).
En su memoria queda además el ansia que lo consumía, al acabar la jornada, por desprenderse de la «aborrecida» tinta, lavándose las manos una y otra vez. Alrededor de 1873, el hijo mayor de Ido del Sagrario brega en una imprenta por un sueldo de cinco reales, aunque tampoco se muestra muy inclinado a tal menester, pues su querencia natural es hacia los ruedos. Cajista del periódico progresista La Reforma es el salmantino Casimiro Muñoz, quien saldrá de la rutina cotidiana para participar, al lado de Santiago Ibero, en la defensa del Palacio Real al cundir las primeras revueltas en septiembre del 68 (La de los tristes destinos). Y como cajista también trabaja Vicente Morata, uno de los fieles de la taberna de Ginés Tirado durante los años republicanos y el advenimiento de la Restauración, junto con el buñolero Indalecio García, el corredor de vinos Botija, Perico el de los Mostenses, o el profesor de esgrima Antonio Merino (La primera República, Cánovas). En la imprenta del periódico que está frente a la casa de don Pedro Polo, ayuda ya haciendo recados y llevando pruebas de aquí para allá Juanito del Socorro, hijo del mozo de la redacción y amigo de Felipe Centeno (El doctor Centeno).
Para paliar el olvido cierto a que están condenados esos obreros de la tinta, Galdós les rinde homenaje, y saca del anonimato a quienes juzga aliados imprescindibles en sus Episodios Nacionales ilustrados. En el prólogo de 1885 a esta edición escribe con gratitud:
Otros colaboradores ha tenido, en esfera más modesta, la presente edición, a los cuales nadie conoce, y que, no obstante, merecen que sus nombres sean sacados de la oscuridad. Yo lo haré como recompensa a los constantes esfuerzos, a la inteligencia y buena voluntad con que han coadyuvado al éxito de este difícil trabajo. Servicios tan útiles no son los menos importantes, ni la parte de gloria que les corresponde en el resultado total es la más pequeña. Merece, pues, una mención aquí el encargado de los trabajos tipográficos de la edición, don Guillermo Cano, por cuyas manos han pasado todas mis obras desde La Fontana de Oro hasta la última que he compuesto, y todas las ediciones, grandes y chicas, buenas y malas que de ellas se han hecho. La tirada de los Episodios Nacionales ilustrados y de sus innumerables grabados ha sido hecha con el mayor esmero, desde el principio hasta el fin, por el maquinista don Antonio López[8].
En cuanto a los libreros que se asoman a las páginas galdosianas, destacan dos figuras reales que en la sociedad madrileña de su época fueron conocidas y adquirieron fama de personas versadas en su oficio: el asturiano Antonio Miyar Otero, al frente de su establecimiento en la calle del Príncipe, y Alfonso Durán, sucesor de Monier. En el Episodio Los apostólicos, se narra el trágico final de Miyar: cómo fue apresado junto con Olózaga, Bringas, Torrecilla y Rodrigo Aranda, acusado de conspiración política, y su condena a la horca, cumplida el 11 de abril de 1831. En época posterior ejercerá Alfonso Durán, cuyo elogio firma Rubén Darío: «… hombre de cultura y metido en letras; bibliógrafo de mérito, muchos varones ilustres salieron de su casa muy satisfechos después de una consulta. Conocía todos los libros, todas las ediciones, todas las noticias. Era una especie de Bibliophile Jacob de Madrid, buen parlante y provechoso amigo intelectual»[9]. Galdós a su vez recordará a Durán en España trágica, echando mano de su memoria y sin necesidad de pedir noticias a nadie (como sí lo haría a Mesonero Romanos acerca de Miyar): «Durán, la mitad superior de un hombre pegado a una mesilla escritorio, en la cual, a la luz de un mechero de gas, despachaba el género cultural extranjero en grandes y pequeñas dosis» (España trágica, III, 884-885). Vicente Halconero, protagonista del Episodio, es parroquiano infatigable y buen cliente del «tabuquito de la Carrera de San Jerónimo, la humilde librería que las manos de Monier transmitieron a las de Durán, y de estas había de pasar después a las de Fernando Fe» (España trágica, III, 884). Don Benito, él mismo asiduo visitante, reconoce a este «cuchitril aduanero» el papel fundamental de centro de reunión de los intelectuales y de difusión de la cultura europea, primero bajo la guía de Durán, después bajo la del principal de Fernando Fe, el estimado bibliófilo Francisco Beltrán. También evocó Galdós otra famosa librería en Fortunata y Jacinta, la casa de Bailly-Baillière, reputada por Ruiz-Castillo Basala en sus Memorias entre las mejores editoriales de obras técnicas que poseían librería, junto con la de Ruiz y la del francés Dossat. Baillière será donde Barbarita Santa Cruz acuda toda ufana para saldar las deudas de los muchos mamotretos que compraba el Delfín en sus años de Universidad. Lástima que al acabar los estudios a Juanito se le apagara por completo la voracidad lectora.
