Sombras y prejuicios: una leyenda que interpela a Galdós

Rafael Hernández Tristán,  Universidad Complutense de Madrid

Resumen. Una leyenda apócrifa cuestiona el apego de Galdós a su tierra. La persistencia durante medio siglo del bulo está relacionada con la reacción a las voces que han negado la canariedad en la obra de Galdós (Clarín, 1912;  Unamuno, 1920) o han planteado el rechazo del escritor a la tierra donde se frustró su primer amor  (María Teresa León, 1943), a las que hay que añadir la del obispo Pildain en su particular batalla contra Galdós (1964). Las primeras reacciones que defienden la huella de la patria chica en la vida y obra de don Benito aparecen a principios de los años setenta (Ruiz y Cruz, 1973) y no han cesado de crecer desde entonces (Pérez Vidal, 1985; Arencibia, 2020) con el respaldo de los organismos oficiales de la cultura canaria. Poner en su contexto histórico la aparición y el papel de la falsa leyenda sobre Galdós puede ayudar a entender el alcance y significado de la canariedad del escritor.

Palabras claves: Leyenda apócrifa, canariedad galdosiana, Galdós canario universal.

Introducción

Como el propio escritor se encargaba de proclamar muy ufano (1), Benito Pérez Galdós nació en Las Palmas de Gran Canaria; concretamente, en la calle del Cano 33 (número de entonces), a las tres de la tarde del miércoles 10 de mayo de 1843. Por tanto, su canariedad en sentido estricto —haber nacido en Canarias— está fuera de toda duda. Sin embargo, cuando se habla de la canariedad de don Benito, suele aplicarse al término un enfoque más amplio, que incluye aspectos psicológicos y sentimentales, entre otros, con el objetivo de entender mejor la relación de Galdós con su tierra natal, indagar sobre su sentido de pertenencia a la misma y analizar hasta qué punto esa particularidad se refleja en su obra. Abordaremos la cuestión desde esta perspectiva, que permite una mejor aproximación a la compleja personalidad del escritor.

 Oscuro nacimiento de una leyenda

Un joven alto y delgado camina con las manos a la espalda por la explanada del muelle. Ha cesado de soplar el viento en el puerto de Santa Cruz de Tenerife, el calor aprieta a esa hora del inicio de la tarde. El joven se desabrocha su chaqueta oscura de paño, que ahora siente que le sobra. Se ha alejado unos metros del Almogávar para separarse de los corrillos de viajeros y acompañantes que se forman cerca de la escalerilla de acceso al barco. Con gesto abstraído, los ojos achinados, contempla el mar que brilla como una bandeja de metal deslumbrante. Cuando llega al extremo del pequeño muelle, se detiene y da la vuelta.

La motonave deja escapar la estridencia de su bocina, es el segundo aviso para subir a bordo. La mirada del joven, impasible como el planeo de un guirre, sobrepasa la masa informe de gente que se arremolina al inicio de la escalerilla, se detiene brevemente sobre el buque que pronto zarpará y prosigue su vuelo hacia el muelle blanco, el mar azul pálido y, más allá, las diminutas casas que trepan por las empinadas faldas de la montaña.

El tiempo parece detenerse. Los ojos entornados, la mirada que se tuerce, el rostro inexpresivo del joven que se inclina sobre un noray, se descalza y, primero un zapato, luego el otro,  los sacude contra el oxidado metal. Después endereza el cuerpo delgado y camina hacia el barco que en los próximos tres días será la prisión flotante que lo llevará hasta Cádiz.

Son las cuatro de la tarde del martes nueve de septiembre de 1862. El oficial que controla el acceso de pasajeros a la motonave comprueba que el nombre que figura en el billete del joven se encuentra en la lista de embarque: Benito Pérez Galdós.

La escena relatada en los párrafos anteriores pudo existir…, pero nunca existió, aunque muchos han hablado de ella. ¿De dónde partió esta absurda historia? ¿Quién la inventó? Dice el biógrafo Ortiz-Armengol (2000) que la escuchó en algunos círculos galdosianos canarios, pero que nunca la vio (ni él ni nadie) escrita, ni obtuvo la menor pista del nombre de su autor o autores. La falsedad de la historia — un remedo de la anécdota atribuida a Teresa de Ávila— es tan evidente como lo es el éxito de su propagación, que ha llegado a nuestros días.

El apócrifo bulo —quizás esto sea un oxímoron— comenzó a escucharse a principios de los años setenta del siglo pasado, un momento de sombras en el que se había extendido una opinión, defendida por algunas voces relevantes, que cuestionaba la huella de su tierra natal en la obra de Galdós.

 El aldabonazo de Clarín

El primer autor discrepante sobre la canariedad de la obra galdosiana fue Leopoldo Alas «Clarín» (1912). No era una opinión cualquiera, viniendo de un famoso escritor que, además de ser un gran amigo de Galdós, se constituía en su primer biógrafo de prestigio. Tampoco fue una opinión contenida, abierta a ciertos matices, sino de una contundencia que no admitía la menor fisura en su interpretación:

«De lo que no hay ni rastros en sus novelas es del sol de su patria; ni del sol, ni del suelo, ni de los horizontes; para Galdós, novelista, como si el mar se hubiera tragado las Afortunadas… jamás ha escrito nada que pueda hablarnos de los paisajes de su patria; no sueña con el sol de sus islas… a lo menos en sus libros. Jamás ha colocado la acción de sus novelas en su tierra, ni hay un solo episodio o digresión que allí nos lleve…».

Aunque lo que quizá resultó más demoledor para muchos galdosianos canarios fue que la rotunda opinión de Clarín no obtuviese respuesta de quien mejor podía hacerlo: el propio biografiado, que tres años más tarde, en 1915, dictaba sus Memorias de un desmemoriado. Para mayor consternación de esos galdosianos, el escritor afirmaba en las Memorias que no tenía nada que decir sobre su infancia y adolescencia en Canarias, que esa era una etapa de su vida sin el menor interés. Es decir, que Galdós dio la callada por respuesta a la negación de canariedad en su obra, actitud que en la tradición de nuestro país suele interpretarse como un asentimiento.

Pocos años después, en 1920, en un acto de homenaje póstumo a Galdós (2), Miguel de Unamuno suscribirá la opinión de Clarín sobre la total ausencia de su tierra en la obra del escritor canario:

«Galdós había nacido en la Gran Canaria, y el Atlántico debió de haber brizado los ensueños de su niñez, pero se fue a Madrid, al centro de la paramera manchega, y pareció olvidar el ritmo rumoroso de su mar materna. A pesar de sus temporadas en Santander, no se oye a la mar en sus obras. Su estilo es de tierra adentro, o, más bien no es de tierra, sino de calle, de calle de cafés y de redacciones de periódicos. No se oye nunca en su obra el canto del Atlántico…».

Sin embargo, no todos los galdosianos canarios se tomaron mal la falta de presencia del terruño natal en la obra de Galdós. Algunos, como los hermanos Millares (Luis y Agustín), intelectuales librepensadores y heterodoxos, buscaron una explicación plausible a esa ausencia:

«Los temas modestísimos de la vida canaria, entonces más aburrida y rutinaria que la actual, no podían conmoverle ni gravarse como recuerdo decisivo en la inspiración de aquel muchacho de 18 años que, al llegar a Madrid, encuentra en el medio amplio de la capital, entonces alma y vida de toda la nación, el ambiente revolucionario con su bautismo de sangre generosa y su fe en el triunfo, en aquel ideal romántico que todos creyeron término de la felicidad humana — libertad, igualdad, fraternidad —…». (Hermanos Millares, 1919).

Vinieron después muchos años de calma, décadas de remanso en las isleñas aguas galdosianas, no porque la cuestión fuera olvidada, sino porque toda la actividad cultural pasó a un segundo plano durante el tiempo oscuro de la confrontación civil y la posguerra que desgarraron a la sociedad española. 

