
Francisco Massó Cantarero
Un descubrimiento es caleidoscópico, un hecho taumatúrgico y maravilloso, transformador, que afecta por igual a la realidad que se descubre y cambia como al descubridor, que ha tenido la fortuna de efectuar el hallazgo.
Esto ocurrió desde el 12 de octubre de 1492, cuando el error de cálculo de Cristóbal Colón, que creía que el diámetro de la Tierra era un tercio menor, permitió que Castilla se topara con América. Él iba a las Indias, a burlar el monopolio de los portugueses para comerciar las especias, y encontró un Mundo Nuevo. No fue un encuentro casual, sino una revelación mutua: los caribes taínos descubrieron a los castellanos y viceversa. El Renacimiento se dio de bruces con el Neolítico y juntos emprendieron una nueva e incierta singladura, con sus sombras y con muchas luces.
La Casa de Contratación de Sevilla, creada en 1503, en vida de Isabel I de Castilla, acumuló saberes de toda índole sobre astronomía náutica, cartografía, adaptación del astrolabio y el cuadrante, manejo del “Regimiento del Norte”, “Cruz del Sur” y “Regimiento del Sol”, ingeniería de construcción y manejo de nuevos barcos, capaces de hacer semejantes travesías. Ello supuso una labor inmensa de acopio de datos, síntesis empírica y docencia.
Siempre ha parecido que fue una empresa masculina encabezada por descubridores, conquistadores, adelantados, capitanes y gobernadores. Sin embargo, desde el segundo viaje de Colón, las mujeres estuvieron presentes y mantuvieron un papel protagonista de máximo valor. También hubo algunas adelantadas, otras gobernadoras, incluso alguna almirante como Isabel de Barreto y muchas encomenderas, y empresarias. De muchas hablaremos con su nombre y apellidos.
No obstante, la gran labor hispanizadora fue anónima, de mujeres que transportaron hasta allá sus costumbres, sus valores, su lengua, sus tradiciones, su fe, sus hábitos y vestimentas, su estilo de vida y modales de urbanidad, su moral y sus enseñanzas. Con ese equipamiento “españolizaron” a América, apoyadas por los frailes y protegidas, a veces, donde se producía hostilidad de los indios, por un reducido destacamento militar.
En América, nunca hubo un ejército de ocupación hasta que Fernando VII mandó a Murillo, con 13.000 hombres para sofocar la secesión. Su labor fue efímera, ineficaz y, por supuesto, pagada con traiciones como correspondía a aquel rey nefasto. Los virreyes mantenían un destacamento reducido, disuasivo por sus caballos, salvas de pólvora y perros, y tan poco efectivo en general, como innecesario tras la caída del imperio azteca, gracias a la ayuda de los tlaxcaltecas, e del inca, a consecuencia del episodio fortuito de Cajamarca.
La Corona, desde Fenando V de Aragón, por su interés en el poblamiento de aquellos territorios, siempre estimuló la presencia de mujeres en América. Se aprestó a reconocer validez a los matrimonios mixtos de indios con españolas y de españoles con indias; daba concesiones de tierra mejoradas a los matrimonios entre españoles, que fueron origen de los criollos y castigaba muy duramente la bigamia de quienes dejaban familia en la metrópoli y vivían amancebados en América, fuera con otra española o con alguna india.
Estas circunstancias fomentaron la emigración femenina hacia América. Los archivos de la Casa de Contratación de Sevilla registran la cifra de 35.000 licencias concedidas a mujeres a lo largo del siglo XVI. Este es el cómputo de la emigración oficial, al que hay que añadir la emigración ilegal, que viajaba sin licencia, de tapadillo, por concesión discrecional de los contramaestres. En realidad, durante el primer siglo del imperio, debieron viajar 45.500 mujeres y más de 120.000 (entre el 30 y el 20% de la emigración total), a lo largo de los tres siglos de imperio.
Sólo hacer el viaje, ya constituía una epopeya costosa, compleja y de riesgo. Había que residir en Sevilla durante meses hasta conseguir la licencia de embarque, mendigando influencias que vencieran los obstáculos de la Casa de Contratación que exigía limpieza de sangre y denegaba el permiso de viaje a moriscos, judíos, conversos, gitanos y herejes. Hay que recordar que, gracias a que denegaron el visado a Miguel de Cervantes, hoy podemos leer el Quijote.
