
Jesús Rubio Jiménez
En 1918, Pérez Galdós se encontraba ciego y enfermo. Tenía que dictar sus escritos y presentía que su final no estaba lejano. Era consciente de que llegaba a su ocaso.[1] Aun así, todavía participaba en la vida social, pronunciándose sobre los acontecimientos políticos y culturales del día, sabedor de que sus opiniones eran esperadas y respetadas por amplios sectores intelectuales españoles. Naturalmente no eludió pronunciarse sobre el mayor problema internacional de aquellos años: la Primera Guerra Mundial. Desde que estalló el conflicto se posicionó claramente a favor de los aliadófilos, escribiendo artículos como “Pesadilla sin fin” en La Esfera e hizo saber sus opiniones a los responsables políticos, incluido el rey Alfonso XIII con quien se entrevistó en Santander en agosto de 1915. El periodista Manuel Guerra y Oliván dio noticia de esta entrevista en Heraldo de Madrid y siguiendo sus pasos también Gil Blas dio cumplida información.[2] Galdós no deja dudas de cual era su posición aliadófila y por ello había firmado el manifiesto de los intelectuales españoles defendiendo a los aliados. Durante el desarrollo del conflicto siguió haciendo declaraciones del mismo cariz. Algunas suscitaron polémica, pero quizás ninguna tanta como el artículo que rescato y que convirtió al viejo escritor en víctima de la censura. Es un episodio que, hasta donde se me alcanza, no ha sido apenas historiado por lo que en las páginas que siguen trataré de reconstruir lo acontecido, recuperando algunos testimonios que denotan cómo el viejo escritor continuaban siendo una referencia inexcusable por su compromiso político.
El 21 septiembre de 1918, Pérez Galdós se pronunció una vez más sobre la evolución del conflicto bélico y sus repercusiones en la revista Los Aliados con el artículo «Las campañas aliadófilas».[3] Poco podía imaginar el viejo escritor, cuya temblorosa firma en facsímil cierra el escrito, que la censura iba a cercenar parte de su nota, dando lugar a un homenaje de apoyo y protesta. El artículo ocupa la primera página, en cuyo centro se incluye, además, una fotografiadle viejo escritor sentado en su biblioteca. Los cortes de los censores impiden seguir el razonamiento completo de don Benito analizando la situación, pero aun así, desde las primeras líneas queda nítida su defensa de la cruzada emprendida por los aliados con la barbarie militarista alemana, pero no porque sintiera odio por Alemania, cuya cultura admiraba, sino porque le resultaba insoportable “el ansia dominadora, la aspiración absurda y egoísta a la hegemonía universal, y, sobre todo, el profundo desprecio que se siente allá hacia todo lo que no sea alemán.” Lamentaba su ceguera y defendía con matices a Francia e Inglaterra, animando a seguir defendiendo la causa de la justicia y la libertad, mostrando al final de su escrito un sentimiento de “un gran desconsuelo, porque me veo ya avecindado en el arrabal de senectud, una vez en el cual ya no puede uno lanzarse a la palestra.”
La reacción de los amigos y partidarios del escritor no se hicieron esperar. El periódico El Sol, que venía manteniendo una intensa campaña contra la censura, se hizo eco inmediatamente del suceso. Galdós leyó sus comentarios y dirigió una carta a Manuel Aznar, su director, nombrado hacía poco. El periódico la publicó el día 21:
Madrid y septiembre 20 .1918
Sr. D. Manuel Aznar.- director de EL SOL.
Muy distinguido amigo y compañero: Por la edición de EL SOLde ayer me enteré de que un artículo mío dado para la simpática revista LOS ALIADOS ha sido objeto de la acritud de los censores.
Pocas cosas puede haber ya que me indignen, y no será esta una de las que lo logren. Antes bien, me han dado que reír. Pero sí quiero decir que quisiera un momento recobrar mi vista para ir al Gobierno Civil, mirar de arriba abajo al Sr. López Ballesteros y sus censores y, sin decirles nada, volverme a mi casa en medio de esta noche sin fin en que estoy sumido.
Señor Director: después de más de medio siglo de labor literaria, en la cual he barajado las más encumbradas y discutidas personalidades de nuestra historia contemporánea, y después de haber tomado parte por medio del libro, del periódico y de la escena, en las más apasionadas campañas sociales, políticas y religiosas de mis tiempos, sin que nunca se haya nadie atrevido a tacharme, sin perjuicio de discusión, me encuentro ahora con que soy objeto de serias medidas de carácter administrativo y gubernamental, por parte de un funcionario irresponsable, hasta cuyo nombre se ignora.
Sin más que invitar a la paciencia a todos mis amigos y compañeros, me repito de usted afectísimo amigo y seguro servidor, q. b. s. m.
B. PÉREZ GALDÓS[4]

El “atropello” de Galdós les venía bien en su campaña contra el ejercicio arbitrario de la censura que venían denunciando diferentes periódicos españoles y la Asociación de la Prensa. De hecho, por aquellos días el Gobierno ya se veía obligado a reconocer el mal funcionamiento de la censura y no tardaría en tomar medidas para reorganizarla y finalmente a suprimir la censura previa de los periódicos como consecuencia en buena parte de la polémica que aquí relato. Basta hojear el periódico durante las semanas anteriores para comprobar que sostenía abierta una sección sobre el asunto y con más vehemencia desde que su columnista Mariano de Cavia había sido censurado. El escritor aragonés tomó entonces la decisión de no escribir más como protesta y sirvió de lanzadera de la campaña contra la censura, apoyado incondicionalmente por su periódico y después por otros. [5]
El “atropello” de Galdós fue por tanto un suma y sigue que reforzó una campaña ya en marcha. Si intocable e indiscutible en su patriotismo era según ellos Cavia, mucho más todavía lo era el viejo escritor canario que llevaba más de medio siglo de labor literaria y patriótica como él mismo se encargó de señalar en su carta.
