
Rosa Amor del Olmo, Universidad A. Nebrija
Los años ochenta presentan una España más madura y de mayor solidez, pues aquellas cuestiones que en la década anterior habían quedado en vías de desarrollo, aparecen ahora con mayor plenitud. Son estos los años de La incógnita y de Realidad. Para Galdós las ideas de regeneración y de redención sociopolítica aparecen en estos primeros años de desarrollo dramatúrgico, tan unidas a su experiencia personal y literaria, que no se pueden desglosar de su concepción teatral. El régimen se consolida; el bipartidismo funciona tras la prueba de fuego de la muerte de Alfonso XII. Los años ochenta traen vientos liberales. La afirmación del Estado, de los prestigios y los ideales del bloque de poder que lo sustenta, se proyecta sobre las artes plásticas. Prosigue -tributo al Progreso- la arquitectura de hierro; pero los neísmos dejan paso a un eclecticismo arquitectónico que pretende ser trasunto de la primera virtud social que se atribuye el régimen ya consolidado: la tolerancia. El hombre y sus problemas morales, éticos y sociales se convierten aún más en el centro de la vida social, y esta tendencia se irá agudizando en el final hacia otros principios todavía más comprometidos. El desarrollo económico aumenta la población obrera; la libertad de asociación facilita los cauces para una nueva etapa del movimiento obrero; surge el socialismo español de inspiración marxista. Hacia los años ochenta España intenta una mayor aproximación a Europa, -si bien ya se había realizado como hemos podido ver en lo literario, pero ahora con más propiedad-. “Véase la política exterior de los liberales -con la adhesión de España a la Triple Alianza; con el intento, frustrado de salir del “recogimiento”; véase la penetración de vientos tan lejanos como los que trae de Rusia, vía París, la condesa Pardo Bazán al hablar en el Ateneo madrileño de la “revolución y la novela” en aquel país”.[1]
Esta europeización todavía se hará doblemente palpable en los políticos dotados de mayor amplitud de miras en los años noventa, que es cuando Galdós realiza seis estrenos más, aunque a mi juicio no de la talla de Realidad: La loca de la casa (1893), Gerona (1894), La de San Quintín (1894), Los Condenados (1894), Voluntad (1895), Doña Perfecta (1896), y La Fiera (1896). De estas obras, al menos en cuatro Galdós plantea de forma directa el problema de la “cuestión social”. El abuelo, es un drama que desarrolla de una forma completa y quizás más reflexiva el elemento social de la lucha de clases desde otra perspectiva, desde el pensamiento aristocrático que mira con los ojos de la tristeza y el olvido, la ingratitud de esas clases inferiores. La aristocracia ve que los sustratos sociales por debajo de ellos, no han sabido agradecer lo suficiente las posibilidades de posible cambio social a los que las clases dominantes han colaborado, o en cierto modo se les ha ayudado, a través de la aceptación de cambio social, o a través del poder económico y sus “favores” a los más necesitados.
El positivismo se irá incrustando en las mentalidades, no sin cierta oposición y resistencia de los más tradicionales, desarrollando su influjo fecundo en las artes, las ciencias y como estamos viendo en la literatura, mezclándose con corrientes espiritualistas que aparecen como elementos de contraste para no pocos literatos entre los que se encuentra Galdós.
Las clases altas y medias del país, -tal y como ya nos venía presentando Galdós en toda su producción novelística- expresan su preocupación, su temor o su simpatía por los desheredados; el “problema social” accede a un primer plano, el “orden social” puede cambiar y dejar de ser una realidad inmutable.
Pero es la guerra, con sus implicaciones, con sus consecuencias, lo que conferirá sus rasgos más característicos a lo que será la década final del XIX. Guerra colonial; otra guerra de Cuba. Y guerra internacional, en una fecha 1898 que es, una fecha también para la historia mundial. Es en estos años noventa donde se fecha Realidad donde vemos la última realidad de estos años que cambiarán la historia, pues el 98 proyectará su luz, o sus sombras sobre toda la década finisecular. Hasta el punto de que escribe Tuñón de Lara: “la historia que venga después, -después del 98-; después de 1902, apenas cuatro después del “desastre” será ya otra historia, y eso no solo porque haya cambiado la persona del monarca”.[2] Una España con sus modas, sus dolencias sociales, sus perspectivas y todo en entramado convencional y social, en el medio exacto: los personajes, que son los que ponen voz a todo ese entramado filosófico y social.
Durante la época o periodo isabelino una compañía financiera “La Humanitaria” es creada por José Orozco, padre de Tomás, y Joaquín Viera, padre de Federico, de la que han hecho una muy recomendable fortuna, que Dios perdone, con movimientos sin miramientos y acciones “poco recomendables”. Joaquín Viera se casa con una mujer de talante aristocrático que muere pronto dejándole con dos hijos, Federico y Clotilde que heredarán los diferentes caracteres de los padres indistintamente, tal y como dice el mismo Joaquín Viera: “Esta Clotilde sale a mí; tiene la veta económica. Tú sales a tu madre toda imaginación y susceptibilidad”. De José Orozco, sabemos que se enriqueció con negocios poco limpios, y cediendo su herencia a Tomás su hijo como símbolo ineludible de puente entre el período isabelino y la Restauración. Esta herencia y determinismo hereditario que presentan los tres hijos nacidos de la unión de los dos tahúres, nos parece muy representativa, y completamente reminiscente de naturalismo. Materialismo, honor y honestidad, se nos antojan algunos adjetivos, que heredaron en el mismo orden Clotilde, Federico y Tomás. El problema tan acuciante para Galdós de la educación, se verá responsable una vez más de los destinos de aquellos que fueron fruto de la corrupción. En plena sociedad isabelina, Federico y Clotilde son criados en el más puro ambiente aristocrático, como holgazanes contemplativos de la vida y sin ningún futuro. Tomás por el contrario es educado para suplantar y continuar el negocio familiar. Es en la época que precede al Sexenio Liberal, donde simbólicamente muere la esposa de Joaquín Viera, con lo que éste malgasta el dinero en trajines políticos perdiendo sus responsabilidades y por lo tanto sus beneficios, abandonando por consiguiente su mínima obligación de ser padre, teniendo que malvender su parte en el negocio.
