
Rosa Amor del Olmo-Observatorio Negrín-Galdós
Juan Negrín López (1892-1956) fue el último jefe de gobierno de la Segunda República española durante la Guerra Civil (1937-1939) y, en el exilio, continuó considerándose presidente legítimo hasta 1945. Para 1950, su figura seguía siendo objeto de encendidos debates y evaluaciones contrapuestas. Había quienes lo “demonizaban” como un “servidor de la conspiración comunista a sueldo de Moscú”, mientras otros lo “ensalzaban” como “el político más leal a la causa republicana”, con fe en resistir hasta la Segunda Guerra Mundial. En palabras del historiador Stanley G. Payne, tras 1939 “no había personaje más odiado” en la política española: el franquismo lo tildó de “rojo traidor”, mientras muchos de sus antiguos compañeros republicanos le reprochaban haber prolongado “inútilmente” la guerra y haber “servido” a los designios soviéticos. A continuación se examina su vida en el exilio hacia 1950, la visión que de él tenía la dictadura franquista en ese momento, y cómo era percibido en el panorama internacional, incluyendo las divisiones en el seno del republicanismo exiliado.
Vida en el exilio en el Reino Unido (1940-1947)
Tras la caída de la República en 1939, Negrín se refugió inicialmente en Francia. Sin embargo, la invasión alemana de 1940 le obligó a huir a Inglaterra, país que eligió como destino en vez de América, a diferencia de muchos exiliados. El gobierno británico le concedió asilo a condición de que se abstuviera de hacer activismo público contra Franco durante la contienda mundial. Negrín se instaló en una residencia facilitada por las autoridades británicas en Bovingdon (Hertfordshire), al norte de Londres, donde vivió junto a su compañera sentimental, Feliciana “Feli” López de Dom Pablo. Desde allí continuó actuando como jefe del gobierno republicano en el exilio hasta 1945, aunque en la práctica su círculo de colaboradores era reducido y operaba con discreción.
A pesar de la forzada reserva política, Negrín no permaneció inactivo. Compatibilizó una desesperada acción diplomática para mantener viva la causa republicana con la participación en la vida intelectual y científica británica. En septiembre de 1940 empezó a colaborar en la Society for the Protection of Science and Learning y otros foros académicos, reanudando su faceta de fisiólogo. Impartió un seminario titulado “Science and Government” donde defendía el compromiso político del científico. Asimismo, trabajó con el célebre biólogo J. B. S. Haldane en experimentos sobre fisiología submarina: como sujeto de pruebas, Negrín soportó estoicamente altas presiones atmosféricas y atmósferas con exceso de CO₂ para investigar la supervivencia de tripulaciones de submarinos. El propio Haldane llegó a reconocer en una carta la sorprendente calma y resistencia de Negrín bajo aquellas condiciones extremas.
Negrín también dedicó grandes esfuerzos a organizar la comunidad de exiliados españoles en Gran Bretaña, tanto en el aspecto asistencial como en el cultural. Con colaboradores de confianza (como Pablo de Azcárate o Francisco Méndez Aspe), impulsó en 1941 la creación del Hogar Español de Londres, centro que ofrecía a los refugiados actividades culturales (conferencias, conciertos, bailes) para mantener la cohesión comunitaria. Al año siguiente estableció la Fundación Escolar “Juan Luis Vives”, orientada a becar estudios para niños españoles exiliados. En 1943-1944 promovió el Instituto Español de Londres, dedicado a difundir la cultura e historia de España entre la sociedad británica y a complementar la formación de los jóvenes refugiados. Estas iniciativas convirtieron a Negrín en una figura central del exilio republicano en Inglaterra, preocupado por el bienestar material y educativo de sus compatriotas desplazados.