Amor desterrado

            María Teresa León (1943) sorprendió a todos cuando, desde Buenos Aires, desveló la existencia de «Una mujer de Galdós que no está en sus novelas». La escritora aportaba un enfoque inédito que nada tenía que ver con la obra del escritor y que venía indirectamente a reforzar la teoría del desapego de Galdós por su tierra natal. En Las Palmas, cuando era un joven veinteañero y romántico, la familia le había obligado a romper el noviazgo con su prima Sisita, hija natural de su tío cubano José María Galdós y la norteamericana Adriana Tate.

La fulminante intervención en este episodio de doña Dolores, madre de Benito, mujer severa y autoritaria, indignada ante la posibilidad de que el fruto del pecado fraterno fuera a meterse en su propia casa para arrebatarle al benjamín, aceleró la marcha de este a Madrid y la expulsiónde Sisita, reclamada en Cuba por su padre para casarla con un rico hacendado.

La pérdida dramática de su primer amor — Sisita moriría antes de los veintiocho años — dejó una profunda tristeza en el joven Galdós, una herida que lo afligió durante años (Hernández Tristán, 2020) y que para María Teresa León sería la semilla del resentimiento hacia la isla que había sido escenario de su desgracia:

«Pensadle romántico al aleteo de la brisa, golpeándole la frente y el pecho y las manos y la boca, que jura no pisar más aquella isla donde le hicieron pagar a su juventud tan alto portazgo».

El obispo tercia en la polémica

             En agosto de 1964, el obispo de Gran Canaria, Antonio Pildain y Zapiain, publicó una «Carta Pastoral sobre la Casa-Museo de Pérez Galdós» (3), en la que descalificaba radicalmente la obra de don Benito, que repudiaba por hereje y anticlerical. La Carta Pastoral era una protesta virulenta contra la Casa-Museo recientemente inaugurada en la ciudad. El obispo hizo un uso torticero de la canariedad de Galdós para atacarle en su propia tierra. Eligió para ello lo que consideraba el flanco más débil de don Benito para los canarios: el aparente desapego del escritor por su tierra natal. Al margen del paladino interés del prelado, que solo buscaba negar la obra del novelista, lo cierto es que su opinión en este punto se apoyaba en Clarín y Unamuno, citados por el obispo como referentes de autoridad.

Detrás de las palabras incendiarias, Pildain, hombre culto e inteligente, supo tender la trampa con astucia. Los dos grandes escritores citados nunca negaron explícitamente el amor de Galdós por su tierra, se limitaron a constatar que esta no aparecía en sus novelas. El obispo da una vuelta de tuerca a esa observación y la lleva al terreno moral: Galdós es un traidor a Canarias (y a los canarios) porque se niega a escribir sobre ella.

Uno de los apartados de la pastoral, que titula: «Las obras de Pérez Galdós desde el punto de vista canario», lo comienzael obispocon una pregunta retórica: « ¿Qué le debe Canarias a Galdós escritor? ». Sin perder el tiempo en rodeos, Pildain contesta rotundo: «Nada, absolutamente nada, algo peor que la nada misma, porque representa el silencio total, la preterición absoluta de su ciudad natal, de su tierra canaria, y de cuanto a ella se refiera. En toda una extensísima obra literaria de más de cien volúmenes, entre novelísticos y teatrales, no se halla ni una página, siquiera referente a Canarias».

            A continuación, enérgico y reiterativo como un pastor antiguo ante su grey, el obispo remacha en el clavo de la falta de canariedad de don Benito. No se parará en matices, utilizará adjetivos de trazo grueso, enérgicos, lapidarios: «Caso ultraexcepcional, monstruoso, único en toda la Historia de la Literatura y no sólo de la Literatura Española, sino de la misma Literatura Universal. No se conoce en la Historia, ni en el mundo otro caso de un literato que, habiendo escrito más de cien volúmenes entre novelas y obras teatrales, no haya tenido, a lo largo de todas ellas, ni una sola página dedicada, o siquiera simplemente alusiva a su tierra».

La irrupción jupiterina del prelado tuvo una gran repercusión local. En todos los rincones de la isla se escuchó, con el mismo temor que un poderoso trueno, aquella voz estentórea que, a través de las ondas de Radio ECA, la emisora episcopal, cabalgaba a lomos de la santa ira arrojando leña al fuego del debate sobre la canariedad de Galdós.

Nadie salió al paso de un ataque tan descarnado contra don Benito y su obra,  los tiempos de la Dictadura no eran los mejores para polemizar con un obispo… Aunque quizás lo peor para la imagen de Galdós no fue que nadie saliera a defenderla, sino que muchos galdosianos canarios cayeran en la trampa tendida por Pildain.

Dos años después de escribir la Carta Pastoral, el prelado pidió ser relevado de su cargo por motivos de salud. Falleció en Las Palmas el 7 de mayo de 1973.

Los primeros ecos indignados

            Seguramente, nunca sabremos cuándo se originó la falsa historia de los zapatos desempolvados por Galdós, menos aún el nombre de sus fantasiosos inventores. Es muy posible que todo ello quede en la sombra,  pero sí podemos aproximarnos al momento en que emergió en la literatura especializada y alcanzó cierto eco entre los galdosianos canarios.

            Enrique Ruiz de la Serna y Sebastián Cruz Quintana, en Prehistoria y protohistoria de Benito Pérez Galdós (1973), la citan expresamente: «Una estúpida leyenda…». Más tarde volveremos sobre esta importante obra, pero dejemos aquí constancia de que el bulo, una vez publicado, se extendió con rapidez. Con un estilo que no rehuía la polémica ni ocultaba el sentimiento de indignación, Ruiz y Cruz se convirtieron a partir de entonces en pioneros de un sector isleño galdosiano comprometido con la defensa de la canariedad de la vida y obra de Galdós.

Y llegó la hora de destruir añejos prejuicios

Mayor eco aún tuvo en el universo galdosiano el ensayo de José Pérez Vidal: Galdós: años de aprendizaje en Madrid (1862-1868). La obra, aparecida en 1987, fue editada por la Vicepresidencia del Gobierno de Canarias, circunstancia que la revistió de un cierto halo oficial. En todo caso, el ensayo tuvo una innegable influencia sobre la postura de las instituciones locales en defensa de la canariedad de Galdós y contribuyó a reforzar este enfoque entre los galdosianos insulares.

Pérez Vidal plantea la canariedad de Galdós en la Introducción, aunque sea esta una cuestión que no guarda relación alguna con el contenido posterior del ensayo. Un detalle este nada habitual en la literatura ensayística, que el autor justifica (excusatio non pedita…) porque «puede contribuir a destruir añejos prejuicios y favorecer después una lectura más descansada, limpia y provechosa» del escritor. El biógrafo no habla directamente de la anécdota de las zapatillas galdosianas, aunque parece referirse a ella indirectamente:

«Ante todo conviene anotar que no se ha observado en Galdós ningún indicio de esa actitud hostil a su familia y su isla que tantas veces le han atribuido escritores mal informados o malintencionados…».

Brilla el acero en las palabras del investigador, que suenan con excesiva vehemencia en un trabajo académico, un ámbito donde suelen cuidarse las adjetivaciones dirigidas a otros autores. Quizás esa dureza sea un reflejo defensivo relacionado con la fragilidad de los argumentos que Pérez Vidal utiliza a continuación:

«Al revés, especialmente durante los años de que aquí se trata (1862-1868), Pérez Galdós vive en estrecha relación con sus paisanos —en la pensión de la calle de las Fuentes, en la tertulia canaria del café Universal, en la Universidad— y vuelve varias veces a su casa — en los primeros veranos, en el otoño de 1866—… Dos veces —en 1863 y 1864 — aduce el viaje que ha tenido que hacer “desde ultramar” como disculpa ante el Rector de su retraso en la solicitud de matrícula. Esta procedencia ultramarina, poco valorada, se debe tener muy presente, entre otros motivos, para no exagerar, por meras apariencias, la madrileñización del ilustre canario. Pérez Galdós siempre examinó la vida española un poco desde fuera, con ojos extraños y totalizadores… Su ligadura a Madrid se debió principalmente al encadenado desarrollo de sus actividades literarias…».