Tomás se mantiene en su posición social, cobrando cada día más prestigio como bienhechor social, y como hombre bondadoso, respetado, que ejerce la solidaridad y la caridad para con los demás, aderezado de su sublime espíritu y su lucha por el progreso espiritual y moral. Aunque estas cualidades realmente donde se hacen patentes de verdad es en el acto V final de la obra, por que hasta ese momento la “supuesta” bondad de Tomás Orozco queda en entredicho, o al menos no es tan clara como la pintan, sobre todo los que están traicionándole, es decir Federico y Augusta, su esposa, que son los que precisamente porque tienen cierto peso de conciencia, ven a Orozco, el traicionado, como un santo, otros personajes no le ven así. Joaquín Viera en el interesante diálogo financiero que ambos perpetran, le hace un reproche de índole social, reivindicativa de lucha social, reprochándole el potencial enorme de las clases más altas y sobre todo su prepotencia, y en el que además le iguala al materialismo, cobijándose detrás de una máscara de falsedad. Transcribo a continuación el manuscrito de la versión primera que Galdós escribió, con letra cursiva, y que después anuló, para el estreno dramático. Es muy interesante comprobar en este acto III, qué trozos se cambiaban o se anulaban, en virtud, probablemente del tiempo, de la censura, y de agradar al público:
VIERA. ¡Buena conducta! (Con asombro), ¿Qué quieres decir?…Querido Tomás, no me ofendas con un juicio tan…ligero, tan impropio de la elevación de tu alma. O quizás pretendes que solo es respetable la existencia de los capitalistas, y que la nuestra, la de los pobres no merece que luchemos, que aguzemos el ingenio por ella..¡Ah! los que todo lo tienen porque han recibido de la suerte, de la herencia o de la casualidad los bienes de este mundo, son muy inclinados a juzgar a los demás con una moral severísima, bárbara, cruel, que si prevaleciera, nos llevaría otra vez a la desigualdad social, a la esclavitud, a las cartas…No, hijo mío; el derecho a la vida nos corresponde a todos. No vayas a creer que ese derecho va exclusivamente adscrito a las acciones del Banco, al cuatro amortizable, y a la propiedad rústica o urbana…
La palabra desastre, que más adelante pasará a designar, por antonomasia y popularmente, la fulminante pérdida de Cuba, Puerto Rico y Filipinas acaecida en 1898, apareció quizá por primera vez en el vocabulario político de la época, con ocasión de la derrota naval de Cavite, en la prensa del 3 de mayo del 98, “El desastre de Manila”. Actualmente la palabra puede ser usada sin distorsión para designar el proceso histórico global que contextualiza la derrota militar a que inicialmente fuera aplicada. En efecto, un desastre –en la más estricta significación del vocablo- fueron las inhibiciones, las vacilaciones y los retrocesos de la política colonial madrileña entre la paz de Zanjón y el grito de Baire; un desastre fueron –por los sufrimientos y por las ingentes pérdidas humanas que acarrearon- las guerras independentistas libradas casi simultáneamente en Cuba y en las Filipinas, entre el 95 y el 98; y un desastre fue, a más de un absurdo, la guerra hispano-norteamericana, aceptada sin más alternativa que la segura derrota. Tres aspectos, conceptualmente diferenciados, de lo que, en la historia española del último cuarto del siglo XIX, constituye un proceso coherente: hay una política colonial inadecuada que desemboca en unas guerras de emancipación. Y hay unas guerras de emancipación tan desdichadamente situadas en la geografía y en la cronología del imperialismo, que darán lugar a una intervención norteamericana de objetivos no coincidentes con los planteamientos emancipadores. Este desastre por otra parte no sólo colaboró a que el pensamiento y la filosofía de los intelectuales “pecara” de cierta negatividad, al menos fue la llama para ejercitar las conciencias de los pensadores, creándose de esta forma una conciencia intelectual muy necesaria para España. El desastre obligaba a escritores y artistas a comprometerse y a poner en marcha su talento, quizás exagerando en ocasiones su oscurantismo, pero haciendo del arte una práctica al servicio de los ciudadanos.
Para José Luis Abellán, la interpretación del desastre como una especie de finis Hispaniae, como una catástrofe nacional que afectaba y significaba el conjunto de la nación española, del pueblo español, fue, una simplificación de la oligarquía, que identificó con el derrumbamiento o las dificultades de algunos de sus sectores y con el derrumbamiento fulminante de toda una ideología justificativa, el fracaso histórico de todo un pueblo. Esta idea Galdós la simboliza en el drama El abuelo, como sabemos escrita en 1895, pues deja ver la triste figura del anciano y cansado abuelo con el cansado y anciano pueblo español, que ha perdido, y ha sido “ultrajado” moralmente. De la misma forma el símbolo del fracaso personal que sufre el Conde de Albrit, es el fracaso popular del pueblo español, en un momento emblemático de su existencia histórica. Como decía Ehrhardt, “el verdadero simbolismo es la idealización de la materia, la transfiguración de lo real, la sugestión de lo infinito por lo finito”[3].
Efectivamente hubo un desastre-mito encuadrado en unas coordenadas ideológicas, pero también hubo un desastre-realidad social, multiplicado muchas veces a escala personal y familiar. Carmen del Moral[4] ha estudiado las consecuencias de las guerras familias diezmadas por el envío, irremisible del hijo a Ultramar; bajas en la contienda; crisis de subsistencias en la Península; situación sanitaria y merma de la capacidad laboral en buena parte de los repatriados. La oligarquía sufre un rudo golpe, pero las fuerzas sociales que le son hostiles actúan en orden disperso y carecen de madurez. La vieja estructura social entrará en crisis a partir de 1917; las instituciones políticas también. Si olvidamos la historia total, y circunscribimos nuestra atención a la clásica historia política, no hay razones para dar por terminada la época de la Restauración ni en 1898 ni en 1902. Hay una compleja y honda ruptura que afecta al campo ideológico e intelectual: la burguesía “no integrada”, la pequeña burguesía y la clase obrera irrumpen ideológicamente al nivel de distintas tomas de conciencia; en tanto los intelectuales, o sostienen “la tesis burguesa del Estado democrático liberal y de Derecho” como Azcárate[5] o Posada[6], o pasan a expresar “la protesta irritada, sentimental, de la pequeña burguesía” o habrán asumido más o menos circunstancialmente posturas socialistas o anarquistas, como será el caso de la juventud del 98. Escribe Tuñón de Lara[7]:
Si aceptamos que el 98 no comporta una quiebra política y que el sistema sólo entrará en crisis a partir de 1917, es preciso reconocer que el “desarme ideológico” experimentado por este último en la crisis de fin de siglo es muy relativo, ya que no transcurrirá una década sin que el planteamiento de la cuestión marroquí –de la guerra de África: otra guerra colonial- venga a reactivar, claro está que sobre nuevos presupuestos, los grandes temas de la ideología presuntamente quebrada en el 98”.
Como contrapartida de estas dos observaciones, quizá cupiera formular otra: la necesidad de insistir sobre el “desarme moral” del sistema que, efectivamente, sí cuenta en el 98 con un jalón decisivo. Hasta entonces nunca se había puesto de manifiesto tan brutalmente la insolidaridad de la oligarquía de la clase política que la representaba con el pueblo por ella regido. Agudamente se ha referido Abellán a la motivación ética que impulsará a los jóvenes del 98: fue “su sentido de la justicia” el que les impulsó al socialismo o al anarquismo. En cuanto al pueblo, es bien sabido que la guerra de África será asumida con un talante bien distinto al del 95 o al del 98.
