
María del Pilar Palomo, Universidad Complutense
Hace unos diez años Rodolfo Cardona calificó La campaña del Maestrazgo como «palimpsesto romántico», analizando la novela como «pastiche paródico del romanticismo». Aplicando el término a ese concreto volumen, el juicio y el análisis son irreprochables. Pero no sé si el término palimpsesto sería el oportuno para todos los volúmenes de la Tercera serie de los Episodios, en la que está inserta, porque la crónica del Romanticismo que en ellos se desarrolla tiene poco de escritura oculta o de mensaje escondido. Por el contrario, creo que la función informativa es evidente y ello partiendo ya de la serie anterior. Recordemos el final de Un voluntario realista, que firma Galdós en 1878, donde Servet, su personaje, marcha al extranjero hacia 1827, y escribe su cronista: «… y en su calidad de historiógrafo, de poeta y de profeta, aportaría sin duda alguna idea nueva a las regiones donde ya se estaba elaborando el romanticismo». En el volumen siguiente, Los Apostólicos, con los sucesos que van, aproximadamente, de 1829 a 1831, ese cronista —ahora como narrador interpuesto que hubiese sido narrador y testigo, escribe—: «Mucho podríamos decir sobre esta revolución que tuvimos la gloria de presenciar; pero damos punto aquí porque no es llegada aún la razón de ella, y sus insignes jefes no eran todavía más que conspiradores» (p. 177). Es evidente que, entre 1829 y 1832, Galdós no ha presenciado aún absolutamente nada, pero sí lo han hecho personas como Mesonero, de los que recabó información oral, y Galdós, en su volumen, ya va delineando las semblanzas de los autores románticos, incluida la imagen de Larra, que aparece, por vez primera de manera expresa, en los Episodios. Y cuando, situándonos hacia 1844, esa «revolución» languidece, Galdós escribe Bodas reales, final de la Tercera serie: «Tras esta gloriosa procesión romántica que iba pasando y en el ocaso se desvanecía (…) vino un sentimentalismo baboso que en los años siguientes hubo de dar frutos de notoria insipidez…» (p. 83).
Desde Los Apostólicos hasta Bodas reales, Galdós ha trazado, efectivamente, la crónica del Romanticismo, y dentro de él, la historia del periodismo romántico madrileño, aunque ello lo haga de forma alusiva, discontinua, mediante citas, juicios, selección significativa de fuentes, o utilizando como personajes secundarios o episódicos conocidos nombres del periodismo español de esos años. Evidenciando, de continuo, un conocimiento profundo, minucioso, de la prensa madrileña del segundo cuarto del siglo XIX, es decir, del período que corresponde a aquel nacimiento y ocaso del movimiento romántico.

Señalar la importancia del periodismo en las fuentes utilizadas por Galdós en la redacción de los Episodios es casi perogrullesco. Y, entre la bibliografía pertinente, remito al trabajo de Pilar García Pinacho¹.
Y como curioso ejemplo puedo añadir el dato de una entrevista a Galdós —ya utilizada en uno de mis trabajos anteriores— realizada en Santander en 1902, donde escribe el entrevistador: «Sobre la mesa del amplio gabinete de trabajo reposa una colección del viejo Heraldo, del Conde de San Luis, y entre las hojas del famoso periódico de los moderados, cuartillas con anotaciones. Son documentos para Narváez, el episodio que prepara actualmente el insigne novelista²».
Efectivamente, en los Episodios galdosianos, la prensa es una presencia notoria, como fuente y como tema. Y creo que, de un modo especial, en parte de esa aludida Tercera serie.
GALDÓS Y EL SEMANARIO PINTORESCO
Como fuente, y centrándome en la prensa romántica, voy a señalar tres ejemplos, uno de información histórica, un segundo de carácter sociológico y otro de referencia costumbrista, y los tres extraídos de las páginas del Semanario Pintoresco, que, sorprendentemente, no se cita en esos volúmenes de la Tercera serie, pese a la amistad con Mesonero, su fundador y director de la revista durante casi todo el período de la cronología interna de la serie, y pese a haber utilizado las Memorias de un setentón del escritor madrileño, aunque no su información oral como en las series Primera y Segunda, redactadas antes de la muerte del maestro y amigo. Curiosamente, tampoco se cita a Mesonero entre los numerosos nombres de periodistas que aparecen en los relatos a partir de Mendizábal. No creo que podamos dudar de la admiración de Galdós hacia Mesonero (y sobre ello ya tuve ocasión de tratar en un trabajo anterior³), pero entiendo que la posición ideológica de Galdós es, en 1898, mucho más afín al espíritu crítico de Larra que al conservadurismo burgués de Mesonero. Así, en la semblanza de este que inserta en Los Apostólicos, en 1879, parece darle una primacía sobre Larra, su presunto discípulo (p. 178), mientras que en La estafeta romántica, como veremos, afirmará la superioridad de Larra: «Has sido único…».
Pero la utilización del Semanario Pintoresco no creo que pueda ofrecer dudas, sobre todo a la luz de las marcas y subrayados que dio a conocer Stephen Miller, que ofrece el ejemplar de la revista de la Casa-Museo Pérez Galdós, en Las Palmas de Gran Canaria, procedente de la biblioteca personal del novelista. Así, el 18 de octubre de 1846, se publica en el Semanario la «Descripción de las fiestas» de las bodas reales, y en ella el lápiz azul galdosiano ha ido subrayando detalles concretos. Por ejemplo, la hora: «A las nueve de la noche empezaron a acudir a palacio las personas que debían asistir al acto solemne. En el momento de la bendición apuntaba el reloj del palacio las once menos veinte y tres minutos». Y la ceremonia concluyó «a las once menos dieciocho minutos».
En las referencias a la celebración del día siguiente, se han subrayado en la revista ciertos datos de la comitiva, como los «seis caballos atigrados» del Duque de Aumale, y los «seis caballos bayos con penachos encarnados» del coche de don Francisco de Paula. Y cuando vamos al capítulo XXXV de Bodas reales leemos que «el infante don Francisco de Paula llevaba el tiro de seis caballos bayos con penachos rojos…» y el Duque de Aumale «un tiro de seis caballos atigrados». Como colofón, Cistera, que regresa de Palacio, da cuenta del exacto horario preciso que Galdós subrayó en su ejemplar del Semanario:
En el momento de dar el señor Patriarca la bendición nupcial a Su Majestad, marcaba el reloj de Palacio las once menos veintitrés minutos, y las once menos dieciocho minutos era en el momento de quedar casada con Montpensier la siciliana infanta… son datos precisos, de una exactitud matemática, como deben ser en estos casos los datos históricos. Si alguno de los que han de escribir de tan gran suceso quiere esta noticia y otras, véngase a mí, y cosas le contaré que no agradecerá por la posteridad… (p. 188).