Hechos tan triviales como asistir a una tertulia (Galdós acudió a muchas en su primera época en Madrid), la pensión en la que vivió el primer año (nada se dice del cambio de alojamiento y compañía en los siete años siguientes) o su asistencia a la Universidad —que, por cierto, pisaba muy poco— son presentados por Pérez Vidal como pruebas inapelables de la estrecha relación del escritor con sus paisanos. Es difícil entender que esta cuestión, en un hombre de la bonhomía de Galdós, pueda extrañar a nadie. Como es lógico, cuando el joven Benito llegó a Madrid, conservó la amistades que traía de Las Palmas y las amplió con nuevos amigos canarios…y peninsulares. ¿Tiene esto algo que ver con la canariedad de Galdós? Por no hablar de exageraciones abstrusas, como citar los tres veranos que pasó en Las Palmas hasta 1866, pasando por alto que en los cincuenta y cuatro años siguientes solo volvió dos veces a su tierra natal, o aquellas otras, simplemente, insustanciales: Canarias estaba muy lejos, en Ultramar, para justificar la persistente ausencia. Finalmente, al severo defensor de la canariedad de Galdós no le importa incluir esa pintoresca observaciónque, por lo visto, no requiere demostración, aunque deje el mayor desasosiego en la multitud de lectores de los Episodios Nacionales: «Pérez Galdós siempre examinó la vida española un poco desde fuera, con ojos extraños y totalizadores».

Estos y otros argumentos han sido utilizados posteriormente por un buen número de galdosianos canarios, que han añadido otros nuevos, casi siempre sin abandonar un cierto tono elegíaco, defensivo y contestatario. Luis Muñoz León (2012), por citar un ejemplo, habla de la «insidia sobre Galdós» al referir la anécdota-leyenda del polvo de los zapatos del escritor en la despedida de Canarias. Como en los casos anteriores, tampoco se indica aquí ninguna fuente sobre el origen del infundio. 

Aunque quizás lo más destacable es que muchos de esos autores insisten en vincular la canariedad de Galdós a su obra — ¡la trampa de Pildain! —, error equivalente a confundir, como si de un mismo hecho se tratase, la vida y la obra de un autor.

La canariedad de Galdós se hace oficial

A partir de los años setenta, se consolida la posición oficial de la cultura isleña sobre Galdós y su canariedad que ha llegado hasta nuestros días.  Así pudo apreciarse, entre otros actos y publicaciones, en el programa de TVE dedicado al centenario de Galdós, muy representativo de esa opinión institucional que, entre otras consideraciones en torno a la vida y pensamiento del escritor, valoró la efemérides como un momento oportuno para reivindicar la canariedad del escritor:

«Esa leyenda que hay de que Galdós no quería ser canario es rotundamente falsa. Aquí en la Casa hay documentación que lo acredita perfectamente. Cualquiera que haya leído a Galdós ve en sus personajes, en la manera de escribir de él, expresiones canarias, nombres canarios. ¿Cómo que no? Eso es una leyenda negra que, afortunadamente, ya está pasando…, espero» (4).

No podía faltar, una vez más, el empeño en confundir la canariedad de Galdós con el uso de expresiones y nombres canarios en sus novelas. Este planteamiento, relacionado con el lenguaje utilizado en su quehacer literario, encierra una paradoja cuando se quiere presentar como aval de la canariedad en la obra del escritor.

Don Benito era un maestro del lenguaje, cuidaba con esmero que sus personajes hablaran de forma coherente con las características que les había atribuido en la ficción: un andaluz debía hablar como tal, y así un castellano o un aragonés; al igual que un señorito, un menestral o un campesino debían atenerse al lenguaje que tendrían en la realidad. Sin embargo, al carecer su obra de personajes y ambientes canarios, don Benito se veía obligado a corregir sus originales para evitar que se le escapara algún canarismo. De vez en cuando, a pesar de sus esfuerzos, en algún personaje que no debía se colaba alguna voz propia del idiolecto original del escritor, como han señalado filólogos y expertos en lexicología (5). Este hecho, en contra de lo que se sugiere en el programa de televisión que acabamos de comentar, revela una canariedad encubierta que Galdós trataba de evitar cuando escribía. Es difícil hablar de una manera y escribir de otra. Pese a que eliminaba de sus galeradas los canarismos, don Benito nunca perdió la memoria isleña; por eso el inconsciente le jugaba una mala pasada cuando en los textos aparecían donde no debían voces como agüitagaveta o llevar a la pela, que, por otra parte, utilizaba normalmente en su vida familiar. Que esos y otros términos escaparan a la autocensura del escritor, no indica que sea un acto de afirmación consciente de su canariedad; muy al contrario, solo demuestra que la memoria de Galdós seguía ciertos patrones descritos por la Psicobiología: en etapas precoces del desarrollo del lenguaje, determinadas voces se almacenan a nivel profundo y más tarde se incorporan como automatismos al idiolecto del adulto.

En el mismo programa conmemorativo del centenario de Galdós, se menciona la cena-homenaje que, el 9 de Diciembre de 1900, la colonia canaria de Madrid ofreció a don Benito (6). Sin embargo, no se mencionan las palabras de Galdós en ese acto, sino las de Nicolás Estévanez, a quien se atribuye la opinión de que «era una auténtica calumnia que se dijera que Galdós hubiera olvidado a su tierra», palabras ante las que se afirma que don Benito lloró emocionado. Estas afirmaciones no figuran en el texto que se elaboró como acta del evento («Entre canarios. Homenaje a Benito Pérez Galdós», 1900). En el mencionado programa televisivo se citan también otras palabras de don Nicolás que sí aparecen en las actas: «No sé de dónde han sacado algunos la peregrina idea de que el amor a la patria chica excluye el culto a la grande: son dos cosas perfectamente compatibles, como el amor a la madre con el cariño a la abuela…». Esta opinión de don Nicolás no defiende, sino todo lo contrario, ningún compromiso de canariedad en términos excluyentes con la nación española, idea coincidente con la de Galdós. Aunque quizás, llegados a este punto, lo más interesante sea darle la palabra al protagonista del homenaje para conocer lo que realmente dijo en aquella ocasión.

Lecciones de una cena memorable

El 12 de enero de 1901, don Benito escribe una carta a su amigo Fernando León y Castillo, entonces embajador en París, dándole cuenta de la cena-homenaje celebrada unas semanas antes:

«Aunque la cosa ha perdido ya todo interés, te mando un ejemplar de dicho folleto. En cuanto al speech leído, a que me obligaron las circunstancias, y que fue para mí la más angustiosa de las sorimbas, yo no podía decir a nuestros paisanos más que lo que les dije, levantando el espíritu y entonando el sursum cordae. La situación de nuestro archipiélago y la de España exigen que se hable con mucha cautela de este asunto y que se nombre al coco lo menos posible» (7).

Efectivamente, el objetivo de aquel acto no era ensalzar la canariedad de Galdós, sino contrarrestar el desánimo insular tras las pérdidas coloniales del 98, alentado por alguna potencia extranjera, y evitar que cundiera el desapego de los canarios por la madre patria. Por eso, en el acto de homenaje las palabras del escritor no pudieron ser más elocuentes:

            «…ha llegado la hora de avivar en nuestras almas el amor a la patria chica para encender con él, en llamarada inextinguible, el amor de la grande…La preferencia del terruño natal debe ahora ensanchar sus horizontes, llevándonos a querer y venerar con mayor entusiasmo el conjunto de tradiciones, hechos y caracteres, de glorias y desventuras, de alegrías y tristezas que constituyen el hogar nacional, tan grandes que sus muros ahumados no caben en la Historia».

Para Ávila Arellano (1994), este discurso revela que la patria de Galdós es «una patria espiritual sin compartimientos geográficos ni temporales», por encima de abruptos enfrentamientos territoriales, igual que él como canario trasterrado ya se había librado de «las mezquindades que el reducido territorio insular suele generar poco a poco en sus habitantes».Dice Ávila que Galdós aprovechó la cena-homenaje de 1900 para «insistir en esa lección de patriotismo canario-nacional que él practicaba», algo que Salvador de Madariaga ya había definido como «el españolismo universal del canario Benito Pérez Galdós».

