Canarias ante el cambio climático: biodiversidad, economía y patrimonio en riesgo

Observatorio Negrín-Galdós

Canarias, un territorio vulnerable ante la crisis climática

El archipiélago canario posee condiciones geográficas únicas que lo hacen especialmente vulnerable al cambio climático. Situadas en el Atlántico frente al Sahara, bajo la influencia del anticiclón de las Azores y los vientos alisios, las islas tienen una elevada insularidad y fragmentación territorial, gran dependencia del exterior y una economía centrada en el turismo. Estas características, sumadas a la presencia de ecosistemas frágiles con numerosas especies endémicas, convierten a Canarias en un punto sensible donde los efectos del calentamiento global se manifiestan de forma intensa.

Ya se observan señales claras de cambio climático en las islas. Las temperaturas medias han aumentado de forma progresiva desde mediados del siglo XX, con un calentamiento más acusado en las zonas de medianías y cumbres. Según la Agencia Estatal de Meteorología (AEMET), 2024 fue el segundo año más cálido de las últimas décadas en Canarias (y el tercero a nivel nacional), confirmando una tendencia al alza que “no es una sorpresa, sino una confirmación más de los efectos cada vez más visibles del cambio climático” en palabras de David Suárez, director de AEMET Canarias. Las precipitaciones, por su parte, han disminuido especialmente en las zonas altas, aumentando la aridez y reduciendo los recursos hídricos disponibles. Paradójicamente, cuando llueve ocurre con mayor intensidad: se ha registrado una mayor frecuencia de lluvias torrenciales que provocan inundaciones y daños localizados. Este patrón de menos lluvia pero más extrema agrava riesgos de inundaciones repentinas, erosión del suelo y deslaves en terrenos saturados.

https://www.eldiario.es/canariasahora/ciencia_y_medio_ambiente/cambio-climatico-detectados-47-puntos-calientes-alto-riesgo-canarias-40-000-afectados-2050_1_9006305.html Inundaciones en una localidad de Tenerife tras lluvias torrenciales inusuales; eventos extremos como este podrían volverse más frecuentes e intensos por efecto del cambio climático.

Otro fenómeno preocupante es la subida del nivel del mar, que amenaza las costas canarias. Entre 1927 y 2020 el nivel medio del mar en el archipiélago se elevó unos 19 cm, con 8 cm de aumento concentrados solo en las últimas tres décadas. Este incremento pone en riesgo directo los 1.500 km de litoral, con poblaciones costeras y playas emblemáticas expuestas a mayor erosión e inundaciones. De hecho, zonas turísticas como la costa de Adeje y El Médano (Tenerife), o núcleos urbanos como Arrecife (Lanzarote) y Santa Cruz de La Palma, ya presentan un alto riesgo de erosión costera según estudios recientes. A ello se suma el calentamiento del océano Atlántico en la región canaria –casi +0,4 ºC por década en los últimos 40 años– que está alterando la vida marina. Se han avistado especies tropicales antes ausentes en estas aguas y proliferan episodios anómalos, como mareas rojas de microalgas tóxicas del género Trichodesmium, vinculados al aumento de la temperatura del mar. En tierra, los ecosistemas empiezan a resentirse: hábitats naturales como los pinares, la laurisilva y los matorrales de cumbre muestran signos de retroceso o desplazamiento en altitud, buscando condiciones más frescas ante el calor creciente. Los eventos extremos de calor también se han intensificado, con olas de calor más frecuentes y episodios de calima extrema (densas intrusiones de polvo sahariano) que deterioran la calidad del aire. Durante algunas supercalimas se han medido concentraciones de partículas hasta 60 veces por encima de los niveles recomendados por la OMS, con graves impactos en la salud de población vulnerable (niños, mayores o personas con enfermedades crónicas). Todos estos indicios reflejan que el cambio climático ya es una realidad presente en Canarias, no una amenaza lejana, haciendo urgente adoptar medidas de adaptación y mitigación integrales.

