
Rosa Amor del Olmo, directora
Europa corre a blindarse por fuera mientras demasiados ciudadanos se sienten desprotegidos por dentro.
Hay algo profundamente revelador en esta primavera europea: cuanto más se habla de seguridad, más gente se siente insegura. En España, el IPC adelantado subió al 3,3% en marzo por el tirón de los combustibles; en la eurozona la inflación repuntó al 2,5%; y el Banco de España elevó su previsión media de inflación para 2026 al 3%. Al mismo tiempo, la OTAN informa de que Europa y Canadá aumentaron un 20% su gasto real en defensa en 2025, mientras la Comisión Europea mantiene sobre la mesa un marco presupuestario que reserva 131.000 millones de euros para defensa y espacio. No son datos dispersos: son el retrato de una época.
El error no está en tomarse en serio la seguridad. Europa haría mal en mirar hacia otro lado en un mundo más áspero, más caro y más imprevisible. El error está en presentar esa conversación como si pudiera desarrollarse al margen de la vida común. Porque la inseguridad contemporánea no entra primero por la frontera: entra por el depósito del coche, la factura de la luz, el alquiler imposible y la sospecha cada vez más extendida de que trabajar mucho ya no garantiza una vida tranquila.
Por eso me incomoda el tono de cierta política europea, que a veces parece pedir épica social a cambio de gestión emocional. Se nos habla de autonomía estratégica, resiliencia, competitividad y disuasión, pero demasiadas veces esas palabras suenan, para quien va justo a fin de mes, como un dialecto oficial para explicar por qué todo cuesta más y todo tarda más. Una democracia no puede pedir disciplina exterior mientras tolera una intemperie interior cada vez más visible.
Algo parecido ocurre con la otra gran promesa del momento: la inteligencia artificial. El BCE sostiene que una adopción amplia de la IA podría elevar en más de cuatro puntos el crecimiento de la productividad del área euro en la próxima década, pero advierte también de que un shock energético prolongado puede frenar esa mejora. Es una observación mucho más política de lo que parece: incluso la tecnología que se vende como salvación futura depende de algo tan viejo como la energía asequible y de algo tan difícil como repartir bien sus beneficios. La productividad, por sí sola, no paga alquileres ni reconstruye confianza.
La gran cuestión, entonces, no es elegir entre defensa y bienestar, como si fueran dos casillas enfrentadas. La cuestión es entender que hoy el bienestar también es defensa. Una sociedad que no puede emancipar a sus jóvenes, estabilizar sus precios básicos o creer en la utilidad del esfuerzo es una sociedad más frágil, más irritable y más vulnerable a cualquier vendedor de certezas. Y esa fragilidad no la corrige ningún discurso sobre grandeza europea.
La buena noticia es que todavía hay margen para pensar a la vez en protección y en futuro. La propia Comisión plantea, junto al salto en defensa y espacio, un Horizonte Europa de 175.000 millones de euros para 2028-2034. Es decir: dinero para blindarse y dinero para investigar. Perfecto. Pero entonces la pregunta seria deja de ser si Europa tiene recursos. La pregunta es para quién diseña su idea de seguridad y qué contrato social está dispuesta a ofrecer a cambio.
Mi impresión es sencilla: Europa no necesita menos estrategia, necesita más honestidad. Puede rearmarse, innovar y ganar autonomía. Lo que no puede hacer es pedir obediencia cívica mientras convierte la vida ordinaria en una carrera de obstáculos. La seguridad que no se nota en la nevera, en el recibo y en el horizonte de los hijos acaba pareciendo propaganda. Y la propaganda, cuando uno llega ahogado al día 25, dura muy poco.














