
Luis Carlos ÁLVARO GONZÁLEZ, Médico neurólogo. Hospital de Basurto. Bilbao
Miau[1] es una novela contemporánea tardía. Aparece en 1888, inmediatamente después de Fortunata y Jacinta. Galdós la consideró obra menor, escrita como mero entretenimiento al acabar la obra maestra previa[2]. No es ésta la opinión de la crítica más especializada[3]. Para ésta, sería obra mayor, retrato minucioso del funcionariado, de las clases medias, y en fin, de la sociedad de su tiempo, en lo social y también en lo político; pero por encima de todo, es estudio psicológico de un personaje atormentado. Sus avatares serán analizados, interpretados e incluso anticipados por las visiones de un niño. Su trasunto y valoración clínica constituyen, a nuestro modo de ver, elemento clave de esta novela, hasta dónde sepamos no analizado antes. En ello nos centraremos.
D. Ramón Villamil es funcionario abnegado, de una larga experiencia. A los 34 años y 10 meses de servicio a la Administración de Estado, es forzado a una situación de excedencia. Así, falto tan sólo de dos meses para acceder a cuatro quintos de su pensión como jefe de negociado auxiliar, se verá abocado a reclamar la ayuda y favor de allegados y otrora amigos, con la finalidad primero de subsistir, luego de lograr el ansiado puesto que, sin que entienda, le hurtó la Administración. El proceso mental de elaboración de su pérdida, auténtico duelo para un ciudadano volcado en su trabajo y con iniciativa, nos lleva a conocer el interior de esos oscuros negociados decimonónicos, también el domicilio de sus colegas y vecinos, pero sobre todo ese sufrir disimulando carencias, tan del momento y lugar. Su nieto, Luisito Cadalso, tiene varios episodios de desconexión ambiental, precedidos de una sensación premonitoria de inminencia del cuadro, que se hace inevitable. Durante ellos acontecen las visiones, auténticas alucinaciones visuales complejas que le ponen en contacto con una figura divina. Será ésta quién le explique los hechos y discurrir vital de su abuelo. Convertida en oráculo, le abre caminos de comprensión; termina por aceptar el final de su abuelo, que en un auténtico acto de liberación no puede sino suicidarse.
Cuando asistimos al final trágico, han pasado algo más de dos meses del arranque del texto, entre el verano y el otoño de 1878, en cuyo mes de Septiembre tiene lugar el fallecimiento de la reina María Cristina, la esposa de Alfonso XII, el cual se cuenta en la novela. No menos bien perfilado que el tiempo lo está el espacio. Se trata del barrio de Noviciado de Madrid, de clases más humildes que medias. Allí vive nuestro funcionario, con su esposa Dª Pura, la hermana de ésta, Milagros, y las dos hijas del matrimonio: Abelarda y Luisa. Casó ésta con Víctor Cadalso. Luisito fue fruto temprano del matrimonio. Fallecida su madre a la temprana edad de dos años, quedaría al cuidado de su abuela y tías. Su padre, cuyo nombre y apellido lo dicen todo – Víctor de triunfador, Cadalso de carne del mismo, al ser triunfador por métodos poco honestos- reaparece pasado el primer tercio de la novela. Deslumbrante con su poderío y riqueza, dará ayuda interesada a su familia política, seducirá a su cuñada, y además triunfará en la misma Administración que escatima su puesto al abnegado Villamil. La afrenta a éste resulta decisiva. Le devolverá a su idea de sociedad de amiguismo, injusticia social, y desprecio por el largo y honrado esfuerzo. Rechazado, en un ambiente que nos evoca al Kafka de “El proceso” y al Orwell de “1984”, su nieto, el visionario epiléptico, será quién le haga entender su papel de auténtico perdedor en la lucha por la supervivencia social que la teoría evolutiva, tan del momento al redactar la novela, anticipa.

El simbolismo en la novela tiene múltiples concepciones. La más evidente es la animalización, evidente ya en el título y referencia constante en el texto. Sería precisamente trasunto de la instintiva y feroz lucha por la supervivencia, en un universo animalizado y falto de valores que devora al propio Villamil; también el simbolismo de los sueños, tan galdosiano, o el propio simbolismo espacial: la calle de Quiñones, en la que se ubica el domicilio de los Villamil, albergaba una cárcel de mujeres. Pero es que próximo a ella se encuentra la calle Amaniel, a la que el escritor llevaría a vivir a Lorenza Cobián, madre de María, su única hija. Forzoso es decir aquí que la zona, que conserva su aire humilde y popular, es bien distinta de las prósperas plaza de Colón y calle de Serrano, en las que Galdós residía por entonces, con sus hermanas y sobrino. Pero volviendo al simbolismo, es sobre todo el derivado de la enfermedad, en concreto los ataques epilépticos de Luisito Cadalso, el que hará progresar la trama y llegar a un final trágico. Los aspectos médicos y neurológicos se constituyen en elemento central de la novela, le dan vigor narrativo y nos dan acceso a una lectura nueva.
Las cuatro visiones de Luisito Cadalso: auras y ataques epilépticos
No es nuevo el protagonismo de la infancia en la novelística galdosiana. Las inocentes criaturas pueblan su obra. Baste mencionar aquí los niños de “Lo prohibido”, los “Riquines” o Alejandritos de “La desheredada” o de los dos hijos de Torquemada en la serie de novelas de su nombre. El estudio podría ampliarse a los “Pitusines” de “Fortunata y Jacinta”, a la “Nela” de “Marianela” y, sin duda a muchos otros. Constituyen rasgos comunes de todos ellos el ser reflejo material y también moral de la sociedad de su tiempo. Enfermos, malformados, con enfermedades carenciales, explotados laboralmente, pequeños delincuentes algunos, trasladan al lector el retrato no disimulado de la sociedad de su época. A todos estos trastornos, físicos y espirituales, no puede ser ajena la novela realista, menos aún la naturalista, tan influenciada por Zola y la corriente que llega de Francia. Aquí como allí, la infancia será parte central de la novelística, precisamente por eso, por ser víctimas fáciles de su entorno depravado, sin posibilidades de disimulo expresivo o de ocultación. Con su retrato nos situaremos en el corazón de una época. El diagnóstico de estas carencias y enfermedades es médico, pero también social. Los remedios, por tanto, han de tener en cuenta ambos sectores: el individual y el social.
