Apuntes sobre Miquel de Palol y Mutanyola y sobre la literatura y cultura catalana durante la dictadura franquista

Antonio Chazarra Montiel, Profesor de Filosofía

“L’idioma és la columna vertebral d’una cultura, l’únic instrument que asegura la seva preservació” Manuel de Pedrolo

El próximo mes de  julio se conmemorará el nonagésimo aniversario del golpe de estado contra la democracia y, por tanto, el inicio de la Guerra Civil.  Hay poco que celebrar y mucho que reflexionar y divulgar para disponer de una memoria no falsificada de los hechos. Hasta el momento los actos programados son escasos, polémicos y de baja intensidad.

En las actividades previstas, apenas se menciona la resistencia civil, frente a la barbarie liberticida cuando, desde mi punto de vista, debería ocupar un lugar central.

En la Guerra Civil no sólo fue derrotada la República. Contra lo que algunos repiten, desde un revisionismo reaccionario, la primera víctima fue la democracia y con ella la herencia de la Ilustración.

Hoy, me parece necesario, comentar asimismo, el ostracismo que sufrieron las lenguas y culturas por obra y “desgracia” de una uniformidad impuesta a sangre y fuego, que hacía tabla rasa de todo lo que no fuera el castellano, entendido como lengua del imperio.

Vayamos paso a paso. Transcurridos noventa años, los ataques e intentos de marginación, de la lengua y cultura catalanas, todavía son moneda de uso corriente en círculos reaccionarios de un nacionalismo españolista añejo.

Otro de los efectos, que aún no se han extinguido,  es el escaso conocimiento de creadores de indudable valía, como es el caso de Miquel de Palol. De nada o muy poco sirvieron los reconocimientos y galardones que obtuvo como el Premi Carles Riba o el Premi Critica Serra d’Or, obtenidos por su poemario “El porxo de les mirades”, (Proa, Barcelona 1983).

Palol como narrador es sencillamente excepcional.  Destaca en su obra “El jardí dels set crepuscles” (El jardín de los siete crepúsculos) (Barcelona: Proa 1983), que ha sido traducida al italiano, alemán y holandés pero que ha tenido un escaso eco en castellano.

Es también necesario incidir, en “Grafomaquia”, obra de carácter seminal que como gran parte de su producción tiene un carácter vanguardista. Están presentes el simbolismo, la geometría, la música, la filosofía… dispuestas en forma de juegos, incidiendo en una fragmentación del discurso.

En cuando a “El jardí dels set crepuscles”. Se trata de un texto complejo, vanguardista e innovador, donde pueden descubrirse, sin mucha dificultad,  referencias al Decamerón de Boccaccio e incluso a Kafka.

Es una obra coral. A lo largo de siete jornadas toman la palabra siete narradores distintos, que dan cada uno su versión sobre el mismo hecho, mas desde perspectivas y ángulos diferentes.    

En este caso, el “leitmotiv” del que parte, no es la peste sino la destrucción devastadora que obliga a los protagonistas a refugiarse en una especie de bunker. En la novela ocupa un lugar central  un objeto valioso (una joya) de poderes incalculables, motivo por el que se ansia su posesión, desencadenando conflictos, ambiciones y odios.      

Es también, significativa la técnica “matrioska”, es decir, unas historias que están contenidas en otras, dando así complejidad al relato. Obviamente, se trata de un alarde de relativismo que hace patente la búsqueda de la verdad, desde distintos puntos de referencia.  

Es un texto que requiere activamente la participación del lector, convirtiendo esta especie de “rompecabezas o de piezas de un mosaico” en un juego intelectual que tiene no poco de jeroglífico.    

Estas notas solo pretenden abrir boca para interesar a los lectores sobre Miquel de Palol, a fin de que prosiga una búsqueda, sin duda, fecunda.  

Tiene una obra extensa. A lo antes comentado, habría que añadir al menos, la novela “Igur neblí”  (Barcelona: Proa, 1994), donde vuelve a insistir sobre la conquista de un laberinto, de un imperio con un ideal panhumanista obsoleto. En ella son patentes la sombra de una Guerra Civil, la arbitrariedad, el azar y el caos.

No son pocos los críticos que consideran el “Troiacord” (Columna, Barcelona, 2001) no sólo como su mejor novela sino como una obra maestra de la literatura catalana. Aparecen en ella diversos personajes y temáticas que proceden de obras anteriores. Son cinco volúmenes y más de mil trescientas páginas que merece la pena degustar.  

Aunque sea brevemente, hay que señalar que es asimismo, un ensayista notable. “Jacint Verdaguer” (2002), es algo más que una biografía. El haber elegido a Verdaguer ya es de por sí significativo. No quisiera finalizar estas notas sobre Palol sin mencionar el ensayo “Descubrir España”  (1999), que aporta interesantes puntos de vista sobre nuestro país, visto desde la periferia.

La lengua y la literatura catalanas sufrieron durante la dictadura franquista un ostracismo evidente, así como una represión y una censura ostensible. Para apreciarla es conveniente recurrir tanto al exilio como a la resistencia interior.

Pasaré a exponer algunos autores claves, aunque sugiero un estudio menos liviano y más pormenorizado.

Manuel de Pedrolo defendió con ahínco la lengua catalana como columna vertebral de la cultura. Solía incidir en que “L’idioma és la columna vertebral d’una cultura, l’únic instrument que assegura la seva preservació”  (El idioma es la columna vertebral de una cultura, el único instrumento que asegura su preservación).

Joan Brassa, por su parte, gustaba de utilizar la ironía. Se puede apreciar en su poesía  una magia envolvente, muy especial. Concebía el arte como una herramienta de conocimiento. Daba mucha importancia a la vitalidad del habla cotidiana.