Veamos otro ejemplo, no de información de pormenores históricos, nimiedades irrelevantes, pese al gracioso juicio de Cistera, que sólo podía conocer Galdós a través de la prensa. Se trata ahora de una consideración sociológica. Como vemos en otro momento, Fernando Calpena dialoga con Larra, en Mendizábal, sobre la nefasta manía de los empleos, donde está «la explicación de la inercia nacional, de esta parálisis, que se traduce luego en ignorancia, en envidia, en pobreza», y se añade que los empleos «son como el opio o el hachís para esta nación viciosa, indolente» (p. 178). «La empleomanía» era ya un término acuñado por Mesonero en un artículo de 10 de mayo de 1832, recogido en su Panorama matritense. Pero en esa misma línea, en el Semanario, años después (31 de marzo de 1850) aparece un artículo firmado por Antonio Esperón, titulado «La empleomanía del siglo decimonono en España», y Galdós ha acotado con su lápiz, al margen, un amplio párrafo descriptivo de esa «terrible manía social» —en palabras de Mesonero—, «que despuebla nuestros campos y nuestras fábricas».
Pero no hace falta acudir a la pista de los subrayados o líneas al margen del Semanario. Pueden faltar en éste y ser la cita o la utilización tan textual que no ofrezca duda. Por ejemplo, en el caso del vestuario de Fernando Calpena. Recordemos el episodio en Mendizábal: en el domicilio del muchacho, recién llegado a Madrid, aparece un oficial del famoso sastre Utrilla —que, como el mismo Mendizábal, acaba de llegar de Londres— para tomarle medidas a fin de confeccionarle un completo vestuario a la última moda. Sigamos recordando que esa inesperada visita llena de estupor a Fernando, ignorante aún, como el lector, de la identidad del misterioso benefactor: su propia madre, la aristócrata Pilar de Loaysa, como sabremos mucho después. El texto descriptivo de ese vestuario es largo y extracto de varios párrafos relativos a la moda masculina del momento, de marcada influencia inglesa:
El señor Utrilla acaba de llegar de Londres… Precisamente al bajar de la diligencia se estropeó el pie. Por eso ha traído las últimas novedades que se han puesto al uso en aquella capital. Las levitas son ahora cortas y de poco vuelo en los faldones; pero siguen muy entalladas, marcando bien la cintura. Las que ha traído el señor Mendizábal, y que tanto llaman la atención, son ya antiguas. (…)
—Hombre, bien… ¿Conque entalladas y de faldón corto?
—Menos largo que el año pasado —dijo el sastre, tomando y anotando las medidas con singular presteza—. Los cuellos son ahora más largos, y bien caídos sobre los hombros, los botones grandes… (…)
—Perfectamente. Despáchese usted a su gusto… ¿Y los paños?
—Éjese usted en este color verde oscuro, que es la gran novedad que ha traído Utrilla. Se llama lond. Grey, y es el gran favori de Londres.
—Y en frac, ¿qué se lleva?
—Los fraques son ahora sin cartera: faldones nada de anchos, y los cuellos de la misma forma que las levitas. El señor Mendizábal los trae negros, verdaderamente fashionable por el corte y lo bien sentados. (…)
—¿Y el mío será también negro?
—No, señor: a usted, por la edad, le corresponde café claro. (…)
—¡Magnífico!… Y en pantalones, ¿qué tenemos?
—Sigue la moda de las telas escocesas, pero sin exagerar el tamaño de los cuadros. Haremos a usted dos panteons, y dos más ligeritos: uno negro, para entierros, y otro claro. Se llevan estrechos, sin tocar en el extremo (pp. 33-34).
Recordemos la fecha en que se sitúa la acción, marcada al comienzo de la novela: «septiembre del año 35», el mismo, efectivamente, de la llegada de Mendizábal procedente de Londres. Pues bien, en el Semanario Pintoresco del 15 de mayo de 1836, aparece una sección «Modas», dedicada a las novedades que ha traído Utrilla importadas de Londres. Incluso aparece el dibujo de un joven caballero con levita entallada, como un Fernando Calpena ideado por un dibujante de figurines. En el texto leemos que todo es ahora inglés —hasta la política—, todo hay que irlo a buscar a Inglaterra y, por tanto:
Tal cosa ha hecho el famoso Utrilla, una de nuestras primeras habilidades en este género, y como afortunadamente está ya de vuelta nos limitaremos a decir que viene enriquecido con gran copia de observaciones y datos que nada dejan que desear en cuanto al mundo fashionable: por él sabemos que las levitas son siempre cortas y de poco vuelo en los faldones, los cuellos bastante largos y bien caídos sobre los hombros, por consecuencia bajos, los botones grandes, el color del paño lord Grey (…) los fraques son sin carteras, faldón nada de ancho y los cuellos de la misma hechura de los de las levitas, el color café-claro, los pantalones estrechos sin tocar el extremo, y las telas de hilo más nuevas para ellos son parecidas a escocesas, y escocesas del todo. Los sombreros son bajos.
Es evidente, confrontando ambos textos, que muchos de los datos son totalmente literales. Aunque nos falten datos, como que el color lord grey es verde, y varios detalles más, como la forma de la levita Conde Orsay o los pantalones patencur. Pero en otro texto del Semanario —la «Crónica de Madrid», de 4 de mayo de 1845, el lápiz azul de Galdós ha señalado al margen las noticias sobre moda masculina, y en el texto se constata que los «fraques azules (…) siguen muy en boga (a Calpena le han hecho una levita “azul gendarme”)» y respecto a los colores de éstas, «las más fashionables, son las brocadas, en un tinte muy oscuro que se denominó longchamps». Pero estamos ya en 1845 y los pantalones de tela escocesa «se han proscrito enteramente».