Una biodiversidad única bajo amenaza

https://www.agenciasinc.es/Noticias/El-cambio-climatico-provoca-el-colapso-poblacional-de-una-ave-unica-en-Canarias La tarabilla canaria (Saxicola dacotiae), ave endémica de Fuerteventura, ha sufrido un colapso poblacional asociado a las sequías prolongadas intensificadas por el cambio climático.

Las Islas Canarias son internacionalmente reconocidas por su extraordinaria biodiversidad y alto endemismo. Se estima que alrededor del 30% de las especies presentes en el archipiélago son exclusivas de este territorio y no se encuentran en ninguna otra parte del mundo. Este elevado número de endemismos (incluyendo plantas, reptiles, aves e invertebrados) hace de Canarias un hotspot de biodiversidad a escala global, con más de 23.000 especies catalogadas en sus ecosistemas terrestres y marinos. Sin embargo, la rica flora y fauna canaria enfrentan una combinación de amenazas severas derivadas de la actividad humana y los cambios ambientales. La introducción de especies exóticas invasoras, la destrucción o alteración de hábitats naturales y, más recientemente, la crisis climática actúan sinérgicamente acelerando la pérdida de poblaciones y especies. De hecho, expertos advierten que Canarias es la única región de Macaronesia donde la flora está aún más amenazada que la fauna: el 50% de las especies clasificadas en peligro crítico de extinción son plantas endémicas, reflejando la gran vulnerabilidad de su patrimonio vegetal. Este dato contrasta con otros archipiélagos como Azores, donde son los animales (particularmente artrópodos) los más amenazados.

El cambio climático se ha sumado como un factor de presión adicional sobre estos ecosistemas insulares. Muchas especies endémicas tienen rangos de distribución muy acotados y requerimientos ambientales específicos, por lo que cambios en temperatura o precipitación pueden afectar drásticamente su supervivencia. Un caso emblemático es la tarabilla canaria (un pequeño pájaro passeriforme exclusivo de Fuerteventura) cuyo declive poblacional reciente ha alarmado a la comunidad científica. Estudios de campo han constatado un colapso de entre el 63% y 70% en el número de individuos de tarabilla en las últimas dos décadas, pasando de unas ~15.000 aves a apenas ~4.500 en la actualidad. Esta brusca caída se ha asociado a la disminución significativa de las lluvias en Fuerteventura desde 2005, reduciendo la disponibilidad de alimento y el éxito reproductor de la especie. Periodos cada vez más prolongados de sequía comprometen la vegetación y los insectos de los que depende esta ave, llevándola al borde de la viabilidad. La tarabilla canaria es solo una de nueve especies de aves endémicas de Canarias, por lo que su situación actúa como un aviso preocupante de lo que podría ocurrir con otras especies insulares altamente especializadas si las tendencias climáticas continúan.

En los ecosistemas terrestres, el desplazamiento altitudinal de las zonas climáticas amenaza a comunidades únicas que habitan las cumbres y montes de las islas. Por ejemplo, especies de flora de alta montaña –como la retama y otros arbustos adaptados a las cumbres volcánicas– podrían ver reducido su hábitat disponible a medida que el calor empuja hacia arriba el límite de vegetación, encontrando “el cielo” como tope físico. Asimismo, la disminución de lluvias afecta a los bosques de laurisilva en medianías (bosques relictos de la Era Terciaria que dependen de la humedad de las nieblas), pudiendo alterar su estructura y favorecer incendios más intensos. Los incendios forestales en Canarias, si bien son parte de la dinámica ecológica natural, se vuelven más peligrosos en un clima más seco y cálido. Eventos recientes, como el devastador fuego de Gran Canaria en 2019 que arrasó parte del Parque Natural de Tamadaba y puso al pinzón azul en situación crítica, o el incendio de Tenerife en 2023 que quemó masas boscosas hasta los bordes del Parque Nacional del Teide, evidencian la vulnerabilidad de los hábitats insulares ante veranos cada vez más extremos. Investigaciones señalan que el cambio climático está contribuyendo a incendios más virulentos, al conjugarse temperaturas altas, sequías y acumulación de biomasa seca en los montes.