Estamos, por tanto, ante el discurso-exhortación de un patriota español para el que la patria chica debe subordinarse y usarse como instrumento al servicio de la patria grande, España, principal depositario y merecedor de los grandes amores y sacrificios de sus ciudadanos. Un auténtico testimonio, casi un testamento político, presentado precisamente en una reunión de notables canarios. Añade Ávila que ser canario suponía una ventaja para don Benito, al privarle del «ancestral particularismo peninsular»,  lo que le permitía una mayor imparcialidad a la hora de observar los acontecimientos históricos: «Cuanto más canario era, más español. Fue testigo, desde la posición privilegiada de su balcón canario, de unos problemas españoles tan universales y acuciantes que no dejaban espacio para lo particular regional». Ávila insiste en que «ahí está el fundamento de la aparente disociación entre la vida canaria del escritor y el españolismo universal de su obra».

Sin embargo, en aquella cena-homenaje no faltaron quienes, adelantándose más de sesenta años a la trampa de Pildain, no podían entender la aparente contradicción entre la vida y la obra de Galdós y, cómo no, aprovecharon la ocasión para reivindicar una canarización militante del escritor. Defensor de esta visión, todavía reconocible en nuestros días, el joven periodista y político lagunero Manuel Delgado y Barreto llegó a pedirle insistentemente a Galdós que escribiera sobre su tierra:

«Canarias necesita un libro que vaya diciendo al mundo las bellezas de aquellos bosques semivírgenes; un heraldo que pregone la fecundidad de aquellas verdes llanuras, la limpidez de aquellas aguas que refrescan nuestros campos, la pureza de aquellas brisas africanas, y la majestuosidad grandiosa del Teide… Sí, nuestro pueblo necesita una obra, trasunto fiel de sus costumbres, de su vida, de su sentir, pensar y querer, y por suerte y para honra suya cuenta con un hijo ilustre que puede ofrecérsela magnífica, soberbia… ¡tan soberbia como el Teide! Es una aspiración unánime que en grito suplicante llega a la cima gloriosa que ha tiempo alcanzó el autor insigne de los Episodios Nacionales. Él no lo desoirá, porque sabe que atendiéndolo proporciona júbilo sin medida a su país querido, a la vez que enriquece con una nueva joya el tesoro de nuestra literatura nacional. Brindad, pues, como yo brindo, porque nuestro gran Galdós satisfaga aquellas aspiraciones, dando a la publicidad un libro, un heraldo que pregone por el mundo los encantos de la tierra canaria».

Don Benito, a su manera, contestó sin mencionarla a esta encendida intervención. Primero, con el elocuente silencio a tan estrafalaria demanda de canarizar su obra y, sobre todo, con sus palabras y actitud intelectual, que cabría resumir en la frase: la preferencia del terruño natal debe ahora ensanchar sus horizontes (Pérez Galdós, B. En: La fe nacional…, 2013).

Nuevos argumentos sobre la canariedad de Galdós

El año del centenario de Galdós ha sido pródigo en actos, exposiciones, programas de televisión y ediciones conmemorativas sobre el gran escritor. Como ya hemos podido comprobar, no han faltado voces que han reclamado la canariedad como requisito básico para entender a don Benito. Sin embargo, como hemos comentado, no es fácil encontrar argumentos sólidos sobre la presencia de las islas en la obra literaria de Galdós. En la obra quizás más representativa del panorama galdosiano actual pueden encontrarse dos ejemplos que ilustran muy bien los esfuerzos que se requieren para acometer tan ardua tarea.

En Galdós. Una biografía (2020), Yolanda Arencibia comenta (p.96) un texto de Galdós publicado en El Ómnibus el 1 de diciembre de 1866. Como dice la autora, se trata de un folletín de «siete capitulillos», que cuenta la historia del palanquero del órgano de la catedral de Las Palmas, una especie de Cuasimodo que «guarda el poder de transformar el aire en música». Con ecos evidentes de Víctor Hugo y de Bécquer, entre otros, Necrología de un prototipo, que así se llama el relato, es una obra postromántica que trata de un ser espectral, un deforme habitante de las sombras tocado, sin embargo, por un halo celestial, utilizando la clásica simbología de la fealdad del cuerpo en contraposición con la belleza del alma…¿Y qué importancia puede tener este folletín postromántico del joven Galdós, tan alejado del inconfundible estilo realista que años más tarde haría famoso al gran novelista? ¿Será una anécdota traída a colación para ilustrar las dudas e influencias que en ese momento todavía acechan y enredan al joven aprendiz de escritor? No, sorprendentemente, el motivo declarado por su autora para desempolvar ese cuento por entregas es demostrar la canariedad presente en la obra de Galdós y, de paso, rebatir nada menos que a Clarín:

« ¿Puede seguir repitiéndose que “para Galdós novelista, como si el mar se hubiera tragado a las Afortunadas”, la frase tan repetida que Leopoldo Alas consagró?».

Insistiendo en esa línea argumental, la biógrafa afirma que estamos en presencia de un relato canario por el personaje, el ambiente, el léxico, etc.: 

« Es un relato de temática y simbología universales, y abundante en citas literarias, igualmente universales. Don Benito, sin embargo, lo ató a la geografía cercana de Las Palmas».

No obstante, es difícil dejarse llevar por el entusiasmo ante este hallazgo que, en ningún caso, puede ser considerado el santo grial de la canariedad galdosiana; no puede serlo un folletín de periódico aparecido cuando Benito tenía veintitrés años (hasta el tratamiento de Don a esa edad parece excesivo), cuatro antes de que publicara su primera novela. No parece que un cuento postromántico del joven Galdós posea entidad suficiente como para asentar sobre él la canariedad de su obra. Una afirmación de tal calibre quizás necesita algo más que la aparición en el folletín de algunas breves referencias a la catedral y su entorno, o algunos trazos de ambiente marinero como «tasajo, naufragio, marinero, arribar a una playa, de banda a banda, troneras, amainar, arriar, remolcar, el baño de mar…», vocablos que, por otra parte, no tienen ninguna connotación específicamente canaria. Este relato primerizo no puede ocultar el hecho irrefutable de que las islas y sus habitantes no aparecen en las 77 novelas de don Benito, como tampoco aparecen en las 24 obras de teatro, ni en los otros 23 cuentos que, en conjunto, constituyen la abrumadora producción galdosiana. Por todo ello, Necrología de un prototipo, lejos de ser una prueba de la canariedad de la obra de Galdós, sirve para demostrar justamente lo contrario: es, si acaso, la excepción, la minúscula anécdota buscada con lupa, que confirma la regla general de la ausencia de su tierra natal en la obra del escritor.

En la biografía citada (pp.111-112), cuando se habla de la influencia de Magdalena Hurtado de Mendoza, viuda de Domingo Pérez Galdós, sobre su cuñado Benito, podemos encontrar otro ejemplo del interés por demostrar la canariedad en la vida y obra de Galdós:

«En Madrid, Magdalena se encuentra algo más tranquila, pero nada quiere saber de la isla en donde perdió a sus seres más queridos. No permite que en su presencia “se hable de Las Palmas, ni de las fincas nuestras allí”. Todos respetan y miman a la “tirana”, llena de manías, voluntariosa, enferma y voluntariosa siempre… Y será Magdalena la primera lectora de Benito, quien prescindirá en sus escritos “de todo recuerdo de Canarias” para no disgustarla. Lo cumplió a rajatabla mientras ella vivió, “con el cariño y caridad tan grandes que el tío tenía”. “Cuando Madrina murió ya pasaba él de los cincuenta años y (hasta) entonces en su producción literaria solo menciona su infancia sin interés ninguno”. Y fue por la misma razón por lo que “en todo el tiempo que transcurrió hasta la muerte de Madrina ni una sola vez fue el tío Benito a Canarias, ni aún en el 87, con la enfermedad y muerte de su madre”».