En el plano más social e intelectual, Negrín mantuvo contacto con destacadas personalidades aliadas y exiliadas durante su estancia británica. Invitaba con frecuencia a su casa de Dormers (Bovingdon) a políticos y diplomáticos de los países que luchaban contra el Eje. Por ejemplo, recibía a figuras como los franceses Jules Moch y Vincent Auriol (este último futuro presidente de Francia), al embajador soviético en Londres Iván Maiski, al canciller checoslovaco Jan Masaryk, al noruego Trygve Lie (futuro secretario general de la ONU) o al húngaro Mihály Károlyi, entre otros. Igualmente, círculos laboristas británicos mostraron interés en él: en 1941 la Sociedad Fabiana (think tank del laborismo) lo invitó a participar en seminarios sobre el futuro del socialismo en Europa tras la guerra. Fruto de aquellas discusiones, Negrín redactó ensayos donde definía con claridad su ideario socialdemócrata no marxista, dejando patente su distancia del comunismo. En escritos como Principios-guía para la reconstrucción socialista y Las relaciones de los partidos socialistas con la Internacional Comunista, afirmó que no cabía acercamiento ideológico al comunismo, llegando a comparar el dogmatismo marxista-leninista con una fe casi religiosa en El Capital de Marx. Estas reflexiones muestran que Negrín, aun aliado tácticamente de los comunistas durante la guerra, se consideraba ideológicamente un socialista democrático moderado.
En mayo de 1945, tras la victoria aliada en la Segunda Guerra Mundial, Negrín representó a la República española en el Congreso constitutivo de la ONU en San Francisco, buscando apoyo internacional contra Franco. Sin embargo, ese mismo año decidió ceder el puesto al frente del gobierno republicano en el exilio ante las crecientes divisiones internas. En agosto de 1945 viajó a México, donde el día 1 pronunció un discurso en el Palacio de Bellas Artes de la Ciudad de México ante la comunidad republicana. Allí presentó formalmente su dimisión como presidente del Gobierno ante las Cortes Republicanas en el exilio el 17 de agosto de 1945. Poco después, el político José Giral formó un nuevo gabinete republicano, excluyendo deliberadamente a Negrín y a sus seguidores de cargos de responsabilidad. Tras esta ruptura, Negrín regresó a Inglaterra por un tiempo, aunque a finales de 1946, desalentado por las disputas y por motivos personales, decidió trasladar su residencia definitiva a Francia. Se estableció en las cercanías de París, donde pudo reagrupar parte de su biblioteca y archivos.
Hacia 1950, Negrín llevaba una vida más apartada de la política activa, volcado en actividades privadas de consultoría y en su faceta intelectual. Él mismo denominó a esta etapa de posguerra su “anonimato del ciudadano Juan”. No obstante, su salud se había resentido seriamente: desde 1946 padecía problemas cardíacos crecientes. De hecho, en 1947 se le diagnosticó una afección coronaria que terminaría causándole la muerte años después. A pesar de la enfermedad, Negrín continuó escribiendo y siguiendo de cerca la actualidad internacional desde su refugio parisino, acompañado por Feli López y arropado en los primeros años cincuenta por dos de sus nietos (Juan y Carmen, hijos de Rómulo Negrín) a quienes acogió debido a la enfermedad de su madre. Su domicilio de París se convirtió en lugar de paso de intelectuales y antiguos camaradas; por ejemplo, el escritor exiliado Max Aub, también expulsado del PSOE en 1946, le dedicó desde México su novela No (1952) en señal de solidaridad. En suma, hacia 1950 Juan Negrín sobrevivía en el exilio con perfil bajo pero con una intensa trayectoria detrás, manteniendo vivo su legado científico y político en la medida de sus posibilidades.
La visión del régimen franquista hacia 1950
Para la dictadura de Franco, Juan Negrín fue desde el final de la Guerra Civil el enemigo público por excelencia, símbolo de todo lo que el régimen denunciaba del bando republicano. Las nuevas autoridades no tardaron en despojarlo de sus cargos, bienes y nacionalidad, e incluso en condenarlo penalmente en ausencia. Ya en febrero de 1939, mediante una orden ministerial, se le expulsó de su cátedra universitaria junto a otros profesores desafectos, acusándolo de “política antinacional” y negando cualquier garantía procesal. En 1941, durante la autarquía inicial, el Tribunal Regional de Responsabilidades Políticas del régimen le impuso a Negrín una multa gravísima de 100 millones de pesetas –una cifra exorbitante, claramente punitiva– acusándolo de los “daños” causados durante su gestión. Ese mismo año, un Tribunal Especial franquista (para la Represión de la Masonería y el Comunismo) lo condenó en rebeldía a 30 años de reclusión, a pesar de que Negrín ni siquiera era masón ni militante comunista. Estas penas eran principalmente simbólicas pero demostraban la intención del régimen de convertirlo en chivo expiatorio de la contienda. Incluso su anciano padre, Don Juan Negrín Cabrera, fue encarcelado en 1939-1941 únicamente por ser el progenitor del exjefe de gobierno; tras salir de prisión enfermo, murió poco después, habiéndole sido confiscados todos los bienes familiares en Canarias. En la España de Franco, el apellido Negrín quedó así asociado oficialmente a la traición y fue borrado de cualquier consideración pública positiva.
