
Cabeza de turco
La historia de la literatura está salpicada de disputas y enemistades entre escritores. Se suele decir que nadie puede humillar a un escritor como otro escritor, y los ejemplos abundan. Desde epigramas venenosos en el Siglo de Oro hasta dardos envenenados vía Twitter, las peleas literarias reflejan no solo choques de personalidades, sino también profundos conflictos de valores, poder y reconocimiento dentro del campo cultural. Incluso surge un fenómeno conocido como el “rechazo al sabio”: con alarmante frecuencia, las mentes brillantes son vilipendiadas por sus propios contemporáneos, ya sea por envidias, diferencias ideológicas o simple ansia de protagonismo. En este ensayo exploraremos algunos casos emblemáticos de estas trifulcas intelectuales –desde los duelos verbales históricos hasta las polémicas actuales– para preguntarnos: ¿por qué los escritores atacan a otros escritores? ¿Qué papel juegan el poder, los egos, el resentimiento o el oportunismo en estas reyertas? Y, en definitiva, ¿qué revelan estas disputas sobre las tensiones profundas que laten en el mundo de la cultura?

Rivalidades históricas: del ingenio al insulto
Las peleas literarias no son nada nuevo; de hecho, vienen de antiguo y a veces están elevadas a la categoría de arte. Un ejemplo clásico es el duelo verbal entre Luis de Góngora y Francisco de Quevedo, posiblemente la rivalidad más célebre de las letras hispanas. En la España del Siglo de Oro era casi deporte nacional que los literatos se atacaran mediante poemas satíricos, ya fuera por diferencias estéticas o por simple estrategia de autopromoción. El joven Quevedo, por ejemplo, buscó hacerse un nombre a costa del renombrado Góngora: comenzó a ridiculizarlo públicamente en 1603 con versos burlescos para ganar notoriedad a costa de un maestro consagrado. Esta táctica oportunista refleja cómo el ego y el afán de fama podían avivar las plumas más feroces. Lejos de achantarse, Góngora respondió en la misma moneda, y ambos intercambiaron sonetos plagados de invectivas cultísimas. Las pullas iban desde lo personal (Quevedo caricaturizó la nariz prominente de Góngora y le endilgó motes sobre su origen y vida disipada) hasta lo infamante: Quevedo llegó a tildar a Góngora de “jugador, sodomita y, peor aún para la mentalidad de la época, judío”, mientras Góngora replicaba llamándole “Francisco de Quebebo” para aludir a su supuesta afición desmedida al vino. Aquellos ataques eran hirientes, sí, pero también demostraban un ingenio afiladísimo. Como señala un cronista moderno, el duelo Góngora-Quevedo convirtió el insulto en género literario y elevó la agudeza a virtuosismo retórico. Detrás de la sátira se ocultaban, no obstante, motivos muy humanos: rivalidad estética (culteranismo vs. conceptismo), choque generacional y ambición de poder simbólico en la escena cultural. Al fin y al cabo, en aquellos tiempos “era habitual que unos literatos se metieran con otros para desprestigiarlos y hacerse un nombre”. La pluma servía tanto para crear belleza como para desbancar al rival.
Otro caso paradigmático de rechazo al sabio lo hallamos a finales del siglo XIX y comienzos del XX en España, con el trato que recibió Benito Pérez Galdós. Pese a ser reconocido hoy como uno de los mayores novelistas en lengua española, Galdós sufrió en vida el desprecio de buena parte de sus contemporáneos. Sus novelas realistas –críticas con la intolerancia y el atraso de la sociedad española– y su postura ideológica progresista le granjearon enemigos acérrimos en los círculos más conservadores. Cuando en 1912 se promovió la candidatura de Galdós al Premio Nobel de Literatura, en vez de orgullo nacional estalló una campaña virulenta de boicot orquestada por sectores ultraconservadores (el clero tradicionalista, militares e incluso figuras de la Corte) que no soportaban la idea de ver laureado a aquel “impío” novelista. De hecho, las llamadas “fuerzas vivas” de la época –la Iglesia, el Ejército y el propio rey Alfonso XIII– vetaron la candidatura de don Benito. En un movimiento retorcido, llegaron a postular como candidato alternativo al amigo de Galdós, Menéndez Pelayo, con el cínico propósito de dividir apoyos y sabotear la nominación. Periódicos afines al régimen lanzaron ataques furibundos tachando a Galdós de revolucionario peligroso cuyas novelas “manchaban el suelo de sangre”. Cientos de cartas y telegramas de protesta inundaron la Academia Sueca instándola a no premiarle. ¿El resultado? Estocolmo dio marcha atrás, escandalizada ante el feroz cainismo entre españoles, y aquel año concedió el Nobel a un autor alemán menor en lugar de al genio canario. Miguel de Unamuno calificó la intriga contra Galdós de “vergonzosa”, y el dramaturgo Benavente lamentó “el lamentable espectáculo de nuestras divisiones e intolerancias”. La metáfora era inevitable: como en el cuadro negro de Goya, Saturno devoraba una vez más a sus hijos. España, descrita por Galdós en una de sus novelas como un «país de envidiópolis» habitado por cainitas, le negaba a su más ilustre escritor el reconocimiento que merecía. Irónicamente, Galdós –ciego y achacoso en sus últimos años– se mantuvo digno por encima de la mezquindad ambiente. Nunca reprochó a Menéndez Pelayo haber sido usado contra él; ambos amigos fingieron no oír el barullo y conservaron su mutuo respeto. Pero la herida quedó: el sabio había sido rechazado por su propia patria, víctima de la envidia, el dogmatismo y las vendettas políticas.
