La adopción de recién nacidos en la masonería

Eduardo Montagut

En otro momento y lugar dedicamos un artículo a la adopción de lowetones en masonería, es decir, de hijos de masones por parte de las logias de sus padres, pero en nuestras investigaciones hemos encontrado la existencia, aunque no debió ser muy común, de la adopción de recién nacidos. Así lo hemos comprobado en el Manual del Francmasón. Origen, historia, doctrina y rituales de la Francmasonería. Selección de las lecciones y estudios de los H.H.F.T.B. Clavel y John Truth, que se publicó en castellano en Barcelona, aunque sin fecha.

Al parecer, en algunas logias ocurría que cuando la esposa de un masón se hallaba cerca de dar a luz, el hospitalario, es decir, el maestro encargado de velar sobre la situación personal de cada miembro de la logia, especialmente, si necesitaba algún tipo de ayuda, siendo médico y si no lo era, un hermano de esa profesión, debía ir a visitarla para interesarse por su salud en nombre de la logia y ofrecer los auxilios propios de su profesión, o de tipo económico si fuera necesario.

Nueve días después del alumbramiento, el venerable maestro, es decir, quien rige una logia, con los dos vigilantes de la misma, pasaban a visitar a la parturienta con el fin de felicitarla. Si el recién nacido era un varón se convocaba, a petición del padre, a la logia para proceder a su adopción, es decir, la iniciativa partía del padre que era masón y solamente en caso de hijos varones. Para esta ceremonia el templo donde trabajaba la logia debía adornarse con flores y en distintos pebeteros se quemarían perfumes. Mientras se abrían los trabajos de la logia, la madre o la madrina que llevaba al niño se quedaba con el mismo en una sala contigua al templo. Una vez abiertos los trabajos, los vigilantes, padrinos del niño, iban a buscarle acompañados por otros cinco hermanos. El niño era colocado sobre un cojín, y conducido a la logia. La comitiva se adelantaba pasando bajo “arcos de ramaje”, hasta el Oriente, es decir, el lugar fundamental de un templo donde se encuentra el venerable presidiendo la logia. Ante las gradas del Oriente (siempre se encuentra elevado sobre el resto del templo) la comitiva debía detenerse. En ese momento, el venerable preguntaba que era lo que traían los hermanos, siendo contestado que se trataba del hijo de uno de los miembros de la logia, y que la misma deseaba adoptar. El venerable preguntaba cuáles eran sus nombres y cuál el masónico que se le quería dar. El padrino contestaba. El venerable, a continuación, descendería del Oriente y se aproximaría al niño. Con las manos extendidas sobre su cabeza, dirigiría al cielo una plegaria con el fin de que el adoptado se hiciera más adelante digno del amor y los cuidados que la logia iba a tomar por él. Luego echaba incienso en los pebeteros, pronunciaba el juramento de aprendiz, que los padrinos repetían, en nombre del ahijado. El niño ceñiría un mandil diminuto blanco, como el de un aprendiz, y de esa forma era ya hijo adoptivo de la logia. En ese momento un aplauso general refrendaría la adopción.

Terminada la ceremonia, el venerable volvía a su sitio, y mandaba colocar a los vigilantes, con el niño a la cabeza, en la columna Norte del templo, y les recordaría, en una breve alocución, las obligaciones que había contraído con el neófito. Los vigilantes responderían y volvería a reunirse la comitiva para entregarlo de nuevo a la mujer que lo había conducido a la logia. El libro consultado recordaba que la adopción de un recién nacido llevaba consigo un compromiso de todos los miembros de la logia, que debían velar por su educación y facilitarle, en caso de necesidad, las ayudas materiales que fueran menester, es decir, como los padrinos de un bautizo. La adopción debía formalizarse con un acta, firmada por todos los miembros de la logia, que debía entregarse al padre del bebé. Era un documento importante porque eximía al niño de pasar las pruebas cuando llegase a tener la edad que se exigía para iniciarse. Imaginamos que si el quisiera hacerlo. Únicamente, se le pedía que renovase el juramento que en su día habían prestado sus padrinos. Estamos ante una nueva ceremonia, como las de adopción de los lowetones y los reconocimientos conyugales, en los que la masonería diseñaba un mundo paralelo al profano.

En todo caso, estas adopciones de recién nacidos no nos parece que fueran muy comunes, pero nos ha sorprendido encontrar esta referencia y no hemos podido resistir la tentación de compartirla.

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