En la prensa controlada por el régimen y la propaganda oficial de posguerra, Negrín aparecía retratado de forma sistemáticamente negativa, cuando no silenciado. Los portavoces franquistas lo presentaban como el máximo responsable de la prolongación de la guerra civil y de los supuestos “crímenes rojos”. Se le acusaba de haber entregado España al comunismo y de haberse vendido a la Unión Soviética. En la historiografía propagandística franquista de los años 40 abundan los calificativos denigrantes: autores afines al régimen lo describían como un “déspota sanguinario” y “advenedizo sin escrúpulos” culpable de la ruina del país. La etiqueta propagandística de “Negrín el rojo” caló hondo: Franco personalmente lo calificaba como traidor y siempre destacó su supuesta servidumbre a Moscú.
Un elemento central de la campaña franquista contra Negrín fue el llamado “oro de Moscú”: la transferencia de la mayor parte de las reservas de oro del Banco de España a la URSS en 1936 para financiar la compra de armamento. Aunque tal operación se realizó legalmente bajo el gobierno de Largo Caballero y con el apoyo de todo el gabinete (no solo por decisión personal de Negrín, que entonces era ministro de Hacienda), el régimen de Franco la convirtió en un mito propagandístico para demonizarlo. Durante la posguerra, la prensa franquista repetía que Negrín había expoliado el tesoro español y lo había regalado a Stalin, dejando “en la miseria” a España. Historiadores posteriores han demostrado que esta narrativa era tendenciosa: “El ‘oro de Moscú’ fue uno de los grandes mitos del franquismo”, admite Ángel Viñas. De hecho, en los años cincuenta el propio Franco orquestó una farsa diplomática pretendiendo reclamar a la Unión Soviética aquel oro, sabiendo que ya había sido vendido durante la guerra. El único objetivo real de esa maniobra fue mantener viva la leyenda para escarnecer a Negrín y a los exiliados, a costa incluso del prestigio internacional de España. En suma, hacia 1950 la dictadura seguía utilizando la figura de Negrín como villano útil en su discurso: el “doctor Negrín” encarnaba para el franquismo la conjunción de todos los males –comunismo, masonería, saqueo económico, anti-España– y así se lo presentaba al público, mientras se censuraba cualquier información que pudiera humanizarlo o matizar esa imagen.
Paradójicamente, esta demonización sistemática contrastaba con un silencio parcial: a medida que pasaban los años y el régimen buscaba legitimidad exterior, mencionar a Negrín en la prensa franquista se volvió menos frecuente, quizá para no recordar la persistencia de un “gobierno republicano” en el exilio. Salvo en contextos de propaganda histórica (efemérides de la Guerra Civil, por ejemplo) o al hilo de eventos como la fallida reclamación del oro, el nombre de Negrín fue progresivamente relegado del discurso oficial público en España. En cualquier caso, su figura seguía proscrita: no podía ser citada sino para insulto o burla, y obviamente estaba vetada cualquier defensa o recuerdo positivo de su gestión. No sería hasta décadas más tarde, con la Transición democrática, cuando en España podrían reexaminarse de forma abierta y objetiva las decisiones de Juan Negrín. En 1950, en cambio, el régimen mantenía intacta la condena total sobre él –legal, política y moral– ante los ojos de la sociedad española bajo censura.
La imagen internacional de Negrín alrededor de 1950
Opiniones de gobiernos, prensa e intelectuales extranjeros
En el escenario internacional de posguerra inmediata, la figura de Juan Negrín suscitó valoraciones diversas, generalmente marcadas por la división de la Guerra Fría. Durante los primeros años tras la Segunda Guerra Mundial (1945-1947), las potencias vencedoras debatieron qué actitud tomar frente a la España franquista. Inicialmente hubo un amplio rechazo diplomático a Franco: en diciembre de 1946 la ONU condenó al régimen por su origen fascista y recomendó la retirada de embajadores. Los exiliados republicanos –Negrín entre ellos– albergaban esperanzas de que los Aliados facilitasen la caída de Franco. Negrín, que conocía bien a políticos británicos y contaba con el apoyo entusiasta de México y otros países latinoamericanos, trató de influir en la opinión mundial a favor de la causa republicana. Junto con su antiguo ministro de Estado Julio Álvarez del Vayo, realizó una intensa labor de lobby ante las potencias aliadas y en la prensa internacional, reclamando la restauración democrática en España. Hasta 1945 ambos se presentaron como los legítimos representantes del gobierno español, y posteriormente siguieron escribiendo artículos y memorias para mantener viva la llama republicana en el extranjero.