Un nuevo incidente colmó el vaso: Unamuno, en un pleno del ayuntamiento de Salamanca, profirió algunas frases contra el gobernador civil. Cuando se pretendió que rectificara, el se ratificó y el gobernador civil quiso proceder contra él que, dicho sea de paso, había sido separado del rectorado de la Universidad de Salamanca un tiempo antes de manera no menos arbitraria.[6]
La redacción de Los Aliados por su parte siguió atizando el fuego y en la semana siguiente le dedicaron la primera página a Galdós, incluyendo una fotografía del escritor, la carta suya dirigida a Manuel Aznar director de El Sol y un editorial de la redacción de Los Aliados, apoyándole.[7] La revista se pronunció con un escrito sobre «Pérez Galdós y la censura»:
Maestro: A tu presencia acudimos dolidos, avergonzados, sintiendo en las mejillas el rubor de la afrenta que a Ti, la más alta cumbre de la intelectualidad española, y a hombres de la mentalidad de Miguel de Unamuno y Mariano de Cavia, han inferido unos desdichados que, por un puñado de pesetas, no vacilan en poner sus manos de sicarios en la floración de vuestros cerebros geniales.
Jamás pudimos sospechar se atrevieran, no ya a censurar sino a criticar siquiera, la obra de quien, en páginas inmortales, ha condensado toda la historia de la España contemporánea y ha sabido, en obras excelsas, crear tipos que asombran por su grandeza.
Todo cuanto pudiéramos decir de nuestra pena y de nuestra indignación resulta pequeño ante el ejemplo admirable de la carta en que el Maestro rechaza altivamente la ofensa.
Ella es la condena más severa que puede recibir la censura, y por eso, a manera de sentencia, la publicamos.
Y al propio tiempo, rogamos al maestro que nos perdone por haberle expuesto a los ultrajes de gentes ruines y analfabetas.
Con devoción y con respeto, besa las manos de la más pura gloria nacional
La redacción de LOS ALIADOS.
Como se ve, salían también en defensa de los otros agraviados. Pero no les pareció suficiente y en el siguiente número, correspondiente al 5 de octubre de 1918, volvieron sobre el asunto convocando un «Homenaje a Galdós, Unamuno y Cavia», considerando que así los desagraviaban y también a la Prensa del país en su conjunto sometida a censura. Cargaban contra el Sr. López Ballesteros considerándolo indigno de estar al frente de la censura cuando venía haciendo campañas declaradamente germanófilas en periódicos como El Día, La Nación y El Tiempo, de Barcelona. Y convocaban a un banquete para el día 13 «en honor de las tres más altas figuras representativas de la España intelectual y aliadófila.»[8]
En realidad, en El Sol se dio noticia del banquete ya el día 27 de septiembre. Comentaban que no habían recibido información directa del homenaje, lo cual les extrañaba siendo uno de los homenajeados Cavia, pero en todo caso aplaudían la idea y se adherían. No solo estaba ya en marcha el homenaje sino que incluyen su comité.[9] En los días siguientes se encuentran otras noticias sobre el banquete en los periódicos, alguno de los cuales reprodujo una circular con la convocatoria. En El Sol llegó dirigida a su director y la publicaron completa:
Sr. D. Manuel Aznar
Muy sr. nuestro: Recogiendo la feliz iniciativa de Los Aliados preparamos un banquete en desagravio y honor de D. Benito Pérez Galdós, D. Mariano de Cavia y D. Miguel de Unamuno a quienes la censura hizo blanco de su desconsideración y de su torpeza.
En verdad, ninguno de ellos ha menester de honores y desagravios pues que harta honra tienen, y mal ha podido agraviarles –porque se han ganado el derecho a desdeñar-, el desmán impotente de los que con irrespetuosa insensatez pretendieron en vano mancillar las glorias de nuestra patria y obstaculizar la causa de la libertad. Pero, como patriotas y como aliadófilos, aprovechamos con júbilo la ocasión, para afirmar nuestras simpatías por la causa de los civilizados; para formular una vez más nuestra protesta contra esta política suicida y para testimoniar nuestro amor y nuestro respeto al maestro Galdós que despertó la conciencia de España y le reveló su historia contemporánea en páginas inmortales; al maestro Unamuno, que encauza el pensamiento español, y al maestro Cavia, que nos enseña a expresarlo.
Seguros de su patriotismo y de su admiración hacia los maestros, solicitamos su adhesión a este acto, que quisiéramos fuese una exhibición de la fuerza moral e intelectual que tiene en España la causa de la libertad, y que significa, simbolizada en estos tres maestros de la palabra, la protesta de toda opinión libre vejada por la censura.
Acepte usted, querido compañero y amigo, las seguridades de nuestra consideración más distinguida.