Sorprende que pueda   atribuirse a Magdalena Hurtado de Mendoza, en sus últimos años una mujer vulnerable por la enfermedad y la depresión, el ominoso papel de censora compulsiva de su ilustre cuñado, al que no solo prohíbe escribir sobre Canarias, sino visitar de vez en cuando su tierra natal. La prueba que sustenta una acusación tan grave, que hace de Galdós un pelele en manos de la tirana Magdalena, proviene de unas afirmaciones de José Hurtado de Mendoza entrecomilladas en el texto y que, en nota aparte, se indica que «se refieren a secuencias de distintas cartas del epistolario dirigidas por don Pepino al gran amigo Gregorio Marañón Moya en fechas diferentes de enero y febrero de 1929. Se conservan en el archivo de Gregorio Marañón Beltrán de Lis (AGM)» (p.771).

Es decir, que la clave de arco de este relato, que convierte a la cuñada Magdalena en censora y represora de la canariedad de Galdós, se apoya en las cartas escritas por su sobrino don Pepino al doctor Marañón nueve años después de la muerte del escritor. Resulta llamativa la conclusión a la que se llega por este insólito camino: «Hoy tenemos claro que no hubo en Galdós menosprecio alguno hacia su tierra de origen…». Una afirmación sorprendente: no se necesitaban tan retorcidas alforjas para ese viaje. Para llegar a esa conclusión no era necesario convertir a Magdalena Hurtado de Mendoza en censora y represora de la canariedad de su cuñado. Lo único que demuestra el testimonio del sobrino es que Magdalena quería olvidar los sufrimientos que pasó en Las Palmas (sobre todo la dramática pérdida de su único hijo y la prematura muerte de su marido) y que prefería no hablar de nada que se lo recordase, cuestión muy humana que, como parece lógico, todos respetarían en su presencia. De eso a ser la primera lectora de Galdós y censurar sus obras va un abismo, por mucho que don Pepino le atribuyera a su tía esa capacidad, igual que la de coartar la libertad del escritor de viajar a su tierra natal. Puestos a especular, puede que José Hermenegildo buscara, él mismo, una explicación a lo que en el fondo le intrigaba y quizás le entristecía: la ausencia de Canarias en la obra de Galdós y las escasas visitas de este a Las Palmas. Por lo demás, la inverosimilitud de la especulativa conclusión se cae por su propio peso: Magdalena murió en 1894, cuando Galdós tenía cincuenta y un años; es decir que, de ser cierto el papel censor de su cuñada, don Benito dispuso de 26 años para escribir todo lo que quisiera de su tierra natal y de visitarla cuantas veces se le antojase. No hizo lo uno, sus obras siguieron impermeables a la canariedad así entendida (recordemos que veinte años después del fallecimiento de Magdalena todavía se negaba en sus Memorias a hablar de los años que pasó en Las Palmas), ni lo otro: su último viaje a Las Palmas lo hizo precisamente en 1894, coincidiendo con el fallecimiento de Magdalena y, hasta su propia muerte en Madrid, en 1920, no volvió más a la isla.

Superar el bulo, sortear la trampa

Ya hemos comentado, como señala Ortiz-Armengol, que quienes mencionan la leyenda de los desempolvados zapatos galdosianos nunca identifican el origen del bulo. A pesar del tiempo transcurrido, sobre sus autores no hay la menor referencia documental. Llegados a este punto, quizá podría ponerse en duda, al menos como hipótesis, que dicha autoría existiese como tal, y concluir que, en realidad, nadie afirmó tamaña desmesura sobre el escritor canario. Si esto fuera así, cabe preguntarse entonces cómo pudo crecer y propagarse con tanta facilidad una historia inventada. La respuesta más factible debe ser genérica, la misma que puede aplicarse a cualquier otro bulo: porque encontró un ambiente favorable. Para avalar esta hipótesis conviene hacer una breve recapitulación de los hechos que pudieron contribuir a crear un ambiente propicio para que la falsa anécdota prosperase.

En orden cronológico, la aparición de la biografía Galdós de Leopoldo Alas Clarín (1912), seguida de las opiniones de Unamuno (1920), María Teresa León (1943) y el obispo Pildain (1964), entre otros autores escépticos o discrepantes con la canariedad de Galdós, fueron el caldo de cultivo que, a lo largo de cincuenta años, hizo crecer la preocupación y la desconfianza entre los galdosianos isleños. Seguramente, estos percibían aquellas manifestaciones como una amenaza de despojo, un intento de arrebatar a los canarios la figura más señera y universal surgida en su tierra a lo largo de la Historia.

A finales de los años setenta, con la llegada de la democracia a nuestro país, se instaló un nuevo clima político y cultural que, entre otros importantes cambios, facilitó la renovación de las entidades locales. En este contexto, la iniciativa de respaldar el reconocimiento de la canariedad de Galdós, de acuerdo con el sentir de numerosos galdosianos, encontró un amplio consenso social y político en el archipiélago. La decisión, que vino acompañada de estímulos institucionales, se basó en la consideración del escritor como parte legítima de un patrimonio cultural irrenunciable, que debía protegerse como un símbolo de la identidad y de la historia del pueblo canario. Los primeros resultados de esa iniciativa con amplia repercusión fueron los trabajos ya citados de Ruiz de la Serna y Cruz Quintana (1973) y Pérez Vidal (1981). A partir de entonces, se consolidó una versión oficial sobre la canariedad de Galdós que adquiriría gran influencia cultural.

Conviene que nos detengamos un instante en Prehistoria y protohistoria de Benito Pérez Galdós,  de Ruiz y Cruz, el primer eslabón que conocemos de la cadena de biógrafos que mencionan la falsa leyenda sobre los zapatos de Galdós. La obra, editada por el Cabildo Insular de Gran Canaria, estuvo al cuidado de Ventura Doreste y Alfonso Armas  (p. II). Al comienzo del Prólogo, Armas Ayala presenta a los autores:

«Enrique Ruiz de la Serna —el que fue excepcional periodista, fino prosista y cronista nada común— y Sebastián Cruz Quintana —profesor, investigador minucioso, valioso colaborador de Ruiz de la Serna— acaban de terminar para entregar a la imprenta este volumen que hoy se añade a la ya copiosa bibliografía galdosiana» (p. IX).

Y aquí salta la sorpresa: la afirmación de Armas Ayala de que los autores acaban de terminar para entregar a la imprenta su obra se contradice con la fecha que los mismos Ruiz y Cruz señalan para la finalización de su ensayo: «Las Palmas de Gran Canaria, 8 de septiembre de 1954. Festividad de Nuestra Señora del Pino» (p.358). Aunque no se indica taxativamente, las palabras de Armas Ayala sugieren que nos encontramos en presencia de la reedición de un texto anterior, escrito diecinueve años antes y nunca publicado (o si lo fue, escasamente difundido). No sabemos si el texto original fue corregido para su publicación en 1973, aunque lo destacable para el tema que nos atañe es que incluyó el famoso bulo:

«… el 2 de septiembre de aquel año [1862] estaba ya Benito en Tenerife. Habían dispuesto sus padres que, de aprobar, no regresase a Las Palmas, sino que partiese directamente de la isla picuda a Madrid, en cuya Universidad tenían concertado que siguiese la carrera de Leyes. La próspera fortuna que, en efecto, coronó esta prueba académica alejó entonces —aunque por poco tiempo, contra lo que comúnmente se opina— al doncel isleño del solar de sus mayores. Una estúpida leyenda que sólo cabe achacar a necedad o mala fe, asegura que al abandonar las Palmas aquel mancebo, que sólo por haber nacido en ella habría de darle gloria inmarcesible, “se sacudió el polvo de los zapatos”, cuando es lo cierto que testimonios irrecusables declaran todo lo contrario» (p.332).

