De aquí a la eternidad: Benito Pérez Galdós, el mago de la escritura del XIX y los mejores oradores de su época

Javier Velasco Oliaga Director de Todoliteratura

Benito Pérez Galdós, para unos, don Benito, para otros, don Benito el Garbancero, es, probablemente, el mejor autor español del siglo XIX. Ramón María del Valle-Inclán fue sin duda un poco cruel al ponerle dicho apelativo que hizo tanta fortuna. En el año 1912 fue propuesto como candidato al premio Nobel de Literatura; su principal enemigo no fue otro escritor de la época, en este caso el alemán Gerhart Hauptmann, que ganó el Nobel ese año, sino la Iglesia Católica, que ya se la tenía jurada desde hacía más de 10 años, concretamente desde el estreno de la obra teatral “Electra” en enero de 1901. Y nos remontar un poco más en el tiempo, cuando publicó en 1884 la novela “Tormento”, que también levantó ampollas en la Iglesia porque uno de los protagonistas era el sacerdote Pedro Polo que chantajeaba a la joven Amparo Sánchez Emperador “Tormento” por un secreto de confesión. Un lujurioso personaje bebía los vientos por la joven.

Para nosotros, lo dejaremos en don Benito, gran maestro de la literatura hispana que no sólo es un gran novelista, sino también fue un grandísimo dramaturgo y un excepcional periodista que publicó muchas crónicas de todo tipo, pero donde más hizo fortuna es en la política, ya que fue diputado en Cortes durante tres legislaturas. La primera fue de 1886-90 por Guayama (Puerto Rico), la segunda de 1907-14 por la circunscripción de Madrid, y la tercera por Las Palmas de 1914-16. Cosa harto sorprendente, porque el escritor canario no tenía una buena relación con su tierra por culpa de un amor de juventud. En 1850, llegó a su casa su prima cubana María Josefa Washington de Galdós, conocida por Sisita, de la que cayó profundamente enamorado Benitín, como lo llamaban en su casa las muchas mujeres que vivían allí, al llegar a la adolescencia. La madre de Galdós, mamá Dolores, se percató de los amores incestuosos de los dos jóvenes y decidió que Benitín se trasladase a Madrid después de terminar el bachillerato. Galdós volvía todos los veranos a su casa. En 1864, dejó embarazada a Sisita, con el consiguiente escándalo familiar. Sisita fue despachada a Cuba, donde su padre la obligó a casarse con un viejo ricachón indiano. Esta decisión causó un gran dolor en el corazón de Galdós que le duró muchos años, tanto, que el escritor no quiso escribir ni hablar sobre su tierra. En ninguna de sus novelas, ni artículos, cita su querida tierra canaria. De ahí que su gran amigo y escritor Leopoldo Alas “Clarín”, dijese que fue más un escritor madrileño que canario. Que describía un arroyo como el Abroñigal como si fuese un torrencial río, y que en pocas ocasiones lo hacía de su tierra y los mares que la circundaban.

Todos conocemos a Galdós como escritor de novelas literarias, costumbristas e históricas y como ensayista; pero nos cuesta más reconocerlo como periodista y escritor político. Don Benito escribió infinidad de crónicas parlamentarias para diversos periódicos a uno y otro lado del océano. Llevó la corresponsalía del periódico argentino “La Prensa”, labor que inició en el año 1884 y que se extendería hasta mayo de 1905, con algunos altibajos en alguno de esos años y por la que sería retribuido de manera muy generosa. Fueron un total de 178 crónicas las que envió al periódico bonaerense.

Cobraba por sus artículos unos 100 duros al mes. Cifra muy generosa, aunque él solía quejarse porque algunos de sus artículos eran reproducidos en otros diarios del continente americano sin que le subiesen la asignación. No nos extraña que Valle-Inclán le apodase el garbancero, siempre pensando más en el dinero que en la difusión de su obra. De ahí que reclamase que, si sus artículos eran copiados por otras cabeceras, bien sean chilenas o uruguayas, el estipendio debía aumentar. Las crónicas que solía enviar trataban distintos temas, desde la política europea, la descolonización de

América o África hasta la propuesta de una unión ibérica entre España y Portugal. Otros contenidos versaban sobre las costumbres de los españoles o comentarios sobre distintas exposiciones a la que asistía, incluso opiniones sobre temas literarios. Pero donde más fortuna hacía eran en sus crónicas parlamentarias. Bien fuese sobre su experiencia de diputado, de la que hablaremos más adelante, hasta sus opiniones sobre algunos de los próceres más ilustrados de la época, de los que de algunos daba una visión bastante destarifada.