Roberto Castrovido, Luis Araquistain, Indalecio Prieto, Rafael de Mesa, Carlos Micó, Luis de Zulueta, Antonio de Lezama, Enrique López Alarcón, Manuel Azaña, Fabián Vidal, Francisco Verdugo, Felipe Sassone, Augusto del Vivero, Marcelino Domingo.[10]
Se añadía que el banquete tendría lugar el domingo día 13 en el Palace Hotel, que las tarjetas costaban 15 pesetas y se podían adquirir en diferentes lugares: Secretaría del partido reformista, Ateneo, redacción de Las Izquierdas y de España; en las librerías de Fe, Ortiz, Mateu, Casa Vilches; en el Gran Café (antiguo Fornos); y naturalmente en la redacción de Los Aliados. Y aun añadían una nota recibida desde Salamanca donde se decía que Unamuno ya había viajado a Madrid para participar en el acto.
En el número que publicó Los Aliados el 12 de octubre dedicaron la cubierta a Unamuno, Galdós y Cavia. Manuel Bueno escribió unos «Medallones literarios» en los que se preguntaba sobre las tres personalidades homenajeadas. De Pérez Galdós alababa que en lugar de encerrarse en su casa a disfrutar la gloria bien ganada se implicaba siempre en campañas cívicas. No dejó de pronunciarse sobre el conflicto bélico, que esperaba el columnista viera concluido así como el derrumbe de quienes apoyaban en España el militarismo teutón.
El domingo día 13 a la una de la tarde tuvo lugar el anunciado banquete de Los Aliados contra la previa censura y en homenaje a los escritores mencionados. El gran comedor estaba lleno a rebosar por más de quinientos comensales y presidieron el acto los tres maestros homenajeados junto con D. Melquíades Álvarez, el Dr. Simarro, Leopoldo Romeo, Felipe Sassone, Enrique Gómez Carrillo, Carlos Micó –director de Los Aliados-, y Antonio de Lezama. Galdós se sentó en el centro de la presidencia, Cavia a su derecha y Unamuno a la izquierda.[11] Un sexteto interpretó himnos de los países aliados durante la comida y se pronunciaron discursos al final.
En primer lugar, habló Felipe Sassone, redactor de Los Aliados, que clamó contra la censura que había pretendido nada menos que silenciar la historia de España, ya que los tres homenajeados eran historiadores imprescindibles: Don Benito, el maestro de la novela y del teatro, “reliquia santa para todos los españoles, vieja encina a cuya sombra benéfica ha florecido toda nuestra literatura” y que desde hacía cuarenta años venía despertando la conciencia nacional con sus episodios nacionales; Don Mariano de Cavia describiendo sus costumbres, satirizando como nadie y ennobleciendo la sátira, el único gramático artista, un nuevo Quijote del idioma; y don Miguel de Unamuno, teólogo y hereje, el filósofo más elevado del país. Para Sassone los tres habían alzado la voz en defensa de la libertad y defendían la causa de los que pretendían salvar a Europa
Estaban representados periódicos como El País, El Mundo, Heraldo de Madrid, El Sol, El Fígaro, El Parlamentario, España, Las izquierdas, Diario Universal, La Época, La Correspondencia de España, El Liberal y Los Aliados. Numerosos miembros del Ateneo, diputados a Cortes, concejales y diferentes artistas, tanto escritores como pintores o escultores. Otros enviaron adhesiones que fueron leídas: Miguel Moya, Antonio Zozaya, Augusto Vivero, Vicente Barrio, Ramón Menéndez Pidal, Mario Roso de Luna y se recibieron gran número de cartas y telegramas. Los fue desgranando Carlos Micó, cediéndole después la palabra al Sr. Leopoldo Romeo que hizo un nuevo canto a la libertad presentando el acto como la mejor respuesta a los censores: la infamia de la censura hizo posible aquel acto, quedando así castigada. Se rompía así el miedo de cuatro años durante los cuales no se había ejercido la soberanía española. Y deseaba que se lograra una paz justa.
Por fin intervinieron los homenajeados. Miguel de Unamuno leyó las cuartillas que habían escrito para la ocasión Cavia y Galdós. Del periodista aragonés esta “Salutación”
Al semanario Los Aliados, a los organizadores de este banquete y a cuantos le honran con su presencia.
Felix culpa, decía San Agustín refiriéndose a aquel pecado original que valió al género humano tan grande Redentor. Venturosos desafueros, puedo decir yo en análoga forma, los que ha perpetrado esa burda y ruin parodia del Santo Oficio, que llaman la censura previa; pues ellos me deparan la honra altísima de verme hoy en la mejor compañía que puede apetecer un viejo, más no cansado luchador por la patria, por la cultura y la libertad. Dichosos desaguisados: pues ellos promueven esta manifestación que, en medio de tanta torpeza, tanta venalidad y tanta cobardía, es prenda para todo el mundo civilizado y singularmente para el latino, de que hay una España que no reniega de su abolengo, ni renuncia a su futuro puesto en la hermandad de los pueblos libres y honrados.
¡Felices “pateaduras” las censorias! Y permitidme lo tosco de la expresión, por lo característico del caso que la origina. Del caballo de Atila se ha dicho que donde ponía los cascos no volvía a crecer la hierba. En cambio, donde la mula de la “señá” Anastasia pone sus herraduras brotan las flores del afecto y el laurel del entusiasmo. Ved de qué mágica suerte se cumplen las incontrastables leyes del progreso hasta en las cabalgaduras de estos minúsculos Atilas del pensar y del sentir.