Nótese cómo de forma sorprendente cambia el clímax del relato biográfico, que hasta ahora discurría plácidamente narrando los años jóvenes de Galdós. Con la leyenda, irrumpe también una nueva voz, doliente y descontextualizada, que habla de un bulo que surgirá dos siglos más tarde. Es una breve discontinuidad, un paréntesis indignado contra aquellos que hablan de un descastamiento de Galdós hacia su patria chica. Una vez expresada la queja extemporánea, la narración vuelve a 1862 y a los cauces placenteros que permiten acompañar al joven Benito en sus avatares tinerfeños en pos del título de Bachiller en Artes. Al rescatar al texto del olvido, además de ampliar la bibliografía galdosiana, se amplificó la difusión de la falsa leyenda en un ambiente especialmente oportuno para la reivindicación de la canariedad de Galdós.

Por otra parte, como ya se ha dicho, salvo que su autor (o autores) decida (o decidan) hacerlo público, cosa más que improbable a estas alturas, será imposible saber con exactitud cómo se gestó el famoso bulo, pero sí podemos aventurar alguna hipótesis en base a los datos expuestos. Es fácil imaginar que, en algunas tertulias galdosianas, a medida que llegaban nuevas opiniones que cuestionaban la canariedad de Galdós, la reacción emocional iba creciendo. La incomodidad, por su persistencia, debió traducirse en acaloradas discusiones. Es posible que en algún momento, en el indignado fragor de la polémica, se utilizase un escandalizado argumento defensivo: « Esas acusaciones que circulan sobre el desapego, el desinterés de Galdós por su isla, equivalen a un insulto, es como si dijeran que don Benito se sacudió el polvo de sus zapatos cuando salió de su tierra». De esa forma, o de una parecida,  pudo surgir el bulo: de decir “es como si dijeran…”, la indignada bola fue creciendo de boca en boca hasta transformarse en “dijeron…”.   Así, aunque quizás nunca lo sabremos con exactitud, pudo nacer la falsa anécdota. Lo interesante es que, al parecer, nadie se interesó por su origen y, desde un punto de vista práctico, sirvió de acicate para cerrar filas en torno a la canariedad de Galdós. La leyenda apócrifa se mantuvo porque tensó la cuerda de la canariedad del escritor que otros pretendidamente querían arrebatarle. El bulo de los zapatos cumplió así un papel aglutinante y estimuló reacciones más o menos airadas contra lo que parecía un intento de expolio venido de fuera: es sabido que nada une más emocionalmente a una comunidad que la lucha contra un enemigo exterior.

Aunque quizás todavía falte un elemento para completar el rompecabezas. Puede que, como en una reacción química, la respuesta defensiva frente a un bulo inventado, contase también con un catalizador que la acelerase. Recordemos que la campaña contra Galdós del combativo obispo Pildain alcanzó su punto álgido a mediados de los años sesenta. En la Carta Pastoral que marcó el cénit del enfrentamiento, después de una sucesión ininterrumpida de dicterios y descalificaciones contra el escritor, aparece un estrambote que muy bien pudo servir de inspiración para la leyenda de los zapatos galdosianos:

«Un literato que se avergonzase de haber nacido en la tierra que lo vio nacer, no procedería de modo distinto a como procedió en sus obras novelísticas y teatrales Don Benito Pérez Galdós».

 Si contemplamos ahora el puzle en su conjunto, una vez incorporada esta última pieza, se nos presenta nítidamente la imagen que teníamos delante sin verla. La historia del polvo de los zapatos es doblemente falsa: por lo que cuenta de Galdós (todo bulo es falso por definición) y por su intencionalidad (aparentar que se busca desprestigiar al escritor cuando lo que se pretende es provocar una amplia reacción a favor de su canariedad).

Por consiguiente, lo más probable es que ese bulo, que tanta indignación levanta, sea un invento. Aunque resulta plausible pensar que surgiera más o menos por casualidad, como ya se ha dicho, fue después utilizado como revulsivo para salir al paso de la insidiosa campaña antigaldosiana emprendida por el obispo. No se trata, por tanto, de criticar la labor de los galdosianos que iniciaron la defensa pública de la canariedad de Galdós, sino de llamar la atención sobre la trampa en la que cayeron y de las consecuencias de ese error.

Ya hemos comentado que Pildain tergiversó las opiniones de Clarín y Unamuno, que no acusaban a Galdós de desafecto, mucho menos de traición a su tierra, sino que habían señalado (con mayor o menor acierto en la oportunidad y las formas) lo que era una evidencia: la ausencia de Canarias en la obra del escritor. Incluso, las palabras airadas,que María Teresa León atribuye al joven Galdós, pueden entenderse, no como un desprecio a su patria chica, sino como el grito desesperado y rebelde del joven enamorado en el momento desgarrador en que es expulsado del paraíso.

La jugada del obispo Pildain fue artera: fingió escandalizarse por el hecho de que Galdós nunca escribiera sobre Canarias para poder acusarle de traidor: ¡un ser monstruoso que ofende con su soberbia a sus paisanos y a la isla que lo vio nacer! Al obispo poco le importaba si Galdós escribía poco o mucho sobre su isla, lo único que buscaba era desprestigiarle para dificultar la difusión de su obra y, ya que en el segundo tercio del siglo veinte no era posible aplicar los métodos de Savonarola, privarle del mayor número posible de lectores. Convertir a Galdós en un traidor a su tierra era una potente idea-fuerza para conseguir ese objetivo entre sus paisanos.

Lamentablemente, algunos galdosianos tragaron ese anzuelo e iniciaron una desnortada carrera en la que no faltaron anécdotas idealizadas del escritor, interpretaciones forzadas de hechos intrascendentes, exageraciones pretenciosas para conseguir la cuadratura del círculo y convencer al mundo no solo de que Galdós amaba su tierra, algo evidente y fácil de demostrar, sino que esta impregnaba toda su obra. Con dicha actitud, estos galdosianos aceptaban, seguramente sin ser conscientes de ello, la existencia de una relación biunívoca entre canariedad y obra literaria que, de ser cierta, también se cumpliría en caso contrario: si la isla no estaba en la obra del escritor, Galdós era un traidor a su tierra. Una falacia que, paradójicamente, le daba la razón a Pildain. Habían caído en la trampa del obispo.

Las campanas de San Francisco

            Los que piensan que Galdós solo sería un canario auténtico si su tierra natal estuviera presente en sus libros se dejan seducir (creo que la mayoría sin darse cuenta) por un grandilocuente sofisma. Le exigen a un escritor lo que no se atreverían a pedirle (o les costaría mucho más) a ningún otro creador. A un pintor, a un músico, a un cocinero, a un sastre o a un deportista, por poner ejemplos que nos resultan más o menos conocidos, no se les obligaría a ejercitar su profesión desde el exclusivo (y excluyente) prisma de la canariedad para considerarlos verdaderos hijos de su tierra. ¿Le pediríamos a Millares que abandonase sus arpilleras para pintar marinas en el Andén Verde? ¿Consideraríamos a Alfredo Kraus más canario cuando cantaba Sombra del Nublo que Una furtiva lágrima? ¿Tildaremos de traidor a un cocinero canario con gran éxito en un restaurante famoso por sus paellas, echándole en cara que no se especialice en el sancocho canario, mojo picón incluido? ¿Dudaremos de la canariedad del sastre grancanario que triunfa en Madrid cortando abrigos de estilo europeo en lugar de la recia camisuela con capillo o los típicos modelos con falda-pantalón y polainas de Néstor de la Torre? ¿Y qué diremos del futbolista de Arguineguín que prefiere sudar la camiseta del Manchester City antes que la de nuestra Unión Deportiva Las Palmas?

Seguramente rechazaríamos por prejuiciosas y trasnochadas cualesquiera de las pretensiones anteriores, máxime en un mundo cada día más relacionado e interdependiente como el actual.  Sobra decir que en la moderna sociedad isleña existe un consenso básico para que cualquier individuo, sea cual sea su profesión, pueda sentirse canario a su manera, siguiendo su propia voluntad y criterio. Es difícil entender que se prive a Galdós de ese derecho. 

