La muerte de Valle-Inclán: cuando el esperpento cerró los ojos

Redacción

Hoy se cumple el aniversario de la muerte de Ramón María del Valle-Inclán, una de las figuras más singulares, incómodas y decisivas de la literatura española contemporánea. Falleció el 5 de enero de 1936, en Santiago de Compostela, a los sesenta y nueve años, dejando tras de sí una obra que no solo transformó la estética literaria de su tiempo, sino que proporcionó a España un espejo deformante —el esperpento— en el que todavía hoy seguimos reconociéndonos.

El final de una vida insumisa

Valle-Inclán murió tras una larga y dolorosa enfermedad, un cáncer de vejiga que afrontó con la misma mezcla de lucidez, orgullo y desdén por la convención que había caracterizado su vida. En sus últimos meses regresó a Galicia, su tierra natal, buscando reposo y cuidados, aunque nunca renunció del todo al trato con amigos, tertulias y conversaciones que aún alimentaban su espíritu crítico.

Fiel a su carácter indómito, dejó claras sus instrucciones para el entierro: no quería ceremonias religiosas ni gestos hipócritas. Su funeral fue civil, austero, casi abrupto. Incluso la naturaleza pareció acompañar la escena: lluvia, viento, un cielo gris que envolvió el cortejo fúnebre en una atmósfera casi teatral. El episodio final, con el féretro abierto accidentalmente durante la ceremonia, fue interpretado por muchos como una última ironía del destino: el creador del esperpento despedido con un gesto grotesco, impropio y profundamente simbólico.

Vida, máscara y metamorfosis

Nacido en Galicia en 1866, Valle-Inclán construyó su vida como una obra más. Estudiante de Derecho sin vocación jurídica, periodista, viajero, bohemio profesional, su figura se convirtió pronto en un personaje literario: capa, barba bíblica, gesto altivo, verbo afilado. Fue, en muchos sentidos, un actor de sí mismo.

Un accidente en un café madrileño, que derivó en la amputación de su brazo izquierdo, lejos de retirarlo de la vida pública, reforzó su aura legendaria. Desde entonces, su imagen quedó fijada en el imaginario cultural como la de un escritor mutilado, orgulloso y desafiante, que convirtió la desgracia en estilo.

Ideológicamente, su trayectoria fue compleja y cambiante. Pasó de simpatías tradicionalistas y románticas a posiciones cada vez más críticas con el poder, la corrupción y el atraso estructural del país. Vivió intensamente los conflictos de su tiempo, apoyó la renovación cultural, se enfrentó a dictaduras y abrazó con esperanza la llegada de la Segunda República, aunque nunca dejó de chocar con la burocracia y la mediocridad institucional.

Una obra total

Valle-Inclán escribió novelas, teatro, poesía, cuentos y ensayo. Pocos autores españoles han mostrado una ambición formal y una coherencia estética tan radical.

Su primera etapa, vinculada al modernismo, alcanza una de sus cumbres con las Sonatas, donde el lenguaje se vuelve música, decadencia y sensualidad. Le siguen obras de transición que exploran la tradición, el mito y la violencia ancestral, especialmente en el teatro rural gallego.

Pero su legado culmina con la invención del esperpento, una forma de mirar el mundo desde la deformación consciente, la caricatura cruel y la lucidez despiadada. Luces de bohemia marca un antes y un después en la literatura española: la tragedia nacional solo puede ser contada, según Valle-Inclán, desde la exageración grotesca, porque la realidad misma ya está deformada.

Novelas como Tirano Banderas o el ciclo inacabado de El Ruedo Ibérico confirman su voluntad de ajuste de cuentas con la historia, el poder y la impostura. Su lenguaje se vuelve experimental, mestizo, provocador, adelantándose a formas narrativas que florecerían décadas después.

El legado de un inconformista

Valle-Inclán no fue un escritor cómodo, ni lo es hoy. Su obra incomoda, hiere, ridiculiza. Pero precisamente por eso sigue viva. Introdujo una manera nueva de entender la literatura como arma crítica, como desmontaje de las máscaras sociales, políticas y morales.

El término esperpento ha trascendido la literatura para instalarse en el lenguaje común, prueba de hasta qué punto su mirada sigue siendo útil para describir la realidad. Su influencia se extiende al teatro contemporáneo, a la narrativa experimental y a una tradición crítica que entiende la cultura no como ornamento, sino como conciencia.

Epílogo

En la víspera de Reyes de 1936, mientras España se acercaba sin saberlo a uno de los abismos más oscuros de su historia, moría Valle-Inclán. Su voz se apagaba justo antes de que el país entrara en la tragedia que él había intuido, caricaturizado y denunciado durante años.

Recordarlo hoy no es un gesto ritual: es una necesidad. Porque mientras exista deformación, abuso de poder, hipocresía o miseria moral, el esperpento seguirá siendo una de las formas más lúcidas de verdad.

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