Sí, parece cosa de magia. Y no de magia blanca, ni de magia negra, sino de magia cómica. En La Pata de Cabra, cuando Don Simplicio Bobadilla Majaderazo y Cabeza de Buey desenvaina furiosamente su espada, el acero se le convierte en un pomposo y magnífico plumero. Dispara luego su pistola, y lo que sale del cañón son frescas y vistosas flores… Lo propio ha sucedido con las absurdas agresiones de estos otros Simplicios, en quienes lo grotesco excusa un tanto lo odioso. En vez de conseguir con ellas el vilipendio y la servil mansedumbre de los escritores, han provocado esta explosión de cordialidad, este generoso acto de protesta, este público homenaje a la causa de luz y de razón, cuyos crecientes fulgores tanto irritan a los topos y mochuelos de las diversas taifas del tapujo.
Así es que, en buen resumen de cuentas, más que por agraviados, por agradecidos debe tenernos la censura. Sus desmanes –más ridículos que ofensivos- nos prestan esta ocasión gratísima para recoger públicamente las flores de vuestro afecto y el laurel de vuestra noble exaltación, y transmitirlos íntegramente a los que luchan, gozando ya los primeros galardones de la victoria, por el derecho de gentes contra el derecho de conquista, por la libertad de los pueblos contra los apetitos de la dominación, por la fuerza moral contra la fuerza bruta, por la Razón y el Derecho contra la sinrazón y la injusticia. ¡Sea, señores, para esos paladines el reverente y cordial saludo de todos cuantos aquí nos vemos congregados!
Mariano DE CAVIA[12]
A continuación, don Miguel leyó las cuartillas que Galdós había dictado para que fueran leídas en el homenaje:
No habría yo querido decir palabra alguna en este acto, sino conservarme reconcentradamente bajo la emoción y sentimiento de gratitud que me han inspirado los amigos que han querido agasajarnos, a mis dos insignes compañeros y a mí.
Mas para descargo y tranquilidad de mi conciencia he de cumplir con este deber, así como con el de saludar a mis dos compañeros mártires, Unamuno y Cavia, de quienes las contingencias de los deberes profesionales y los dolores físicos podrán tenerme separado en el tiempo y en el espacio, pero con quienes nada ni nadie podrá impedir que me halle en íntima comunicación intelectual y afectiva. Comunión espiritual que nos hizo converger hacia un mismo ideal, que nos hizo igualmente blanco de insana y baja pasión, y que nos reúne hoy aquí con lo más sano y vivaz de la intelectualidad española, sacrificando todos en el altar de los principios de libertad y humanidad, y haciendo ver a todo el que quiera que no todo en España es insensibilidad y poltronería, sino que también hay españoles a quienes afectan e interesan todos los sucesos transcendentales que en torno suyo se desarrollan; que con toda reflexión y serenidad toman un partido, optan por una idea y que, en fin, saben salir a mitad del campo a defenderse con todas sus fuerzas y con todos sus medios, y sin pararse ni un momento a pensar en las consecuencias prósperas o adversas que su actitud puede acarrearles.
No podía esta actitud resuelta y digna ser del agrado de los cretinos y los fariseos, sin ocuparme de los reptiles y otras alimañas. Y de aquí la campaña emprendida en contra de todos nosotros, soldados de la justicia y la libertad, y que rampando en medio de la oscuridad y el anonimato, llevó la ponzoña de sus bajas pasiones hasta las esferas en que más y mejor deben reinar la serenidad y la equidad.
En su sentir, nada que contrariase sus fines debía ser respetado, y nada lo ha sido, ni el verbo sutil y profundo del maestro Unamuno, ni la galanura con que el gran Cavia expone sus elevadas ideas, ni mis modestos esfuerzos por el servicio de la causa aliada, que lamento no tener mayores fuerzas con que servir.
Pero tenía forzosamente que ocurrirles lo que acaece a los que quieren escupir hacia arriba: que les cae encima, habiéndose quedado ellos de esta vez tan maltrechos, que no han tenido más remedio que desaparecer, tan en la noche como llegaron y como hubieron de cometer sus fechorías.
Ya fue triunfo de todos nosotros el haberlos hecho desaparecer por su propia fuerza; pero mayor aún, y de mucha mayor valía, ha sido el de que hayan seguido en la oscuridad de que nunca salieron sin ni siquiera gritar sus nombres para que los supiéramos. Se han ido avergonzados de sí propios.
Que descansen de sus heroicidades los señores censores, en la paz de su oscuridad y silencio. Y nosotros, compañeros, los que podemos mostrarnos a la luz sin temor de que el sol nos ciegue ni que nuestro aspecto choque a nadie, sigamos el camino emprendido, que es el de la verdad y la justicia, y no nos detengamos más a arrojar piedras a los perros que salgan a ladrar a nuestro paso, pues la mayor parte de ellos no ladran sino por miedo, y todos juntos, por mucho que puedan, y si les hacemos caso, no lograrán a lo sumo sino retardar nuestra llegada al final del viaje, a la meta de nuestro ideal de paz en la igualdad y la justicia.[13]
Unamuno en su discurso recordó cómo ya de joven vivió el cerco de Bilbao y leyó los episodios nacionales de Galdós y sus novelas más combativas contra el fanatismo como Doña Perfecta. Más tarde, ya en la corte, se recreaba con las crónicas de cavia, ejemplo de laboriosidad admirable. Al ser festejados los tres por haber sido blanco de la censura, pedía que el acto fuera ante todo una protesta contra los atropellos cometidos por la censura contra toda clase de escritores y periodistas. Aprovechando la cercana celebración de la Fiesta de la Raza el día anterior, animó a celebrar mejor la fiesta de la Humanidad y el fin del despotismo. Criticó la mentalidad imperialista alemana y se extendió sobre el imperialismo español que condujo a la nación finalmente al desastre de 1898. Repasó después comportamiento habidos durante el conflicto en España, criticando los riesgos del enriquecimiento basado en la guerra, las tergiversaciones y las mentiras. La Liga de las Naciones que se iba a fundar debía ser en su opinión la Liga de las repúblicas y no la de las coronas. España tendría que entrar necesariamente en esa Liga, pero pedía no que el Rey les llevara a ninguna parte, sino que no les impidiera que fueran, que no les estorbara y que fueran arrojados del templo los mercaderes “esa triste nobleza de casa y boca, esos pretorianos, esos trogloditas” y que capitulara ante el pueblo.
