Visiones de nubes y mar desde La Magdalena

Benito Madariaga de la Campa, Medalla de Honor de la Universidad Internacional Menéndez Pelayo

La Península de La Magdalena, llamada así por una ermita dedicada a la santa, sustituyó al nombre pagano del montículo de Hano, que fue antaño lugar bien conocido entre las gentes por contener un semáforo y ser paraje adecuado para el emplazamiento de la batería de Santa Cruz, que defendía la entrada de la bahía. Bello lugar, en un principio agreste y casi semisalvaje, poblado de plantas silvestres y de una fauna típica del lugar, bien estudiada recientemente. En 1871, Amós de Escalante lo describía así en su libro Costas y Montañas: «En tanto llega el momento de examinarla de cerca, nos llama los ojos una cumbre desolada, yerto peñasco erguido a la boca del puerto, en cuya cima, como reliquias de antigua corona, se distinguen restos de una fortaleza». Hasta aquí se acercaban tan sólo los románticos, los solitarios y suicidas.

El que por primera vez conoce esta Península con su palacio que, como en los cuentos, albergó a reyes y cortesanos, no sabe si apreciar más el entorno de esta atalaya, como la llamó Unamuno, o la noble construcción que hoy alberga profesores y estudiantes. Mirar el mar, con nubes, aves y vapores en lontananza, entretiene al visitante que contempla este escenario que corta el horizonte. Es una gula para los sentidos. Puede estar usted mucho tiempo mirándolo absorto, sin darse cuenta, de las diferentes actitudes que adopta, según que esté en calma o se ponga bronco, salpicando de olas las cercanías del lugar. Si mira al fondo verá un roquedo donde se baten siempre aguas formando un oleaje de blanca espuma.

José María de Pereda eligió este sitio como escenario desde donde contemplaron, los familiares del protagonista de la novela Sotileza, la entrada desesperada en la bahía de la lancha de Reñales, aquel nefasto día de la galerna del 20 de abril de 1878. De esta manera lo pintó Fernando Pérez de Camino en su cuadro que tituló «¡Jesús y adentro!», palabras que pronunció Andrés en la novela cuando la lancha a golpe de remo entró en puerto seguro, tras doblar la punta de la Cerda, otro de los nombres de la Península.

Si el viajero rodea el palacio en la parte más alta que da al mar, se puede ver el islote de Mouro ocupado en 1812 por los ingleses que nos ayudaron en la lucha contra la ocupación francesa. y en diferentes posiciones se pueden ver otras islas que, a corta distancia de la Península, la rinden pleitesía: la de Santa Marina, la de La Torre y Peña Horadada, que ya perdió su anillo para llamarse ahora de Los Mártires.

Un visitante distinguido visitó a los Reyes, Doña Victoria y Don Alfonso XIII, según les había prometido. Era el novelista Benito Pérez Galdós que al saludarlos en Madrid, en un entreacto del estreno de su comedia Celia en los infiernos, en diciembre de 1913, tuvo una interesante conversación con ellos. Antón del Olmet lo cuenta así por boca de Galdós: «Después de saludarlo, le di las gracias por el interés con que este verano pasado se informó de mi salud en Santander. Apenas oyó el nombre de esta ciudad la Reina Doña Victoria, cuya mano acababa yo de besar, comenzó a hablar con entusiasmo de la playa santanderina, del Palacio de La Magdalena, del horizonte, de la Montaña. Luego tuvo algunas frases para mi casa que ha visto por fuera, y que, según me dijo, le ha interesado siempre, por ser la vivienda de un viejo escritor. La impresión que la Reina me produjo fue gratísima. Nunca, nunca, en ninguna dama, he visto unidas del mismo modo, la majestad y la llaneza». A su vez, el novelista canario le habló así a la Reina sobre Inglaterra, nación de la que dijo que todo en ella le gustaba: «El carácter del pueblo, el genio literario, el aspecto de los parajes, todo en fin… «. Al despedirse la Reina le pidió que fuera a verlos en Santander.

El viejo novelista republicano cumplió la promesa y se acercó al Palacio Real de la Magdalena el 11 de agosto de 1915.

Hubo otro escritor, un poeta, que escogió el lugar para contemplar el mar que inspiró su poesía. Durante los veranos en que Pedro Salinas estuvo de Secretario General en la Universidad Internacional de Verano escribió a su mujer Margarita Bonmatí sobre los acontecimientos sobresalientes de aquellos años. Le relata, por ejemplo, el impacto emocional que produjo a todo el grupo de amigos la cogida y muerte de Ignacio Sánchez Mejías en 1934. No menos interesante es la carta donde le comunica la llegada de Miguel de Unamuno ese mismo verano a la Universidad, con un equipaje de «ascética simplicidad», y le cuenta su verborrea continua para la que necesitaba interlocutores: «Unamuno es una complicación tremenda. Busca conversación por todas partes, a todas horas, cae sobre lo que encuentra y habla con esa irrestañable charla suya de todo, pero de todo: del griego, de San Pablo, de Hardy, de los apellidos vascos, de los chismes de Salamanca, de la guerra. Lo malo, sabes, es que su excesiva incontinencia nos haga huirle a veces». Vino invitado por la Universidad para presentar y dar lectura a su obra El hermano Juan en el Aula Magna de la Universidad.

Desde la plataforma que rodea al Palacio, cara al mar, Unamuno escribió los poemas «En La Magdalena de Santander», «Sobre la playa del Sardinero» y su «Comentario desde La Magdalena de Santander» que termina con estas palabras: «Escribo estas líneas aquí, en el que fue palacio real de la Magdalena y hoy es la sede de la Universidad de Verano y las escribo frente a la mar en cuya frente no han dejado arrugas los siglos y trayendo en mi alma española el alma de mi pueblo sordo a programas, sean de renovación o de rescate». Se despidió con otro poema, «Al partir», del que son estos versos:

Adiós, días de sosiego,

hay que volver a la brega

que juega mal el que juega

nada más que un solo juego.

Pedro Salinas lo contaba de esta manera: «Ha hecho dos o tres poesías ya, una ¡pásmate! a la Reina, sobre la nostalgia que debía de tener aquí de su tierra. Y otra, el mismo día, a su musa la hizo paseando, por delante del Palacio y escribiendo al andar. Es nuestra gran novedad».

Los que se quejan de los veranos santanderinos no tienen en cuenta la belleza de nuestro mar Cantábrico en cualquier época estival y el encanto de nuestra bahía, aunque a veces tiene un comportamiento desigual. El mar loco y alborotado sólo sirve para verlo a distancia. Es el enemigo del pescador. Salinas contempló muchas veces esos días de cambio en que el mar se enfada. Era otra forma de verlo. Por aquellos días de agosto le escribía a Margarita: «A todo esto desde el sábado tenemos un tiempo infame. Viento rugidor, lluvia y turbiones constantes y fresco frisando en frío». Y añade: «A mí personalmente me encanta: no sabes lo bonito que está mi cuarto en estos días, mar gris, agua contra los cristales, silbar del aire. Tengo sensación de castillo, no de una vacación de verano sino de reposado estar de invierno. Los ratos que paso en mi cuarto, ahora, escribiéndote, tienen una intimidad mayor. Te invita a recogerse y el verso precioso de Mallarmé l’hiver, la saison du l’art serein, l’hiver lucide se hace sensible, por un momento».

Estas visiones de nubes y mar en reposo, y con lluvia y truenos, que han contemplado tantas generaciones, desde aquel año 1913 en que se inauguró el Real Sitio de La Magdalena, han inspirado a poetas y pintores. Es pura poesía viendo el mar.

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