Si tuvo dos amigos importantes Benito Pérez Galdós estos fueron José María de Pereda y Leopoldo Alas “Clarín”. Obviaremos la figura de Emilia Pardo Bazán, ya que además de amiga fue amante suya y compañera de viajes por gran parte de Europa. Con Pereda recorrió también numerosos países en sus viajes, una extraña amistad donde un carlista y un liberal- monárquico en constante evolución hacia la izquierda compartían la curiosidad e inquietud por todo lo nuevo. A ellos, se uniría Leopoldo Alas “Clarín”, conformando tres almas gemelas e intrépidas que acometieron la literatura desde perspectivas diferentes, pero igual de interesantes. Uno, un profundo conservador, los otros dos mucho más liberales y progresistas. Eso se notó especialmente en los artículos que publicó en la prensa el insigne escritor canario.

Leopoldo Alas “Clarín” escribió unas páginas memorables sobre Galdós, y en ellas destacó “que él, tan amigo de contar historias, no quiere contar la suya. (…) Tan comunicativo cuando se trata de los hijos de su fantasía, apenas sabe si se llama Pedro, cuando haya que hablar del padre que engendró tanta criatura literaria, del pater Orchamus de ese gran pueblo que pulula en cuarenta y dos tomos de invención romancesca”. Eso sin contar sus 46 episodios nacionales. Que fueron un claro precedente de un género tan leído en la actualidad como es la novela histórica, como antes lo había sido en Escocia el escritor Walter Scott y de su casi coetáneo León Tolstoi.

Sigue contando el gran “Clarín” que “tanto Galdós como Pereda eran incapaces de pronunciar cuatro palabras en público”. Por lo visto, al autor canario le imponía enfrentarse a una nutrida concurrencia de oyentes, algo extraño para un diputado en Cortes que tenía que hablar en la cámara de manera habitual, por lo que el diputado Galdós se valía de pequeñas hojas de papel donde apuntaba lo que tenía que decir. Pese a eso, fue muy mordaz con ciertos oradores a los que atacaba de manera inmisericorde.

Se suele decir que la novela es la épica del siglo y ninguna tan épica como la narrativa de costumbres que cultiva Galdós. Muchas de las obras del Galdós novelista se publicaron también en diversos rotativos, al igual que sus artículos y crónicas. Su estilo, tan depurado en la narrativa, adoptaba el estilo de folletín. Algo que se está copiando hasta la saciedad en la narrativa actual, sobre todo en el género del thriller. La técnica es muy sencilla, se contaba la trama y se procuraba que cada entrega terminase con un enigma, dejando al lector con la miel en los labios para que fuese a comprar el siguiente número tan pronto como saliese. Esta técnica se está utilizando tanto en los guiones televisivos como en todos los géneros literarios. El thriller es el hijo bastardo del folletín.

Como hemos señalado anteriormente, Galdós escribió poco o nada sobre su tierra; el resentimiento por la historia de Sisita hizo que se olvidase de su isla afortunada, no así de su Madrid, que adoptó como si fuese su verdadera tierra. Lo fue por adopción, por tendencia de su carácter estético y hasta por agradecimiento. Él fue el primer novelista de verdad, nos diría Clarín, que entre los modernos ha sacado de Madrid un venero de observación y de materia romancesca. “A Madrid debe Galdós sus mejores cuadros, y muchas de sus mejores escenas y aun muchos de sus mejores personajes”. Se podría asegurar sin errar que fue el primer novelista urbano español.

Como hemos señalado más arriba, Galdós, aunque conocido principalmente como novelista, fue en el periodismo donde desarrolló una gran carrera profesional. Sus colaboraciones fueron numerosas a ambos lados del Atlántico. Sabemos que fue elegido diputado por el Partido Liberal de Sagasta -partido de clara tendencia monárquica-, por una de las circunscripciones de Puerto Rico, a la cual nunca llegó a desplazarse. Posteriormente, se presentó como líder de la Conjunción Republicano-Socialista, formada por varios partidos republicanos y el PSOE. Se fue decantando por posiciones de izquierdas y republicanas según fue pasando el tiempo, convirtiéndose en un furibundo republicano, pero a la vez muy crítico con algunas de sus posturas y, por supuesto, de algunos de sus líderes. En algunos de sus artículos, Benito Pérez Galdós dejó de manera meridiana sus críticas hacia estos próceres republicanos. Tal es así que siempre reconoció que la unidad de los republicanos españoles de finales del siglo XIX no era la que debía ser. Nunca imperaba en los ideales de los políticos, ni de las personas que tenían como aspiración un cambio radical en la forma de gobierno, alejándose de ese turnismo que acarreaba más desventajas que beneficios. “Dejarían de ser españoles estos caballeros si se agruparan bajo los pliegues de una sola bandera, y obraran con arreglo a un solo principio de acción”, escribiría Galdós en uno de sus artículos.