En el medio marino, la elevación de la temperatura oceánica y la acidificación del agua (por mayor CO₂ disuelto) amenazan la rica vida marina canaria. Se ha documentado el retroceso de los sebadales (praderas submarinas de Cymodocea nodosa) y otras comunidades bentónicas que actúan como sumideros de carbono y zonas de cría de peces. Estos hábitats costeros sufren un estrés dual: por un lado, el calor y cambios en las corrientes ligados al clima; por otro, la presión humana local (puertos, vertidos, sobrepesca). La pérdida de praderas marinas y arrecifes volcánicos impacta a especies protegidas, como las tortugas marinas y numerosas especies de peces e invertebrados endémicos. Adicionalmente, la llegada de especies tropicales alóctonas debido al calentamiento del mar puede desencadenar desbalances ecológicos, compitiendo con especies nativas. Se han registrado peces tropicales nunca vistos antes en Canarias, algunos desplazados desde la costa africana por la subida de la isoterma oceánica. También episodios de blooms de algas nocivas –como la mencionada microalga tóxica Trichodesmium– suponen nuevos desafíos para la calidad de las aguas y la salud de bañistas y fauna marina. En suma, la biodiversidad canaria afronta una tormenta perfecta de amenazas, y el cambio climático actúa como multiplicador del riesgo. Proteger este patrimonio natural (cuatro parques nacionales, múltiples reservas y parques naturales en las islas) requiere integrar plenamente la variable climática en las estrategias de conservación, desde planes de recuperación de especies hasta la gestión de espacios protegidos y la lucha contra amenazas como las invasiones biológicas.

Impactos socioeconómicos: turismo y agricultura en la encrucijada

El modelo económico de Canarias depende en gran medida de la estabilidad climática y la salud de sus ecosistemas. Sectores claves como el turismo y la agricultura se ven directamente afectados por las alteraciones del clima, lo que supone no solo un problema ambiental, sino también un desafío para el desarrollo sostenible y el bienestar de la población local.

El turismo, motor de la economía canaria (representa alrededor del 35% del PIB y empleo), está particularmente expuesto. Más de 18 millones de turistas visitaron las islas en 2024 atraídos por su “eterna primavera”, es decir, un clima templado y soleado durante todo el año junto a playas y paisajes naturales de gran atractivo. Sin embargo, el cambio climático podría comprometer seriamente este valor diferencial. Por un lado, el incremento de temperaturas extremas puede hacer menos agradable la estancia en ciertos meses: veranos más calurosos, con olas de calor prolongadas, podrían disuadir a visitantes centroeuropeos habituados a temperaturas más suaves. Por otro lado, fenómenos adversos como tormentas tropicales ocasionales o calimas intensas reducen la calidad de la experiencia turística e incluso pueden provocar interrupciones (cierre de aeropuertos, suspensión de actividades al aire libre, etc.). Especial mención merece la pérdida de litoral y playas por la erosión costera y la subida del mar. Un estudio presentado por el Gobierno regional en el marco del proyecto PIMA Adapta Costas alertó que, en un escenario pesimista de aquí a 2050, casi 150 playas del archipiélago podrían perder al menos un 10% de su superficie por efectos del cambio climático. Muchas de esas playas vulnerables son núcleos turísticos esenciales en islas como Fuerteventura, Gran Canaria, Tenerife o Lanzarote. Además, se han identificado 47 tramos costeros de alto riesgo climático (o “puntos calientes”) que requieren planificación prioritaria de medidas de adaptación local. Las potenciales pérdidas económicas asociadas a estos procesos erosivos e inundaciones costeras son enormes: se estiman daños directos equivalentes al 11% del PIB canario para 2050 (unos 4.000 a 4.500 millones de euros) si no se toman acciones preventivas contundentes. En consecuencia, el cambio climático amenaza con romper el equilibrio que sustenta la industria turística insular, basada en un clima benigno y entornos costeros atractivos. La diversificación hacia un turismo más sostenible y resiliente al clima (por ejemplo, fomentando actividades de ecoturismo de interior, adaptando la oferta hotelera con eficiencia energética y planes de emergencia) se está volviendo imperativa para asegurar el futuro del sector.

