El secreto de Camba

Juan Antonio Tirado

Sesenta años después de dejarnos no hay en las librerías periodista español muerto más vivo que Julio Camba, con excepción de otro muerto muy de moda, Manuel Chaves Nogales. Camba conserva muy bien la línea y nada mejor puede decirse de un columnista. El articulismo es oficio que se ejerce dando bocados al presente o a ese sucedáneo del presente que es la actualidad y hay que tener buen cuidado de no caer en la voracidad, que engorda y echa a perder las metáforas. Lo ideal, ya digo, es conservar la línea y no perder el compás de los tiempos. A lo que raramente puede aspirar un columnista en sus cabales es a ganarse el favor de la posteridad. Desde luego, pocos menos interesados, y en apariencia menos dotados para ese empeño que Julio Camba, reñido con cualquier trascendencia, quien no dejó nunca que una idea le estropeara una ocurrencia o que una categoría le arruinara una anécdota. Que alguien así sea medio siglo después de muerto un reclamo repetido en las librerías nos conduce a la paradoja Camba, que no es flor de un día sino que lleva media vida después de muerto divirtiendo a los lectores. En algún sitio debe estar el secreto, aunque no es fácil detectarlo, porque si hay algo que resiste mal el paso de los años es el humor, el género que peor envejece al decir de los enterados en estas cosas literarias. Quien ha leído un libro de Camba los ha leído todos, pues el gallego es un mago que siempre hace los mismos trucos o un extremo que hace idéntico regate, sin que nadie consiga frenarlo ni se aburra de sus gracias. Para este malabarista de la prosa una historia dura lo que una página y más allá brota otra historia u otro artículo. Lo bueno si breve, Camba, quien juega a la comba con la realidad, tratando en broma los temas más serios, desde el crack del 29 a las peripecias de la Segunda República.

Décadas antes de que Duran Lleida se instalara en una suite del Palace, Camba se había ido a vivir a ese hotel, en la seguridad de que “como fuera de la casa de uno, en ningún sitio”, sobre todo si uno no tiene casa ni ganas de tenerla. Del hotel a un buen restaurante y del restaurante al hotel, así pasó sus últimos años este gallego viajero que se conocía medio mundo como la palma de su mano de hombre de pluma. Sus estancias en el extranjero dieron pie a sus mejores artículos, ajenos a cualquier ejercicio de pedantería. Camba llegaba a Nueva York o a Berlín desprovisto de teorías y lo miraba todo con la atención y el asombro con que lo haría un niño. De ahí le salía un artículo sorprendente y delicioso, y tan fresco que sigue tan vivo como entonces setenta u ochenta años después. El escritor tuvo la fortuna de llegar a Nueva York en 1929.

Desde allí fue contando a los lectores de ABC el día a día de una crisis que hizo temblar el mundo, pero no le cambió su modo de acercarse en broma a las cosas serias. Sus crónicas recogidas en el libro La ciudad automática son una prodigiosa catarata de anécdotas, una divertida aproximación a una realidad que se desmoronaba sin que el periodista diera el menor síntoma de afectación. Así fue pasando por distintos países, en momentos dramáticos, sin perder el apetito ni las dotes de observador tan atento a las minucias cotidianas como ajeno a las mayúsculas de la Historia. Quizá ahí radique el secreto de la permanencia de Camba, aunque también ayude la ausencia de negritas en sus artículos. Salpicar una columna de personajes de la actualidad es un modo no del todo contrastado de ganar lectores en el presente y el modo más seguro de perderlos en el futuro, cuando los tipos de las negritas estén más muertos que el articulista. No es que Camba prescindiera de los nombres propios pensando en la posteridad, que era algo que le daría risa, sino que carecía de curiosidad por las personas y solo le atraía un plato delicioso o una historia perfectamente intrascendente y tal vez por eso perdurable.

César González Ruano, que es otro articulista muerto, también habitual de las librerías, aunque su estilo no se lleva demasiado esta temporada, le llamó “el solitario del Palace” y dejó escrito que Camba era un hombre que sentía un desamor profundo por la gente. El de Villanueva de Arosa era un misántropo con muy buenos modales, un conservador que había tenido una juventud anarquista, hasta el punto de ser interrogado por la policía con motivo del atentado de Mateo Morral contra Alfonso XIII en 1906. A los trece años se escapó de casa y viajó como polizón en un barco que iba a Argentina, allí estuvo unos años hasta ser expulsado precisamente por sus actividades anarquistas. La pasión que pudo llevarle por esos derroteros es difícilmente explicable en alguien que con los años acabaría sin sentir ni padecer ni con otra mueca que la burlesca o la del absurdo como sucedáneos ideológicos. Josep Pla, que en algo se le parecía, dijo de él que sentía un verdadero horror por la literatura, empezando por la propia, a la que no tenía en ninguna consideración. Quizá así se entienda que cuando le ofrecieron un sillón en la Academia declinara con completa naturalidad: “¿Un sillón? ¿Y para qué quiero un sillón, si yo lo que necesito es un piso?”. El solitario del Palace, claro, tampoco necesitaba un piso. Se conformaba con que lo dejaran en paz.

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