La desunión de las fuerzas republicanas del XIX se dejaría sentir en los resultados de las elecciones. El escritor canario se mostró en aquel tiempo muy crítico con las fuerzas republicanas y les achacó que no supiesen ponerse de acuerdo para formar un frente común. En su opinión, había demasiadas facciones y subdivisiones que aumentaban cada día. “En primer lugar tenemos los republicanos gubernamentales o posibilistas de Castelar”. Para el escritor, era un republicanismo aristocrático donde no había apenas masas populares. Un partido demasiado pequeño que no tendría excesiva influencia en el poder. Un partido que se diferenciaría poco o nada de los de tinte monárquico. Sólo se diferenciaría en la forma de gobierno, en la personalidad del jefe del Estado. Un partido netamente conservador que respetaría los organismos propiamente del Estado como el Ejército y el clero. Castelar fue el organizador del Cuerpo de Artillería y las medidas salvadoras que pusieron fin a la “espantosa” anarquía de 1873.

Según Galdós, a Castelar “le tienen por hombre de orden enemigo de bullangas. Su república es la única posible y la única probable”. Si la república pasara de las manos de Castelar a las de sus antiguos aliados del 73 “el triunfo de don Carlos no se haría esperar mucho tiempo”.

Otra facción republicana importante es la de Pi y Margall: “un ideólogo eminente que ha formado un partido divorciado de la realidad, agrupando masas apasionadas que no saben lo que quieren ni adónde van”. Su idea del pacto sinalagmático y bilateral es “muy bella… pero indescifrable para los ilusos que la defienden… es el grupo más alejado de la realidad y del triunfo”.

El escritor canario considera a Pi y Margall un filósofo de gran talento especulativo y con principios rigurosos, pero cuyos secuaces no se le parecen en nada: su República “sería un organismo sin cuerpo ni extremidades: no tendría más que cabeza”. Para el novelista, Pi es uno de los más perspicaces pensadores del siglo, pero con una masa anónima e inconsciente de seguidores que recuerda todas las brutalidades de 1873, por lo que lo considera el menos temible de los republicanos.

El republicano Ruiz Zorrilla, al que el escritor califica de progresista, es el más temible de los republicanos de la época. Pretende “establecer la República a todo trance y por cualquier medio. Después se verá”. Tiene un objeto bien claro y definido, “sin vacilaciones ni tiquis miquis”. Y por eso, reúne a todos los republicanos sinceros y también a muchos antiguos amigos del general Prim. “El señor Ruiz Zorrilla es un tipo muy extraño. Carece en absoluto de brillantez intelectual. No es orador; no entiende de teorías ni de filosofías. Tiene la rudeza del labriego (…) la falta de atractivos intelectuales está compensada en él por el don de la astucia (…) Es el tipo exacto del castellano viejo de aldea, con todas las marrullerías (…) que caracterizan al español rancio. Una de las cosas que mejor demuestran la marrullería de este sectario furibundo es la obstinación con que sostiene su ostracismo. Niégase a entrar en España (…) Todavía hay mucha gente que se entusiasma con los hombres que se dan a sí mismos el título de mártires (…) El señor Ruiz Zorrilla es como esos cocos que dejan de imponer miedo cuando se le saca a la luz del día”.

Galdós no tiene buena opinión del electorado español y siempre tiene presente las posibles asonadas militares. “Como aquí los paisanos no se baten ya por ninguna idea política, señal de que todas las libertades esenciales están conquistadas y aseguradas, el señor Ruiz Zorrilla aspira a plantear la República por medio del ejército (…) y se pasa la vida buscando oficiales y sargentos que quieran quebrantar la disciplina (…) hay siempre en nuestro ejército elementos dispuestos a cualquier locura”.

El autor canario siempre sintió cierto miedo y desapego por este tipo de manifestaciones de los militares que siempre están en la linde de la lealtad hacia las instituciones nacionales y la sedición militar. El antiguo jefe de gobierno con Amadeo de Saboya solía corromper a los oficiales del Ejército ofreciéndoles dos grados de promoción. “Los infelices a quienes lograra arrastrar a la sedición serían los primeros chasqueados el día del triunfo, cuando supiesen que lo dicho respecto a los dos graditos o empleos era puro jarabe de pico”. Según el novelista, si la República triunfase por esos medios dudosos, lo lógico sería que Ruiz Zorrilla organizase un nuevo ejército sobre la base única de los oficiales sublevados y comprados por sus tretas sibilinas, expulsando de las filas a todos los que se mantengan fieles a las leyes del honor y a la disciplina. Así se llegaría a tener “un ejército de bandidos”. Algo parecido a lo que ocurrió después de la Guerra de la Independencia.