Es evidente que todas las noticias sobre la moda podríamos rastrearlas en otras publicaciones que Galdós cita en Mendizábal. Pienso en El Correo de las Damas, que se vendía con figurines en láminas aparte —como era usual— y cuya existencia Galdós conoce muy bien cuando escribe en Los Apostólicos (p. 125) que al pequeño Juanito Jacobo le ha reñido solo por romperlas.
UTILIZACIÓN DE LA PRENSA ROMÁNTICA
Partiendo de esta minuciosa información, el conocimiento que Galdós exhibe de la prensa romántica es exacto y profundo. Pero de este conocimiento me interesa destacar dos puntos: la prensa como uso en la vida cotidiana y la adecuación de las citas de periódicos al contexto histórico-ideológico. Y en ambos casos funcionado casi siempre dentro de la narración en subordinación caracteriológica de un personaje o ilustrando costumbristamente una situación narrada. Me explico: sabemos, por ejemplo, de la lectura pública de prensa y sobre este punto hay ya numerosos trabajos y tenemos aún más numerosas datos que no es ahora el momento de enumerar. Pero Galdós convierte esa costumbre en una escena narrada: «Por las noches, la familia se reunía en el comedor en torno del patriarca claudicante», escribe en Un faccioso más y algunos frailes menos (pp. 62-63), y allí, además de Button, los muchachos de la casa solían «leer también las Gacetas para dar variedad a los conocimientos y saber lo que pasaba en Hungría, Cracovia o Finlandia. Los sucesos en España eran los que jamás se sabían por Gaceta ni papeles…» (p. 63), porque, efectivamente, sabemos que la censura ceñía de tal manera ese órgano oficial que era el boca a boca el vehículo oral de comunicación de las noticias.
Pero la Gaceta sí era, lógicamente, el vehículo de difusión de las disposiciones gubernamentales, y allí aparecería el decreto de la desamortización de los bienes eclesiásticos. Galdós lo narra en Mendizábal, mediante una escena en que el ministro entrega el «terrible documento» a su secretario: «A la Gaceta con él…» (p. 200). Por ello dirá don José de Milagro en Montes de Oca (p. 30) soñando utopías liberales: «Tres días de Gaceta me bastan, y si me apuran dos».
Aquella lectura pública aludida se extiende a la prensa extranjera, y el buen e inocente liberal que es Benigno Cordero, en Los Apostólicos, se indigna ante los ataques al liberalismo de la prensa moderada María Cristina, «cuando el señor de Pipaón leyó un papel francés que llaman la Quotidienne (p. 11). Se entiende que cuando lo leyó públicamente. Pero don Benigno, que es a la postre persona de orden, también lee, en privado, esa Gazeta aludida y el Diario, es decir, el Diario de Madrid. Por ello, abundando en el comentario anterior, él estaba al tanto de las noticias extranjeras, sobre las que daba «juiciosos dictámenes». Y la ironía galdosiana se explaya a propósito de la ignorancia acerca de la política española —la que fomentaba la prensa oficial— y la popularidad de los sucesos más alejados de la realidad española: «los impenetrables nombres de los puntos donde se batían turcos y rusos salían de la boca de nuestro héroe con no poca dificultad, y Benigno, que seguía con grandísimo ahínco el negocio de la nueva Grecia, barajaba los nombres gatunos de los personajes de aquel país, y así no se oía otra cosa que Miaulis, Mauromichales y también Kalocotroni, Maurocordato y Capodistria» (p. 30). Creo que de la ironía galdosiana hay que extraer dos consecuencias. Primero, su propia lectura de esas Gacetas, y segundo, una especie de contra-facta romántica si pensamos lo que significó para el romanticismo europeo la guerra de la independencia de Grecia, con la muerte de Lord Byron en ella como símbolo del movimiento.
No es únicamente la lectura de la prensa lo que se convierte en acción narrativa, sino sus mismos pormenores de distribución. El tendero don Benigno, en Los Apostólicos, «de mañana», tras hojear el libro de cuentas, «pasó la vista por el Diario que acababan de traer» (p. 14). Lo trae un repartidor cuando no se trata de una suscripción, ya que el sistema fluctuaba con puntos fijos de venta y el vocador por las calles, y ambos métodos dieron lugar a numerosos grabados de tipo costumbrista a lo largo de todo el siglo. Pero la llegada del repartidor a domicilio se remarca en un pasaje de Bodas reales, en forma dialogada: ha quedado abierta la puerta de la casa y se precisa que la sirvienta está hablando en ella con «el que trae el periódico, que es su novio». Y leemos:
—Anda con Dios…, el repartidor de El Clamor.
—Que trae ahora también El Correo de las Damas.
—Ya te dije que ese papel no me gusta, Correo… y de las damas? Me huele a tercería (p. 163).
Y a continuación se precisa que el repartidor de ambas publicaciones era, efectivamente, el portador de las cartitas amorosas para España, la señorita de la casa, que huirá con el novio.
O la publicidad literaria en la prensa, como cuando Calpena, en La estafeta romántica, escribe a su amigo: «Me enseña Juan Antonio un periódico de Madrid que anuncia la reciente publicación de un nuevo tomo de Víctor Hugo, Les voix intérieures por lo que más quieras, Hilo de mis pecados, vete corriendo a casa de Boz y cómprame ese libro» (p. 109). Con ese dato preciso acerca del editor Boix —citado en más de una ocasión— no sería difícil encontrar ese —periódico de Madrid— y el anuncio concreto que Galdós ha recogido.
Son, igualmente, numerosísimas las citas literales entre comillas extraídas de la fuente, sin consignar la fuente. En Bodas reales, al aludir a la decoración que unos «pintados bastidores han convertido en espléndido palacio gótico» o «un arquitecto del delito de la Inspección de Milicias, dice irónicamente que resultó un “romántico poema arquitectónico”, añadiendo: “según la feliz expresión de un cronista de aquellas soberanas fiestas”» (p. 181). Se atizan los tópicos ignorantes de los cronistas de salones, que traducen literalmente de lionnes por «nuestras leonas», también en Bodas reales (p. 86). Se reproducen, siempre entre comillas, las fórmulas tópicas de la prensa satírica liberal, denominando a los carlistas con monótonos chics lingüísticos: «enemigos fratricidas», «hordas de Cabrera» o «satélite del oscurantismo», en La campaña del Maestrazgo (pp. 13 y 16). O leemos en Bodas reales un párrafo construido a partir de variedades de la prensa:
«El dedo de Dios», como algún diario de la época escribió con poético énfasis, señalaba al «ídolo revolucionario, al rebelde y traidor Espartero, el único camino que debía seguir para “sumergir su ignominia en el ancho foso de los mares» (p. 24).
