
Rosa Amor del Olmo, directora
El documento y lo que dice, literalmente
La carta manuscrita de José Martínez Ruiz, Azorín, dirigida a Benito Pérez Galdós en diciembre de 1911, constituye un documento de alto valor simbólico y literario. En ella, Azorín expresa su gratitud por el envío de uno de los Episodios nacionales, refiriéndose a Galdós como “mi querido y admirado maestro”. Esta fórmula de tratamiento subraya la admiración y reconocimiento hacia la figura consagrada del realismo decimonónico, consolidando la imagen de Galdós como modelo literario y ético para la Generación del 98.
El tono de la carta es respetuoso, afectuoso y sincero. Azorín muestra una disposición activa al comprometerse a leer la obra “con verdadero júbilo” y escribir sobre ella, lo que sugiere un diálogo intelectual entre generaciones. Esta actitud conecta con el espíritu regeneracionista de los noventayochistas, que miran al pasado inmediato para analizar los males de España y proyectar una renovación cultural.
La carta, breve y de lenguaje cuidado, transmite no solo una relación personal, sino también el paso simbólico del testigo entre dos épocas literarias. Su valor documental es evidente: refleja una visión del escritor como lector comprometido y del maestro como faro de referencia.
La pieza que muestras es una carta manuscrita muy breve (casi una “nota”), fechada en el 6 de diciembre de 1911, y firmada como José Martínez Ruiz. Su valor está precisamente en esa sencillez: en pocas líneas condensa una relación literaria, una cortesía profesional y un gesto de admiración pública.

La transcripción coincide con la edición digital de la :
Sr. D. Benito Pérez Galdós:
Mi querido y admirado maestro: gracias cordialísimas por el ejemplar de su último Episodio. Con verdadera fruición lo leeré y escribiré luego acerca de él un artículo.
Su siempre devotísimo,
José Martínez Ruiz
Madrid 6 de diciembre 1911
Dos detalles “de época” ayudan a leerla bien. Primero, el encabezamiento “Sr. D.” es abreviatura de “Señor Don”, fórmula de respeto habitual en correspondencia formal. Segundo, la carta no es una ocurrencia suelta: el registro bibliográfico indica que se reprodujo (con transcripción) desde Cartas de archivo de Galdós (, 1967), y que lo que vemos es facsímil de manuscrito.

Quién escribe y a quién, y por qué importa
Quien escribe es José Martínez Ruiz, que desde 1904 había adoptado el seudónimo “Azorín”. La lo presenta como articulista, novelista y ensayista, y subraya dos rasgos que encajan perfectamente con esta carta: su oficio periodístico (gran parte de su producción nace en prensa) y su pertenencia destacada a la generación del 98.
El destinatario, Benito Pérez Galdós, es ya en 1911 un autor consagrado (novela, teatro, política), con una popularidad enorme en vida. Su biografía en el recuerda su nacimiento en Las Palmas de Gran Canaria y su muerte en Madrid (1843–1920), y sitúa un dato clave para entender la carta: en 1873 inició la publicación de la primera serie de los Episodios nacionales con Trafalgar.
Aquí está la clave histórica: la carta muestra a un escritor más joven (del 98) tratando a Galdós como “maestro” y anunciando un artículo sobre su “último Episodio”. Es decir, no solo admiración personal: también legitimación crítica en el espacio público (la prensa).
“Su último Episodio”: qué obra pudo ser en diciembre de 1911
Cuando Azorín agradece “el ejemplar de su último Episodio”, se refiere a los , la gran serie narrativa histórica de Galdós. La RAE fija el marco general: la publicación en tomos de los Episodios nacionales se mantuvo de 1873 a 1912.
Para concretar el “último” en 1911, la cronología del Instituto Cervantes para la 5.ª serie (la final) es muy orientativa: ese año figuran La primera República y De Cartago a Sagunto, y en 1912 Cánovas.
Con esa información, lo más prudente es decirlo así:
- En diciembre de 1911, el “último Episodio” que Galdós podía estar enviando a colegas y críticos encaja con alguno de los publicados ese mismo año (La primera República o De Cartago a Sagunto).
- Sabemos, además, que De Cartago a Sagunto circula en edición de 1911 (la edición digital se basa explícitamente en una edición madrileña de 1911).
No es un matiz menor: una frase tan corta (“mi último Episodio”) coloca la carta en el tramo final de una empresa literaria enorme, y convierte el gesto de Azorín (“lo leeré… y escribiré… un artículo”) en un pequeño testimonio de cómo se leía, se promocionaba y se discutía literatura “en caliente” entre autores.
Lo que revela la carta sobre la vida literaria y el tono entre generaciones
En la carta no hay confidencias ni vida privada: es una pieza profesional con un tono afectuoso. La clave está en tres fórmulas:
“Mi querido y admirado maestro”
No es solo amabilidad: es una jerarquía literaria explícita. Galdós aparece como referente y Azorín como lector-crítico que se reconoce deudor.
“Con verdadera fruición”
La palabra “fruición” intensifica el acto de leer como placer y como trabajo crítico. Esto encaja con la figura de Azorín periodista: la RAE recuerda que muchos de sus textos vieron la luz primero en periódicos y que su producción periodística es masiva. La carta, de hecho, promete el siguiente paso natural: “escribiré luego… un artículo”.
“Su siempre devotísimo”
No es servilismo literal; es una clausura epistolar habitual que refuerza respeto y continuidad (“siempre”). En una nota tan corta, esa despedida funciona como sello: “esto no es una reseña fría; es un reconocimiento”.
Como telón de fondo, hay un hecho humano que hace aún más sugerente la escena: la biografía académica de la RAE recuerda que Galdós murió “casi ciego”. Y la literatura médica e historiográfica ha estudiado su ceguera asociada a cataratas y operaciones, señalando que finalmente “se quedó ciego”. La carta, por tanto, flota sobre una paradoja: el gran observador de la sociedad española terminaba su vida con la vista muy dañada, mientras otros escritores (como Azorín) seguían leyéndolo y difundiendo su obra en la esfera pública.
Acompñanado la carta
Esta carta es una puerta pequeña que da a una sala inmensa. No cuenta un drama: cuenta un gesto. Un escritor joven —ya famoso, pero todavía “joven” frente al gigante— recibe un libro recién salido y responde como se respondía entonces cuando la literatura era, además de arte, conversación pública: agradece el envío, promete leerlo con deleite y anuncia que lo convertirá en artículo. En esa promesa hay algo más que cortesía: hay la certeza de que un libro vive del lector, pero también del eco, del comentario, de la crítica que lo empuja hacia otros ojos.
Y hay, sobre todo, una palabra que no sobra: “maestro”. Azorín no necesita teorizar; le basta escribirla. Porque en 1911 Galdós no es solo un novelista: es una forma de mirar España y de narrarla, una autoridad literaria que atraviesa generaciones. La nota, con su “devotísimo”, deja ver una cadena: el maestro entrega su “último Episodio”; el discípulo-admirador lo lee; luego lo devuelve al mundo en forma de artículo. Así circulaba la literatura: de mano en mano, de libro en periódico, de admiración privada a reconocimiento público.