En Doña Perfecta, crea Galdós un singular personaje en quien se encarna la pasión desmesurada por los libros. Se trata de don Cayetano Polentinos, hermano político de doña Perfecta. Ambos viven retirados en la casa familiar de la ciudad de Orbajosa junto a su sobrina. Hombre enjuto, de espartanas costumbres, dedica sus horas al estudio obsesivo de la historia local y a formar una rica biblioteca. Del pequeño mundo de Orbajosa sale diariamente a pasear por un lugar cercano llamado Mundogrande, verdadero paraíso del coleccionista, pues allí pueden desenterrarse todavía monedas y objetos de tiempos remotos. Don Cayetano no se entromete en los asuntos domésticos y doña Perfecta a su vez respeta con veneración la biblioteca y solo se encarga de hacerla barrer y limpiar todos los sábados. Diferente respeto muestra la Ranera, criada de Ventura Miedes en el Episodio Narváez, que guisa y pasa la escoba por toda la casa a excepción de la biblioteca de su amo. Y para barridos de bibliotecas, el de la excelsa Mariclío, que ayuda gustosa en el humilde quehacer al conserje de la Academia de la Historia (Amadeo I).
La fama de erudito y bibliófilo de don Cayetano había alcanzado los mentideros de Madrid, ciudad a la que este acude cuando se anuncia «almoneda de libros, procedentes de la testamentaría de algún buquinista» (Doña Perfecta, IV, 421). De «pasión bibliómana» tacha Galdós su afición, pero en algunas ediciones cambia el adjetivo y escribe «pasión pura de los libros». Es una variante que aporta un matiz favorable a la actitud del personaje y elimina lo que de negativo y exagerado contiene el término «bibliomanía». Patología esta que tal vez no pueda achacarse al bueno de Polentinos, aunque en ocasiones, cuando se jacta de los tesoros, maravillas y rarezas que solo él posee, pone de manifiesto un sospechoso talante. En la adaptación teatral de la novela, Pepe Rey sí empleará afectuosamente la expresión «bibliómano» para referirse a don Cayetano. Este es tan puntilloso con los detalles de las ediciones raras como despistado para la vida cotidiana y, sin duda, un tanto egoísta. «No quiero meterme en camisa de once varas», dice en alguna ocasión: él prefiere continuar enfrascado día tras día en la lectura, aislado, redactando notas para su obra sobre los linajes de Orbajosa, compilando datos, clasificando y buscando antiguallas —esas «inocentes chifladuras» a las que resta importancia Montesinos—, y vivir, en definitiva, ajeno al drama que se está consumando bajo el propio techo. Galdós es poco indulgente en su retrato, que se vuelve caricatura grotesca en los últimos capítulos.
Probable inspiración para la figura de don Cayetano pudo haber sido el bibliógrafo Bartolomé José Gallardo. Un Gallardo anciano, apartado ya en su finca toledana de La Alberquilla, lugar en que Galdós transcurriría más tarde algunas temporadas invitado por el entonces dueño, Sergio Novales. Aparece el insigne extremeño en otras novelas como El Audaz y en Episodios como Gerona, Memorias de un cortesano de 1815 o Los cien mil hijos de San Luis. También en Cádiz, publicado dos años antes de Doña Perfecta y donde el autor hace su semblanza:
Era altísimo, flaco, desgarbado, amarillento, siendo de notar en su rostro la viveza de los ojos, así como la regular longitud de las abanicadas orejas. ¡Singular hombre! Cincuenta años después le habéis visto en las calles de Madrid desfigurado por el medio siglo; pero siempre distinguiéndose muy bien por la prolongación longitudinal de su persona; le habréis visto siempre flaco, siempre amarillo, pero antes atrabiliario que jovial, marchando aprisa con los bolsillos de un como redingot gris llenos de libros viejos, con su sombrero de hule hecho a las injurias de aguas y soles; y si por acaso dirigisteis vuestros pasos a la Alberquilla, dehesa próxima a Toledo, le veríais allí sepultado en una biblioteca, donde le devoraba, como a don Quijote la caballería, la estupenda locura de los apuntes; le veríais encerrado semanas enteras, sin tomar otro alimento que el modestísimo de una diaria ración de sopas de leche. Algo había en aquella cabeza para ofrecer el fenómeno de que sabiendo cuanto había que saber en materia de libros, y siendo el almacén de apuntes y datos y noticias más colosal que ha existido en el mundo, jamás hiciese cosa de provecho (Cádiz, I, 727).