Paralelismos contemporáneos: del café literario a Twitter
Si alguien pensaba que estas trifulcas de literatos eran cosa del pasado, las polémicas recientes demuestran lo contrario. Cambian las formas –ahora las cartas al director han dado paso a furiosos hilos en redes sociales–, pero los egos heridos y las rencillas ideológicas siguen a la orden del día. Un ejemplo fresco es el enfrentamiento entre Arturo Pérez-Reverte y David Uclés, que ha sacudido el panorama literario español actual. Pérez-Reverte, novelista superventas y académico de la RAE conocido por su personalidad combativa, organizó unas jornadas culturales sobre la Guerra Civil. Invitó a debatir a voces de todo signo, entre ellas al joven escritor David Uclés, revelación de los últimos años por sus novelas sobre memoria histórica. Sin embargo, Uclés anunció a pocos días del evento que retiraba su participación, incómodo con el enfoque «neutral» del programa –tituladas “1936: la guerra que todos perdimos”, lo que él veía como equidistancia histórica– y sobre todo con ciertos invitados en el cartel. En concreto, Uclés declaró que no quería figurar junto a personajes como el ex-presidente José María Aznar o el político ultra Espinosa de los Monteros. Su renuncia, hecha pública en redes y medios, cayó como una bomba.
La reacción de Pérez-Reverte fue tan contundente como polémica. El académico, sintiéndose desacreditado, estalló contra Uclés acusándolo de “imperdonable descortesía” por dejarles plantados sin aviso. Pero fue más allá: en un comunicado conjunto, Reverte y el coorganizador Jesús Vigorra tacharon la actitud de Uclés de “síntoma siniestro”, denunciando “el sectarismo y la ignorancia de David Uclés”. Según ellos, la espantada de Uclés evidenciaba que ciertos “sectores ideológicos en España no desean debates ni razones, sino trincheras de odio y simplezas demagógicas”. Básicamente, tildaron al joven autor de fanático incapaz de tolerar voces discrepantes. La pelea trascendió al plano personal: Reverte declaró públicamente que Uclés “no volverá a estar invitado” a sus foros porque se ha “desacreditado” él solo. Uclés, por su parte, replicó en entrevistas con un tono más sereno pero sin retractarse: admitió que Reverte le había insultado, llamándole ignorante, si bien curiosamente Reverte antes había elogiado sus novelas. Aun dolido, Uclés aseguró que hablaría con él cara a cara si se diera la ocasión, pues dice no temer al diálogo. Eso sí, mantuvo sus principios: afirmó que no piensa compartir escenario con figuras como Aznar, a quienes considera responsables de daños a la sociedad española. La polémica se amplificó cuando Uclés acudió al programa televisivo La Resistencia (La Revuelta) y comentó entre lágrimas la oleada de ataques personales que había recibido por esta controversia, exclamando que “me odian” desde ciertos sectores por alzar la voz. En paralelo, Reverte contraatacaba en Twitter y en la prensa, recalcando que su foro buscaba un debate plural sin vetos ideológicos, y que la retirada de invitados como Uclés solo demostraba la incapacidad de algunos para tolerar la diversidad de opiniones.