El niño abre la novela. La salida de la escuela, en la plazuela del Limón, cercana a su domicilio de Quiñones, pone al lector frente al niño. Tiene unos ocho años, quizás diez, pálido, retraído, poco aventajado en lo físico y en lo académico e intelectual [4]. Un poco después, su vecina, la señora de Mendizábal, sin hijos y sobrada de recursos, completa el cuadro. Es tan opulenta en su alimentación que nos es presentada como una vaca, en línea con la animalización omnipresente en la novela. Su aspecto contrasta con el del niño, tan dulce como falto de recursos y de alimento[5]. El chico no tiene por lo demás taras corporales, malformaciones o rasgos físicos particulares. En consecuencia, es poco aventajado; pero también adaptado, obediente, dúctil con su familia y maestro, luchador por su futuro y también en defensa de su familia. Con todo ello, no hace sino retratar su ambiente y el carácter de su propio abuelo, al que a la vez que mimetiza en la vida real evoca en sus visiones.
El primero de los episodios que sufre Luisito, aparece después de una larga caminata. La realiza acompañado del entrañable perro Canelo, para entregar un mensaje de su abuelo, en el que solicita ayuda y empleo a un amigo y alto funcionario. Al sentirse cansado, se sienta. Es en ese momento cuando siente los síntomas premonitorios, del tipo malestar, desazón y frialdad. Él sabe que esa “desazón” es anticipo inequívoco de una pérdida de conocimiento, con la que está ya familiarizado, por lo que sin duda la sufre desde tiempo atrás[6]. Perdida la conciencia, en su “letargo”, tiene las visiones. Se trata de una figura humanizada, de rostro y barba amplia, benévola y sabia. Se presenta como Dios[7] y le alecciona sobre las dificultades de su abuelo – ¡tan difícil es encontrarle un puesto cuando por cada vacante hay doscientas solicitudes!-, también sobre sus estrecheces escolares- que debe resolver no sólo con buena conducta sino con más atención y estudio- o sobre el mote de sus tías y abuela- las MIAU, por lo relamidas- que le ha llevado a enfrentarse y pelear con su compañero “Posturitas” tras llamarlas por ese apelativo. Justo al desvanecerse la figura divina, el chico se recupera de su sopor, lentamente. Reconoce su entorno físico primero, luego al perro, para hacerse después consciente de que la visión se esfumó. Queda convencido de que le dio aquello, el ataque. Se recupera lento, torpe, débil e inseguro[8]. En conjunto, la descripción es la de un ataque epiléptico generalizado, con aura (premonitoria, estereotipada en sus repeticiones, inevitable, breve) y con sintomatología visual compleja, realmente alucinatoria; este dato es propio sobre todo de las crisis que tienen su origen en el lóbulo temporal. La pérdida de conciencia asociada constituye un dato de generalización de la crisis, lo que explica igualmente el estupor y lentitud en la recuperación posteriores.

Luisito es también un niño que, como es común a su edad, sufre pesadillas[9]. Nos lo relata el narrador, a la vez que nos cuenta el hábito nada saludable de dormirse a la luz de una vela encendida. Esto era sin duda un intento de espantar el miedo que la oscuridad pudiera añadir a la pesadilla. La realidad es que este tratamiento, tan intuitivo, dista mucho de ser aconsejable, por lo que tiene de perturbador de los buenos hábitos de sueño, que incluyen como norma básica la falta de estímulos, tanto auditivos (ausencia de ruido), como visuales (ambiente oscuro). Estas pesadillas, y otros trastornos de sueño que más adelante describiremos, son susceptibles de introducirnos además en el complejo mundo de la patología del sueño con trastornos de conducta y alucinaciones, que puede plantear retos diagnósticos diferenciales con los episodios descritos como crisis epilépticas.
El niño tiene además cefaleas. Muy probablemente se trate de jaquecas. Los detalles clínicos son parcos aquí, en contraste con otras novelas [10]. No obstante, sabemos que son de inicio tolerable pero al final severas, hasta el punto de interferir con su normal actividad de estudio; también que aparecen después del esfuerzo físico de esas caminatas a las que le abocaba el convertirse en mensajero de su abuelo; y por supuesto, que el mismo escritor era migrañoso severo, lo que le convierte en testigo privilegiado para describir el mal [11].
Luisito vive temeroso y a la par expectante de la visión. La asocia a esfuerzos, por el precedente previo, también a la noche y al sueño, por su naturaleza tan cercana a lo onírico. En esta situación, el siguiente episodio (segundo) llegará en efecto tras un nuevo esfuerzo. Esta vez no será una caminata, sino el corretear y saltar imitando el desfile militar. Se desencadenará al presenciar la marcha de soldados en la explanada del Conde Duque, zona de juegos cercana a su casa, que albergaba el cuartel de su nombre, hoy convertido en Centro Cultural. Tras sentirse cansado y sentarse, siente de nuevo la desazón. Esta vez predomina el mareo, la inestabilidad y difuminación ambiental, que llevan al miedo inevitable a la visión Se alcanza así la pérdida de conciencia, que aquí parece sueño plácido. Su acompañante le estimula y recupera la conciencia[12]. En este caso, parece en realidad despertarle. Este dato, junto al de la pérdida de conciencia descrita aquí como sueño, recalcan la naturaleza onírica de la visión. Puede parecer una alucinación hipnagógica, propia de un arranque de sueño en fases profundas en alguien muy fatigado y cansado. El mismo niño duda de la realidad de ella en esta ocasión. Sin embargo, la premonición, los antecedentes, algunos de los episodios que seguirán, y la propia debilidad y deseo de seguir dormido del final del cuadro, nos llevan a incluirlo en el mismo tipo de visión epiléptica que la primera visión. Sería pues una crisis generalizada, de origen focal en el lóbulo temporal.