Al llegar a estas afirmaciones los comensales ya estaban rendidos a su elocuente verbo y encaró el final del discurso con estos términos tras una gran ovación:
Dad al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios, decía Cristo, teniendo en la mano una moneda, en cuyo cuño estaba la vera efigie del César mismo. Dadle al César lo que es del César y al pueblo lo que es del pueblo. Puesto que en esas monedas está el cuño del César, está bien que se le dé de esas monedas en lista civil a cambio de la estampilla que debe estar en poder y en manos del pueblo. (¡Bravo!) Y así se forma la efectiva irresponsabilidad que va siempre acompañada de la faccuidad. Sólo puede ser realmente irresponsable aquel a quien justamente, y en límite, se le hace inocuo. No sé si alguien dirá que este es un papel más o menos lucido, pero hay una frase que para algunos se ha hecho cursi por venir de aquel hombre tan mal juzgado y que fue el único regente civil, y era militar, que ha habido en España, Espartero, cuando decía aquella frase tan sencilla: “Cúmplase la voluntad nacional.”
Este es el único programa que puede tener hoy un rey: “Cúmplase la voluntad nacional.” (Aplausos.)
Se ha hablado alguna vez de llamar socialistas al Poder, y acaso estas gentes entienden que el Socialismo no es más que una cosa puramente económica, y es algo más: es una cosa, es un principio intensamente político, o sea, el que se cumpla la voluntad social, no de la masa social –la masa puede ser despótica-, sino del pueblo.
Y ahora, seguro de que al decir esto interpretaré con más o menos exactitud, acaso en alguien con algunas limitaciones, vuestro sentimiento, creo que podemos y debemos decir todos:
Señor, se va a fundar una Liga de las Naciones civiles, democráticas, populares, no de imperios, de las patrias, no de los patrimonios de las Repúblicas coronadas, sino y con ellas el régimen de la publicidad y de la verdadera disciplina, no la militar, no la eclesiástica, que se sustenta sobre dogmas. España debe entrar en esa Liga como una nación, no como un imperio; como una patria, no como un patrimonio. España que si los reyes tienen patria debe ser vuestra madre, la verdadera madre España, España para entrar en esa república humana y civil necesita arrepentirse de su vergonzosa y vergonzante neutralidad, a toda costa y trance hausburgiana, arrepentirse y hacer penitencia;
Tiene que arrepentirse del camino a que la han llevado envilecedores guiones oficiales y atrita, sino contrita, de sus pecados arroje a los mercaderes del templo; solo así, sólo de este modo siendo al frente de ella como una bandera en que está escrito solo, “Cúmplase la voluntad nacional”, consentiremos en que continúe esta ficción, cómoda acaso para lograr cierta continuidad, siquiera burocrática, para evitar el desenfreno de ambiciones, para hacer acaso que la transición necesaria sea más suave, sea más lenta y sea más humana.
.Sólo así consentiremos en que en la moneda en que está su cuño se le pague este servicio, que como símbolo hace al pueblo, dejando en manos del pueblo la estampilla. Solo así, y si no, no le hemos dicho. (Grandes aplausos que se prolongan durante largo rato.)[14]
Don Miguel fue largamente ovacionado y el acto terminó en medio del mayor entusiasmo, siendo nuevamente ovacionados a la salida los tres homenajeados no solo por los comensales sino por el numeroso público que aguardaba a las puertas del Hotel la terminación del acto.
Se había ganado la batalla contra la censura previa de la prensa, ya que el rey firmó apenas unos días después el decreto de supresión, pero el panorama político no estaba ni con mucho despejado. Con clarividencia denunciaba Unamuno otras maniobras de mucho mayor calado: el inaceptable germanismo del rey, la patrimonialización del país y la hipócrita gestión con apariencia de neutralidad del conflicto, que había servido para enriquecer a unos pocos. Solicitaba un verdadero protagonismo del pueblo español y el fin del mercadeo. El debate sobre cual debía ser el papel de España en la nueva situación quedaba abierto. Comenzaba un tiempo nuevo para el Mundo con las propuestas que había hecho el presidente norteamericano poniendo en marcha una Liga de las Naciones y se requerían por tanto nuevas formas de hacer política.[15] El homenaje a los tres escritores fue así un acto político donde algunos de los más reputados intelectuales españoles analizaron la situación política y los riesgos que la atenazaban cuando comenzaba a vislumbrarse el final de la Gran Guerra Europea.