El antiguo ministro de Gracia y Justicia, y gran maestre del Gran Oriente de España, convertido en “el más constante de los conspiradores españoles”, solo desea un Estado de revolución permanente. Sin embargo, “una República de partido, y para el uso particular de unos cuantos caballeros sería la calamidad más grande que podríamos imaginar”. Como vemos, el republicano Galdós era muy crítico con esos seguidores de la República que anteponían los intereses particulares a los del Estado, y de la incipiente democracia de aquellos años finales de siglo que se desembocaría en la catástrofe de un imperio cada vez más exiguo. No se supieron defender, por culpa de esos intereses sectarios, las reivindicaciones de modernización que el país demandaba cada vez con más ímpetu. El tercer republicano que va cobrando fuerza es Nicolás Salmerón, a quien el novelista canario considera un hombre eminente que no desea una República impuesta por la fuerza a la sociedad por unos cuantos revoltosos, sino que nazca del convencimiento general y garantice el cumplimiento de todos los intereses: “la revolución permanente patrocinada por Zorrilla conduce a la dictadura, estado político que Salmerón aborrece tanto como la monarquía (…) Esto a cualquiera se le alcanza menos al furibundo y alucinado sectario (Ruiz Zorrilla), para quien tiene más valor el nombre que la esencia de las cosas”. Por eso y por otros motivos, Salmerón aparece más próximo a Castelar, “el gran filósofo español (…) que abandonó el Poder por no firmar una sentencia de muerte”. Todo lo contrario que el agitador de oficio Ruiz Zorrilla, denominado por Galdós una y otra vez “el corruptor de militares”.

Don Benito aprecia que Salmerón no asuma “una postura teatral en el ostracismo voluntario. Vive en España, desempeña su cátedra en la Universidad, y se mueve, como todos los españoles, en la órbita de la legalidad común”, exponiendo sus ideas en las Cortes, cosa que repugna a Ruiz Zorrilla.

“Emplear la violencia cuando la legalidad ampara a todo el mundo, cuando la tribuna garantiza todas las opiniones y la Prensa goza de amplia libertad es criminal y contrario a toda sana política. Los resultados de tal sistema son siempre funestos”. Por eso, Galdós sabe que el zorrillismo va perdiendo terreno cada día entre los propios republicanos hasta un descrédito total. Algo parecido a lo que ocurre en la actualidad con las diferentes maneras de interpretar el republicanismo, desde la democracia más acendrada hasta los totalitarismos de ciertos sectores que solo conocen la verdadera democracia de oídas y sin saber que el respeto por las opiniones de todo el mundo es necesario para encontrar el equilibrio de estas ideas que cada día son más necesarias.

Pese a los malos augurios de los que se hace eco Benito Pérez Galdós en muchos de sus artículos, dejar un resquicio a la esperanza: “Nuestro país, tan conmovido en los últimos años, ha adquirido una experiencia preciosísima. Cada vez se paga menos de relumbrones, detesta el romanticismo político, la fraseología hueca y las promesas locas, y sabe sentir la realidad”, cita de plena actualidad ya que algunos de nuestros diputados y cargos electos en diferentes instituciones practican un populismo alejado de lo que los votantes españoles desean. Se han olvidado de solucionar los problemas que realmente afligen a la sociedad y se quedan atrapados y ofuscados por otros que no demandan los votantes, pero que elevan a problemas para seguir manipulándolos, alejándose de la política real y pragmática que demanda la colectividad y creando unos problemas ficticios para mantener ocupados a los ciudadanos de las verdaderas carencias de la democracia.

Para Benito Pérez Galdós, los tres mejores oradores de la época son Nicolás Salmerón y Alonso, famoso como filósofo y como político, Emilio Castelar y Ripoll, y Antonio Cánovas del Castillo. Todos ellos diputados y con diferentes puestos de responsabilidad en el gobierno de España. Salmerón fue quien popularizó entre los jóvenes la corriente del krausismo, participó en la aciaga República de 1873, después se exilió en París donde vivió de su trabajo como abogado durante varios años, y cuando regresó a España ingresó en la facción más avanzada del partido republicano, junto al “agitador” Ruiz Zorrilla. Elegido diputado por Madrid el 4 de abril de 1886, Salmerón descuella por su refinada oratoria tanto como por su apuesto imponente. “Es de estatura alta, moreno, con barba negra, calvo, con mechones negros espesísimos en las sienes, de ojos grandes y expresivos, de mirada melancólica y en general cierta expresión de fanatismo. En otros tiempos esta figura habría cuadrado bien a un inquisidor (…) porque en la expresión total hay algo que inspira terror, la dureza del sectario y la convicción inquebrantable del creyente (…) en la mirada hay algo que devora y quema, sus acentos tienen algo del hachazo que hiende sin piedad”.