Por tanto existe un movimiento regeneracionista, hay una literatura regeneracionista; -dice Tuñón- hay, también, un adueñamiento del mito y de la retórica regeneracionista. Esta es la máxima del pensamiento galdosiano que no termina de definirse en parámetros exclusivos, sino que a través de sus dramas y comedias, ofrece al espectador, los diferentes puntos de vista que en este caso será la interpretación más objetiva de las diferentes entidades sociales y sus personajes que son los diversos polos del pensamiento, encontrados y combatibles.
Esta es la ambivalencia de la tragedia. La vida humana, normalmente está hecha de mediocridad y de seguimiento de la norma. Debe ser así. Pero a veces llega el momento de las decisiones que alteran el curso de esa normalidad. Entonces, una de dos, o surge la tragedia o surge la comedia. El romper con la normalidad puede ser trágico: provoca dolor humano, independientemente del éxito o fracaso. O puede ser cómico: provoca simplemente risa. Porque es inocuo, al menos desde el punto de vista del público y del poeta[8].
Algunos hombres progresistas
Ha llegado pues la época de que se formule el credo de una nueva religión, que sustituya todas las antiguas religiones y comprenda las nuevas aspiraciones de la actividad humana. Esta religión no puede ser obra de un día. Su nombre es la ciencia. Su historia es la historia de la humanidad entera. Su objeto, aliviar todos los dolores, satisfacer todos los deseos, formar masas enormes de subjetivo contra la oscuridad y la ignorancia.
El credo de una Religión nueva. Serafín Álvarez[9]. 1873.
Dentro de la hermosa y rica galería de personajes que Galdós crea, existe un prototipo muy respetado por el escritor, caracterizado probablemente con elementos que parten de lo autobiográfico: es el hombre liberal. El hombre del progreso, estará siempre presente en el teatro galdosiano, ya lo estuvo en la novela, porque es algo más que necesario. Es fundamental para poder escribir la historia. El hombre liberal es en quien tiene Galdós puestos sus ojos para la regeneración y progreso de la España muerta y caduca que Galdós enfrentará en su obra. Estos hombres, tienen entre ellos elementos y referentes comunes, creando así lo que en teatro se denomina «tipo». El caso de Pepe Rey en Dª Perfecta. por ejemplo, es el que sienta las bases de sus posteriores creaciones masculinas. Es obvio que sus caracteres tienen mucho que ver con los que ya había perfilado en Augusto Miquis de La desheredada, y también tienen que ver su papel de «maestro» en su relación con las mujeres, todos tendrán algo de El amigo Manso.
Galdós, inevitablemente necesita de estos hombres como Pepe Rey[10], Dª Perfecta,para poder exponer su tesis regeneracionista, los necesita para poder convertir la realidad externa, en realidad teatral, tangible, creíble. El hombre libre, científico, intelectual, necesita desde el individualismo al que se somete por su formación, abrir nuevos cauces hacia la sociedad, y comprometerse con ella denunciando aquellos errores con el fin de regenerarla. La evolución de España tiene que procurar la existencia de esta figura tan incómoda para todos del hombre crítico que quiere -al igual que su creador Galdós- evolucionar desde el interior-individual, hacia lo genérico-colectividad. En el origen y génesis de este tipo de personaje tan necesario como elaborado de la creación dramática de Galdós, surge tanto lo autobiográfico, lo que ha sido Galdós, su posición ante la obra creativa, como lo imaginario e hipotético, que no es otra cosa que la figura tangible, real, de la consecución del cambio, una posible utopía.
En mayor o menor medida aparecen estas figuras cuyo eterno masculino se repetirá en la caracterización de estos hombres libres. Desde Pepe Rey, Doña Perfecta, 1896, Máximo[11] Electra 1901, hasta la forma más concreta de Guillermo Bruno[12], Amor y Ciencia, 1905, son los protagonistas, la elaboración y puesta en escena de la realidad de la tesis y pensamiento del autor, convertida en seres de carne y hueso. Por esta razón, el teatro de Galdós es un teatro de creación de seres humanos en el marco de una sociedad que espera un cambio en España, pero lo espera desde la perplejidad en unos casos, y desde la ignorancia en otros.
La filantropía del amor
George Sand, publica en 1834 la novela Jacques, cuya publicación constituyó un escándalo, sobre todo por la resolución del conflicto. Un desenlace anticalderoniano, al igual que el que propone Galdós en algunos de sus dramas. Jacques lleva su amor, su virtud hasta matarse -el divorcio no existía en Francia en aquella época- para permitir a su mujer que goce con quien ama la felicidad que él no es capaz de darle. Noventa años después, encontramos el mismo tema en Climats de Maurois, publicado en 1928, con la diferencia de que los héroes de Maurois tienen a su disposición el divorcio, por lo que la obra en su momento no causó escándalo alguno, es una resolución honesta que causó alivio, incluso en las huestes católicas. El protagonista -llamaríamos héroe- contempla también cómo su mujer se aparta de él. Padece por ello porque la ama, pero acaba consintiendo el divorcio para permitirle ser dichosa. Estos hechos suceden en un país de gran influjo para la cultura española. Pero debemos pensar ¿qué es lo que sucede en España?, de la ética brotará las estética. El concepto del honor, continúa impregnando la sociedad española decimonónica.
Tomás Orozco de Realidad es, un personaje nuevo, creativo y profundo, aunque si bien no por eso deja de presentar algunas ambigüedades, que analizaremos aquí. Dentro de esta apología de la verdad y de realismo que presenta este drama, Orozco es el personaje designado para llevar sobre sí, el peso del nuevo concepto del honor expuesto como tesis en este primer drama de Galdós. Orozco es un personaje celebrado por la crítica, que sin límites lo ha conmemorado como una de las concepciones más bellas y humanas de nuestro teatro.
Nos parece que Galdós con este personaje y la pintura de sus caracteres se eleva a lo sublime. Zeda, escribió de él en La Libertad:
Orozco es un pensador, un místico que aspira a romper todas las ligaduras que unen a su espíritu con la materia para vivir en el seno, no sé si de un nirvana semejante al de los indios, o en el de un panteísmo análogo al de los quietistas, o en la más honda y escondida morada del castillo del alma[13].
Orozco es el idealismo puro, el misticismo que desprecia la vida de aquí abajo por gozar de otra vida interior más perfecta, en la que el alma se derrite y se disuelve en justicia eterna, al igual que los krausistas, movimiento del que Galdós compartía muchas ideas y, en cierto modo, Orozco también lleva con íntima sinceridad. Orozco creerá al igual que Galdós en la perfectibilidad del hombre, en la moralidad, en el progreso de la sociedad, en un completo espíritu de armonía, en fin, en la belleza esencial de la vida, trabajando -al igual que los krausistas- en pro de un mundo mejor[14].
Este “santo laico” que busca la perfección moral posee un espíritu que sufre, combate, vacila, pero no llega a sucumbir, se mantiene fuerte hasta el final, y en su victoria estriba no sólo la grandeza dramática del personaje, sino su verdad humana…resultando una gran figura psicológica y por supuesto espiritual. El verdadero drama está en el alma de este personaje, que rompe con el prototipo del don Juan, tan sublimado en la época y del que hemos visto sus ecos en Los Condenados y en Alma y vida. La regeneración de España debe comenzar por la regeneración en la forma de enfrentar la vida los españoles.