La premonición o aura llega a aparecer en sucesivas ocasiones, en algunas de ellas sin el acompañamiento del resto de manifestaciones del ataque epiléptico. Es esto lo que vemos en el momento en el que el niño, recién acostado pero aún despierto, escucha la conversación entre su padre y su tía Abelarda. En ella, aquél confiesa que no cree en Dios. Tal manifestación tiene un elevado impacto emocional en el chico. En ese mismo instante tendrá los síntomas ya descritos, que el personaje paciente y el lector identifican ya por igual[13]. Aquí, precisamente, termina este capítulo. Vemos como el narrador juega con la presencia de Dios, que de manera tanto textual como metafórica se presenta a padre e hijo: a Luisito le resulta familiar en sus visiones, expresión sin duda de su fe; en cambio, el padre, que afirma que “hace tiempo que se le apagó la antorcha de la fe”, solo le ve soñando.
El siguiente capítulo arrancará cuando sea ya mediodía. Tendremos aquí ocasión de conocer un auténtico sueño de Víctor [14]. Será reflejo de su ambición, de su afán de riquezas, goces, elegancia. Convencido de que ello depende de saber llegar a las clases superiores de la sociedad, establecerá lo que él mismo denomina nudos. Estos serán auténticos vínculos pasionales, conocedor de sus cualidades de apuesto seductor. Moralmente cuestionables, los simboliza desde esta perspectiva al despertar del sueño. En él, Víctor se siente aplastado, incapaz de moverse. Ello puede corresponderse con una parálisis de sueño, es decir, con una paralización que en realidad expresa la hipotonía muscular generalizada que acompaña a la fase REM del sueño. Si ésta se sigue de un despertar violento, el paciente será incapaz de moverse, consciente por un lado de su sueño recién terminado, por otra parte de la realidad circundante que oye y siente pero a la que no pude responder con movimientos, a veces incluso ni con el de respirar, precisamente por esa hipotonía global. En los segundos que dura la sensación resulta muy angustiante, hasta asfixiante a veces. Esto es lo que vive Cadalso padre al sentir un peso que le impide moverse, que se peso paralizante, físico y de conciencia. Esta misma patología hemos tenido ocasión de describirla en algunos relatos fantásticos de Maupassant [15] , también en Fortunata y Jacinta [16]. Resultará particularmente valiosa como elemento narrativo que refuerza la sensación angustiante, casi terrorífica del personaje, incapaz de moverse para escapar de sus miedos, tan simbólicos a la vez que reales.
La siguiente vez en que Luisito se acerca a la visión se queda en premonición o aura, mezclada con deseo [17]. El chico vive con natural angustia el final cercano de su compañero “Posturitas”. Enfermo de tifus fallecerá poco después. La impresión en Cadalsito es profunda. Lo es hasta causarle insomnio. Inquieto, cree que se acerca la visión. Llega a identificar los síntomas de aviso, el aura que otras veces precedió a la visión. Esta vez quedará en eso, en simple premonición. El propio chico lo reconoce así. Se duerme, y sueña la visión, pero sabe que no es real, es decir, que es onírica, no la de los episodios anteriores, que describíamos como de rasgos epilépticos. De este modo, en la propia novela se quiere diferenciar la visión puramente de ensueño u onírica de la comicial o epiléptica. Este mismo diagnóstico diferencial lo planteábamos como lectores en la anterior visión.
La tercera visión acontece el mismo día del entierro del amigo Posturitas. Con la emoción del momento, ya de por si alteradora del sueño y desencadenante potencial de ataques en un paciente epiléptico, al chico se le encarga acudir al Congreso, con otro recado escrito, para entregárselo precisamente a su padre, que a la sazón por allí intrigaba. No tendrá tiempo de hacerlo. A la emoción del entierro sumó el esfuerzo de llegar al Congreso, sin duda grande, pues lo alcanzó en veinte minutos. Al poco, sentado en un banco del edificio, creyó ver pasar a su padre y, en ese mismo instante, sintió el oscurecimiento de la vista y el frío que llevaban a la pérdida de conciencia. A partir de aquí tendrá de nuevo la visión. Será otra vez la figura de la luenga barba blanca, con la que dialogará de si mismo, de la escuela, de su abuelo, de su padre y de su tía Abelarda, es decir, de su universo todo. No podía faltar Posturitas, que aprovecha la ocasión para aparecérsele e insultarle. Tras la larga y teatral escena el chico “despierta”, zarandeado por el portero. Se recupera lentamente, torpe, mientras camina, en contacto con el aire fresco [18] . De nuevo, la descripción se mezcla con datos propios de sueño: se dice que el chico se durmió y que un portero le despertó. Evidentemente, ni lo agudo, ni la premonición o aura, ni el lento recuperarse se explican por el sueño fisiológico, ni por otras entidades que cursan con ataques de sueño, por la ausencia de datos clínicos propios de las mismas.
La cuarta y última visión si que aparece realmente mezclada con el sueño nocturno: el chico está acostado, dormido incluso. De hecho, se despierta, y es al hacerlo cuando tiene los síntomas anunciadores de la visión, la consabida aura que ya sólo se menciona, sin pormenorizar lo que el lector conoce sobradamente tras los cuadros previos. Viene después la visión de Dios, el diálogo, la discusión de los problemas más recientes y acuciantes del niño. Será la explicación del final de su abuelo: viejo, luchador, no podrá alcanzar la felicidad en este mundo. Sólo la salida hacia su lado, en el más allá, le reportará el bien que merece y que aquí le escatiman. Posturitas es así mensajero divino: transmitirá luego a su abuelo esta “dicha”. Poco antes de “despertar” volverán a hablar de Posturitas y otros pillos como él, a los que habrá Dios de encerrar para que no le trastornen más este mundo. En este punto es dónde acaba la visión, con el niño despierto en su propio sueño, que reflexiona sobre el mismo [19]. Esta pues clara la distinción entre las visiones y lo puramente onírico, aun cuando ocurran durante las horas de sueño nocturno.