Una vez obtenida la autorización había que conseguir el contrato de flete con un naviero, que, además del pago del pasaje, exigía el matalotaje para el sostenimiento del viajero durante el trayecto. No eran trámites fáciles, ni livianos en una cultura de pícaros, famélicos por participar del festín que, imaginaban, constituía la aventura de las Indias. Poder ir a “hacer las américas” ya era una lotería y su explotación comenzaba en Sevilla, anticipadamente.
Los matalotajes están descritos en la documentación de la Casa de Contratación y dependían de varios factores. El primero de ellos, el tiempo: la singladura duraba cincuenta días, a los que había que añadir un cómputo indeterminado de días, contando con encalmadas, tormentas y ataques de piratas y bucaneros. Otro era la edad, e incluso el equipaje a embarcar influía en el avituallamiento que había que costear por persona. Los niños no contaban a estos efectos.
Sobre la duración del viaje, quizá tenga el honor de primacía doña Mencía de Calderón Ocampo, Adelantada de Río de la Plata, cuyo tormentoso viaje duró seis años. Era viuda de Juan de Sanabria y tutora de Diego, hijo del anterior, que heredó los títulos y obligaciones de su padre. Salieron de Sanlúcar en abril de 1550, con 300 tripulantes, 50 de ellos mujeres. En el trayecto marino, perdieron cuatro barcos, en uno de los cuales viajaba Diego, quedando ella como Adelantada. Fueron atacados por corsarios y llegaron, en diciembre a la bahía de Santa Catalina. Allí, los dos barcos que quedaban zozobraron y se hundieron. Doña Mencía emprendió viaje a pie para recorrer 1200 kilómetros que la separaban de Asunción, atravesando la selva. En mayo de 1556 llegaba a Asunción, con 20 mujeres que quedaban vivas, ayudadas por los indios guaraníes y enfrentadas a la hostilidad de Domingo Martínez de Irala, el gobernador, que no deseaba la presencia de adelantado alguno. La rivalidad cainita entre españoles fue portentosa y constante.
En cuanto a la seguridad del trayecto, era nula, si viajaban en “navío suelto”, propicio a ser atacado por piratas. A partir de 1566, las leyes ordenaron armar los buques y viajar en convoy escoltados, para defenderse de los piratas ingleses, franceses y holandeses, que infectaban el océano como perros de presa, siempre al acecho, tanto a la ida como en el retorno, para consolidar atracos que ir a ofrecer a sus respectivos gobiernos. El más afamado fue Drake que logró título de nobleza por robar.
El pasaje, normalmente, era para mantenerse en cubierta. El camarote estaba reservado a personas principales que podían pagar 500 ducados, cifra imposible para personas pobres. La mayoría viajaba hacinada en la cámara, o en cubierta entre el equipaje, sin intimidad alguna, mezclados hombres y mujeres, teniendo éstas que guardar la honra, un valor inconmensurable en la época.
Las condiciones de higiene eran precarias. Se fregaba la cubierta dos veces al día, por necesidad estricta. La bodega iba atestada de animales vivos, muchos de los cuales se mantenían frente al pesebre, con las patas trabadas y suspendidos del techo de la bodega mediante dos cinchas que fajaban su abdomen y vientre. El hedor, el mareo, la sobreabundancia bacteriana, el estrés por insomnio, miedo a las ratas, a los rateros de la tripulación y al ataque de las chinches y de los corsarios favorecían las disenterías, las infecciones y la muerte a bordo.
Por tanto, vamos a hablar de mujeres, fuertes de ánimo y de cuerpo, pese a que algunas no eran jóvenes, que viajaron con una misión que cumplir: poblar territorios, lograr su independencia económica personal, fundar escuelas, hospitales y conventos; pero, sobre todo, “hacer política”, que era el sintagma que usaban en el siglo XVI para designar la labor de educar en urbanidad, cuidar la higiene, mantener la dignidad de un hogar, crear imagen mediante la indumentaria, practicar la religión (los indios no se atrevían a pasar a las iglesias, ni siquiera estando bautizados, por el miedo ancestral que sentían ante los sacerdotes), hacer vida social en paseos, visitas domiciliarias y festejos. Es decir, fueron creadoras de la cultura que aún subsiste.

















Gracias por tus lecciones historia.La Leyenda Negra del descubrimiento no dice nada de estas cosas
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