Reproche este último parecido al que le dedicara Menéndez Pelayo y que bien podría aplicarse a la tardanza de don Cayetano en terminar una obra de envergadura. Galdós, que utiliza a Gallardo como fuente para los Episodios, en su Guía espiritual de España lo menciona entre aquellos que en el Ateneo «brillaban como tertuliantes de pasmosa erudición y gracia exquisita»[10]. Obvia el novelista, sin embargo, las fechorías bibliopiráticas atribuidas a Gallardo, que puso en circulación Adolfo de Castro y alentó Estébanez Calderón. La acusación dejó una poderosa huella: «Estudió y expolió todo género de bibliotecas públicas y particulares», escribe Menéndez Pelayo, y Marañón, «… tan célebre por su saber como por su arte en la piratería de los libros ajenos»; tampoco Baroja se quedaba atrás apodándolo «el Tempranillo de las bibliotecas»[11]. Y hoy todavía, pese a los esfuerzos de Rodríguez-Moñino por denunciar y desmentir con rigor lo que él consideraba una infamia, la negra leyenda acompaña la persona de Gallardo. Un autor como Galdós podía ciertamente sacar mucho partido de esta figura con relieves tan señalados.
Decía Román Salamero que en el fondo de todo bibliófilo se descubre a menudo un loco pacífico. Como tal debía de ver Doña Perfecta a Polentinos, ya que, mientras se alarmaba por el peligro que corrían Jacintito y Pepe Rey de «enfermar de la cabeza» al leer sin tasa, callaba ante las rarezas de su cuñado, convirtiéndose en cómplice del vicio libresco. En cambio, el propio don Cayetano estaba convencido de haberse librado de la demencia y las manías escondidas en los genes de su estirpe, gracias justamente al aislamiento en la dulce compañía de los libros. A la pérdida del juicio por el mucho leer e incluso a cegar bibliotecas, también aludirá Galdós en Gloria, pues la familia judía Morton decide tapiar la del joven Daniel ante su estado de ánimo exaltado y melancólico; o en La familia de León Roch, donde el librepensador Roch hace a su mujer la promesa de sacrificar la «noble amistad» de los libros y los amigos: «Mi biblioteca se tapiará, como la de don Quijote» (La familia…, IV, 808). Por su parte, la santidad entreverada de locura induce a Nazarín a profetizar la pérdida necesaria de todo lo impreso y la promulgación de un decreto en que el contenido de las bibliotecas se declare «baldío, inútil y sin otro valor que el de su composición material» (Nazarín, V, 1687). Según el clérigo, se dispondrá a la entrada de los pueblos la sustancia papirácea para que los vecinos puedan utilizarla como abono en el cultivo de sus tierras. Todo ese abono —vaticina Nazarín— «formará un yacimiento colosal, así como los de guano en las islas Chinchas, se explotará mezclándola con otras sustancias que aviven la fermentación, y será transportada en ferrocarriles y buques de vapor desde nuestra Europa a los países nuevos, donde nunca hubo literatura, ni imprentas, ni cosa tal» (Nazarín, V, 1687).
En Doña Perfecta solo tenemos noticia de la biblioteca de Polentinos por las alabanzas que se hacen de ella («más grande que la catedral», «una de las más ricas bibliotecas que en toda la redondez de España se encuentran»…), pero no de los fondos que alberga. Sin embargo, de otra más modesta, Galdós sí hace un rápido escrutinio. Es la biblioteca de don Inocencio, canónigo penitenciario de la catedral con más predisposición a la intriga que a la salvación de almas. El sacerdote ha reunido en un sólido estante de roble lo más granado de las letras latinas.
