
Rosa Amor del Olmo
El Génesis dice algo inquietante sobre el mundo anterior al diluvio: “La tierra estaba llena de violencia”.
No dice que hubiera guerras mundiales.
No habla de tecnología destructiva.
No describe una civilización sofisticada.
Dice algo más grave: la violencia se había convertido en clima.
El problema no era solo que existiera el mal. El problema era que ya no sorprendía. La degradación no era un exceso puntual: era una normalidad aceptada. El corazón humano se había acostumbrado. Y cuando el mal se vuelve paisaje, empieza el verdadero desastre.
El relato de Noé, leído durante siglos como castigo divino, es también una radiografía moral. El diluvio no aparece simplemente como ira, sino como purificación. La tradición cristiana lo entendió como una especie de “bautismo por agua”: una limpieza radical cuando la corrupción se había extendido hasta las raíces.
El texto bíblico es sobrio, pero el diagnóstico es extremo: la tierra estaba corrompida y llena de violencia. No era solo un problema político. Era espiritual. Si uno mira alrededor, la pregunta no es si vivimos tiempos más violentos que otros siglos —la historia está repleta de barbarie—. La pregunta es otra: ¿nos sigue escandalizando la violencia?
Porque tal vez el síntoma contemporáneo no sea la brutalidad en estado puro, sino la normalización.
Consumimos imágenes de guerra mientras cenamos.
Leemos insultos sistemáticos como si fueran entretenimiento.
Asistimos al desprecio público convertido en espectáculo.
La deshumanización ya no necesita uniformes ni banderas: le basta con un lenguaje. Y cuando el lenguaje se degrada, la conciencia se acostumbra. El problema no es solo el golpe. Es la indiferencia.
En el Evangelio, Jesús alude a “los días de Noé” no como un tiempo de pánico, sino como un tiempo de normalidad distraída: comían, bebían, se casaban. Vivían. Y no entendieron nada hasta que la catástrofe los sorprendió. La advertencia no es apocalíptica en el sentido sensacionalista. Es moral. El peligro no es que el mundo sea imperfecto —siempre lo ha sido—, sino que la conciencia pierda sensibilidad.
El cristianismo habla también de otro bautismo: el de fuego. Una imagen incómoda. El fuego no solo destruye; también purifica. En Pentecostés, el fuego no cae para arrasar, sino para transformar. En la tradición espiritual, el fuego es aquello que quema lo falso, lo corrupto, lo endurecido.
Si el diluvio fue un bautismo por agua, el fuego es una purificación interior. Tal vez el verdadero juicio no consista en catástrofes externas, sino en algo más radical: en quedar expuestos ante la verdad. Y lo que no pueda sostenerse en la verdad, arderá. No se trata de anunciar el fin del mundo. Eso ha sido siempre una tentación del miedo religioso. Se trata de reconocer un síntoma: cuando la violencia deja de provocarnos rechazo, cuando el desprecio se vuelve divertido, cuando la mentira deja de indignarnos, algo esencial se está erosionando.
El relato de Noé no es un calendario profético. Es un espejo.
La degeneración no empieza cuando se derrumba la civilización. Empieza cuando se vacía el espíritu. Cuando la bondad parece ingenua. Cuando reaccionar ante el mal parece exagerado. Lo verdaderamente alarmante no es que exista crueldad. Es que ya no nos conmueva. Quizá el “bautismo de fuego” del que habla la tradición no sea un espectáculo cósmico, sino una exigencia interior: recuperar la capacidad de arder por la justicia, de dolernos por el sufrimiento ajeno, de no aceptar la degradación como inevitable.
Porque el fin de una época no comienza con un terremoto.
Comienza cuando el corazón se enfría.
Y ese enfriamiento siempre es más peligroso que cualquier diluvio.
















