La serpiente en el poder

Rosa Amor del Olmo

La escena se repite a lo largo de la historia: un líder encumbrado, un pueblo expectante y una mentira susurrada que corre como pólvora. Desde la primera fábula bíblica –aquella serpiente que tentó con un “No moriréis” en el Génesis, prometiendo conocimiento prohibido a cambio de desobediencia– hasta los discursos grandilocuentes del siglo XX cargados de falsedades patrióticas, la mentira ha sido compañera del poder. Sin embargo, cada embuste tejido desde lo alto deja un reguero de confusión y división. Las sociedades se tornan laberintos de incertidumbre, familias y comunidades se fragmentan en bandos irreconciliables, y las naciones sufren enfrentamientos dolorosos entre quienes otrora caminaban unidos. ¿Qué ocurre cuando aquellos llamados a guiar faltan a la verdad? Se rompe algo fundamental: la confianza que sostiene el pacto social y la noción misma de realidad compartida.

Un mal antiguo como el poder

La utilización de la mentira por parte de gobernantes no es novedad contemporánea, sino un mal tan antiguo como la civilización. Ya en la Antigüedad se intuía el poder del engaño: Platón aludió a la “mentira noble” en La República, y siglos después Maquiavelo recomendó con frialdad que el príncipe use la astucia y el engaño como armas legítimas para conservar su trono. La historia abunda en emperadores, caudillos y dictadores que moldearon narrativas falsas para justificar guerras, persecuciones o abusos, presentando sus ambiciones como cruzadas heroicas. Según análisis políticos recientes, crear enemigos inexistentes o exagerar amenazas ha sido una estrategia efectiva: un líder puede unir al pueblo en torno a sus mentiras y desviar la atención de problemas reales, utilizando el chivo expiatorio para distraer de la pobreza o la corrupción. Al invocar conspiraciones imaginarias o culpables convenientes, legitiman su autoridad y se presentan como salvadores en lucha contra un mal fabricado. No importa la época ni el color ideológico: la mentira en boca del poder se viste con ropajes de conveniencia, prometiendo prosperidad irreal o seguridad absoluta a cambio de lealtad ciega. Pero esas promesas falsas, como espejismos en el desierto, terminan conduciendo a la desilusión y al caos cuando la verdad sale a la luz.

Confusión y división en el pueblo

Las mentiras de los gobernantes tienen un efecto corrosivo inmediato en el tejido social: siembran confusión y alimentan la polarización. En la era contemporánea, algunos estrategas sin escrúpulos han entendido que “deconstruyendo la realidad compartida y sembrando confusión se puede polarizar aún más a la sociedad y sacar provecho en el plano electoral”nuso.org. La proliferación de informaciones falsas –los ahora célebres fake news– y la retórica de la posverdad instalan una especie de niebla permanente sobre los hechos. Cada facción abraza su propia versión de la realidad, hasta el punto en que la verdad objetiva parece irrelevante. El resultado es un país dividido en “tus hechos” contra “mis hechos alternativos”, una batalla interminable por definir la verdad en la que ya nadie se pone de acuerdo ni siquiera en los datos más básicos. Esta confusión deliberada no es un accidente, sino muchas veces un objetivo calculado: el caos informativo favorece a quienes buscan desorientar a la ciudadanía para explotarla. Analistas advierten que el uso sistemático de falsedades es profundamente dañino: genera desinformación, contribuye a la polarización social y crea una atmósfera de desconfianza generalizada hacia las instituciones. El pueblo, bombardeado por versiones contradictorias desde las altas esferas, acaba por no saber en qué o en quién creer. Así, donde antes había comunidad, surge la sospecha; donde había coherencia, reina la confusión. Divididos y recelosos, los ciudadanos fácilmente se enfrentan entre sí, víctimas de una arquitectura de engaños diseñada para que nunca unan sus voces contra quien mueve los hilos.