La agricultura y ganadería locales también están sufriendo los estragos del clima cambiante. Aunque la economía agraria tiene un peso menor en el PIB regional, es crucial para el sustento de comunidades rurales, la conservación del paisaje tradicional (terrazas de cultivo, viñedos, etc.) y la soberanía alimentaria insular. El aumento de las temperaturas y la reducción de las lluvias útiles han derivado en una crisis hídrica sin precedentes en el campo canario en los últimos años. Cultivos emblemáticos como el plátano, la vid, la papa o el tomate requieren de un aporte hídrico regular que ahora depende cada vez más de la desalinización y reutilización de aguas, encareciendo la producción. Los inviernos excepcionalmente cálidos están alterando ciclos de cultivo: por ejemplo, en el caso del plátano de Canarias (denominación de origen protegida y símbolo agrícola del archipiélago), temperaturas inusualmente altas en meses que solían ser frescos han provocado producciones adelantadas y excedentes difíciles de gestionar. Tradicionalmente, el otoño-invierno más fresco regulaba el ritmo de maduración de los plátanos; ahora, con inviernos benignos, las plantas siguen produciendo casi al mismo ritmo que en verano. Esto ha llevado a situaciones paradójicas de sobreoferta estival que obliga a desechar o donar millones de kilos de fruta (la “pica” del plátano) para evitar el desplome de precios en península. En 2023 se destruyeron 26 millones de kg de plátano por falta de mercado, una pérdida tanto económica como alimentaria que evidencia la desestructuración causada en parte por el clima. Agricultores locales confirman que “los inviernos han sido bastante benignos, con más calor del habitual”, resultando en cosechas desfasadas respecto a la demanda estacional. Al mismo tiempo, las olas de calor y sequía prolongada reducen los rendimientos de otros cultivos (por ejemplo, viñedos sometidos a estrés hídrico producen menos uva de calidad; frutales pierden fruto por golpes de calor) y facilitan la proliferación de plagas nuevas o más generaciones de las existentes. Todo ello pone en aprietos a un sector primario que ya venía afrontando desafíos de competitividad y relevo generacional. Para adaptarse, se están introduciendo mejoras como sistemas de riego más eficientes (goteo y sensores de humedad), variedades de cultivo más resistentes a la sequía y calendario de siembras ajustado a la “nueva normalidad” climática. No obstante, el agua sigue siendo el factor crítico: Canarias, con recursos hídricos limitados, depende crecientemente de plantas desalinizadoras para abastecer regadíos y consumo urbano, con el costo energético y ambiental que ello conlleva. El cambio climático tensiona aún más esta situación al reducir la recarga de acuíferos y aumentar la demanda de riego en periodos secos. En síntesis, sin una gestión hídrica adaptativa y apoyo decidido a la agricultura sostenible, la seguridad alimentaria y los paisajes agrarios canarios podrían ver comprometido su porvenir.

