Arthur Groussier: el trabajo contra la guerra

Eduardo Montagut

En una pieza que publicamos hace unos años reflejamos el empeño de Arthur Groussier contra la guerra a través de un artículo que El Socialista publicó en junio de 1907. Ahora queremos insistir sobre lo mismo con otro artículo que, en 1910, publicaría Vida Socialista, en el número del 27 de noviembre de ese año. Antes recordaremos algunas claves de su intensa personalidad pública.

Arthur Groussier (1863-1957) fue una figura francesa de intenso compromiso en el sindicalismo y la política en el ámbito de la izquierda, además de constituir un protagonista clave en la historia de la masonería al establecer un Ritual que restauró el simbolismo en el Rito francés en 1938, y que se puso en marcha en 1955. Fue uno de los masones más comprometidos para mantener la Orden en los tiempos convulsos del régimen de Vichy. No se puede entender la masonería francesa de la primera mitad del siglo pasado sin acudir a Groussier, rigiendo desde los años veinte el Gran Oriente de Francia.

El trabajo publicado en Vida Socialista llevaba por título, “El trabajo contra la guerra”.

El político francés consideraba que los profesionales de la guerra pretendían que solamente ésta era la escuela de la energía y de la fortaleza, y que el pacifismo no era más que un dogma de la inercia y la cobardía. Por nuestra parte, nos parece ilustrativo cómo Groussier expresaba la crítica a una idea que tendría mucho éxito en vísperas de la Gran Guerra, y aún después ya en los ámbitos del fascismo y del hipernacionalismo. Ironizaba sobre si los “guerreros coloniales” franceses habían adquirido mucha energía, pero que, realmente ostentaban, de resultas de los combates en ese ámbito, un orgullo y una fatuidad desproporcionados en relación con los servicios que se imaginaban habían prestado.

Arthur Groussier

Los que consideraba “elementos de destrucción” se creían grandes ciudadanos, como si los primeros ciudadanos no fuesen el labriego que sembraba el trigo que a todos alimentaba, o el obrero que construía casas, así como, el que fabricaba los vestidos, el empleado, el comerciante que intercambiaba los productos, o el profesor que educaba a la juventud, y hasta el ingeniero que realizaba una nueva invención y el sabio que descubría una nueva verdad.

Los fanfarrones hablaban de su valor, pero Groussier recordaba el que desarrollaban el minero sin temor al grisú ni a los hundimientos cuando bajaba a la mina, o el de carpintero subido a una viga o un alero. Esos trabajadores corrían el riesgo de romperse los huesos. Los marineros afrontaban tempestades en livianas embarcaciones, mientras que los obreros fabriles trabajaban rodeados de engranajes, y de todo tipo de instrumentos, máquinas y aparatos peligrosos que podían segar con facilidad un miembro.

Los célebres combatientes hablaban de los peligros que habían afrontado y hasta presumían de heridas, pero se olvidaban de los peligros, de los heridos y hasta de los muertos del trabajo. Y para eso no había mejor emplear cifras. Groussier utilizó los datos de 1904. En ese año, y siempre en Francia, había habido 253.285 accidentes de trabajo, de los cuales 242.882 provocaron incapacidades permanentes, y 1.746 la muerte:

“¿Los guerreros arriesgaban la vida?, ¿y los trabajadores?”

Groussier daba más datos por sectores, comprobando que la proporción de los accidentes había sido de 5’2 por cada 100 trabajadores. Pero, además, en ese año de 1904 habían ocurrido 7.321 accidentes a mujeres, 2.338 a niñas y hasta 18.438 a niños, con cifras muy altas de incapacidad permanente para estos colectivos de trabajadores. El artículo era abrumador en datos con el fin de demostrar donde estaba el valor, incluidos los niños y las niñas.

Pero, es más, si mañana había un conflicto, como bien sabemos que pasó, serían los humildes trabajadores los que quedarían heridos y muertos en los campos de batalla.

Por eso, había que unir esfuerzos para hacer imposible la guerra. Por encima de los insensatos que no soñaban mas que con destrucción y devastación, había que colocar muy arriba a cuantos trabajaban, a cuantos construían y a cuantos pensaban, es decir a los trabajadores manuales y a los intelectuales, porque en ellos estaba la fuerza de los grandes pueblos. Había que trabajar para apartar a los hombres del pasado, a los que deseaban matanzas, a los que amaban el olor de la sangre, y dejar paso franco al trabajo.

Había que glorificar al trabajador manual e intelectual porque era el que producía riqueza, el que construía el tejido de la vida social. Groussier, intenso humanista, lleno de compromiso político y social, y con un acusado sentido fraterno masónico hacia un canto al trabajo, a los trabajadores manuales e intelectuales, a la mujer trabajadora también y se acordaba de los niños y niñas obreros frente a los que cantaban las glorias de la guerra y se enorgullecían de su supuesto valor en el campo de batalla. Sin lugar a dudas, una lección sin tiempo ni lugar.

En la hemeroteca digital encontraremos el anterior artículo sobre Groussier.

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