Auras y furores no epilépticos
El sentido de aura como aviso o premonición de ataque es un síntoma típico de algunas formas de epilepsia, también de ciertas migrañas o jaquecas, denominadas por ello migraña con aura. En la presente novela las auras son sin duda epilépticas, como acabamos de exponer. Cuando el paciente las identifica, tienen alto valor diagnóstico; pero además, sirven para evitar las consecuencias de la continuación de la crisis, que no es sino una generalización con muy usual pérdida de conciencia. De ser ésta inesperada, conduce a una caída violenta, que puede ser causa de lesiones físicas diversas. Luisito tiene auras, de aspecto temporal, como las propias crisis, a las que suelen preceder. En ocasiones, el aura no se ha seguido de crisis. En otras ocasiones, el chico quiere tener la visión porque se siente atacado de los síntomas premonitorios; sin embargo, no llega a tenerla, o duda mucho de su entidad [20]. Se trataría también de auras aisladas, sin crisis posterior, quizás también de falsas alarmas, que no alcanzan a tener carácter de auras reales.
Esa situación es diferente del aura en el sentido en el que se utiliza en la novela ese término, en una única ocasión, aunque con un uso y significado sin duda equivocados. Hace referencia al enfado de Abelarda, tras el rechazo de su cuñado Víctor Cadalso. En esta situación de frustración pasional, Luisito intenta contarle que dialoga con Dios, que le ve cuando le da la gana. La tía reacciona con vehemencia, llena de desprecio hacia lo que considera inventiva fantasiosa de su sobrino[21]. Dominada por el odio, no soporta ni su presencia ni su voz. A esta situación de emocionalismo negativo tan violento y extremo es a lo que Galdós llama aura epiléptica. Vemos que la hace corresponder con sentimiento femenino, con el alma de la mujer. Tocada por él, se siente víctima de la criatura, a la que ve como una real tortura, hacia ella dirigida. Le queda no obstante un arrebato de cordura. Así, subvierte esa pasión y la vuelca hacia el niño en forma de ternura [22], capaz aún de contener ese furor previo.
El furor femenino, expresado en forma de explosión no contenida y desmedida, aparece descrito de nuevo en otros partes de la novela[23], en las que incluso se perfila en el periodo menstrual. Llegamos a saber que ese furor hostil, como específicamente lo denomina el escritor, no sólo es menstrual y por tanto “femenil”, sino también familiar. Había afectado a su hermana Luisa, tras nacer Luisito [24]. En ambas hermanas, la cólera es realmente violenta. A Abelarda llega a llenarla de algo de satisfacción primero, luego de espanto y vergüenza, para volver de nuevo al deseo destructivo, sádico y vengativo, aunque ahora sea hacia su cuñado, despechada por su rechazo[25].
Es indudable que el furor descrito tiene que relacionarse no sólo con la mujer, sino también con la epilepsia. De esta enfermedad supo Galdós, y ataques epilépticos sufrieron otros personajes de sus novelas, como hemos ilustrado en este mismo capítulo y en otras publicaciones (ver referencia 11). Pues bien, el furor así concebido se consideraba sin duda epiléptico. La descripción, y el mismo acuñamiento del término, proceden de Fallret [26]. Para este pionero de la neuropsiquiatría francesa, “Le fureur épileptique” se caracterizaría por actos de extrema violencia, que pueden llegar a homicidios, suicidios y saqueos. Lo más común es que aparezca al final de un episodio epiléptico. El paciente sería considerado incapaz y no responsable de sus actos, dato pionero y de inmenso valor para la medicina legal y forense de su tiempo.
El furor, también llamado manía o locura epiléptica, en realidada había sido descrito ya unos cuarenta años antes, en los años 20 y 30 del siglo XIX, por Calmeil, Esquirol o Prelad. Se consideraba a los epilépticos insanos, es decir, dementes o locos, además de contagiosos. Poe ello se propuso su aislamiento en instituciones especiales. De ahí nacieron centros como “The National Center for the Paralyzed an Epileptic”, en Londres, en 1860. Aquí, el prestigioso neurólogo y neurofisiólogo John Hughlings Jackson, haría su propia interpretación del furor epiléptico. Está basada en el principio de jerarquía de los diferentes niveles cerebrales. Los más recientes, los corticales anteriores, controlarían y frenarían los impulsos de niveles corticales posteriores y subcorticales, más arcaicos y primitivos. Al fallar, por disfuncionalidad o por lesión estructural los niveles superiores, los centros o estratos inferiores escaparían al normal control e inhibición de los corticales superiores. La consecuencia serían actos de hostilidad o fiereza extrema, casi animal, como los que caracterizan a los enfermos epilépticos violentos. Este principio de control de jerarquías por estratos tiene aplicabilidad a múltiples campos de la neurología. A los efectos de este capítulo, importa destacar que ese descontrol degenera en violencia o emocionalismo desmedido, que pueden ser epilépticos en origen. Este es precisamente el uso que hace Galdós del término.
Extenderlo a la mujer, hasta hacerlo casi sinónimo, debe situarse en el contexto histórico adecuado. El “mal sagrado”, como así se denominaba la epilepsia desde Hipócrates, afectaba a hombres y mujeres. Sin embargo, en la misma época de Jackson en Londres, la neurología es también pionera en Viena, con Meynert, y en París, con Charcot. Éste último, fue maestro del mismo Freud. En sus famosas “Lecciones de los martes (“Leçons du mardis”) de “La Salpêtrière”, hizo aportaciones clínicas brillantes al conocimiento de la histeria, mediante demostraciones clínicas “in situ”. Se trataba de casos de mujeres, que de hecho se atribuían a disfuncionalismo del útero y “menstrualidad”; de ahí, de histeros o útero, el propio nombre de histrionismo o histeria. Esta idea de alteraciones de conducta y emocionales graves, asociadas a lo femenino, se unió a la de epilepsia que cursaba con ese mismo furor, a la postre alteración emocional también grave. Se entiende así el uso de Galdós del término furor epiléptico femenino.