No obstante, hacia 1950 el contexto geopolítico había cambiado drásticamente. La escalada de la Guerra Fría hizo que Estados Unidos y otros gobiernos occidentales modificaran su postura hacia Franco, primando su valor como aliado anticomunista sobre consideraciones democráticas. A finales de 1950, la administración estadounidense de Harry Truman ya era abiertamente favorable a normalizar relaciones con España, pese a la previa condena de la ONU. De hecho, el aislamiento diplomático del franquismo se fue relajando: Washington concedió ayudas económicas y en 1951 inició contactos para alianzas militares, contradiciendo en la práctica el espíritu de las sanciones internacionales. Este giro dejó a los republicanos exiliados en una posición incómoda y marginal. Negrín supo anticipar en parte esa evolución: fue el único dirigente republicano que abogó por no excluir a España del Plan Marshall de reconstrucción europea. Consideraba –no sin polémica– que castigar económicamente a la España de Franco solo dañaría al pueblo y no precipitaría la caída del dictador, mientras que la integración económica podría, a largo plazo, facilitar una evolución política interna. En abril de 1948, Negrín expuso esta postura en tres artículos publicados en el New York Herald Tribune (edición europea de París), apelando a la responsabilidad de Occidente. Sus argumentos, pragmáticos y humanitarios, resultaron proféticos a la luz de la posterior Guerra Fría; pero en ese momento fueron recibidos con frialdad e incluso hostilidad por parte de otros republicanos (como se verá más adelante).
En los medios de comunicación internacionales y círculos intelectuales, la imagen de Negrín en torno a 1950 seguía condicionada por las pasiones de la Guerra Civil, aunque empezaba a vislumbrarse cierta revalorización de su figura entre algunos observadores imparciales. Durante los años cuarenta, la prensa anglosajona rara vez mencionaba a Negrín salvo en contextos históricos. Un caso notable ocurrió en plena Segunda Guerra Mundial, cuando la revista TIME de Nueva York destacó la contribución científica de Negrín en Gran Bretaña: lo mostró “librando su batalla contra el fascismo” en el laboratorio, al servicio del esfuerzo aliado. Sin embargo, acabada la guerra, la atención mediática viró hacia la pugna Este-Oeste y la cuestión española quedó eclipsada. Para la opinión pública de países como Reino Unido o EE.UU., Negrín era en 1950 una figura del pasado reciente, recordada de forma ambivalente. Muchos conservadores angloamericanos lo seguían viendo con sospecha por su alianza con los comunistas durante la Guerra Civil, asumiendo la versión franquista de que había sido un agente de Moscú. En cambio, sectores progresistas y antiguos brigadistas internacionales lo consideraban un líder digno que había resistido valientemente al fascismo en circunstancias extremas.
