
Rosa Amor del Olmo, Universidad Antonio de Nebrija
Arthur Miller afirmaba que «sin un ideal, religión o creencia, sensación de porvenir y futuro, no es posible escribir». Esta reflexión resulta especialmente pertinente al recordar que Galdós, en su artículo El primero de mayo, publicado el 15 de abril de 1885, ya apuntaba, en relación con la cuestión social y su posible evolución, hacia una solución de signo espiritualista:
En estos días, algunos periódicos han abierto solemnes informaciones sobre la
cuestión obrera, invitando a los hombres más eminentes de todas las escuelas
políticas y filosóficas a expresar su pensamiento sobre el problema planteado hoy en
toda Europa. Pues bien, leyendo atentamente los pareceres de estos hombres,
admirando el ingenio de uno, el saber profundo del otro, la originalidad de éste, la
erudición de aquel, se saca en claro, como síntesis de todas sus opiniones, que la
cuestión social no es de fácil arreglo por los medios que conocemos, ni por los
procedimientos políticos ni por los morales. El espiritualismo es el que más se acerca
a una solución, proclamando el desprecio de las riquezas, la resignación cristiana y el
consuelo de la desigualdad externa por la igualdad interna, o sea la nivelación
augusta de los destinos humanos en el santuario de la conciencia.
Conviene subrayar que, a lo largo de su vida, Galdós mostró una profunda preocupación tanto por la religión como por las manipulaciones partidistas de las que esta era objeto, circunstancia que lo condujo, sin duda, a más de una polémica con motivo del estreno de sus obras. En este sentido, el espiritualismo constituye la vía que más se aproxima a la reforma galdosiana; sin embargo, cabe pensar que el autor todavía no advertía plenamente que, para la sociedad española de su tiempo, todo aquello que se apartara del catolicismo tradicional e inquisitorial difícilmente podía ser aceptado. El propio Galdós se pronunció, además, sobre el espiritualismo como núcleo temático de sus textos y lamentó la incomprensión de sus contemporáneos, lo que contribuyó al fracaso de algunas de sus obras. Había planteado el espiritualismo como posible solución social en la novela, pero no obtuvo la misma recepción en el ámbito teatral. Eso fue, precisamente, lo que ocurrió con el estreno de Los condenados en el Teatro de la Comedia de Madrid, el 11 de diciembre de 1894. La obra fracasó, y Galdós respondió en el prólogo de su publicación con estas palabras:
Toda la cimentación de la obra es puramente espiritual, y lo espiritual parece que
pugna con la índole pasional y efectista de la representación escénica, según los
gustos dominantes en nuestros días, pues no admito tal incompatibilidad, de un
modo absoluto, entre el desenvolvimiento psicológico de un plan artístico y las
eternas leyes del drama. Y ya que hablo de acción psicológica, ¿consistirá mi yerro
en haber empleado con imprudente profusión imágenes, fórmulas, y aún
denominaciones de carácter religioso? ¿Será que la idea religiosa, con la profunda
gravedad que entraña, tiene difícil encaje en el teatro moderno, y que el público, que
goza y se divierte en él cuando ve reproducidos los afanes secundarios de la vida, se
pone de mal humor cuando le presentan los elementales y primarios?
