La epilepsia fue además enfermedad maldita, durante siglos sinónimo de posesión diabólica, lo que condenaba a estos pacientes a la estigmatización social más cruel. De esta herencia, que fue desapareciendo al desarrollarse la medicina científica del siglo XIX, quedará no obstante una transición ideológica que se extenderá en toda la mitad final de siglo. Nos referimos a la consideración del trastorno como enfermedad degenerativa. Esta teoría la hemos desarrollado especialmente para la lectura e interpretación de “Lo prohibido”. La degeneración presupone que existirían sujetos, incluso estirpes enteras, afectos de trastornos incapacitantes, progresivos y hereditarios, asentando con especial incidencia y virulencia en las capas más humildes. La delincuencia, pobreza extrema, alcoholismo o enfermedades carenciales serían formas de expresividad común en “Los degenerados”. Pues bien, la epilepsia puede interpretarse en ese contexto: un mal progresivo e incapacitante, cebado con las clases humildes. Su carácter maldito es patente en otros epilépticos galdosianos, como el niño Mariano (o “Pecado”), el hermano de Isidora Rufete en “La desheredada”, epiléptico y delincuente, carne de presidio. Este mismo carácter de la epilepsia como trastorno degenerativo, con connotaciones de asimilable al mal, puede sin duda rastrearse en la literatura de la época. Nosotros lo hemos descrito en “El exraño caso del Doctor Jekyll y Mister Hyde”, la gran novela fantástica de Stevenson. Allí, hemos apuntado que las transformaciones del Dr. Jekyll en Mr Hyde ocurren a través de fenomenología epiléptica, rasgos de degeneración que se extienden a la morfología y movimientos simiescos que acompañan al pérfido Hyde cuando interviene [27].
Los epilépticos, habrían pasado de poseídos (por el “mal sagrado”), a marcados (por la degeneración). En ambos casos, y al final, condenados: a la expulsión terrenal y eterna hasta el XIX, a la reclusión y extinción desde 1850. No obstante, la medicina científica permite conocer el origen de la enfermedad y sus manifestaciones clínicas. De aquí el desarrollo de la medicina y la psiquiatría forense, que llevan a la consideración de enfermos a los epilépticos, víctimas al fin de un mal que explica su multiplicidad de síntomas y de causas, siempre bajo consideraciones rigurosas y científicas. Galdós, que conoció este desarrollo, llegó a contactar incluso con destacadas figuras de le medicina forense española, como el Dr. Luis Simarro [28]. Este dato, debe considerarse junto al hecho de que sus personajes, hasta los más secundarios, están transidos de una espiritualidad que los eleva por encima de las miserias de una época, llena de desfavorecidos y de pobres, que el novelista analizó y denunció una y otra vez. El conocimiento científico, y el halo amoroso con que infunde a sus criaturas, es el que explica que niños epilépticos como el Luisito Cadalso de Miau sobrevivan con enorme dignidad en la novela, aun degenerados y malditos para su tiempo.
Otros trastornos neurológicos: Malformaciones físicas y cefaleas
Las malformaciones o taras físicas son parte de lo degenerativo, comunes de hecho en la novela naturalista y en Galdós, especialmente en los niños. Pero es que además, nos encontramos en años de pleno auge de la teoría evolutiva darviniana. En Miau, novela llena de referencias a la animalización, el evolucionismo es visible. Así por ejemplo, cercano el final de la obra, cuando Villaamil se acerca al suicidio y huye de los suyos, describe a su vecino Mendizábal, tan diferente a él en posición y en ideas, primero como animal y luego como fiera [29] ; al persistir en su huida y miedo a ser visto, redobla su calificativo y le llama orangután[30]. Villamil mismo se considera un liberal y progresista, antítesis del ultraconservador Mendizábal; como liberal, se ve más avanzado y desarrollado, de modo que Mendizábal sería el origen genealógico, un primitivo mono, que no obstante sobrevive y triunfa. Colegimos que el escritor da por buena la teoría evolutiva, aunque lo biológico sería más avanzado que lo social, dónde el primitivismo y el conservadurismo no permitirían el avance y el progreso. Representado éste por un espécimen liberal, estaría abocado al fracaso, al no permitir el modelo social imperante, tan arcaico, el desarrollo por adaptación de los más válidos. A Villamil no le queda sino desaparecer, como su nieto Luisito le ha comunicado. Es un inadaptado, más que un rebelde; además, un viejo, lo que reporta pocas ventajas sociales, ni siquiera evolutivas, cumplida ya su función, biológica y social.
El mismo niño es descrito al iniciarse la novela como poco aventajado, en lo físico y en lo mental o intelectual: parco de estatura e inteligencia, formal y estudioso, aunque retraído en exceso y poco dotado para lo social[31]. Su desventaja evolutiva se hace pues patente desde el comienzo. Provocará la mofa de algunos de sus compañeros y peleas con ellos, de las que no sale precisamente victorioso. Es un luchador en desventaja, como su propio abuelo, el niño con rasgos de degenerado, el abuelo de inadaptado evolutivo.
La descripción de tarados físicos o malformados llega también a los adultos. En este sentido, es ilustrativa la del joven Ponce, el novio de Abelarda. Era de aspecto raquítico y linfático, y de ”pocas luces”[32]. Por tanto, desaventajado igualmente, en lo físico como en lo intelectual: ser raquítico, algo muy común en la época por las carencias alimenticias de la infancia, suponía deformidades físicas de cabeza (grande, con frente prominente y cejas abultadas) y de miembros; pocas luces es claramente cortedad de intelecto, pero es que además linfático significa falto de energía, apático, con punto de lentitud y torpeza (de linfos, agua, el humor que infiltra los intersticios de los tejidos). El joven Ponce es un novio aceptado por la familia sólo por los escasos recursos de ésta, como mal menor. En efecto, sus rasgos físicos y mentales apuntan a afinidad, más que en lo afectivo, en lo degenerativo, a cuyo tipo se ajusta.
La caracterización facial de otro personaje, el funcionario Pantoja, al que etiqueta de probo funcionario y de prototipo de integrismo administrativo, tampoco resulta muy generosa. Tiene una frente amplia, ojos muy separados y raíz o puente nasal amplio[33]. La gran separación de ojos o hipertelorismo, y el puente nasal resultante, son muy sugestivos de una hidrocefalia congénita, muy probablemente asociada a raquitismo, sin excluir otras posibilidades o asociaciones, como una sífilis congénita. Con una cabeza y una cara de esas dimensiones, la formación de los labios ha de ser forzosamente paralela, de ahí que los de Pantoja resulten tan desmesurados. De manera simbólica, tendían a permanecer cerrados, pero no por discreción, sino por incapacidad, por forzado plegamiento a la rutina y a la oscuridad o escasez de ideas. No podría ser de otra manera, puesto que los trastornos aquí apuntados cursan todos ellos con retraso mental de diferente grado. Así las cosas, la lectura del tipo macrocéfalo y simplón es sencilla: personaje también con rasgos de degenerado, que paradójicamente se constituye en ejemplar para la administración. De nuevo, la degeneración y la teoría evolutiva irían de la mano, esta vez para denunciar el anquilosamiento de la administración, tantas veces criticado por Galdós.