Erosión moral y verdad sitiada

Más allá de las consecuencias prácticas, la mentira en el poder conlleva una herida moral profunda. Un gobernante que miente de forma sistemática traiciona la esencia ética de su mandato y rompe el pacto de confianza con su pueblo. Repetir el engaño hasta la saciedad puede otorgarle victorias efímeras, pero a un costo gravísimo: la erosión de la honestidad como valor público. Cuando la ciudadanía comprueba que sus líderes falsean la realidad sin pudor, cunde el cinismo. Si la verdad deja de importar en la cúspide, ¿por qué habría de importar abajo? Poco a poco se instala la idea venenosa de que “todo vale” si sirve para ganar poder, minando los cimientos morales de la sociedad. Además, el líder mentiroso pierde no solo la credibilidad, sino la legitimidad ética ante sus gobernados. Como señala un columnista, la mentira recurrente destruye la confianza ciudadana, mina la fe en las instituciones y termina por destruir la autoridad de quien gobierna sin escrúpulos. En términos llanos, el político que engaña “les falta al respeto [a los ciudadanos], los considera incapaces de razonar y de sentir, no tiene ninguna consideración por la dignidad y la libertad” del pueblo, y en verdad ningún mentiroso merece la autoridad que se le ha conferido. La dimensión moral de esta conducta es clara: se ultrajan valores fundamentales como la honradez, la responsabilidad y la justicia. Y a largo plazo, incluso el propio gobernante acaba atrapado en sus farsas: las decisiones basadas en mentiras suelen ser desacertadas, pues ninguna falacia sirve para gobernar con sabiduría. Cuando la verdad está sitiada en las altas esferas, el bien común entero peligra.

Mitos, símbolos y profecías

Las grandes tradiciones culturales y religiosas entendieron pronto el poder destructivo de la mentira, dejándonos metáforas y alertas que resuenan hasta hoy. La Biblia, por ejemplo, contiene severas advertencias contra los líderes engañosos, a quienes presenta como falsos profetas disfrazados de mansos corderos: “Guardaos de los falsos profetas, que vienen a vosotros con vestidos de ovejas, pero por dentro son lobos rapaces” (sentenció Jesús). La figura del lobo con piel de oveja evoca a esos dirigentes que, con palabras melifluas y promesas seductoras, ocultan intenciones ruines y acaban devorando la confianza de su pueblo. De igual modo, la serpiente del Edén quedó como símbolo perdurable del político embaucador: promete grandezas, juega con verdades a medias, pero deja tras de sí un paraíso perdido. En el relato del juicio a Jesús, vemos otro potente espejo: allí la verdad misma fue puesta en entredicho por las autoridades. Testigos falsos intentaron incriminar al inocente, la multitud –azuzada por rumores y medias verdades– pidió la liberación de un culpable en su lugar, y Pilato, representante del poder imperial, lanzó al aire la pregunta cínica: “¿Qué es la verdad?”. Aquella interrogante, pronunciada hace milenios, resuena hoy con inquietante actualidad en sociedades donde la mentira se ha normalizado: ¿sigue existiendo la verdad cuando el poder la niega? Los símbolos bíblicos –la serpiente, el falso profeta, la injusticia contra el justo– funcionan como alegorías universales de las consecuencias del engaño. Nos recuerdan que toda mentira engendrada desde el liderazgo es, en el fondo, una traición: traición a la confianza depositada, al ideal de justicia y, simbólicamente, a lo sagrado de la verdad.

En última instancia, las mentiras de los dirigentes no solo distorsionan los hechos del presente, sino que erosionan el horizonte moral de un pueblo. Divididos por la desconfianza, los ciudadanos pierden la visión compartida de un futuro común. La confusión reinante allana el camino a más abusos, pues una sociedad enfrentada difícilmente puede unirse para reclamar cuentas a sus gobernantes. Pero, como bien enseñan la historia y los mitos, ninguna falsedad perdura para siempre: llega el día en que la realidad irrumpe y exige su tributo. Entonces, las máscaras caen. Y lo que queda es una lección tantas veces repetida –de los anales bíblicos a las crónicas modernas–: sin verdad, el liderazgo se pudre desde dentro y los pueblos sufren, divididos y heridos, hasta que son capaces de reivindicar de nuevo la luz clara de la verdad sobre las sombras tentadoras de la mentira.

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