Por otra parte, la campaña sobre la canariedad del escritor, en lo que se refiere al sentimiento que le inspiraba su patria chica, es innecesaria. Puede afirmarse, sin ningún género de dudas, que Galdós amaba a su tierra. Siempre habló con afecto de ella, tanto en las entrevistas que concedió a diferentes medios como en su extensa correspondencia. En los muchos años que vivió en Madrid conservó estrechas relaciones con sus paisanos, que siempre tuvieron abiertas las puertas de su casa cuando iban a la capital. Colaboró durante mucho tiempo ( siempre sin cobrar un céntimo) con la prensa de Las Palmas. Y no olvidemos que en su hogar de Madrid vivió rodeado por un estrecho círculo familiar, una guardia pretoriana de afectos y atenciones, formada por hermanas, cuñada y sobrinos, que durante la mayor parte de la vida del escritor funcionó como una burbuja canaria en la capital. El único matiz que debe recordarse es que Galdós amó a su tierra con serenidad y sin aspavientos, la manera con la que siempre llevó sus pasiones en la vida. Por decirlo con un símil artístico, don Benito no necesitaba la ampulosidad litúrgica para admirar la perfección de una catedral gótica, pensaba que el gesto ensimismado del visitante, conmovido ante la belleza, bastaba para demostrar la autenticidad de la emoción.

Una anécdota conocida, apenas un pequeño detalle, puede servir para ilustrar cómo era la canariedad de Galdós. Tiene que ver con la iglesia de San Francisco, próxima a la casa familiar de la calle Cano de Las Palmas. El tañido de las campañas de aquella pequeña iglesia quedó para siempre grabado en su memoria, según reveló el escritor (8): «Su son no lo confundiría con ningún otro. Lo distinguiría entre cien que tocasen a un tiempo». La afirmación de Galdós expresa algo más que la simple añoranza de la ciudad natal, es también la emoción de recordar un periodo de incertidumbre y esperanza en su vida: «Cuando he oído el tañido de sus campanas siempre he sentido una emoción entre triste y dulce». Una dulzura ante el recuerdo adolescente que se mezcla con la tristeza del lejano horizonte que la vida –no el desamor- impuso al escritor. Son palabras dictadas por la nostalgia que siente por la isla de su infancia: la patria sentimental se funde con la patria chica. Una emoción que nunca abandonó su corazón, aunque la austeridad de su carácter no necesitaba exteriorizarlo: Galdós tenía sesenta y siete años cuando se refirió por primera vez en público a las campanas de San Francisco. Sin embargo, es algo más que un recuerdo físico, sensorial: es la huella de un sentimiento inextinguible. Aquella voz de bronce fue cómplice de sus correrías infantiles por Triana, de sus pasos apresurados para no llegar tarde al colegio de San Agustín o cuando acudía con el corazón desbocado a encontrase con Sisita… Es el símbolo sonoro de un sentimiento, el del amor a su tierra natal. Un amor que nunca le obligó a pagar portazgo, a postergar o condicionar su libertad intelectual, dedicada por completo, a lomos de una titánica vocación de escritor, a la creación de su magna obra literaria. Esa fue su forma de ser canario: no debería ser tan difícil entenderlo. 

            Utilizando una metáfora que se ha hecho muy popular, se ha dicho que la tierra donde se nace sustenta con su misterioso latido — igual que nutre a los árboles— las raíces del ser humano, parte esencial de la identidad del hombre adulto. Ya lo hemos dicho, y quizás convenga repetirlo: Galdós nunca traicionó sus raíces, aunque debamos entenderlas en el mismo sentido que utilizaba Manuel Vicent: «siempre que no sean como las de una calabaza, sin más horizonte que el bancal donde se cría» (9).

No siempre es posible el regreso a Ítaca

El caso de Galdós, un escritor que se aleja de su tierra para no volver a ella o hacerlo tan solo de forma muy esporádica, no es tan infrecuente. Podríamos citar, entre autores fallecidos en el siglo veinte, a Vladimir Nabókov, Joseph Conrad, Aldous Huxley y muchos otros que, con ciertas variantes y por distintos motivos, siguieron pasos parecidos y acabaron viviendo lejos de su patria. El escritor que vive transterrado, no es necesariamente un Ulises en permanente viaje de regreso a su Ítaca soñada. Un caso ilustrativo de la distancia abismal entre la ficción y la realidad de la vuelta a casa la ofrece, precisamente, James Joyce, el creador del Ulises moderno.

La comparación del escritor irlandés, otro gran prófugo de su tierra natal, con Galdós puede resultar esclarecedora para entender las causas y circunstancias que influyen en estos exilios voluntarios. Si comparamos sus vidas transterradas, encontraremos que entre ambos existen algunas coincidencias circunstanciales y una diferencia fundamental.

Comencemos en la orilla de las coincidencias: Joyce abandonó Irlanda en 1904, a los 22 años, para no volver a su patria, salvo en tres visitas ocasionales, hasta su muerte en 1941. Recordemos que Galdós tenía 19 años cuando llegó a Madrid en 1862 y regresó cinco veces a Las Palmas, antes de su muerte en 1920.

En la ribera de las diferencias, Joyce, en las antípodas de Galdós, no dejó nunca de escribir sobre su país y, más específicamente, sobre Dublín. Podría afirmarse que James Joyce no pudo quitarse a Dublín de la cabeza: toda su obra literaria se circunscribe a la ciudad donde nació. Mentalmente, Joyce sí se parece al héroe mitológico, como quiso reflejarlo en el título de su obra más iconográfica, también él realizó un viaje ensimismado e interminable a su tierra natal. En este punto, de acuerdo con los criterios esgrimidos por los defensores de la canariedad de la obra galdosiana, cabría preguntarse: ¿Fue Joyce, que no dejó de escribir sobre Dublín, mejor irlandés que canario don Benito, que nunca (salvo la excepción comentada) lo hizo sobre Las Palmas? Aunque antes de contestar a esta pregunta, si no queremos caer en la trampa cuantitativa, será conveniente saber qué motivaciones tuvieron uno y otro autor para escribir o no sobre la patria de su infancia.

Según Stefan Zweig (10), la principal motivación de James Joyce para escribir sobre Dublín fue el resentimiento:

« …En alguna parte, dentro de James Joyce, se oculta un odio que procede de la juventud, una emoción primaria, propia de quien siente su alma herida. Dublín, su ciudad natal, debe de haberle hecho mucho daño… Odia a sus habitantes, odia a los sacerdotes, odia a los profesores, lo odia todo y, por eso, todo lo que escribe este novelista genial es una venganza contra Dublín… Entre sus mil quinientas páginas no habrá ni siquiera diez que reflejen la cordialidad, la generosidad, la bondad y la amabilidad. Todas son cínicas, burlonas, y de una violencia extrema, un huracán de indignación, explosivo, nervioso, encendido, que gira a un ritmo desenfrenado, embriagador y fascinante… El autor tiene que desahogarse y, para ello, no recurre sólo a los gritos, a las burlas o a las muecas, sino que saca a la luz todo el resentimiento que le corroe las entrañas, lo vomita con una violencia, con un furor estremecedores».

¿Y Galdós? ¿Podemos reconocer en él algo de este diagnóstico terrible que el siempre ecuánime Stefan Zweig aplicó a Joyce? La huella del resentimiento también podría estar en el joven Benito, no olvidemos que la forzada ruptura con Sisita lo alejó de Las Palmas. Pero aquí acaba cualquier parecido, el canario no siente el odio profundo y vengativo que parece experimentar el irlandés hacia su tierra. En el corazón de Galdós, el dolor por el amor perdido tardó años en extinguirse, si es que alguna vez se extinguió del todo, pero la llama del rencor, si la hubo, no tardó en apagarse completamente. Las cuentas con su madre lo son porque en ella veía el autoritarismo y el fanatismo que niegan la libertad del individuo, las que tiene con la Iglesia lo son porque responsabiliza a esa institución del atraso secular, la corrupción y la ignorancia del pueblo español (Hernández Tristán, 2020). Todas sus cuitas las saldará don Benito literariamente, a su debido tiempo, levantando el punto de mira para no referirse a su tierra natal: una amplia nómina de personajes galdosianos, como doña Perfecta o Nicolás Rubín, cumplen esa función. Su estilo tiene más de alegato que de venganza: no alberga sentimiento alguno de revanchismo. La divergencia en este punto con Joyce es total: la bondad natural de Galdós, y su carácter sereno y tolerante, le incapacitan para mantener el odio vengativo y extenuante de Joyce. No, Galdós, levantó la vista de la herida y guardó silencio. Sofocó el dolor y, a través de más de ocho mil personajes, habló… de un futuro que, de la mano de la libertad y la educación, siempre en paz, traería el progreso a su país.