Orozco no está en el escenario para simplemente hacer un alarde del nuevo concepto del honor por el perdón y la bondad, sino que se expone un profundo mundo interior, pues es Orozco el personaje reflejo y creación de su experiencia vital. Sabemos por sus biógrafos que muchas cualidades y acciones de Orozco, están sacadas del interior de Galdós, quien tenía esa sublime forma de razonar ante la vida, como también era caritativo, dueño de sus pensamientos, trabajador…Es portavoz del espiritualismo que ya se había establecido en la personalidad del autor canario, de la filosofía krausista, de los novedosos ideales que impregnan las mentes liberales. En suma es portavoz de todo un pensamiento finisecular. Sin embargo quiero recordar las palabras que desde la tribuna de la Institución Libre de Enseñanza, que escribió Rafael de Altamira, en una crítica a mi juicio olvidada por la investigación más reciente. Sus palabras están encaminadas a pensar que la personalidad de Tomás Orozco es mucho más ambigua de lo que en un principio se pueda pensar de él. Y creo que no sin razón, efectivamente Orozco actúa en el mundo de la indeterminación, pareciendo algo que en el fondo no es, es la puerta que Galdós deja abierta a la ambigüedad que hemos visto en la construcción de muchos de sus caracteres:
En aquel perdón; en aquella indiferencia, que no fría (puesto que viene con lucha), sino piadosa, hacia las pequeñeces del mundo; en aquel profundo sentido moral con que Orozco mide la elevación ideal de Augusta, no por la falta cometida, mas por la dureza de corazón y el miedo físico que le impiden confesarla, está el drama todo, porque está la más noble y levantada idea que representa. Al llegar aquí, olvídase la muerte de Federico, la complejidad de su carácter, su falta y su divorcio al propio tiempo con Augusta, la extraña intimidad con la Peri…todo es mero accidente, que rodea, motiva e ilumina la figura moral de Orozco, que algunos críticos tienen por indiferente, nada humana y verdadera. Que no la mueven las mismas pasiones y sentimientos que a los demás hombres, es verdad; que no es un marido como la mayoría de los maridos sublunares, ciertísimo; pero también lo es que no hay que juzgarlo de ese modo, según el cuál, el marido de La Dama del mar de Ibsen resultaría condenado artísticamente. Hay que ver en Orozco el ideal que representa, la victoria que predica y obtiene sobre las miserables pasiones del amor propio humano; el sacrificio de todo egoísmo que hace, frente al egoísmo vengativo de los tipos clásicos en nuestro teatro del siglo XVII (A secreto agravio secreta venganza, ect), como ha observado la Sra. Pardo Bazán en su Teatro crítico. Y después de todo, ¿por qué no ha de haber Orozcos en la realidad actual? Nótese que Orozco no perdona a su mujer: la perdonaría, si ella tuviese la suficiente grandeza de alma para confesar su culpa. Lo que hace es despreciarla, es despojarse de ella como de una ilusión marchita, como de una cosa que ha dejado de ser interesante, hacia la cual siente algo menos que indiferencia y que le estorba. Parte de esta abandono conócenlo muy bien, en el terreno de la amistad y aun del amor sexual, aquellos que guían su vida por motivos ideales y los sobreponen -sin artificio, en fuerza de una educación que ha echado raíces- a los meros afectos personales, que no conciben aislados de la estimación que solo producen las cualidades nobles del espíritu. Pero los hombres que así piensan, no llegan nunca a despreciar, ni hacen abstracción absoluta de la persona caída; sino que guardan siempre hacia ella una amorosa tutela, dispuesto a toda hora a prestar su apoyo para la redención y a abrir sus brazos al hijo pródigo de la moral. Orozco no llega a tanto. En medio de su rigidez de principios es egoísta y poco piadoso, puesto que se desprende de su mujer, como de cosa ya inútil; o cuando menos carece de fe bastante, pues no parece creer en ulterior corrección, ni sigue amando al culpable en ley de humanidad. Tal es la falta grave -falta de lógica y de psicología ideal- que puede achacarse a este personaje un poco vacilante y contradictorio[15].
Orozco es la oposición de diversas manifestaciones del momento, encarnando la figura contraria. Así Orozco será la moralidad frente a los inmorales, Augusta, Federico, Malibrán, Leonor. Es la dignidad y la fortaleza de las pasiones a través de una ascesis interior, y frente a los que se mueven a través de las pasiones buscando el placer de los sentidos, Federico, Augusta, Leonor, Malibrán y algunas pinceladas de Infante, él se opondrá con la razón. De esta forma también supone frente a las clases burguesas dominadas por el tan detestado por Galdós materialismo de los nuevos ricos, el contrario, donde él se ensalza con una magistral ética personal, en desuso por aquellos tiempos.
Lo primero que expone en su primera aparición en la escena V del acto I es una repulsa de los que le atribuyen obras caritativas, algo que Orozco no comparte, pues la humildad ha de estar por encima de todo. Él, buen cristiano, no quiere “presumir” de sus acciones, aunque la mayoría de las veces es inevitable que éstas tengan eco, pero Orozco gusta de actuar en silencio y en la intimidad. Todos los que le rodean le otorgan ya un papel establecido de bienhechor, que pesa enormemente sobre sus hombros:
Orozco. (Risueño y calmoso) ¡Pues estaría yo lucido! No, esas generosidades caen ya dentro del campo de la tontería, y francamente yo aspiro á que se tenga mejor idea de mí. El atribuir a cualquiera méritos que no posee, y que por lo disparatados no deben de lisonjear á nadie, constituye una especie de calumnia, sí, no reírse, una calumnia de benevolencia, que si no se cuenta entre los pecados, tampoco debe encontrarse entre las virtudes.
Su modestia le impide por completo hacer manifestaciones públicas de su bondad y caridad. Es un enorme peso social el que le han impuesto, y del que no puede zafarse. A veces nos mostrará a través de su gran humanidad, que no le es tan fácil hacer ciertas concesiones, pues esto sucede con frecuencia en las personas buenas como Orozco, que parece que como son superiores humanamente no les “cuesta trabajo” ser tan benevolentes. Orozco trabaja y cultiva su interior y demostrará que no es así, que su comportamiento no es mecánico, que él sufre como cualquiera, que lleva implícito un enorme trabajo interior, pero se eleva por encima de los sentimientos, sobre todo de los sentimientos que él deshecha como malos, y es en esa superación de las tentaciones y de lo superfluo es donde se encuentra solo, porque su esposa no puede igualarle ni compartir su forma de vivir y sentir. Su soledad hermana con su fuerte espiritualidad. Frente al misticismo que le ayuda a elevarse. Augusta que es la materia hermosa, palpitante, creada para el deleite y ansiosa del placer de vivir; y en estas aguas, sólo el bienestar de la soledad le parece el marco idóneo para su superación y solaz[16]:
Orozco. (…) Aquí, solo, dentro del círculo de mis pensamientos apartado de la sociedad. Que en su comedia insípida me impone uno de los papeles más vulgares, restablezco mi personalidad, me gozo en mí mismo y en contemplar los medios que empleo para mi propia corrección, examino mis ideas, pero mis acciones…Oh! no estoy satisfecho de mí, ni mucho menos…¡Y esos necios creen…¡Poco, muy poco he hecho para aliviar el mal humano…He de hacer más, mucho más…¡Que lejos nos quedamos siempre del bien absoluto, de la suma ciencia…! Pero ¡hay que seguir, hay que avanzar siempre…hasta descubrir la fuente eterna, aunque no podamos beber en ella más que algunas gotas que nos salpican la cara!…Una sola idea me aflige; y es que mi mujer, mi querida Augusta está aún distante de mi…pero muy distante…(levantase) ¡Cuán larga y compleja la humana labor! Y el tiempo con qué traidora sencillez se escurre, se va, se pierde…! No, no, aunque mi mujer me riña, no me acuesto sin trabajar un poco.(Entra en el despacho).