Las cefaleas nunca están ausentes en la obra del escritor, como reflejo de su condición de jaquecoso. Las padece el niño Luisito, que sufriría epilepsia, jaquecas y pesadillas. Puede tratarse sin más de asociaciones casuales de diferentes trastornos, puesto que todos son de elevada prevalencia. Las cefaleas del niño vemos que aparecen tras un esfuerzo físico, aunque no de modo inmediato, sino verosímilmente unos minutos, una hora después, tras llegar a casa de regreso de entregar una de las misivas de su abuelo. El chico ha sido además incapaz de estudiar esa tarde [34]; la cefalea es pues severa, por lo incapacitante. Estas características hacen que muy probablemente se trate de una migraña o jaqueca, de inicio común a estas edades; es la misma cefalea que sufría el escritor y que tan repetidamente inunda su obra. En el caso de Cadalsito, pudiera llegar a tener criterios de migralepsia, es decir, de migraña o jaqueca que desencadena crisis epilépticas. Se explicaría así que las visiones tiendan a parecer después de esfuerzos físicos, como la propia cefalea, y que en la tarde de cefalea aquí apuntada el chico estuviera temeroso de la llegada de la visión.
El resto de los usos del término jaqueca o cefalea es contextual, para expresar lo difícil que resulta soportar a algunas personas, con sus desaforadas y machaconas ideas. Tan insistentes serían, que causarían cefalea, experiencia en verdad harto dolorosa, como bien sabía Don Benito por su historial clínico. Así, el propio Villamil era causa del mal, al agobiar a los porteros del ministerio de su ramo con sus historias y sus cuitas [35]. De igual modo, se dice que Víctor Cadalso, tan donjuanesco, ya dio por ese motivo muchas jaquecas a su difunta esposa [36]; o que Abelarda terminaba con igual dolor de cabeza los días en que no podía acudir al teatro o a la ópera y resistía pacientemente la insulsa conversación de su novio Ponce[37].
Conclusión
Miau es novela de simbolismos. Entre ellos, cobra especial significado el simbolismo de la enfermedad, expresada en forma de visiones del niño Luisito Cadalso. Éstas reconocen una naturaleza epiléptica, con semiología bien descrita que permite su análisis. Por otra parte, las visiones son premonitorias de los avatares y destino de su abuelo, el abnegado Villaamil, víctima de su propia época.
La obra está impregnada de otros trastornos neurológicos muy diversos. Se incluyen una parálisis de sueño de especial viveza en Victor Cadalso, pesadillas, jaquecas y malformaciones craneales. Algunas de éstas se explican por la teoría degenerativa, tan influyente en la corriente europea naturalista, además de en la medicina de la época. La teoría evolutiva de Darwin puede leerse igualmente en la novela, en el sentido de supervivencia de los adaptados, como crítica social a su tiempo; incluso la animalización es patente y puede interpretarse en sentido textual, siguiendo la misma teoría evolutiva. Finalmente, existen referencias a furores, histerismos e histrionismos femeninos que deben interpretarse de acuerdo a Charcot y la neurología del momento.
Galdós disponía de fuentes médicas, que no corresponde analizar en este trabajo. Poseía textos médicos, fue amigo de influyentes doctores- entre ellos Gregorio Marañón- y dispuso de información verbal y epistolar documentada sobre muchos de los trastornos y enfermedades que ilustran su obra. Miau es un buen ejemplo de todo ello. En último término, las descripciones neurológicas, que son precisas, aportan fuentes para una nueva lectura de la novela. Con su realismo, contribuyen sin duda a enriquecer y dar viveza y fluidez a la trama.
[1] Pérez Galdós, Benito. Miau. Ediciones Cátedra (Letras Hispánicas). Madrid, 2007.
[2] Díez de Revenga, Francisco Javier. Introducción a Miau, 9-81. Ediciones Cátedra (Letras Hispánicas). Madrid, 2007.
[3] Gullón, Ricardo. Galdós, novelista moderno. Editorial Gredos. Madrid, 1973.
[4] “El pobre chico de este modo burlado se llamaba Luisito Cadalso, y era bastante mezquino de talla, corto de alientos, descolorido, como de ocho años, quizá de diez, tan tímido que esquivaba la amistad de sus compañeros, temeroso de las bromas de algunos, y sintiéndose sin bríos para devolverlas. Siempre fue el menos arrojado en sus travesuras , el más soso y torpe en los juegos, y el más formalito en clase, aunque uno de los menos aventajados, quizá porque su propio encogimiento le impidiera decir bien lo que sabía o disimular lo que ignoraba” (Miau, p84).
[5] “No tenía hijos y se encariñaba con todos los chicos de la vecindad, singularmente con Luisito, merecedor de lástima y mimos por su dulzura humilde, y más que por esto por las hambres que en su casa pasaba, al decir de ella” (Miau, p88; la cursiva es del original).
[6] “… iba ya Cadalsito tan fatigado que, para recobrar fuerzas se sentó en el escalón … y lo mismo fue sentarse sobre la fría piedra que sentirse acometido de un profundo sueño … Más bien era aquello como un desvanecimiento, no desconocido para el chiquillo, y que no se verificaba sin que él tuviera conciencia de los extraños síntomas precursores. ¡Contro! – pensó muy asustado- me va a dar aquello…, me va a dar, me da … En efecto, a Cadalsito le daba de tiempo en tiempo una desazón singularísima, que empezaba con pesadez de cabeza, sopor, frío en el espinazo, y concluía con la pérdida de toda sensación y conocimiento. Aquella noche, en el breve tiempo transcurrido desde que se sintió desfallecer hasta que se le nublaron sus ojos …” (Miau, p105).
[7] “… cayó el pequeño en su letargo, inclinando la cabeza sobre el pecho, y entonces vio que no estaba solo … a su lado se sentaba una persona mayor … tenía su barba espesa y blanca, y cubría su cuerpo con una capa o manto … yo soy Dios. ¿No me habías conocido?” (Miau , p106).