Estrategias de mitigación y adaptación: hacia un desarrollo resiliente

Conscientes de la gravedad del desafío climático, las instituciones canarias y la sociedad civil han comenzado a articular respuestas en múltiples frentes. En diciembre de 2022 se aprobó la Ley 6/2022 de Cambio Climático y Transición Energética de Canarias, un marco legal pionero a nivel autonómico que establece objetivos y medidas transversales para reducir emisiones y preparar al archipiélago ante los impactos del calentamiento global. Esta ley fija metas ambiciosas de descarbonización, alineadas con los compromisos internacionales: por ejemplo, alcanzar la neutralidad climática antes de 2050 y acelerar la penetración de energías renovables en el mix energético regional. También obliga a las administraciones insulares y locales a desarrollar Planes de Acción Climática, incorpora la adaptación al cambio climático en la planificación territorial, y crea instrumentos como la Agencia Canaria de Acción Climática, Energía y Agua para coordinar esfuerzos. No obstante, la implementación de esta ley no ha estado exenta de polémica. En 2024, el nuevo gobierno regional introdujo reformas que suprimieron varios artículos orientados a proteger la biodiversidad, el patrimonio natural y el litoral frente al cambio climático, alegando que eran “meras declaraciones de intenciones”. Colectivos ambientalistas criticaron estos recortes, subrayando que esos preceptos –como la obligación de evaluar los riesgos climáticos sobre el patrimonio cultural e implementar medidas de adaptación– eran en realidad pioneros y necesarios. Esta tensión refleja la complejidad de equilibrar desarrollo, burocracia y acción ambiental decidida. Aun con estos altibajos legislativos, Canarias mantiene en general una senda de mayor compromiso climático que en el pasado, integrando la variable ambiental en sus políticas sectoriales (turismo, transporte, energía, agua, etc.).

En el terreno de la mitigación de emisiones, la transición energética ocupa un lugar central. Históricamente, la generación eléctrica en las islas ha dependido casi por completo de combustibles fósiles importados (fuel y gasóleo), dada la ausencia de conexiones al sistema eléctrico continental. Pero esto está cambiando: la capacidad instalada de energías renovables (principalmente eólica y solar) se ha multiplicado en la última década gracias a inversiones públicas y privadas incentivadas por objetivos climáticos. Proyectos emblemáticos muestran el camino hacia un modelo energético limpio. La isla de El Hierro se convirtió en 2015 en la primera del mundo capaz de abastecerse al 100% con renovables durante intervalos prolongados, gracias a su innovadora central hidroeólica de Gorona del Viento. En 2016 El Hierro cubrió con energías renovables el 39% de toda su demanda eléctrica anual, y en algunas semanas logró operar totalmente con energía eólica e hidráulica sin necesidad de encender sus motores diésel. Esta experiencia demostró técnicamente que es posible reducir drásticamente la huella de carbono insular, sirviendo de inspiración a otros territorios. Siguiendo sus pasos, la iniciativa La Gomera 100% Sostenible busca que la vecina isla de La Gomera quede liberada de combustibles fósiles en 2030, mediante la instalación de parques eólicos (8 MW) y solares (5 MW), el impulso del vehículo eléctrico (objetivo 20% del parque móvil) y sistemas de almacenamiento energético. Un estudio internacional publicado en Energy Conversion and Management respaldó la viabilidad de este plan, concluyendo que Gomera podría autoabastecerse totalmente con energías verdes en todos los usos (electricidad, transporte y calefacción) e incluso ahorrar un 37% en costes energéticos en comparación con seguir importando petróleo. Actualmente, La Gomera ya ha dado pasos importantes con la construcción de cinco parques eólicos insulares, esperando alcanzar en pocos años más del 70% de generación eléctrica renovable en condiciones óptimas. Otras islas, como Gran Canaria o Tenerife, con mayores poblaciones y demanda, avanzan en integrar renovables en su red mediante grandes parques eólicos en zonas costeras y fotovoltaica distribuida (tejados solares), aunque parten de porcentajes aún modestos. Por ejemplo, en Tenerife apenas el 20-21% de la electricidad consumida proviene de fuentes limpias hoy día, pero se han fijado objetivos superiores al 45% para 2030. El Gobierno de Canarias también promueve proyectos de innovación, como el desarrollo de combustibles sostenibles para la aviación (SAF) y el fomento del autoconsumo energético en hoteles y edificios públicos. La apuesta por la desalación y depuración eficiente, con energías renovables, es otra pieza clave para cortar la dependencia de combustibles fósiles y reducir emisiones a la vez que se garantiza el agua en las islas más áridas.