Orozco en este excepcional monólogo manifiesta claramente toda la carga social y espiritual que lleva sobre sus hombros. En el recogimiento que le proporciona el nivel superior de espiritualidad en el que él se encuentra, nos habla del duro papel de “hombre bueno” que le ha asignado la sociedad, sus ansias de perfección que pesan sobre él mismo porque no sabe actuar de otra manera que no sea esa autoexigencia en todas sus acciones, y sobre todo lo que más nos llama la atención es esta frase que en la edición de 1892 Galdós suprimió, pero que hemos recuperado del manuscrito: Una sola idea me aflige; y es que mi mujer, mi querida Augusta está aún distante de mi…pero muy distante. Encuentro muy significativa esta frase porque se pone de manifiesto un hecho muy real, indispensablemente necesario para el cumplimiento del conflicto y de la tragedia: es el alejamiento existente entre los esposos. Este alejamiento es tierra de cultivo para generar la incursión en la pareja de terceras personas.
Orozco ya sufre en el matrimonio desde el principio, por eso no le sorprende de su esposa la infidelidad que ésta realiza. Lo cierto es que aunque Orozco es consciente de que existe un alejamiento y un nulo entendimiento de los cónyuges, salvo para asuntos financieros y materiales, tampoco hace nada por remediarlo. Parece que él vive en su burbuja, en su mundo, y sale de vez en cuando para cuestiones sublimes, pero nunca está para las terrenales. Y es obvio que Augusta necesita un hombre, y Orozco como Augusta lo define es más bien un santo, sin espacios para la seducción y el erotismo, es un sacerdote dirá al final. Orozco está demasiado elevado por encima de ella, y ella es demasiado terrenal, Augusta se aburre de su marido y tampoco tiene demasiadas ganas de luchar por él. Ninguno de los dos fomenta la pasión, solo la amistad y muy relativamente, es decir que entre ellos existe una situación idónea que podríamos llamar de predivorcio, previa a la tragedia que provocará el divorcio por completo. Quizás lo sorprendente y verdaderamente sublime de Galdós es que pinta la realidad como tal, es decir para que Augusta cometa infidelidad tiene que haber una situación previa que atraiga en cierto modo esa situación y justifique los hechos. Los adulterios son así, y ahí reside la verdad del teatro realista, estas cosas ocurren incluso a la gente sublime como Orozco, y de ahí la verdad y la coherencia que tanto necesitaba el teatro en aquellos momentos:
Augusta. (…) Tedio inmenso de esta vida, vendo mi alma por combatirte…(Como sosteniendo una lucha). No puedo, no puedo ser de otra manera. Mañana romperé otra vez la regularidad enervante de esta vida, mañana probaré lo misterioso y desconocido, la miel del secreto que nos compensa de tanta insipidez…(Desde el centro de la escena, mirando hacia el interior del despacho). Hombre sin tacha, tus luchas son como una comedia que compones y representas tu mismo para engañar el fastidio de esta normalidad que nos convierte la vida en un Limbo sin pena ni gloria. El bien o el mal, esos dos guerreros que nunca concluyen de batirse, ni de vencerse, ni de matarse, no cruzan sus espadas en tu espíritu. En ti no hay mas que fantasmas, ideas representativas, figuras vestidas de vicios y virtudes, que se mueven con cuerdas. Si eso es la santidad, no sé yo si debo desearla…(con arranque) Pero lo que yo digo: los santos estarían mejor en el cielo. La tierra, dejárnosla a nosotros, los imperfectos, los que sufrimos, los que gozamos, los que sabemos paladear la alegría y el dolor. Los puros que se vayan al otro mundo. Nos están usurpando en éste un sitio que nos pertenece.
Tomás Orozco es un animal de la sociedad que le exige que cumpla con su papel, pero que lo cumpla como el Bueno, el benefactor, el protagonista, el defensor de la verdad y de la honestidad por encima de todo, y esto produce en él un pesado cansancio, que le hace renegar y no estar atento al juego que se urde a sus espaldas. Todos esperan siempre algo bueno y sublime de Tomás Orozco, y a veces no puede con esa responsabilidad, pues se confiesa con ciertas debilidades al igual que cualquier ser humanos. Sólo que para él, el flaquear no se le está permitido, y no se lo permiten, ¿quién?, la sociedad reflejada en los personajes, es decir los representantes del mundo. La sociedad que tan magistralmente se refleja en el acto I.
Esta humanidad Orozco la expone en el acto III, en el diálogo que mantiene con Joaquín Viera, donde además se percibe en sus palabras cierto cansancio existencialista:
Orozco. Me he cansado del papel de puritano que la opinión se empeña en hacerme representar. He visto que la rectitud, practicada tan en absoluto, me trae mas males que bienes. (…)
Orozco. ¿Que tal? Esta salida ha desconcertado al sagaz arbitrista. Usted no contaba con esto ¿verdad? Dígalo con franqueza; usted fiaba en la decantada severidad de mis principios, en esa fama que me han dado algunos tontos, la cual ha venido á cargarme tanto, pero tanto, que me propongo no perdonar ocasión de desmentirla.
Orozco. Pues ahora resulta que el hombre de conciencia rígida no existe más que en la infundada creencia de los necios que han querido suponerle así; resulta que Orozco es como todos los que le rodean, ni perverso, ni tampoco santo; que desea mantenerse en el justo medio entre la tontería del bien absoluto y el egoísmo brutal de otros; que no quiere dejarse explotar, sosteniendo el derecho estricto y la moral pura en cuestiones de intereses; que defiende su peculio, hasta donde pueda; con el criterio de la mayoría de los hombres de negocios; de todo lo cual resulta también que al negociante que me escucha le ha salido mal la cuenta, y que por esta vez su maniobra ha sido un verdadero fracaso.
(…)
VIERA. Ya voy viendo que…
Orozco. Que no soy tan bueno como parecía.