Galdós, canario universal

Galdós no tenía el resentimiento de Joyce como motivación para escribir sobre su tierra, ¿pero tuvo algún otro motivo para mantener a las Canarias fuera de sus novelas? 

A medida que ha crecido la polémica sobre la canariedad del escritor, como los árboles que no dejan ver al bosque, el número y estridencia de las voces han dificultado la visión del conjunto. Sin embargo, encontrar una respuesta convincente a la pregunta anterior no es tan difícil cuando se utilizan argumentos objetivos y verificables. Ávila Arellano (1994) cree que la polémica se debe a ciertas contradicciones artificiales que surgen entre la vida y la obra del escritor cuando se analizan superficialmente, una apariencia que, sin embargo, se desvanece fácilmente cuando los argumentos no se retuercen:

« Galdós tenía una visión universal del tema español, y un interés específico por su evolución sociopolítica. Las Canarias, siendo también españolas, no tuvieron, como otras regiones, la entidad suficiente ni la oportunidad de alcanzar un protagonismo de relieve en la evolución del liberalismo decimonónico».

Por lo tanto, de acuerdo con Ávila, por muy canario que se sintiera Galdós, no podía escribir sobre las islas Canarias porque estas quedaban fuera del mundo literario y del ámbito espaciotemporal donde situó la totalidad de su obra. Dicho de otra forma: cuando se cuestiona la canariedad de Galdós, el tema de fondo que se está tratando en realidad es la relación entre la universalidad de un novelista como él, que trasciende con su obra la época y el espacio que habitó, y sus raíces locales determinadas por el nacimiento en Las Palmas. Es bastante fácil de entender: ¿exigiríamos a un eminente científico canario que incluyese en su obra, enteramente dedicada, por ejemplo, al efecto del calentamiento global sobre los pingüinos antárticos, alguna referencia a las islas canarias?   

 Después de leer tantas diatribas sobre la canariedad de Galdós, apesadumbra comprobar cómo los caprichosos espejos deforman la realidad vital y el significado intelectual del gran escritor. Don Benito era más humilde y perspicaz que muchos de sus apologetas actuales: no se creía superior a otros, ni que la ciudad en donde nació fuera la mejor del mundo, ni que la vida que le tocaba vivir fuera solo concebible desde la simplificación y el reduccionismo de sus raíces. Precisamente por eso no podemos creer que sacudiese el polvo de sus zapatos aquel día en que abandonó el suelo canario. El polvo de esa falsa leyenda nunca estuvo en sus zapatos polvorientos: los cubrió la tierra de los caminos que don Benito cruzó en todas las direcciones que permite la geografía. Con esos botines, Galdós recorrió valles y montañas, bosques, dehesas, desfiladeros y llanuras, playas y acantilados desde donde otear el horizonte inalcanzable. Todos los caminos, grandes y pequeños, empedrados y pedregosos que, a lo largo y ancho del siglo, fueron hitos decisivos en la atormentada historia de la patria. Maravillosos botines galdosianos que en cada página de su andar recogieron el polvo quejumbroso de todos los caminos, desde Cádiz hasta Bailén, desde Zaragoza a Gerona, desde Oñate a La Granja, de Cartagena a Sagunto. Los incansables zapatos de Galdós, que un día se detiene ensimismado ante el glorioso palimpsesto de las victorias y derrotas, gozos y lamentos, sangre y esfuerzo tejidos por tantas generaciones de compatriotas que construyeron la nación: tan grande que sus muros ahumados no caben en la Historia.

El ejemplo de Galdós demuestra que la canariedad, como vínculo libremente asumido por el isleño, necesita ensanchar sus horizontes, una cuestión que tiene que ver con la autonomía personal. Domingo Pérez Minik (1968) (11), el gran escritor tinerfeño, siempre defensor de una insularidad cosmopolita y abierta al mundo, decía que «no existe en la naturaleza ningún lugar más cargado de riesgos para la independencia de la criatura humana que una isla». Un canario, como cualquier isleño, posee una serie de elementos característicos: el restringido espacio, el mar que todo lo limita y, con ello, el espejismo de que el tiempo se ha detenido. Por eso, el pensador tinerfeño advierte: «Estos elementos posibilitan la creación de un lugar paradisíaco, pero, al mismo tiempo, ofrecen el mayor peligro para la realización de toda cultura superior, la que supone un orbe de incitaciones, de movimientos y de respuestas, en suma, de cambios fundamentales en el cuerpo y en el espíritu».

El pensamiento de Pérez Minik esboza un concepto de canariedad en permanente evolución, contrario, por tanto, al ensimismamiento. Una forma de sentirse isleño en sintonía con el mundo: «que nuestra existencia vaya perdiendo ese imperativo geológico radicado entre el recuerdo de un paraíso perdido y un purgatorio opresor de abandono».

Don Benito hubiera estado muy de acuerdo.

Bibliografía

ALAS, Leopoldo «Clarín». Galdós. Obras Completas, Tomo I. Editorial Renacimiento. Madrid, 1912.

ARENCIBIA, Yolanda. Galdós. Una biografía. Editorial Tusquets, 2020.

ÁVILA ARELLANO, Julián. La historia lógico-natural de los españoles de ambos lados del mundo de Benito Pérez Galdós. Ediciones del Cabildo Insular de Gran Canaria. Las Palmas GC, 1994.

HERNÁNDEZ TRISTÁN, Rafael. Galdós en la encrucijada. Editorial Tirant humanidades. Valencia, 2020. 

Homenaje a Benito Pérez Galdós. Entre canarios. 9 de diciembre de 1900. Est. Tip. Viuda e Hijos de Tello. Impresor de Cámara de S.M. C/San Francisco, 4. Madrid.

LEÓN, María Teresa. Una mujer de Galdós que no está en sus novelas. Cursos y conferencias, Buenos Aires, Año XII, vol. XXIV, núm. 139-40-41, pp. 87-97.Buenos Aires, 1943.

MILLARES, Hermanos (Luis y Agustín). Don Benito Pérez Galdós. Recuerdo de su infancia en Las Palmas.La Lectura, Madrid, 1919.

MUÑOZ LEÓN, Luis. Guía cultural de las calles de la ciudad Galdós. Ed. CG-Asoc. Arte y Cultura; Las Palmas, 2012.

ORTIZ-ARMENGOL, Pedro. La vida de Galdós. Editorial Crítica. Barcelona. Mayo, 2000.

PÉREZ GALDÓS, Benito. Memorias de un desmemoriado. Comunidad de Madrid. Consejería de Educación. Visor Libros, Madrid, 2004.

PÉREZ GALDÓS, Benito. La fe nacional y otros escritos sobre España. Edición y Prólogo de José Esteban y Jesús Egido. Ed. El Rey Lear, Madrid, 2013.

PÉREZ VIDAL, José. Años de aprendizaje en Madrid (1862-1868). Ed. Vicepresidencia del Gobierno de Canarias, 1987.

RUIZ de la SERNA, Enrique y CRUZ QUINTANA, Sebastián. Prehistoria y protohistoria de Benito Pérez Galdós. Ed. Cabildo Insular de Gran Canaria, 1973.

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    Arthur Groussier y el trabajo contra la guerra

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    Los ensanches en el siglo XIX

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    La Librería Socialista en 1925

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    Julián Besteiro: socialismo y escuela

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