Junto a la mitigación, la adaptación al cambio climático se ha vuelto prioritaria en la agenda canaria. El archipiélago ha elaborado evaluaciones detalladas de riesgos: el mencionado estudio PIMA Adapta Costas para el litoral, planes hidrológicos que incorporan escenarios de sequía más frecuentes, y mapas de peligrosidad por inundaciones en cada isla. A nivel sectorial, se están diseñando medidas como cortafuegos naturales y mejor gestión forestal para prevenir incendios de sexta generación, refuerzo de diques y barreras en puertos y costas vulnerables, o protocolos sanitarios para responder a olas de calor y calimas (ejemplo: creación de refugios climáticos y alertas tempranas para la población). En agricultura, se impulsa la modernización del regadío con técnicas ahorradoras de agua, así como bancos de semillas tradicionales más resilientes al calor. En biodiversidad, proyectos como el Life Egyptian Vulture (para recuperación del guirre o alimoche canario) o programas de cría en cautividad de especies críticas buscan aumentar las poblaciones y reintroducir individuos en entornos seguros. Asimismo, la protección de ecosistemas clave se ha ampliado: por ejemplo, la declaración de nuevas reservas marinas de interés pesquero en aguas canarias contribuye a conservar hábitats marinos sensibles al estrés climático, asegurando también recursos para los pescadores locales.

La adaptación también implica preparar a la ciudadanía. En este sentido, Canarias ha lanzado campañas de educación y sensibilización sobre hábitos sostenibles, ahorro de agua y energía, y prevención de riesgos naturales. Las universidades canarias y centros de investigación (ULL, ULPGC, Instituto Tecnológico de Canarias, etc.) desempeñan un papel crucial investigando la evolución del clima regional y desarrollando herramientas de apoyo a la toma de decisiones. Un ejemplo es el Sistema de Información para la Gobernanza Climática en Canarias, que integra datos meteorológicos y proyecciones científicas (como las del grupo GOTA de la ULL) para visualizar escenarios futuros de temperatura y lluvia en cada isla. Estas iniciativas de ciencia aplicada permiten a las autoridades planificar con mayor fundamento científico las infraestructuras y medidas necesarias para un futuro más cálido y seco.

Por último, cabe resaltar la importancia de que las soluciones climáticas sean compatibles con la conservación del territorio. Como apuntan desde organizaciones locales, “no todo vale” en la transición ecológica: el despliegue de parques eólicos o plantas solares debe realizarse sin sacrificar ecosistemas valiosos ni suelos fértiles. Cualquier proyecto de renovables en Canarias se evalúa ahora bajo criterios estrictos para evitar impactos en espacios protegidos y especies endémicas –por ejemplo, ubicando aerogeneradores fuera de rutas de aves amenazadas, o minimizando la ocupación de terrenos agrícolas con fotovoltaica flotante o en tejados. Esta integración es esencial para no solucionar un problema creando otro. En suma, Canarias se encuentra en la encrucijada climática, pero también en posición de liderar con el ejemplo. Su pequeña contribución a las emisiones globales (apenas 0,03% del total mundial) contrasta con la determinación de avanzar hacia un modelo más sostenible que garantice su propia supervivencia. Como señala un informe local, “el cambio climático ya es una realidad y en Canarias sus efectos son más visibles y urgentes que en otros lugares… No se trata solo de proteger un paisaje, sino de garantizar el futuro de quienes viven aquí”. En esa frase se resume la esencia del reto: proteger el rico patrimonio natural y humano de las islas frente a la amenaza climática, asegurando a la vez un desarrollo próspero y equitativo. La tarea es enorme, pero Canarias –con su tradición de resistencia y adaptación– está dando los primeros pasos firmes para enfrentarse a este desafío global desde lo local, con rigor científico, participación social y un firme compromiso con las generaciones venideras.

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