El choque Reverte vs. Uclés revela mucho sobre las tensiones culturales actuales. Más allá de las filias o fobias personales, subyace un conflicto generacional e ideológico: un escritor veterano, de talante liberal pero percibido por la izquierda como próximo al establishment, frente a un autor millennial de compromiso abiertamente izquierdista y memoria histórica. Ambos, curiosamente, comparten el amor por la literatura y un carácter aguerrido, pero se ven en trincheras opuestas de la batalla cultural. Sus desencuentros encarnan la polarización de nuestro tiempo: disputas sobre cómo narrar el pasado (¿es legítimo un planteamiento “equidistante” sobre la Guerra Civil o supone blanquear al franquismo?), sobre quién tiene autoridad para dirigir el debate, e incluso sobre las formas de disentir. Donde Reverte invoca la necesidad de debate abierto sin líneas rojas, Uclés ve un intento de normalizar a quienes considera cómplices de viejas violencias. Y así, un encuentro literario que pretendía reconciliar visiones terminó encendiendo más la división. No faltó tampoco la dosis de orgullo herido: es fácil entrever que Reverte sintió menoscabada su iniciativa (y su figura pública) por la espantada de un invitado joven, mientras Uclés se sintió ofendido por los epítetos recibidos y quizás instrumentalizado como coartada pluralista. Al final, esta polémica reciente es casi un espejo de las antiguas: poder, egos, resentimiento y oportunismo se entremezclan en un choque donde cada cual se presenta como adalid de la verdad frente a la ignorancia del otro.
Vale la pena señalar que estas disputas no son exclusivas de la literatura española, ni mucho menos. La literatura universal ofrece ejemplos jugosos de cómo las vanidades literarias chocan en cualquier latitud. Recordemos el célebre desencuentro entre los premios Nobel latinoamericanos Gabriel García Márquez y Mario Vargas Llosa: amigos íntimos durante años, acabaron a puñetazo limpio en 1976 por motivos nunca del todo aclarados (¿desencuentros políticos? ¿un enredo personal?). Aquella bofetada dejó a Gabo con un ojo morado y rompió su amistad para siempre, convirtiéndose en leyenda literaria y alimentando teorías que van desde celos profesionales hasta agravios familiares. También en el mundo anglosajón abundan anécdotas de odios literarios: el novelista Truman Capote, por ejemplo, se burló sin piedad de contemporáneos suyos como Gore Vidal o Tennessee Williams, y Norman Mailer llegó a agredir físicamente a Vidal durante una fiesta por una crítica mordaz que éste le había hecho. Está visto que la pluma y la espada a veces van de la mano cuando se hieren los orgullos artísticos. Sin embargo, la particularidad del caso español –como sugiere el término “cainita”– es quizás ese especial deleite autodestructivo con que, generación tras generación, ciertos escritores (y facciones culturales) parecen ensañarse con sus propios grandes hombres y mujeres de letras.
El trasfondo: poder, orgullo y tensiones culturales
Llegados a este punto, cabe preguntarse qué motiva estas peleas entre quienes, en teoría, comparten el amor por la creación y el conocimiento. Las razones suelen ser un cóctel complejo, pero podemos identificar algunos ingredientes recurrentes:
- Ego y vanidad: La escritura exige una fuerte confianza en la propia voz, lo que a veces se traduce en egos descomunales. Un escritor puede sentirse fácilmente atacado por la fama ajena o por una crítica adversa. El orgullo herido ha sido combustible de innumerables vendettas literarias. Como dijo una vez un autor con sorna, “los académicos discuten tanto porque lo que disputan es muy poco” – insinuando que en el fondo pelean por migajas de gloria.
- Disputas de poder simbólico: La literatura no ocurre en el vacío; es un campo de poder. Obtener premios, puestos (una silla en la Academia, por ejemplo) o simple autoridad moral sobre “lo que se debe leer” puede generar luchas encarnizadas. Detrás del choque Galdós vs. sus detractores, por ejemplo, latía la pugna por definir la identidad cultural de España (tradición católica vs. modernidad liberal). En el caso Reverte-Uclés, asoma la batalla por el relato de la historia y quién tiene derecho a contarlo.
- Diferencias ideológicas y estéticas: Muchos enfrentamientos se explican por genuinas discrepancias intelectuales. Casi siempre hay una idea en juego: conceptistas vs. culteranos en el Siglo de Oro, realistas vs. tradicionalistas en el XIX, izquierdas vs. derechas hoy. Los escritores, al ser formadores de opinión, llevan sus convicciones al terreno personal. El problema es cuando el debate de ideas degenera en ataques ad hominem, alimentado por la pasión ideológica.
- Resentimiento y envidia: La fama es un bien escaso. Cuando un autor destaca, no faltan colegas que se sienten injustamente relegados. La envidia literaria puede ser soterrada –dardos en críticas anónimas– o abierta y feroz, como la de cierto sector que no soportó ver a Galdós encumbrado. Muchas “broncas” son, en el fondo, ajustes de cuentas de quien se cree genio incomprendido contra quien sí fue reconocido.