A los personajes galdosianos, como al mismo Galdós, no les basta con leer la prensa. También la comentan. Hemos visto la reacción de Cordero ante los ataques franceses al liberalismo de María Cristina. Más gracioso resulta el comentario de Bruno Carrasco en Bodas reales, al leer un artículo:
Ved lo que dice El Eco del Comercio: que López —es decir el Ministro López, «fugar» rosa de la política como escribe Galdós— es uno de los primeros hombres de España (…) una palabra que no entiendo trae el periódico: dice de López que es el Palladium de las libertades públicas. ¿Qué querrá significar con esto el articulista? Eufrasia, tú que eres la más leída de casa, ¿sabes lo que es el Palladium? (p. 14).
Pero, evidentemente, una señorita romántica no ha leído a los clásicos.
Incluso de esos personajes pueden decir otros que se dejan influir por el estilo o las ideas de la prensa: «¡Inocente! Hablas como El Correo Nacional, se le dice a Ibero en Montes de Oca (p. 23), cuando expresa sus ideas liberales como seguidor de Espartero. O pueden manifestar su repulsa a un sector de la prensa. «La España o El Guirigay maldito», dice, en la misma obra don Bruno Carrasco, el manchego moderado, añadiendo: «Nosotros no nos metamos, don José, no nos metamos… Somos gente de orden» (p. 23).
Y vuelvo con esta declaración del personaje a una afirmación de páginas atrás: la utilización de la prensa como dato caracteriológico de los personajes. No puedo extenderme en este punto, pero dejo apuntados varios ejemplos: las recomendaciones de Pilar de Loaysa a Fernando de qué periódicos debe leer —La Abeja, sobre todo, el periódico moderado adicto a Martínez de la Rosa—, el panorama y juicios sobre el periodismo en la carta a Fernando en De Oñate a la Granja (pp. 23, 24 y 25), en el año del estreno de El trovador, es decir, 1836. O los ataques a la prensa satírica —tolana y madrileña— del propio Fernando en Los Ayacuchos (pp. 143, 109, 113) —que llega a escribir acerca de los «repugnantes excesos de la libertad de imprenta» (p. 116)— son en sí mismos todo un tratado de su ideología moderada, dentro del romanticismo vital por el que discurren sus novelescas existencias.
De tal manera, que los periódicos citados en la serie o el juicio que merezcan a sus distintos personajes nos sirven de catalizador de su ideología progresista o moderada, y hasta de su carácter. Las citas son continuas, y con reiteración, puestas en boca de los personajes: El Huracán, El Eco del Comercio —utilizadísimo en Mendizábal—, la Revista Mensajero, El Español —ambos colaboradores de Larra—, El Heraldo, La Esperanza, La Guindilla, El Guirigay, cuyos grabados satíricos se comentan, etc., etc. la información sobre ellos que, así como de pasada, se va proporcionando, es absolutamente puntual. Naturalmente, junto a los periódicos, van apareciendo —como simple cita o actuando en la trama novelesca— los principales periodistas del momento: Larra, por supuesto, como veremos, Espronceda, González Bravo, Fermín Caballero, Balmes, Pedro la Hoz, Ángel Iznardi, Joaquín M.ª López, Alejandro Oliván… O Andrés Borrego, que actúa narrativamente junto a Mendizábal, dialogando ambos sobre el proyecto de fundación de un diario progresista, El Liberal (p. 80), para el que quieren contar con la firma de Larra. Dirá más tarde Mendizábal, ya en solitario: «He de procurar atraer para el nuevo periódico a las primeras plumas… Ese Espronceda, ese Larra…» (p. 207), añadiendo un juicio que estimo revelador: «… la prensa no vive sólo de la libertad». Toda una declaración del concepto liberal del periodismo como progreso de las naciones, con el que lógicamente se identifica Galdós, pero que contrasta con la opinión peyorativa de los conservadores, que también se recoge en la serie, puesta en boca de personajes moderados.
Volviendo al proyectado periódico de Mendizábal, El Liberal se publicó, efectivamente, pero de manera fugaz, durante el año 1836, aunque sin la fir-ma de Larra que, como sabemos, ha abandonado España en 1835 y, de regreso a ella, ha firmado un ventajoso contrato con la revista El Español.
LARRA EN LOS EPISODIOS NACIONALES
Pero bastante antes que en estas menciones de 1836, y en este panorama periodístico y literario, Larra ha aparecido cronológicamente antes en la prosa de los Episodios, desde la semblanza y alusiones ya vistas de Los Apostólicos, en la serie anterior. Luego, es cita reiterada en Mendizábal, De Oñate a La Granja y La estafeta romántica, es decir, los volúmenes de las series que cubren los años de 1828 a la muerte del escritor en 1837, y que discurren paralelamente, pues, a los años de periodismo activo de Fígaro. Pero en la utilización galdosiana de la figura y obra de Larra creo que se marca una diferencia entre Los Apostólicos, de la Segunda serie y su aparición en la Tercera desde Mendizábal, el primer volumen —tras el pórtico épico y aislado de Zumalacárregui— que transcurre en Madrid y donde comienza la historia de Fernando Calpena.
Allí, en páginas anteriores, a la posición ideológica de Galdós en 1898, que le acercaba al más genuino pensamiento de Larra y que se traslucía en una visión más entusiasta de Fígaro. Al respecto, ya precisó Rubén Benítez esta diferencia en la visión galdosiana del gran periodista romántico:
Es a partir de la novela [Mendizábal], es decir, a partir de 1898, que la valoración explícita de Larra se torna más entusiasta. Aunque la presencia de Larra se justifica en La estafeta romántica por la época que se evoca, el modo de su presentación coincide con la ideología del 98⁶.