Un ejemplo revelador de la reevaluación internacional llegó un poco después, en noviembre de 1956, tras la muerte de Negrín. Entonces, diversos medios occidentales publicaron necrológicas y editoriales sorprendidos por la ausencia de su figura en el relato de la Guerra Civil. The New York Times, en un editorial a modo de epitafio, brindó una visión muy matizada que contradecía frontalmente la propaganda franquista acumulada durante años. El periódico neoyorquino subrayó que el régimen de Franco “falsamente le puso la etiqueta de ‘Rojo’” a Negrín, aclarando que “nunca, ni de lejos, lo fue”. Recordaba que “su gobierno nunca fue dominado por los comunistas”, sino que era un Frente Popular pluralista encabezado por el propio Negrín. El Times afirmaba que “para muchos dentro y fuera de España el doctor Negrín representaba mucho de lo que había de más noble en la República Española”, elogiando su valor al luchar “heroicamente contra el fascismo”. Concluía que Negrín “nunca tuvo nada que temer de la Historia”, anticipando que el tiempo lo juzgaría con mayor justicia. Esta valoración, emitida por uno de los diarios más influyentes del mundo libre, evidenciaba que en la arena internacional Negrín comenzaba a ser visto más allá del prisma de la propaganda: como un estadista trágico pero respetable, cuyo legado merecía ser comprendido en su complejidad. Si bien en 1950 ese reconocimiento explícito aún no se había plasmado públicamente, ya existían círculos de intelectuales, diplomáticos y periodistas que cuestionaban la caricatura impuesta por Franco y reconocían la integridad personal de Negrín. Por ejemplo, el filósofo Albert Camus, gran crítico del franquismo, le envió a Negrín una dedicatoria afectuosa en 1954, y políticos socialdemócratas europeos con quienes se había relacionado apreciaban sus intentos por reconciliar socialismo y democracia. En suma, en el mundo occidental Negrín oscilaba entre el olvido, la mala fama y la progresiva reivindicación, mientras que en el bloque socialista su estrella se había apagado (dado su distanciamiento del comunismo, la URSS y sus aliados ya no lo reivindicaban tampoco).
Negrín y el republicanismo en el exilio: debates sobre legitimidad
Dentro de la diáspora republicana, la figura de Negrín fue objeto de intensas divisiones y polémicas desde el final de la guerra, situación que persistía en 1950. Ya en los últimos meses del conflicto se había producido una fractura entre negrinistas y antinegrinistas: en marzo de 1939 el golpe del coronel Casado depuso al gobierno de Negrín, acusándolo de querer perpetuar una guerra perdida y de estar dominado por los comunistas. Aquella rebelión interna contra Negrín tuvo el apoyo de socialistas moderados (como Julián Besteiro), anarquistas y otros sectores republicanos que preferían negociar la rendición antes que “resistir es vencer”. Como consecuencia, al llegar el exilio, la legitimidad de Negrín como líder republicano ya estaba gravemente cuestionada. En julio de 1939, la Diputación Permanente de las Cortes republicanas (en ausencia) decidió desconocer la autoridad del gobierno Negrín y se proclamó a sí misma “única institución indiscutible” de la República en el exilio. Diversos partidos –incluido el PSOE de Indalecio Prieto– rechazaron la continuidad de Negrín, formaron organismos paralelos de ayuda a los refugiados (como la Junta de Auxilio a los Republicanos Españoles, JARE) y atribuyeron al Servicio de Evacuación de Refugiados (SERE) de Negrín malos manejos o favoritismos. Aunque estas acusaciones eran interesadas, reflejaban la realidad de un exilio profundamente dividido desde el comienzo. Negrín mantenía formalmente la presidencia, pero la mayoría de las fuerzas políticas republicanas no le obedecían y lo consideraban un obstáculo para la unidad.
Entre 1939 y 1945 Negrín se apoyó en un grupo fiel de colaboradores –socialistas de izquierda, republicanos leales y el respaldo táctico del Partido Comunista (PCE) hasta cierto punto– para sostener un gobierno republicano “en el exilio”. Él y Álvarez del Vayo actuaron de facto como portavoz y canciller de la República ante los Aliados durante la Segunda Guerra Mundial. Sin embargo, tras el fin de la contienda mundial, esa precaria legitimidad se vino abajo. En la primavera de 1945, los principales líderes republicanos exiliados (el presidente en funciones Diego Martínez Barrio, el socialista Indalecio Prieto, el catalanista Josep Tarradellas, etc.) consensuaron la formación de un nuevo gobierno republicano más amplio si Franco caía. Negrín, consciente de ser un factor divisorio, decidió apartarse. Como se mencionó, en agosto de 1945 presentó su renuncia ante las Cortes del exilio reunidas en México. Su dimisión fue celebrada por sus adversarios internos: José Giral asumió la jefatura del Gobierno republicano en el exilio el 26 de agosto de 1945, estableciendo un gabinete en el que Negrín y sus partidarios no tenían cabida. Se consumaba así la “destitución” política de Negrín por sus propios compañeros de causa.
