La Hispanidad es también mujer y (III)

Francisco Massó Cantarero

Las mujeres que estuvieron  yendo a América a contribuir en el proceso civilizador del continente, también fueron a dar a luz y vieron crecer a sus hijos como criollos. Esto ocurrió desde el principio: Juana de Zúñiga, segunda esposa de Hernán Cortés, tuvo seis criollos con su marido.

Ya avanzado el siglo XVII, en 1648, Isabel Ramírez, de 25 años, era pareja de hecho de Pedro Manuel de Asbaje, por entonces sexagenario. Ambos eran españoles y trajeron al mundo a tres hijos; una de los cuales fue Juana Inés, que luego será Sor Juan Inés de la Cruz, cuya personalidad vamos a  analizar por la singularidad de su carácter y el clamor de su lucha, a brazo partido, por conseguir respeto y autoridad en un mundo de hombres, hecho por los hombres para su mayor gloria. Isabel tendría después otros tres hijos más, también naturales, con Diego Ruiz Lozano, capitán de uno de los retenes militares que protegían las encomiendas de los asaltos de los indios.

Evidentemente, todos los hijos son naturales. La legitimidad es una categoría social superpuesta, que señala que fueron concebidos por una pareja estructurada canónicamente y comprometida para efectuar la parentalización psíquica posterior. Sin compromiso, los niños corren el riesgo de ser huérfanos de padre, o de madre, a poco que los avatares de la pareja y el egoísmo de una u otro así lo determinen.

Por desgracia, esto le ocurrió a Juana Inés: fue abandonada por su padre junto a sus dos hermanos. Isabel, la madre, se vio obligada a acogerse a la protección de sus propios padres, Pedro Ramírez Cantillana y Beatriz Ramírez, ambos oriundos de Sanlúcar de Barrameda. Pedro era encomendero y hombre muy culto, que conocía el latín y disponía de una suntuosa y amplia biblioteca. El abuelo se aprestó a ejercer de padre y, durante nueve años que compartió con su nieta, le ayudó a forjar su carácter y tener confianza en sí misma, incluso contrariando las directrices de la madre, que era analfabeta.

Los abuelos siempre tienen un papel secundario en el proceso de parentalización o socialización del niño; son también modelo y contribuyen decisivamente a la interiorización de las normas de convivencia. En este caso, el abuelo Pedro no tuvo un papel secundario, sino de primer orden, incluso protegiendo a la nieta de las veleidades agrestes de la madre. Así, supo inseminar en Juana Inés el ansia de conocimientos; logró que la niña leyera a los cuatro años; le dejaba leer sus libros, aunque la niña no los entendiese; le traducía a los clásicos latinos y le explicaba cuanto estaba a su alcance. Y, sobre todo, le mostró cómo oponerse a la tozudez materna, que no quería que su hija aprendiera siquiera a leer.

El enfrentamiento contra la ignorancia va a acompañar a Juana Inés, una vez profese como monja y se vea obligada a enfrentarse a la estólida estupidez de sus superioras conventuales, que consideraban que los libros eran cosa de herejes, porque los escribe el demonio (sic).

La falta de la templanza y autenticidad del padre biológico es un hueco agresivo, un vacío lacerante en la vida de Juana Inés que la lleva a desconfiar de los varones; no querra casarse, ni prepararse para el matrimonio, tal como pretendían su madre y su tu tía y madrina. También este dolor, casi consciente, la va a llevar a fomentar el trato con las mujeres e incluso el culto de hiperdulía, que ella misma se reprocha que sea más importante, en su dedicación literaria y en su fervor místico, que el culto de dulía. Hecho, por demás, muy andaluz, donde la Virgen, arquetipo de la madre, luce todo el esplendor del oro, plata, esmeraldas, rubíes y brillantes, desplazando al Sagrario a una oscura capilla, apenas iluminada por una rutilante vela roja. En las imágenes, la desnudez de Cristo, incluso resucitado y sentado a la derecha del Padre, contrasta con la riqueza y variedad de las vistosas hopalandas marianas.

El modelo de la abuela Beatriz, madre de once hijos, ya criollos, era un modelo rudo, inflexible, tajante para gobernar una prole tan numerosa, una casa grande de encomenderos ricos, asignar las tareas a los ocho esclavos negros que ella misma había aportado al matrimonio en su dote, amén de respetar las atribuciones que Pedro daba a los servidores indios que trabajaban en la hacienda. Beatriz presenta un modelo de mujer fuerte, casi bíblico, sometida a su marido y sin otra vida propia que atender la  demanda externa. De aquí, Juana Inés tomará el amor al trabajo como vocación; la fortaleza para cumplir sus compromisos, pese a las inconveniencias que le va a dar su precaria salud; dotes organizadoras para asignar tareas a las monjas que habrían de ayudarle en diferentes proyectos y la prestancia y resolución para tomar decisiones, incluso de riesgo.

Es decir, cuando encontremos a Sor Juana Inés de la Cruz, comprobaremos que es una mujer de carácter fuerte, como la abuela Beatriz, fiel a su vocación intelectual, que se aferra con todas sus fuerzas al afán de saber pergeñado por el abuelo Pedro y desconfiada para establecer matrimonio, ante el reiterado fracaso de su madre, que tuvo que responsabilizarse de seis hijos, sin haber logrado establecer matrimonio con ninguno de los dos hombres que la fecundaron.