- Oportunismo y publicidad: No podemos obviar que algunas polémicas se alimentan deliberadamente. Un buen escándalo vende libros y atrae reflectores. Desde Quevedo buscando fama a costa de Góngora hasta modernos rifirrafes de Twitter calculados para ganar followers, ciertos escritores provocan disputas adrede como estrategia de mercadotecnia personal. La pose del “enfant terrible” rinde frutos en un mercado donde a veces se habla más del autor que de sus obras.
Estas razones no actúan por separado, sino que suelen entrelazarse. En casi cada pelea literaria sonada encontramos una mezcla de convicción sincera y de pasión vanidosa. Por ejemplo, el “caso Galdós” fue ideológico (anticlericalismo vs. integrismo) pero también estuvo atravesado de envidias personales y maniobras políticas cortesanas. Del mismo modo, el rifirrafe Pérez-Reverte/Uclés tiene una capa de debate real sobre la memoria histórica, y otra de choque generacional con algo de puesta en escena (ambos han capitalizado la polémica para reafirmar su imagen pública, voluntaria o involuntariamente).
En último término, estas disputas revelan tensiones profundas dentro de la cultura. Cada agria polémica señala una herida colectiva: las sátiras barrocas de Quevedo apuntaban a conflictos religiosos y sociales de su España; los ataques a Galdós destaparon la fractura entre una España nueva y otra vieja; las pullas actuales entre escritores destilan la polarización política de nuestros días. La literatura, como campo de batalla simbólico, amplifica esas grietas. Los escritores poseen la palabra –esa arma poderosa– y no dudan en usarla contra sus pares cuando sienten que algo esencial está en juego (sea su verdad o su prestigio).
Conclusión
Ironías de la vida literaria: quienes manejan las ideas más sublimes no son inmunes a las pasiones más terrenales. Las peleas entre escritores nos recuerdan que el genio y la mala leche no están reñidos. Detrás de las dedicatorias envenenadas y los vetos al colega, late el mismo corazón humano con sus inseguridades y ambiciones. Pero sería simplista quedarse en la anécdota pintoresca. Más bien, conviene reflexionar sin moralismos sobre lo que nos dicen estas broncas. Quizás muestran que la cultura no es un oasis de armonía, sino un territorio de lucha donde se decide qué voces prevalecen. Cada disputa encierra una lección sobre la época: nos habla de qué valores se confrontan y cuál es el precio del reconocimiento. También desnuda las miserias: la envidia que devora a los hijos predilectos (¡cuántos “Galdós” habrá en la sombra!), los egos monumentales que impiden escuchar al otro, o la tentación de usar el altavoz del prestigio para aplastar en vez de persuadir.
Al final, podríamos concluir con algo de esperanza irónica: las grandes obras sobreviven a las peleas de sus creadores. Góngora y Quevedo hoy conviven en los manuales, Don Benito es venerado como gigante pese a quienes quisieron empequeñecerlo, y es de esperar que las twitter-rencillas de hoy sean la literatura de segunda de mañana. Mientras tanto, seguiremos viendo a los escritores –esos heraldos de la condición humana– comportarse, a ratos, demasiado humanos. Tal vez sea inevitable. Como Saturno en el cuadro de Goya, cada generación cultural parece devorar a sus sabios para luego lamentar su ausencia. Reconocer esta triste dinámica es el primer paso para romper el ciclo. Y quién sabe, quizá algún día las plumas más brillantes decidan cruzar sus ideas sin necesidad de hacerse la guerra. Hasta entonces, seguiremos asistiendo, fascinados y a veces atónitos, al espectáculo eterno de las guerras literarias –esa mezcla de tragedia intelectual y comedia humana donde, paradójicamente, suele brillar tanto la verdad como la mezquindad. Como lectores, nos queda disfrutar de las grandes obras… y aprender en cabeza ajena que incluso los sabios pueden ser víctimas (y villanos) en el juego de la vanidad.
Fuentes: Las anécdotas históricas y citas sobre Góngora y Quevedo se documentan en análisis recientes sobre sus invectivas. La campaña contra Galdós está recogida en la biografía académica y en prensa: fue propuesto al Nobel en 1912 pero boicoteado por los conservadores españoles, incluido Alfonso XIII, debido a su postura anticlerical. Diversos artículos de El País narran el vergonzoso veto y citan la reacción de figuras como Unamuno y Benavente lamentando el “espectáculo de nuestras divisiones”. En cuanto al caso Pérez-Reverte vs. Uclés, la cobertura mediática reciente recoge las declaraciones de ambos: Reverte calificando a Uclés de “sectario” e “ignorante” por su renuncia a participar en las jornadas, y Uclés explicando sus motivos e insistiendo en su disposición al diálogo pese a los insultos. Estas fuentes respaldan la realidad de los hechos mencionados y aportan contexto a la reflexión aquí expuesta.