Una pequeña consecuencia colateral del banquete –o no tan pequeña- fue también que se puso en marcha en su seno otra campaña cuya finalidad era la reposición de Unamuno en el rectorado de la Universidad de salamanca del que había sido retirado arbitrariamente. Durante el banquete se firmó un mensaje de apoyo que fue enviado al Conde de Romanones como Ministro de Instrucción Pública. Firmaron el documento los quinientos comensales, encabezados por Galdós y Cavia.[16]
Parece indudable que el viejo escritor no renunciaba al compromiso cívico en aquellos asuntos que consideraba notables. A veces eran asuntos más domésticos, pero que igualmente estimaba dignos de atención. Por aquellos días, por ejemplo, estaba de actualidad como cada año la concesión del teatro Español. Pues bien, don Benito no dejó de pronunciarse, como lo había hecho otras muchas veces, con una carta dirigida al concejal del ramo. La dio a conocer El Sol el día 1 de octubre y la rescato aquí como un caso más de su sensibilidad respecto al acontecer cultural.[17]
Y Galdós, en fin, seguía siendo en su crepúsculo un faro al que dirigían sus ojos quienes defendían la tradición política liberal española con todas sus consecuencias, que habían aprendido en muchos casos leyendo sus libros. No deja de ser curioso que por aquellos días se anunciara una nueva edición ilustrada de 20 Episodios Nacionales, prueba de que su obra continuaba operante.[18]
Las luces del ocaso de de Galdós están llenas de irisaciones que confirman una y otra vez la paradójica clarividencia con la que desde su ceguera veía el devenir nacional. Poseía el don de la doble mirada.
APÉNDICE I
LAS CAMPAÑAS ALIADÓFILAS
No encontraré nunca palabras bastantes y adecuadas para ensalzar de manera que responda a mis sentimientos y emociones estas campañas en pro de la causa de los aliados. Los que las emprenden y prosiguen, desde los líricos que entonan loores hasta los periodistas batalladores e incansables, todos ellos se me antojan paladines de antaño, cruzados de la más noble y pura causa, que desinteresadamente luchan por un alto ideal que les es propio, y que al proceder así presta a nuestra pobre España el más grande servicio que nunca pudieran: […]
Y digo en nuestro suelo patrio porque allende el Pirineo sé que le sostuvieron dignamente aquellos españoles que ofrecieron su valor y esfuerzo a Francia desde el primer momento […] héroes a quienes con admiración saludo, inclinándome fervorosamente ante las tumbas de los que cayeron.
Y no es que yo odie a Alemania ni lo alemán. Lejos de eso, tengo los más gratos recuerdos de mis viajes por su territorio, y admiro sus viejas ciudades, sus selvas, sus ríos, como admiro a sus grandes hombres, músicos, sabios, poetas, pensadores. Ciertos aspectos del káiser actual me hacen considerarle grandemente, por más que otros respondan poco al concepto que me tengo formado de lo que deben ser los conductores de pueblos.
Lo que de Alemania se me ha hecho insoportable es el ansia dominadora, la aspiración absurda y egoísta a la hegemonía universal, y, sobre todo, el profundo desprecio que se siente allí hacia todo lo que no es alemán.
Muy de lamentar es que un pueblo tan trabajador y ahincado como el alemán vea perderse en pocos años el fruto de su labor formidable por el solo hecho de haberse dejado poner en los ojos la venda
[…]
Nadie que a ideas de humanidad una sentimientos de arte podía ver con indiferencia tamaña tentativa, […] ante cuya sola idea aún me estremezco. La dulce Francia, la procreadora de todo aquello que contribuye galanamente a hacernos la vida agradable; la madre de todas las ciencias modernas; la de los poetas y noveladores; la de los viejos castillos e inimitables reales sitios, […], Inglaterra, la que se suele llamar pérfida, y que ya en otra ocasión juzgué candorosa, hasta el extremo de haber sido sorprendida por la guerra sin ejércitos formados, […] fiel sustento de la justicia y el derecho en el Universo.
[…]
¡No puedo más!
[…]
En el enigma de sus actuales convulsiones me inspira piedad, y otra cosa: agradecimiento, puesto que ha permitido probar al mundo que los paladines de la causa de la justicia y la libertad no se arredran por la deserción de un aliado, por grande que éste sea.
Hermanos […] sabed que al sentimiento de completa homogeneidad con vuestras nobles aspiraciones se une en mí el de un gran desconsuelo, porque me veo ya avecinado en el arrabal de la senectud, una vez en el cual ya no puede uno lanzarse a la palestra.
Y creedme que a este desconsuelo no deja de unirse cierto sentimiento: el de envidia.
B. Pérez Galdós
Madrid, septiembre de 1918.
[Los Aliados, 21-IX-1918]
APÉNDICE II
UNA CARTA DE GALDÓS
Excmo. Sr. D. Luis Silvela Casado;
Sres. Concejales del Ayuntamiento de Madrid
Muy señores míos: En medio de esta oscuridad infinita a que me han condenado las leyes naturales, mi principal solaz y entretenimiento esta en mis ideales y recuerdos.
A diario desfilan estos ante mí, evocados por sucesos en sí indiferentes para la generalidad.
Si me hablan de Illescas, me acuerdo de Esquivias, y aun me estremezco en la mas emotiva sensación al recordar el momento en que, buscando en un archivo papeles para mis Episodios, involuntariamente topé nada menos que con el acta de los esponsales de Miguel de Cervantes, para darme cuenta de cuan amargos debieron ser en el día de sus bodas mis pensamientos de aquel hidalgo austero, intransigente y sensitivo.
Si me hablan de Viana, ¿cómo no recordar el asesinato de César Borja, el malo?
Pero esta es mi vida, que no puede ser de otra manera, y a ella he de sujetarme.
Y siendo así, ¿cómo podía serme indiferente esta cuestión del teatro español de Madrid’?
Creo que huelga expresar aquí lo que para todos nosotros representa el antiguo Corral de la Pacheca. Me limitaré a lamentar que las circunstancias no permitan tenerlo dentro del mismo cuadro en que se halla el teatro Francés, de París, bajo régimen hábil que desde Moscú le impuso la mano sabia de Napoleón en su famoso decreto.