A lo largo de la obra galdosiana, irán apareciendo otras muchas y variopintas bibliotecas. Todas revelan la identidad de su propietario. En Lo prohibido, José María Bueno de Guzmán se precia de tener una biblioteca «escasa y desordenada, pero superior a la de todos los españoles ricos». No posee biblioteca Maximiliano Rubín (Fortunata y Jacinta), ni tampoco tiene libros don Lope Garrido, y para que Tristana lea, ha de pedírselos a su amigo el marqués de Cícero (Tristana). La de Francisco Bringas es mínima: la edición de la Biblia de Gaspar y Roig y el diccionario de Madoz (Tormento), y decorativa la del indiano Agustín Caballero (Tormento). Pequeña, dos o tres docenas de libros, la biblioteca mareante del capellán de la fragata Numancia, que será devorada, aunque no digerida, por el cabo de mar José Binondo (La vuelta al mundo en la Numancia). Buenas bibliotecas son, sin embargo, la de Máximo Manso, aquejado de «la manía del hacinamiento de libros» (El amigo Manso, IV, 1232); la de León Roch, llamada por su suegra la «biblioteca de Alejandría» (La familia de León Roch, IV, 788); la consagrada a las ciencias morales y políticas, del marqués de Feramor (Halma); la del inescrutable Tomás Orozco (La incógnita), o la colección del cura don Hilario Peña, «copiosa y algo desordenada, como toda biblioteca en que se trabaja» (Amadeo I, III, 1035). También, la biblioteca de don Juan de Lantigua en Ficóbriga: «Aquí han entrado pocas novelas. De la basura que diariamente han producido en cuarenta años Francia y España, no hallarás una sola página… De lo bueno hay algo, poco…» (Gloria, IV, 511). Cada vez más a menudo, don Juan necesitará que su hija le lea en voz alta antes de retirarse a dormir, pues su vista se resiente. Gloria leerá así para el padre, como don Francisco Penáguilas lo hace solícito para su hijo Pablo, ciego de nacimiento, que considera «mi vida toda» esas lecturas y los paseos con Nela (Marianela, IV, 711).
A la del erudito de Atienza, Ventura Miedes, Galdós nos aproxima deleitándose en una quimérica visión:
Imposible describir el desorden de aquel local, émulo del Caos la víspera de la Creación. Los libros debían de ser semovientes, y en el silencio de la noche se pondrían todos en marcha, subiéndose y bajándose de estantes a mesas y del techo al suelo, como ratones sabios o cucarachas eruditas que salieran a pastar polvo. Los grandes estaban sobre los chicos, y algunos abiertos yacían hojas abajo sobre el suelo, mientras otros, hojas arriba, aleteaban subidos a increíbles alturas. No podíamos explicarnos cómo andaba el tintero con sus plumas de ave, acompañado de una pantufla, por los huecos de un estante vacío, mientras se arrastraba por el suelo el velón, entre dos tomos de las Antigüedades de Berganza con las hojas manchadas de aceite (Narváez, II, 1531).
Otras bibliotecas han sido destruidas. Bien por voluntad del dueño, como la del místico vagabundo Nazarín, quien desengañado ha ido regalando los libros hasta quedarse solo con tres: «Declaro con toda verdad que, fuera de los de rezo, ningún libro malo ni bueno me interesa, porque de ellos sacan el alma y la inteligencia poca sustancia» (Nazarín, V, 1686). O bien por necesidad, como le sucede al doctor Pablo Nomdedeu, que no dudará en vender sus libros para dar de comer a su hija enferma durante el cruento asedio de Gerona en 1809 (Gerona). En el mismo sitio perece la biblioteca del canónigo de la catedral, don Juan Ferragut. Era este «el primer anticuario de toda la alta Cataluña; hombre eruditísimo e incansable en esto de reunir monedas, escarbar ruinas, descifrar epígrafes y husmear todos los rastros de pisadas romanas en nuestro suelo. Su colección numismática era célebre en todo el país, y además poseía inapreciable tesoro en vasos, lámparas, arneses y libros raros; pero el grande amor que tenía a estos objetos no fue parte a detenerle en su huida, abandonando la historia romana y carlovingia por poner en seguro la más que ninguna inestimable antigualla de la propia vida. Luego una bomba arregló el museo a su manera» (Gerona, I, 606). Bajo las ruinas de su vivienda, los maltrechos manuscritos e incunables servirán de rancho a un ejército de ratones a las órdenes de la «gran rata», Napoléon. Roedores bibliófagos como los que William Blades incluyó en su famoso catálogo de enemigos de los libros, junto al agua, el fuego y el polvo, la ignorancia y el fanatismo, los encuadernadores o los mismos criados.