VIERA. Que haces el papel de hombre recto en todo aquello que no afecta a tus intereses…eso no está bien, Tomás hijo mío. Yo te aseguro…
Con o sin razón, Galdós a través de los personajes siembra la duda sobre Orozco, siembra la duda sobre si en verdad es un santo, o por el contrario juega con la sociedad, y el papel que ésta le ha impuesto. Creo que hay algo de esto el personaje de Orozco. Por ejemplo durante el “juego de salón”, los personajes de Villalonga, Malibrán, Aguado e Infante intentan «cambiar» la realidad. Orozco no se deja “convencer” tan fácilmente. de los “favores” que tiene que hacer “porque sí” a Clotildita y Santanita, donde apreciamos aparentemente en Orozco cierta dosis de histrionismo. Pero en realidad, el hecho de ser bondadoso no quiere decir que haya por ello que alimentar a vagos, o tener rémoras económicas de por vida, impuestas por el juego social.
Por tanto se manifiesta, sobre todo en el acto III, una ambigüedad no sólo en Orozco sino entre los que hablan de él, porque puede ser -y en esto han coincidido algunos críticos- que Tomás no sea tan “bueno” como parece, y los “malos” no sean tampoco tan malos, es decir las leyes de la justicia poética y del melodrama no se dan tan claros como a simple vista y oído pueda parecernos. Orozco tenía enemigos que lo detractaban, y lo vituperaban a sus espaldas. Está rodeado de traidores. Creo que es el personaje más sublime de todos, uno de los más filosóficos de la dramaturgia galdosiana.
Orozco es la razón, como lo era el principio de la filosofía krausista; Orozco es un hombre que no necesita de la sociedad, solo de su pensamiento, en medio de la traición. Se eleva por encima de todos, incluso por encima de su mujer a la que a su manera ama profundamente. Es por esta razón que en el acto I, no aparece en el escenario hasta la escena VI, se hace esperar, porque su peso dramático está por encima de todos. Y no todos le pueden seguir. Orozco, es de verdad, y este personaje hecho de filosofía, de espiritualidad y de amplitud de horizontes, es el que sentará las bases del verdadero honor, y lo que es más, del verdadero desenlace, profundo, del honor mancillado. El espíritu por encima del hombre. Un ideal muy necesario para el teatro español.
Orozco puede tener dos caras, y debajo de la máscara de la bondad y del hombre sublime de ideas, puede haber razones de juego social, orgullo, vanidad y prepotencia como de hecho cuestionan otros personajes. Realmente no es hasta el acto V cuando ya se revela esa superioridad humana clásica de este personaje revolucionario de los conceptos de honor. En el resto de los actos divaga y se nos hace dudar realmente de sus intenciones, Galdós hace de él un personaje muy ambiguo porque no sabemos por dónde va a ir hasta el final. Este divagar en la ambigüedad de las escenas primeras humanizan al personaje y lo hace más verosímil, ya que lo contrario sería caer en un maniqueísmo nada real, inexistente en la vida como por ejemplo, Malibrán en este corto monólogo original del manuscrito, que se suprimirá en la princeps de 1892:
MALIBRÁN. Amor propio. Todas las pasiones son eso, y nada mas que eso. Tal como están hoy las sociedades, con las religiones abatidas; la moral llena de distingos, el amor propio nos gobierna. ¿Ve usted á Orozco, á quien todos llaman la mejor persona del mundo?. Pues es que se ha impuesto un papel, y lo sostiene por algo que se asemeja a la vanidad del artista. Si estuviéramos en época en que la santidad fuera moda, ese extremaría sus actos benéficos hasta el sacrificio y la mortificación, todo por orgullo, por el culto fanático del Yo. Ley primaria del mundo es el amor propio. Todos hacemos un altar donde nos ponemos á nosotros mismos y nos adoramos con un dogma cualquiera. Mi dogma es vencer empeños amorosos, ó descubrir los ajenos cuando no puedo vencer.
Se ha señalado a Malibrán y a Joaquín Viera, como los elementos más melodramáticos del drama Realidad, porque a medida que transcurre la acción, Malibrán, se va haciendo más “malo” hasta recibir su “merecido”. Atendiendo al concepto de justicia poética, cuando en realidad él tiene su particular visión del adulterio que se está cometiendo, y cuando el hombre ve el pecado, no le importa pecar. Es decir, Malibrán descubre el engaño y el adulterio que comete Augusta con su marido al estar en brazos de otro hombre. El marido es un hombre “ejemplar” al menos aparentemente, porque Malibrán considera que Orozco, juega un papel y es un hipócrita. A su vez, a Malibrán la feminidad y el misterio de Augusta le fascinan. Habida cuenta de que los límites de la verdad se han superado, se ha extralimitado el respeto a la persona, y todos viven en una quimera, él decide que quiere participar también de ese juego de infidelidades, porqué no.
Joaquín Viera, aún sin saber nada del adulterio, al igual que Malibrán, “el otro malo” tiene de Orozco, una opinión distinta de los demás, como ya hemos visto anteriormente y como lo revela definitivamente cuando dice: “Aunque nadie me ha llamado nunca “el hombre modelo”, yo…tengo ideas claras de la justicia, de la propiedad, del derecho…”. En realidad quien eleva exageradamente y por encima de los límites a la persona de Tomás Orozco, son precisamente los que le están engañando: Augusta y Federico. Orozco, como ya hemos señalado, es sin duda el portavoz de todos los personajes que más se ajusta a las tesis de pensamiento galdosianas. Augusta le considera un santo, pensamiento que se desdobla del conflicto interior que ella misma tiene engañándole. Lo sublima adjetivizándole con frases como: “eres un alma fuerte, una voluntad poderosa, un espíritu superior” dice Augusta en la escena X, del acto I. “El hombre mejor del mundo”, “Le desvela la perfección” escena X, acto I. En la escena IX del acto II, el diálogo de Federico y Augusta:
FEDERICO. No puedo considerar tal cosa: Querida mía, si me amas, impíde los favores de ese hombre a quien yo debería reverenciar, de un hombre cuya noble confianza pago con el mayor, con el más villano de los ultrajes.
Augusta. (Con gravedad, después de una pausa) Habíamos convenido en no hablar de eso…Quien le ultraja…no eres tú. Al acusarte, parece que me acusas a mí.
FEDERICO. Yo…á ti! Jamás! Pero desde el momento en que me hablas de generosidades tuyas o de tu marido, la cuestión moral se me impone, y veo planteado un dilema terrible.
(…)
Augusta. (Impaciente por no recibir respuesta) Será preciso que te lo repita? Él es un santo, y yo te quiero a tí. Aquí tienes las dos verdades capitales. ¿Crees que trato de buscar entre ellas una componenda hipócrita? No. Dejo los hechos como están. Tú eres cobarde y huyes. Yo soy valiente, y me paso la vida delante de esas dos verdades, mirándolas cara a cara.
Federico a su vez, pondera tanto la bondad de Tomás Orozco que llega a obsesionarse hasta tal punto de rozar los límites de la locura y se suicida. La bondad, la caridad y la honestidad de Orozco es la “culpable, responsable” del entramado psicológico de Federico Viera y de su precipitación al suicidio.