Efectivamente, en Los Apostólicos aparece Larra con escasa valoración; es, simplemente, un gran escritor satírico, pero mal prosista y peor poeta, sin que su figura alcance la dimensión —casi símbolo del destino nacional— con que luego aparecerá en la Tercera serie. Y, desde luego, en Los Apostólicos, Larra no actúa como personaje. Pero en esa crónica inicial del Romanticismo que es la novela, Galdós traza el retrato físico, psicológico y literario de los grandes escritores que conformarán el movimiento cuyo esplendor se avecina. Se hace la crónica de El Parnasillo, y allí, sin nombrarle, aparece el retrato de Larra, a quien se identifica expresamente por la reproducción del comienzo de su composición poética al embarazo de la reina María Cristina:
El más notable, después de éstos, era un muchacho que hacía muy malos versos y no muy buen prosa, medio traductor de Homero, casi abogado, casi médico, que había empezado varias carreras sin concluir ninguna. Sabía lenguas extranjeras. Tenía veinte años, y en tan corta edad había pasado de una infancia alegre a una juventud taciturna. Tan bruscas eran a veces las oscilaciones de su ánimo arrebatado en un vértigo de afectos vehementes, que no se podía distinguir en él la risa del llanto, ni el dudoso equívoco de la expresión sincera. Había en su tono y en su lenguaje un doble sentido que aterraba y un epigramático gracejo que seducía. Era pequeño de cuerpo y bien proporcionado de miembros. A su pelo muy negro acompañaban bigote y barba incipientes, y su color era malo, bilioso, y sus ojos grandes y tristes. Tenía mala boca y peores dientes, lo cual le afeaba bastante. Fumaba sin descanso, como si padeciera un sed de humo, que jamás podía aplacarse, y era su vestir pulcro, elegante y casi relamido.
Educado en Francia, afectaba a veces desprecio de su nación y la censuraba con acritud, dejándose de ella como el prisionero que se queja de la estrechez incómoda de su jaula. Frecuentemente, después de alborotar el grupo de un café con palabras impetuosas o mordaces, se retiraba a un rincón rehusando toda compañía, o despidiéndose a la francesa, huía. Después de largas ausencias tornaba a la pandilla con humor hipocondríaco.
Daba su opinión sobre poesía y literatura con un aplomo y una originalidad de juicios que pasmaba a todos. Ni Veguita ni el tuerto autor de comedias tenían conocimiento, por lo que sus maestros de aquí les enseñasen, de aquel nuevo y peregrino modo de juzgar, buscando el fondo más bien que la forma de las obras. Pero cuando nuestro atrabiliario quería echarse a poeta, los mismos que le admiraban como juez, se reían en sus barbas diciéndole que una oda es predictor y otra dar tajo. Por mucho tiempo fue objeto de risa y de chacota su oda a los terremotos de Murcia, que es de lo peor que en nuestra lengua se ha escrito. Cuando se anunció que la reina Cristina estaba encinta, todos los poetas echaron su mano a la lira, y el hipocondríaco endilgó su soneto
Guarda ya el seno de Cristina hermosa,
Vástago incierto de alta dinastía…
(pp. 38-39).
Como vemos, en esta semblanza galdosiana de 1879, el entusiasmo aparece con bastante moderación⁸. Observemos los reparos a la obra primeriza deLarra, aunque es evidente que un análisis de la obra total galdosiana evidencia una lectura y hasta una utilización de textos larrianos desde sus comienzos: Rubén Benítez señala intertextualidades de Larra en la prosa de Galdós desde 1865⁹ y Pilar García Pinacho ha rastreado la influencia de Fígaro en el primer Galdós¹⁰. En la crónica aludida de los escritores románticos, Galdós ha colocado a Larra estimativamente «después» de Espronceda, Ventura de la Vega o Bretón de los Herreros. Pero, aislándolo de sus compañeros de promoción, Galdós vuelve a los datos, con unos datos biográficos que constituyen todo un guiño de complicidad con el lector, en probable alusión al «Casarse pronto y mal»: «El satírico seguía satirizando en la época a que nos referimos (1831); mas con poca fortuna todavía, y sin anunciar con sus escritos lo que más tarde fue. Se había casado a los veinte años y su vida era un modelo de arreglo ni de paz doméstica».
Alusión, pero también probable información oral, como atestigua un nuevo guiño cómplice cuando alude Galdós a Dolores Argüello, la ex primera en que se la nombre explícitamente, por escrito (como señala José Luis Varela), con anterioridad a la revelación de Carmen de Burgos en su biografía del periodista romántico. (Pero las confidencias de Juan Bautista Alonso eran, lógicamente, una información de primera mano¹¹). Así, se aludirá a la tertulia del notable abogado Manuel Gamboa y sus hijos, añadiendo: «Uno de ellos, don José, casó por aquellos años con Doloritas Armijo, guapísima muchacha cuyo nombre parece que no viene al caso en esta relación y, sin embargo, está aquí muy en su lugar» (p. 90). Curiosamente, cuando reaparezca Dolores Armijo en la prosa galdosiana años después, en La estafeta romántica, será sólo «la de C.» Más tarde, al hacer el elogio de Mesonero Romanos, añade: «Tuvo secuaces como Larra, cuya originalidad consiste en la crítica literaria y la sátira política, siendo en la pintura de costumbres discípulo y continuador de El Curioso Parlante» (p. 178), añadiendo más adelante que «en agosto del mismo año de 1832 principió a salir El Pobrecito Hablador, de Larra. De éste quisiéramos hablar un poco; pero el insoportable calor nos obliga a salir de Madrid» (p. 179). Efectivamente, uniéndose el novelista y narrador ficticio, recordemos que Los Apostólicos se terminó en el mes de junio.)
Se trata, evidentemente, de una detención en la figura de Larra, que venía obligada por el período en que se está desarrollando la narración, en el que Larra era un elemento insoslayable en el panorama literario de 1832. Pero aún no es el personaje que actúe en el discurrir argumental, como lo hará ya en Mendizábal, aunque no lo haga directamente. Ha transcurrido un tiempo en su biografía: de 1828 a 1834, ya que se escribe su prospecto vieja a París en 1835, al que se alude en De Oñate a La Granja (p. 25). Pero, sobre todo, ha transcurrido diecinueve años en la pluma y en la ideología de Galdós: la admiración se evidencia con mucho más énfasis y Larra, sobre todo, se ha convertido en personaje dentro del contexto narrativo. (Siguiendo, por otra parte, una línea temática reiterada que literaturizó su figura casi desde el año de su muerte.)