En Prim aparece la biblioteca del viejo Ateneo de la calle Montera. «Por su carácter de cantón neutral, o de templo libre y tolerante, donde cambian todos los dogmas filosóficos, literarios y científicos, fue llamado el Ateneo la Holanda española. En aquella Holanda se refugiaba la libre conciencia» (Prim, III, 574), explica Galdós, y luego se recrea en la descripción nostálgica del decadente edificio: la sala denominada el Senado, la biblioteca, la salita de conversación, los salones de lectura y el de sesiones, y aun los mecheros de gas, los divanes de muelles, el botijo en verano y la estera de cordoncillo en invierno. De la biblioteca, «carpetas para escribir y leer, estantería de estas que se estilan en las casas burguesas para guardar libros que no se leen nunca: allí se leía, sí; pero los libros tenían cierto aire de no querer dejarse leer, prefiriendo su cómodo resguardo entre cristales» (Prim, III, 573). Y aquí aprovecha el novelista para dedicar unas afectuosas palabras a José Moreno Nieto, político y arabista, y también presidente del Ateneo entre 1876 y 1882. De él nos dice que «la biblioteca que regentaba era poca cosa en comparación de la que él tenía en su cabeza. Había metido en ella todos los sistemas filosóficos conocidos y los que aún estaban por conocer» (Prim, III, 573). Pattison lo señala como un posible modelo para el librepensador católico Buenaventura de Lantigua en Gloria.
Muy buenas bibliotecas en España e Italia frecuentará José García Fajardo durante sus años mozos, antes de convertirse en el marqués de Beramendi (Las tormentas del 48). Su hermano Ramón tiene pasión por los libros antiguos y algunos de ellos serán precisamente los que su cuñada Segismunda regale a Cánovas años más tarde, en el último de los Episodios Nacionales. Los inicios de la Restauración, con don Antonio Cánovas del Castillo al frente, los narra Galdós en ese tomo final de 1912, donde traza el retrato del estadista malagueño: de la figura pública —brillante político, implacable y soberbio, historiador erudito, miembro de número en cinco Reales Academias—, pero también del hombre, y en él destaca, entre otros rasgos, su conocida pasión bibliófila. Al igual que había hecho con Polentinos, ahondará Galdós en este aspecto para una mejor comprensión del personaje.
Formó don Antonio una espléndida biblioteca, que, por desgracia, no correría mejor suerte que otras muchas particulares de la época. A fin de conservar memoria de ella, Juan Pérez de Guzmán, amigo de Cánovas y consumado bibliófilo también, hizo su reseña en 1907 para La España Moderna: «Aquella biblioteca que formaba parte de la leyenda del gran estadista, ya no existe. Sus fondos se han dispersado, como las arenas que arrastra el huracán del desierto. Las colecciones determinadas de libros especiales y de documentos interesantes se han deshecho, y muchos de estos papeles sueltos, con tanta dificultad adquiridos y coleccionados, han salido en carretadas para los desperdicios del Rastro»[12]. Cuenta Pérez de Guzmán cómo a la muerte de la viuda, y al no haber dejado Cánovas disposiciones testamentarias al respecto, sus herederos se dividieron en lotes la valiosa colección.
A lo largo de su vida, don Antonio reunió más de treinta mil volúmenes, desde manuscritos e incunables hasta modernas ediciones, y acerca de muy variados intereses, sobre todo del arte militar. «Para él la importancia del libro estribaba en su contenido y no en su porte exterior, aunque le agradara tener mejor un buen ejemplar que uno malo, y así con frecuencia le ocurría, después de poseer un libro incompleto o averiado, presentársele otro mejor y adquirirlo también, no cambiarlo, juntándose con los dos y poseyendo por esto muchas obras con ejemplares duplicados —explica Pérez de Guzmán—. Todo lo cual no obstaba para que a su vez, pero en segundo término de sus aficiones, le agradase pasar por bibliófilo entre los bibliófilos y entender de libros raros y poco vulgares ó enteramente desconocidos, y recrearse en el gran número de ediciones príncipes que llegó á atesorar desde la más antigua producción tipográfica española ó inscribirse en las listas de todas las sociedades patrias de bibliófilos»[13].