Lejos de apaciguar las aguas, la salida de Negrín acentuó ciertas querellas dentro del exilio. El PSOE, dominado por Indalecio Prieto desde México, decidió incluso expulsar formalmente a Negrín del partido. El 23 de abril de 1946, el Comité Director socialista lo dio de baja junto a otros 36 militantes (entre ellos Ramón González Peña, Gabriel Morón, Amaro del Rosal, Max Aub, etc.), acusándolos de haber colaborado excesivamente con los comunistas durante la guerra y la posguerra. Esta expulsión –que no sería revocada hasta 2008, muchos años después de muerto Negrín– refleja el resentimiento que el sector prietista le guardaba. Prieto nunca perdonó a Negrín haberlo cesado como ministro de Defensa en 1938 ni su alianza con el PCE, y en el exilio azuzó la idea de que Negrín cargaba con la responsabilidad de la derrota republicana. Para muchos socialistas moderados, Negrín representaba una línea política derrotada e indeseable.
Por su parte, el Partido Comunista de España, que durante la Guerra Civil fue el principal sostén de Negrín, acabó también enfrentado con él en el exilio. Inicialmente los comunistas apoyaron la continuidad de Negrín, considerándolo el mal menor frente a Prieto, y valoraban su postura firme contra Franco. Pero tras 1945 la dinámica de la Guerra Fría alteró esas alianzas. Negrín, como vimos, defendió en 1948 la inclusión de la España franquista en el Plan Marshall, postura que chocaba frontalmente con la línea de Moscú (la URSS se oponía al Plan Marshall y promovía el aislamiento de Franco por otros motivos). El PCE, alineado con Stalin, reaccionó con furia: su órgano Mundo Obrero publicó el 15 de abril de 1948 un artículo vitriólico donde tachaba al expresidente republicano de “traidor” por favorecer esa iniciativa “imperialista”. A ojos de los comunistas, Negrín había dejado de ser útil y ahora se había pasado al bando enemigo (interpretaron su defensa del Plan Marshall como una claudicación al capitalismo y una “ayuda” indirecta a Franco). Esta ruptura terminó de aislar políticamente a Negrín: para 1950, ninguno de los grandes grupos del exilio (ni el socialista, ni el republicano liberal, ni el anarquista, ni el comunista) lo reconocía ya como líder, y cada uno tenía sus propias jefaturas e instituciones.
Con todo, Negrín no estuvo totalmente solo. Un núcleo de negrinistas convencidos continuó apoyándolo a título personal. Además de Álvarez del Vayo –quien siguió siendo su amigo y aliado hasta el final–, había militares leales como el general Sebastián Pozas, intelectuales como José Puche (rector exiliado de la Universidad de Valencia) y otros socialistas de izquierda dispersos por América y Europa que le guardaban lealtad. Este grupo carecía de poder institucional, pero mantuvo vivo el ideario de Negrín en ciertas publicaciones y círculos del exilio. En 1949, por ejemplo, Negrín y Álvarez del Vayo fundaron en París la revista La Nouvellle République espagnole para difundir sus posiciones, aunque tuvo corta vida. Álvarez del Vayo también defendió la figura de Negrín en libros de memorias (Give Me Combat, 1950) y en artículos en revistas como The Nation. No obstante, la legitimidad en el exilio recayó oficialmente en el gobierno republicano presidido por Martínez Barrio (como “Presidente de la República”) y sucesivos jefes de gobierno (Giral, luego Rodríguez Fabregat y otros), aunque estos apenas representaban ya más que una causa simbólica.
En resumen, hacia 1950 Juan Negrín era una figura discutida y prácticamente apartada de la dirección política del exilio. Para los sectores mayoritarios del republicanismo exiliado, su nombre cargaba con demasiadas divisiones: se le reprochaba tanto por parte de la derecha republicana (por su alianza con los comunistas) como por parte de la izquierda revolucionaria (por su centralismo y “autoritarismo” durante la guerra). Esta falta de consenso hizo que su papel histórico quedara “en tierra de nadie” durante muchos años. Incluso quienes reconocían sus cualidades personales o sus esfuerzos denodados, consideraban que su ciclo político había terminado en 1939 o, como mucho, en 1945. Ninguna organización importante lo reivindicaba abiertamente. Solo con el tiempo se iría apreciando que, a pesar de los errores que pudo cometer, Negrín había sido un “el último resistente” legítimo de la República, como lo definió el exministro Mariano Ansó en sus memorias. En 1950, sin embargo, el nombre de Negrín seguía dividiendo al exilio: para unos era un patriota lúcido e idealista, para otros un dirigente equivocado cuya sombra resultaba incómoda en la lucha contra Franco.