Pero, asimismo, opino acerca del dicho teatro Español lo que sigue: que debe ser el arca santa en que se custodien las tradiciones de nuestro arte escénico, sin perder de vista los adelantos de dicho arte en nuestros días y en España.
Quiero decir que, sin dejar de respetar y admitir otras fórmulas y procedimientos, se me antoja que en el teatro de la plaza de Santa Ana no se debe admitir más que lo nuestro, lo castizo, lo neto, entendiendo por ello, tanto lo más antiguo como lo de nuestros días, que responda a una lógica evolución hacia ideales que no por nuevos puedan hacer olvidar el pasado.,
Dos compañías se presentan ahora como candidatas a concesionarios del Español: la de Rosario Pino y la de Ricardo Calvo, ambas equivalentes en méritos, pero muy diversas en cuanto a sus aptitudes.
El alma exquisitamente artística de Rosario tiende a la deliciosa frivolidad de lo francés (lo francés contemporáneo, que nunca abordó a Molière ni a Marivaux), y a ello se ha consagrado, apenas directamente, es cierto, pero sí mucho a través de algunos autores contemporáneos españoles, que se descarriaron del donaire y galanura de nuestros grandes clásicos autores de comedias, para entregarse a la fácil notoriedad de los de fuera.
Y repito que no detesto yo lo extranjero, ni lo español influido por lo extranjero, sino que este género amable me parece inadecuado en el teatro Español de Madrid.
Tiene Joaquín Xaudaró, el ameno, un dibujo muy interesante del castillo de Monzón, donde grandes reyes reunieron Cortes, que representa aquella mole feudal en toda su grandeza, y por su puente levadizo, a un niño gótico con un gabán de talle demasiado ceñido para ser viril, que, amedrentado, salva el foso a duras penas.
Perdóneme la gracia Rosario Pino, pero no la concibo sino así, medrosa y con duras penas, al entrar a tomar posesión del Español, si ha de respetar la tradición.
Otra cosa es, en cambio, Ricardo Calvo. Este representa la tradición modernizada. Paréceme que Lope de Rueda, tan gran autor como director de compañía, le habría considerado con interés, y que D. Pedro Calderón de la Barca, se habría sentido conturbado al verle interpretar su Alcalde de Zalamea. Para mí, el hombre del Español, hoy, es Ricardo Calvo.
Y si estas razones de pura crítica no bastasen, fíjense tan sólo en que, de otorgársele a Rosario Pino el Español, este y su escenario, en vez de “escuela de costumbres”, no serían más que escuela de cómicos ansiosos de variar de género, y sin ninguna garantía de que habían de lograr el fin que se proponen.
Busque, pues, Rosario Pino cualquier otro teatro elegante y mundanal para la exhibición a que tiene derecho por su gran talento, y háganos a todos y a ella misma el favor de dejar las tablas del Español libres para que cumplan con el fin que se propusieron, y que para aquel sitio es el más adecuado, dos ínclitos que desde el principio se consagraron a los fines superiores del arte clásico, y que son los únicos que lógicamente pueden interpretarle y darle a conocer a la multitud.
En espera de que el excelentísimo señor alcalde, tanto como los señores del Concejo, tendrán en cuenta estas observaciones mías, solamente inspiradas por mi ardiente deseo de servir con las pocas fuerzas que me restan el prestigio del arte escénico español, me reitero de ustedes afmo. Y s. s. q. e. s. m.
B. PEREZ GALDÓS
[El Sol, 1-X-1918]
[1] En aquellas fechas es habitual encontrar opiniones sobre la decadencia física del escritor en el ocaso de su vida y el desamparo en que vivían la vejez los escritores españoles. Un ejemplo. En el ensayo sobre “La pobreza de Nakens” (España, 183, 10-X-1918), se lee: “El destino de Nakens, tan semejante al de Galdós, otro Hércules de la pluma y otro ciego condenado también poco menos que a un crepúsculo de miseria, es el de todo español que, mientras otros viven y se lucran a favor de la picaresca o bajo la espuela de la codicia, se da por entero a los demás sin preocuparse, ni para el ocaso, de sí mismo.”
[2] “Alfonso XIII y Pérez Galdós. El Rey y la Prensa”, Gil Blas, 21, 13-VIII-1915.
[3] B. Pérez Galdós, «Las campañas aliadófilas», Los Aliados, año I, núm. 11, 21 de septiembre de 1918, p. 1. Al final incluyo el artículo como apéndice I.
[4] “Los “casos” de la censura. Galdós, atropellado”, El Sol, 21-IX-1918.
[5] Algunas notas tan solo del mes de septiembre; son habituales los cortes en los artículos con lo que los espacios se publican en blanco en El Sol: 9-IX: “Un aspecto curioso de la situación del gobierno nacional. La preocupación” (numerosos cortes). 8-IX: “Las humoradas de los censores”: les impiden publicar las listas de capitanes muertos o hechos prisioneros en la guerra.
17-IX: “No se puede seguir así. La censura y la dignidad periodística”. Incluye una carta del director a don Antonio Maura relativa al asunto de Cavia, que juzgan inadmisible.
18-IX: “La dignidad de la prensa y la censura”, incluye la carta de Mariano de Cavia al director de El Sol anunciando que se aplica a sí mismo “pena de destierro” y deja de escribir. Escribirá igualmente a don Antonio Maura, presidente del Consejo de Ministros y director de la Real Academia, mostrando su protesta y su decisión.