Niega rotundamente Pérez de Guzmán que Cánovas sacara provecho de sus cargos para conseguir ejemplares que luego lucían en su librería. Así, cuando habla de la biblioteca de Cánovas como de la de un gran estadista al estilo de la del conde duque de Olivares, matiza que a diferencia de este, todas las colecciones de Cánovas del Castillo «fueron aportes particulares de su investigación personal y de sus sacrificios pecuniarios, representando en el primer sentido la inmensa capacidad de sus estudios y en el segundo una fortuna que, atesorada poco a poco, no se hace fácil calcular, pues lo que se atribuye a los regalos de la última época de su vida, cuando su genio le elevó a la suprema cumbre del poder, no es más que una parte mínima, y no siempre en relación con su criterio fundamental»[14]. En cambio, a Baroja no le dolieron prendas en hacerse eco de la fama contraria: «… parece que era hombre que saqueaba las bibliotecas públicas y se llevaba de ellas lo que le daba la gana»[15].
Sobre el modo de leer de Cánovas observa Pérez de Guzmán: «… aquel copioso arsenal de sus treinta mil volúmenes, casi todos anotados por su propia mano, como señal de que uno por uno los había examinado y para recuerdo de las cosas salientes que cada obra contenía, a fin de facilitar oportunamente su aplicación»[16]. Manera que también corrobora Azorín, quien escribía en el diario bonaerense La Prensa, en 1926: «Yo he comprado muchos libros pertenecientes al gran bibliófilo y hombre de Estado. Casi todos ellos estaban anotados de su mano. Cánovas anotaba con lápiz; en las guardas señalaba la página del pasaje que le había llamado la atención; debajo ponía unas cuantas palabras en que expresaba sus impresiones. ¡Cuánto leía don Antonio Cánovas del Castillo!»[17]. Otro ilustre comprador de algunos lotes de la biblioteca y documentos del archivo de Cánovas fue el editor y bibliófilo José Lázaro Galdiano. El librero Pedro Vindel adquirió asimismo miles de volúmenes en marzo de 1906.
A juicio de Clarín, sin embargo, lo que padecía Cánovas no era más que «afición idiolátrica a los libros» y apunta con desdeño: «Piensa él que los libros que tiene en casa son la última palabra acerca de la ciencia respectiva. No cabe negar, porque lo afirman los inteligentes, que posee libros raros, y que tiene muchos. ¡Buen provecho le hagan! Semejante mérito ya me guardaré yo de negárselo, y estoy dispuesto a reconocerle todo el tamaño que quiera en cuanto biblioteca, y si se quiere comparar con la de Alejandría, que se compare. Pero los libros no basta tenerlos. El ricachón aquel de Iriarte era más discreto con su biblioteca pintada, que muchos prenderos bibliófilos que no ven en el libro más que el forro. Es preciso leer. Y no basta eso tampoco. Hay que entender lo que se lee, y leer a tiempo y con orden. Pues Cánovas no lee así. Lo declara él mismo»[18].
Hacia el final del Episodio de Cánovas, don Benito hace que Tito Liviano tenga oportunidad de admirar la célebre biblioteca del presidente, y el lector de la novela ocasión de recrearse con su maestría para perpetuar el mundo real, de los personajes de carne y hueso, en el propio de ficción. Tito irá a casa de Cánovas, todavía instalado en la calle Fuencarral, para llevarle unos libros antiguos por encargo de la condesa de Casa Pampliega. Recién incorporada a las filas conservadoras, la noble señora considera que esos mamotretos —salvados in extremis de caer en manos del trapero, junto con viejos bragueros y miriñaques— pueden ser un buen obsequio para el jefe del gobierno. Indica Tito con detalle que hizo la visita el 5 de diciembre, segundo domingo de Adviento, y enseguida aclara: «… me constaba que las mañanas de los días festivos pasábalas el gran don Antonio en el recreo de su magnífica biblioteca» (Cánovas, III, 1365).