Paralelamente a esa utilización de Larra como personaje, se incrementa en la serie tercera las citas, alusiones y uso intertextual de su obra¹², lo que creo que evidencia una relectura galdosiana en la preparación de los volúmenes. Es lógico suponer que los artículos de Larra (cercanos a los sucesos historizados y novelados por Galdós), tan ricos en información política, cultural, literaria y costumbrista, fuesen fuente directa de Galdós en los primeros títulos de la serie, sobre todo en aquellos Episodios que transcurren en Madrid o nos transmiten, en forma epistolar, noticias de la capital, ya que la apelación al periodismo disminuye notablemente en los volúmenes que transcurren en el escenario de la guerra. Recordemos, por ejemplo, la serie de artículos de Larra sobre la política de Mendizábal. Una relectura de los mismos arrojaría bastante luz sobre el Episodio dedicado a la etapa de su gobierno.
Esa presunta relectura de Larra se acusa en un renovado entusiasmo y en el incremento de uso intertextual de la cita de los textos de Fígaro: … ni le rendía el fogoso y tristísimo Vuelva usted mañana, leemos en Mendizábal (p. 17), en donde los viajeros que llegan de Francia lo han hecho por Olorón y Canfranc, «único portillo que dejaban libre en aquellos tristes días los porteadores del Pirineo, vulgo facciosos» (p. 7), creo que encierra alusión a los dos célebres artículos de Larra de octubre y noviembre del 33: «Nadie pase sin hablar con el portero, o los viajeros en Vitoria», y «La planta nueva o el faccioso».
Y cuando se alude en De Oñate a La Granja a la inauguración de la nueva legislatura, comenta: «Según el famoso dicho de Larra, no se abría el estamento; quien se abría era el señor don Juan Álvarez Mendizábal, elegido por diez provincias» (p. 53). La alusión es totalmente exacta. Escribió Larra en «Dios abre los ojos» tercera carta de su corresponsal en París, el 3 de abril de 1836: «Si ojos decía que se abre el Estamento, dije que es broma, que quien se abre es don Juan Álvarez Mendizábal».
Fernando Calpena, en su primera etapa madrileña, asiste entusiasmado al ensayo de Antony (Mendizábal, pp. 173-174), el drama de Dumas al que Larra consagraría dos grandísimos artículos (El Español, 23 y 25 de junio de 1836) y cuando en La estafeta romántica, Fernando ya sabe del suicidio de Larra, piensa que se representa en su retiro de Villarcayo, Bertrand el Ratón, la comedia de Scribe, «que aquí llamamos Arte de conspirar. Tradujó esta obra el pobre Larra, y es de vivísimo interés» (p. 38).
Pero, repito, no son sólo citas ocasionales. Hay, de nuevo, una semblanza de Larra, puesta ahora en la pluma de Pilar de Loaysa que, en su reveladora visión del periodismo coetáneo —inserta en De Oñate a La Granja—, escribe a Fernando, aludiendo al periódico que proyecta Mendizábal: «Cuentan también con Larra; pero éste se arrima a los moderados, y ahora proyecta su viaje a París, para sacudirse las murrias. Es de los que no caben aquí, según dice, y tiene razón. Yo sé de otras personas no ciertamente del gremio literario ni político, que se hallan en el mismo caso. No caben, no encajan, y sin embargo, aquí envejecen, porque a ello les obligan obligaciones sagradas, o deberes que cumplir» (p. 25). Que aquí envejecen o aquí se disparan un tiro en la sien, podríamos añadir. Pero ese malestar larriano que su patria genera exactamente con la semblanza ya vista en Los Apostólicos: quejándose de ella —su nación— «como el prisionero que se queja de la estrechez incómoda de su jaula» (p. 39).
Larra, sin aparecer nunca en la novela en primer plano, salvo tras su suicidio, como veremos, es personaje que se mueve en el círculo de Fernando Calpena. En Mendizábal, por medio de Juan Bautista Alonso, Fernando ha conocido a Vega, ha hablado con Larra y saludado a Espronceda en el café Nuevo y en El Parnasillo (p. 71). Y la amistad y afecto crecen (recordemos la expresión «pobre Larra» en La estafeta romántica, frente a los juicios adversos, que veremos de los familiares de Demetria), según testifica otra alusión posterior ya citada: «De esto hablamos anoche largamente Larra y yo, y renegamos de los empleos, que son como el opio o el hachís para esta nación viciosa, indolente» (p. 178). Lo cual —y vuelvo a la utilización caracteriológica— no será ciertamente seguir los consejos de su benefactora, la moderada aristócrata que le prega: «Bobillo, no te entretengas más de una hora en el *Café Nue-vo*, y mira con quién te juntas, y a qué tertulias te arrimas. Cuidadito con Larra, que tiene más talento que pesa; pero es mordaz y malicioso.» Añadiendo: «Si vuelves al Parnasillo, busca la amistad de Rocas de To- rres, de Juan Nicasio Gallego y de Donoso Cortés… Con Espronceda y otros atrabancados, buenos días y buenas tardes y nada de intimidades…» (p. 64).
Pero esa visión de Larra desde distintas perspectivas, según quien sea el personaje que enjuicie su figura, cobra un insólito interés narrativo en las cartas cruzadas entre María Tirgo y la marquesa de Sarrián, familiares de Demetria, y entre Fernando Calpena, Hillo y Pilar de Loaysa, en La estafeta romántica, todas en torno a la muerte de Fígaro, cuyo suicidio funciona ahora ya informativa y narrativamente.