[8] “La excelsa imagen repitió dos o tres veces el muy malos, moviendo la cabeza con expresión de tristeza; y desvaneciéndose en un instante desapareció. Luis se restregaba los ojos, se reconocía despierto y reconocía la calle. Enfrente vio la tienda de cestas … Reconoció también la tienda de vinos, el escaparate con botellas; vio en los transeúntes personas naturales, y a Canelo, que a su lado seguía, le tuvo por verídico perro. Volvió a mirar a su lado buscando un rastro de la maravillosa visión; pero no había nada. “es que me dio aquello – pensó Cadalsito, no sabiendo definir lo que le daba- ; pero me ha dado de otra manera”. Cuando se levantó tenía las piernas tan débiles que apenasa se podía sostener sobre ellas … ¡Contro|!, otras veces le había dado aquel desmayo; pero nunca había visto personajes tan … tan … no sabía cómo decirlo. Y que le vio y habló no tenía duda …Pensando de este modo dirigióse Luis a su casa con toda la prisa que la flojedad de sus piernas le permitía. La cabeza se le iba, y el frío de las piernas no se le había quitado andando.” (Miau, p109-110).
[9] “Por fin quedó Luis acostado. Había costumbre de no apagarle la luz hasta mucho después de dormido, porque le daban pesadillas, y despertándose con sobresalto se espantaba de la oscuridad.”(Miau, p120).
[10] “ dio cuenta de la puntual entrega de todas las cartas. Tenía hambre, frío y le dolía un poco la cabeza. Al regreso de la excursión se sentó en el pórtico de las Alarconas, pero no le dio aquello … El pobre niño había hecho tentativas para estudiar, que fueron completamente inútiles. Le dolía la cabeza y sentía como el presagio y el temor de la visión…” (Miau, p146).
[11] Alvaro LC, Martín del Burgo A. Trastornos neurológicos en la obra narrativa de Benito Pérez Galdós. Neurología 2007 ; 22:292-300.
[12] “… vino durante una hora en aquella militar diversión, marcando también el uno, dos, tres, cuatro, hasta que, sintiendo fatiga, se sentó en un rimero de baldosas. Entonces se le fue un poco la cabeza; vio que la mole pesada del cuartel se corría de derecha a izquierda, y que en la misma dirección iba el palacio de Liria …. Empezóle a Cadalsito la consabida desazón, se le iba el conocimiento de las cosas presentes, ser mareaba, se desvanecía, le entraba el consabido sobresalto, que era en realidad pavor de los desconocido; y apoyando la frente en une enorme piedra próxima que tenía, se durmió como un ángel- Desde el primer instante la visión de las Alarconas se le presentó clara, palpable, como un ser vivo … Intentó hablar, quizá prometer solemnemente que estudiaría, que trabajaría como una fiera, cuando se sintió cogido por el pescuezo.
- Hijo mío- le dijo Paca sacudiéndole- , no te duermas aquí, que te vas a enfriar.
Luis la miró aturdido, y en su retina se confundieron las imágenes de la visión con las del mundo real… Pero él tenía ganas de seguir durmiendo; su cerebro estaba embotado, como si acbase de pasar por un acceso de embriaguez; le temblaban las piernas y sentía frío intensísimo en laespalda. Andando hacia su casa le entraron dudas respecto a la autenticidad y naturaleza divina de la visión. “(Miau, p153-156)-
[13] “-No creo en Dios- replicó Víctor con sequedad; a Dios se le ve soñando, y yo hace tiempo que desperté.
Luisito escondió su faz entre las almohadas, sintiendo un frío terrible, malestar grande y todos los síntomas precursores de aquel estado en el que se le presentaba su misterioso amigo.” (Miau, p166).
[14] “Por fin se durmió, y tuvo una pesadilla, semejante a otras que en los casos de agitación moral turbaban su conciencia. Soño que iba por una galería muy larga, inacabable, con paredes de espejos , que hasta lo infinito repetían su gallarda persona. Iba por aquel inmenso callejón persiguiendo a una persona, a una dama aelegante … asombrándose de correr tras un fantasma, pero corriendo siempre … entonces Víctor despertaba sintiendo sobre si un peso tal que no podía moverse … (Miau, p173-174)
[15] Álvaro LC. Hallucinations and pathological visual perceptions in Maupassant’s fantastical short stories- a neurological approach. J Hist Neurosci 2005;14: 1-16.
[16] Álvaro LC, Martín del Burgo Á. Trastornos neurológicos en la obra narrativa de Benito Pérez Galdós. Neurología 2007 ; 22:292-300.
[17] Aquella noche estaba muy intranquilo, dormía mal, se despertaba a cada instante, y su cerebro luchaba angustiosamente con un fenómeno muy singular. Habiase acostado con el deseo de ver a su amigo el de la barba blanca, los síntomas precursores se habían presentado, pero la aparición no. Lo doloroso para Cadalsito era que soñaba que la veía, lo que no era lo mismo que verla” (Miau, p277).
[18] “Por poco sale tras él gritando: Papá, Papá, pero no hubo tiempo, y donde estaba se quedó … En esto sintió que se le nublaba la vista, y le entraba el intenso frío al espinazo. Fue tan brusca y violenta la acometida del mal que sólo tuvo tiempo de decirse: que me da, que me da; y dejando caer la cabeza sobre el hombro, y reclinando el cuerpo en la próxima esquina, se quedó profundamente dormido. Por un instante, Cadalsito no vio ante sí cosa alguna. Todo tinieblas, vacío. Al poco rato apareciose enfrente el Señor … Un portero con una carta en la mano despertó al chiquillo, que tardaba en volver en sí … el fresco de la calle despejóle un poco la cabeza” (Miau, p307-311).