19-IX: “La dignidad de la prensa y la censura. Contra un régimen de abuso y de parcialidad”, da noticia de la unidad d e los periodistas frente al censor, su petición de que se restablezca la garantía constitucional en suspenso y acaben los caprichosos desafueros. Nuevos detalles del caso de Cavia y noticia de adhesiones recibidas a favor del periodista.
20-IX: “Sobre el caso Cavia”, con una carta de un lector, el notario don Antonio Turón, defendiéndolo. El 28-IX publican una amplia relación de periodistas portugueses en defensa de Cavia.
23-IX: “El Sol y las cuestiones personales”, respondían a quienes les insultaban desde posiciones germanófilas que ellos no harían otro tanto, sino que seguirían luchando contra la censura.
En otras publicaciones ocurría lo mismo. Así en España: 5-IX-1918 el editorial aparece completamente en blanco: “La situación actual. Sin claridad no hay confianza.” Camilo Barcia; “La ignorancia como criterio de gobierno”, con amplios cortes. 19-IX: “La vida y el prestigio de España”, editorial con grandes cortes; se quejan de la arbitrariedad de la censura, que acaba de pasar del ministerio de Gobernación al Gobierno Civil donde esperan que López Ballesteros, como periodista será más respetuoso que no los abogadillos de turno anteriores. Sin embargo, el 19-IX en un breve editorial, “Del momento”, censurado no obstante, dan cuenta del engaño sufrido por el comportamiento de López Ballesteros, quien “ha mostrado una arbitrariedad mucho mayor que las conocidas antes, suspendiendo El Parlamentario y manteniendo un pulso con El Sol.
El 10-X llegaron a hacer un llamamiento “A toda la prensa liberal”, indicando que en adelante no enviarían ni una línea a censura como medida de protesta.
[6] “Un incidente. El señor Unamuno llama “fresco” al gobernador”, El Sol, 27-IX-1918. “Desprestigio de la autoridad”, España, 3-X-1918: el gobernador de Salamanca está indignado y quiere proceder contra Unamuno que le ha llamado “fresco” en público en una sesión del ayuntamiento por sus arbitrariedades.
[7] Los Aliados, año I, núm. 12, 28 de septiembre de 1918.
[8] «Homenaje a Galdós, Unamuno y Cavia”, Los Aliados, 5 de octubre de 1918.
[9] “Los casos de la censura”, El Sol, 27-IX-1918. Comité: Marcelino Domingo, Antonio de Lezama, Enrique López Alarcón, Francisco Verdugo, marqués de Valdeiglesias, Manuel Azaña, Indalecio Prieto, Luis Araquistain, Felipe Sassone, Luis Zulueta, Roberto Castrovido.
El día 1 de octubre daban la noticia de que el banquete había sido aceptado por los homenajeados.
[10] “Para el domingo. El banquete a Galdós, Cavia y Unamuno”, El Sol, 11-X-1918. El día 10 la revista España adelantaba en “Un banquete de libertad a Galdós, Unamuno y Cavia” que se leerían trabajos de Cavia y Galdós y que Unamuno pronunciaría un discurso “que, en estos momentos de descomposición política, puede ser como una ráfaga de viento fresco sobre una ciénaga pestilente.”
[11] Enrique Díez Canedo en “Tres hombres” (España, 184, 17-X-1918) resaltó que esos tres hombres sentados juntos representaban a los que intentaron que la vida nacional alcanzara una verdadera plenitud: Galdós había recogido el pálpito de las Cortes y de las Juntas del siglo XIX; Cavia mantuvo su espíritu vigilante, enderezando vocablos y Unamuno les había enseñado a buscarse a sí mismos, para hacer surgir una nueva España: “Unamuno en pie, a la izquierda de Galdós, era como una acción prolongada; Cavia, a la derecha del maestro, sentado, era como un reposo activo; en Galdós toda actividad se santificaba en la quietud de la tarea cumplida. Y así eran aquellos tres hombres unidos en unos mismos vítores, que borraban la torpeza oficial que también los unió en un mismo tachón irrespetuoso, un símbolo viviente.”
[12] Transcribo las cuartillas de El Sol, 14-X-1918. Una crónica muy pormenorizada, incluidas cartas y adhesiones en Los Aliados, 15, 19-X-1918.
[13] Los Aliados no transcribió los últimos cuatro párrafos de las cuartillas de Galdós. Por el contrario, dio una versión muy extensa del discurso de Unamuno, cuya trascripción excede los límites de este trabajo.
[14] Tomo el fragmento de la trascripción de Los Aliados. El Sol, por contra, ofreció una versión mucho más abreviada y sospechosamente suavizada en lo referente a las exigencias a la monarquía. Y es que incluso cuando se lucha contra la censura funcionan mecanismos de autocensura interesada.
[15] En los días siguientes comenzaron a publicarse artículos con opiniones de interés. Por ejemplo, José Ortega y Gasset, “España entre las naciones”, El Sol, 17-X-1918.
[16] “Otro desagravio a Unamuno”, España, 184, 17-X-1918.
[17] “Un asunto de actualidad. La concesión del Teatro Español. Cosicas de Mustafá. Una carta de Galdós”, El Sol, 1-X-1918. Véase como Apéndice II.
[18] Se anuncia en la “Hoja literaria” de El Sol el día 27 de octubre, como edición de lujo, ilustrada con grabados y con ventajosas condiciones de suscripción para los lectores de El Sol.

















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