Un libro era un salvoconducto seguro para llegar hasta Cánovas y en efecto, este, con no disimulada avidez, recibió gustoso a Tito, agradeciéndole sinceramente el regalo. Cánovas, muy afable en su trato, tuvo a bien mostrarle la magnífica biblioteca, pues, a semejanza de don Cayetano Polentinos, se complace en ello. El proteico Liviano relata: «Vi preciosos incunables, manuscritos de inmenso valor, y los cuadernos de las Cortes de Castilla, Aragón, Valencia y Navarra, con las pragmáticas y cédulas reales emanadas de sus acuerdos. Convencido regalista, Cánovas puso ante mis ojos un verdadero tesoro diplomático y bibliográfico de las cuestiones habidas entre España y Roma desde los Reyes Católicos, Carlos V y Felipe II, hasta Felipe V y Carlos III» (Cánovas, III, 1365-1366). Muy atento a los jugosos comentarios de don Antonio acerca de la cuestión religiosa que por entonces enardecía al país, el visitante pudo contemplar también otros preciosos ejemplares, como los incunables Coronación a don Íñigo López de Mendoza, de Juan de Mena, o Doctrinal de los caballeros, de Alonso de Cartagena, no sin dejar de notar en los márgenes de muchos tomos las apostillas manuscritas del presidente. Para toda la escena probablemente se sirvió Galdós de las noticias bibliográficas que ofrecía Pérez de Guzmán en el mencionado artículo de La España Moderna, cuyas palabras finales incluso parecerían propiciar la severa reflexión del personaje de Mariclío sobre la utilidad de lo atesorado por Cánovas. Concluye Pérez de Guzmán: «Mas hay que decirlo sin rebozo: los que no se instruyen como Cánovas en las ciencias de la patria, no pueden aspirar a los aciertos de gobierno que él alcanzó. Por eso, en problemas que han acabado de empequeñecernos, España ha sufrido tantos últimos infortunios. ¡Dios quiera que en los que restan prevalezcan otros aciertos!»[19]. En el Episodio, la divina Clío, que se presenta en el papel de auxiliar bibliotecaria visible solo para Tito, pondrá en duda el provecho que puede sacar el político de tanto saber acumulado entre cuatro paredes. El parlamento no tiene desperdicio y descubre en realidad al escéptico Galdós de 1912:
Toda esta ciencia arcaica y este fárrago que tuvieron su porqué y sazón en siglos remotos, ¿le sirven al buen don Antonio para consumar y sutilizar sus artes de estadista y gobernador de los reinos hispanos, o sería el mismo sujeto, que descuella hoy al frente de los negocios públicos, si estuviera privado del continuo trato con los treinta mil volúmenes que adornan las paredes de esta noble vivienda? Las venerables antiguallas de arte de guerra y de las armas e ingenios militares de tiempos remotos, ¿ayudan al conocimiento y régimen de los ejércitos de nuestros días? Voy creyendo que esto no es más que un bello delirio de coleccionista, ávido de gozar tesoros raros no poseídos por otro alguno, monomanía que satisface los amores de la erudición platónica, con poca o ninguna eficacia en el arte de aplicar las sabidurías trasnochadas al vivir contemporáneo (Cánovas, III, 1366).
Expeditivo como de costumbre, Tito dictaminará al terminar la visita: «Vámonos calle arriba para que se me despeje la cabeza. Estoy un poco mareado de ver infolios y legajos, que, a mi parecer, no sirven más que para llenar de telarañas el entendimiento…» (Cánovas, III, 1367). Era diciembre de 1880. En el verano de aquel año, había muerto en Madrid Juan Eugenio Hartzenbusch. Tiempo atrás, en 1868, Galdós le había dedicado su tercera semblanza en la «Galería de figuras de cera», desde las páginas del diario La Nación[20]. Lo había presentado como «decano de los escritores españoles, director de la Biblioteca Nacional, ameno poeta, crítico infatigable y concienzudo, anticuario, bibliófilo y numismático», y también como «honrado ciudadano y liberal de corazón». Quizá Galdós viera en Hartzenbusch lo que no encontraría luego en Polentinos o en Cánovas, esto es, el resumen cabal del bibliófilo de pro. Con socarronería, lo calificaba de «hombre-libro», pues sospechaba que «allá en los recónditos pliegues de su cerebro ha de tener folios y páginas y catálogos». En la imaginación galdosiana sujeto y objeto se fundían armónicamente: «Hartzenbusch es uno de los más hermosos ejemplares de esta última edición de la humanidad. No os extrañe el verle chiquitín, coloradote, de cabeza piriforme y conjunto poco menos que vulgar. ¿Qué importa la encuadernación?… ¡Oh! ¡El texto es tan hermoso!». Incomparable espejo de mudanza, ante el que la admiración no estorba la ironía.