La primera noticia la recibe el lector a través de una carta de María Tirgo, la inocente y algo bobalicona tía de Demetria, que quiere alejar a su sobrina de la influencia amorosa de Calpena y que añade en su carta de 20 de febrero de 1837 a la marquesa de Sarrián la siguiente posdata:
P. D. Abro ésta para incluir otra novedad, calentita, de esta noche, y aquí la meto juntamente con la sospecha de que pueda tener alguna relación con nuestro asunto. En la tertulia de las niñas han hablado de un caso doloroso, en Madrid ocurrido días ha, y que no sé si ha venido en el Descargo de los papeles o en la reserva de cartas particulares. Ello es que se ha suicidado, pegándose un tiro en la sien, un joven de talento y fama, por despecho amoroso, de la rabia que le dieron los desdenes de su amante, la cual es casada. Digo yo si será… El nombre del criminal ninguno de nuestros tertulianos acertó a decirlo; sólo aseguraron que era hombre de pluma y firmaba sus escritos con nombres supuestos; que figuraba entre los llamados románticos, y que se yo qué. No estoy bien segura de saber lo que significa esto del romanticismo, que ahora nos viene de extranjuís, como han venido otras cosas que nos traen revueltos; pero entiendo que en ello hay violencia, acciones arrebatadas y palabras retorcidas. Ya vemos qué romántico el que se mata porque le deja la novia o se le casa. El mundo está perdido, y España acabará de volverse loca si Dios no ataja estas guerras, que también me van pareciendo a mí algo románticas. Pues bueno: al oír la noticia observé que Demetria palideció, y en seguida me puse a atar cabitos. Nuestro sujeto es romántico, y sus ideas no van por lo corriente y natural, como nuestras ideas nuestro sujeto debió de parar en Madrid de la carrera que tomó al recibir las calabazas; nuestro sujeto ha plantado por su novia, que le amó de soltera y le despreció de casada; nuestro sujeto usaba también remoquete, pues nadie me quita de la cabeza que Calpena no es su verdadero nombre… y en fin, corazonada, hija, corazonada. Veremos si es cierto. También te aseguro que mientras ataba cabos, me sentimiento era muy vivo… pues el sujeto, romanticismo aparte, es digno del mayor aprecio. No he podido dormir en toda la noche pensando en aquella hermosa vida cortada por sí propia en un arrebato. Sí es, porque es, y si no, por quien sea, perdónele Dios, y ojalá entre el disparo y la muerte tuviera el pobrecito para un soplo de arrepentimiento… Vuelvo a cerrar ésta, que ya vienen por ella los que han de llevármela bien segura. Vive y manda.
Creo que el texto, en su contradictoria apreciación, es todo un análisis psicológico del personaje. Reparemos en el sustantivo «criminal» para aludir al suicida, pero también en el deseo de perdón y la comprensión que supone ese juicio sobre una «hermosa vida cortada por sí propia en un arrebato».
Pero que la supuesta identificación de Calpena —por sus contrariados amores con Aura— con el propio Larra no es sólo quimérica imaginación de María Tirgo, lo evidencia la súbita palidez de la discreta e inteligente Demetria, de tal manera que ambos, Calpena y Larra, se elevan conjuntamente en la prosa galdosiana a símbolos románticos.
La falsa identificación, en el plano real, se deshace en la contestación de 1 de marzo de la marquesa a María Tirgo. Sus palabras no son ya las de una provinciana señera bobalicona y bien intencionada, sino las de una reseñada aristócrata, cargada de prejuicios de casta y de estrecha moralina, por lo que su juicio se carga de no-tas peyorativas, de acuerdo con la semblanza bastante odiosa con que Galdós ha trazado el personaje. Ya no es el juicio de un moderado, sino la intransigente postura de un necio antiprogre-sista, para quien un suicidio sólo puede calificarse de «abominación»:
Y a propósito de romanticismo, Mariquita mía, ¿estás en Babia? El que se ha suicidado en Madrid es Larra, un escritor satírico de tanto talento como mala intención, según dicen, que yo no he leído ni pienso leerlo. Las señoras, a sus quehaceres de casa, y si hay algún ratito libre, a buscar buenos ejemplos en el Año Cristiano. Déjame a mí de sátiras que no entiendo, y de literaturas, que siempre traen algún ventanillo entre la hojarasca. Pues sé: ese desdichado firmaba sus escritos, que no sé si eran en prosa o en verso, con el apodo de Fígaro, nombre de un barbero que hubo en Sevilla, según me dice Rodrigo. Se mató por contrariados amores con una casada, que abominación!… Mira: al leer esto, que no va con buena gramática, cuida de no confundirte: el que se pegó el tiro no fue el barbero, sino el satírico. Dios le haya perdonado… Déjate de atar cabitos, que nada tiene que ver el muerto de allá con el calabazado de Vizcaya (p. 15).
Pero en medio de ese comentario, que separa la realidad de Calpena con la de Larra, ya van avanzando en la novela las noticias concretas, aunque provengan de un personaje que no ha leído al periodista en serio, por esos prejuicios morales contra toda literatura, sobre los que ya satirizó Cervantes en La elección de los alcaldes de Daganzo, cuando Humillos declara su analfabetismo, porque ni él ni nadie de su linaje «ha aprendido esas quimeras, / que llevan a los hombres al brasero / y a las mujeres a la casa llana».
Ahora bien, el suicidio de Larra vuelve a elevarse a símbolo romántico, pero ya en un contexto europeo, en la respuesta de María Tirgo, del día 16, si bien a través de la paródica interpretación del personaje:
Tienes razón: he sido una simple al querer atar el cabo de la muerte del satírico maldiciente con este otro cabo suelto de acá. Creía yo que las mismas causas podían dar los mismos efectos; pero, mirándolo bien, hay menos semejanza entre los dos de lo que a mí me parece. El de Madrid usaba, en efecto, nombre de un barbero para firmar sus romanticismos prosacios. Demetria, que conserva todos los libros de la biblioteca de su pobre padre, a quien en otra forma mató el romanticismo, ¡Dios le tenga en su santa gloria!, está muy enterada de todo esto, y dice que el difunto suicida era un hombre que con su propio pensamiento, como la cicuta, se amargaba y envenenaba la vida. A este propósito mostró Demetria un libro ya por ella leído, y que pensaba leer de nuevo, en que otro romántico de los más gordos pone el ejemplo del enamorado que se mata por tener la novia casada. Llámase Las cuitas del joven Ubert, o cosa así, y ella es una historia muy sentimental y triste, porque el hombre no se conforma con su suerte, y está siempre buscándole tres pies al gato, hasta que le da la idea negra de pegarse un tiro, lo cual debió condenar por garrafal tontería, a más de condenado por pecado execrable. ¡Vaya unas abominaciones que se escriben! Tu suegro debió de conocer al autor de este libro, un tudesco de nombre muy atravesado, que parece vizcaíno, así como Goiti o Goitila. Entiendo yo que Demetria es más emparentada al don Fernando con el personaje de esta historia, fingida o real, que con el melancólico y desesperado muerto de Madrid. Ella no dice nada; pero se lo conozco, y me da mala espina esa afición que ha sacado ahora por la literatura, prefiriendo lo sentimental y lo luctuoso, tristezas y desastres, pues no sólo anda rebozando al tal Uberto o Güertar, sino también a otros libros y novelas de amores contrariados, siendo más extraña esta afición cuanto que siempre fue perezosa para toda frivolidad. Ahora la ves agrandando cada día los ratitos perdidos, o sea los que consagra a este entretenimiento de los libros, que me parecen son prohibidos, si bien entiendo que por daños que sean no han de causar malicia en entendimientos tan claros y voluntad tan sana como la suya. Las de Álava le han traído una historia escrita por ese que se mató, y que se titula El Doncel de no sé qué Rey y otra de un autor escocés que tú conocerás, yo no acierto a escribir su nombre. Estaré con cien ojos, a ver en qué paran estas lecturas. A Dios, que te guarde muchos años.— María (pp. 20-21).