Sin embargo, el punto flaco de Salmerón es que carece de un conocimiento de todos los sucesos de los últimos veinte años, de ardides y de disimulo; por eso, los ataques de Salmerón contra la Monarquía son demasiado altos o demasiado bajos, y su alianza con el exaltado Ruiz Zorrilla le resta autoridad.

En cuanto a Emilio Castelar, según Galdós basta oírle una vez para juzgarle en cualquier terreno, porque en todos ellos destaca y es maestro hasta en las menudencias de la polémica, un orador por excelencia, “y lo mismo maneja el apóstrofe que el chiste”. Su política desde la muerte del rey Alfonso XII es de benevolencia, condena absoluta de la fuerza, de talante conservador, y por eso, su República es “la única posible”. Solo se diferencia de la Monarquía constitucional-liberal en la forma de gobierno. Los sucesos de 1873 “abrieron un abismo hondísimo entre Castelar y los que hasta entonces habían sido sus amigos”.

Como hombre honrado, Castelar reconoció su error al apoyar una doctrina federal y pidió perdón. Mientras Ruiz Zorrilla quiere una República dictatorial impuesta por la fuerza, el pacífico Castelar se opone a ese extremismo y apoya de manera indirecta la Monarquía institucional y el primer gobierno de la Regencia.

Antonio Cánovas del Castillo es un estadista de tal autoridad, “que cuando se levanta a usar de la palabra, se produce en la Cámara un silencio absoluto”. Su oratoria es “sencilla, razonadora, elegantísima por la limpieza de la frase, y de una claridad maravillosa”, y aunque esté hablando cuatro horas seguidas, sus discursos jamás fatigan. Cuenta con treinta años de participación en las Cortes, por lo que su erudición parlamentaria es prodigiosa. Pero el político malagueño tiene tantos enemigos como admiradores fervientes. Y como ha tenido que gobernar con mano un tanto dura, lo califican como “un monstruo”.

Según Galdós, “es realmente extraordinario por la variedad y alteza de sus talentos, y porque pocos como él han dominado y practicado el arte del gobierno”. Además, ha aportado ideas y prácticas muy superiores a las de los antiguos republicanos. “Antes que él no existieron en España gobiernos conservadores sino autoritarios; trajo a la política medios, elementos y artes nuevos abriendo una nueva era y ensanchando los horizontes de la acción de los partidos”.

Al comparar a los tres oradores, don Benito considera que Salmerón fue un tanto fanático, sectario, y a veces “bastante apartado de la realidad de las cosas”; Castelar le parece muy benévolo con el gobierno, galante y hasta patético al mencionar a la Reina Regente, sagaz y amenísimo. Mientras que Cánovas es muy autoritario, despreciador de los republicanos, ya sean revolucionarios o pacíficos, y demasiado conservador en todo.

Don Benito Pérez Galdós fue diputado en Cortes durante tres legislaturas, en las cuales pocas veces se le oyó hablar en el hemiciclo. Sin embargo, en sus muchos artículos políticos que publicó en diversos periódicos fue muy mordaz con sus compañeros de escaños. Incisivo y feroz, diseccionó muchas de esas intervenciones, aplicando un cierto humor que no dejaba títere con cabeza. Frutos de sus observaciones fueron esos artículos donde criticaba de forma irredenta a muchos compañeros republicanos y conservadores. Fue muy cruel con Ruiz Zorrilla, indulgente con Castelar, insolente con Salmerón, y a Cánovas lo define como el mejor orador de la época, aunque no comulga con sus ideas políticas demasiado conservadoras.

Los artículos políticos que escribió Galdós nos lo muestran como un fino cronista parlamentario, con una cierta mala uva, pero que revelan cómo era realmente la vida parlamentaria española poco antes del final de nuestras colonias. Y nos da un friso costumbrista de cómo los españoles vivían la política en esos aciagos años. Algo que pasados 135 años no hemos mejorado: los oradores de hoy en día nos muestran sus carencias prácticamente a diario sin ni siquiera estudiar a esos oradores maestros de la retórica y de la política.

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