Todavía, en plena postguerra, impulsó un neorrealismo de postguerra genuinamente catalán, que no debe pasar desapercibido a quien analice este periodo. Fue fundador del grupo “Dau al set” en 1948. Pese a las condiciones adversas en que se desenvolvió, tuvo una influencia evidente. 

No es posible “encerrar el pensamiento en jaulas” a pesar de los intentos uniformadores y dictatoriales. Tuvo una gran fuerza, la firme voluntad de hablar y escribir en catalán en contra de todas las ortodoxias impuestas. El espíritu combativo renacía, una y otra vez, triunfando sobre los claudicantes  intentos de resignación.

Pese a lo apresurado de estas reflexiones, no es posible prescindir de Carles Riba, figura clave del “Noucentisme”. Intentó conectar la cultura catalana con las tendencias europeas, defendiendo una estética y una ética exigentes. No se ha insistido apenas, en una de sus ideas centrales: entender la literatura como una herramienta, para elevar la conciencia nacional a través de una exigencia intelectual.  Al mencionar a Riba, hay al menos que apuntar sus conocimientos de la tradición clásica helénica.

Ya que no es posible citar expresamente a todos o los más significativos, representantes de las letras catalanas, al menos mencionaré a Salvador Espríu, que defendía la lengua y la literatura catalanas como un acto de resistencia.

Su obra cargada de simbolismo, remarca una y otra vez,  la necesidad de la pervivencia de la cultura catalana y la insumisión frente a las políticas huecas y represoras de la dictadura. Su poemario más conocido es “La pell de brau”. Toda su poesía es una apuesta por la convivencia, el respeto al diferente y la lealtad hacia Catalunya. Estas son algunas de las razones por las que se convirtió en un referente moral y cultural.

Quiero destacar que lucharon denodadamente contra la atrofia y la mutilación cultural que padecían. Este combate, también, tuvo lugar en otras Comunidades Autónomas, en defensa de las lenguas proscritas y de “la libertad de creación”, dentro de las señas de identidad de cada una.

No es extraño que la expresión “juguetes rotos” aparezca con cierta frecuencia en su análisis de la realidad, que les privaba de libertad. Los más valientes no dudaron  en denunciar “ese parasitismo”. La necesidad de buscar y construir nuevos rumbos, les animaba.

Hoy, quiero recordar con agradecimiento, esa literatura de resistencia europeísta y autoexigente, en estos tiempos donde algunos siguen insistiendo en olvidar o marginar la lucha cultural por la libertad y la dignidad.

Hablar del idioma y la cultura catalana bajo la dictadura, expone bien a las claras, que la inteligencia se eleva por encima de las ruinas y sobrevive a todos los intentos de aniquilamiento.

Frente a quienes quisieron enterrarlas, el precio a pagar, era previsible… aunque con el paso del tiempo se fue aminorando.  

Hay que valorar la resilencia de aquellos a quienes podríamos denominar “los desenterrados vivos”. Los vencidos cuando no pueden hablar en voz alta, lo hacen en voz baja… esperando que llegue el momento de recuperar la voz y la palabra. Tal y como expresó el poeta Jaime Gil de Biedma, la luna asoma tras las ventanas rotas en busca de justicia y reparación.

Debe haber un espacio para mencionar a mujeres que han dedicado hermosas páginas a ensalzar y mantener viva la lengua catalana. Caterina Albert, más conocida por su pseudónimo “Víctor Catalá” fusiona en sus páginas simbolismo y costumbrismo. Sus protagonistas luchan por superar una realidad adversa.

Ya hemos mencionado los intentos de españolización que prohibían y censuraban toda manifestación de cultura catalana.  Mercè Redoreda en “La plaza del diamante”  (Barcelona, Club Editor 1962), construye un relato de una joven en tres momentos: la preguerra, la guerra y la postguerra civil. A nadie se le escapa que sus páginas son una reivindicación catalanista, en momentos hostiles.

En esta sucesión de notas, que sólo pretenden ser una aproximación a una realidad más compleja, sería injusto olvidarse de algunas revistas que unieron el compromiso con la lengua al compromiso político. Merece la pena destacar “Dau al set” (1948/1955) o “Ariel”, estas publicaciones tenían la firme voluntad de superar el miedo y de proyectarlo en una acción transformadora.

Sería profundamente injusto no mencionar a autores como Eduardo Mendoza, Premio Cervantes y Premio Princesa de Asturias y Manuel Vázquez Montalbán que aunque escribieron la mayor parte de su obra en castellano, estuvieron profundamente arraigados y defendieron el contexto cultural catalán.

Nos falta aún mucho camino por recorrer para explorar toda la fertilidad  y toda la carga de futuro que una visión de España, plural y diversa, contiene. Es, a mi juicio, imprescindible incentivar el diálogo entre las culturas y las lenguas hispánicas.

Poner fin a la etapa uniformadora y castradora de la imposición del castellano, requiere un cambio de mentalidad y un esfuerzo de integración que, sin duda, otorgará a quienes lo promuevan “beneficios” no sólo culturales sino políticos, rompiendo barreras de incomprensión que han limitado, hasta la fecha, un acercamiento mutuo, real y desprejuiciado.

Modestamente he querido poner de manifiesto el valor de la inclusión frente a la exclusión. Las diversas lenguas y culturas de nuestro país, no nacieron para dividirnos, ni para enfrentarnos sino para proyectarnos a un futuro donde, desde diversas perspectivas, sepamos encontrar un ideal común de convivencia y tolerancia que sólo nos otorgará un reconocimiento sereno de la memoria del pasado.

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