Inexistencia del amor

Rosa Amor del Olmo

El amor —tal como solemos imaginarlo— no existe.
No existe ese “algo” externo que creemos que los demás nos provocan, ese ente casi físico al que atribuimos forma, cuerpo y voluntad. Lo que llamamos amor es, en realidad, un estado interno: una disposición emocional que habita únicamente en nosotros. Y sin embargo, nos empeñamos en alojarlo en alguien concreto, en otorgarle rostro, piel, biografía. Cuando decimos “estoy enamorada de X”, lo que hacemos es vestir con nombre propio un sentimiento que ya vivía dentro de nosotros.

De ahí nace la confusión cuando afirmamos que “el amor se acaba”. ¿Cómo va a acabarse algo que nunca estuvo fuera de nosotros? Quienes cambiamos somos nosotros: nuestras emociones se transforman, nuestras percepciones se reordenan, nuestra mirada se desplaza. Pero al tener asociado ese sentimiento a un cuerpo, creemos que el cambio procede de la otra persona, o incluso del propio “amor”, como si fuese una materia perecedera. No lo es. Es nuestra propia mudanza interior la que clausura o inaugura estados afectivos.

Proyectamos sobre alguien ese halo que llamamos Amor igual que podríamos proyectarlo sobre la Verdad, la Fe o el Alma: conceptos sin sustancia física a los que, sin embargo, intentamos abrigar con un cuerpo. Necesitamos encarnarlos para poder manejarlos. Y así, confundimos el sentimiento con su depositario.

Por eso las personas se “enamoran” y se “desenamoran” con la misma facilidad con la que cambian de humor. No porque el amor sea voluble, sino porque lo somos nosotros. El sentimiento no depende del otro, depende de nuestra propia arquitectura emocional. Cuando evolucionamos —cuando crecemos, nos desilusionamos, nos agotamos u observamos desde otro ángulo— aquello que antes nos parecía sublime puede empezar a resultarnos ajeno. No porque el otro haya cambiado, sino porque nuestro estado interno ya no encaja con la forma que le habíamos asignado.

El enamoramiento es, en el fondo, un espejismo. Un deseo íntimo que busca materializarse como sea. ¿De verdad alguien “nos enamora” sin que exista en nosotros una predisposición previa? Yo no lo creo. Ningún hombre ni mujer altera nuestra vida sin que antes haya un terreno fértil en el que ese espejismo pueda prender. El ejemplo de Julieta es elocuente: Shakespeare sugiere que su desencanto previo había dejado en ella un hueco abierto. Romeo no creó el amor; lo habitó. El sentimiento ya existía, solo necesitaba cuerpo para poder hacerse visible.

El amor, pues, no es algo que recibimos. Es algo que proyectamos.
No se nos da: lo damos.
No se nos impone: lo fabricamos desde dentro.

En eso estamos —por ahora. Continuaré.

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