Joaquín Viera aparece adulador de Orozco para acabar repudiándole, y justifica ante él mismo su mala suerte argumentando sobre las clases sociales, y sobre aquellos que han tenido más suerte que él, porque han heredado bienes. Esto envilece el ser, Orozco está enorgullecido por ello, según lo percibe Joaquín Viera:
Ah! Los que todo lo tienen porque han recibido de la suerte, de la herencia o de la casualidad los bienes de este mundo, son muy inclinados a juzgar a los demás con una moral severísima, bárbara, cruel, que si prevaleciera, nos llevaría otra vez a la desigualdad social, a la esclavitud, a las cartas..No hijo mío: el derecho a la vida nos corresponde a todos. No vayas a creer que ese derecho va exclusivamente adscrito a las acciones del Banco, al cuatro amortizable, y a la propiedad rústica o urbana”.
Cuando Joaquín Viera piensa que va a “conseguir” los favores y el dinero de Orozco, ve a éste como: “Inteligencia clara, puntos de vista elevados, conocimiento de la realidad, ideas tolerantes, gran corazón, honradez exquisita, aptitud grande para ver y sentir lo íntimo de las cosas…Y más adelante:
Siendo tú quién eres, la conciencia más pura que hay bajo el sol, no has de tolerar nada contrario a la ley, ni has de retener injustamente la propiedad ajena: siendo tú quién eres, has de tener a gala y orgullo el devolver a sus legítimos poseedores lo que por olvido o negligencia, no por malicia (con afectación) no, no, está en tu poder.
Pero cuando comprueba que Orozco no va a actuar como él espera, cambia el tono de una forma muy directa, le “chantajea moralmente” con sus atribuciones sociales de gran hombre:
VIERA.(Flemático). Aguárdate un poco. Deseo prevenir todas tus suspicacias. Como no podrás dudar de la autenticidad del documento, me vas a decir que ha prescripto; pero yo te probaré que no.
Orozco. Seguramente ha prescripto. No habiéndose presentado en el arreglo de 1874.
VIERA. Veo que tu memoria no está al nivel…de tu conciencia, queridísmo Tomás, y que por el gusto de contradecirme, incurres en graves errores. Yo te iluminaré…Recuerda el caso aquél, bastante parecido á este, en que creíamos todos que la obligación del Banco de Navarra había prescripto, y el Tribunal Supremo declaró que el plazo de prescripción de estas obligaciones no podía depender de los plazos de arreglo que fijaran los liquidadores de la “Humanitaria”. Es cierto ¿sí o no?.
Orozco. (Meditabundo) Cierto es; pero enséñeme…
VIERA. (Sacando un papel) Ahí está. Examínalo con la prolijidad que quieras, (mientras Orozco examina con profunda atención el documento presentado por Viera, éste se levanta y con las manos en los bolsillos se pasea por la habitación, hablando para si). A ver porqué registro sales ahora, hipocritón, cuákero de mil demonios. Estás cogido. La red es hermosa, y admirablemente tejida con hilos legales, y por más que la busques no encontrarás malla rota para escabullirte.
Hay un diálogo al respecto que también demuestra la ambigüedad que tienen con Orozco y su forma de ser estos personajes “malos”, que solo está en el manuscrito y que Galdós omitió, tal vez para no crear mayor confusión. Es también la escena VII, durante el diálogo de Joaquín Viera y Orozco:
VIERA. ¡Como te complaces en humillarme! Abusas de mi ancianidad, de mi aislamiento aquí, pues ya no tengo amigos, ni apenas familia. Tomás, Tomás, el amigo íntimo de tu padre, merecía de tí otra consideración. (Aparte, meditabundo). Inútil insistir…Se planta en las mil doscientas. No contaba yo con su egoísmo…creí que su hipocresía era falsa, y ahora me resulta verdadera,
En la escena final del acto tercero, Joaquín Viera ya despidiéndose, continúa aún jugando con lo veleidoso de la vida, con la ironía. A través de su afectada hipocresía, aún continúa abriendo una puerta de duda y ambigüedad, sobre Orozco, y sobre lo que traman a sus espaldas su hijo Federico y Augusta. En la obra no se nos dice si Joaquín Viera conoce la infidelidad de que Orozco es víctima, pero por su forma de hablar parece que algo sabe, donde la ironía está más que patente:
VIERA. (A Federico) Y tú buen mozo, (abrazándole) tampoco necesitas para nada de este viejo. Tampoco a tí te faltan apoyos, truhán. Nadie como tú, Tomás, Augusta, ¡cuánta gratitud os debe! (Casi llorando) No tenéis hijos, y me quitáis los míos. Adiós, adiós.
Orozco. (Dándole la mano) Hasta otra.
VIERA. Ya no más (aparte) Hipocritón, tengo quien me vengue. (Vase por la izquierda. Orozco le acompaña hasta la puerta del salón).
Lo realmente novedoso es la escena final del acto V, donde Orozco siente el deseo de ahogar entre sus manos a Augusta. Una reacción completamente humana, nada idealista: “es la garra del dolor que tira de él hacia la tierra; pero tras breve lucha, el marido ultrajado vence con esfuerzo sobrehumano aquella tentación y se refugia en el santuario de su alma como en el asilo sagrado adónde no llegan las mezquindades de la carne, y allí, en lo más escondido de aquel templo, se unen en estrecho abrazo el pensamiento de Orozco y la sombra del rival, muerto en aras del remordimiento”.[17]
Si la realidad infinita, -dice Orozco en el monólogo final del drama, se pudiese reír, ¡cómo se reiría de las bobadas que aquí nos revuelven y trastornan!…
[1]Tuñón de Lara Historia de España Tomo VIII “Revolución Burguesa, Oligarquía y Constitucionalismo 1834-1923” Madrid, Labor 1990. Pp 270-290.
[2]Ibídem, Tuñón de Lara, pág 274.
[3] Henrik Ibsen, Teatro completo, Madrid, Aguilar, 1973, pp. 1-139.
[4] Carmen Moral Ruíz, La sociedad madrileña de fin de siglo y Baroja, Madrid, 1974.
[5] don Gumersindo de Azcárate (1840-1917), Político, catedrático, filósofo y orador español de ideas liberales. En su libro El self-government y la monarquía doctrinaria, expone todo el potencial socioeconómico del momento, un liberalismo en cierto modo parco de revolución. Ed Alejandro de San Martín, Madrid, 1877. Galdós alude esta figura política en Canovas.
[6]Así escribe de él Galdós: “Posada es un asturiano muy listo, que en nuestro tiempo no se había dado a luz, de cuerpo enjuto y semblante un tanto ratonil, a que dan mayor expresión de agudeza sus orejas no cortas. En el Congreso brilla por su perorar discreto y persuasivo, sin ringorrangos, y brillaría más si el ministerialismo no quitara sal a su elocuencia, pues defendiendo a los que están en el candelero, que es como estar en la picota de la impopularidad, no se ganan las palmas oratorias”, pág. 981, Episodios Nacionales, Serie Final, Madrid, Aguilar, 1988. Galdós utiliza la presencia de este político llamado “El gran elector” por ser el padre de la corrupción electoral, en diversos episodios como son: Montes de Oca, Los Ayacuchos, O’donnell, Aita Tettauen, La vuelta al mundo, Prim o Cánovas.