Es decir, que la identificación romántica prosigue. Ya no es sólo Fernando-Larra. Ahora es Fernando-Larra-Werther, o sea «Goiti o Gotilla» que no sabe pronunciar la buena señora es incapaz también de hacerlo con el de ese «autor escocés» que no es otro, naturalmente, que Walter Scott.
Así pues, se marca una triple estimación: la piadosa y moderada de María Tirgo, el rechazo moralista y antiprogre-sista de la marquesa y la comprensiva e inteligente de Demetria, que, naturalmente, conecta con la expresada por Fernando a Pedro Hillo el 28 de febrero: «Cuéntame lo del pobre Larra. Algo más habrá de lo que se dijo por aquí. Fue por la de C.? Y en el entierro, ¿qué? ¿Fuiste tú? Mándame los versos de ese nuevo poeta» (p. 22), con una primera alusión —nuevo guiño al lector— al debut de Zorrilla junto a la tumba de Fígaro. Porque aludía líneas atrás a una función informativa en el tratamiento del personaje. Y el entierro de Larra ocupará varias páginas de la novela, en una descripción pormenorizada del mismo escritor por Pilar de Loaysa, incluida en la carta a Fernando de Pedro Hillo, y atribuida por su autora a Miguel de los Santos Álvarez.
El texto es muy largo y sobradamente conocido. Sólo quiero destacar de él el análisis de las motivaciones del suicidio, más allá del desengaño amoroso, que revelan un conocimiento profundo de los textos mismos de Larra: «Quien hablaba de un arrebato de locura; quien atribuía la muerte al estallido final de un carácter, verdadera bomba cargada de amargura explosiva. Tenía que suceder, tenía que venir a parar en aquella siniestra caída al abismo» (p. 55). Los elogios se suceden uno tras otro en el texto: «gloria inmensa», «no ignorados escritores», «hermosa ironía», «picante gracejo», «divina burla de las humanas ridiculeces…» (p. 56). Elogios que, no lo olvidemos, aunque atribuidos a Miguel de los Santos, salen, en realidad, de la pluma moderada, aristocrática, pero cultísima e inteligente, de Pilar de Loaysa. Luego se extenderá en detalles del entierro y la ascensión súbita a la gloria del joven Zorrilla. El cómo ha podido saber Pilar todos los detalles que narra es un misterio narrativo que Galdós no desvela pero es consciente de él: «Ya le contaré más adelante a mi noándulo (pues Fernando también lo es) cómo he podido adquirir conocimiento de todo lo que pasó antes, en y después del entierro» (p. 64).
Y por fin, Larra personaje total, expreso y directo, a través del sueño que narra Fernando a Pedro Hillo, sueño y aparición que comentan naturalmente casi todos los autores que han estudiado la relación entre Larra-Galdós:
bíamos tuteado, yo le dije: «Hola, Mariano, dichosos los ojos que te ven.» Y él a mí: «Fernando, no sé qué me pasa; no me encuentro sin oír hablar mal de mí… Verdad que ya no oigo palabra buena ni mala, porque me he quedado enteramente sordo. Hablarme por señas. Y tú, ¿por qué lloras? ¿Por mí acaso?» Respondile que yo no lloraba por él ni por nadie, y la visión entonces, dando un gran suspiro, me dijo que había yo hecho mal en matarme tan joven. «Pareceme —le contesté— que aún vivo; pero no estoy seguro de ello. Tú también vives; vienes a desmentir la noticia de tu suicidio…» Pasó un rato en que tanto él como yo nos desvanecíamos, nos apagamos, y luego volvimos a vernos en el comedor de la casa, junto a la chimenea, más cerca uno de otro; pero ni él ni yo teníamos piernas, por lo que no pudo asegurar si estábamos en pie o sentados. «Debemos matarla a ella —díjome Larra con triste sonrisa—, y a nosotros no. ¿Qué culpa tenemos nosotros de sus traiciones?… No pensemos en eso, que aquí no hemos venido más que a leer nuestras obras. Lo que a mí me trastorna es que se me han olvidado casi todas las mías, harto famosas, y sólo recuerdo El día de difunto y Nadie pase sin hablar al portero. Por más esfuerzos que hace mi memoria no consigo apoderarme de los otros títulos. ¿Verdad que creo yo un gran escritor?» «Has sido único, Mariano —le dije—. ¿Y no te acuerdas del Castellano viejo, ni de la Junta de Cómicos Bueno? ¿Has olvidado las críticas de Antony, el Trovador, de Catalina Howarda…?». «Sí, sí; tienes razón; todo eso fue mío… Pero si los títulos van viniendo a mi memoria, no recuerdo nada de lo que escribí debajo de ellos. La pólvora mata a la memoria; ¿no crees tú? ¿Qué medicina hay para esto?» Al decirlo cogió mi mano, y el frío intensísimo de la suya, que más que mano de hombre era un témpano de hielo, me comunicó un temblor convulsivo, agónico.
Ya puedes comprender que desperté con aquel frío glacial. Así terminó la idialogía, que fue seguida de un desvelo enojoso, porque habiéndome salido, con las vueltas que di, la colcha que me abrigaba, tuve que salir del lecho para buscarla a tientas y ponerla en su sitio, y creyéndome despierto, en presencia del tan infeliz como glorioso escritor, continué angustiado, febril y tembloroso toda la noche (pp. 34-35).
Es la primera y última vez que Larra aparece directamente en la serie, si bien a través de la narración de Fernando, que omite sobre él su juicio definitivo: «infeliz» y «grandioso escritor». Fernando Calpena, su presunto sosias romántico, trocará su inexistente suicidio y amores contrariados por un feliz matrimonio sujeto a todas las normas sociales. Y Larra, como personaje espectral, se desvanece para siempre en la prosa de los Episodios.