Bibliografía
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ALAS, Leopoldo, Ensayos sobre Galdós, Madrid, Fundamentos, 2001.
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DARÍO, Rubén, España contemporánea, París, Garnier Hermanos, Libreros-Editores, 1901.
DE LA NUEZ CABALLERO, Sebastián, El último gran amor de Galdós. Cartas a Teodosia Gandarias desde Santander (1907-1915), Santander, Ediciones de Librería Estudio, 1993.
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PÉREZ DE GUZMÁN, Juan, «Cánovas del Castillo juzgado por sus libros», La España Moderna, octubre de 1907, año 19, n. 226, pp. 60-92.
PÉREZ GALDÓS, Benito, «Galería de figuras de cera. III. Hartzenbusch», La Nación, 19 de enero de 1868, año V, n. 652, pp. 1-2.
PÉREZ GALDÓS, Benito, «Biografías de damas célebres españolas», La Guirnalda, 16 de enero de 1873, año VII, n. 146, pp. 3-4.
PÉREZ GALDÓS, Benito, Obras completas, introducción, biografía, bibliografía, notas y censo de personajes galdosianos, por Federico Carlos Sainz de Robles, Madrid, M. Aguilar, 1941-1942, 6 vols.
PÉREZ GALDÓS, Benito, Prólogo (2º), Episodios Nacionales. Edición ilustrada, ap. William H. Shoemaker, Los prólogos de Galdós, México, D. F., Ediciones de Andrea, 1962, pp. 54-61.
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PÉREZ GALDÓS, Benito, Correspondencia, edición, introducción y notas de Alan E. Smith, María Ángeles Rodríguez Sánchez, Laurie Lomask, Madrid, Cátedra, 2016.
[1] Pérez Galdós (1873), p. 3.
[2] Pérez Galdós (2004), p. 27.
[3] Carta a Leopoldo Alas, fechada el 8 de junio de 1888, ap. Pérez Galdós (2016), p. 151.
[4] Carta a Teodosia de 7 de septiembre de 1913, ap. De la Nuez Caballero (1993), p. 311; y Alas (2001), p. 38.
[5] Baste pensar, por ejemplo, cómo en 1880 decide mejorar formalmente los Episodios que hasta entonces habían sido publicados, esos «veinte libritos que durante ocho años han andado por ahí feos y desnudos sin más atavío que la dalmática nacional, tan venerable como abigarrada». Poco se imaginaba Galdós la fortuna que alcanzarían las humildes cubiertas de colores rojo y gualda. En su momento constituyeron un señuelo eficaz para el público —Pardo Bazán recordará jocosamente los «tomitos de pisto», y las bromas con sus amigos «acerca del plato de huevos y tomates, excitados por aquella nota viva, insólita en cubiertas de libros»—, y han llegado hasta nuestros días como marca inconfundible de los Episodios galdosianos.
[6] Pérez Galdós (1962), p. 60.
[7] Todas las citas de las novelas y los Episodios de Galdós están tomadas de la primera edición de las Obras completas de la editorial Aguilar, al cuidado de Federico C. Sainz de Robles (Madrid, 1941-1942, 6 vols.). Se indica entre paréntesis título de la obra, tomo y página.
[8] Pérez Galdós (1962), pp. 60-61.
[9] Darío (1901), p. 206.
[10] Pérez Galdós (2004), p. 212.
[11] Menéndez Pelayo (1881), p. 457; Marañón (1966), p. 150; y Baroja (1982), p. 55.
[12] Pérez de Guzmán (1907), p. 60.
[13] ivi, p. 66.
[14] ivi, pp. 67-68.
[15] Baroja (1982), p. 33.
[16] Pérez de Guzmán (1907), p. 68.
[17] Azorín (2014), p. 73.
[18] Alas (1887), pp. 27-28.
[19] Pérez de Guzmán (1907), p. 92.
[20] Pérez Galdós (1868), pp. 1-2.