[7] Ibídem. pág 387.
[8] Francisco Rodríguez Adrados, Democracia y literatura en la Atenas clásica, Madrid, Alianza Editorial, 1997, pág. 157.
[9] Serafín Álvarez fue compañero de generación de Joaquín Costa, el más importante regeneracionista. Su obra El credo de una Religión Nueva, obra que no obtuvo ninguna relevancia en la época, pero que constituye en si misma una exposición muy atractiva y muy clara sobre una posible reforma de la sociedad. «Es necesario -decía Serafín Álvarez-, hacer desaparecer los templos para convertirlos en escuelas y talleres; colocar en el lugar de los santos, máquinas; en vez de altares, mesas de estudio; en vez de función religiosa, la discusión científica. Es necesario, en una palabra, que desaparezca la fe y que comience el imperio de la razón». Edición de José Esteban, Ed Fundación Banco Exterior, Madrid, 1987, pp. 9-14.
[10] En B.P.G, Intr. De Sainz de Robles, Volumen Cuentos, Teatro y Censo, leemos la descripción que de este personaje hace Galdós en los siguientes extractos, obviamente entresacados de la novela, que fue la primera versión de este drama:
Hijo del caballeroso abogado don Juan. Había terminado con brillantez la carrera de Ingeniero de Caminos. Se le quería casar con su prima Rosario Polentinos. Y él aceptó la idea.
Frisaba la edad de este excelente joven en los treinta y cuatro años. Era de complexión fuerte y un tanto hercúlea, con rara perfección formado, y tan arrogante, que si llevara uniforme militar ofrecería el más guerrero aspecto y talle que puede imaginarse. Rubios el cabello y la barba, no tenía en su rostro la flemática imperturbabilidad de los sajones, sino, por el contrario, una viveza tal, que sus ojos parecían negros sin serlo. Su persona bien podía pasar por un hermoso y acabado símbolo, y si fuera estatua, el escultor habría grabado en el pedestal estas palabras: Inteligencia, fuerza. Si no en caracteres visible, llevábalas él expresadas vagamente en la luz de su mirar, en el poderoso atractivo, que eran don propio de su persona, y en las simpatías a que su trato cariñosamente convidaba.
No era de los más habladores; sólo los entendimientos de ideas inseguras y de movedizo criterio propenden a la verbosidad. El profundo sentido moral de aquel insigne joven le hacía muy sobrio de palabras en las disputas que constantemente traban sobre diversos asuntos los hombres del día; pero en la conversación urbana sabía mostrar una elocuencia picante y discreta, emanada siempre del buen sentido y de la apreciación mesurada y justa de las cosas del mundo. No admitía falsedades ni mixtificaciones, ni esos retruécanos del pensamiento con que se divierten algunas inteligencias impregnadas del gongorismo; y para volver por los fueros de la realidad, Pepe Rey solía emplear a veces, no siempre con comedimiento, las armas de la burla. Esto casi era un defecto a los ojos de gran número de personas que le estimaban, porque aparecía un poco irrespetuoso en presencia de multitud de hechos comunes en el mundo y admitidos por todos. Fuerza es decirlo, aunque su prestigio se amengüe: Rey no conocía la dulce tolerancia del condescendiente siglo, que ha inventado singulares velos de lenguaje y de hechos para cubrir lo que a los vulgares ojos pudiera ser desagradable. Pág 1339.
B.P.G, Ibídem… Volumen Cuentos, Teatro y Censo, página 1252.
De treinta cinco años. Sobrino de los García Yuste. Viudo joven con dos hijos. Sabio verdadero, gran luchador contra el obscurantismo. Se enamora de la admirable Electra y se casa con ella después de vencer la oposición perversa del tétrico Pantoja. Gran figura viril y espíritu finísimo y carácter entero y dulce a la vez.
[12] B.P.G, Ibídem… Volumen Cuentos, Teatro y Censo, pp 1099-1100.
Médico afamado, carácter enérgico y autoritario, dotado de un poderoso influjo espiritual. Tuvo que separarse de Paulina, su mujer, ante la inmoral conducta de ésta, y más tarde se vió en el trance de salvar la vida de Cristín, hijo de su ex-esposa y de un francés. Volvió Paulina a quedar enamorada de su marido. Bruno había fundado un sanatorio para enfermos nerviosos y niños raquíticos.
[13] Op. Cit, Los estrenos teatrales…, pp. 54-58.
[14]Sobre las ideas krausistas, es de obligación la lectura de los dos libros de máximo interés para comprender el pensamiento de los intelectuales de la época, entre los que se encontraban Galdós y Clarín, y que basaron gran parte de su fondo ideológico en este movimiento, y son a saber:
López Morillas El krausismo español, Madrid, Fondo de Cultura Económica, 1980, donde en un total de diez capítulos, López Morillas traza lo que sería un perfil del movimiento krausista español, un movimiento espiritual al que con bastante más desenvoltura que ponderación, se ha atribuido la incorporación de España al pensamiento europeo moderno. El krausismo español, -como afirma López Morillas- más que una filosofía, fue lo que por falta de mejor expresión, llamaremos “estilo de vida”, una cierta manera de preocuparse por la vida y de ocuparse en ella, de pensarla y de vivirla, sirviéndose de la razón como de brújula para explorar segura y sistemáticamente el ámbito entero de lo creado.
Y el interesante tratado de Elías Díaz La filosofía social del krausismo, Madrid, Debate, 1989. donde el autor nos aporta una clara visión de lo que fue la Institución Libre de Enseñanza, los cuales diversificaron y transformaron en seguida tal filosofía krausista, desde la circunstancia española, en un espíritu y un talante intelectual y político caracterizado por la defensa de un liberalismo no individualista, así como por una reforma del hombre y la sociedad basada en el estudio, el trabajo, la ciencia, la pedagogía y la ética.
[15] Boletín de la Institución Libre de Enseñanza. Ap. Revista Literaria por el Profesor don Rafael de Altamira, Secretario del Museo Pedagógico. «Realidad, drama en cinco actos y en prosa, de don Benito Pérez Galdós», pp. 110-112. Madrid, Imprenta de Fontanet, Libertad, 29, 1892.
[16] Los parlamentos que transcribo en cursiva pertenecen a las pruebas de ensayo de Realidad, que se encuentran en la Casa Museo Pérez Galdós de Las Palmas de gran Canaria. Estas copias que no son de letra de Galdós, están seguramente destinadas al trabajo actoral, en las que se tachan aquellos extractos que no fueron representados, que en este trabajo irán en cursiva, cuya fundamental importancia es obvia para el trabajo crítico de la obra del autor canario.
[17]Zeda, en La Libertad crítica del 16 de marzo, al día siguiente del estreno.