Conclusión

El panorama de Juan Negrín hacia 1950 es el de un hombre marcado por la derrota, exiliado físicamente de su patria y políticamente de su propio movimiento, pero que seguía encarnando gran parte de la memoria y las controversias de la Guerra Civil. En el Reino Unido había pasado años fecundos pero difíciles, combinando la ciencia con la diplomacia y la organización de la diáspora. El régimen franquista, consolidado en el poder, mantenía contra él una campaña de descredito absoluto, presentándolo como archienemigo en su propaganda y adjudicándole culpas casi míticas (como la del “oro de Moscú”). Internacionalmente, Negrín oscilaba entre el olvido y la consideración: las potencias occidentales se alejaban de la causa republicana, pero algunos observadores comenzaban a reconocerle el mérito de haber combatido al fascismo sin ser en modo alguno el “títere soviético” que la dictadura pintaba. Dentro del exilio, su figura seguía dividiendo a los vencidos, reflejo de las heridas sin cerrar de la contienda fratricida.
Con el paso de los años, la historiografía y la opinión pública acabarían revisitando con mayor objetividad la labor de Juan Negrín. Investigaciones posteriores –como las de W. Richardson, Gabriel Jackson, Enrique Moradiellos o Ángel Viñas– desmontarían muchas de las acusaciones propagandísticas y destacarían sus dotes de estadista y su honestidad financiera. Pero hacia 1950 esa rehabilitación estaba aún lejana. Negrín vivía modestamente en París, escribiendo sus inacabadas Memorias y padeciendo en silencio el exilio y la enfermedad cardíaca que poco después lo vencería. Su legado quedaba entonces en un limbo: ni completamente reivindicado por los suyos, ni totalmente olvidado por sus adversarios. Como vaticinó The New York Times, tendría que “pasar bastante tiempo” para que la figura de Don Juan Negrín se situase “en su verdadera luz” histórica. Entretanto, en el 1950 del mundo bipolar, su nombre seguía suscitando opiniones encontradas –de infamia o de respeto–, testimonio vivo de la complejidad de la Guerra Civil española y de la difícil posguerra de sus protagonistas.
Fuentes Primarias y Secundarias Citadas:
- Archivo de la Fundación Juan Negrín (Las Palmas): Cronobiografía y documentos del exilio.
- Revista Mètode (2019), artículo de J. L. Barona et al.: “Un exilio de transición: Científicos republicanos refugiados en Gran Bretaña” – detalles sobre la estancia de Negrín en Londres.
- Ciencia Canaria – Biografía de Juan Negrín, partes I y II (L. E. de la Torre, 2016): información sobre actividades en Inglaterra (seminarios, Hogar Español, Instituto Español) y relaciones con intelectuales.
- Diario El País (11/7/2013), tribuna de Ángel Viñas: “La astracanada del oro de Moscú” – análisis del uso propagandístico del oro del Banco de España por Franco.
- The New York Times (15/11/1956), editorial necrológico sobre Juan Negrín – valoración internacional de su figura.
- Stanley G. Payne (historiador), citado en Wikipedia: evaluación del odio a Negrín tras la guerra.
- Fundación Juan Negrín – Bibliografía y recursos en línea: entrevistas y artículos sobre Negrín (Presencia en prensa, Biblioteca errante).
- Enrique Moradiellos, Historia del presente Nº10 (2007): estudio sobre las finanzas republicanas en el exilio.
- Javier Maestro & Antonia Sagredo (2013), “Juan Negrín, Julio Álvarez del Vayo y la lucha por la legitimidad del régimen republicano en el exilio (1939-1952)”, rev. Trocadero Nº25 – sobre gestiones diplomáticas del exilio.
Estas fuentes, entre otras, permiten reconstruir el estado de la cuestión sobre Juan Negrín hacia 1950, combinando documentos de la época (órdenes franquistas, prensa contemporánea, escritos del propio Negrín) con análisis históricos posteriores que aportan perspectiva sobre su controvertido legado. Cada pieza del puzzle –su vida en Londres, la hostilidad franquista, las opiniones foráneas, las disputas entre exiliados– contribuye a entender mejor la compleja situación de Negrín en el ecuador del siglo XX.