Para la madre, su hija siempre fue una niña rebelde; era muy terca y de nada le valían reprimendas cuando se proponía algo. Estamos ante una rebeldía de carácter, casi una formación reactiva, contenida gracias a los modelos de los abuelos. El Niño Rebelde, dicho sea con lenguaje berniano, es un impulso transformador del mundo entorno, que resulta eficaz  cuando va arropado por la razón y el discernimiento y  en cambio, llega a ser una apuesta en pro del caos, si opera como fuerza indómita per se.

La rebeldía existencial de Juana Inés, frente a los propósitos matrimoniales de su madre y de su tía y madrina, era muy sensata. Ella ”sabía” que una mujer bastarda y sin dote que aportar al matrimonio, era candidata a ser entretenida y burlada como lo había sido  su madre. Se negó a repetir ese guión de vida.

Por ello, buscó en su primo un padrino de aventuras intelectuales. El primo, ya estudiante universitario, sacaba de la biblioteca de la universidad los libros que Juana Inés le pedía y le consiguió un profesor de latín que, con veinte clases y la aplicación de la alumna, lograron que  ésta accediera a la lengua franca de entonces, convirtiéndose en políglota que dominaba tres idiomas cultos: castellano, náhuatl y latín, los tres dotados de gramática y diccionario.

El primer contacto con el mundo de los hombres varones fue determinado por el virrey, para aclarar si tantos conocimientos eran una dote sobrenatural, otorgada por la Divina Providencia, un milagro vivo, o una estrategia demoníaca,  toda vez que era incomprensible que una mujer pudiera saber tanto. Hay que recordar que Aristóteles, que siempre ha tronado alto en los púlpitos escolásticos, consideraba a la mujer como un varón incompleto por falta de alma y que la Iglesia, sin llegar a tanto, se ha caracterizado por una cierta misoginia, que aún perdura negando a la mujer el acceso al sacerdocio.     

 Así pues, el virrey Antonio  Sebastián de Toledo Molina, con autorización del arzobispo Diego Osorio, reunió a una junta de sabios, catedráticos de la universidad,  inquisidores, magistrales, confesores afamados, etc., que sometieron a Juana Inés a un examen concienzudo, del que pudo salir airosa, sin petulancias, ni pedantería de ningún género. A su vez, determinaron que tales saberes no eran debidos a una gracia divina, ni a maniobras del demonio, sino al esfuerzo contumaz y entusiasta de una persona humana. Hoy, podemos añadir que aquella erudición era fruto de dos mecanismos psicológicos: la sublimación psíquica que huía compensatoriamente del baldón de la ilegitimidad de origen y la necesidad compulsiva de evitar el guión de vida materno.

La experiencia fue humillante; pero el éxito de Juana Inés, autodidacta y disconforme con muchas trabas, especialmente las que le imponían las denotaciones sociales de  su propio sexo, le canjeó el puesto de profesora particular de la hija de los virreyes y su primer encargo como poetisa: un soneto fúnebre a la muerte de Felipe IV. Le quedan 30 años de vida y lucha constante por mantener su dignidad frente a las estereotipias monjiles, la envidia de su confesor, el menosprecio de los jueces literarios, las insidias del obispo de Puebla, Manuel Fernández, que operaba con el pseudónimo de Sor Filotea de la Cruz en sus disputas teológicas con la monja y el pavor a la omnipresente Inquisición, que escrutaba sus escritos palabra a palabra.

En limpio, contra el viento de la ignorancia y la marea de  la hostilidad misógina Sor Juana Inés nos dejó tres volúmenes de obras, donde figuran tres comedias tan sugestivas como Los empeños de una casa y Amor es más laberinto que permiten rastrear su drama personal; hay tres autos sacramentales como el Divino Narciso, en el que arriesga mucho ante la Inquisición; se agregan tratados teológicos como la Carta Atenagórica, la Crisis de un sermón sobre el que pronunció el padre jesuita Vieira, y la respuesta a Sor Filotea de la Crus que, como hemos señalado, era el pseudónimo del obispo de Puebla, dispuesto a encizañar contra el arzobispo de México, del cual dependía el convento de Sor Juana. Se suceden poemas, como las laudatios a las entradas triunfales de los virreyes, hechas por encargo; poemas filosóficos como Primero sueño; sonetos, villancicos, poemas de amor como los que dedica a Lisi, la virreina, marquesa de Paredes de Nava, con quien mantuvo un proceso de identificación platónica que resultó muy fecundo para ambas, y redondillas.

En el plano material, como ecónoma del convento, saneó la contabilidad del monasterio, despejando las deudas y asegurando los ingresos de las encomiendas que dependían de la institución. Así mismo, se aseguró su propia estabilidad económica y, por herencia, la de una sobrina suya que había profesado en el mismo convento. El voto de pobreza no era óbice para que cada monja tuviese  en su celda una criada, e incluso una esclava y, ni siquiera acudiese al refectorio comunitario, por disponer de cocina y régimen alimenticio privados.

Sor Juana Inés ejecutaba su propio presupuesto de gastos, préstamos, compras e inversiones. Su celda estaba atestada de libros, utensilios de laboratorio e instrumentos de música, como correspondía a una mujer renacentista en stricto sensu. En el santuario de su celda, unas monjas llevaban la contabilidad conventual, otras aprendían música y cantaban, otras copiaban en limpio sus escritos antes de enviarlos a Sevilla para su publicación y otras experimentaban con hierbas. Es decir, fue una mujer sabia, que irradió y contagio de sabiduría su entorno. 

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