[19] “Luis cogió pronto el sueño; pero a media noche despertó con los síntomas anunciadores de la visión … Lo primero que vio el chiquillo al adormilarse fue una extensión vacía, un lugar indeterminado, cuyos horizontes se confundían con el cielo, sin accidente alguno, casi sin términos, pues todo era igual, lo próximo y lo lejano … Allá lejos, muy lejos, distinguió a su amigo el de la barba blanca, que se aproximaba lentamente … pronto llegó delante de Cadalsito, sonriendo al verle … Pronunciada la última palabra, la visión desapareció súbitamente, y quedóse el buen Cadalso hasta la mañana, durante el sueño, atormentado por la curiosidad de saber dónde les encerraba …” (Miau, p384-389).
[20] “Sucedió más de una vez que Cadalsito, en su inquita vagancia dentro de la iglesia, se sentaba en algún banco solitario, sintiéndose acometido del mal precursor de la extraña visión. Más de una vez se dijo que en tal sitio, a poco que se adormilase, había de ver al señor de la barba blanca, por ser aquélla una de sus casas. Pero cerraba los ojos, haciendo como una mental evocación de la extraordinaria visita, y ésta no se presentaba. En alguna ocasión, no obstante, creyó ver al augusto anciano… pero no estaba muy seguro de que esto fuera así, y bien podía ser que se engañase, al menos, grandes dudas tenía sobre el particular .” (Miau, 263-264).
[21] “Esta hostilidad hacia la pobre criatura era semejante a la que se inició la víspera en el corazón de Abelardo contra su propio padre, hostilidad contraria a la naturaleza, fruto sin duda de una de esas auras epileptiformes que subvierten los sentimientos primarios en el alma de la mujer. No supo ella darse cuente de cómo tal monstruosidad germinara en su espíritu, y la veía crecer, crecer a cada instante, sintiendo cierta complacencia insana en apreciar su magnitud. Aborrecía a Luis, le aborrecía con todo su corazón. La voz del chiquillo le encalabrinaba los nervios, poniéndola frenética.”(Miau, p335)
[22] El chiquillo era un cómico, fingido y trapalón, bajado al mundo para martirizarla a ella y a toda su casta … Pero aún quedaba en Abelarda algo de hábito de ternura que contenía la expansión de su furor.”(Miau, p335).
[23] “Algo hubo en ella de ese estado cerebral (relacionado con desórdenes nerviosos, familiares al organismo femenil), que sugiere los actos de infanticidio” (Miau, p318)
[24] “Sí, Luisa padecía también aquellas horribles corazonadas de aborrecer a su progenitura, y cierta noche que le oyó quejarse, echóse de la cama y fue contra él, con las manos amenazantes, trocada de madre en fiera. Gracias que la sujetaron, pues si no, sabe Dios lo que habría pasado. Y Abelardo repetía las mismas palabras de la muerta …” (Miau, p336).
[25] “Despertó sintiendo el mismo furor hostil en su mayor grado de intensidad … la furia que había determinado su última acción se trocó súbitamente en espanto con algo de femenil vergüenza … Estaría toda la noche dándole golpes y no le acabaría de matar. “ (Miau, p336-337).
[26] Temkin, Owsei. The falling sickness. A history of epilepsia from the greeks to the beginnigs of modern neurology. The Johns Hopkins University Press, Baltimore and London, 1994.
[27] Álvaro LC, Martín del Burgo A. Dr Jekyll y Mr. Hyde: Un extraño caso de epilepsia al final del siglo XIX. LIX Reunión Anual de la Sociedad Española de Neurología. Barcelona, 2007.
[28] Ullman JC, Allison GH. Galdós as psychiatrist in Fortunata y Jacinta. An Galdosianos 1974; IX: 74-36.
[29] “Grandes fueron la alarma y turbación del anciano al notar que el memorialista le observaba con ademán sospechoso. Este animal me ha conocido y viene tras de mí, pensó Villamil, … sacando la cabeza con gran precaución y sin sombrero por un hueco de su escondite, vio al hombre-mono desorientado, mirando a derecha e izquierda …” (Miau, p416)
[30] “En último caso, si el orangután ese me ataca …” (Miau, p418).
[31] “El pobre chico de este modo burlado se llamaba Luisito Cadalso, y era bastante mezquino de talla, corto de alientos, descolorido, como de ocho años, quizá de diez, tan tímido que esquivaba la amistad de sus compañeros, temeroso de las bromas de algunos, y sintiéndose sin bríos para devolvérselas. Siempre fue el menos arrojado en las travesuras, el más soso y torpe en los juegos, y el más formalito en clase, aunque uno de los menos aventajados, quizás porque su propio encogimiento le impidiera decir bien lo que sabía o disimular lo que ignoraba” (Miau, p84).
[32] “Era un joven raquítico y linfático, de esos que tienen novia como podrían tener un paraguas … buen muchacho, orejas grandes, lentes sin cordón, bizcando un poco los ojos … poca sal en la mollera …” (Miau, 221).
[33] “El tipo fisiognómico de este hombre consistía en cierta inercia espiritual que en sus facciones se pintaba. Su frente era ancha, lisa, y tan sin sentido como el lomo de uno de esos libros rayados para cuentas, donde no se lee rótulo alguno. La nariz era gruesa en el arranque, resultando tan separados los ojos, que parecían estar reñidos y mirar cada uno por su cuenta y riesgo, sin hacer caso del otro. Su gran boca no se sabía donde acababa. Las orejas lo sabrían. Sus labios fruncidos parecía que se violentaban al desplegarse para hablar, cual si fuesen expresamente creados para la discreción” (Miau, 247).
[34] “Luisito llegó … y dio cuenta de la puntual entrega de todas las cartas. Tenía hambre, frío y le dolía un poco la cabeza … el pobre niño había hecho tentativas para estudiar, que fueron completamente inútiles. Le dolía la cabeza y sentía como el presagio o el temor de la visión, pues ésta, al par que le daba mucho gusto, causábale cierta ansiedad” (Miau, 145-146).
[35] “Algunas veces, antes de entrar, daba jaqueca a los porteros, contándoles toda su historia administrativa” ( Miau, p339).
[36] “Cierto que había dado disgustos y jaquecas sin fin a la difunta, pero ello consistía en la fatalidad de su buena figura”( Miau, p201).
[37] “Las noches que no iban las Miaus a rendir culto a Eiuterpe, tenía que aguantar Abelarda, por dos o tres horas, la jaqueca de Ponce …”(Miau, 217)















